Das Attributive Adjektiv

und seine Stellung beim Substantiv

© Justo Fernández López


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Spanische Beispiele

Adjektiv vor/nach dem Substantiv

 

[1]        La revista Vogue, en su edición americana, se ha apuntado un tanto importante: entrevistar en exclusiva a un personaje no menos exclusivo: Hillary Rodham Clinton. Vestida de negro y con un atractivo y económico corte de pelo (¡sólo 17 dólares!, alrededor de 2.300 pesetas) obra de Silvain, su nuevo peluquero, posa para Annie Leibovitz y muestra  su cara más dulce y femenina. Hillary es algo más que una primera dama. Con ella, la Casa Blanca  cambia de aires. El país, también. Su último y más sonado triunfo: la encendida defensa  ante el Congreso de la  nueva reforma sanitaria. De aprobarse, será un histórico hito. El carisma y  activismo político de esta mujer con gran capacidad de liderazgo ya no levanta suspicacias. Todos se han rendido a sus pies. No le falta razón al  modista italiano Moschino  cuando diseñó un chal con la  bandera americana  y el siguiente logotipo: Hillary for president. Un años después de la toma de posesión de Bill Clinton, Estados Unidos tiene dos presidentes por el precio de uno.

 

[2]        Era Alcántara uno de los hombres de mejor salud física que he  conocido. De  estatura prócer, con magnífica pelambre negra  que solía tocar con un  gran chambergo, con barba bruna  de mosquetero, chalina artista y unas  largas piernas calzadas  siempre con botas de esterado, que eran las auténticas botas  de las siete  leguas, pues difícilmente habrá hombre tan andarín. Era Alcántara  íntimo amigo de mi padre desde la primera juventud y fue el primero en recorrer España hasta sus más traspuestos rincones , con frecuencia a pie. En cuanto tenía una peseta - era hombre de  medios modestísimos - escapaba de Madrid a los pueblos ignotos, a las  perdidas sierras, por amor delirante  a España, por  apetito artístico, por  afán deportivo. Una noche llegaba a Madrid, tras quince días de andanzas por los rincones más bravos e inverosímiles de Castilla. De la estación fue al periódico. Mi padre, apenas le vio llegar, le dijo: "Vienes a punto, pues hay dos redactores enfermos y tienes que irte ahora mismo  al estreno del Teatro Español  para hacer la crítica de una  nueva obra de teatro." Y allí se fue Alcántara con su traje grasiento de andar por los  polvorientos pueblos castellanos. En el teatro estaba reunido el "todo Madrid", expresión que no era un  mero decir , porque entonces Madrid era un  todo orgánico. Llegó Alcántara y tomó asiento en su butaca. Pocos instantes después, el espectador inmediato  a él empezó a aspirar por la nariz, como quien intenta discernir un olor inesperado. Alcántara presumió que olía a viejo pastor  de Gredos que nunca se ha había lavado en su vida. Pero, no; el vecino dijo: "No nota usted un olor delicioso en la sala?" Entonces Alcántara cayó en la cuenta de cuál era la  aromática causa. El traía los bolsillos llenos de tomillo, cantueso, mejorana que había arrancado de los senos de las  profundas serranías castellanas. Tuvo que dar unas briznas a su vecino, pero luego el del otro lado le pidió también un poco y luego otro y así, poco a poco fue repartiendo por el    teatro entero su acopio de  plantas esenciales nacidas  en las  montañas. Y el Teatro Español, lleno del "todo Madrid" que jamás había salido más allá de los suburbios, se llenó de los aromas puros y a la vez bravos de aquellas malezas que nacen y perviven en nuestros campos; es decir, que el  Madrid hermético, que ignoraba incluso la próxima sierra  de Guadarrama, se vio invadido por la España profunda, por las ásperas serranías esquivas, por las estepas solitarias, por  las crudas parameras,  por los collados sonrientes, por las vegas de solana, donde se recuestan de delicia los viñedos de España. [Ortega, o.c., IX, 142]

