Sintaxis – Textos españoles

© Justo Fernández López


Grosz y Renzo Piano en Postdamer Platz

EL PAÍS - Domingo 26 abril 1998 - Nº 723

 

MARIO VARGAS LLOSA

 

Durante la II Guerra Mundial, Beate Uhse era una joven piloto alemana que se ganaba la vida llevando aviones de guerra desde la fábrica que los construía hasta los campos de batalla, donde debía entregarlos a los pilotos varones, ya que las costumbres de la época consideraban impropio que una mujer lanzara bombas desde un aeroplano (podía recibirlas, sí). En 1945, con la paz, se quedó sin trabajo, y, desmoralizada con la perspectiva de dedicarse a sembrar patatas o beterragas para poder comer, decidió lanzarse a los negocios. ¿Qué producto vender a sus contemporáneos que aún no saturase el mercado? Sexo y derivados.

Medio siglo y un centenar de juicios por corruptora de la moral pública más tarde, Beate Uhse es, hoy, una terrible octogenaria que aparece con frecuencia en la televisión deslizándose por empinadas pistas de esquí y dando saltos ornamentales desde alturas que dan vértigo, o explicando, orgullosa, que, además de hacerse multimillonaria con su industria que produce todas las variantes concebibles de la pornografía y ha inundado Alemania, Europa Central y parte de Estados Unidos con cadenas de sex-shops, gracias a ella muchos millones de personas hacen hoy el amor con más sabiduría y provecho que en el pasado. Incapaz de confirmar esta estadística, me permito, sin embargo, recomendar efusivamente al turista que pise Berlín en estos días precipitarse sin demora a la corona del imperio de Beate Uhse: el Museo Erótico de la Kantstrasse. Porque se exhiben en él, entre preservativos con crestas de gallo y mitras arzobispales y fantasías parecidas, medio centenar de acuarelas y dibujos del gran pintor expresionista George Grosz (1883-1959) que ningún museo respetable de Alemania se hubiera atrevido a exponer.

Estoy seguro de que al insolente y travieso berlinés que fue Grosz le encantaría saber que estas obras suyas se exhiben por primera vez en un sitio tan poco convencional, tan escasamente artístico, y que sus principales espectadores son los borrachines que salen de los bares de la Estación, prostitutas friolentas, ojerosos onanistas y ancianos nostálgicos del fuego juvenil. Él, que, en 1920, con Wieland Herzfelde y John Heartfield organizó la primera Exposición Dadaísta de Berlín, que fue enjuiciado muchas veces por atentar contra la moral y que encarnó mejor que ningún otro artista el inconformismo, la audacia experimental, el humor negro y la formidable vitalidad de los gloriosos años veinte, vería, sin duda, en el hecho de que sus cuadros deban refugiarse ahora en el equivalente aséptico y moderno del viejo burdel, una manifestación de la justicia inmanente.

Las obras son más interesantes que valiosas, un desfile de traseros, vulvas, falos  y acoplamientos magnificados hasta extremos japoneses, que, con algunas excepciones, parecen pergeñados con mero ánimo provocador, sólo para dejar un testimonio, sin aquella aleación de sarcasmo, obsesión íntima, voluntad imprecatoria y consumada destreza formal que dan a buena parte de sus cuadros y grabados una personalidad única.  Pero estas acuarelas y dibujos, elaborados ya en el exilio, en los años treinta y cuarenta, desmienten una tenaz convicción, repetida hasta el cansancio por los críticos: que, desde su llegada a Estados Unidos, en 1933, huyendo de los nazis (que incluyeron sus cuadros en la famosa exposición de Arte Degenerado y destruyeron más de cien telas suyas), Grosz se amansó y abjuró de todo lo que había de excesivo, violento e inconoclasta en su pintura, empezando por el tratamiento del tema sexual. Era verdad para la obra pública de Grosz, la que llegó a las galerías o las imprentas de su Patria de adopción. Pero, junto a ella, el exiliado alemán, en su anodina casita de Brooklyn, rodeado de insípidas familias de clase media que no sospecharon nunca quién era, de dónde venía ni qué hacía ese vecino de costumbres tan puntuales, Grosz, en secreto, se abandonaba todavía a los furores oníricos de sus años berlineses, y, aunque sin el celo creativo de entonces, seguía desafiando el qué dirán artístico.

Las imágenes de Grosz no me abandonan un segundo esta mañana mientras, junto al arquitecto Renzo Piano, recorro el que fue (y será pronto de nuevo) el centro cultural, histórico, político y económico de la futura capital alemana: Postdamer Platz. Aquí estuvieron los cafés, las galerías, los teatros, los hoteles, los ostentosos burgueses, los mendigos, los inválidos de guerra, las elegantes y las putas que él pintó, imprimiéndoles una distorsión y unos contrastes de color, una efervescencia y un bullicio de tonos y líneas y rasgos con que este barrio ha quedado fijado para siempre, en la memoria del mundo, e identificado con el Berlín del expresionismo y de Brecht, del teatro político de Max Reinhardt y la música de Kurt Weil, el de la revolución arquitectónica y las violentas confrontaciones ideológicas entre fascismo y marxismo que acabaron con el experimento democrático de la República de Weimar.

Postdamer Platz fue, luego, el corazón y el cerebro del Tercer Reich. Desde aquí desvarió Hitler sobre un mundo purgado de judíos y colonizado por la raza superior, y desde aquí dirigió, primero en su despacho de la Cancillería, y, luego, en su búnker subterráneo, sobre el que acaso estoy parado, la monumental carnicería que desató y que acabó con él. Los bombardeos aliados pulverizaron Postdamer Platz, que quedó convertido en 1945 en una vasta explanada de escombros. A la hecatombe siguió la ignominia: por aquí corrió el muro que dividió a las dos Alemanias y por aquí fue donde primero lo resquebrajó, en 1989, la irresistible presión popular de los alemanes orientales hartos de la dictadura estalinista. Ahora, Postdamer Platz es una delirante fantasía que, como el brujo del cuento de Borges «Las ruinas circulares», Renzo Piano elucubró y está contrabandeando en la realidad.

No sólo él, desde luego; en la zona hay también edificios de Rafael Moneo, Arata Isozaki, Hans Kohloff, Lauber und Wöhr y Richard Rodgers. Pero el plan maestro del conjunto y ocho de las grandes construcciones han estado a cargo de este genovés universal de quien Peter Schneider me había advertido: «Tan interesante como lo que hace, es lo que dice». Uno de los rasgos centrales de la remodelación del nuevo centro de Berlín es la participación en la empresa de urbanistas, arquitectos, ingenieros y técnicos de todo el mundo. También la mano de obra procede de los países más diversos; hasta veinticinco nacionalidades diferentes se han registrado entre los cuatro millares de trabajadores empleados en la obra, que se inició en 1994 y quedará terminada en octubre de este año. Los cimientos de los edificios están tendidos bajo quince metros de agua; la laguna no fue secada para tranquilizar a los Verdes; pero ello exigió traer 120 buzos de Rusia y de Holanda, expertos en trabajar embutidos en escafandras, bajo la nieve. Saber que el centro futuro de Berlín, este enclave que fue el eje del régimen más histéricamente nacionalista de la historia, será un producto del cosmopolitismo, me parece un excelente augurio para el porvenir político de Alemania, y me produce la misma alegría salvaje que, pongo mis manos al fuego, hubiera causado también a George Grosz.

Es verdad que resulta fascinante escuchar a Renzo Piano. Sus ideas son claras y luminosas, sin pizca de pretensión, y funcionales, como los diseños de sus edificios, abiertos sobre el paisaje circundante y ávidos de luz natural, y el cuidado maniático con que, por ejemplo, elige los materiales de sus obras para que satisfagan, a la vez, una exigencia estética y contribuyan a hacer más llevadera la existencia de aquellos a quienes van a dar albergue. El edificio de la Daimler-Benz, con una torre de 18 pisos, ya acabado, es ligero y grácil, con sus muros de terracota color ocre pálido que alegran la grisura del abril berlinés, y la deslumbrante cristalería del techo, que, observada desde el vasto patio, parece un encaje. A la comodidad que uno siente en este lugar, contribuye, sin duda, la picardía con que ha sido elegida la monumental escultura de Tinguely que recibe a los visitantes: ¿qué hace esa burlona «máquina inútil» ocupando el lugar de honor en la que será casa matriz de uno de los conglomerados industriales más poderosos de Europa? Está allí para recordar que no sólo de pan vive el hombre, claro está. Pero, al edificio de la Daimler-Benz hay que verlo sobre todo desde afuera y de espaldas: la escalerilla de escape desciende por una urna de vidrio transparente y parece un instrumento musical, un puente delicado entre la materia y el vacío, una evanescente frontera donde la tierra se disuelve en el aire, donde la realidad se vuelve fantasía.

«Una arquitectura a escala humana muchas veces quiere decir una arquitectura inhumana», dice Renzo Piano. Él defendió a capa y espada que Postdamer Platz no fuera sólo peatonal, que por sus calles hubiera circulación de coches, porque no se trataba de convertir el centro de Berlín en un museo, sino en el corazón vivo de una ciudad moderna, y la modernidad significa, además de otras cosas, automóviles. Los edificios del conjunto no son muy altos, y en todo el complejo coexistirán lo sagrado y lo profano, lo privado y lo público, los negocios y las diversiones. Habrá un hotel de lujo, oficinas, edificios de viviendas, un casino, tiendas, un complejo de veinticuatro cinemas, y el IMAX, un gigantesco monumento al arte cinematográfico -adonde se trasladará, a partir del próximo año, la Berlinale, el Festival de Cine de Berlín-, una construcción  concebida como  una inmensa  esfera sobre la que un sistema de reflectores va reproduciendo los movimientos de la luna. «La luna caída y estrellada sobre Berlín», dice Renzo Piano, señalando el local. «Ésa fue la intuición que me sedujo, al empezar a barajar ideas sobre cómo rendir un homenaje al cine en este lugar, donde, en los años veinte, alcanzó uno de sus momentos más altos».

El epicentro de Postdamer Platz es una plaza que llevará el nombre de Marlene Dietrich. Ahora, la inmensa mayoría de los berlineses aplaude que este lugar recuerde a la más ilustre de las artistas nacidas en esta ciudad, pero, al principio, hubo bufidos reticentes: la diva, recordemos, durante la Segunda Guerra mundial se nacionalizó norteamericana y cantó y bailó en el frente para los soldados aliados. Aplaudo esta iniciativa de Renzo Piano tanto como su decisión, políticamente correcta, de destinar, en uno de los rincones de la Plaza Marlene Dietrich, un local para el McDonald’s.

¿Y el pasado, el riquísimo pasado histórico de este lugar, no estará representado en modo alguno en el Postdamer Platz del siglo veintiuno? Renzo Piano me señala la doble hilera de tilos de la Alte Postdamer Strasse. Están como abrigados en una poderosa cota de malla que sólo deja sus ramas al aire. Son los únicos sobrevivientes del pasado esplendor, y, también, de los desvaríos políticos y los desastres de la guerra.

Para no dañarlos, para que puedan continuar floreciendo y alegrando a los vecinos de este barrio con sus esbeltas siluetas, se han tomado las más infinitas precauciones en estos cuatro años de trabajos. Y ahí están, intactos, reverdeciendo luego del invierno, en esta incierta primavera. Aunque parecen lozanos son, pues, unos tilos viejísimos. No es imposible que George Grosz garabateara sus feroces caricaturas -lo hacía con frecuencia en las terrazas de los cafés de este lugar- a su sombra, y que los tomara como modelos de esos arbolitos tétricos de sus grabados, donde se balancean sus suicidas.

Después del agotador pero espléndido paseo, vamos a tomar una cerveza al nuevo Café Einstein, en Unter den Linden. Un periodista norteamericano, que forma parte del grupo, eleva de pronto su copa y hace la gran revelación: «¡Renzo acaba de ganar el Premio mundial más importante que existe para la Arquitectura!  Se anunciará el próximo lunes.

El Premio se lo entregará el Presidente Clinton, en el Oval Office». Los amigos italianos que nos acompañan hacen un gran alboroto y uno de ellos suelta el chiste inevitable, señalando a Madame Piano: «¿Te lo entregará Clinton en persona? Atención, Renzo, no te descuides ni un segundo». Porque resulta que la esposa del arquitecto, Milli, es una italiana bellísima.

© Mario Vargas Llosa, 1998.

 

La selva

EL PAÍS  - Domingo 31 mayo  1998 - Nº 758

 

MANUEL VICENT

 

Quería ir a una playa desierta. Se dirigió a una agencia de viajes. Allí le rogaron que se pusiera a la cola en un determinado mostrador. La cola de cuantos deseaban ir a una playa desierta era inmensa y cuando le llegó el turno ya no quedaban plazas. También estaban ya ocupadas todas las islas deshabitadas. Cambió de idea. Preguntó por un país exótico donde pudiera correr alguna aventura excitante. No había problema, aunque tenía que presentar el certificado de tres vacunas.  Por su parte la agencia pondría a su disposición un guía diplomado para que la aventura se desarrollara sin riesgo alguno, puesto que así lo exigían las normas internacionales.

