Das Attributive Adjektiv

und seine Stellung beim Substantiv

Textos españoles

© Justo Fernández López


¿Qué es una nación?

Por José Álvarez Junco  – ABC – Lunes, 22 de abril de 1996

 

El nacionalismo homogeneizador no es exclusivo de los Estados, sino propio también de élites que, en competencia con el Estado central, aspiran a crear una estructura política propia. Hace un año, en una interesante reunión sobre nacionalismos ibéricos celebrada en Southhampton, se presentó una ponencia de antropología sobre festividades populares catalanas que resaltó el hecho de que la fiesta más concurrida de la Cataluña actual es la Feria de Abril de Santa Coloma de Gramanet (reducto, como se sabe, de inmigrantes andaluces). Tres millones de visitantes había tenido esa feria el año anterior, cifra impresionante si se tiene en cuenta que el total de Cataluña son seis millones. Sin embargo, en un catálogo de fiestas y ferias de Cataluña editado por la Generalitat, la de Santa Coloma no figuraba. No era catalana. Es sólo un ejemplo de la deformación de la realidad, de la negación de la variedad cultural, típica de los nacionalismos.

En la deseable profundización futura de la democracia, los derechos de las minorías deberían plantearse en términos muy alejados del viejo principio de las nacionalidades. Convendría que instancias político-judiciales supraestatales protegieran a esas minorías frente a los Estados a los que están sujetas. Pero esto no tiene nada que ver con la solución nacionalista, que aspira al dominio en exclusiva sobre un territorio para cada uno de esos sujetos colectivos llamados naciones.

Como el tal sujeto, como ente cultural homogéneo, es una invención (una „comunidad imaginaria“, en feliz expresión del antropólogo Benedict Anderson), el acceso al poder de las élites nacionalistas que actúan en su nombre lleva a intentos de moldear el conjunto social ahora bajo su mando a imagen y semejanza de la nueva cultura oficial, reprimiendo, por la fuerza si es preciso, a las minorías „díscolas“. Consecuencias extremas de este principio son la expulsión o matanza de disidentes, las guerras fronterizas y las expansiones imperiales justificadas por victimismos históricos.

O la guerra civil, futuro no imposible en el caso de la hipotética Euskadi independiente, donde al triunfo de un movimiento armado podría seguir el surgimiento de otro de sentido opuesto, convenientemente alimentado por el poderoso Estado español vecino, que pondría el grito en el cielo ante el „genocidio“ a que se verían sometidos sus ahora oprimidos parientes culturales. Un desastre. Y todo, por creerse la ilusión de que las naciones existen.

[José Álvarez Junco es catedrático de Historia de los Movimientos Sociales en la Universidad Complutense de Madrid, ocupa la cátedra Príncipe de Asturias en la Universidad de Tufts (Boston)]

 

Ortega sobre Francisco Brentano

           José Ortega y Gasset: Obras completas.

Madrid: Revista de Occidente, 1961, t. VI, págs. 337-338

 

Hay obras de ancha fama y escaso influjo. Otras, por el contrario, siguen un destino tácito y como subrepticio, al tiempo mismo en que van transformando la superficie de la historia. El libro de Brentano,  Psicología desde el punto de vista empírico, es de este último  linaje. El hecho merece especialísima  consignación.

Este libro, publicado en 1874, ha producido un cambio total en la ideología  filosófica del mundo, y, sin embargo, la  segunda edición no ha aparecido hasta 1925.

Aconsejan datos como éste al fino historiador la  mayor  perspicacia cuando busque los orígenes de las mutaciones humanas, que suele hallarse como la cuna de los grandes ríos, en lugares repuestos  y a trasmano.

Francisco Brentano es, sin duda, la figura más heteróclita de la filosofía contemporánea. Su estilo recuerda a las mentes antiguas. Nacido en 1838, fue sacerdote católico y profesor en Viena. Por dificultades con el Gobierno dejó la cátedra y los hábitos de clérigo, aunque perduró en sus profundas convicciones cristianas.

En rigor, no compuso más que un libro: el  primer tomo de la obra  antes citada. Lo demás de su labor se reduce a  breves folletos, de pura  esencia  intelectual, cada uno de los cuales trajo consigo la reforma de una disciplina filosófica. No le urge escribir páginas y páginas. Convencido de que pesaba sobre él la sublime misión de restaurar la verdadera  filosofía, echada a perder por Kant, vivió  concentrado  sobre cuestiones esenciales  de la metafísica y la ética.

