Presente histórico

© Justo Fernández López


La mona

 

Subió una Mona a un nogal,

Y cogiendo una nuez verde

En la cáscara la muerde,

Con que le supo muy mal.

Arrojola el animal,

Y se quedó sin comer.

Así suele suceder

A quien su empresa abandona

Porque halla, como la mona,

El principio que vencer.

[Félix Ma. de Samaniego]

 


Roma y España

 

Durante la segunda guerra púnica, Roma inicia su penetración en España. Sin embargo, no queda en ella como único pueblo invasor hasta la total aniquilación de Aníbal en Zama. En el año 209 a. de C. Cartago Nova cae en poder de Escipión «El Africano», y los cartagineses son arrojados definitivamente del suelo peninsular.

Pero no les fue fácil a los romanos la conquista. Nada menos que doscientos años de lucha tuvieron que sostener con los naturales del país para que las águilas victoriosas del Imperio pudieran anidar en todos los rincones de la vieja Iberia.

Durante esa larga lucha se pueden anotar, como sobresalientes, diversos gestos de independencia que encuentran la cúspide con Viriato, primer caudillo, y en Numancia, que siguiendo el ejemplo saguntino, se convirtió en la vergüenza y humillación de la ensoberbecida Roma. Sólo después de estos hechos desesperados y gloriosos por parte de los peninsulares, tuvieron los romanos asegurada la conquista que aún había de dilatarse hasta que los reductos galaicos, astures y cántabros fueron totalmente sometidos.

En el año 38 a. de J. C. Augusto decreta la incorporación de Hispania al Imperio, pero hasta después de seis años de enconadas luchas no pudo respirar Roma a pleno pulmón, pues España fue el primer país invadido y el último sometido por las fuerzas romanas.

Después de la conquista, Roma, sabia en el arte de la política, hace desaparecer del suelo invadido sus legiones guerreras. La Roma de la guerra desaparece del mapa peninsular, para dar paso a la Roma del Derecho, del sabio Gobierno, de la Ingeniería, de la Cultura. Y Roma consigue aglutinar a los rebeldes pueblos ibéricos en ciudades regidas por justas leyes y por instituciones administrativas que aún perduran después de los siglos.

Roma sabe atraer gustosamente al pueblo conquistado a la romanización, y sólo así pudo hacer posible el nacimiento de nuevas ciudades, sólo así pudo cruzar el suelo hispano de grandes caminos o calzadas, embellecer sus campos con ricos monumentos y cultivos y cavar sus entrañas para extraer de ellas los productos necesarios a su nueva vida. Acueductos y puentes, anfiteatros y circos, termas y arcos triunfales decoran la vieja piel de toro como exponente grandioso de una elocuente penetración.

Pero el más rico presente que Roma hizo a España fue su lengua, la lengua madre del actual idioma español, que unificaría a la vez que los medios de expresión del pensamiento, el sentimiento y la cultura de España.

La España romana, generosa siempre, devolvió a Roma sus dádivas ofreciéndola grandes hombres para su cultura y hábiles Césares para el gobierno de su Imperio.

Entonces, no se sabía quién había vencido a quién.

 

Roma y España

 

Pero los imperios no son eternos. Roma vio resquebrajarse el suyo cuando sus Césares, injustos, crueles y vanidosos, se hicieron incapaces para hacer respetar la ley que ellos no respetaban, cuando divide el Impero en dos mitades imposibilitada para hacer frente al enemigo que tenía a sus propias puertas.

Los bárbaros, hombres de largas y rubias cabelleras, de corazón rudo y naturaleza combativa, irrumpieron en ola avasalladora en los propios lares del Imperio que se hallaba agonizante.

En el año 410, Roma cae en poder de los visigodos mandados por Alarico. Pero la habilidad romana le convence para que abandone su terreno y le encamina con sus huestes hacia la Galia meridional y España como su propio aliado. De este modo, la Península es pisada por Ataúlfo en el año 414, aunque no fue hasta algún tiempo después que este país quedara constituido en reino visigodo independiente, teniendo a Toledo por capital.

El gran legislador y organizador de la monarquía visigoda fue Leovigildo, cuyos dos objetivos principales fueron la unidad política y la unidad religiosa del reino. El primero llegó a conseguirlo casi plenamente, pero el segundo no pudo lograrlo ni siquiera después de haber luchado contra su propio hijo Hermenegildo, convertido a la fe católica, al que mandó decapitar en Tarragona. Sin embargo, éste que fue un gran rey, murió aconsejando a su hijo y sucesor, Recaredo, la conversión a la fe por la que su hermano había dado la vida.

Con Recaredo, pues, termina el periodo arriano de la monarquía visigoda española, y da comienzo el periodo católico, pudiendo por ello decirse que este rey fue el primer monarca unificador de nuestra historia, pues el III Concilio de Toledo (589) no sólo salvó la monarquía, sino también la unidad de España, que adquirió, en adelante, conciencia de su propia nacionalidad.

