Perífrasis verbales - Textos

© Justo Fernández López


Es mejor lo malo por conocido que lo bueno por conocer.

Was der Bauer nicht kennt, isst er auch nicht.


El vestido nuevo del Emperador  

“Des Kaisers neue Kleider”

de Hans Christian Andersen

(1805-1875)

 

Un día unos estafadores le hicieron creer a un emperador que podían confeccionarle un traje milagroso, un maravilloso vestido que tenía la propiedad de ser invisible para cualquiera que fuese estúpido o deshonesto. Los bribones pidieron hilos de oro, los metieron en su bolsa, y luego fingieron que se ponían a trabajar.

Ninguno de los ministros que el emperador fue mandando por turnos para que viesen cómo estaba de adelantado el nuevo traje, vio nada, pero, puesto que no podían admitir que estaban totalmente faltos de honestidad o de juicio, se persuadieron todos muy a prisa de que no lo habían visto bien, y empezaron a admirar los vestidos invisibles en el telar sin hilos. Pronto todo el mundo en la ciudad se puso a hablar de la tela soberbia; y todos estaban ávidos de saber quién sería el que no lo podría percibir.

Cuando el traje estuvo terminado, el emperador fue a verlo. Todos los ministros quedaron extasiados. El emperador no se atrevió a confesar que no veía nada, puesto que ello hubiese sido tanto como reconocer que era tonto o deshonesto. Entonces exclamó: “¡Qué bello es! Le concedo mi más alta aprobación”. Gratificó a los dos pillos con una cruz de caballero para que la pudiesen lucir en el ojal, y con el título de escuderos tejedores.

Cuando llegó el día de la gran procesión a través de la ciudad, el emperador se puso su nuevo traje, y todo el mundo lo encontró admirable. Sólo un niño gritó entre la muchedumbre: “Pero el emperador está desnudo”. Entonces el emperador sintió un escalofrío, pero él entonces adoptó una postura más altiva, y los chambelanes siguieron llevando una cola que no existía.

En este cuento de Andersen, Freud vio la transposición de un deseo que se remonta a la infancia: el de estar desnudo y exhibirse sin vergüenza. Este mismo deseo, afirma Freud (Studienausgabe, II, pág. 249), se expresa en esos sueños en los que el durmiente aparece desnudo o mal vestido en presencia de extraños.

 


Un lector empedernido de la literatura rusa

 

Pocos son los lectores de 50 volúmenes anuales mantenidos durante años. Pero el caso de Pablo Sanz Guitián es doblemente singular. Ha volcado esta pasión por los libros en una dirección casi única: la literatura rusa.

Es abogado, nacido en Cartagena hace 67 años. Está trabajando aún a jornada completa en el despacho donde antes ejercieron su padre y su tío. Sigue manteniendo una media de lectura de 50 libros anuales y da los últimos retoques a su primer libro: la antología de 150 viajeros españoles por Rusia desde el siglo XI a 1985.

Su casa en el barrio de Salamanca ofrece el tapizado de paredes que se espera: casi sólo lomos de libros perfectamente apretujados en los anaqueles. Estamos aquí ante 7.000 volúmenes, en su mayoría leídos durante los 44 aos de su recolección, de los cuales 2.200 son de narrativa rusa.

“Todo comenzó de manera espontánea. Fue una tarde lluviosa en 1944. Estaba aburrido de estudiar Derecho Político y me puse a leer una novela de Leónidas Andreiev. Me encantó tanto lo que leí que desde entonces quedé cautivado por la literatura rusa. Leí todo lo que cayó en mis manos hasta que llegué a Tolstoy, a Dostoievski, a los grandes clásicos. Leía todo de forma compulsiva, pero especialmente a Dostoievski, que me lo llegué a leer entero en unos meses, y es el novelista que más admiro después de Cervantes”.

No es retórica la compulsividad lectora de Pablo Sanz. Era como dividir en dos su vida, entregando, literalmente, una mitad a su familia y a la abogacía, y la otra a esas insuperables realidades virtuales de exigencias autárquicas que los genios novelísticos rusos proporcionan al buen lector. “Cuando era joven, al descubrir la literatura rusa, llegué a leer 150 libros al ao durante años. Hice cálculos y descubrí que a ese ritmo podría disponer del tiempo de vida suficiente para leerlo todo. Al casarme y tener hijos, además de trabajar, la cantidad se fue reduciendo. Recuerdo que me iba desde mi casa al despacho caminando y leyendo los libros por la Castellana. Entonces no había el tráfico que hay hoy.

Anotaba todos los libros que iba leyendo, y los guardaba. De ese modo, hacia 1951, comenzó a pensar, por primera vez en serio en el coleccionismo. “Al año vengo a recibir unos 40 catálogos de librerías de viejo de toda España. Nada más llegar un catálogo por correo, salgo que materialmente no pueda abandonar lo que estoy haciendo, me pongo de inmediato a leerlo. Y tan pronto descubro un libro, voy y lo encargo inmediatamente por teléfono”.

 

Aprender a mirar

 

“Aristóteles –dijo el autor de “La filosofía hoy”– nos enseñó a ir mirando las cosas que van pasando a nuestro alrededor y que no han cambiado. La gente busca hoy como entonces la felicidad, la justicia, el bien ... Todas estas palabras siguen vivas, frescas y jugosas como hace más de dos mil años y por lo tanto el mundo sigue también igual de fresco. El único mérito que puede tener mi libro es mostrar que todo esto sigue vivo”.

Fernando Savater declaró que “La infancia recuperada” es un libro por el que siente especial cariño, “algo que parece sucederle a muchas personas que me tienen martirizado pues haga lo que haga me dicen que está bien pero que no es como “La infancia ...”. Esta obra ha salido una vez más para desanimarme sobre el resto de mi producción”. Una nueva edición a la que, no obstante, se le han añadido una introducción y un texto sobre Robinson Crusoe.

 

La economía española en crisis

 

El ministro de Economía ha sido desbordado por los acontecimientos y en su comparecencia ante el Parlamento ha llegado a felicitarse a sí mismo por la devaluación de la peseta porque sólo había tres alternativas: la depreciación, la salida del Sistema Monetario o el sometimiento de la moneda a la presión de los especuladores.

De cualquier modo, el desconcierto general va a continuar, porque la opinión pública no sabe lo que está pasando realmente. El panorama va a empeorar porque los políticos dan la sensación de dejarse llevar por los acontecimientos. Todos van dando largas al asunto y nadie se quiere comprometer.