Tuvo como discípulos a los hombres jóvenes que luego han influido  más decisivamente  en el pensamiento  europeo: Husserl, Meinong, etc. Puede decirse que la filosofía  actual de tipo más rigoroso y científico procede de Brentano, al través de sus grandes  discípulos. Retirado en Zurich, ciego en sus últimos años, sereno y alerta , murió el gran filósofo en marzo de 1917. 

            

Grecia

M. Ballesteros / J.L. Alborg: Historia universal.

Madrid: Gredos, 1965, t.1, pp.134-137

 

Ocupa Grecia la casi totalidad de la más oriental de las tres penínsulas mediterráneas de Europa. Es un país quebrado y montuoso, de naturaleza volcánica, dividido por sus complejas ramificaciones en numerosos compartimientos no siempre bien comunicados entre sí, a pesar de que la altura de sus pasos es por lo común escasa.

Tiene Grecia el clima y las producciones típicas de las regiones mediterráneas, y aunque sus montes están hoy desnudos de árboles en su mayoría, tenían en la época clásica numerosos bosques que le daban un aspecto menos árido que el actual.

Tres regiones pueden distinguirse en el suelo continental de Grecia: la septentrional, terminada al sur en una línea. La central hasta Corinto, y la meridional, o Peleponeso.

La Grecia central encierra un conglomerado de regiones. De occidente a oriente, la Acarnania, pequeña comarca regada por el Aqueloo, situada al sur del golfo de Ambracia.

Conocidísimas son las múltiples teorías formuladas para explicar el influjo del medio ambiente en las cualidades intelectuales y morales de los griegos, en su despierta inteligencia y en su amor por la claridad, la belleza y la medida. Pero sin descartar la poderosa influencia que en tan elevadas facultades pueda tener el medio geográfico, debemos más bien ver solamente en éste una beneficiosa coyuntura que favoreció el genio de la raza griega.

Los actuales conocimientos acerca de los pobladores primitivos de Grecia no nos permiten hacer afirmaciones demasiado categóricas, pero puede llegarse, no obstante, a determinadas conclusiones. Las antiguas tradiciones consideraban a los pelasgos como los habitantes que precedieron a los griegos propios. Esta creencia no es por completo equivocada, pues existieron en efecto, pero sólo como una tribu pequeña del sur de Tesalia, aunque después se hizo extensivo este nombre a muchos pueblos diversos.

Sobre esta población primitiva se establecieron los invasores indoeuropeos desde una edad remotísima. Los más antiguos grupos griegos formaban parte de la familia de los jonios y se fueron superponiendo sobre los carios y los lelegos, apropiándose de su cultura, manifiestamente superior. Las regiones del oriente  del sur, que ofrecían, por la configuración de sus costas, fáciles condiciones para la comunicación, fueron el más apropiado escenario para que se desarrollase el genio particular de aquellos bárbaros invasores.

Hacia mediados del segundo milenio aparecen nuevas oleadas de pueblos indoeuropeos, los aqueos, que presionan desde el norte y acometen a los jonios. Los jonios, civilizados y debilitados ya por varios siglos de contacto con la gastada cultura de Creta, no pudieron resistir la acometida de los rudos aqueos, y éstos les sustituyeron en la posesión de las ciudades fortificadas de la costa meridional.

Los aqueos construyeron sus imponentes fortalezas, destruyeron la cultura cretense y se extendieron en correrías de conquista  por las costas minorasiáticas hasta la ciudad de Troya, que señala el límite de su expansión. 

 

Región, nación y Estado

José Ortega y Gasset. Obras completas.

Madrid: Revista de Occidente, 1961, t. VI, págs. 339-341

 

Yo creo que  una de las cosas más útiles  para el  inmediato  porvenir  español  es que se renueve la meditación sobre el hecho regional. Hace años brotó en la vida  pública de España bajo desfavorables auspicios. De la idea de región – tan clara y tan fértil –se hizo un "regionalismo" arbitrario y confuso. Fue arbitrariedad y confusión mezclar, desde luego, el simple hecho  regional con  uno de los conceptos más problemáticos  que existen en el conjunto de la nociones sociológicas: la nación.