[3]        Arquetipo del intelectual auténtico podría ser T.S. Eliot  (1888-1965), el poeta nacido en St. Louis y educado en Harvard, establecido en Londres y nacionalizado británico – hasta profesar el anglicanismo, gesto inusual e insólito –, autor del que es probablemente el mejor poema del siglo, Tierra baldía, y de varias  obras de teatro de gran éxito, y por ello, premio Nóbel de Literatura en 1948. Las razones de tal elección se me antojan  eminentes. Eliot era un hombre reservado, celoso de la privacidad, de vida  retirada  y ordenada – aunque  atormentada –, de pulcritud y cortesía  extremas. Su poesía era  igualmente singular: muy culta, impersonal, desnuda de todo sentimentalismo y retórica, aunque alentaron en ella de forma casi imperceptible y siempre discreta, tensiones e incitaciones románticas. Toda su obra no fue sino una búsqueda estética  de un nuevo clasicismo y, por lo mismo, un rechazo sistemático del mundo contemporáneo. Su ideal era la Europa  medieval, una Europa sin patrias ni fronteras, movida por la fe y la tradición, regida  por una Iglesia disciplinada y ascética. De espaldas a toda moda cultural, desdeñoso de toda forma de exhibicionismo - condiciones esenciales  al quehacer intelectual - inclinado a todo lo que conllevara autoridad, disciplina y orden, Eliot, que se adentró muy poco en política, era, si se quiere, un reaccionario. Pero su educación y su sensibilidad le apartaron para siempre de toda necedad. [Juan Pablo Fusi Aizpurua, EL PAIS, 7,1,1994]  

 

Ejemplos de Azorín

 

[1]            Sobre las mesas de las casas se ven redondos y esponjados ramos de rosas: rosas blancas, rosas bermejas, rosas amarillas.

[2]            Hay largos y pomposos arriates en el jardín. Hay en la verdura de los rosales, rosas bermejas, rosas blancas, rosas amarillas.

[3]            El autor se nos parece como un hombre ligero, jovial, atolondrado.

[4]            Su deseo de vivir era violento, inextinguible, insaciable.

[5]            Otros caminos más estrechos, más precarios, más frágiles, han sido construidos.

[6]            Sus ojos claros, luminosos, atraen a todos.

[7]            Suena precipitadamente un timbre, lejos, con un tintineo vibrante, persistente; luego, otro, más cerca, responde con un repiqueteo sonoro, clamoroso.

[8]            ¿Quién es éste de la cabeza fina, pelada y de los ojos grandes, luminosos, que anda raudo, callado con las manos sobre el pecho?

[9]            Se percibe el rumor rítmico, imperceptible, tenue, que hacen con sus tornos las hilanderas de algodón que viven al lado.

[10]       Y es una sensación extraña, indefinible, dolorosa casi, esta peregrinación de iglesia y iglesia.

[11]       En las blanquecinas vetas de los caminos pululan, rebullen, hormiguean, negros trozos que se alejan, se disgregan, se pierden en la llanura.

[12]       Y luego, de pronto, la música de su caramillo, dulce, melódica, ensoñadora, sugestionadora, resuena en el silencio, bajo el fulgor misterioso de los astros perennales.

[13]       Eran las primeras horas de la mañana; se respiraba un aire fresco y sutil; estaba el firmamento despejado, radiante, de un azul intenso.

[14]       Calles de Madrid: calles anchas, centrales; calles estrechas, solitarias, apartadas. La vida ruidosa y estruendosa circula por las primeras; por las segundas, de tarde en tarde, de raro en raro, pasa un transeúnte.

[15]       ¡Vasconia, Vasconia, tierra de paz, tierra de silencio, hospitalaria tierra: cuántas horas de sosiego espiritual te debe nuestra vida!

[16]       Romances, viejos romances, centenarios romances, romances populares: ¿Quién os ha compuesto? Los romances evocan en nuestro espíritu el recuerdo de las viejas ciudades castellanas.