Si seguimos así llegaremos a tener que salirnos del Sistema Monetario Europeo (SME) como lo acaban de hacer los ingleses. La cosa se está poniendo muy fea para la economía española. Pero en el pueblo se sigue con la mentalidad tradicional de que vamos tirando y de que podemos seguir viviendo gastando tanto como hasta ahora. Pero si seguimos pensando así acabaremos arruinando el poco prestigio europeo que hemos estado acumulando en los últimos años.

 

Caminar

Manuel Vicent

 

Lo importante no es vivir, lo importante es caminar. Entre dos luces todos los días cruzo a pie el corazón de la ciudad y esto es una filosofía de la vida.

Durante el trayecto pienso en el destino mientras voy enumerando excrementos de perro en las aceras. He llegado a contabilizar exactamente 1.456 en una hora y nunca he dejado de admirar el privilegio de estos animales.

Defecar tranquilamente en las calles más selectas de Madrid, junto al Banco de España, frente al Palacio Real, a la sombra del Museo del Prado, en las escalinatas de los Jerónimos, eso es un lugo que sólo se pueden permitir los perros.

 

La situación de la economía

 

Los resultados de las medidas económicas restrictivas no se acaban de ver claros. Los indicadores económicos muestran situaciones distintas que permiten análisis dispares. La ligera reducción de la inflación subyacente en los últimos meses permite albergar algunas esperanzas mayores respecto a su control, si bien la repercusión de los costes laborales sobre los precios no se ha dejado notar todavía en toda su intensidad.

El desequilibrio exterior, aunque sigue siendo muy importante, parece estar contenido en los niveles del año pasado, lo que sería un dato positivo. Pero las exportaciones no acaban de tirar y lo que se ha conseguido ha sido gracias a una moderación en el ritmo de las importaciones.

El previsible golpe de turismo, que debe producirse en los meses de verano, podría agravar el déficit por cuenta corriente. La Encuesta de Población Activa (EPA) muestra que el ritmo de creación de empleo sigue siendo fuerte, aunque menor al registrado el año anterior, y que el desempleo sigue disminuyendo a pasos que no pueden considerarse malos. El ritmo al que las contrataciones temporales están sustituyendo a los empleos fijos debería, en cambio, empezar a preocupar a las autoridades económicas porque, aunque es cierto que parece favorecer el empleo total, la precarización que conlleva puede terminar siendo excesiva.

Los datos sobre la evolución monetaria en los dos últimos meses, parecen mostrar una aceleración de liquidez monetaria, que puede traducirse en un mayor crecimiento real o en tensiones inflacionistas larvadas de cierta importancia que terminarán estallando con el paso de los meses.

Junto a los posibles trasvases de unos activos financieros a otros, que difuminan la tendencia real, todo parece indicar que, descontado este efecto, estamos asistiendo a un crecimiento monetario que, de mantenerse, pondría en peligro los objetivos fijados para el año sin medidas adicionales.

 

Entrevista con Paloma Picasso

 

–Hasta que pudo adoptar el apellido de su padre [Picasso], usted se apellidó Gilot. ¿Habría tenido la misma suerte profesional si hubiera adoptado su apellido materno?

–Sí, aunque van a decir por ahí que soy presumida. No hubiera tenido el nombre, pero tampoco hubiera tenido el problema de ser oficialmente la hija de Picasso.

–Usted pasó una crisis en el año 1973 y abandonó su actividad creativa como diseñadora en Europa.

–Yo dejé de dibujar después de la muerte de mi padre; primero, porque estaba deprimida; segundo, porque si hacía algo tenía que enfrentarme con la prensa y acabarían hablando de mí padre, lo que no me iba a divertir mucho, y después, porque empezamos a trabajar sobre el museo, y estar viendo picassos todo el día y trabajar al mismo tiempo es imposible.

–¿Cuál es el último recuerdo que tiene de Picasso?

–No me gusta hablar de esto porque tendría que hablar de Jacqueline. Se suicidó, así que me desagrada hablar mal de ella y al mismo tiempo me es difícil hablar bien. Yo nunca tuve una pelea con mi padre. En mi vida. Yo no tenía nada que ver con el libro que escribió mi madre, pero Jacqueline [la última mujer de Picasso] lo tomó como una razón para que no pasáramos las vacaciones con él. Y llamaba a la casa y me respondían que mi padre no estaba, pero él tampoco sabía que yo había llamado y yo quedaba como una ingrata que no quería saber nada de él. Así que fue una relación que se deshizo por causas exteriores, no por problemas de relación entre él y yo directamente.

–Usted vivió con él hasta los cuatro años.

–Bueno, con mi padre y mi madre juntos. Después pasé todas las vacaciones con él, que son cuatro meses al año. Como no iba a la escuela, me pasaba de la mañana a la noche con él, no era para mí un extraño para nada.

–¿Qué faceta de su padre descubrió a través del libro de su madre?

–Yo tenía 14 o 15 años, y como vivía con mi madre me leía lo que iba escribiendo. Otras historias ya me las habían contado. Es extraño, porque mis recuerdos muchas veces pasan por libros, o por fotos que salieron en los diarios, más que por fotos que yo guardé en un álbum personal. También crecí oyendo ciertos nombres que habían muerto 20 o 30 años antes. Claro, antes de que yo naciera, mi padre había vivido tres vidas como mínimo.

 

Las guerras, plaga del siglo XX

 

La paz es una ficción. Desde que acabó la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días han muerto más de 25 millones de personas, entre civiles y militares, en los campos de batalla. Cientos de guerras han llenado de destrucción y sufrimiento la historia de la última parte de este siglo, que se va a cerrar con un balance desolador.

La segunda mitad de la década de los ochenta iba a pasar a la historia como los años en que la guerra fría y la política de bloques daban paso a la distensión y la cooperación internacional. La caída del imperio soviético abría las puertas hacia un nuevo orden mundial. Las guerras coloniales ya habían pasado a la historia, las dictaduras de Latinoamérica iban cayendo una a una y las intervenciones bélicas de otro imperio, Estados Unidos, parecían llegar a su fin.

Pero nada más lejos de la realidad. Muy pocos se acordaban de que en África, Asia y América había todavía una treintena de conflictos abiertos. Casi nadie quería prever que la descomposición del régimen comunista soviético iba a encender los sentimientos nacionalistas en una docena de Estados del este europeo. Y, sobre todo, el mundo entero prefgería ponerse una venda sobre los ojos y no ver el polvorín que existía en Oriente Próximo. Los dirigentes del planeta se llenaban la boca de paz mientras las guerras seguían asolando la tierra y la industria de maquinaria destructiva engordaba las arcas de Occidente.