Se entendió la región como nación, es decir, se pretendió aclarar  lo evidente con lo oscuro. ¿Quién, hablando en serio y rigurosamente, cree saber lo que es una nación? A esta  primera  potencia se añadió  otra mayor: se dio por cierto que a la idea de nación va  anejo como esencia y atributo jurídico la de Estado; es decir, la  soberanía  separada. Toda esta turbia ideología no ha hecho sino entorpecer el desarrollo del hecho regional y su aprovechamiento para una nueva  forma de vida  pública  en España.

No es derramando fuera de sí misma la idea de región, centrifugándola hacia conceptos  más amplios, cual es el de nación, o radicalmente, cual es el de Estado, como se extrae de ella la mayor sustancia, sino al revés,    reteniéndose en sus límites y aun recogiéndose hacia dentro de ella. Considero  ineludible  denunciar el viejo regionalismo. 

Toda mi fe en la fecundidad de un nuevo regionalismo presupone  que gallegos o vascongados o catalanes abandonen la creencia, tan falsa como ingenua, de que basta con que exista una  cierta peculiaridad étnica, un  cierto modo de ser corporal y moral para tener derecho a constituir un Estado. No se comprende que durante algunos años haya corrido este pensamiento como verdad evidente  por sí misma. En primer lugar, no existe un derecho a ser Estado, ni siquiera existe el principio o norma de que quepa derivarlo y atribuirlo en justicia. Si existiera ese principio sería más bien  opuesto  a lo que se supuso en los años de regionalismo  nacionalista.

Porque la nación, si algo claro significa, es comunidad de sangre y de inclinaciones que la sangre transmite. Ahora bien,  por muchas vueltas que se dé  al concepto de soberanía y de Estado, no se halla en ellos la menor referencia a la comunidad  sanguínea. Lejos de eso, la convivencia  estatal, la unidad  civil soberana, radica en la voluntad  histórica  - y no en la fatalidad  biológica - de convivir. Y, en  efecto, el origen del Estado y su desarrollo ha consistido  siempre en la unión  política de grupos  humanos étnicamente desunidos.

Mientras se siga amparando  la decrépita y vaga doctrina que ve en el Estado una última  ampliación de la familia y en ésta una especie de Estado germinal y nativo, no se entenderá nada del proceso histórico efectivo. El Estado nace siempre antes que la familia  sensu stricto,  y si por familia se quiere entender sólo el grupo zoológico de padres e hijos, será preciso decir que el Estado ha nacido en oposición a la dispersión de las unidades familiares y sanguíneas, obligando a éstas a una unidad superior transzoológica  que trascienda precisamente la disociación etnica de hordas, pueblos, razas. De esta manera, un nuevo regionalismo debería invertir los términos de la cuestión.

Dada la diferencia  étnica evidente – por   ejemplo, Galicia, Vasconia, Cataluña –, no debe preguntarse qué derechos políticos le corresponde, sino al revés, cómo puede aprovecharse en beneficio del Estado esa diferencia, precisamente por ser diferencia. Así viene el nuevo regionalismo a completar la idea de Estado,  en vez de anularla, como en el fondo quería  el viejo.

Si el Estado es el principio de la unidad (jurídica), en lo heterogéneo (biológico) el regionalismo es el principio que subraya la fecundidad de  heterogéneo dentro de aquella unidad. Para el racionalismo al modo antiguo, la heterogeneidad de fuerzas étnicas dentro de un Estado es un mal. Hoy empezamos a ver que la diferencia entre las almas regionales es una  magnífica  riqueza  para el dinamismo del Estado, riqueza que es preciso aprovechar  políticamente. [...]

Revela ello que nuestro Estado es un ente abstracto, como fraguado por generaciones muy geométricas: es un Estado en que sólo se afirma la dimensión de la unidad sin más modelado, relieve y calificación. ¡Unidad pobre, sin articulaciones ni interna variedad!

 

Culpas colectivas

Hermann Tertsch: Culpas colectivas.

EL PAÍS, 21.04.96

 

Los alemanes son genocidas y antisemitas por vocación o constitución y – allá por los años treinta – sólo esperaban a que surgiera un Adolfo Hitler para dedicarse a su máximo deseo: matar judíos. Un joven historiador de la Universidad de Harvard, Daniel Goldhagen, cosecha actualmente un éxito editorial arrollador en los EE UU con esta tesis en su libro Willing executioners (Celosos verdugos).

