DIE MODALVERBEN

Los verbos modales

Spanische Beispiele

© Justo Fernández López


 

[1]            En 1543, tres años después de la muerte de Vives, publica Copérnico su libro „De revolutionibus orbium caelestium“, que había de suscitar toda la cultura específicamente moderna.

[2]            Pues bien, este historiador inglés con quien hemos de habérnoslas largamente en este curso, se nos presenta de primeras como un internacionalista.

[3]            Hasta la fecha no tenemos idea clara de quién fue Goethe como hombre. No he de ocultar que tanto en el caso de Goethe como en el de los demás grandes escritores del pasado, al leer los libros sobre ellos escritos tengo la impresión de que el autor no procede con conciencia tranquila. [Ortega y Gasset]

[4]            Yo supongo –no vaya a ser que de puro estar yo ahora embarcado objetivamente en el asunto pierda el debido alerta y no cuente con malas interpretaciones, aunque serían triviales–, yo supongo que ustedes entienden esto que voy diciendo no como una opinión política mía, sino como la descripción de la realidad histórica más normal. [José Ortega y Gasset]

[5]            Cuando estos días una amable señora se acercaba a mí y me preguntaba: „¿Es usted el señor Ortega?“, me daban ganas de contestar: „Señora, nada más que vagamente, porque siento demasiado que soy sólo una remota aproximación al que debería ser, al que tendría que ser.“ [Ortega y Gasset, O.C., t. IX, p. 585]

[6]            Desde 1789, el Derecho se convierte en el continente europeo en algo que hay que reformar siempre. Desde entonces, el Derecho deja de ser lo por esencia estable e invariable, y se convierte en lo que, por definición hay que reformar, en lo que hay que quitar y sustituir.

[7]            La ministra anunció que denunciará a la multinacional sueca como responsable de la catástrofe del vertido de aguas en Doñana. A esa denuncia se sumará probablemente la de la Junta de Andalucía. La investigación judicial debe determinar con exactitud y sin vacilaciones las responsabilidades civiles y penales del desastre. Pero la Administración, sea el Gobierno central o el autónomo, también tienen importantes responsabilidades de las que dar cuenta. Porque la riada de muerte que ha envenenado las proximidades de Doñana no es un acontecimiento fortuito o imprevisible; se podía haber evitado probablemente con exámenes menos rutinarios de las condiciones de la presa y con exigencias más severas a la compañía explotadora de Aznalcóllar. Aunque eso sea más difícil de conseguir que las declaraciones agradecidas sobre los compromisos con la ecología y demás buenas intenciones.
Sería bueno que, al menos, este desastre ecológico sirva para que la opinión pública conozca quién tiene las responsabilidades sobre este desastre, cuidadosamente dispersas entre organismos nacionales y autonómicos, que dificultan la atribución del papel jugado por cada uno en tan fatales acontecimientos.

[8]            Borrell obtuvo en Extremadura casi el 56% de los votos mientras que Almunia hubo de conformarse con el 44%. La región se dividió: Badajoz se decantó abrumadoramente por Borrell y Cáceres equilibró algo al apoyar a Almunia.

[9]            La oferta hecha al Gobierno por la oposición no es ninguna trivialidad, y un Gobierno responsable habría debido valorar lo que en su mensaje hay de oferta compartible y hasta qué punto coincide con las preocupaciones expresadas por el sector moderado de su propio electorado. Por supuesto que también los socialistas han contribuido al deterioro y que es absurdo plantear la recomposición desde la vindicación o la negativa esencialista de que sea posible una evolución del PP hacia el centro. Pero Aznar carga con una fuerte responsabilidad en el envilecimiento de las relaciones políticas producido a partir de 1993.

[10]       El problema del caso Marey es que su instrucción no ha sido la instrucción exigible en un Estado de derecho y que la actividad probatoria en el juicio oral no ha destruido la presunción de inocencia de Barrionuevo y Vera „más allá de toda duda razonable“. Ahí están los votos particulares, que no es que discrepen en la valoración de la prueba, sino que dicen que no hay prueba, que lo que los magistrados que han formado la voluntad del tribunal consideran prueba no lo es; y no lo es porque, de acuerdo con la doctrina científica generalmente admitida, es ésa la conclusión a la que hay que llegar.
Sin las dudas que existen en la sociedad sobre la instrucción del caso y el carácter poco concluyente de la actividad probatoria con base en la cual han sido condenados, nadie, excepto sus familiares y amigos más íntimos, hubieran podido acompañar a Barrionuevo y Vera. Y lo habrían hecho con la cabeza baja, rehuyendo la mirada de los demás ciudadanos y los objetivos de los profesionales gráficos. No se hubiera podido transmitir por televisión en directo el ingreso en prisión de la forma en que se hizo. Ni existiría la preocupación e incluso la congoja que existe respecto de dicho ingreso en prisión. Esto no lo hubiera podido generar el PSOE, aunque quisiera.

[11]       ¿Quién podría resistir un  interminable  interrogatorio  de  hostiles  fiscales  sobre nuestras prácticas sexuales, sobre nuestros pecados? Eso es lo que yo pensaba mientras veía el vídeo de la declaración del presidente ante el gran jurado.
Era una cinta que nunca debería haberse mostrado, algo que ha degradado a EE UU, y no sólo por los detalles sexuales en los que tanto insistieron los fiscales. Al hacerla pública se destrozaron las normas de intimidad que cualquier sociedad decente respeta.

[12]       Más allá de que Clinton haya tratado de evadirse con una definición harto discutible de lo que cabe entender como "relaciones sexuales", el gran inquisidor Kenneth Starr, verdadero émulo de McCarthy, ha conducido un interrogatorio abusivo y obsesivo sobre un asunto privado. Violando derechos humanos reconocidos en todo país civilizado.
Ninguna referencia a singularidades del sistema político norteamericano justifica el silencio ante ese abuso. Nadie debería verse obligado a prestar testimonio sobre relaciones sexuales libremente consentidas. Y Clinton debió haberse negado a responder.

[13]       La crónica política de septiembre estuvo presidida en los primeros días por el acatamiento insurreccional con que el PSOE de Felipe González respondió a la sentencia en el caso Marey. Las perspectivas de renovación de los recientes candidatos, como Borrell, Maragall y Redondo, quedaron estúpidamente en la sombra ante la caja de los truenos destapada por el ex presidente y por los condenados en esta extraña ceremonia donde la voz y la imagen fueron monopolizadas por quienes hubieran debido ceñirse a la defensa legal de sus derechos y en este caso se comportaron como autodesignados jueces de sus jueces.

[14]       Este Papa es el mejor actor de todos los del siglo: debía haber seguido actuando en los teatritos de Cracovia y habría llegado a algo importante. Tiene una belleza fotogénica, unos arrebatos místicos; lleva la vejez con calor; habla con voz resonante. Aunque no diga nada humanamente valioso. La encíclica de ahora insiste en la unidad de razón y fe: la cuadratura del círculo de la filosofía arcaica.

[15]       El golpe de Estado en Chile, en 1973, ha hecho correr ríos de tinta en libros y medios de comunicación. Por ejemplo, el hoy presidente de Gobierno, José María Aznar, reflexionaba en 1979 sobre el fenómeno abstencionista en unas elecciones generales, y acudía a la analogía chilena; en el periódico La Nueva Rioja, Aznar escribía: "Piensen aquellos que se sienten atraídos por ideales nuevos y por soluciones moderadas y reformistas en los demócratas cristianos chilenos descansando en Viña del Mar, mientras la izquierda, como por otra parte nunca dejó de hacer, votaba en masa y aupaba al poder a Salvador Allende. ¡Cuántas desventuras podría haberse ahorrado el pueblo chileno si en aquella ocasión quienes no lo hicieron hubiesen cumplido con su deber!".