Comenzó a desesperarse. Quería viajar a un lugar donde hubiera tribus salvajes, mosquitos asesinos, serpientes venenosas y policías peligrosos. En el fondo quería que lo mataran. En la agencia le dijeron que ese destino no existía. Hoy todas las excursiones al fin del mundo están organizadas y las cubre el seguro. Los cazadores y las fieras se han puesto de acuerdo para encontrarse en un punto concreto de la selva.

En vista de que todo el planeta se hallaba ya explorado desistió de su empeño. Sacó un billete al azar para el primer avión y al llegar al aeropuerto en un panel electrónico pudo leer: «En este lugar sólo el pasajero es un bulto más sospechoso que su propia maleta». No obstante, embarcó el equipaje hacia un punto desconocido, pero en ese instante un altavoz anunció que todos los vuelos habían sido suspendidos.

Se consideró atrapado. Pensó que aquella condena se debía a una culpa compartida con una multitud de viajeros que llevaba tirada en el suelo varios días en medio de una gran basura. Todo el aeropuerto hedía a humanidad estancada. De pronto supo que allí estaba la selva que buscaba. Las fieras habían sido sustituidas por las bacterias y las tribus salvajes por los guardias. De aquel caos sólo se podía escapar por el aire. El aeropuerto era el único lugar del mundo donde él aún podía ser un explorador y allí se sintió a sus anchas.

 

 Otra España

ABC - Jueves, 21 de mayo de 1998

Por Isabel SAN SEBASTIÁN

 

HAY otra España que vive escondida entre los pliegues de la que se nos muestra habitualmente en las páginas de los periódicos, y yo he tenido la fortuna de hacer una incursión en entre la alegría y la belleza.

He compartido una España donde hay sitio para todos, donde el nacionalismo se demuestra con alardes de hospitalidad hacia el visitante, donde el concepto «el de fuera» no se plantea, porque todo el mundo es de casa, y donde se emplea un único lenguaje, aunque con acentos diferentes.

En esa España paralela, soleada y meridional, las gentes no se definen ni por su ideología, ni por su idioma, ni por sus apellidos, ni por el lugar en el que han venido al  mundo, ni por su oficio, ni mucho menos por el Rh de su sangre. Las personas se miden exclusivamente por su condición de tales y los amigos son un patrimonio valioso. Tal vez por ello se cultiva la amistad, se prodiga la sonrisa, se practica la generosidad y se saca punta a lo cotidiano, como fórmula infalible para huir del aburrimiento y desdramatizar la vida.

Allá no se subraya la diferencia ni se concibe la exclusión, porque nadie se siente superior, porque las sumas se dan mejor que las restas y porque el hecho de haber sido crisol de razas y culturas, punto de encuentro de civilizaciones, puerta de entrada y de salida de nuestra vertiente islámica, puerto de partida y de llegada de la aventura americana y sede donde se gestó nuestra primera Constitución democrática, no sólo no se considera un baldón, sino que es fuente de orgullo colectivo y herencia que engrandece a quien la acepta, que se da por asumida y no necesita reivindicarse.

En esa tierra tan suya y tan nuestra, tan de todos, se pone al mal tiempo buena cara y se es capaz de reír a carcajadas, aunque el corazón sangre de pena porque a dos pasos de allí, en el Coto de Doñana, la desidia de unos cuantos, la incuria y el «mal fario» han provocado una catástrofe que amenaza la existencia de uno de los parajes más hermosos de España: la de ellos, la nuestra, la de todos.

Y entre copa y copa, entre jamón y gamba, se compite por la caseta más visitada, el coche mejor engalanado o la yegua más «guapa». Pero no se olvida el trabajo. No se descansa. Se aprovecha para vender imagen de marca y denominación de origen de un producto tan andaluz como las cepas de las que mana, que en estos últimos años casi acabó por tener nombre inglés, pero que en la actualidad, gracias al empeño de algún que otro empresario de raza, está volviendo poco a poco a manos españolas.

Probablemente haya captado yo lo mejor del mejor momento. Seguramente exista algo de espejismo en ese ambiente inconmensurablemente abierto y transparente, pese al calor, el polvo, el estruendo de las sevillanas y los vapores del Tío Mateo. Es más que posible que la vida cotidiana no resulte tan deslumbrante. Pero tengo para mí que en en ese rincón de la Península, y en la tierra que lo circunda, las cosas se ven de otra forma.

Intuyo, por ejemplo, que por esos pagos, y por otros muchos, las luchas por el poder que se libran dentro del Partido Socialista, las primarias, los pactos más o menos naturales y los conflictos que originan, que tanto nos preocupan en los mentideros de la Villa y Corte, provocan pocos quebraderos de cabeza. Sospecho que los procesos judiciales que se siguen aquí contra personajillos de diverso pelaje, o las encuestas que tantos ríos de tinta hacen correr, no privan del sueño a nadie. Tengo la certeza de que un sujeto como el presidente del Euskadi Buru Batzar (ese Le Pen del Cantábrico cuya próxima ocurrencia será que se establezca un puente aéreo para sacar del País Vasco a todos los que no voten nacionalista en las elecciones) recibe exactamente el trato que se merece: la más absoluta ignorancia.

 

 Mucho antes del euro

EL PAÍS - Sábado 16 mayo 1998 - Nº 743

PEDRO LAÍN ENTRALGO

 

Cualquiera que sea el modo de entender la pertenencia de España a Europa, algo debe afirmarse: que, desde que en el siglo XVI cobró fuerza social y carácter bélico la escisión religiosa y nacional del mundo europeo, nunca han faltado voces españolas que con acento admonitorio o dolorido dijesen a todos los europeos cuál debía ser la línea de su común deber. Recordaré dos de ese siglo y varias del que ahora se extingue.

Siglo XVI. Apenas callada la europea voz española de Luis Vives -recuérdese su diálogo sobre la guerra contra el turco-, otra igualmente española y europea se levantó para pedir con dolor y energía la unidad moral de Europa. Fue el 22 de enero de 1543. El médico Andrés Laguna, enviado por Carlos V a las tierras del Mosa y el Rin para sanar pestes y aunar voluntades, habló solemne y doctoralmente en la Universidad de Colonia. Largos crespones negros cubrían los muros de la sala, negro era también su traje, negra la caperuza que cubría su cabeza.

Latinizando el título griego de una pieza teatral de Terencio (Europa misere se discrucians), «Europa desgarrándose infelizmente a sí misma» ha querido que fuese el título de su discurso. En párrafos oratoriamente opulentos deploró Laguna la ruina, el crimen, la profanación, la general incuria que herían el cuerpo todavía joven de la Europa renacentista. Y más que cualquier otra cosa le torturaba advertir que la causa de esa destrucción se hallaba en la lucha de ejércitos sólo diferentes entre sí por el color de la cruz que ostentan sus banderas. Europa, original mezcla de naturaleza y convención, como dos mil años antes había dicho un agudo asclepíade hipocrático, ve rota su unidad intelecual, moral y política por el mal uso que los europeos vienen haciendo de su libertad.

Siglo XX. Han pasado cuatro centurias, y a lo largo de ellas, con treguas de paz más o menos dilatadas, no han cesado las guerras entre europeos; pero en este siglo XX, quebrando la rica sobremadurez de Europa -hacia 1900 apenas hay un rincón del orbe a donde los europeos no hayan llegado-, tales guerras van a ser a la vez europeas y mundiales. Así la de 1914, así la de 1939.

Pues bien: desde antes de la primera hasta después de la segunda de ellas, legión van a ser las voces españolas que clamen contra la locura y por la cordura de la grande y diversa patria común. A su vehemente, paradójica y no siempre bien entendida manera, la de Miguel de Unamuno. ¿Qué sino un alegato por una nueva y quijotesca Europa es en 1912 la patética Conclusión de su Sentimiento trágico de la vida? Y más tarde, con mente más reflexivamente europea, sin dejar por eso de ser españolísima, la de los hombres de la generación que sigue a la de Unamuno: Ortega, Ors, Marañón, Pérez de Ayala, Américo Castro, Madariaga, tantos más. 

España no es ya gran potencia, como en tiempos de Andrés Laguna, y ni puede ni quiere tener tropas entre las aguas del Escalda y las del Elba. Después de 1898 es tan sólo un país vencido, pobre y retrasado. Pero, acaso por esto, los mejores hombres de su minoría intelectual saben cumplir de manera egregia la consigna que a lo largo de mi vida docente yo he venido proponiendo a mis discípulos: ser con su obra científica europensibus europensiores, más europeos que los que entre los Pirineos y el Vístula así se llaman a sí mismos.  ¿Qué francés, qué alemán, qué italiano, qué suizo o qué belga más íntegramente europeos, menos estrechamente nacionalistas que los españoles antes nombrados? ¿Cuándo la obra de todos los países de Europa -insisto: de todos- ha sido recogida y valorada con un espíritu unitivo más generoso? ¿No podría formarse un estimulante Enquiridion del perfecto europeo compilando textos de todos ellos en defensa o en la prédica de la unidad intelectual y moral de Europa? Y así hasta hoy mismo. Porque de hoy mismo y de un hombre de mi edad, Luis Díez del Corral, es un libro cuyo expresivo título, El rapto de Europa, ha dado la vuelta al mundo.

No por lo que en sí misma valga, sino por lo que pese a su escaso valor puede representar, a ese sugestivo coro de voces españolas quise unir la mía en 1976. Marginal respecto de la Europa de nuestro tiempo, todavía indecisa en la vía de su plena incorporación a las reglas políticas y sociales de la existencia europea, en la España de entonces y como caviloso hijo suyo quise hablar. ¿Para qué? Ya lo he dicho: para clamar como mis mayores por la unidad intelectual, moral y política de Europa, sin mengua alguna de la rica y fecunda diversidad de los pueblos que la integran. Y puesto que no soy político, ni orador profético, ni funcionario de empresas multinacionales, sino tranquilo y profesoral escritor, también para declarar cómo veía yo las condiciones y los caminos con las cuales y por los cuales tal vez pudiera ser conseguida esa tan deseable unidad.

Primera condición: un exigente examen de conciencia. ¿Acaso los más europeos pueblos de Europa no tienen en su pasado alguna culpa respecto de la situación actual de la patria común? Dos cargos parecen imponerse con especial contundencia: el nacionalismo y el colonialismo. Aquél con un riesgo permanente, el deslizamiento hacia la guerra entre naciones que la tácita sacralización del sentimiento nacional lleva siempre consigo. Este otro con el odioso reverso de la explotación de la colonia y con un no siempre reconocido anverso, la educación europea del país colonial. La nación de Europa enteramente limpia de los dos pecados tire contra las restantes la primera piedra.

Segunda condición: un firme propósito de enmieda. ¿De qué serviría un tardío examen de conciencia si el amor a la patria sigue manifestándose como nacionalismo, y si dentro del propio país prevaleciesen la sed de lucro sobre la misión educativa, y la economía y el afán de mando sobre la sabiduría y la ética?

Y soportada por el cumplimiento de estas dos necesarias condiciones, la eficacia de otro de los grandes tesoros de Europa: la imaginación creadora, la posibilidad de ofrecer a todos los hombres formas de vida en cuya virtud ésta, la vida, sea a la vez sugestiva y ensalzadora. Cada cual en lo suyo: el político mostrando que la libertad y el servicio al Estado son compatibles entre sí, esto es, creando Estados que no roben a las personas su yo y formando personas en las que la solidaridad social no sea mera consigna autojustificativa; el intelectual, demostrando que la tradición de la inteligencia europea no ha perdido su vigencia, y que su forma actual consiste precisamente en el logro de incesantes novedades. Y así el artista, el industrial, el artesano, el comerciante y el operario no proletarizado.

Naturaleza, inteligencia y libertad, tradicional e inéditamente realizadas; esto puede ser, esto debe ser la Europa unificada del futuro. Digamos otra vez, con nuestro mejor Antonio Machado: «Hoy es siempre todavía»; un «todavía» cifrado en este caso en la posibilidad de una Europa memoriosa e innovadora, verde y avellanada, sabia y popular, refinada y robusta. La Europa con que sin duda soñaban los que quisieron bautizar con el nombre ilustre y siempre joven de Montaigne al premio que generosamente fundaron y del que ese año yo fui receptor.

Pedro Laín Entralgo es miembro de la Real Academia Española.

 

Nunca llueve a gusto de todos (ni en Cantabria) 

EL MUNDO - Martes, 7 de abril de 1998

 

El Gobierno de Cantabria ha enviado una queja formal a Isabel Tocino porque el Instituto Nacional de Meteorología predice demasiado mal tiempo para su región y los hoteleros se ven negativamente afectados; éstos van más lejos, ¡y amenazan con demandar al INM!

Es un episodio un tanto folclórico, pero muy reiterado en los últimos años: se afirma que en Cantabria hace mucho mejor tiempo que en el resto del Norte. Salvo Liébana, no están mucho más protegidos los valles cántabros que los astures o vascos. ¿Con qué base científica se puede afirmar que las imprecisiones del INM están dañando más a Cantabria que, pongamos, a Aragón? Muchas personas recordarán ejemplos contrarios (buen tiempo previsto, mal tiempo real) a los que tanto duelen a Diputación y hoteleros.

Si hay que errar, que sea siempre (en aras de la seguridad de los ciudadanos) del lado de la previsión pesimista: mejor eso a que las carreteras se pueblen de coches bloqueados por una nevada... Pero sí que es justa una queja: son impresentables esas vagas predicciones del INM sobre toda la cornisa cantábrica.