El mapa del mundo está marcado por las guerras. Cuando una guerra parece que va a acabar, salta otra en el país vecino, o vuelve a estallar en el mismo, renaciendo de unas cenizas sin apagar. De los cinco continentes, tan sólo Oceanía se mantiene en paz. África tiene abiertos casi una docena de frentes. Guerras civiles, movimientos independentistas y tribales, o paces inestables que se rompen en mil pedazos a la más mínima provocación. Liberia, Etiopía, Angola, Sudán, Mozambique y Somalia arrastran unas cruentas guerras civiles. En Chad y Ruanda la paz está cogida con alfileres y puede volver a quebrarse en cualquier momento. Lo mismo sucede en la frontera entre Mauritaria y Senegal. Por no hablar de Sudáfrica; allí, cada avance de la mayoría negra provoca una reacción opuesta.

Precisamente el continente africano ha sido el más castigado por las guerras desde 1945. La independencia se ha ganado con sangre y destrucción. Los colonos europeos eran expulsados, pero las guerras no desaparecían. Las fronteras se volvían a convertir en campos de batallas entre los Estados que acababan de estrenar su independencia. La violencia de estos conflictos evitó que se pudieran cumplir los ideales del panafricanismo sustentado por la Organización para la Unidad Africana (OUA), creada en  1963. Fracasaron todos los intentos de uniones de Estado o reagrupamientos regionales.

En África también, el integrismo islámico hizo su aparición a finales de la década de los setenta y lleva años a punto de estallar. Los principales dirigentes moderados están haciendo auténticos ejercicios sobre la cuerda floja para frenar el fundamentalismo creciente del mundo musulmán.

 

Talento recuperado

EL PAÍS DIGITAL

30 marzo 1998 - Nº 696

 

Vuelve a España Mariano Barbacid, después de 24 años de estancia en algunos de los más prestigiosos laboratorios de investigación de Estados Unidos, para dirigir un Centro Nacional del Cáncer que será creado en Madrid. Es una noticia excelente para el mundo de la ciencia y para la sociedad española en general. Barbacid pertenece a esa generación de científicos que, después de formarse en España, no encontraron las condiciones adecuadas, en medios, en ambiente investigador y en organización, para desplegar aquí sus potencialidades como investigadores y emigraron a países que sí se las ofrecían. Un pésimo negocio para nuestro país, que invertía en su formación, pero no recogía los frutos de la misma, y excelente para los países de acogida.

Después de haber contribuido de un modo determinante a la investigación sobre el cáncer con el descubrimiento de los oncogenes, Barbacid tiene hoy un prestigio científico indiscutible y sigue desarrollando, al frente de un equipo de colaboradores, líneas del mayor interés en la investigación oncológica. Promover un centro que acoja los equipos y programas científicos en las exigentes condiciones propuestas por Barbacid no era tarea fácil, y que se haya conseguido es un éxito importante del Ministerio de Sanidad.

Si, además, se concretaran las vueltas de Ángel Pellicer al Instituto de Investigaciones Citológicas de Valencia, y de Eugenio Santos a Salamanca, el paso dado en el ámbito de la investigación sobre el cáncer, y de la biología molecular en general, sería enorme.

Ello no debe hacer olvidar la existencia de otros muchos investigadores, sin la relevancia pública de los mencionados, que siguen sin encontrar acomodo en nuestras instituciones de investigación, que seguirán emigrando por falta de oportunidades y cuyo regreso tal vez celebremos dentro de otro cuarto de siglo, tras haber perdido esos mismos años en dinero y oportunidades.

El gasto en investigación y desarrollo sigue siendo en España escandalosamente pequeño en comparación con nuestros socios / competidores en Europa. Después de una subida sostenida en los fondos destinados a investigación a lo largo de la década de los ochenta, llegamos a principios de los noventa a superar el 0,9% del PIB, todavía menos de la mitad, en términos relativos, de lo que se gastan en promedio los países europeos.

Quedaba, por tanto, mucho camino por recorrer, que no sólo se interrumpió, sino que empezó a recorrerse hacia atrás. Hoy, ese porcentaje se sitúa en los alrededores del 0,8%, lo que imposibilita afrontar una política de investigación con la ambición necesaria en el mundo de hoy.

 

Recortes, pechugas, canciones

EL PAÍS - Viernes 3 abril 1998 - Nº 700

 

JOSÉ-MIGUEL ULLÁN

 

Al levantarme esta mañana, noté un jaleo desacostumbrado en la mansión enorme y solitaria de la playa mexicana de Buena Vista, a orillas del Pacífico, donde al parecer sigo todavía invitado, holgazán, tragón, y contento, tomando un poco más de lo debido de todo, a excepción de pan dulce al amanecer:

«Eso no, mi amor, en ese pueblo no hay de eso». Y nada más verme así, recién despierto, Felipe, el hijo mayor del velador, sin dejar de barrer arena entre hamaca y hamaca, insinúa:

«Con un jugo de tuna y un trago de tequila, señor, yo creo que la cruda se le pasa». Pero, al llegar a la cocina, obediente, allí estaba ya Anita, la cocinera, gritándole cariño a un rapaz que se negaba a comer arroz con frijoles de un tazón blanquiazul. Y, mientras tanto, en pie, la cineasta que me dará dos veces los mismos buenos días, el arquitecto que lee un periódico atrasado (en titulares: «Paquita la del Barrio ya no cree en el amor») y el rapaz que se larga llorando hacia el mangal cercano, de fruta aún verde. Encima de la mesa, y ahí me la señalan, se encuentra una receta, a sus anchas fotocopiada, que amenaza con ser el plato fuerte del mediodía: «Anita, ¿a que usted sí va a saberlo cocinar?» Y la otra: «¡Ay, Dios mío!» Y yo, igual, al leer ...

Al leer no porque sí, como ustedes, sino porque es Anita la que me lo pide: « Pechugas calderonianas. Todo da inicio en el supermercado. Hay que ser muy amigo del encargado para que nos escoja unas pechugas de pollo a la Raquel Welch.  Una vez que ya estamos en la cocina y nos preparamos a halagar a nuestros invitados, se hace lo que sigue. Primero, se aplanan las pechugas hasta dejarlas lo más delgadas posible.  Después se les espolvorea un poco de sal de cebolla. Una vez que está planita la pechuga, se le pone una rebanada de jamón y otra de queso manchego, luego se envuelve como si fuera taco. Hay que usar palillos para que no se abra el envoltorio.  Ya que tenemos el rollo, en el buen sentido de la palabra, lo envolvemos con dos rebanadas de tocino y entonces lo freímos a fuego lento sobre la misma grasa que suelta el tocino. A mí me sabe muy bueno. Es barato y fácil de hacer».  Y la receta, a cada cual su honrilla, va firmada por Juan Calderón. De ahí.