[16]       Resulta lógico, aunque también poco aceptable como regla general, que ETA y sus adláteres hayan tenido un protagonismo excesivo en la campaña. Quien anuncia que está dispuesto a dejar de apretar el gatillo, de forma inevitable consigue que todos los focos del escenario se centren sobre su persona. Es imposible saber en qué acabará todo ello, pero las fuerzas democráticas mayoritarias no sólo debieran haber mostrado satisfacción por la tregua y carencia de prevención por la operación política gracias a la cual se ha logrado.
También habría sido positivo que hubieran dejado claro que desde 1981 se está ganando la guerra al terrorismo y es muy posible que éste, como la extrema derecha o el comunismo, acabe evolucionando, por "impregnación" de la política democrática. La democracia resulta tan frágil y quebradiza como la naturaleza humana pero tiene enorme capacidad difusiva porque es el sistema de gobierno que más se pliega a ella.

[17]       EN UN siglo especialmente cargado de horrores, la Declaración Universal de Derechos Humanos, alumbrada hace 50 años, constituyó una luz de esperanza y puso en marcha una dinámica cuyos frutos son hoy más visibles que entonces. La Declaración parte de dos consideraciones básicas: la universalidad de los derechos, por encima de diferencias culturales o religiosas, y su exigibilidad por cada ser humano. A lo largo de los años, en torno a esta Declaración se ha ido tejiendo una red de instituciones e instrumentos jurídicos que refuerza la lucha por el respeto de los derechos que proclama. En esta red ha caído Pinochet, y deberían haber caído muchos otros dictadores y asesinos. El colofón de este complejo andamiaje que requiere un „nuevo sistema de normas“, como sugiere el secretario general de la ONU, debería ser un Tribunal Penal Internacional permanente como el que se diseñó el verano pasado en Roma.

[18]       «Los conductores de bicicletas y demás vehículos movidos por la energía de sus propios conductores se atendrán a las siguientes normas». «Para poder advertir y señalar su presencia, llevarán las bicicletas un timbre que los conductores harán sonar siempre que haya viandantes o vehículos a los que pueda alcanzar». «En esta clase de vehículos no deben emplearse bocinas». «Siempre que sus conductores oigan el aviso de otro vehículo que trate de adelantarles, moderarán su marcha, apartándose a la derecha». Así reza el Reglamento de Circulación de Bicicletas de 1934. Todavía veinte años después se podía leer en las enciclopedias que los ciclistas deberían ir provistos de gafas ahumadas como las de los pilotos de la Primera Guerra Mundial, pantalones bombachos o con pinzas, y era aconsejable, además, que circularan provistos de armas y munición. Tan ridículas como resultan hoy aquellas vetustas disposiciones son hoy las que obligan a llevar casco a los ciclistas.

[19]       El FBI admitió ayer que sigue sin pistas sobre la autoría y la motivación de los ataques electrónicos que inutilizaron, entre el lunes y el miércoles, algunos de los principales servicios de Internet. La unidad especial dedicada a este tipo de delitos en Estados Unidos ha logrado reconstruir el sistema empleado para llevar a cabo el bloqueo, pero sólo puede recomendar a las empresas que adopten medidas de seguridad. Cualquier ordenador del mundo ha podido participar –sin conocimiento de quién lo manejaba– en el alud de datos que bloqueó los servidores.

[20]       Sé conducir, pero mi padre no me deja nunca llevar su coche.

[21]       Ahora no puedo conducir, he bebido demasiado.

[22]       ¿Quieres que conduzca yo? Déjame conducir a mí, sé conducir.

[23]       Voy a cortarme el pelo y después me hago la permanente.

[24]       Eso no es problema alguno, eso se puede solucionar fácilmente.

[25]       Aquí no está permitido entrar sin corbata, hay que ir elegante.

[26]       Lo quiero mucho y quiero casarme con él, pero no me dejan mis padres.

[27]       Dicen que la semana que viene va a haber huelga general.

[28]       Perdí las llaves de mi casa, ¿qué hago ahora?

[29]       Parece que el nuevo ministro de Defensa va a ser Pérez García.

[30]       No te pongas nervioso en el examen, pueden pensar que no sabes.

[31]       Cae Badajoz tras encarnizada lucha. De inmediato unos dos mil prisioneros rojos son fusilados, y serán los falangistas de retaguardia quienes prosigan la represión sistematizada. El mismo Yagüe no tendrá reparo en reconocerlo: "Naturalmente que los hemos fusilado. ¿Qué se podía esperar? Pensaba que me llevara a cuatro mil rojos mientras mi columna avanzaba luchando contra reloj? ¿Debería dejarlos en libertad, permitiéndoles que hicieran nuevamente de Badajoz una ciudad roja?". Como en Marruecos, donde las tropas españolas no hacían prisioneros. Los legionarios y los Regulares ejecutaban sobre el terreno a cuantos combatientes se rendían, y en la España que iba siendo reconquistada se iba corriendo un grito de pánico: ¡Que vienen los moros!

[32]       Conmovido por sus observaciones sobre la vida religiosa de la gente, Oskar Pfister renunció a su carera académica para ser, exclusivamente, "pastor". Muchos años después, Juan XXIII iba también a declarar, ante el asombro del mundo, que él no quería ser otra cosa que esto: pastor. Nadie supo prever que con esta decisión iba a imprimir nuevo rumbo a la Iglesia católica en un giro de inmensas consecuencias, gracias al cual, de nuevo, lo que hay en el catolicismo de religión de amor iba a comenzar a desembarazarse de lo que la neurosis y la ansiedad había depositado, a lo largo de los siglos, en sus estructuras, deformándolas.

[33]       Por aquel entonces, los exportadores enviaban hacia sus respectivos destinos barriles que contenían un vino ya suficientemente criado; señalamos este detalle porque no siempre había ocurrido así. Es fácil imaginar que las vicisitudes de los transportes habían de provocar, en los siglos pasados, múltiples inconvenientes y cuantiosas pérdidas. Por eso, hasta el siglo XVIII no se estableció la exportación de vinos propiamente dichos, sino que frecuentemente, se enviaban mostos jóvenes cuya fermentación había de realizarse en el punto de destino.

[34]       De entonces arranca la "leyenda negra" del jerez, cuyas exageraciones y despropósitos no deben impedirnos ver el fondo de verdad que subyacía bajo aquella rabiosa campaña de desprestigio.

[35]       El respeto a la voluntad popular, la defensa de los derechos personales han sido preocupación constante de nuestra familia, que nunca regateó esfuerzo y admitió todos los sacrificios, por duros que fuesen, si se trataba de servir a España. En suma, el Rey tiene que serlo de todos los españoles. Fiel a estos principios, durante treinta y seis años he venido sosteniendo invariablemente que la institución monárquica ha de adecuarse a las realidades sociales que los tiempos demandan: que el Rey tenía que ejercer un poder arbitral por encima de los partidos políticos y clases sociales sin distinciones; que la Monarquía tenía que ser un Estado de derecho, en el que gobernantes y gobernados han de estar sometidos a las leyes dictadas por los organismos legislativos constituidos por una auténtica representación popular; que aun siendo la religión católica la profesada por la mayoría del pueblo español, había que respetar el ejercicio de las otras religiones dentro de un régimen de libertad de cultos. [Don Juan, Conde de Barcelona. 14 de mayo de 1977]

[36]       La prensa debe informar; tiene que publicar todo; pero no tiene por qué violar la vida privada de la gente, cosa que no es de interés público.