Con esta teoría sobre la culpabilidad colectiva alemana basada en los genes o la evolución cultural, biológica o ambiental, Daniel Goldhagen acaba adhiriéndose al pensamiento de algunos personajes que no debieron gozar de su simpatía. Porque tachar a los alemanes como esencialmente antisemitas es como considerar a los judíos intrínsecamente usureros, a los gitanos ladrones por mensaje genético o tachar a los esquimales de imbéciles. Es un prejuicio racial. Tan racista como el antisemitismo.

Porque cierto es que muchos alemanes - quizá incluso la mayoría - se dejaron convencer por la propaganda nazi de que los judíos eran una amenaza para su pueblo. Pero también lo es que la propaganda cristiana convenció a franceses, alemanes, polacos, eslovacos, húngaros, y por supuesto a los españoles de que los judíos habían matado a Cristo, envenenaban pozos y celebraban rituales sacrificando a niños cristianos. Y que los progromos desde el medio-evo se dieron en todo el mundo cristiano.

Y no menos cierto es que en muchos países ocupados por los nazis durante la guerra la  cooperación de parte de la población autóctona en el exterminio de los judíos fue tanto o más celosa que la de la población alemana. Y que gran parte de los verdugos eran colaboracionistas franceses o lituanos, ucranios o croatas, belgas o rusos.

Hay momentos históricos que crean condiciones para atraer un proyecto, heroico o criminal, a masas que en otras circunstancias le hubieran vuelto la espalda. Por ello es injusto, ahistórico y erróneo buscar una culpa colectiva de un pueblo por muchos que sean sus miembros que hayan podido participar en un crimen.

Pero lo peor del libro de Goldhagen no es que esté equivocado. Sino que se equivoca a propósito para generar una visión distorsionada de un pueblo, para provocar en beneficio de su tesis – y las ventas de su libro – odios o recelos contra toda una nación. Estos libros con manto intelectual hacen más daño que los panfletos de las bandas neonazis. Porque siembran odio, generan prejuicios, dinamitan la confianza y la convivencia. Estamos en una época en que vuelve la moda de criminalizar a naciones u opciones políticas. Es grave que suceda en los Balcanes o Chechenia. Es trágico que se practique en Harvard. 

                  

Las espinas del paraíso

Por Antonio Elorza

EL PAIS - 8 de mayo de 1996

 

Hacia 1770, dos hermanos procedentes de un lugar de Vizcaya aspiran a que sea reconocida en Madrid su pertenencia al estado noble. Su ejecutoria, en calidad de «vizcaínos originarios», enfatiza en primer término la calidad de sus apellidos. «Es tradición antiquísima», puede leerse en la referencia al primero, «que tres hermanos descendientes de uno de los tres Reyes Magos que guiados de la estrella adoran al Señor vinieron a España a tiempo que se hallaba conquistada de los moros, y habiéndose presentado al rey don Pelayo le ofrecieron muchas riquezas para que diese principio a la restauración de España, le acompañaron en ella e hicieron muchas hazañas dignas de memoria».

¿Qué mejor limpieza de sangre que la apoyada en uno de los Reyes Magos, sobre todo si éste no era Baltasar? ¿Y qué mejor campo de prueba para sus virtudes que la guerra contra el infiel? Pero no estamos ante un cuento oriental, sino ante el alegato para obtener un privilegio. La referencia a los orígenes idílicos se eriza además cuando se contempla desde el exterior. La reivindicación de la pureza supone el correlato de lo impuro, cuya descripción como oponente es lo que confiere valor a aquélla.

Lo que caracteriza a nuestros vizcaínos originarios es no estar afectados de ninguna de las marcas de la impureza: no ser extranjeros, ser «de limpia sangre y de esmerada generación» (sic), «libres de toda mala raza de generación de moros, judíos, herejes conversos ni penitenciados por el Santo Oficio de la Inquisición por crimen perpetrado contra nuestra sagrada religión, ni de otra mancha, secta ni raíz infecta».

La idealización aparentemente ingenua de los orígenes se convierte en fundamento para una exigencia interesada y en agente de legitimación para una actitud agresiva frente al otro.