 

 CRÍTICAS INTEMPESTIVAS

ABC - Martes, 07 de abril de 1998

 

EXIGIR exactitud en las predicciones meteorológicas es tan inconsistente como recelar de la precisión de las matemáticas. La meteorología no es una ciencia exacta, si bien sus informaciones son cada vez más ajustadas.

No tiene sentido, por tanto, clamar contra el Instituto Nacional de Meteorología por el hecho de que sus avances no se hayan cumplido del todo en Asturias y Cantabria; porque hayan podido quedar lesionadas las legítimas expectativas del sector turístico.

Los servicios que presta este Instituto, la labor de difusión de los «hombres del tiempo», los esfuerzos de los meteorólogos son fundamentales, pues permiten, por ejemplo, paliar los efectos de los temporales con sus advertencias. La protesta de algunos alcaldes y del Gobierno cántabro es la expresión de un error, una crítica intempestiva. La actividad del Instituto no se puede someter a factores económicos ni sus predicciones al impacto que puedan tener en la actividad turística, pues también están en juego riesgos que afectan a la seguridad.

 

 El hombre del tiempo

EL PAÍS  - Miércoles, 8 de abril de 1998

 

FRANCISCO UMBRAL

 

Antañazo, cuando España iba por decreto, había un hombre del tiempo, Mariano Medina u otro, y llovía cuando este señor lo mandaba y salía el sol cuando lo mandaba Franco, para que Solís y otros optimistas del régimen, que aquello sí que era un régimen, pudieran hacer democracia orgánica con el sol de España.

Ahora no. Ahora resulta que el clima se ha comercializado con el auge de la industria hotelera, porque está viniendo mucho turismo sexual, que somos una democracia caribeña, como bien sabe el señor Kohl, lo cual que los hoteleros -fuera esa cursilería de «restauradores»- exigen al Instituto Nacional de Meteorología que afinen más y se dejen de ese topicazo de «la cornisa cantábrica», que es una manera de acertar siempre: «chirimiri en la cornisa cantábrica», y vete tú a saber si es San Sebastián o la ría de Arosa.

Hay que planificar el clima, hay que repartirse el buen y el mal tiempo, y no dejarlo a su caer, según soplan los mitos y los observatorios, porque el clima es dinero, pasta, turismo interior y exterior, gente, travellers, cosas. Estamos en una economía planificada y no hay derecho a derrochar el sol en Pedroñeras, adonde nadie va a comer ajos, mientras que en Marbella y Costa del Sol, que para algo se llama así, el calabobos aleja a los del euro y los del dólar.

Los hombres del tiempo, que ahora son hombres y mujeres, multitudes, no tendrían más que hacerle mínimas correcciones a sus partes meteorológicos, llevar las lluvias cinco kilómetros más allá, traer el sol siete pueblos más acá, y el turismo quedaría situado en su sitio, la industria salvada y las vacaciones pagadas.

Luego puede ocurrir que a la sueca se le languidezcan las tetas al sol gris del nublado, que a la yanqui se le ponga la melena pelirroja como una serpentina de verbena pasada por agua, pero eso ya da igual, pues seguramente se trata de una acosada sexual de Clinton  y  ya cobrará su pasta el día en que salga el juicio, más sus exclusivas y sus mentiras.

La sociología ha descubierto que el turista no tiene iniciativas, sino partes climáticos, y va allí donde le dicen los indicadores del buen tiempo. Eso tenemos que aprovecharlo en España, del mismo modo que aprovechamos la luz de primavera para adelantar una hora el tiempo y ahorrar en electricidad como ahorramos medicamentos. Los científicos de observatorio, los vigías de marejadilla, lo que tienen que hacer es consultar primero con el señor Rato, que es un hombre serio, para que les diga si va a salir el sol por Antequera, y entonces todos a Antequera, los turistas me refiero, a que al vendedor de trilladoras de Tejas se le frían los huevos pacíficamente mientras su señora Stone le pone los cuernos con el español remoreno, cenceño y machorro del hipermercado. El sol no tiene que salir donde digan los Observatorios, sino donde diga el señor Rato, que es quien sabe en qué áreas se concentra el turismo.

Se nota que la nuestra es ya una democracia veterana e informatizada en que ni al sol ni a los turistas se les deja a su aire, hale, cada uno por su lado, como cuando entonces, que todo el mundo iba a Benidorm y aquello era un jaleo, salvo los que iban a San Sebastián en el séquito de la Señora. Ahora hemos conseguido poner de acuerdo al sol y a los turistas, o estamos en ello, de modo que habrá sol y turismo sexual por áreas. Adiós a aquellos veranos tórridos y largos de los 60, veranos de sudor y botijo, chori marbellí y noruega cantosa en Torremolinos, ciega de limonada y lisérgico. Se acabó la anarquía de los meteorólogos. El sol saldrá por decreto.

 

Bilbao

EL PAÍS - Martes 28 abril 1998 - Nº 725

ROSA MONTERO

 

Viajo a Bilbao y visito otra vez esa fabulosa criatura que se les ha tumbado junto a la ría, el Museo Guggenheim, con sus formas imposibles y su piel de titanio. Las placas que recubren el museo son tan finas que tiemblan con el viento; Frank O. Gehry, el arquitecto, dice que ese ligero latido del metal es el modo en que respira el edificio. El aliento de la bestia. Y es que el Guggenheim tiene algo de bicho perezoso; y el interior, con su esplendor de curvas y su complejidad orgánica, es un inmenso estómago. Entras en ese animal y te digiere.

Bilbao está orgulloso de su museo, y con razón: es deslumbrante. Todo ese talento y esa belleza son el espejo en el que se mira la sociedad bilbaína, y, por extensión, la totalidad del País Vasco. Para eso sirven las grandes obras públicas: para simbolizar la identidad de un pueblo, sus sueños, sus deseos. Las sociedades se expresan con una gramática arquitectónica, con palabras de piedra, de cristal y de hierro. Y Bilbao se ha definido a sí mismo con un museo internacional de arte moderno.

Cultura, creatividad, modernidad, cosmopolitismo: está claro que el Guggenheim nos habla de una voluntad de convivencia, de normalización y de futuro. No es casual que ETA intentara reventar la inauguración con una bomba; el museo es demasiado hermoso, demasiado emblemático, demasiado vital y esperanzador para unos individuos tan impregnados de muerte y de fealdad como los etarras.

Pero a la larga, la vida, siempre tenaz, acaba por imponerse.  Ahí está el Ulster, labrándose día a día la paz contra los violentos y logrando un acuerdo de coexistencia que, hasta hace muy poco, nos hubiera parecido tan bello e imposible como imposible y bello es el edificio de Gehry. Ese Museo Guggenheim que es un monumento a la civilidad, el orgullo de Bilbao y su esperanza.

 

Mal de amores

JOSEP-VICENT MARQUÉS

 

Dos meses hará ya, querido Fabio, que me consultaste sobre si conocía yo algún remedio para desenamorars. Todas las semanas he pensado en contestarte desde aquí, públicamente, pero sigo sin dar con otra solución que aquella, inservible, que te anticipé de vida voz cuando me hablaste del asunto.

Sigo pensando que la distancia es el único antídoto que ofrece garantías. No me demoro más en confirmártelo por escrito, pues ya desisto de hallar otras alternativas y temo que pudieras creer que he olvidado tu problema.

En otros tiempos, el varón aquejado de un amor que sabía imposible optaba por la geografía. Si era poco ilustrado, se alistaba en alguna empresa colonizadora, mataba algunas decenas de infieles y luego bautizaba románticamente las posesiones adquiridas como Nueva Pepita o Santa Genoveva, en delicado homenaje a su lejana amada. Otros se enrolaban como marineros, con la esperanza de que las olas del mar les meciesen como brazoso incansables de la ingrata, de la madre o de una y otra en días alternos. Finalmente, los más cultos llenaban un baúl de libros como lastre que dificultase su regreso y se iban a Italia o Andalucía a escribir la crónica de su excursión con prolijos dibujos incluidos. Muchos de estos últimos viajeros hicieron aportes meritorios a la botánica, a la recopilación del folclor e incluso a la antropología. Los pueblos mediterráneos debemos culturalmente mucho a lo esquivo de algunas damas nórdicas. Dudo mucho que los turistas japoneses actuales aprovechen las ventajas que nuestro suelo y clima ofrecen al olvido amoroso, pues despachan con sus cámaras velozmente el paisaje físico y humano y quedan de inmediato a la espera de tomar un avión para tentar a la amada con sus diapositivas.

El viaje, sin embargo, sigue siendo el mejor antídoto contra el mal de amor no correspondido. Claro que sólo los solteros parecen poder permitírselo. Digo que parecen porque en familias muy unidas todo es posible.

 

 Siete días sin piedad

EL PAÍS Domingo 12 abril 1998 - Nº 709

MARUJA TORRES

 

Menos mal que, por fin, la climatología les ha dado la razón a los meteorólogos, que ya estaba viendo venir otro apasionante debate de disenso, a la par que se formaba un nuevo grupo de riesgo, el de los hombres del tiempo, sobre el que practicar la afición nacional a la caza de brujas, que ya se sabe cómo somos los humanos: sólo nos acordamos de santa Exuperancia cuando llueve. Así pues, respiremos y loemos los aconteceres, empezando por ese nombramiento otorgado a Margarita Mariscal de Gante, que la han hecho legionario de honor (¿o era legionella?): no puedo entender por qué, básicamente. Será por firmeza de carácter.

La S. S. (Semana Santa) no ha estado, pese al fragor de fragatas de la devoción popular (acá y allende nuestras fronteras: rica es la herencia de aquellos heroicos conquistadores, etcétera), exenta de vileza. Ahí tienen al gran defensor de la cristiandad en el Cono Sur, Augusto Pinochet, exculpado de sus desmanes antidemocráticos durante la transición chilena: y cómo no, pensando que fue exonerado de haber practicado la dictadura, antes, con ardor de cruzado cristiano.

Francamente, esta S. S. ha dado menos de sí de lo que yo esperaba. Como soy de educación antigua y creo que el Señor aún resucita en domingo (así como que Giordano Bruno y Galileo Galilei eran pecadores y que bendecir los tanques nazis fue un puntazo por parte de la Santa Sede), durante los tres primeros días de la S. S. me abstuve de darle a la penitencia con excesiva dureza, y aproveché para entregarme a la frivolidad.

Suerte que me di un respiro, porque así pude descubrir la causa profunda de que los meteorólogos anden disgustándonos. Y es que, queridos, ya nada es lo que era. Por ejemplo, hace 24 años, en la entonces virginal localidad mexicana de Puerto Vallarta, Ava Gardner se sumergía en el mar (ver La noche de la iguana, de John Huston), flanqueada por dos bellezos locales que, entre otras cosas, le tocaban las maracas. Pues bien, hace sólo unos días, el mismo océano (atónito, I suposse) vio desplazarse entre sus olas a Karina, seguida por ese novio que tiene que fue locutor al servicio de La Cosa en la televisión marbellí. Dado esto, y que las grandes noticias de la prensa sin corazón de esta semana han sido las fotos exclusivas de Chábeli reventándose un barrillo en plena calle (asqueroso); que Rosario se ha hecho con un nuevo ligue de la línea de diseño Pocahontas (macizo), y que a Estefanía se le ha perdido entre dos compras el guardaespaldas de quien quedóse embarazada, ¿podemos extrañarnos de que nieve en Semana Santa y de que Roma, o la democracia cristiana chilena, pague a los traidores?  Obviamente, no.

Obviamente no, también, a la famosa creencia popular de que Eva Perón repartía sus joyas entre los pobres. A menos que se le olvidara, en el fondo de un cajón, el broche de diamantes y zafiros que subastaron la otra noche en Nueva York, y que la estrella de la televisión argentina Susana Giménez (prueba viviente, junto con Leni Riefenstahl, de la inconsistencia del lema popular No hay mal que cien años dure) no pudo adquirir porque se puso en casi un millón de dólares, y una tiene que hacer hucha para cirugías. Mucho más baratas (socializadas, como quien dice) son las nuevas Joyas de la Madre (no es una metáfora: hablamos de la madre consanguínea, la Propia Madre) que promociona Roci-Hito, en su última perversión de Armas de Mujer.

Pero, como decía, siendo yo tan clásica, no falté a la cita de Trillo gritando vivas a la Virgen de la Piedad (de haberlo dado la CNN, ahora seríamos la envidia del mundo), ni a la del ministro portavoz de las Siete Palabras poniéndose el kukurucho en Valladolid, como de costumbre. Y oteé, decepcionada, todos los balcones, hallándolos menos exuperantes que antaño, aunque también puede ser que la Cherie de Blair (que tuvo el buen gusto de no cantar y bailar Macarena desde su enclave junto a Bot-Ella, en la madrugá sevillana) no me dejara ver el bosque de homínodos y otras plantas trepadoras. Pese al mal tiempo, todo fue maravilloso, aunque, por desgracia, este año han coincidido nuestros fastos con los de La Meca. Alá también es de traca: ciento y pico peregrinos, cepillados de una tacá.

Por cierto que el próximo domingo les escribiré desde Líbano, desde un Beirut que, por primera vez, encontraré en paz.