 

deberse a que

 

Un mouse que no funciona bien (el puntero parece no querer moverse en la dirección que deseamos), puede deberse a que está sucio. Si da vuelta el mouse, verá que hay una bola que se desplaza dentro del mismo, y que es la que provoca el movimiento del puntero en la pantalla. Saque la tapita que retiene la bola, retire la misma y límpiela, especialmente de cualquier pelusa que pueda tener adherida. También revise los rodillitos dentro del cuerpo del mouse que son desplazados por la bola. Luego vuélvala a colocar y es probable que su mouse ya funcione correctamente.

 

La reforma universitaria

 

A pesar de ciertos errores de la Ley de Reforma universitaria creo que no puede negarse que en el breve periodo en el que las universidades españolas vienen gozando de cierto autogobierno, su contribución a la sociedad ha sido muy positiva. Con recursos económicos muy escasos han atendido a un crecimiento espectacular en el número de estudiantes, han mejorado en la calidad de la enseñanza y en los equipamientos docentes, laboratorios y bibliotecas, han extendido considerablemente la investigación, han acometido la reforma de los planes de estudio y la puesta en marcha de nuevas carreras, han modernizado sus infraestructuras y se han adecuado ejemplarmente a las peculiaridades autonómicas sin perder su carácter previo y universal.

Conviene reflexionar sobre cómo hubiese podido hacerse todo esto en la situación anterior: con intervención previa de los expedientes de gasto, con una planificación -o, mejor dicho, falta de planificación- de los cuerpos docentes, tutelada desde el Ministerio de Educación o en ausencia de democracia interna y, por tanto, de consenso en la comunidad universitaria. Mi conclusión es que habrían hecho menos, peor y de forma más costosa. Quiero subrayar que mi opinión es que la universidad ya no es, afortunadamente, lo que era hace 30 años. Tenemos una universidad mejor, de más calidad en la docencia y en la investigación, preocupada por los problemas de nuestro país y nuestra sociedad, pero que, indudablemente, ya no es el bastión de la lucha política, porque existen cauces democráticos en el país que entonces no existían.

 

Los incidentes del Bernabéu

 

EL PAÍS – 03.04.1998 – Nº 700

 

El Borussia Dortmund pide un 0-3

La UEFA parece inclinarse por una multa. Los alemanes exigieron la suspensión y estuvieron a punto de no jugar

El Borussia Dortmund presionó con todos los medios a su alcance a la UEFA para que se aplazara el partido del miércoles con el Real Madrid después de la rotura de la portería. No logrado ese objetivo, el club alemán inició ayer la batalla legal por el caso de la portería del Bernabéu con una reclamación ante la UEFA en la que exige que se anule su derrota por 2-0 y se fije 0-3 como resultado oficial del partido de Liga de Campeones.

La UEFA, cuya Comisión de Disciplina se reunirá el domingo, no parece muy propensa a atender tal reclamación, según fuentes consultadas. Considera un asunto secundario el retraso, un fallo de organización sin más. Lo que realmente preocupó a sus dirigentes fue la falta de seguridad que observó en las gradas del Bernabéu y la intuición de que el club blanco había vendido más entradas de pie de las permitidas.

El club madridista no saldrá indemne de la batalla. Aparte del castigo de una fuerte multa (hasta 50 millones de pesetas) por los hechos que condujeron a que el encuentro comenzara con 75 minutos de retraso, la UEFA advertirá con contundencia al Madrid, incluso amenazándole con no permitirle jugar en el Bernabéu su próxima eliminatoria europea, de que debe resolver cuanto antes los problemas de su estadio, la existencia de plazas de pie y la venta de más entradas de las permitidas.

El argumento del Borussia para exigir el 0-3 es que el retraso no fue debido a un problema de fuerza mayor, sino a fallos organizativos -falta de portería de repuesto-, responsabilidad del equipo anfitrión. Y se sienten perjudicados por ese retraso. «Los jugadores tuvieron que recluirse en el vestuario, se desconcentraron y echaron a perder su preparación física.  A diferencia de los equipos españoles no somos un club que pueda jugar al fútbol a las 23.30», dice el presidente del equipo alemán, Gerd Niebaum, quien añade que el partido fue una «farsa». «Un retraso de una hora debe invalidar el partido. Un club de categoría mundial, como el Real, tiene que preocuparse por una realización reglamentaria del partido.  Hemos sido perjudicados de forma grosera por culpa del equipo anfitrión».

La batalla legal comenzó oficialmente con ese recurso, pero en realidad el club alemán la había iniciado en el mismo momento en que cayó la portería. Una vez reemplazada, el Madrid salió a calentar con prontitud, mientras los jugadores del equipo alemán seguían en los vestuarios. Nevio Scala, su entrenador, se negaba a jugar el partido. «No salimos de aquí», dijo. Para convencerle, la UEFA le recordó que era una incomparecencia injustificada y que se le daría el partido por perdido por 3-0. Fue la última resistencia de un equipo con bajas importantes por lesión, como las de su goleador Möller y el defensa Köhler.

Cuando los ultras sur derribaron la portería, tanto el árbitro, el holandés Mario van der Ende, como el delegado de la UEFA, el chipriota Mario Lefkaridis, dejaron claro que el partido se jugaría tardara lo que se tardara en reemplazarla.  Un empleado de la UEFA se encargó de avisar a las televisiones de que no se suspendería. «Las presiones de los alemanes ante la UEFA fueron indecibles», dicen fuentes de la Federación Española presentes en los tensos diálogos que ocuparon los 75 minutos de retraso.

«Querían suspender el partido a toda costa». El argumento de la UEFA era claro: dada la precariedad del Bernabéu -puesta de manifiesto por la caída de la valla que arrastró a la portería- temían que la suspensión deparara una tragedia.  Además, la UEFA no observaba ninguna situación de riesgo para los jugadores si el partido se disputaba, aunque con retraso. Tampoco en ninguna parte del reglamento de la Liga de Campeones se exige una portería de repuesto.

«Yo fui partidario de no salir a jugar», reconoce el gerente del club, Michael Meier, a la agencia alemana DPA.  «Finalmente jugamos a petición de la UEFA porque se trataba de evitar una escalada de violencia. 90.000 espectadores en un estadio son imprevisibles». «Una suspensión podría haber tenido consecuencias muy graves», dice el presidente Niebaum. «Esto no puede quedar sin consecuencias. Si la UEFA persigue cualquier nadería como lo de tirar cohetes, no puede consentir que en el futuro el equipo anfitrión diga que esperen los otros. Por eso, para asegurar la igualdad de oportunidades, la UEFA debe darnos la razón».

El Borussia comenzó justo después del partido la preparación de su argumentación a hechos pasados. A las 00.45, miembros de la delegación alemana acompañados de un empleado de la UEFA salieron a medir las porterías. El árbitro sólo había pedido medir la nueva, pero los alemanes midieron ambas y comprobaron que la que había resultado indemne medía tres centímetros menos de alto. En lugar de los 2,44 metros reglamentarios desde la parte inferior del larguero hasta el suelo, medía 2,41. Este hecho también lo han transmitido a la UEFA como argumento para solicitar una repetición del encuentro y poniendo como precedente el caso del Spartak de Moscú-Sión de la Copa de la UEFA de esta temporada que debió ser repetido.