Pues bien, desde mi estado y todo, acerté a comprobar que Anita, casi muerta de pánico guerrero, oía lo que oía para convertirse en una inspiradísima haikuera , que no cesaba de repetir: «La misma grasa que suelta el tocino / a mí me sabe muy bueno». En traducción simultánea, le propuse a la cineasta que hoy lo mejor sería ir a almorzar a Troncones, que tiene chiringuitos y no está lejos. Pero tanto su esposo como ella alegaron, marchándose hacia Ixtapa con el todoterreno, con Raúl al volante y a toda pastilla, que tenían que resolver un asunto bancario urgente y que regresarían hechos polvo, que a lo mejor, tal vez mañana.

Una cuadrilla de obreros en bermudas había empezado a inyectar veneno en la madera de la gran palapa, cuando Anita, ya a solas conmigo, se definió de golpe y porrazo: «Yo les preparo las pechugas con rajas y elotes, como mi mamá me enseñó». Y volvió a reinar la acostumbrada calma, entre bramidos marinos, cantos de pajarracos irreconocibles, suspiros medio irónicos bajo las palmeras y continuos consejos graves: «No se metan en la cama sin mirar antes dentro, ni tomen prenda alguna, zapatos o playera, sin sacudirla en ese mismo instante». Hurgar. Dejar caer. Para evitar los sustos, claro, como si eso importara a estas alturas, salvo si suena el cascabel y no es jarocho, después de que los sapos saltarines, noche tras noche, acuden cual manada de mariguanos a la terraza, ¡Chiguagua!, a babosearnos los pies.

Y de esta forma transcurría la mañana, como digo, de nuevo en calma, hasta que los dos policías, que hoy han vuelto y están sentados en unas peñas, al borde de la alberca no iluminada, se ponen a cantar con frenesí: «A la hora de la hora / ya no le chupaste nada, / por eso te dejo mojada, / un poco vestida y muy alborotada. / Contigo ya no quiero nada, / perra, hija de la chingada...» (Son como niños. Acaban de interpretar Quítate, que masturbas, tal cual, del exitoso grupo Molotov, en versión policial y armada.)

Poner yo ahora a Maria Luisa Landín, con la radiocasetera requetealta, parecería provocación blandengue, ¿o no? Total, que me encamino hacia mi habitación, hasta la hora candente de las pechugas calderonianas o maternales, y me llevo el recorte de un periódico que me ha entregado Anita, a escondidas, «para que vea usted qué cosas pasan por aquí».

Sobresalen, sobre el papel grisáceo, tres fotos en columna, tres rostros de tres niños lloriqueantes. El primero, Efraín Báez Suárez, con dos meses de edad, fue robado por una mujer disfrazada de enfermera en el municipio de Yahuquemecán (Tlaxcala). El menor es robusto, de tez morena clara, cara redonda, nariz chata y ojos de color café. Tiene una vena rojiza en la fosa nasal, que le llega hasta el labio superior del lado izquierdo. En el momento de ser secuestrado vestía una chambra color blanco con rayas verde agua, pantalón blanco de estambre y calcetines verde agua también.

El segundo niño, Octavio García Juárez, con dos años de edad, fue arrebatado de los brazos de su madre por su padre drogadicto. Mide aproximadamente 80 centímetros, es de complexión regular, tez blanca, cara ovalada, cabello lacio castaño oscuro, nariz chata y, como seña particular, tiene un lunar en la pantorrilla derecha. En tercer lugar, Dulce Yarely Ornelas Blancarte, una niña con tres meses de edad, que fue robada en el tianguis de Irapuato (Guanajuato). Cuando desapareció, vestía traje verde con blanco de estambre y cobertor color rosa. (En la fotografía, luce en el pelo un lazo de lunares). Y yo seguí leyendo por detrás el recorte, y di con un filósofo español, de paso, que aseguraba en masa: «Desde el punto de vista zubiriano, nada se apoya en nada que no sienta algo más». Y me fui quedando dormido. Y, creo que bastante después de leer esas cosas que pasan por aquí, me despertó un auténtico alarido: «¿Y por qué no me hizo las pechugas como yo lo ordené?»

Y Anita se echa a llorar. Y llora, contagiado, el rapaz, que ha regresado del mangal cuando se ha olido la tostada. Y el mar, como si nada. Decidido, voy a poner a la Landín: «Pero no hay que llorar, / hay que saber perder, / lo mismo pierde un hombre / que una mujer». Y el arquitecto, con voz no suficientemente baja, se interroga a lo bonzo: «¿Pero por qué les gustará esa majadera a los españoles?» Y yo, por fin, no sé ni qué decir.

 

Tortura

EL PAÍS - Domingo 10 mayo 1998 - Nº 737

 

MANUEL VICENT

 

Es probable que una persona que acaba de asistir a una corrida en Las Ventas reprenda airadamente a un niño que está apedreando a un gato, pero es mucho más ignominioso que ese señor se haya divertido contemplando cómo taladraban a un toro con diversos hierros. Nadie que presencie sin náusea en medio del jolgorio la tortura de un animal tiene autoridad alguna para enfrentarse a otra clase de violencia.

La incultura de este país consideraba rutinario el que los perros callejeros fueran vapuleados, que los pájaros cantores acabaran siendo fritos y que los gatos salieran escaldados. Los catetos siempre han celebrado esas gracias con sus risas melladas. Esta insensibilidad tiene todavía una salida natural en las capeas en honor a la patrona y en ellas las reses son apaleadas, ensogadas, abrasadas y al final de ese suplicio, devoradas.  Esta miseria espiritual, que goza en algunos casos de denominación de origen, corre a cargo de una juventud entusiasta.

El alcohol unido a la tradición fuerza al gentío a arrojar una cabra viva desde el campanario, a cortarle el cuello a un ganso en la punta del palo enjabonado o a cubrir de clavos a una vaquilla hasta convertirla en un puerco espín.  No creo que ninguna persona decente que no esté ebria piense que semejante brutalidad es consustancial a nuestra raza. Ser español no consiste en meter los riñones para adentro y en andar por ahí dando capotazos como piensan algunos étnicos idiotas, pero la indignidad de esta matanza cada temporada sube de nivel, de modo que pronto veremos encierros en la Gran Vía de Madrid.