 

Escenas políticas: Mujeres buenas de Murcia

ABC - Sábado, 18 de abril de 1998

Por Jaime CAMPMANY

 

Mi admirada, dilecta, rolliza, oronda, redonda y cachonda Cristina Almeida, apoyada por la también diputada del Grupo Mixto del Congreso Mercé Rivadulla Gracia, ha presentado una feliz enmienda al apartado 4 del artículo 19 de la Ley Orgánica del Poder Judicial para que quede con la siguiente redacción:«4. Se reconoce el carácter de Tribunal consuetudinario y tradicional al hasta ahora denominado Consejo de Hombres Buenos de Murcia, que pasa a denominarse Consejo de Hombres Buenos y Mujeres Buenas de Murcia».

Tengo para mí que no faltarán en Murcia «Mujeres Buenas» para nutrir aquel consuetudinario Tribunal de las Aguas y llevarlo adelante en su benéfica función arbitral y distributiva de dar a cada uno lo suyo, o sea, eso que llamaban los romanos (y las romanas) el «suum cuique tribuere o tribuendi». Incluso sería posible que durante esa alta función de administrar la justicia de las aguas, alguna de las «Mujeres Buenas» sufra el percance de romper las mismas, o sea, aguas, delicada atención que no se halla al alcance de los «Hombres Buenos». En esa materia de las mujeres buenas he de decir que en todas las casas cuecen habas y en la mía a calderadas. Y si no ahí está miss España para demostrarlo.

En Murcia, no sólo tenemos mujeres buenas, sino buenas mujeres, y en la huerta es costumbre dirigirse a ellas anteponiendo siempre ese título: «Oiga usted, buena mujer». Bien es verdad que también es hábito huertano el dirigirse así a los varones: «Oiga usted, buen hombre».  No es esta una regla universal, porque, por ejemplo, el surrealista y archipitifláutico sujeto don Luis Sánchez Polack, alias Tip, lo que emplea es el «buena mujer» dirigido a Luis del Olmo, y el «santo varón» lo aplica por lo general a cualquier maromo de escasa o mayor sustancia.

Lo de «mujer buena» puede adquirir una connotación algo diversa y más salaz que «buena mujer», porque parece que lo segundo vaya más dedicado a la virtud y a las buenas costumbres, y lo primero ande más relacionado con lo apetecible del cuerpo y el pecado de la carne. El superlativo de la «mujer buena» sería en este caso la «tía estupenda». Cuando yo era muchacho había en Murcia una cobejera [alcahueta], dueña de una mancebía venida a menos, a la que llamaban la Aurelia, que nunca he sabido si Aurelia era fe de bautismo o nombre de guerra. Era una alcahueta muy piadosa, y cada aurora, cuando terminaba su negocio, antiguo como el mundo, iba al Puente Viejo a echar el diezmo en el cepillo de la Virgen de los Peligros, que allí tiene su hornacina.

Una noche llegamos a casa de la Aurelia dos o tres muchachos, «Hombres Buenos» en agraz, y nos recibió aquella piadosa celestina con grandes extremos de contrariedad y aun de dolor, y hasta gimoteos y plañidos.  «Ay, hijos míos, el Corazón de Jesús querrá que vuelvan mujeres buenas a mi casa. Ahora podéis apañaros, todos juntos o por separado, con mi sobrina, la única que tengo hábil y dispuesta de herramienta, que es muy buena mujer y a todos dejará contentos».

Nosotros, aunque tiernos y febles, además de encerriscados y a punto, comprendimos muy bien el matiz que en la frase de la Aurelia distinguía las «mujeres buenas», ausentes de aquella casa, y la «buena mujer» que era la sobrina, y salimos de allí  poco  menos  que huyendo, creo recordar que en busca de otro mercado mejor provisto.  De ahí,  de esa  frecuente sociedad y simbiosis entre tía y sobrina, viene seguramente el muy verdadero refrán:

«Ni molinera sin harina ni alcahueta sin sobrina».

Y este otro: «La vieja que hila te esconderá la pupila, pero la celestina te ofrecerá la sobrina». Bueno, el caso es que me parece bien eso de que en el Tribunal de las Aguas haya Hombres Buenos y también Mujeres Buenas. Al fin y al cabo, todo es para el riego.