La UEFA tampoco dará una gran importancia a este problema.  Recuerdan que la portería del Spartak era 12 centímetros más baja y que ya habían advertido de la cuestión al club ruso. «Si se empieza a medir las porterías de todo el mundo, ninguna mediría exactamente 2,44», dicen. «Dos o tres centímetros son una desviación normal».

 

Un voto

 

EL PAÍS – 26.02.1998 - Nº 664

MARUJA TORRES

 

El espectáculo que el martes nos ofreció el Congreso habla con elocuencia de lo que podemos esperar los progresistas de este país de nuestros representantes políticos. Mientras la derecha reunía fuerzas y votos de sus diferentes adherencias periféricas, se producía en las izquierdas el típico despelote, parcial pero crucial. Se votaban sendas propuestas del Grupo Socialista y de IU para la ampliación legal del aborto, y una de ellas, la primera, quedó en empate. Había libertad de voto en conciencia y algunos conservadores son de miras amplias en este tema. Pero, ¡ay Dios!, lo que no había era restricción de escaqueo. Y unas cuantas señorías lo ejercieron, bien para no pringarse o para obstaculizar, como es el caso de Francisco Vázquez, que es del PSOE y antiabortista, en cuyo derecho está, pero es que la ley no es para que aborte él.

La peor ausencia fue la de Felipe González. Es un símbolo terrible de desinterés hacia los problemas de la mujer, mayormente de las mujeres de clases populares, que nunca podrán acceder al aborto privado que el actual orden de cosas reserva a las privilegiadas, entre ellas congresistas y periodistas. Un voto se necesitaba para cambiar la ley. Un solo voto. De haber votado González, nadie habría sabido que ese voto era el suyo. Al no comparecer, ahora sabemos que pudo haberlo sido.

Aducirán error humano, negligencia de subordinado, falta de coordinación. Me importa un pito: ha tenido que ocurrir, precisamente, con esta ley que los propios socialistas se negaron a aprobar durante su mandato en mayoría, y que sólo al final presentaron, oportunista e inútilmente.

A esa gente la pagamos para que esté en su sitio cuando se necesita su presencia. Y a votar progresista hay que ir, aunque sea a rastras y entubados.

 


 tenía que haber + participio

 

Quien sabe mucho del Japón es Luis María Anson, hombre de muy extraños y variopintos saberes, y yo fui testigo de que a unos japoneses que vinieron a la junta general de Vía Digital les explicó el origen de su monarquía con tantos pormenores, nombres y fechas, que los japoneses se quedaron traspuestos y ojipláticos.  Lo normal, creía yo, era que los japoneses nos hubieran explicado a nosotros la historia de la familia de Indíbil y de Mandonio, el origen misterioso de los celtas y la cuna de la lengua euskera. Lo que tenía que haber hecho Luis María es explicarles todo eso a los tres kamikazes con grabadora de la famosa comida en el «Cenador de Salvador», en Moralzarzal, a un tiro de piedra de Tokío. Al fin y al cabo, lo tenemos todo invadido por japoneses, por madames Butterfly y por Maru-Jitos, como les llama Felisa. Y por Sánchez Dragó.

 

 La conmoción

 

SANTIAGO SEGUROLA

 

Algunas veces el fútbol es una metáfora de la vida. Tras la derrota frente a Nigeria se han reproducido fuera del campo los mismos errores que dentro. La misma disfunción que llevó a jugar fuera de su posición a varios de nuestros futbolistas, se repite ahora en el manejo de la crisis de la selección. Nadie está en su puesto, se envían mensajes equivocados y se mantiene un estado de shock pernicioso.

En su empeño por negar la realidad, Clemente considera que no cometió ningún error ante Nigeria. Dice que no ve lo que todo el mundo vio. Está en su derecho, aunque su resistencia tenga poca cordura. El problema nace del abismo entre lo que dice y lo que siente. En vísperas del encuentro con Paraguay, el equipo todavía está rumiando la derrota de Nantes.

Lo peor es que no hay un mensaje claro. Clemente debió apagar el fuego con rapidez y no lo hizo. Debió salir a explicar públicamente su postura, a lanzar una consigna, la que fuera, y terminar con esta especie de melancolía disparatada que se ha generado alrededor de la selección.  Pero Clemente no ha aparecido. Desde su posición de francotirador ha disparado contra éste y contra aquél, ha provocado ruido, pero no ha generado un discurso, no ha salido de la conmoción que le produjo el resultado. La situación le ha sobrepasado porque le ha faltado eso que se podría definir como calidad de estadista. Ahí se añade otro problema considerable.

 

 El asunto de los GAL no debió llegar a los jueces

 

EL PAÍS – 16.09.1998 - Nº 866

 

El GAL no debió llegar a los jueces, dice el presidente de los tribunales catalanes. El magistrado Guillem Vidal, partidario de un pactoinstitucional

El presidente del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC), Guillem Vidal, manifestó ayer que „el caso Gal debería haberse resuelto a través de un pacto institucional y no de los tribunales“. La máxima autoridad de la Justicia en la comunidad catalana hizo estas consideraciones en el programa El Matí, de Catalunya Radio, y en ellas vino a coincidir con el presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, quien días atrás recalcó que asuntos como éste no habrían llegado al ámbito judicial en otro país.

El magistrado Guillem Vidal fue muy explícito respecto a la opinión de Jordi Pujol. „Absolutamente“, manifestó; „siempre lo he pensado. Me parece que en países con una democracia consolidada esto no habría pasado. En este caso se deberían haber tomado medidas de otro tipo, como hacer un pacto en las instituciones, y no haber llegado nunca al poder judicial“.

Vidal recordó que „el poder judicial es una máquina lenta, pero segura“: „Se rige por otros parámetros y creo que [el caso GAL] es un problema que no debe resolverse en los tribunales de justicia“.

El juez catalán defendió también la independencia del poder judicial y rechazó las críticas al Tribunal Supremo y a su presidente, Javier Delgado Barrio, por parte del PSOE a raíz de la sentencia por el secuestro de Segundo Marey, que ha supuesto el ingreso en la prisión de Guadalajara de José Barrionuevo, ex ministro del Interior, y Rafael Vera, ex secretario de Estado para la Seguridad.

Tras conocerse precisamente la orden de encarcelamiento de los ex altos cargos de Interior, el presidente de la Generalitat declaró que „el caso GAL debía haberse resuelto políticamente y no judicialmente“.

Pujol añadió: „Un juicio de estas características no se habría producido en ningún otro país europeo con más tradición que nosotros, con más solidez en el respeto de las libertades. Esto nunca se hubiera producido en el Reino Unido, Alemania o Francia“.

 

 ¿Debió responder Clinton sobre su vida sexual?

 

EL PAÍS – 27.09.1998 - Nº 877

 

Entre los interrogantes que abre el llamado caso Lewinsky, que afecta a las relaciones del presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, con una becaria pero que se ventila en un foro prácticamente universal, uno de los de mayor calado es el de la relación entre los asuntos privados y el interés público. Clinton prestó testimonio sobre sus relaciones sexuales con una persona adulta mantenidas con libre consentimiento. 

¿Debió negarse a responder sobre ello? ¿Por qué no lo hizo?  