Con ser la fiesta de los toros un espectáculo grasoso y hortera, es mucho más casposo el que una persona honorable y no borracha, que puede ser un banquero, un ministro o incluso un rey, muestre su entusiasmo al ver que un bello animal se va convirtiendo en pocos minutos en una morcilla sanguinolenta. ¿Con qué derecho cualquiera de estos caballeros, al salir de Las Ventas, podría reprender a un niño que esté apedreando a un gato?

 

Desmayo del 98

EL PAÍS DIGITAL - Lunes 6 abril 1998 - Nº 703

 

FERNANDO CASTELLÓ

 

Han discurrido treinta años y una generación bajo los puentes de la historia desde aquella riada juvenil que conmovió en Mayo del 68 los pontones del Sena, y no parece que nos hallemos al borde de otra crecida social como aquélla, que a punto estuvo de arramblar no sólo con los adoquines del Barrio Latino parisiense.

Mayo del 68, aquella algarada estudiantil que devino en una casi segunda Revolución Francesa, ahora contra el ancien régime burgués y contra la ya traicionada revolución del proletariado, se produjo en un momento clave de nuestro siglo, que según algunos concluyó con esa efeméride.

El final del decenio de los sesenta estuvo rodeado de momentos históricos terminales: los enanos vietnamitas estaban ya a punto de arrojar al mar al Gulliver yanqui, mientras parte de la juventud americana se echaba a los campus a quemar sus cartillas de alistamiento y hacer el amor y no la guerra; el guerrillero heroico y extemporáneo era asesinado en Bolivia de un tiro alevoso; otra primavera se agostaba, la de Praga, precursora de la también frustrada de socialismo en libertad Allende el océano... Y se habló entonces del final del sueño utópico, diezmado a porrazos aquí, a tancazos allí y manu militari más allá.

Pero la tensión dialéctica siguió haciendo girar la rueda de la historia, con el mantenido equilibrio cinético del terror atómico entre los dos grandes imperios ideológicos armados y ya al borde la guerra de las galaxias. El siglo no terminó, sino que siguió su curso hasta que otro hito marcó aparentemente un nuevo final de todo, incluso de la historia: la caída, dos decenios después, del muro de Berlín, símbolo de la colosal muerte súbita por implosión del Imperio del Este (hoy este del Imperio), víctima de su propio inmenso error: el paso del reino de la necesidad capitalista no al de la libertad comunista que soñaba Marx, sino al imperio de la necesidad sin libertad que propició Stalin.

Después, ya se sabe, roto el sistema de equilibrio bipolar en la cuerda floja nuclear, comenzó la era monopolar, monopolizada por el Imperio del Oeste, bajo cuya égida, no obstante, la guerra antes fría estalló en cien guerras y mil escaramuzas calientes, como haciendo tardíamente realidad el anhelo del Che de que hubiese no uno sino cien Vietnam.

Pero volvamos al Mayo del 68, visto desde este desmayado 98. Tres décadas después, cabe preguntarse qué se hicieron de los infantes herederos generacionales de aquella juventud rebelde con causa que, actuando como clase biológica revolucionaria, quiso y no pudo cambiar la vida con Rimbaud y el mundo con, sin o incluso contra Marx. No se sabe, no contestan. O, mejor, sí se sabe: no contestan por lo general al sistema, adormilados como están en clase, en el taller, en la cola del paro o en la rica cama de papá. 

No parece que, de repente, el kantiano deber de utopía, esa asignatura pendiente de los revolucionarios del mundo, se vaya a volver a enseñar de modo inminente en las universidades donde domina el pensamiento único e insomne neoliberal.

No, aunque algunos, varados argonautas, en el fondo de nuestros corazones, asediados por el colesterol y el tedio (ese monstruo voraz baudeleriano), sigamos calafateando la vieja barca de los locos a la espera desesperanzada de volvernos a hacer a la mar en busca del alba dorada.

[Fernando Castelló es periodista, presidente de la organización internacional Reporteros sin Fronteras.]

 

El 23-F - EL TEJERAZO

 

Mientras el general Armada juega a ser Maquiavelo, el teniente coronel Tejero, un revoltoso con cerebro de pájaro, se pone a disposición del general Milans del Bosch. De todos los complots el de Armada era el más peligroso por estar mejor estructurado. En este asunto todos tenían la intención de engañar a todos:

Milans iba a desprenderse de Tejero en la primer ocasión y Armada iba a utilizar a Milans para convertirse en el "salvador" de la Monarquía y   de aquella democracia a la que, en su opinión había que cortar las alas. 

Juan Carlos se estaba preparando para jugar una partida de squash cuando vinieron a decirle que Tejero había entrado a punta de  pistola en las Cortes. El Rey fue y llamó al jefe del Estado Mayor de Tierra. Le pusieron con el general Armada quien propuso al Rey ir a La Zarzuela a informarle personalmente.

A punto estuvo el Rey de aceptar, pero de repente tuvo la intuición de un peligro relacionado con la presencia de Armada en La Zarzuela. Le llamó la atención la voz de Armada, era la voz de alguien que no parecía sorprendido por lo que ocurría en Las Cortes.

En aquel momento entró Sabino Fernández Campo en el despacho del Rey, éste aún estaba hablando con Armada, pero Sabino le hizo señales de tapar el teléfono con la mano. Don Juan Carlos enseguida adivinó lo que le iba a decir. Una vez más, la suerte iba a ponerse de su lado. Sabino le dijo en voz baja:

"Se trata de Armada. Tened mucho cuidado, porque el general Juste acaba de decirme que diga al Rey que no haga nada si el general Armada se pone en contacto con él." El Rey mandó a Armada que no viniera a La Zarzuela, que esperara nuevas órdenes, y colgó sin darle tiempo a responder. 

El Rey se dio cuenta de la maniobra de Armada. Armada quería ir a La Zarzuela y ofrecerse a tomar contacto en nombre del Rey con los capitanes generales de las diferentes regiones. ¿Y qué significaría eso? Que el Rey está al corriente del golpe y deja hacer.

En efecto, ¿quién iba a creer que el Rey no estaba en el ajo si Alfonso    Armada se instalaba al teléfono de La Zarzuela? El Rey decidió ser él quien llamara personalmente, uno tras otro, a todos los capitanes generales, con el resultado sabido.