 

Ya lo saben los rusos

EL FARO DE VIGO - 16 de febrero de 2001

 

La Concejalía de Turismo se ha traído a Vigo a un selecto grupo de directores de periódicos rusos para que nos conozcan y nos recomienden a su regreso a la patria. Corre con los gastos Turespaña, que los ha llevado también a Madrid, Barcelona y Sevilla.

La idea es captar para la ciudad el turismo ruso, que existe, aunque medio país se muera de hambre. La Costa Azul francesa y el Levante español saben bien del dineral que los opulentos del Este se dejan en los mejores hoteles, comercios y restaurantes. Cierto que algunos de estos nuevos ricos han hecho fortuna por medios tortuosos, pero también es difícil creer que Rockefeller se forró vendiendo cerillas.

Vienen los rusos y los hemos dado una vuelta en barco y una cuchipanda. Y esperamos que tras ellos lleguen muchos más. Aunque sea para ver jugar a Mostovoi, para dejarse luego una fortuna en Príncipe y en alguna marisquería de renombre.

Y tras los rusos, que vengan más. Porque esta ciudad precisa que se la venda por el mundo, que avance turísticamente, que explote un filón que supone un buen mordisco del PIB español anual.

Vigo tiene más atractivos de los que sus ciudadanos le atribuyen muy a menudo. Han bastado unos días de sol para que veamos esta casa nuestra con otros ojos, pese a las obras, al tráfico, al ruido, a los conflictos...

Asusta nuestra pasión por buscarnos los defectos y cegarnos a las virtudes. Que las tenemos. Y muchas. Ya lo saben los rusos. Ahora, sólo falta que lo sepamos nosotros.

 

Dura vida la de los últimos curas gallegos

 

Un cura pluriempleado en varias parroquias de la parte de Ferrol acaba de saltar a la efímera fama mundana de los papeles y los telediarios tras dar positivo en los controles de alcoholemia de la Guardia Civil.

Apresurémonos a explicar que no se trata de un “pater whisky” como el que inmortalizó Graham Greene en la figura del protagonista de “El poder y la gloria”, sino de un honrado trabajador de las almas que, muy a su pesar, debe oficiar cada domingo seis o siete misas, con sus correspondientes vinos. Como es natural, tan copiosa ingesta de morapio –por bendecido que esté– dispara necesariamente las agujas de los alcoholímetros de Tráfico, que no distinguen entre la iluminación de origen etílico y la emanada del Espíritu Santo.  Infelizmente, además, la transustanciación del líquido de la vid durante la Eucaristía no modifica su contenido en alcohol, lo que deja al pobre cura ferrolano a merced de la mayor o menor indulgencia de los agentes.

Para tranquilidad de sus feligreses, el cura bipárroco de Xestoso y Cambas ha aclarado que dice misa en perfectas condiciones de lucidez pese a los seis vinos que debe echarse al coleto cada domingo por prescripción litúrgica. Ni reza los padrenuestros al revés ni hay noticia de que se le vaya el oremus, como lo prueba el hecho constatable de que ningún parroquiano haya expresado hasta ahora la menor queja de su pastor.

De hecho, fue el propio padre afectado quien dio a conocer la delicada situación que se le plantea con la obligación de recorrer durante el día del Señor más de ochenta kilómetros para atender a sus numerosos oficios divinos. A partir de la cuarta o quinta misa, el pobre clérigo se expone a que un control de la Benemérita lo coloque en situación embarazosa.

La anécdota del cura de Xestoso no excede el módico límite parroquial, pero aún así revela la dramática escasez de personal que sufre la Iglesia en Galicia. Menos de un millar de curas en activo deben atender, según recientes datos del Arzobispado de Compostela, a las miles de parroquias en que se divide este país. Lógicamente, deben hacer esfuerzos casi sobrenaturales para cumplir con la tarea.

De todo esto se deduce que la vieja expresión admirativa “vivir como un cura” ha perdido ya cualquier sentido en Galicia. Pluriempleados, al borde del estrés y bajo la amenaza de los controles de la Guardia Civil, la vida de los últimos sacerdotes gallegos no tiene nada de envidiable. Y a todo esto, el obispo ferrolano monseñor Gea, empeñado en arreglar el problema de las vacas locas.