 

Vicios privados

 

Victoria Camps

Catedrática de Ética de la Universidad Autónoma de Barcelona

 

Cada nuevo episodio del caso Clinton es más repugnante que el anterior. A estas alturas de la película, la mayoría de estadounidenses tiene la sensación de que su país está haciendo el ridículo ante el mundo entero. Según la prensa mundial, el espectáculo sólo merece calificativos de desprecio: deplorable, macartista, hipócrita, vergonzoso, abusivo, vomitivo. ¿Cómo han podido llegar tan lejos? ¿Con la complicidad de quién? ¿Quién ha cometido más errores en el montaje de un disparate de tal calibre? ¿Cómo es posible que un sistema jurídico contradiga hasta tal punto sus propios principios? Un fiscal llamado „independiente“, una figura creada para controlar y perseguir la corrupción institucional, se ha dedicado a pisotear la intimidad más inviolable y ha pasado por encima de uno de los principios más característicos de la que fue la primera Constitución moderna: ninguna persona podrá ser obligada a declarar contra sí misma.

¿Qué habría ocurrido si el presidente de los Estados Unidos se hubiera negado, desde el principio, a declarar sobre su vida privada? ¿Pudo haberlo hecho? ¿Debió hacerlo? No me lo pregunto desde el punto de vista jurídico. Seguro que hay en el procedimiento legal artilugios para sustentar la respuesta afirmativa y la negativa indistintamente. Me pregunto qué debía haber hecho Clinton como persona y como responsable político. ¿Debía haberse negado a descubrir sus intimidades?

Sólo se me ocurren argumentos a favor del sí. Por sucios que sean los trapos de Clinton, son privados, y la privacidad -ésa por lo menos- carece en absoluto de interés público. Tiene razón Hillary: los vicios privados del presidente no afectan para nada a sus virtudes públicas. Sólo a ella le incumben los pecados de su esposo. En cuanto a la mentira, ¿existe otra norma más universal que la de negar la evidencia de los devaneos extramatrimoniales? ¿Qué demuestra sino que el presidente de los Estados Unidos es tan macho, tan normal y tan frívolo como cualquier hombre medio americano? ¿Qué tiene que ver eso con el delito de perjurio?

Algunos liberales acérrimos se han apresurado a aplaudir el ejemplo de una sociedad que es capaz de llevar el control y la transparencia democráticos hasta sus últimas consecuencias, pase lo que pase y caiga quien caiga. No lo veo así. Nada puede hacerle más daño a la democracia liberal que la demostración palpable de la falta de criterio de sus dirigentes sobre qué merece ser controlado o hacerse público. El control de la vida privada, un control que sólo busca la explotación del morbo o de un puritanismo hipócrita, es una prueba de que el liberalismo también puede ser fundamentalista. Cae en el fundamentalismo de tolerarlo todo, de no saber o querer discernir entre lo que se puede y no se puede hacer. El liberalismo del todo vale para lograr -¡el fin lo justifica todo!- algo formalmente tan encomiable y democrático como poder destituir al presidente más poderoso del mundo. Esa imprudencia propia del liberalismo vacío e irresponsable es la que permite que el sistema jurídico se pervierta y que la voracidad de un fiscal sea abusiva. Lo malo no es el sistema ni la figura del inquisidor, sino lo que se hace con uno y otro.  Tales desmanes no se combaten, por supuesto, con más leyes, sino con más responsabilidad y un sentido más agudo de lo conveniente.

Un fiscal obsesionado por acabar con Clinton y un Clinton preocupado sólo por salvar su cabeza, ahí está la ecuación que ha tejido toda la trama. A nadie se le ha ocurrido pensar qué consecuencias tendría ese affaire para la democracia, el único tema que sí tiene interés público.

 

Peor si se hubiese negado

 

EDWARD N. LUTTWAK

Miembro directivo del Centro de

Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington

 

A pocos norteamericanos les impresionó la ovación en pie, casi sin precedentes, que recibió Bill Clinton cuando compareció ante la Asamblea General de las Naciones Unidas la mañana del lunes 21 de septiembre de 1998. Mientras los informativos de televisión pasaban continuamente del vídeo del interrogatorio de su compatriota Bill Clinton a la retransmisión en directo del cálido aplauso al presidente Clinton en Nueva York se les hacía claramente patente la diferencia básica entre Estados Unidos y casi todos los países representados en las Naciones Unidas. Hoy en día, la mayoría son democracias al menos de nombre, y en muchos de ellos la democracia es una realidad y los derechos políticos y civiles están sólidamente garantizados. A pesar de ello, en muy pocos países se pone en práctica de hecho el principio de igualdad absoluta ante la ley cuando se trata de los más altos líderes políticos. Cuando un presidente francés fue acusado de recibir diamantes de un brutal dictador africano, no hubo ninguna investigación oficial. Cuando un primer ministro británico fue acusado recientemente de propiciar el enriquecimiento de un hijo suyo, no hubo ninguna investigación oficial. En Italia, incluso las acusaciones más creíbles contra un líder político no se investigan hasta que abandona el cargo. De hecho, Japón es el único país importante en el que ni siquiera el cargo político más alto confiere un privilegio ante la ley.

No es que la ley no se respete más allá de las costas norteamericanas, sino más bien que existe un respeto ancestral, casi sagrado, por los que poseen un gran poder, un respeto que los norteamericanos definitivamente no comparten. Los sondeos de opinión muestran que la mayoría de ellos están enormemente irritados con la inquisición del juez Starr, que siguen aprobando la política de Clinton y que se oponen a que se le expulse mediante una destitución. Pero una mayoría de norteamericanos mucho mayor se habría enfurecido si Bill Clinton se hubiera negado a comparecer ante el jurado que investiga su posible culpabilidad de los crímenes de perjurio y obstrucción de la justicia. Ésa es de hecho la razón por la que Clinton se decidió finalmente a ofrecer su testimonio grabado en vídeo en vez de insistir en el principio de la separación de poderes: sabía que si pretendía estar por encima de la ley destruiría inmediatamente el apoyo popular. Y es evidente que Clinton preveía que su testimonio se haría público.

Mientras tanto, el público norteamericano ha pronunciado su propio veredicto, que seguro que influirá en el Congreso. Tras haber sido bombardeados con extractos de prensa con las referencias de Starr a detalles pornográficos, después de ver su testimonio en vídeo, casi todos los estadounidenses creen ahora que Clinton tuvo relaciones sexuales con Monica Lewinsky y mintió sobre ello, pero menos del 40% quiere que Clinton se vaya de la Casa Blanca por dimisión o destitución.  Más del 60% cree que la vida sexual de Clinton debería haber seguido siendo un asunto privado, y que no debería perder la presidencia por ello o las mentiras incidentales. Estas cifras muestran que el tradicional puritanismo blanco anglosajón se ha convertido en una fe minoritaria en los Estados Unidos de hoy. Sólo Starr ha insistido en que su investigación sobre Monica Lewinsky no era sobre sexo, sino sobre el perjurio y la obstrucción a la justicia.

Si Starr hubiera sido capaz de demostrar persuasivamente que Clinton había abusado de su poder para obstruir la justicia, el público norteamericano habría estado unido en su petición de destitución. Tal y como es, con grandes cantidades de sexo y muy poco de obstrucción a la justicia en las referencias de Starr, más de la mitad de los ciudadanos de Estados Unidos cree, evidentemente, que también los presidentes tienen derecho a su privacidad, incluso cuando deciden cometer adulterio en la Casa Blanca. En este contexto, el testimonio mismo de Clinton en vídeo puede ahora ayudarle a evitar la destitución, porque muchos americanos creen que su humillación por los interrogadores del Gran Jurado fue suficiente castigo para sus faltas.