 

 Escenas políticas: CELA, EN TOKIO

ABC - Martes, 07 de abril de 1998

Por Jaime CAMPMANY

 

CELA regresa del Japón y me invita a cenar. Me cuenta cosas de los japoneses. Empieza por darme una mala noticia: lo de las geishas es mentira. Son venerables ancianas que te dan un poso de té y un culito de licor y se te quedan con la cartera. No sé por qué tenía yo la idea de que las geishas daban el masaje tailandés, pero, claro, el masaje tailandés lo dan las tailandesas.

Este menda pensaba morirse sin ir al Japón, y me había hecho el propósito firmísimo de no viajar sino por Europa.  Nada de Las Vegas, ni Barranquilla ni Copacabana. Ni Hong Kong ni Marraquech. Europa, la vieja zorra. Brujas, Stuttgart o Praga. Al Japón ya se fueron san Francisco Javier y Felipe González. Con eso ya es bastante. Pero sospecho que no tendré más remedio que ir al Japón. 

Cela se ha ido al Japón y ahora al Japón se van también los futbolistas. Fernando Sánchez Dragó, que es un profeta con veleidades de heresiarca, va todas las semanas al Japón, donde enseña ciencias esotéricas y literaturas extrañas, y donde tiene un amor bajo los cerezos con una japonesita muy breve, festiva y saltarina.  Total, que tengo que ir al Japón.

Me desanima un poco lo de las geishas, que yo las tenía por putitas rituales y educadas, sonrientes y dóciles, y resulta que lo único que hacen es arrodillarse delante de ti para darte el sorbito de té, y poner la boca de risa como si uno fuera gilipollas, que habrá muchos que lo sean, claro. Lo que también hacen las geishas es ponerte el quimono. Estas noticias de las geishas me las había dado el profesor Pietro Prini, que también estuvo en Japón, y tengo que preguntarle a Cela si son verdad o si han cambiado en algo aquellas costumbres.

Cela ha vuelto de Japón con la manía de escribir Tokío, con acento en la i, y no Tokio, como ahora acostumbra a decir la gente y que es como lo pronuncian los americanos para ir jodiéndonos la prosodia. Los niños de la preparatoria de mi colegio decían Tokío, según la pronunciación Cela. La sala de estudio era muy grande y algunos días del invierno estaba fría. Cuando algún niño se quejaba al pasante: «Don Francisco, que tengo frío», don Francisco respondía siempre: «También lo tienen en Tokío». ¿Y si era calor? «También lo tienen en Nador».

Lo que me ha impresionado más de todo lo que Cela me ha contado del Japón es que los luchadores de Sumo pesan alrededor de doscientos setenta kilos (ciento sesenta y cinco más que yo, por ejemplo) y que tienen un muchacho a su servicio para que los lave y los vista, porque ellos no pueden hacerlo. El joven «ayuda de cámara» tiene la obligación de limpiarles el trasero a los luchadores. Están tan gordos que no alcanzan. Es natural.  Yo, que peso muchísimo menos, me veo y me deseo, y a veces termino la faena como si hubiera subido a la cumbre la piedra de Sísifo.

Hay dos faenas muy penosas para un gordo: atarse los cordones de los zapatos y limpiarse el trasero. Voy a ver si encuentro un denunciador de conspiraciones, o un editorialista de mano hábil, o un monflorita respetuoso, y lo contrato para ese menester, y si no, me traeré del Japón un «cadi» de luchador de sumo, en vista de que las geishas no pasan por eso, qué estrechas.

Quien sabe mucho del Japón es Luis María Anson, hombre de muy extraños y variopintos saberes, y yo fui testigo de que a unos japoneses que vinieron a la junta general de Vía Digital les explicó el origen de su monarquía con tantos pormenores, nombres y fechas, que los japoneses se quedaron traspuestos y ojipláticos. 

Lo normal, creía yo, era que los japoneses nos hubieran explicado a nosotros la historia de la familia de Indíbil y de Mandonio, el origen misterioso de los celtas y la cuna de la lengua euskera.

Lo que tenía que haber hecho Luis María es explicarles todo eso a los tres kamikazes con grabadora de la famosa comida en el «Cenador de Salvador», en Moralzarzal, a un tiro de piedra de Tokío. Al fin y al cabo, lo tenemos todo invadido por japoneses, por madames Butterfly y por Maru-Jitos, como les llama Felisa. Y por Sánchez Dragó.

 

Lo voy a decir

EL PAÍS - Domingo 8 marzo 1998 - Nº 674

EDUARDO HARO TECGLEN

 

Me cuesta trabajo explicar que la cuestión de las mujeres afganas es lejana; todo me llama aquí y ahora. Mujeres y hombres de un pueblo de Madrid expulsados por el alcalde porque son rumanos, o sea gitanos; la Casa de Campo hierve de esclavas sexuales negras, y Castellana arriba, de drogadictas blancas y niñas; y en las calles por la mañana hay ancianas agotadas de haber pasado su noche de putas; a algunas las veo desde hace años.

Me cuesta mucho más trabajo convencer de que el problema es de mujeres y de hombres. Juntos. Me dicen que las mujeres sufren el doble: por la pobreza y por mujeres. Quizá soy hombre (sobre todo, me noto persona), y sufra más de lo debido de la condición masculina, de mi edad, de mi trabajo y de los problemas de otros que debo resolver; y sufra la angustia idiota de no poder resolverlos. Tal vez no sea justo; tal vez esté mal que me preocupe que el trabajo de la mujer no sólo sea explotado por ser mujer -mayor paro, menores salarios-, sino por ser trabajo, por haber entregado en el fascismo de empresa y en el neofascismo liberal de las letras de cambio, las hipotecas, los préstamos para toda su vida.

Me cuesta trabajo explicar que hay también mujeres explotadoras: que no se es bueno o malo, legal o sucio, por el sexo que se tiene o por la división de trabajos creada por la naturaleza -para eso estamos: para luchar contra la naturaleza, y esa lucha es la base de la historia humana-, pero no me voy a callar. Me revuelve que a las mujeres de Afganistán se las ponga una cárcel sobre su cuerpo, se las expulse de los hospitales y las leyes les nieguen la capacidad de trabajo. Me sumo a la campaña mundial de hoy: pero no quisiera que esa campaña me distraiga de los problemas de aquí y ahora.

No dejo de estar inspirado por otros tiempos: cuando lo que hacíamos, mujeres y hombres, y niñas y viejos, era tratar de cambiar la sociedad para todos.  En la SER leen algo de Victoria Kent, que fue directora general de Prisiones con la II República, hace casi setenta años. Y ella, y Pasionaria, y Federica, buscaban -y Hildegard- un cambio -y Clara Campoamor- total de la sociedad; y decían que había que suprimir la explotación del hombre por el hombre. Quizá fuera incorrecto políticamente decir sólo «hombre»: pero la pelea no estaba en cues- tiones de idioma.  Se peleaba entonces porque hoy no hubiera medicamentazo ni matriculazo. Se perdió, pero no veo que haya que cambiar de frente. Tenemos tiempo.

 

Degradable

EL PAÍS - Domingo 5 abril 1998 - Nº 702

MANUEL VICENT

 

Ese señor de 52 años, sentado a media mañana en el sofá de casa sin hacer nada, ayer mismo era un alto ejecutivo de una multinacional que había elaborado un plan agresivo para inundar todo el país con una marca de lavavajillas. Fue su último trabajo. Hasta ese momento había desplegado una actividad excitante con su espíritu siempre imaginando nuevos productos y con su cuerpo cada día dentro de un avión distinto. Se acababa de jubilar mediante un arreglo ventajoso con la empresa.

Ahora está sentado en el sofá de casa: en pocas horas ha pasado del esfuerzo máximo al reposo absoluto. Cuando era un alto ejecutivo apenas veía a su mujer.  La llamaba desde Rotterdam, Nueva York, Tokio o Francfort.  Generalmente para decirle que se veía obligado a prolongar aún más el viaje. Desde la distancia este hombre ejercía todo su prestigio sobre ella. Pero las cosas han cambiado. Después de permanecer sentado unos días en el sofá sintió que se le estaban atrofiando las piernas. La mujer le insinuó que se diera una vuelta y que aprovechara el paseo para comprar el pan.

Estaba acostumbrado a mandar. Varios millones de consumidores elegían de forma ciega la marca de detergente que él les había imbuido. Al día siguiente, la mujer, ya con cierta naturalidad, puesto que no tenía nada que hacer, le pidió que se acercara a su peluquería a reservarle hora y de paso que sellara la bonoloto. Los viajes a Tokio se convirtieron al poco tiempo en recados a las tiendas del barrio. El detergente que él había impuesto en el mercado era biodegradable, cosa que experimentó en sí mismo.

Este héroe de aeropuerto internacional se había ido transformando en un tipo anodino con jersey de cremallera siempre cargado con una bolsa de plástico. Al cabo de un mes de estar jubilado, la mujer le mandó a comprar un detergente y le exigió que fregara los platos con aquel producto de su propia marca.  Cerró los ojos y con el jabón líquido en sus manos al pie del fregadero comenzó de nuevo a viajar.

 

El hombre que despreciaba la riqueza

ABC - Martes, 14 de abril de 1998

Por Luis Ignacio PARADA

 

Diógenes de Sínope, ya saben, el filósofo griego que vivió cuatro siglos antes de nuestra Era, dormía en un tonel y buscaba hombres a la luz de un candil –más conocido por el nombre de Diógenes el Cínico para diferenciarlo de Diógenes Laercio, historiador compatriota que vivió siete siglos después– odiaba a los ricos y criticaba todo lo que pudiera significar lujo u ostentación.

Dice la Historia que vivió amargado porque hubo de sufrir el destierro con el que fue castigado su padre, Jefe de la Moneda, precisamente por falsificar moneda. Pero lo cierto es que desarrolló un estilo de vida absolutamente espartano.

Si sería enfermiza su renuncia a los bienes materiales que un día, viendo cómo un niño bebía agua de una fuente utilizando el hueco de su mano tomó una decisión histórica: «Este niño me hace ver que conservo todavía algo superfluo»– dijo. Y rompió la escudilla de barro en la que solía beber.

El pobre Diógenes se escandalizaría hoy si viera unos datos que acaba de hacer públicos la Comisión Europea según los cuales si llamamos 100 al poder adquisitivo medio de la UE, el poder adquisitivo de los luxemburgueses es de 162; el de los norteamericanos, de 144; el de los japones, de 118; el de los alemanes, de 109,5; el de los italianos, de 102,4; el de los ingleses de 96,2, etc. Los españoles nos conformamos con el 77 por ciento. O somos unos cínicos o nos sobra la escudilla.

 

La bota

EL PAÍS - Martes 10 marzo 1998 - Nº 676

ROSA MONTERO

 

Acaban de llenar Madrid con unas vallas publicitarias que me tienen frita. Y eso que una no es enemiga jurada de los anuncios; antes al contrario, creo que la publicidad no es sino un medio más de comunicación e información, sólo que es el medio más conservador y más reaccionario, de modo que los valores subliminales que contienen los anuncios suelen ser harto rancios.

Éste es el caso de ese cartelón de Lee en el que se ve el cuerpo de un hombre desnudo y tumbado boca abajo sobre el suelo. Una pierna de mujer aparece de la nada, vestida de vaqueros y calzada con una bota de vertiginoso tacón de aguja, y esa bota está colocada sobre las nalgas del varón, como el cazador que pisa al león cazado. Put the boot in dice la leyenda, o sea, ponte la bota, que no sé por qué diantres lo escriben en inglés; ésta es una de las cosas que me irritan.

Otra es, una vez más, el uso de desnudos para todo, porque estoy más que harta de que, a fuerza de despelotar bellos y bellas para anunciar los objetos más peregrinos, vayan robándole intensidad y misterio a esas pieles tan íntimas que deberían ser secretas y gloriosas. Pero lo que más me crispa del cartelón es ese supuesto aire de feminismo con que venden la cosa. Imaginen que la foto fuera al revés: la mujer, desnuda en el suelo; el hombre, pisando su trasero (hemos visto cosas parecidas en los anuncios).

Suena sexista, ¿no? Pues igual de sexista es la versión actual. Las mujeres, para sentirnos liberadas, no queremos pisotear culos de caballeros, y mucho menos llevando esas botas de tacón de aguja espeluznante, tan tradicionalmente femenino, un ensueño para los fetichistas. De hecho, el anuncio, más que una llamada a la liberación de la mujer, es como una foto de porno barato salido de la mente febril de algún machista. Vamos, que no se enteran.

 

Los números

EL PAÍS - Viernes 17 abril 1998 - Nº 714

JUAN JOSÉ MILLÁS

 

Dado que mis padres se separaron al poco de que yo me independizara, pensé que quizá no lo habían hecho antes para evitarme los sufrimientos que se atribuyen a los hijos de las parejas divorciadas. Pero a mí la idea de que hubieran permanecido unidos sin quererse durante todos aquellos años me quitaba el sueño. «Lo normal es que los hijos se culpen de que los padres se separen, no de que hayan vivido juntos», me dijo un psicólogo, aportando al caso abundante documentación. Pero a mí todo lo normal me parece muy raro, así que no me ayudó gran cosa.