Mientras tanto, Tejero, en Las Cortes, permite al fin que los ministros y diputados se levanten y vuelvan a ocupar sus escaños.

Después de anunciar que iba a llegar al hemiciclo un "prestigioso general" que daría las explicaciones pertinentes, fue sacando del hemiciclo a Suárez, Gutiérrez Mellado, Santiago Carrillo, Felipe González y a Alfonso Guerra.

Más tarde, siendo ya presidente del Gobierno, Felipe González admitió que en aquellos momentos llegó a estar convencido de que los iban a asesinar a todos. Pero se contentaron con encerrarlos en un saloncito, cerca del bar donde los guardias se habían puesto a beber nada más llegar.

El Rey sabía que desde el primer momento en que se dieron a conocer las primeras noticias del levantamiento, millones de españoles, encerrados en sus casas. se estarían preguntando con angustia cómo iba a reaccionar el Rey. Hasta que lo vieron en TV.

Mientras el Rey hace su aparición en las pantallas de la televisión, Armada, por mandato del jefe del Estado Mayor, va a las Cortes. Tejero le sale al encuentro. Armada le pide que le deje entrar en el hemiciclo para dirigir unas palabras a los ministros y diputados.  

-¿Qué va usted a decirles? - pregunta Tejero.

-Quiero proponerse una gobierno provisional en el que estén representadas las fuerzas de derecha, izquierda y centro.

Tejero no deja de mostrar una sonrisa amarga.

-¿Un general presidiendo un gobierno donde estarían socialistas y comunistas? ¿Se está usted riendo de mí?

Tejero lucha por el retorno al franquismo puro y duro. Armada esboza un gesto de impaciencia.

-Escuche, Tejero, el ejército está a punto de dividirse. Esto significaría la guerra civil. Le aconsejo, pues, que se rinda.

La palabra "honor" en boca de un general hace saltar a Tejero.

-Vaya a decirle a los que le envían que no aceptaré más gobierno militar que el presidido por el general Milans del Bosch. 

Armada ve que Tejero es un loco y comienza a sospechar que Milans ha jugado con dos barajas. Armada se retira con el rostro más pálido que cuando ha llegado. Tejero sabe que está solo, que todo está definitivamente perdido, que va a pasar  por un consejo de guerra y que corre el riesgo de acabar sus días en la cárcel.

Para el Rey fue la noche más larga de su vida. Y muy peligrosa, pues era consciente de las numerosas trampas que se tendían en su camino. Según iba llamando a los capitanes generales, don Juan Carlos sentía hasta qué punto pisaba arenas movedizas. No dejaba de preguntarse: y éste, ¿cómo va a reaccionar? Innumerables veces el Rey le preguntó a Sabino Fernández Campo: "¿Crees que éste está con nosotros?"

Cuando Milans hizo público su último comunicado y ordenó que los carros regresaran a sus cuarteles, el Rey consideró que el golpe había fracasado. Entonces mandó a su hijo Felipe a acostarse. Se habían terminado las lecciones. Todos en La Zarzuela estaban rotos de fatiga. El teléfono no había dejado de sonar durante toda la noche.

Cuarenta y ocho horas más tarde, Leopoldo Calvo Sotelo sustituyó a Adolfo Suárez a la cabeza del Gobierno. La sesión de investidura comenzó con una interminable ovación al Rey. Muchos "juancarlistas" se convirtieron, desde el 23-F, en simplemente monárquicos.

 

Ir al teólogo

 

Olegario González De Cardenal

 

Nuestros máximos y mínimos humoristas, digo el máximo Máximo y el mínimo Mingote, con la suprema seriedad que da el humor, se han metido a teólogos. Esto pone a los teólogos en la tentación de meterse a humoristas. Sin caer en esa tentación, les agradecen sin embargo que, cuando los responsables no toquen las cuestiones teológicas, las toquen ellos, con tacto o con ataque, en humor o en seriedad.

Me encuentro raro últimamente.

Debería ir al teólogo

Ya dijo Platón que si los filósofos no abordan las verdaderas cuestiones filosóficas, otros las tendrán que abordar. Eso ocurre también con la teología. Bienvenido, pues, el humor a la teología. Parece que las cosas andan tan al revés que el propio Dios se encuentra últimamente raro y se pregunta si no debería ir al teólogo.  Ya no nos consideramos personas respetables, si de vez en cuando no hacemos la visita ritual al psicólogo, al traumatólogo, al dentista, al asesor fiscal, al filósofo particular. 

¿Y por qué no también al teólogo? Pero la cuestión no es que nosotros vayamos a aquel hombre que debe tener una palabra de Dios o sobre Dios y debe saber decirla, sino que Dios mismo, inseguro de sí, enfermo de divinidad, tiene que ir también a alguien que le diagnostique su malestar y le recete la medicina correspondiente.


Ser o no ser

 

por Antonio Gala

 

Va a hacer catorce años que tuve otro contacto con la muerte. Esta vez sencillamente me morí. De una perforación de duodeno. Se produjo mi muerte clínica. Primero, el coma: esa maternal anestesia de la Naturaleza. Entré en la muerte huyendo del dolor, con placidez y con aceptación. Había alguien allí. Y me sonreía. Era mi padre, con la mano tendida en mi ayuda. Y luz y calma había. Vi, en efecto, mi vida. Pero no como si fuere una película. No sucesiva, sino simultáneamente: igual que un retablo gótico, que enseña los momentos de la vida de Cristo o de la Virgen; igual que el conjunto de ordenadas viñetas de un tebeo. No sé bien lo que vi; pero sé que veía lo más trascendental que me había ocurrido: cosas incluso que no entendí como trascendentales. Estaba bien la muerte. No era mala enemiga. Venía para salvarme del insoportable dolor y de su angustia.

La muerte, mi muerte, está sentada y espera. Sin impaciencia, creo. Y yo voy acercándome. Ignoro dónde le encontraré, a la vuelta de qué recodo percibiré sus ojos y reconoceré sus manos transparentes. Ya he aprendido que no se muere de una vez, sino que se va uno muriendo con cada cosa, con cada persona nuestra que se muere. Es una especie de comunidad de los difuntos en la que ingresamos sin enterarnos. Ya me he ido muriendo con tanta gente ya, que apenas si me queda un poquito de vida. No será muy difícil cortar hilos tan débiles.