 

 La edad

 

EL PAÍS – 24.10.1998 - Nº 904

 

VICENTE VERDÚ

 

Hay algo peor que llevar peluquín disfrazando la calvicie, o ser descubierta con un relleno de guata o silicona bajo el sujetador. Lo más demoledor de todo es acaso verse sorprendido en el engaño de la edad. A las mujeres se les perdona mejor esta patraña y hasta puede suscitar un sentimiento medio entrañable y sexual. Si esa mujer se quita años de encima es porque quiere gustar más, como si importándole tanto atraer se despojara de alguna ropa para enseñar la íntima vigencia de su líbido. Hasta Imperio Argentina que tiene 90 años, se quita dos.

En un hombre, en cambio, disminuir los años que se tienen connota con una actitud inconveniente y de fragilidad moral.  Un hombre ha de saber encarar con plena integridad la vida y el vendaval del tiempo que pueda caerle encima. Eso, supuestamente lo curte y no deberá recurrir a maquillajes de mendacidad.

Conozco, sin embargo, a varios señores que trolean respecto a sus años. Yo fui uno que, aprovechando un error del pasaporte, me borré un bienio durante un par de bienios más.  Nunca me pesó tanto esta descarga. Vivía de continuo en pecado mortal y como con un pedazo de vida necrosado que posiblemente contagiaba al resto de la identidad.

En francés se dice a este pobre timo tricher avec l’ age y al verlo, una vez, aludido o en otra lengua me pareció el cenit de la vulgaridad. De hecho ya no logré las fuerzas necesarias para seguir con ese baldón y enseguida empecé a corregir todos los currículos para recobrar los dos años de los que había abjurado ignominiosamente. Pronto descansé y me creí más sólido.

 

Lo que nunca debería haber pasado

 

EL PAÍS – 01.12.1998 - Nº 942

 

JOSÉ MARÍA RIDAO

 

Añádase el grado de preocupación según el gusto y templanza de cada uno, pero hace años que en España está pasando lo que nunca debería haber pasado. Para empezar, nunca debió el partido que en 1993 encarnaba la alternativa de Gobierno haber promovido segundas transiciones, como si la primera resultase insuficiente para los briosos proyectos de regeneración que proponía.

Obsesionados por desalojar y arrastrar por el lodo a sus antecesores en el poder, quienes se ofrecían para evitar que la gran nación española -su gran nación española- fuera deshilvanada por culpa de lo que consideraban un Gobierno débil y corrupto, se olvidaron de que las costuras del proyecto político del 78 no sólo servían para restañar la fractura entre derecha e izquierda. Servían, también, para reconducir las tensiones nacionalistas.

Así, tirar de la hebra que convenía para ofrecer a los españoles la catarsis de Guadalajara, la hazaña triunfal de la regeneración, significaba, de manera prácticamente inevitable, que tarde o temprano el descosido resultase general. ¿No buscaban los regeneracionistas un año cero, una nueva edad que se quería de oro no porque de verdad lo fuera, sino en brutal contraste con la precedente? Pues de acuerdo, han pensado muchos: tabla rasa, segunda transición a todos los efectos. Sobre todo a los de esa timorata España de las autonomías, mera solución provisional que, a lo sumo, habría servido para recorrer el funestísimo pasado inmediato. Un pasado sobre el que -según se sigue asegurando desde las posiciones más diversas- es urgente pasar página, aunque sea al precio de no haberla leído y de no extraer ninguna conclusión.

Pero lo que está pasando, además, y que nunca debería haber pasado, es que los nacionalistas parecen haber olvidado las veces en que han sido ellos las víctimas de la exclusión.  Parecen haber olvidado que su propia creencia nacionalista fue reacción a unas ideas que, como las suyas de hoy, ponían una lengua por encima de otra y consideraban cada cultura como un sistema cerrado y esencial, no como un magma que se fecunda con préstamos y rechazos de las otras culturas con las que convive y se encabalga.

La nación que quería aquel nacionalismo español era una en la que sólo cabían quienes estaban de acuerdo con sus intérpretes, razón por la que muchos españoles acabaron de las peores formas que es posible imaginar. Por supuesto que se está a una larga distancia de esos cíclicos desenlaces tan hispanos, de las revueltas más vertiginosas de ese interminable bolero de Ravel que parece pesar como una condena sobre la vida política española. Pero resulta sorprendente que los nacionalistas de hoy no quieran o no puedan reparar en que la espiral empieza siempre de modo parecido.

Empieza por hablar de ellos y del Gobierno de ahí abajo con ese desprecio tan olímpico, equivalente, por lo demás, al desdén con que, hasta hace poco más de veinte años, se trataba lo de ahí arriba. Empieza por reivindicar para uno mismo la condición de nación y negársela a otros, que es exactamente lo que hizo el franquismo aunque en sentido inverso, con el resultado de haber acabado convirtiendo en convencidos nacionalistas a muchos ciudadanos para quienes, hasta entonces, el sentimiento nacional resultaba indiferente.  Empieza, en definitiva, por erigir al propio grupo como único intérprete de las realidades colectivas, o lo que es lo mismo, por confundir la visión o los intereses de una parte con los del todo.

Esto es, sin duda, lo que sucede cuando, dentro de una misma comunidad, se intentan hacer esas disquisiciones de trazo grueso sobre quién es nacional de souche o sobre quién cabe y no cabe en la Constitución. Pero es también lo que se trasluce cuando algunos líderes proclaman que el Estado de las autonomías está agotado.

Con independencia de lo acertado o no de que en 1978 se optara por el café para todos, la existencia de 17 ejecutivos regionales constituye, a estas alturas, un hecho incontestable.  Por consiguiente, lo que no pueden pretender unos cuantos de entre ellos es fingir que los restantes no existen o no cuentan.  Es decir, intentar que las cuestiones que tienen consecuencias sobre el conjunto se discutan, exclusivamente, entre los Gobiernos vasco, catalán y gallego, por un lado, y por el otro, una España que no es la que es después de veinte años de desarrollo constitucional, sino la que se imaginan o la que mejor conviene a algunos de los representantes de aquellas tres comunidades.

Pasa, por último, y tampoco debería haber pasado, que la izquierda no acaba de encontrar un discurso único y homogéneo desde el que hacer frente a todo lo anterior sin que parezca, al mismo tiempo, que se subroga en las posiciones que los conservadores mantuvieron antes. De la misma manera que existe una inercia que ha hecho que quienes ejercen el poder siguen comportándose como si estuvieran en la oposición, también la oposición parece actuar en ocasiones como si continuase al frente del Gobierno.

De ahí que, desde 1996, los ofrecimientos de diálogo y de consenso siempre partan del lado que no deben partir. En este sentido, no es la oposición la que debe promover los acuerdos en los temas de mayor calado, y los que se discuten en estos días sin duda lo son. Es el Gobierno el que debe tomar la iniciativa.

Tratar de suplir sus silencios puede resultar cívico y honroso, pero lleva a lo que lleva: a que los grupos nacionalistas practiquen sistemáticamente la técnica del fuera de juego, debilitando a la oposición y arrastrando cada vez más al Gobierno a sus posiciones. Es decir, consolidando, precisamente, lo que la oposición trata de evitar al tomar la iniciativa del consenso.