[17]       La noche se va deslizando; sobre el bosque, sobre la ciudad, sobre el río, se posan las negras sombras. A esta hora todo va entrando en el hondo reposo de la media noche; luego, pasado este momento, vendrán las horas más lentas, más densas, de la madrugada. Estrellitas del cielo, eternas luminarias, puntitos casi imperceptibles, puntos mayores: ¿quién os mira a esta hora?

[18]       Cipreses centenarios, cipreses inmóviles, cipreses que os levantáis en la desolación castellana, cipreses que habéis escuchado tantas voces y lamentos, tantas súplicas salidas de humildes corazones, cipreses que habéis oído las plegarias de nuestros padres, yo tengo para vosotros, para vuestro tronco desnudo y seco, para vuestro follaje rígido, inmóvil, un recuerdo de simpatía y de amor.

[19]       ¿Quién es este canónigo? ¿En qué estancias hará resonar sus joviales carcajadas? ¿Amará, con franco y sano amor, como Juan Ruiz, las troteras y danceras? ¿Le placerá, como a Juan Ruiz, correr por las ferias de los viejos pueblos en compañía de ruidosos estudiantes nocherniegos? Y si lee, por acaso alguna vez, en los ratos de aburrimiento, ¿qué es lo que leerá? Y esta figura, como la anterior, se pierde por la puertecilla del coro. Otra aparece. Es un mozo joven, acaso un poco desgarbado, pero vivo, pronto, ligero, nervioso. ¿De qué pueblo ha salido este mozo? ¿Qué paisajes han visto sus ojos en la infancia? ¿Qué mujeres, enlutadas, sollozantes, le han besuqueado y le han apretujado en sus brazos siendo niño y le han llevado luego a los largos claustros sombríos, monótonos, del seminario? Y van saliendo, saliendo todos los canónigos y refluyendo hacia el coro.

[20]       Sor Gabriela, a lo largo del día, leerá un breve rato en estos libros, y otros ratos abrirá otro gran libro blanco e irá escribiendo en él con su letrita alargada y etérea. Lo que Sor Gabriela escribe en estas páginas son las cuentas prosaicas del monasterio. ¿Dónde vivirá sor Gabriela? ¿Qué patio sosegado, con laureles y rígidos cipreses, se verá desde las ventanas de su celda?

[21]       Una honda correlación hay entre la luminosidad de la mañana, el azul del mar, la transparencia de los cielos y esta canción que entona al llegar a la costa quien viene acaso de remotas y extrañas tierras.

[22]       ¡Eternidad, insondable eternidad del dolor! Progresará maravillosamente la especie humana; se realizarán las más fecundas transformaciones. Junto a un balcón, en una ciudad, en una casa, siempre un hombre con la cabeza meditadora y triste, reclinada en la mano. No le podrán quitar el dolorido sentir.

[23]       En la lejanía del horizonte el cielo blanquea, con las inciertas claridades del alba; un gallo canta.

[24]       Un hombre que compone un maravilloso poema o pinta un soberbio lienzo, es tan autómata como el labriego que alza y deja caer la azada sobre la tierra, o el obrero que da vueltas a la manivela de un máquina.

[25]       El Abuelo tiene ochenta años. Menudo, fuerte, seco, sus ojillos aquilinos, escrutadores eternos de la llanura, brillan como dos cuentas de vidrio en su cara rapada.

[26]       Un rebaño pasta en la llanura infinita; al cruzar un paso nivel, aparece una mujer vestida de negro, con la bandera en una mano, con la otra mano puesta bajo el codo derecho, rígida, hierática como una estatua egipcia; un hombre envuelto en una larga capa negra, montado en un caballo blanco, marcha por un camino.

[27]       Del comedor las monjas van al huerto. El huerto es un viejo jardín salvaje. En el centro, rodeado de gigantescos cipreses, un surtidor susurra en un ancho tazón de mármol. Sobre el fondo de la verdura esplendorosa, los sayales blanquecinos van y vienen suavemente como mariposas enormes. El cielo, por encima de la espesura, brilla en su azul intenso.