Por las noches me quedaba despierto hasta las tantas, dándole vueltas al asunto, obsesionado con la idea de que los momentos de dicha familiar que guardaba en mi memoria hubieran sido un espejismo. Y es que si aplicaba ahora la lupa a las cenas navideñas de la infancia no me costaba advertir en sus rostros gestos de desesperación. Qué espanto, pensaba, que toda aquella felicidad se convirtiera de súbito, como el día de Reyes, en una mentira. Comencé, pues, a pedirles por teléfono que se reconciliaran, pero ellos decían que no estaban enfadados y que me metiera en mis asuntos. Mamá era más dura. Papá no solía colgarme, pero iba y venía del aparato masticando cosas mientras yo hablaba al vacío.

Entonces pensé que mezclando sus números telefónicos obtendría, lógicamente, el de un abonado que fuera la suma de los dos, y de este modo se mantendrían unidos incluso a su pesar. Así lo hice. Luego llamé al número resultante y salió un sex-shop de Londres. Me pareció raro que se hubieran ido tan lejos, y para dirigir un negocio de esa naturaleza, pero dijeron que se encontraban bien y me invitaron a visitarles para comenzar una nueva vida juntos, esta vez en inglés. Con buena voluntad, todo se arregla.

 

Cuidado con los duendes

EL PAÍS - Viernes 17 abril 1998 - Nº 714

ARIEL DORFMAN

 

Aunque no me lo van a pedir ni tampoco me lo van a escuchar, acá va un pequeño consejo para los presidentes de las Américas que se reúnen mañana en Chile: cuidado con los duendes.

¿Los duendes?

Todos sabemos que estas criaturas diminutas operan de noche y que les gusta hacer bromas y que los humanos tenemos que aplacar, de vez en cuando, sus espíritus traviesos para que no nos hagan daño. Aunque nunca me he cruzado con alguien en Chile -o en cualquiera de las otras repúblicas latinoamericanas cuyos jefes de Estado asisten a la Segunda Cumbre de las Américas- que haya podido de hecho ver, ni menos capturar, a uno  de esos  esquivos enanos, su capacidad para causar estragos en nuestra existencia cotidiana nunca debe menospreciarse.

Mi último encuentro con los duendes ocurrió durante una reciente visita a Chile, donde hace años que no vivo. Un domingo, noté que mi suegra, Elba, en vez de leer los contundentes periódicos del día y lanzar imprecaciones y maleficios, como es su costumbre, contra el general Pinochet, se movía con gran agitación por nuestro living. Había extraviado sus anteojos para leer y acto seguido la familia entera –mi mujer, nuestros dos hijos, nuestra nuera gringa que nos había acompañado para por fin explorar Chile, todos– nos empeñábamos en escudriñar rincones y trastornar cojines.  Después de media hora de infructuosa búsqueda, Elba nos avisó que tanto ajetreo era en vano.

No perdamos más el tiempo –dijo–. Son los duendes. Anoche no les dejé su leche. Hoy, antes de acostarme, les llenaré un platillo y mañana, ya verán, encontraremos los anteojos.

El plan de mi sagaz suegra funcionó a las mil maravillas. A la mañana siguiente, la leche había desaparecido –y que nadie se atreva a sugerir que los culpables fueron los sigilosos gatos chilenos–.

Más importante: los anteojos, como era de esperarse, fueron hallados en un escondrijo del sofá, en el mismísimo lugar, lo juro, donde yo mismo había hecho varias pesquisas, con estos ojos y estas manos, el día anterior. No es la primera ni creo que sea la última vez que los duendes devuelven milagrosamente un objeto que han pedido en préstamo, quizás como una manera de recordarnos cuán peligroso es ignorar su existencia.

Es lo que temo que hagan los presidentes cuando se junten en Santiago: ignorar a los duendes. Celebrarán con razón la democratización creciente del continente y el ocaso de los generales; hablarán sobre la seguridad hemisférica y las zonas de libre comercio; proclamarán que la afiebrada búsqueda de ganancias y de privatizaciones y de los adelantos tecnológicos es la solución y panacea para los males recalcitrantes de América Latina y que no hay otra alternativa que integrar nuestras economías al orden global; confirmarán su creencia de que el pasado hay que dejarlo atrás para avanzar resueltamente hacia un futuro consumista –y se me ocurre que no lejos de los discursos de los presidentes se encuentran los inquietos duendes, escuchando y mirando estas deliberaciones con irritación y sin duda preparando misteriosas represalias–. 

Su enojo contra la cumbre no proviene –por lo menos, es como quiero interpretar las enigmáticas señales que nos mandan– de una resistencia testaruda al progreso: habiéndome autodesignado como su momentáneo portavoz, sin que ellos me hayan elegido para tal función, me gustaría poder asegurar que los duendes estarían felices de que nuestros pueblos tuvieran más hospitales y escuelas, más industrias y caminos, y menos hambre e ignorancia y violencia.

Lo que inquieta a los duendes –en cuanto yo los pueda entender y, si me equivoco, que se alcen desde el corazón de la noche y me repudien públicamente– es que la acelerada modernización y marketing de América Latina se está llevando a cabo sin la activa participación del vasto y subterráneo pueblo del continente, se ha hecho a espaldas de sus creencias, su cultura, su solidaridad, y –lo que es aún más crucial– a expensas de incontables sufrimientos; es decir, este proceso de desarrollo actual se basa en la exaltación de la codicia y la avidez competitiva que contradice directamente el sistema de valores que los duendes han estado tratando de enseñar a los humanos desde el principio de los tiempos.

Las acciones de estas criaturas endemoniadas y paradójicamente benévolas sugieren que sólo podremos exorcizar su presencia caótica y maliciosa si actuamos en forma gratuita. No entiendo lo gratuito en su acepción corriente más común, es decir, como algo innecesario y arbitrario y caprichoso, sino más bien, retornando a la raíz original del término, como algo que se da sin querer recibir nada de vuelta, aquello que se entrega a los demás porque nos es precisamente grato y gracioso hacerlo, porque el premio de tal acción consiste en el placer de la dádiva misma y no porque se atiende un dividendo o una utilidad inmediata.

Si los duendes esconden nuestros objetos y perturban el duro orden de nuestra rutina diurna, es para llamarnos la atención: siempre hay que tener tiempo para llenar un platillo con leche, siempre es fundamental preocuparse de quien tiene sed. Sus travesuras son una manera de recordarnos la existencia de tantos otros seres que habitan otro tipo de oscuridad invisible, tantos otros que nadie ve y a los que también deberíamos estar nutriendo y cuidando, invitando a compartir nuestras vidas, sin preguntar cómo eso nos beneficia, cómo  ayuda nuestra carrera o nuestro éxito personal o nacional. Los duendes nos están murmurando que es inhumana una sociedad que no tiene espacio para lo imprescindible, para la magia, para la compasión.

Por mucho que yo me crea el transitorio representante en la tierra de estos enanitos revoltosos, mi insania no es tanta como para presumir que los presidentes van a escucharme, ni reservarles un lugar en la mesa del banquete de la cumbre a mis amigos duendes, ni menos pensar en incluirlos como un ítem en algún presupuesto presente o futuro. Los presidentes están sumamente ocupados con los Altos Asuntos de Estado.

Cabe preguntarse, entonces, cómo reaccionarán los duendes ante su ciega y obstinada exclusión.

Ésta es mi esperanza: que durante la noche todos los anteojos (y los lentes de contacto, por cierto) de cada uno de los Mandatarios Americanos desaparezcan, impidiendo de esa manera a sus dueños leer los múltiples tratados que deberían firmar por la mañana, y que solamente después de un día de búsqueda febril en que participarán los asombrados miembros de sus Gabinetes, solamente cuando anochezca, cuando los reporteros se hayan retirado y no quede ni un testigo, cuando hasta sus cónyuges se hayan caído del cansancio, cuando estén por fin solos con su conciencia los Hombres Más Poderosos del Hemisferio, es mi esperanza tenaz que a ellos, con su corazón batiendo, con terror y con humildad, se les ocurra echar un poco de leche en un inútil platillo y tal vez, quién sabe, por ahí es posible que puedan dormir realmente bien por primera vez en muchos, muchos años.

¿O acaso los duendes, vencidos por la modernidad y la civilización de la avaricia, han terminado por reconocer que ya no vale la pena ocuparse de los Presidentes de las Américas, es posible que estos guardianes de nuestra secreta identidad ya no tengan ganas de jugar ni con esos presidentes ni tampoco con nosotros y prefieran más bien callar para siempre, ya no seguir mandándonos el mensaje de que tengamos cuidado, mucho cuidado, al avanzar hacia un futuro donde no habrá un lugar para los duendes y su indignación, no vayamos a encontrarnos finalmente con una América sin memoria y sin sueños?

[Ariel Dorfman, escritor chileno, reside actualmente en Estados Unidos. Sus últimas novelas publicadas en España son Konfidenz y Viudas.]

 

«Cuba es una reserva musical de la humanidad»

Pablo Milanés - Cantautor cubano

EL PAÍS  - Domingo 8 marzo 1998 - Nº 674

MAURICIO VICENT, La Habana

 

Pablo Milanés comienza el próximo martes en Barcelona una nueva peregrinación musical por 11 ciudades españolas para promocionar Despertar, su último disco, dirigido y orques- tado por el músico catalán Ricardo Miralles. Fue grabado el año pasado en Madrid y en un año ha vendido más de 50.000 copias en España. Este éxito, el mayor del cantautor cubano en nuestro país, coincide con el gran boom de la música cubana en todo el mundo. Para Milanés, el creciente reconocimiento internacional de la música cubana -ratificado la semana pasada con dos premios Grammy- «es justo». «Cuba», afirma, «es una de las reservas musicales de la humanidad».

Para Milanés, la razón principal del éxito arrollador de la música cubana en el mundo es su extraordinaria calidad. Y ésta se debe a dos factores. Uno es «la tradición enorme de la música cubana, que desarrolla por sí misma un caudal sólo posible por la convergencia de varias culturas». El otro es el desarrollo de las escuelas de arte en Cuba, «que ha producido una generación de músicos de valor técnico muy profundo».

El autor de Yolanda pone como ejemplo a su propio grupo:

«La edad de promedio no sobrepasa los 33 años. Algunos empezaron a estudiar al cumplir los seis y cuando llegaron al grupo llevaban estudiando 17. Son gente muy capacitada. Se les puede pedir cualquier cosa».

La ecuación «tradición más preparación técnica» da como resultado calidad. Pero el reconocimiento es otro cantar. En Cuba siempre se ha hecho buena música, pero sólo en los últimos años los músicos cubanos -con excepciones como Silvio Rodríguez y Pablo Milanés- han podido entrar a los circuitos internacionales y triunfar en ellos. Según Milanés, durante demasiado tiempo esto se debió «al desconocimiento de la música cubana por razones ajenas al arte. Lo que ideológicamente se pensaba de Cuba se asoció a todo, a la música, a la cultura».

Milanés no desconoce las leyes del mercado y sabe que el actual boom de la música de su país se debe también al Eldorado comercial que es el talento musical cubano. Él mismo firmó el año pasado un contrato de exclusividad por cinco años con la Universal. Ha logrado unificar los derechos de sus 34 discos y la multinacional será la que, a partir de ahora, distribuya y comercialice su obra en todo el mundo.  «Además de controlar la difusión, esto permite que el trabajo se haga más coherente y más significativos los resultados», afirma el cantante, ya que en menos de un año la Universal ha editado 24 de sus discos con el más moderno sistema digital.

 

Sonoridad

 

Despertar es el primer disco que Pablo Milanés hace con la Universal, y entre las razones que han contribuido a su éxito arrollador, Milanés menciona dos fundamentales: la buena labor de promoción y el trabajo serio, que se plasma en la unidad del disco y en sus diez temas, que hablan de las cosas sencillas de las que siempre ha hablado el cantante: el amor, lo íntimo y profundo de un amanecer, el dolor de una despedida ...

«La unidad más importante que tiene Despertar es su sonoridad», dice Pablo Milanés, que destaca el trabajo realizado por Miralles en los arreglos y al frente de la Orquesta Sinfónica de Madrid. Y explica que, a diferencia de la gira de verano del año pasado, que se realizó en grandes locales al aire libre, la que empieza el martes se realizará en teatros y ambientes más íntimos, y cantará los 10 temas de Despertar.

«Un hito en mi trabajo es que por primera cantaré sólo con dos músicos, el pianista y director musical de mi grupo, Miguel Nuñez, y Dagoberto González en el violín». Milanés asegura que este pequeño formato permitirá que sus presentaciones sean una «especie de concierto de cámara entre los tres».

Sobre el tema que da título al disco, afirma que es uno de sus preferidos: «Es la anécdota de un despertar sin otra connotación, sin otra metáfora que el despertar en la mañana».  Des- pertar está dedicado a Sandra, su esposa desde hace 10 años, quien presentará en mayo el libro Crónicas de un sueño (Alfaguara) en España.

«Son crónicas de nuestros viajes», comenta el músico, «sus impresiones de los lugares que visitamos durante las giras, incluyendo una óptica muy profunda de nuestro país».