Tú no puedes comprender lo que te digo. No has sido presentado aún a la muerte. Por muchos riesgos que corras, por muchas enfermedades o accidentes que tengas, más aún - fíjate bien, Tobías -, aunque te murieras, no podrías comprender esto que digo. Como no puedes comprender el amor y sus roncos vendavales. Todavía no. Yo, por el contrario, estoy lleno de muerte aunque no muera. Sé que voy despidiéndome. Pronto no me sentaré más en esta silla, ante esta mesa en la que escribo; no bajaré más esta escalera; no veré más las mimosas, que el aire de marzo mueve con delicadeza, me están diciendo adiós. Sigo sin saber el día ni la hora, ni el lugar que, levantándose, me recibirá mi muerte, y pasará su mano encima de mi hombre, conduciéndome ya abandonado a ella. Pero alguna noche oigo rechinar la última puerta abierta, oigo batir sus hojas mal cerradas. Abierta para salir, no para entrar. Después no hay donde ir: yo he despertado del bello sueño de la inmortalidad. Aquí nos acabamos.

 

Compromiso

 

EL PAÍS - 21 abril 1998 - Nº 718

ROSA MONTERO

 

Javier Marías acaba de publicar en EL PAÍS un interesante artículo sobre el compromiso de los intelectuales. Le doy la razón cuando argumenta que hoy no hay «falta de compromiso», sino, por el contrario, una abundancia sospechosa. Se diría, en efecto, que hay una serie de temas que acaban convirtiéndose en algo así como el huerto privado de algunos intelectuales, de suerte que, al abogar por ellos, el personaje está cultivando su propia cosecha de prestigio y haciendo en definitiva clientelismo. Son los «intelectuales de guardia», como les llama, con lúcida guasa, Julio Llamazares. Bajo la apariencia de ir contra corriente, en realidad se encuentran plenamente instalados en el confort de la disidencia establecida.

Pero, por otra parte, ¿cómo no repetir una y otra vez las mismas denuncias, cuando el sufrimiento abunda tanto? Vivimos en un mundo gobernado por la publicidad. Todos los comerciantes saben bien que, en mitad de la vorágine de estímulos, hay que estar nombrando el producto constantemente para que el ciudadano no se olvide. Tal vez el compromiso sea hoy algo mucho menos heroico y singular que en tiempos de Zola. Tal vez los intelectuales y escritores no seamos sino meros agentes publicitarios de las diversas causas. Y es que, ¿cómo no anunciar , por ejemplo, que existen los saharauis, y que los españoles estamos obligados a ayudarles porque somos responsables de su desgracia? Esto ya se ha dicho muchas veces pero habrá que decirlo muchas más, para movilizar memorias y voluntades (hagamos el anuncio completo: mañana, a las 18.30, hay una concentración prosaharaui frente al Congreso madrileño).  ¿Que al hablar de estos temas el intelectual saca provecho propio?

Ésa es una contradicción y una inquietud que hay que asumir.

Pero no se puede dejar de decir lo que se dice.

 

Muy bruta

 

Rosa Montero

El País - 4 de junio de 1996

 

Debo de ser muy bruta, porque no acabo de entender algunas de las cosas que se dicen (o más bien se cacarean) sobre el tema de los GAL. Para empezar por el principio, es obvio que Galindo puede ser por completo inocente (muchos otros encarcelados preventivos han terminado sin condena), y también que, si fuera culpable, su responsabilidad no mancharía al resto de la Guardia Civil, dos verdades éstas tan de Perogrullo que no termino de colegir por qué se está dando tanto la tabarra con ellas.

Tampoco comprendo que se diga, ni por un instante de apagón neuronal, que al perseguir a los asesinos y a los torturadores les estamos dando cancha a los etarras, cuando es evidente que sucede al contrario, esto es, que la mejor manera de potenciar a los terroristas es asesinando y atormentando desde el Estado, lo cual le otorga a ETA un empuje social e incluso un pretexto moral para sus salvajadas.

Pero lo que ya no me entra de ninguna de las maneras en la mollera es ese afán, que creo percibir en algunos ambientes, de dividir la opinión pública con respecto a este tema en dos mitades. Y eso sí que no. Hoy parece ya fuera de toda duda que desde las cloacas más irrespirables del Estado se ha matado con frialdad y se ha torturado sádicamente durante días: cuerpos humanos, carne gimiente, el dolor y la sangre. Y esto es inadmisible: tal vez peque de inocente, pero quiero creer que de ese completo horror no hay partidarios. Ahora algunos intentan camuflar el caso de guerra ideológica y respaldarse en los honrados votantes socialistas; pero no caigamos en la trampa, aquí no hay dos facciones. Aquí sólo hay un grupito de canallas a aislar y descubrir (deben de ser pocos, porque para las sesiones de tortura no creo que se repartieran invitaciones), y luego todo el país enfrente de ellos.

 

Saber beber

 

EL PAÍS - 17 febrero 1999 - Nº 1020

 

LOS DATOS sobre el consumo de alcohol en España, recientemente hechos públicos por el delegado del Plan Nacional sobre Drogas, Gonzalo Robles, son tan alarmantes como los que desde hace al menos dos o tres lustros vienen reflejando periódicamente el desmedido gusto de muchos españoles por la bebida y las graves consecuencias sociales, laborales, intelectuales y familiares que produce. Las últimas encuestas señalan que casi 300.000 españoles siguen emborrachándose diariamente, sobre todo jóvenes menores de 29 años; que uno de cada tres españoles se inicia en la bebida antes de cumplir los 16 años; que un 50% de los accidentes de tráfico tiene como protagonista a un conductor ebrio, y que la mitad de los jóvenes muertos el fin de semana al volante de un coche tienen índices de alcohol en sangre superiores a los permitidos.

España ocupa el cuarto lugar mundial en porcentaje de personas consideradas alcohólicas y la bebida sigue siendo la tercera causa de mortalidad.  Globalmente, pues, las cifras sobre el consumo de alcohol en España son tan preocupantes ahora como hace diez o quince años. Lo cual pone de manifiesto que es poco lo que se ha avanzado desde los poderes públicos, la comunidad escolar y el entorno familiar para prevenir, sobre todo, a los sectores más jóvenes de la población sobre los excesos en el consumo de alcohol, salvo lamentarse de ello sin mayor consecuencia. 