[28]       Esta planta, tan ufana con su agradable aroma, parece una mujer bonita. Los viejos dicen que el olerla produce jaquecas; también las producen las mujeres bonitas.

[29]       El niño tenía al principio la actitud recelosa y encogida de un animalito montaraz caído en la trampa.

[30]       Todo está en silencio; allá arriba en el caserío se divisan algunas lucecitas; comenzamos a ascender por la empinada cuesta; hemos dejado abajo las tenerías – esas tenerías vetustas que encontramos en La Celestina –. Ahora caminamos por la alameda de copudos y centenarios olmos.

[31]       Ha caído durante todo el día una espesa nevada; la inmensa llanura sembradiza, que rodea la vieja ciudad, está blanca; los olivos son penachos blancos; las cepas de las viñas, sepultadas en la nieve, son montoncillos blancos; tal vez por los caminos se ven las hondas huellas de las ruedas de un carro y las pisadas de un viandante ...

[32]       Vasconia son los sangrientos resplandores – sobre el crepúsculo – de los altos hornos bilbaínos; y la Vasconia – ¡qué distinta impresión! – es la hora plácida, única, deleitosa, en que desde lo alto del monte Igueldo, allá en San Sebastián, en una mañana radiante, hemos atalayado, de rato en rato, mientras teníamos un libro en la mano, las lejanas costas de Francia, la dulce Francia, casi esfumadas en la lejanía azul.

[33]       La noche es el teatro, la redacción, la charla en la tertulia, la intriga política que ha de desarrollarse al día siguiente y cuya primera avanzada está en un suelto de un periódico de la mañana. La noche es el vivo carmín de las mejillas de las bellas mujeres.

[34]       Yo me he detenido un instante, gozando de las sombras azules, de las ventanas cerradas, del silencio profundo, del ruido manso del agua, de las torres, del revolar de una golondrina, de las campanadas rítmicas y largas del vetusto reloj.

[35]       A lo lejos, por el llano raso y rojizo, vemos avanzar un pesado coche de camino; viene de la Torre de Juan Abad. Ha entrado por las calles de Villanueva y se ha detenido ante una modestísima casa. No ha parado delange de ninguno de estos caserones con escudo y con patio de columnatas; sí en la puerta de esta vivienda humilde. Del coche ha descendido un caballero con su negra ropilla y su cruz roja al pecho. Ya no hay atildamiento y apostura en su persona; la barba la tiene sin afeitar de quince días y su cara está lacia y exangüe. No puede caminar solo el caballero; en brazos han tenido que bajarlo del coche. Días después – el 8 de septiembre de 1645 – moría don Francisco de Quevedo.

[36]       Una ancha estancia. Primavera. Por el balcón, abierto de par en par, entra el aire templado y se ve el follaje nuevo de un árbol. Estantes con libros. Silencio. Quienes aquí estaban hace un instante, no volverán hasta la noche. Sobre la mesa, entre volúmenes recientes, amarillos y rojos, destacan las encuadernaciones recias y españolas, en severos cueros, de viejos escritores. Hay en el ambiente como una tregua al meditar ...

[37]       Ansia, profunda ansia de silencio y de paz. Que no turbe nada la unión de la sensibilidad con las cosas. La emoción violenta que impide la germinación de la idea bella; apetencia profunda y perenne que existe en el fondo de la conciencia; apetencia perdurable que aflora en formas sentimentales y estéticas. Necesidad de sentir esta perpetua apetencia; darnos cuenta de que sin esta voracidad de lo desconocido, de lo más íntimo del ser, no podríamos ser artistas.

[38]       Viajó por toda España; se sentó en la Cámara popular; hizo largas campañas políticas en la Prensa; guerreó en África; vivió la vida aristocrática y mundana de los salones; descubrió viejas ciudades españolas.

 

    Präposition + Steigerung bzw.