 

La quejas de Fidel Castro

EL PAÍS - Domingo 8 marzo 1998 - Nº 674

Castro se quejó a Almunia de que la embajada de España siempre ha alentado a los disidentes:

ANABEL DÍEZ

 

Fidel Castro se irrita cuando habla de la embajada española en La Habana tanto refiriéndose al presente, con José María Aznar, como a cuando gobernaba el PSOE. El líder cubano mantiene que siempre ha prestado ayuda, colaboración y aliento a la oposición a su régimen o, en su lenguaje, «a los grupos contrarrevolucionarios».  Castro expresó esta opinión el pasado lunes, y con toda rotundidad, a la delegación socialista encabezada por Joaquín Almunia.  Por su parte, los disidentes manifestaron al propio secretario general del PSOE y sus acompañantes su deseo de que mantengan una interlocución fluida con el presidente cubano porque cortar las relaciones les perjudicaría y fortalecería las posiciones más duras del castrismo.

El secretario general del PSOE, Joaquín Almunia, telefoneó al ministro de Asuntos Exteriores, Abel Matutes, nada más celebrarse su entrevista con el presidente de Cuba, Fidel Castro. Ahora, en los próximos días, ambos se reunirán con el propósito de tratar con detenimiento las conclusiones que la delegación socialista ha sacado tanto de su estancia en la isla como en México entre el 25 de febrero y el 5 de este mes.

Matutes ya sabe que Castro no ahorró reproches hacia la embajada española. Almunia y sus compañeros, Raimon Obiols, el secretario de Relaciones Internacionales del PSOE, y Alfredo Pérez Rubalcaba, su portavoz, escucharon, en efecto, cómo sus reproches no se limitan a la etapa conflictiva desde que el PP llegó al poder, sino que los extiende a la época en que gobernaba el PSOE.

El titular de la cancillería con Felipe González como presidente era Eudaldo Mirapeix, destituido por el PP en el otoño de 1996 para nombrar a José Coderch, al que las autoridades cubanas no le otorgaron el plácet, por lo que desde entonces se halla al frente de ella un encargado de Negocios, Javier San Domingo, diplomático de carrera.

Según Castro, la embajada es sinónimo de centro de conspiración y da amparo, cobijo e ideas a los disidentes a su régimen. Para avalar su tesis esgrime un caso reciente. Una semana antes que Almunia estuvo en la isla un grupo de eurodiputados del PP, los cuales reiteraron una y otra vez su deseo de entrevistarse con él. No los recibió. A los socialistas no les cabe duda de que actuó así porque se habían reunido durante tres horas en la sede diplomática española con siete representantes de grupos disidentes. Los populares se reunieron con ministros de Castro y mantuvieron en todo momento un tono conciliador abogando por la normalización de las relaciones.

Las censuras de Castro no impidieron que Almunia le comunicara que, precisamente una vez concluida la reunión entre ellos, su grupo también iba a encontrarse en un hotel con los mismos disidentes con los que estuvieron los eurodiputados del PP. Lo cierto es que casi no lo consiguen, ya que Castro prolongó tanto su velada que temieron tener que ir derechos desde el palacio de la Revolución al aeropuerto para volar a México. Al final, quedó tiempo y Almunia, Obiols y Rubalcaba se vieron con aquéllos durante 90 minutos, tras nueve horas con Castro y sin haber dormido.

La actitud de los disidentes, al decir del PSOE, fue bastante pragmática y animaron a Almunia a seguir hablando con Castro, ya que un corte de relaciones entre los partidos políticos españoles y el régimen cubano sólo les traería más problemas de los que ya tienen. En ese sentido, insistieron en un pronto restablecimiento de las mismas, es decir en que haya cuanto antes un nuevo embajador en La Habana.

Sobre este punto, la delegación del PSOE extrajo una impresión más delicada de Castro que de su ministro de Exteriores, Roberto Robaina, quien, al contrario que su presidente, dio a entender que Cuba daría el plácet a cualquier propuesta. Castro dijo que no hay condiciones, pero de inmediato insistió en su disgusto por la acogida en la cancillería a los disidentes. Dada la virulencia con que se expresó, sus interlocutores comprendieron que no le gustaría nada que el sustituto de Coderch tuviera mucho trato con ellos.

 

«Leal» contra ETA

 

La delegación socialista asegura que Fidel Castro hizo ostentación de sentirse indignado ante el hecho de que en España pueda creerse que Cuba sirve de santuario a ETA. En ese sentido, aseguró que es «leal a España» y cumple los acuerdos a los que llegó con Felipe González en 1983, por los que dio acogida en la isla a un colectivo de etarras. Después reconoció que han llegado otros procedentes de Cabo Verde.

Joaquín Almunia y sus compañeros le preguntaron si algunos terroristas habrían podido utilizar Cuba como tierra de paso antes de trasladarse a España para cometer un atentado. La respuesta de Castro fue que no le consta.

De nuevo hizo Castro gestos ampulosos de indignación al proclamar que nunca ha apoyado ni apoyará el terrorismo de ETA. Así, rememoró la consternación que le produjo el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, concejal del PP de Ermua.

La seriedad del asunto impidió que los socialistas sonrieran cada vez que escuchaban a Castro hablar de «los vascos» al referirse a los etarras afincados en la isla o cuando se refería a la actividad de los de «Jarri Batasuna». rieron, y mucho, cuando les pidió detalles sobre «la conspiración» contra González y los porqués de la decisión de Luis María Anson, ex director del periódico Abc, de contarla públicamente.

 

Jaquecas

EL PAÍS - Sábado 7 marzo 1998 - Nº 673

VICENTE VERDÚ

 

En este momento me duele tanto la cabeza que sería hipócrita referirme a otro asunto de mayor interés. Si se tratara de otros tiempos, me consideraría incluso exculpado de escribir y, como entonces sucedía a mi alrededor, los demás se harían perfecto cargo del abandono. En mi familia, a mi padre nunca se le veneraba tanto como cuando, con motivo de estos ataques, no acudía al bufete, se bajaban las persianas de su habitación y mi madre le servía un par de aspirinas o le acomodaba un pañuelo empapado de colonia sobre las sienes.  Enseguida los demás bajábamos la voz y durante el almuerzo, si mi padre no salía a comer, se actuaba como en un luto.

De los que han padecido jaquecas en el árbol familiar, mi padre y su hermana, mi tía abuela y una prima han sido los más famosos, y a ellos se les atribuyó siempre una inteligencia de calidad superior. Todos mis hermanos, unos más que otros, heredamos este gen, que, a nuestro parecer, siendo engorroso, nos confería prestigio. Los años, sin embargo, han venido a destruir ese don. La medicina corrobora hoy que nuestros padecimientos, unos en los parietales, otros en el occipital, se relacionan con una configuración que, lejos de procurar categoría, nos delata como seres psicológicamente frágiles y deficientemente provistos para encarar las dificultades de vivir. Mi padre, cuando salía de una de aquellas crisis, demacrado o tambaleante, nos parecía un héroe. Ahora, sin embargo, calculando la reacción que en mis hijos vaya a despertar este achaque, disimulo cuanto puedo, y sólo a escondidas tomo el tonopán o niego, si me descubren, que lo tome porque la molestia sea cosa importante, y mucho menos porque no pueda aguantarla trabajando, escribiendo, almorzando con todos, y no ya vencido por el paterno y glorioso recuerdo de este mal.

 

Apellido de la madre

EL PAÍS - Jueves 26 marzo 1998 - Nº 692

 

EL CONGRESO ha avalado cuatro proposiciones de ley -presentadas por Iniciativa per Catalunya-Izquierda Unida, PSOE, PP e IU- en las que se defiende el derecho de los padres a dar a sus hijos como primer apellido el de la madre, alterando así la costumbre y la norma que han regido hasta ahora. Si prosperan, el nuevo precepto se añadirá a la reforma que permitió hace años la alteración del orden de sus apellidos a cualquier persona mayor de edad. La novedad es, pues, que esa posibilidad regirá también para los padres respecto a sus hijos.

Se trata de una medida que equipara los derechos de las mujeres y de los hombres, que nace del respeto a la libertad de las parejas y que relega las competencias del Estado en lo que se refiere a la vida y las costumbres privadas. Las proposiciones de ley -que probablemente se refundirán en un solo texto- han de ser bienvenidas, porque con ellas desaparecerá una discriminación de hecho. Habrá que dilucidar algunos problemas de orden práctico, como lo que ocurriría en el caso de que los padres no estuvieran de acuerdo al respecto, sobre todo si median separaciones o divorcios durante el embarazo.

O si se supone que la palabra del padre es portadora del acuerdo de la pareja sin más requisitos (la madre suele seguir en el centro médico cuando el hombre acude al registro). O el hecho de que hermanos tengan apellidos distintos y sus posibles consecuencias. Las proposiciones de ley establecen que los hermanos se apellidarán igual, pero podría darse el caso de un hijo o hija mayor de edad que desee mantener el apellido paterno, y un hermano recién nacido al que, en aplicación de la nueva ley, se quisiera dar el de la madre.

Con el tiempo tenderá a reducirse la cantidad de los apellidos más comunes (López, Rodríguez, Pérez, González... ) para facilitar la identificación de sus herederos mediante denominaciones más singulares en el apellido del cónyuge o pareja. Pero igualmente -desde el punto de vista filológico, histórico y cultural- se salvarán algunos apellidos que de otro modo correrían peligro de extinción si los herederos fueran todos mujeres. Desaparecerá así la obsesión de algunas familias por tener hijos varones que perpetúen la memoria de la estirpe.

 

Catálogo

EL PAíS - Viernes 20 marzo 1998 - Nº 686

JUAN JOSÉ MILLÁS

 

Lo invisible, no pudiendo escapar tampoco a la ley de la oferta y la demanda, tiene montado su prestigio sobre la creencia generalizada de que se trata de un producto escaso.  No es cierto. De hecho, estamos rodeados de fuerzas magnéticas impalpables, y la mayoría de nuestros aparatos funcionan gracias a una energía hipotética, la electricidad, que nadie ha conseguido ver, aunque discurre a través del cobre del mismo modo que los muertos a través del medium. Eso por no hablar de artículos tan familiares como el viento, que nos golpea al salir a la calle y del que no hay manera, sin embargo, de recoger una muestra en el bolsillo de la chaqueta o del pantalón para airear la casa sin necesidad de abrir las ventanas.

Subestimamos en cambio lo visible porque nos parece ordinario, vulgar, cuando no hay nada más misterioso ni fantástico que la carne. Y no me refiero ya al hígado, los testículos, que son lucubraciones de un loco, desde luego, sino a la carne con la que tropezamos todos los días en autobús o en el metro. La masa corporal es un asunto extraordinario.  ¿Qué hacen esos dedos al extremo de una mano incomprensible, aunque prensil? ¿Por qué tantas pilosidades y excrecencias? La carne está devaluada porque la oferta es grande frente a la demanda, pero una cosa no tiene que ver con otra. Presten ustedes atención, por ejemplo, a un solomillo crudo y verán cómo, por muchos que haya en el mercado, no deja de constituir un objeto irreal, más que un aparecido.

Y si no tienen un solomillo a mano, fíjense en Álvarez Cascos, que sale mucho por la tele. ¿Acaso no se trata de un ser portentoso, aunque visible? De hecho, si fuera invisible no asustaría ni a los niños. Urge hacer un catálogo, un libro blanco, lo que ustedes quieran, sobre lo imaginario y dedicar el primer capítulo a la carne. Venga.

 

De virus y otros bichos

Nueva Epoca, No.10

Martes 24 de febrero, 1998 (México)

 

Un virus es un programa diseñado especialmente para adherirse a otro y replicarse junto con él, causando molestias que varían desde simples ruidos o imágenes extrañas hasta la caída total de sistema o la anulación del contenido del disco duro.

En cambio, los “bichos” o bugs -como se les conoce en inglés-, son averías o defectos, generalmente accidentales, de los programas o los equipos. Los efectos que tienen estos errores de diseño también son diversos y aunque en la mayoría de los casos no causan más que situaciones menores, han llegado a ocasionar problemas graves.

Por ejemplo, Risk Digest compiló información para demostrar que unos misiles nucleares rusos se activaron involuntariamente por una falla en el software que controlaba el sistema de encendido. En los 80, se descubrió que una falla en el diseño de una computadora tuvo que ver en el accidente del Airbus A320 que mató a 87 personas. La versión oficial lo reportó como error del piloto, pero un informe independiente señala que la interfase del avión confundió al piloto y que no había forma de operar la nave manualmente.

En 1982, la NASA tuvo que derribar el cohete que llevaba la sonda espacial Mariner 1 para evitar que cayera a la tierra. Se descubrió después que se había omitido un guión en el código Fortran, problema que ocasionó que, en vez de seguir su curso, la nave girara a la izquierda y cayera en picada. El vehículo había costado más de 80 millones de dólares y el error fue calificado como el guión más caro de la historia.

Un mecanismo utilizado en el tratamiento  del  cáncer mediante  radiación,  Therac-25, construido por una empresa canadiense, ocasionó la muerte de cuatro pacientes debido a un error en el diseño del software. Dos investigadores independientes, Nancy Leveson y Clark Turner, descubrieron que el sistema generó una “sobredosis” de radicación después de que se creía haber resuelto un problema de virus.

En 1995, estaba programada la inauguración de un nuevo aeropuerto en Denver, cuyo atractivo principal era un mecanismo computarizado de manejo de equipaje. Desafortunadamente, el sistema se contaminó con un virus que ocasionó que los carros automáticos de transporte de equipaje chocaran contra las paredes. Finalmente, con 16 meses de retraso y un gasto de 3.2 millones de dólares más de lo previsto, se abrió el aeropuerto. El sistema de equipaje es ahora en su mayoría manual.