Por otro lado, conviene recordar que la izquierda y los nacionalismos han recorrido juntos un largo camino en España.  Pese a lo que se ha podido creer hasta fecha no muy lejana, las principales coincidencias no eran de fondo, por más que, arrastrada quizá por los entusiasmos de las luchas coloniales, la izquierda se dejase seducir en su día por la idea de autodeterminación.

Antes al contrario, las coincidencias tenían mucho de coyuntural y estaban propiciadas por una circunstancia en negativo: la de formar parte de los excluidos, de la anti-España definida por el franquismo. Si la izquierda se apoyó en los valores democráticos para hacer frente a los intentos de uniformizar el país en torno al catolicismo, la lengua castellana y un puñado de absurdos mitos imperiales, no se entiende bien por qué, frente a propósitos actuales sólo distintos en los procedimientos, pone ahora tanto énfasis en incómodas alianzas que permitan recomponer un poder debilitado.

Porque, desde la perspectiva de los valores democráticos, la Declaración de Barcelona y todo lo que ha venido después contiene elementos para la preocupación, pero también supone un doble avance. Por una parte, despeja una buena proporción de las ambigüedades que han caracterizado el discurso nacionalista desde los inicios de la transición, ese no saber si están o no están o cómo están. Por otra, clausura el estéril debate sobre el hecho diferencial y da pie a que se inaugure el único relevante en democracia: el debate sobre el hecho común, sobre los fundamentos de la ciudadanía.

La idea de que España debe organizarse como un Estado confederal puede resultar exótica o inaceptable, pero, en cualquier caso, es una forma de pensar España. Por consiguiente, el discurso de la izquierda no debería reflejar tanta preocupación por el hecho de que los nacionalistas sigan discutiendo, como enredados en su ovillo, la manera de articular unas diferencias que a ellos preocupan más que a nadie. No debería traslucir recelo, sino tranquilidad, por la voluntad nacionalista de clarificar la manera en que ese fardo de la identidad les puede resultar más llevadero.

En lo que, sin embargo, la oposición no debería transigir es en que se fuercen reformas de los Estatutos o de la Constitución instrumentando para ello los deseos de permanencia de quienes, en 1993, empezaron removiendo los polvos de los que vienen estos lodos. Si algo así apareciese en el horizonte serían éstos quienes deberían responder. Pero resulta a este respecto paradójico que, junto a tanto como pasa y que nunca debería haber pasado, la petición de responsabilidades por los destrozos que ha producido la briosa regeneración continúe en el limbo de lo que no sucede.

José María Ridao es diplomático.

 

 El amante bilingüe

 

EL PAÍS – 06.03.1999 - Nº 1037

 

JUAN CRUZ

 

Se tiene la sensación de vivir en un país tercero, o en un país cero; decía la poetisa Ruth Toledano, en el recital con el que presentó en el Círculo de Bellas Artes de Madrid su libro Ojos de quién: „Terceros, terceros son los ceros y los unos./ ¿Quién no ha sido tercero/ alguna vez?“. Lleva mucho tiempo este país siendo tercero, tan cerca del cero, un número total, un agujero.

Tercero ha sido, y también ha sido cero, este país tercero, y sobre todo lo ha sido cuando se llamaba uno, uno grande y libre, aquel país que mataba y perdonaba a quienes mataban, tan recientemente, a Puig Antich, a tantos; país de memoria veloz, trozo de Europa que a fuerza de ser cero y tercero y uno es también un espejo cansado de sí mismo, un tercero lleno de discordia, un cero que aspira a tercero; país que cambió de colores, pero que sigue teniendo el fondo gris, la dignidad diluida, el agotado aspecto de un discurso antiguo, melancólico, expiatorio, país que culpa. País que ahora ofrece la sensación de ser tercero, país tercero en el que todas las cosas, las de todos los días, resultan antiguas, cansinas, agotadoras, terceras.

Tomemos el caso de la propuesta de Jordi Pujol esta semana: el Rey debe hablar a media lengua, en catalán y castellano, cuando vaya a Cataluña; es decir, si esto pudiera ser posible: el Rey toma el puente aéreo y en cuanto llega al Prat de Llobregat, antes de adentrarse en los azules espléndidos o lechosos de Barcelona, ya estará hablando al 50% en la lengua de Salvador Espriu, será como el personaje del gran Juan Marsé, el Rey será el amante bilingüe de Cataluña.

¿Para qué? Según el presidente de la Generalitat, para que su voz, la voz del Rey, sea más constitucional, para que su presencia no moleste del todo, se supone, para que pague la contribución de la lengua. ¿Lo ha de hacer? Lo extravagante de una propuesta así es que suena a chantaje, siempre, a falta de respeto para el sujeto que la ha de cumplir: ¿y si no lo hace, si no lo intenta al menos, será menos bueno para Cataluña el Rey?

Bueno, pues dicha así, de pronto, en el meollo de un discurso, esa propuesta que expresa Pujol desata luego una gran polémica nacional, y ya está todo el mundo, y también el propio Pujol, justificando el mensaje: claro que había que haberlo consultado con la Casa Real, le dicen, es posible que no haya que haber metido tan directamente al Rey en este apasionante berenjenal, qué van a decir los vascos..., y por supuesto viene Anasagasti con su propia contribución a la demasía: no sólo tiene razón el presidente de la Generalitat, sino que también el Príncipe tendría que aprender, etcétera, etcétera, etcétera...

Esta situación pide un guión de Marsé y de Rafael Azcona: en el debate sobre si es obligatorio hablar una lengua u otra están entrando elementos surrealistas a los que estos dos escritores formidables del humor de España no hubieran llegado por sí solos: tenían que ayudarles proposiciones así para tener el punto de partida de una ocurrencia que puede dar mucho de sí, una película entera en la que de pronto el Rey de un siglo como éste se ve obligado a hablar con todos los acentos, los más dispares, y todo ellos tan respetables, del país en el que reina pero no gobierna, obligado el Rey a hablar catalán, vasco, gallego, y por qué no en cualquiera de las variantes viejas del depredado castellano.

Propuestas así ocurre quizá porque la política patria se parece cada vez más a la consecuencia de lo que se le ocurre a la gente cansada; generaciones viejas que están habituadas a tics antiguos, y que en función de esos viejos tics siguen atribuyendo a la forma de expresión española la cantidad mayor o menor de respeto por un pueblo y por su historia; y esta atosigante sucesión de simbologías está llenando de tal manera la actualidad y la vida que a veces apetece ingresar en un largo sueño del que despertemos de pronto en un país moderno, preocupado por otras cosas, un país tercero pero que de pronto se levante vestido de las ropas de un siglo futuro.

Lo malo de estas propuestas es que luego se habla de ellas fuera de donde se dicen, y puede tenerse la falsa impresión de que en Cataluña, por ejemplo, la gente va por las calles pidiendo a los transeúntes de otra lengua que hable en el idioma del lugar, todos con la lengua demediada como se quiere que la tenga el Rey...

Es probable que Pujol crea que su exabrupto -él lo ha dicho, fue un exabrupto- obedece a un impulso patriótico, y nadie debe discutirle esa oscurecida impresión, porque lo patriótico es en efecto antiguo y tercero, cansino, agotador, melancólico y viejo. ¿Cuándo acabará esta sensación, qué la hará terminar? Probablemente el sentido del humor. ¿Y quién lo tiene?