En lo que sí parece haber algún cambio es en los patrones de consumo: la ingesta de alcohol tiende a disminuir a diario, al tiempo que se incrementa sustancialmente los fines de semana, lo que explica que la mitad de los fallecidos en accidente de coche en esos días den positivo en la prueba de alcoholemia.  También es un cambio que las jóvenes adolescentes, entre los 14 y 18 años, hayan tomado la delantera a los chicos de su misma edad en el contacto con la bebida, aunque sean ellos quienes terminen por beber en mayor cantidad.  La conciencia individual sobre los peligros que conlleva el abuso del alcohol sería la forma más eficaz de impedir que las próximas estadísticas sobre el consumo de alcohol en España fueran tan alarmantes. Pero, ¿cómo pueden los jóvenes aprender a beber si una parte importante de la sociedad española -el 53%- es tan tolerante frente a la bebida que considera que tomarse seis copas no supone el menor problema?

Saber beber está en nuestra cultura, pero esa sabiduría discierne muy bien el cómo y el cuándo beber y, desde luego, es incompatible con el exceso fuera de control y con unas connotaciones como convertir a la bebida en símbolo de masculinidad, forma de lucir una mayoría de edad que no se tiene o alivio químico de pesares personales o sociales.

Sería necesario, pues, que la sociedad española tomara mayor conciencia sobre el peligro del alcohol, al menos igual a la que manifiesta ante otras drogas.  Pero los poderes públicos no pueden quedarse con los brazos cruzados ante una práctica social que incide directamente en la salud pública y cuyas víctimas potenciales son jóvenes y adolescentes de personalidad todavía inmadura, sin suficientes defensas ante el culto social al alcohol.

 


Yo voy soñando caminos

Antonio Machado

Yo voy soñando caminos

de la tarde. ¡Las colinas

doradas, los verdes pinos,

las polvorientas encinas! ...

¿Adónde el camino irá?

Yo voy cantando, viajero

a lo largo del sendero ...

- La tarde cayendo está -.

“En el corazón tenía

la espina de una pasión;

logré arrancármela un día:

ya no siento el corazón.”

Y todo el campo un momento

se queda, mudo y sombrío,

meditando. Suena el viento

en los álamos del río.

La tarde más se oscurece;

y el camino que serpea

y débilmente blanquea,

se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:

“Aguda espina dorada,

quién te pudiera sentir

en el corazón clavada.”

[Antonio Machado (1875-1939):

Poesías completas, Madrid:

Austral, 1963, p. 31]


Soneto

de Lope de Vega (1562-1635)

Un soneto me manda hacer Violante,

Que en mi vida me he visto en tal aprieto:

Catorce versos dicen que es soneto:

Burla burlando van los tres delante.

Yo pensé que no hallara consonante,

Y estoy a la mitad de otro cuarteto:

Mas si me veo en el primer terceto,

No hay cosa en los cuartetos que me espante.

Por el primer terceto voy entrando,

Y aun parece que entre con pie derecho,

Pues fin con este verso le voy dando.

Ya estoy en el segundo, y aun sospecho

Que estoy los trece acabando:

Contad si son catorce, y está hecho.

 


El que espera desespera,

dice la voz popular.

¡Qué verdad tan verdadera!

La verdad es lo que es,

y sigue siendo verdad

aunque se piense al revés.

·

Este amor que quiere ser

acaso pronto será;

pero ¿cuándo ha de volver

lo que acaba de pasar?

Hoy dista mucho de ayer.

¡Ayer es Nunca jamás!

 

[Antonio Machado (1875-1939):

Poesías completas, Madrid, 1963]

 


Mi primer amor

 

de Teodoro Pérez (Madrid)

 

Noche clara de luna

Amor, te sigo esperando,

no sabes que te estoy amando

y lloro mi desventura.

En esta linda pradera

deshojo la margarita.

Las hojas que estoy cortando,

según se van terminando

el corazón me palpita.

Mientras, miro las estrellas

para ver si alguna de ellas

lleva un mensaje de amor

de este triste corazón,

que aprisiona a una doncella

como enjaula a un ruiseñor.

Si la alondra en las alturas

canta a su compañera,

¿por qué yo soy prisionera

de este amor que es mi locura?

Por ti pierdo la razón

y sé que este primer amor

me lleva a la sepultura.

 


No me amenaces

 

[canción mexicana de José Alfredo Jiménez]

 

No me amenaces, no me amenaces.

Cuando estés decidida a buscar otra vida

pues agarra tu rumbo y vete.

Pero no me amenaces;

ya estás grandecita, ya entiendes la vida,

ya sabes lo que haces.

Porque estás que te vas, que te vas, que te vas,

y no te has ido, y aquí estoy esperando tu amor,

esperando tu amor, esperando tu amor,

o esperando tu olvido.

Ay, ay, ay, no lloras porque te vas,

sino porque no te has ido.

No me amenaces, no me amenaces.

Si ya fue tu destino olvidar mi cariño

pues agarra tu rumbo y vete;

pero no me amenaces, no me amenaces;

ya juega tu suerte, ahí traes la baraja,

yo tengo los ases.

Porque estás que te vas, que te vas, que te vas,

y no te has ido.

Y aquí estoy esperando tu amor, esperando tu amor,

o esperando tu olvido.

[Interpretada por Las Hermanas Huerta]

 


Juan Charrasqueado

 

Corrido mexicano

 

Voy a contarles un corrido muy mentado:

lo que ha pasado en la feria de la flor,

la triste historia de un ranchero enamorado

que fue borracho, parrandero y jugador.

Juan se llamaba, lo apodaban Charrasqueado;

era valiente y arriesgado en el amor;

a las mujeres más bonitas se llevaba,

en aquellos campos no quedaba ni una flor.

Un día domingo que se andaba emborrachando,

a la cantina lo corrieron a buscar:

cuídate, Juan, que por ahí te andan buscando;

son muchos hombres, no te vayan a matar.

No tuvo tiempo de montar en su caballo,

pistola en mano se le echaron de a montón.

"Estoy borracho", les gritó, "y soy buen gallo",

cuando una bala atravesó su corazón.

Creció la milpa con la lluvia en el potrero,

y las palomas van volando al pedregal,

bonitos toros llevan hoy al matadero,

qué buen caballo va montando el caporal.

Ya las campanas del santuario están doblando,

todos los fieles se dirigen a rezar;

y por el cerro los rancheros van bajando

a un hombre muerto que lo llevan a enterrar.

En una choza muy humilde llora un niño

y las mujeres se aconsejan y se van;

sólo su madre lo consuela con cariño,

mirando al cielo llora y reza por su Juan.

Aquí termino de contar este corrido

de Juan ranchero, charrasqueado y burlador

que se creyó de las mujeres consentido

y fue borracho, parrandero y jugador.