Desde que se descubrieron los virus en 1980, el Laboratorio de Investigación de IBM ha clasificado más de 10 mil y el Centro de Investigación Antivirus de Symantec estima que son detectados de seis a nueve virus nuevos diariamente.

Algunos de los tipos de virus informáticos más comunes son:

El gusano (Worm), modalidad de virus que se replica constantemente en una red y se convierte en un problema de seguridad cuando se sobrecarga el sistema.

Los Caballos de Troya, programas que están “disfrazados” de contenidos inofensivos. Un ejemplo de este tipo de programas son las pantallas falsas de login que se crearon para captar las contraseñas de los usuarios.

Las bombas de tiempo o bombas lógicas, son virus que se activan en una fecha determinada.

Los virus “furtivos” (Stealth Viruses) son programas que disimulan su existencia, manteniendo, por ejemplo, el tamaño del archivo intacto o modificando el registro checksum.

Los programas Rabbit están diseñados para replicarse masivamente hasta agotar los recursos de un sistema, como el espacio en disco duro.

Los virus polimorfos son capaces de modificar sus características cada vez que se replican, lo que los hace casi indetectables.

Los boot sector virus son aquellos que sustituyen los archivos de arranque en un disco y se activan cuando se vuelve a encender la computadora. Estos virus son capaces de “infectar” otros discos, por lo que se propagan con facilidad. Un ejemplo de ellos es el Miguel Ángel.

A pesar de estas variopintas descripciones, la mayoría de los virus son inofensivos. En 1996, la Asociación Nacional de Seguridad de Computadoras reportó que sólo el cinco por ciento de los virus conocidos son dañinos. La mayoría son bromas realizadas por el simple placer de programar.

 

No basta el color de la piel

EL PAÍS - Domingo 8 marzo 1998 - Nº 674

FRANCISCO GOR

 

Nada más antiperiodístico como método de verificación de una noticia que dejarse llevar de las apariencias. No basta, por ejemplo, el color de la piel para afirmar de alguien que es un inmigrante. Como no basta para deducir -sea mediante un juicio social o jurídico- que esa persona es un delincuente.  Guiarse por las apariencias no es un criterio aceptable en ninguna actividad, y menos en el periodismo, cuya razón de ser estriba precisamente en informar de lo que verdaderamente es y realmente sucede.

Un lector de EL PAÍS en Toulouse (Francia), Félix Martín Moral, plantea esta cuestión con motivo de las fotografías de personas de color que suelen acompañar a informaciones sobre el fenómeno migratorio. El lector señala dos casos tomados de EL PAÍS y los pone como ejemplo de lo que, en principio, podrían constituir «formas de informar confusas y equívocas».

Un caso: una fotografía que ilustra una crónica sobre el debate parlamentario de la ley de inmigración celebrado hace algún tiempo en Francia. Dos hombres de tipología magrebí apoyados sobre un quiosco de prensa son presentados en el correspondiente pie de foto como dos inmigrantes en una calle de París. ¿Eran realmente inmigrantes? Otro caso: una fotografía en la que la figura de un negro se recorta sobre la pared de un edificio ensuciada de pintadas contra los inmigrantes. ¿Se trata realmente de un inmigrante?

Sobre la primera foto, el lector señala: «El hecho de que aparezcan dos hombres apoyados en un quiosco de prensa, mirando hacia el objetivo del fotógrafo, sin estar haciendo ningún ademán particular (en el caso de que un ademán pudiera ser indicativo de algo concreto), no permite establecer una relación entre esos dos protagonistas (probablemente involuntarios) y su condición de inmigrantes: ¿en virtud de qué elementos el periodista la establece?, ¿los entrevistó?, ¿se lo dijeron ellos en una charla informal?».

Y sobre la segunda fotografía, el lector observa la misma relación reductora entre una tipología y un determinado estatuto social y/o administrativo, en este caso el de inmigrante. De actuar como dice el lector, lo más probable es que la identificación de esas fotos fuera errónea. Hoy día, ese reduccionismo causal entre el color de la piel y la condición de inmigrante tiene cada vez menos fundamento en las sociedades europeas. A pesar de todas las dificultades, muchos inmigrantes han conseguido integrarse en los países de acogida, beneficiándose incluso de su nacionalidad. En algunos países como Francia y Alemania existe ya una generación nacida de antiguos inmigrantes que en nada se diferencia -ni en derechos ni en deberes- del resto de los autóctonos del país.

Pero, más allá de su aspecto sociológico, la cuestión atañe a los fundamentos mismos del quehacer periodístico. Es decir, al compromiso del periodista con la veracidad de la noticia, así como con la comprobación de los datos que la integran. En lo que se refiere a la primera foto señalada por el lector, ese compromiso ha fallado. Según los datos existentes en el archivo fotográfico de EL PAÍS, esa foto fue tomada en París, pero su autor olvidó identificarla. ¿Eran realmente inmigrantes los dos magrebíes que aparecen en ella? No hay forma de saberlo con certeza, pues el autor de la foto no certificó que lo eran. Al no hacerlo, esa identificación no deja de ser una mera suposición. Ello ha podido traducirse en un pie de foto no sólo confuso y equívoco, como señala el lector, sino incluso inveraz.

Mas allá de sus ingredientes estéticos (luz, contraste, punto de vista, elección del objetivo, etcétera), la fotografía de prensa es un producto eminentemente informativo. La fotografía de prensa no se concibe hoy día como una mera ilustración u ornamento de la noticia, sino como noticia en sí misma.  Tampoco el periodista gráfico es un elemento auxiliar en el proceso informativo. Es responsabilidad suya, y de nadie más, autentificar e identificar correctamente las imágenes que capta con su cámara. De no hacerlo, ¿qué valor le resta a un documento cuya razón de ser es visualizar ante el lector acontecimientos inmersos en unas coordenadas espacio-temporales concretas y que tienen sus propias señas de identidad?

No hay que obviar tampoco los problemas deontológicos, además de los de calidad informativa, que plantea el uso de material fotográfico no identificado correctamente. Como ha señalado al Defensor del Lector el responsable del archivo fotográfico de EL PAÍS, Juan Carlos Blanco, la inexistencia de una identificación originaria lleva ineluctablemente -a pesar de los esfuerzos del documentalista para paliar esa laguna informativa- a errores en las identificaciones posteriores. Esos errores alcanzan su mayor gravedad cuando esa fotografía mal identificada es utilizada en contextos informativos distintos al que la motivó, adquiriendo entonces la imagen un sentido nuevo al tiempo que pierde el suyo original.

 

Ha sucedido

 

En el capítulo sobre los límites de la televisión de su, por muchos conceptos, encomiable obra Últimas noticias sobre el periodismo (Roma, 1995), el periodista italiano y diputado por el Partido Democrático de la Izquierda (PDS) Furio Colombo afirma que lo que a los enemigos de la pena de muerte en EE UU les había parecido siempre el desafío más extremo, es decir, la retransmisión de una ejecución en la silla eléctrica -«mostrad la muerte si os atrevéis», decían-, está a punto de suceder en alguno de los talk shows de la televisión norteamericana. Lo que se anunciaba como un riesgo en la televisión norteamericana ha sucedido en la española, si bien es cierto que en un supuesto muy distinto al descrito por el periodista italiano.

La muerte voluntaria de Ramón Sampedro -el tetrapléjico que reclamaba con toda razón su derecho a morir- ha sido mostrada a los telespectadores de un programa informativo. A su estela, el resto de los medios, con alguna excepción, ha publicado, de forma más o menos destacada, fotogramas del suceso. EL PAÍS publicó uno en una página interior. El hecho esencial es que el momento radicalmente personal de la muerte -que sea voluntaria o impuesta, en directo o en diferido, son aspectos secundarios- ha sido considerado un aconteci-miento digno de ser retransmitido por un medio televisivo.

De nuevo, como sucedió con la muerte de Diana de Gales, se ha desencadenado el consiguiente debate sobre la función y los límites de los medios de comunicación. Y de nuevo se han expuesto argumentos a favor y en contra, unos fundados y otros simples coartadas para jus-tificar a posteriori decisiones y puntos de vista previos.

Esos debates están muy bien y son, además, inexcusables ante el dilema moral que a veces plantea el deber de informar. Pero la cuestión de fondo -¿cómo domeñar el espíritu naturalmente insaciable de los medios de comunicación modernos, especialmente el televisivo?- atañe sobre todo a los propios medios. Y a sus profesionales, conscientes de que no todo vale  en su oficio  y de que alguna vez deben de abstenerse de franquear umbrales que no pueden ser traspasados.

 

Los tiempos cambian

EL MUNDO - Domingo, 5 de abril de 1998

FERMIN BOCOS

 

A estas alturas de la película ya nadie niega que las primarias del PSOE, inopinadamente, han inaugurado un ciclo político nuevo en este partido, y también en el conjunto de la vida nacional. No es verdad que la gente pase de la política. Lo que sucede es que todo se hace en nombre del pueblo, pero, a la postre, son las oligarquías de los partidos -utilizo el término en su sentido más antiguo: gobierno de unos pocos- las que todo lo deciden. Y al común se le convoca únicamente para votar cada tres o cuatro años listas cerradas que, con la excepción de las que configuran el Senado, son el resultado de la voluntad de los cuatro o cinco dirigentes políticos que cortan el bacalao.

Ha bastado -como sucedió con el PS de Euskadi-consultar a la gente para que la respuesta sea copiosa y alegre. Iniciativas como la de las primarias y aún en mayor medida la configuración de listas abiertas crearían una lógica del pensamiento, un orden que rechazaría la abstención de los ciudadanos.

El mundo que conocemos va poco a poco transformándose; desaparecen formas de hacer política y alumbran otras nuevas cuyos frutos todavía están agraces pero que son muy prometedores. Las cúpulas de los partidos parecían haber tomado de los primeros egipcios la obsesión de aquella antigua raza por detener el movimiento de las cosas hacia su fin.

No hace falta tener carné de profeta para saber que algunas formas de hacer política están llamadas a desaparecer, abriendo paso a la participación directa de la gente a través de las fórmulas que mejor responden a las leyes de la razón. Nada será igual que antes, los tiempos cambian.

 

Españolistas inconfesos

EL PAÍS - Domingo 8 marzo 1998 - Nº 674

SANTOS JULIÁ

 

Junto a la reiterada propuesta de negociar con ETA o con su brazo político -«sobre lo que sea», como decía en un alarde de responsabilidad el presidente de Extremadura- corre por ahí la especie de que quienes rechazan como ilusoria semejante política serían españolistas unitarios avergonzados de su propia posición y, por tanto, inconfesos. Necesitados como están los promotores de cualquier negociación de visualizar las partes del futuro contrato como extremos del que ellos serían el centro o como platillos de una balanza de la que ellos serían el fiel, tienen que medir a quienes rechazan la política de negociar sin condiciones con idéntica vara que a quienes recurren el terror con el objetivo de alcanzar fines políticos. La falta de comprensión de los primeros bloquea las posibles salidas al ancestral conflicto en que se debaten, al parecer contra su voluntad, los segundos. Poco les falta para afirmar que la culpa de que los asesinatos continúen recae no más que sobre el cerrilismo de los asesinables.

¿Dónde están, si puede saberse, esos españolistas inconfesos que cierran con su obstinada negativa los caminos de pacificación? Porque si algo caracteriza la evolución del Estado español durante los últimos veinte años es que ha procedido a un reparto territorial de poder sin precedente en nuestra historia. Este hecho, que se destacará sin duda como el comienzo de un proceso irreversible de federalización, ha tenido lugar sin que haya tropezado con obstáculos insalvables, sin tensiones que no pudieran ser asumidas por el propio Estado, sin resistencias en la opinión pública y sin que haya surgido ni una sola organización política nacionalista española dispuesta no ya a enviar sus escuadras a luchar contra el enemigo, sino ni siquiera a armar la mitad de la gresca de quienes para posibilitar que se abra un proceso de pacificación matan a pacíficos concejales o se dedican a vandalizar municipios.

Todavía más: en las masivas concentraciones de ciudadanos, cada vez que se ha producido un crimen particularmente horrendo, no se ha elevado jamás ninguna voz vengativa, exigiendo que se pague a los asesinos con la misma moneda que ellos administran a quien se cruza en su camino. Hemos visto tantas cosas durante estos años que apenas llama la atención un hecho capaz por sí solo de desmontar todas las teorías psicologistas sobre el comportamiento de las multitudes.

Se tenía a las manifestaciones de masa como proclives a dejarse guiar por sentimientos primarios, por emociones y por impulsos irracionales. Pues bien, todas las manifestaciones con las que los ciudadanos españoles han respondido a los crímenes de ETA ofrecen el insólito espectáculo de una masa que discrimina, que rechaza a quienes enarbolan banderas de venganza, que es capaz de introducir una distinción entre vascos y ETA. Nadie lo diría, pero así es: son multitudes silenciosas que cuando hablan es para reclamar únicamente libertad, para decir «basta ya» o para gritar, como ocurrió en la respuesta al asesinato de Tomás y Valiente, «vascos, sí; ETA, no».