 

Franco frente a la corrupción: „Que me dejen en paz“

 

Franco había propuesto un plan de resurgimiento nacional. Siguiendo sus vagas indicaciones, cada ministerio debía elaborar un programa específico, para aprobar finalmente un plan conjunto. Una vez aprobado, el Ministerio de Industria y Comercio lo traduciría en soluciones prácticas, y el Ministerio de Hacienda estudiaría las necesidades presupuestarias.

Por tanto, José Larraz, ministro de Hacienda, debía cargar con todo el peso de la recons-trucción nacional, proporcionando una base financiera sólida, además de unificar el pre-supuesto nacional, liquidar las deudas de guerra y contener la inflación.

Pero ni siquiera no podía hacer el "milagro" que Franco le exigía hubo de dimitir a principios de 1941. La corrupción se generalizaba incluso en actividades alejadas de la vida pública y administrativa. Es cierto que el Estado anunció graves sanciones contra los especuladores, intermediarios y estraperlistas, pero ni un solo alto cargo, ni un solo familiar de los muchos que especulaban en nombre de los grandes jerarcas corrió el menor riesgo.

A Ridruejo, que se quejaba de que varios generales se dedicaban a hacer fortuna con negocios sucios, Franco le contestó con toda calma: "Mira, Dionisio, en la Edad Media exista la costumbre de repartir títulos, tierras y bienes entre los combatientes que habían sobresalido en la batalla. Isabel y Fernando debieron ajustarse a esas normas después de la conquista de Granada. Sin embargo, en nuestros días no hay manera de premiar debida-mente a los que creen haber contribuido eficazmente al triunfo del Movimiento."

A Franco le llegaban informes sobre la corrupción de sus ms fieles colaboradores. Un día, harto, le respondió a su cuñado: "Ya estoy harto de esas cosas. Que me dejen en paz".

 

Franco y la monarquía

 

Pero la actividad de la oposición monárquica no cedía. Un tanto inquieto, Franco escribe en mayo de 1942 una carta a don Juan de Borbón, con la pretensión de adoctrinarle políticamente y aconsejarle: "No son las instituciones las que han de hacer a  España capaz de cumplir su misión histórica, sino los jefes que dirigen su Revolución Nacional." Y, desde una posición de superioridad le pide que se identifique con FE y de las JONS y sobre todo que prohíba a los que se titulan sus amigos estorbar y retrasar la reconstrucción nacional. Pero como Don Juan no debió de tomar cartas en el asunto, algunos monárquicos han de exiliarse. Carrero Blanco le aconseja que intente ganarse a los monárquicos: "Es evidente también que V.E. ha podido coronarse Rey de España, pero V.E. no ha querido tal cosa. Si España ha de desembocar en una monarquía que V.E. debe constituir porque España quedó en sus manos como fruto de la Victoria, necesita contar con el Rey, y es indudable, pese a todos los cubileteos de algunos tradicionalistas, que no hay otro Rey que Don Juan".

El razonamiento de Carrero Blanco era muy claro:   España pertenecía a Franco por haber ganado la guerra, y Franco podía hacer de ella lo que quisiera. Podía autoproclamarse Rey de España, por designación providencial, o, puesto que no lo había querido, habría de constituir una monarquía de nuevo cuño, pero necesitaría un Rey, y lo más sencillo sería buscar al príncipe don Juan de Borbón.

En consecuencia, Carrero le aconsejaba una entrevista directa con el conde de Barcelona, para que, tras un "perfecto acuerdo", éste se convirtiese en el sucesor designado y defensor de la obra política del Generalísimo. Aunque, en realidad, la cuestión no sería tan simple, y Franco tardaría cinco años en entrevistarse con Don Juan. En la España de Franco, el frente monárquico incrementa su actividad en 1942, tras el desembarco aliado en el norte de África. Don Juan de Borbón, que vive en Lausanne, declara: "Soy el legítimo representante de la monarquía española. Mi suprema ambición es la de ser Rey de una España en la cual todos los españoles, definitivamente reconciliados, puedan vivir en común."

Al mismo tiempo, el general Kindelán viaja a Madrid para ver a Franco, a quien urge a restaurar la monarquía, proponiéndole proclamarla y que desempeñe la regencia por cierto tiempo. Franco se defendió diciéndole que no deseaba prolongarse en un cargo que cada día era más desagradable, que se pensaría lo que le había expuesto. Pero, poco después, le quitaría el mando de capitán general de Cataluña, para nombrarlo director de la Escuela Superior

del Ejército, vacante tras la destitución un mes antes del general Aranda, que ya no recibirá mando o cargo alguno. Franco recibe una carta de Don Juan, advirtiéndole de los gravísimos riesgos a los que expone al país con la permanencia de su Régimen personal y aleatorio. En consecuencia, le apremia a restaurar la monarquía, significándole su no identificación con la doctrina falangista, pues quiere "ser Rey de los españoles y un español más sin distingos de clases sociales ni de partidistas banderas." Esta carta enfurece a Franco, que le contesta teoretizando   dogmáticamente sobre la formación del príncipe: "Soy yo, su conductor,  el que después de haber sacado a España de la sima donde se hallaba hundida, interpretando el sentir general de cuantos participaban en el  Alzamiento, les señalé el rumbo político.

Lo que interesa es estar en posesión de la verdad, y cuando de ella nos sentimos seguros, la hemos de defender con tenacidad." Su omnipotencia narcisista, asentada sobre el poder político que realmente ostentaba en España, le permita devaluar al que se le presentaba como su máximo rival, encubriendo con su endiosamiento el temor y la envidia que en el fondo sentía hacia Don Juan.

 


¿Cómo debe ser un buen periódico?

 

Según John C. Merryl, una de las máximas autoridades académicas en periodismo, un buen diario debe tanto dirigir a la opinión como informar. 

Un buen periódico tiene que tener orientación internacional, tiene que ser serio y estar bien informado. Sus temas tienen que abarcar las relaciones internacionales, la diplomacia política, la economía, el mundo empresarial, la ciencia, la cultura y el arte.

Resumiendo, el periódico de élite debe ser efectivamente cosmopolita, debe tener un enfoque racional, interés  cultural y un lenguaje culto.

Además, debe mostrar un compromiso total con temas referentes a los derechos humanos fundamentales, sensibilidad para los problemas sociales, curiosidad moderada por todo lo nuevo, y respeto por la capacidad crítica e intelectual de sus lectores. 

La mayoría de los periódicos del mundo proporcionan un montón de información generalizada, dirigida a la masa, a un público práctico, emocional y apresurado. Contienen pocos análisis, poca profundidad y, hay que decirlo, no creen en la capacidad intelectual del lector.

EL PAIS, que empieza  a salir cuando muere Franco en 1975, en pocos años se convierte en uno de los periódicos europeos más destacados.

Hoy es más leído que el tradicional ABC de Madrid o La Vanguardia de Barcelona.

Otro periódico de bastante nivel es EL MUNDO, aunque la valoración de cada diario depende de la ideología que tenga el crítico.

Para la derecha, por ejemplo, todo periódico con cierto nivel intelectual ya es sospechoso.

Para la derecha todo diario tiene que tener un carácter pedagógico tradicional: llamar siempre la atención sobre los valores eternos de la nación y no ponerlos en duda.

Hay periódicos liberales, razonables y serios, como EL PAIS, The Washington Post, Le Monde.  

Otros bien informados y conservadores, como el FAZ alemán y el Svenska Dagbladet  sueco.              

Otros moderados y cultos, Daily Telegraph, Le Figaro, Neue Zürcher Zeitung.