Discernir el grano de la paja

Un volumen de información tan descomunal como el que ofrece Internet obliga necesariamente a discernir el grano de la paja. Los españoles parecen haber elegido esta última opción, a juzgar por una investigación de alcance europeo según la cual el 40 por ciento de los internautas ibéricos visitan regularmente “webs” de contenido pornográfico. Son nada menos que un millón los nacionales que utilizan la Red para obtener por vía cibernética aquello que, se conoce, no consiguen en la generalmente más satisfactoria vida real.  La cifra está muy por encima de la que arrojan países como Alemania, el Reino Unido o Francia, y viene a coincidir con anteriores encuestas que atribuyen a los españoles el menor índice de actividad sexual de Europa y gran parte del extranjero. Tanto acariciar el ratón.

 


El estío

José Selgas (1822-1882)

 

Mayo recoge el virginal tesoro;

desciñe Flora su gentil guirnalda;

la sombra busca el manantial sonoro

del alto monte en la risueña falda;

campos son ya de púrpura y de oro

los que fueron de rosa y esmeralda;

y apenas riza la corriente el río

a los primeros soplos del estío.

El soto ameno y la enramada umbrosa,

el valle alegre y la feraz ribera,

con voz desalentada y cariñosa

despiden a la dulce primavera;

muere en su tallo la inocente rosa,

desfallece la altiva enredadera;

y en desigual y tenue movimiento

gime en el bosque fatigado el viento.

Por la alta cumbre del collado asoma

la blanca aurora su rosada frente,

reparte perlas y recoge aroma,

se abre la flor que su mirada siente,

repite sus arrullos la paloma

bajo las ramas del laurel naciente,

y allá por los tendidos olivares

se escuchan melancólicos cantares. 

Sobre los montes que cercando toca

la niebla tiende su bordado encaje;

desde el peñón de la desierta roca

lánzase audaz el águila salvaje;

y por el monte y por la vega umbría

crece el calor y se derrama el día.

Más puro que la tímida esperanza

que sueña el alma en el amor primero,

su rayo débil desde Oriente lanza,

sol de la noche, virginal lucero;

triste y sereno por el cielo avanza

de la cándida luna mensajero,

por ella viene, y suspirando ella,

síguele en pos enamorada y bella.

Cuantos guardáis la tímida inocencia

que a la esperanza y al amor convida;

los que en el alma la impalpable esencia

de su primer amor lloráis perdida;

cuantos con dolorosa indiferencia

vais apurando el cáliz de la vida;

todos llegad, y bajo el bosque umbrío

sentid las noches del ardiente Estío.

 


Tristezas

Gaspar Núñez de Arce (1834-1903)

 

Cuando recuerdo la piedad sincera

con que en mi edad primera

entraba en nuestras viejas catedrales,

donde, postrado ante la cruz de hinojos,

alzaba a Dios mis ojos

soñando en las venturas celestiales,

hoy que mi frente atónito golpeo,

y con febril deseo

busco restos de mi fe perdida,

por hallarla otra vez, radiante y bella

como en la edad aquella,

¡desgraciado de mí! diera la vida.

Aquellas altas bóvedas que al cielo

levantaban mi anhelo;

aquella majestad solemne y grave;

aquel pausado canto, parecido

a un doliente gemido,

que retumbaba en la espaciosa nave;

las marmóreas y austeras esculturas

de antiguas sepulturas,

aspiración del arte a lo infinito;

la luz que por los vidrios de colores

sus tibios resplandores

quebraba en los pilares del granito;

haces de donde en curva fugitiva,

para formar la ojiva,

cada ramal subiendo se separa,

cual del rumor de multitud que ruega,

cuando a los ciegos llega,

surge cada oración distinta y clara;

el místico clamor de la campana

que sobre el alma humana

de las caladas torres se despeña,

y anuncia y lleva en sus aladas notas

mil promesas ignotas

al triste corazón que sufre o sueña.

Todo elevaba mi ánimo intranquilo

a más sereno asilo:

religión, arte, soledad, misterio ...

Todo en el templo secular hacía

vibrar el alma mía,

como vibran las cuerdas de un salterio.

¡Oh anhelo de esta vida transitoria!

¡Oh perdurable gloria!

¡Oh sed inextinguible del deseo!

¡Oh cielo, que antes para mí tenías

fulgores y armonías,

y hoy tan oscuro y desolado veo!