La gloria universal de toda la época visigoda fue San Isidoro de Sevilla, autor de las famosas Etimilogías, libro que compendiaba todos los conocimientos humanos de aquellos tiempos.

En el año 711, surgen las primeras huestes de la gran invasión que iba a terminar con rapidez vertiginosa con la monarquía que había logrado dar unidad a España. En la serena laguna de Janda, el reino visigodo labró su propia tumba.

Rompecabezas ibérico

Después de la batalla de Janda, Muza y Tarik inician la conquista peninsular sin mucha oposición. Tan sólo un puñado de valientes guerreros, acaudillados por Pelayo, se refugian en los montes astures y allí organizan la resistencia, cuya lucha había de prolongarse muy cerca de ochocientos años.

Covadonga sería el primer mojón victorioso que los cristianos pusieran en el largo camino de la Reconquista, y Asturias el primer reino de la futura España. A Pelayo, primer rey astur, suceden otros monarcas, y es Ordoño II quien se traslada a la llanura leonesa para dar mayor expansión a sus dominios. El reino de León, que nació de esta expansión cristiana, conoce su esplendor al mismo tiempo que en el Sur, Abderramán III inaugura el Califato independiente de Córdoba.

Entre tanto, junto a los montes pirenaicos, otro pueblo de cristianos celosos de su independencia, constituyen el reino de Navarra, y en el extremo del Norte peninsular, el Condado de Barcelona alcanza su libertad poco antes que Castilla lograra la suya con Fernán González.

El Califato de Córdoba, después de un periodo de esplendorosa magnitud, quedó pulverizado en numerosos reinos Taifas, cosa que supuso un gran alivio para los reinos cristianos que ocupaban la mitad norteña del territorio peninsular

Reyes que se llamaron emperadores como Alfonso VII, santos como Fernando III, conquistadores como Jaime I, sabios como Alfonso X, victoriosos como Alfonso VIII, fuertes como Sancho de Navarra y bravos como Sancho de Castilla, fueron juntando las piezas del rompecabezas ibérico de la Reconquista ayudados por caudillos como El Cid o como Guzmán el Bueno, que pusieron el honor personal y el amor a la patria por encima de cualquier interés privado o apetencia humana.

Pero, si a las derrotas cristianas en Zalaca, Uclés o Alarcos podemos oponer las victorias de estas mismas armas en Covadonga, Catalañazor, Valencia, Toledo, Navas de Tolosa, Córdoba, Sevilla y Salado, es justo decir también que a la gran riada musulmana que pareció iba a terminar con la peculiaridad peninsular, se pueden enfrentar los inmensos beneficios que de la cultura del invasor recibió el pueblo sometido. Testimonio de ello son los nombres del médico Avicena, del filósofo Averroes, del historiador Abenjaldin o del poeta Abenzaidum. Pero si aún nos parecen insufientes, recordemos la grandiosa Mezquita de Córdoba, la Alhambra de Granada, la Giralde de Sevilla o la Aljafería de Zaragoza. Toeo esto es irrefutable, y todo ello constituyó un eficaz y rico campo de cultivo apto para germinar en él la futura genialidad hispánica.

«Tanto monta»

Todo empezó como en cualquier maravilloso cuento de hadas. Un reino infeliz bajo un rey más infeliz todavía, Castilla y Enrique IV, y unos nobles ambiciosos y desunidos que no pensaban más que en pescar en el río revuelto de la política, en su propio provecho.

Así estaban las cosas, cuando en una vieja ciudad de la meseta castellana, una princesa llamada Isabel, esperaba al príncipe azul de sus sueños. Y éste, Fernando, aparece de pronto, no ataviado con galas esplendorosas, sino cubierto con burdo jubón de arriero de mulas para mejor disimular la realeza de su sangre. La boda se celebra a medias luces, pues no necesitaban más claridad para iluminar un amor y un rango tan por entero iguales que dio lugar a la divisa del «Tanto Monta, Monta Tanto», como la expresión más armoniosa que presidiría sus vidas y sus reinos.

De esta unión nacería la verdadera España, triplemente unificada en su territorio, en su religión y en su política.

El año 1492 fue un año clave y cumbre en la vida de España, pues bajo el gobierno de estos reyes que tenían la particular divisa del «Tanto Monta», se culminó el ideal de la Reconquista tan afanosamente buscado a lo largo de siglos de desigual historia.

Isabel, reina de Castilla y de León, junto con Fernando, rey de Aragón, lograron deliberadamente con su feliz matrimonio la unidad permanente de España.

[Álvarez, Heriberto Ramón: España y los españoles. Madrid: Ediciones Iberoamericanas, 1965,  pp. 14-21]