Verstärkung des Adjektivs vor Substantiv 

 

[1]            La manera de decir dominante en nuestros libros ha solido ser de una complicación aberrada: un párrafo era de más difícil montura que un arco de triunfo y, como éste, oriundo de inspiración puramente ornamental.

[2]            Me caí con tan mala suerte que me rompí el brazo contra ...

[3]            Para Descartes puede exponerse el pensamiento filosófico sin  muy marcada atención  especial a la ciencia. 

 

 

 

 Beachte

 de forma tan contundente

 de manera tan excesiva

 de manera tan directa

 de forma tan poco cortés

 de modo tan resoluto

 de forma tan desconocida

 

  Demonstrativ + Komparativ vor Substantiv

 

Cicerón considera interesante, aun en aquellas tan avanzadas fechas  – cuando el Estado romano estaba ya hecho trizas – exponer  a la minoría culta de Roma las doctrinas de los griegos. 

 

   Artikel + Komparativ vor Substantiv

 

[1]            La tan cacareada victoria socialista .

[2]            La tan traída y llevada idea de la hispanidad. 

 

 

Beachte

de una petulancia tan insoportable

con una insistencia tan penetrante

con unas aspiraciones tan desmesuradas

 

Komparativ bei Auslassung des Substantivs

 

La gracia de este gran escritor que es Verdú es la todavía más difícil de rizar el rizo.

 

     (Artikel) + unregelmäßige Steigerung

des Adjektivs  + Substantiv

 

[1]            La mayor cantidad de agua cayó en la ciudad de Albacete.

[2]            Esta es  la mejor decisión que pudiste tomar.

[3]            Ésa es  la peor cosa que pudiste hacer.

[4]            Ante la menor dificultad desiste del empeño.

[5]            Esa es  mi máxima aspiración, llegar a tener tiempo para leer.

[6]            Lo hace todo con el mínimo esfuerzo.

[7]            De eso no tengo ni la más mínima idea.

[8]            Es un vino de superior calidad.

[9]            En España ya tenemos racismo de la mejor calidad.

[10]       Voy a comprar la mayor cantidad posible de acciones de EXXON.

[11]       La mejor novela  es la norteamericana.

[12]       Era Alcántara uno de los hombres de mejor salud física que he conocido.

[13]       Terminé la mili y salí del cuartel sin la más mínima perspectiva  de futuro.

[14]       El alcalde de Santiago señala que 1993 fue "el inicio de la mayor actuación urbanística emprendida en Compostela desde los  tiempos del barroco.

[15]       La empresa de los Agnelli vivió  sus mejores días  entre 1983 y 1987. Fue la época de sus mayores ganancias. Si en 1986 Fiat era el mayor fabricante de Europa, hoy es el cuarto, y con el cuadro clínico más grave. Sus acciones se disparan o se desploman al más mínimo rumor. Agnelli anunció que se iba a poner en  marcha  la mayor ampliación de capital de la historia de Italia.  

 

Beachte:  

 

[16]       Es de lamentar que en estos artículos no abunden más los temas literarios. Pero, como dice el propio escritor, lo único mejor que hablar sobre literatura es hacerla. Y en esto García Márquez ha sido ejemplar.  

 

así de + adjetivo + ser / estar

> so + Adjektiv + sein 

[absolut, ohne Vergleich]

 

así de bonito es nuestro país

so schön ist unser Land 

así de fácil es la cosa     

so leicht ist es 

nada volverá a ser (más) así de bonito

nichts wird wieder so schönwerden

 

[1]            Charles y Diana durante su viaje a Canadá. En los tiempos felices de su matrimonio, era habitual verles así de alegres.

[2]            La llanura castellana le recuerda el mar. Por haber sido marino se ve así de ilimitado el horizonte de Castilla.

[3]            Tras ver las fotos de Duato pensó que está para comérselo. Al leer la entrevista pensó que además es interesante; en fin, que el niño no tiene desperdicio. Y así estaba yo de contenta  gracias a que un ser humano ha entrenado su cuerpo y su mente. Duato y  una larga fila de hombres y mujeres que con su esfuerzo recrean la belleza.