Esto es así porque, al mismo tiempo que ciertos nacionalismos han multiplicado su presión, sus exigencias, y han enarbolado la amenaza de la violencia o han utilizado ese arma como un chantaje, el nacionalismo españolista unitario ha desaparecido como estado de opinión y como fuerza política. Contra lo ocurrido en Francia, Italia o Alemania, no se ha producido en España ningún rebrote de la derecha nacionalista, derrotada sin paliativos en todas las elecciones convocadas desde 1977. Y como no existe esa formación política, y como la opinión pública anda bien lejos de cualquier nostalgia unitarista, los voceros de la negociación, tan comprensivos con las razones de la violencia y tan afanosos en sus intentos de pacificar esa extraña guerra con un solo bando que mata, no encuentran otro argumento que esgrimir el espantajo de los «inconfesos» para mejor vender su averiada mercancía.

 

Repartir los beneficios de la euforia

EL PAÍS - Domingo 8 marzo 1998 - Nº 674

JOAQUÍN ESTEFANÍA

 

Repartir es un verbo que no conjuga bien en estos momentos en los que lo políticamente correcto es acumular. Los ideólogos del pensamiento único no quieren ni oír hablar de ello. Y sin embargo, repartir los efectos del crecimiento económico es el debate que llega del mundo desarrollado.  También a España.

Es incuestionable que vivimos una coyuntura de euforia en EE UU y en la UE; ni siquiera la crisis de los tigres asiáticos ha afectado, de manera significativa, al crecimiento. La pasada semana, el presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, pedía prudencia y hacía una advertencia sobre la euforia financiera, pero en esta ocasión ha pasado más inadvertida que en las anteriores. Apenas hace un año, en la UE se debatía sobre la Europa de dos velocidades y las incertidumbres sobre el euro eran muy amplias; hoy, casi la totalidad de los Gobiernos de los países que la componen tienen mayores márgenes de maniobra para aplicar unas políticas económicas más alegres, toda vez que -con contabilidad creativa o sin ella- han aprobado el examen de la convergencia.

¿Qué se va a hacer con esos márgenes de maniobra macroeconómicos? Fundamentalmente hay tres opciones: ampliar los gastos de cobertura social para los que se han quedado fuera de la estampida (los excluidos); perseverar en el ajuste, hasta conseguir presupuestos equilibrados o con superávit; o bajar los impuestos y las cotizaciones sociales, para generar mayores beneficios en las empresas, más capacidad adquisitiva en los ciudadanos y, a través de ello (lo que no siempre es mecánico), ampliar el consumo, la inversión y el bienestar.

El debate sobre el reparto del crecimiento ya ha empezado en algunos países. En EE UU, Clinton ha presentado un presupuesto con superávit (más ingresos que gastos) a partir de 1999, y ha declarado que utilizará los excedentes para salvar a la Seguridad Social y en nuevas partidas sociales para niños y ancianos. Sin volver, en caso alguno, a las reaganomics y a la falsa curva de Laffer: «Nos gastamos el dinero, multiplicamos por cuatro la deuda, hicimos subir los tipos de interés y arrastramos al país a un agujero del que ahora estamos saliendo a duras penas».

En Francia, la polémica también ha arraigado a pesar del escaso interés de Jospin (todavía no recuperado del esfuerzo de la convergencia) por promoverla. La confrontación entre los partidarios de más gasto público y menos impuestos no se da tan sólo entre los bloques ideológicos, sino que divide transversalmente al país. Hay socialistas, como Fabius, que defienden la reducción de los gravámenes; y hay socialistas, como Martine Aubry, que han hecho del final de la exclusión social «la prioridad de las prioridades» y acaban de presentar un plan trienal contra esa plaga (cobertura sanitaria universal, derecho a una vivienda para todos los ciudadanos, reducción del empleo juvenil), cuyo coste supera el billón de pesetas. 

No hay que olvidar que el presidente Chirac y el ex primer ministro Juppé, representantes de la derecha, se presentaron a las elecciones con el lema de acabar con la fractura social.

¿Y España, con un crecimiento del 3,4% y un déficit público oficial de tan sólo el 2,6%? Los ruidos de la propaganda impiden escuchar mensajes claros. Hace unas semanas, a la salida de una reunión del equipo económico con el presidente del Gobierno, el vicepresidente Rato afirmó que la prioridad absoluta seguía siendo reducir el déficit público. Pero al mismo tiempo, en su departamento se multiplican ad infinitum las apariciones públicas para anunciar una reforma impositiva sobre la que todo el mundo coincide (es la única unanimidad) que reducirá los ingresos públicos. En paralelo, el ministro de Trabajo replica una y otra vez un plan sobre el empleo. ¿Será nuestro país capaz de alterar el peso de la ciencia y hacer las tres cosas a la vez?

 

Neologismos absurdos

LA JORNADA - Diario mexicano - No. 6

Martes 30 de diciembre, 1997

Manuel López Michelone

 

La tecnología invade prácticamente todas las actividades cotidianas. En muchas casas podemos ver modernísimos hornos de microondas, televisiones con controles remotos que -por la cantidad de botones que contienen- parecieran requerir de un curso de maestría para poderlos usar, lavadoras de ropa y platos programables, etc.  Vaya, hasta salió un juguetito (que cuesta alrededor de 300 pesotes) llamado „tamagotchi“ (o algo así), que es una mascota virtual. A este chunche hay que atenderlo. Hay que darle de comer (apretando no sé qué botones) y si uno lo ignora, pues el artilugio electrónico muere de inanición. ¡Hasta palomitas de microondas hay! 

Pero el punto es que con la tecnología invasora de los hogares, se ha creado también toda una nomenclatura que muchas veces describe los artefactos que usamos.  Pensemos en las impresoras láser. Cuando éstas salieron al mercado eran demasiado costosas para que la gente pudiese tener una de ellas en casa. Hoy, existen impresoras (con tecnología láser) personales.

Igualmente, el reproductor de discos compactos (CD´s) utiliza un rayo láser que se transforma, casi como si fuera magia, en música y sonidos. De esta manera, la palabra láser, que es un acrónimo en realidad, pasa a ser parte de nuestro vocabulario. Ni hablar.

Pero en el mundo de la computación personal, las cosas van más allá. Por ejemplo, Unisys, hace un par de años, inició una campaña que llamó „customerize“. La palabreja viene de „custom“ y la idea era hacer ver que los equipos se acomodaban a las necesidades de los usuarios y no éstos al hardware de la máquina. Otras empresas empezaron también campañas como „downsizing“, lo cual quería decir que se podía tener el poder de cómputo de una máquina enorme en nuestras computadoras caseras.  Es decir, no se necesitaba contar con un mainframe para trabajar.

No contentos con esto, no faltó aquél que inventó el término „upsizing“, el cual quería decir más o menos lo mismo que el „downsizing“. La idea era que los equipos caseros se podían actualizar al poder de cómputo de los mainframes, sin necesidad de usar uno de esos armatostes que, amén de voluminosos, cuestan cualquier cantidad de dinero. Pero aquí no terminó el asunto.

Hubo un tercer fabricante de equipos de cómputo que se le ocurrió el término: „rightsizing“. Esto quería decir que al usuario final no había que darle el poder de una mainframe o el de una calculadora. Todo dependía de las necesidades de cada cliente para así darle la máquina correcta.  Pero también, gracias a Internet, nos hemos tenido que aguantar más neologismos absurdos. Por ejemplo, a alguien se le ocurrió hablar de una red local como una „intranet“. Claro, si existe „Internet“, ¿por qué no habrían de existir redes que funcionaran igual que la gran red internacional, nada más que localmente?

Y bueno, no faltó quien acuñara el término „extranet“, lo cual se define, creo, como una red local remota conectada a otra a través de Internet. Y ni hablar de los foros de discusión de la red, que han sido rebautizados por algunos mercaderes como „comunidades virtuales“. Hágame usted el favor. Como se verá, estos términos no sólo no benefician en nada, sino que confunden al público en general. Los que nos dedicamos al cómputo, bien que mal, tenemos la obligación de conocer de estos asuntos, pero en honor a la verdad, ¿no es un afán ridículo el de rebautizar a las mismas ideas con diferentes nombres?

Debido a mi deformación profesional, me siento siempre obligado a buscar una explicación a todo asunto que discurro. En este caso hay que resolver la pregunta:

¿Por qué se inventan tantos neologismos? Es claro que hay un interés comercial atrás de ello. Intel, por ejemplo, renombró el 586 como Pentium para evitar que la competencia pudiera usar el mismo nombre y así diferenciar un 586 de Intel y uno de cualquier otro fabricante. Con esto, además, se pretende convertir a los inventores de esas tecnologías y nombres, en creadores de un estándar, lo cual siempre es mejor que seguir el que otro propuso.

Pero hay más: probablemente los que se dedican a rebautizar viejas ideas con nuevos nombres bien saben que la gente está buscando la novedad. Así, quien tenía un Pentium ya está obsoleto, porque acaba de salir el Pentium MMX. De la misma manera, quien hizo „downsizing“ tal vez se equivocó y lo que tenía que haber hecho era „rightsizing“.

Quisiera entender que los neologismos, particularmente en ciencia y tecnología, se usan para definir con precisión ciertas ideas y conceptos. Para todo aquel que estudie física o matemáticas, sabrá que el concepto de derivada o integral, por ejemplo, carecen de ambigüedad. Son muy claros y precisos. En lo que se refiere a algunas empresas de la industria del cómputo, pareciera que cada nuevo término que acuñan es una extraordinaria idea, aunque se haya realizado hace ya mucho tiempo.

 

Obviamente esto es una idea de la mercadotecnia. Tal vez los mercadólogos sacan provecho de nuestro malinchismo, el cual se evidencia cuando vemos que los manuales, que la nueva tecnología provee, vienen en inglés, frances, japonés y coreano y estamos felices y fascinados. ¿O me equivoco?

 

La música de la literatura

EL PAÍS - Sábado 18 abril 1998 - Nº 715

JUAN CRUZ

 

Elvira Lindo, la creadora de Manolito Gafotas, que ahora ha publicado su primera novela de adultos, El otro barrio (Ollero & Ramos), citó en la presentación de este último libro suyo una frase del escritor granadino Justo Navarro sobre la música que tienen los libros.

Mientras se leen los libros, éstos tienen una música, que se apodera del lector y sigue con él una vez que el libro se acaba. En el escritor esa música debe estar antes; sin esa música que ha de mover la escritura no hay emoción, no hay, pues, literatura, decía también Justo Navarro. En el caso de El otro barrio, a Elvira Lindo no sólo le asistió la música antes de su escritura, de modo que su texto –como dijo su editor– se lee de un tirón, como si fuera el borbotón después de una importante experiencia, sino que apareció también en la propia presentación del libro. 

Rodeada de compañeros suyos, y de amigos de sus distintas etapas profesionales  como periodista de la radio y de la televisión, y de su más reciente, muy fructífera e intensa vida literaria, Elvira Lindo afrontó la ocasión hablando a solas de su propia aventura de escribir, de la música que está detrás de su primera novela grande. Y ahí tuvo explicación ese carácter de experiencia vivida o conocida muy de cerca, que tiene El otro barrio, una novela en la que un joven, Ramón Fortuna, habitante del barrio marginal de una gran ciudad, se ve complicado por sí mismo en una historia de asesinatos supuestos o reales que le llevan a un reformatorio, al descubrimiento personal de su propia historia íntima, la suya y la de su familia, y también al descubrimiento del sentimiento que preside la música de este libro: la amistad.

No sólo habló Elvira Lindo en su monólogo de introducción al libro de la historia que cuenta en la novela, sino que reveló el estado de ánimo en que está escrito el libro y que explica la música que lo habita: cansancio, melancolía, desgaste emocional, sentimientos que van transfigurando una historia real, conocida o posible, en la metáfora de la vida misma cuando uno la va descubriendo.

Detrás de tales sentimientos están las propias historias de la gente, que en efecto se ven envueltas en todas las posibilidades del fracaso desde que nacen; son gentes que existen y se ven; Elvira Lindo las ha conocido y las ha retratado, después de escucharlas, y lo que se advierte en la música del libro es hasta qué punto sabe escuchar la autora; dijo ella en la presentación que lo quiso escribir sin pudor, con desgarro, y dejó atrás, incrustada en el libro, presente en sus lectores, esa música de melancolía y soledad que se parece tanto a los viejos, polvorientos senderos de la vida en la periferia. Cuando terminó el monólogo de su presentación recogió, para explicar todo lo que ha hecho, y cómo lo ha hecho, esta frase de Saul Bellow: «Está escrito para que os acordéis de mí».

Libros en los que está la gente, la música de la gente. Jorge Semprún acaba de publicar Adiós, luz de veranos ...  (Tusquets), una hermosa evocación de su vida a partir de los 15 años, y en ese libro puro, lleno de melancolía literaria, también está esa música que evoca Justo Navarro como esencial; esa calidad de poema íntimo que tienen las confesiones de Semprún narrando el momento en que descubre todos los sentimientos que luego han de conducir su vida no sólo es un estímulo para la lectura, sino para que cada lector se sienta más libre de contar, de ahondar en su propia experiencia.

Claro que la de Semprún es una experiencia excepcional, marcada por la familia, la guerra y la clandestinidad, pero en estos recuerdos de iniciación también está la explicación de la melancolía gigante que sigue habitando en la mirada de su generación . Dice Semprún que la música de un libro concreto –por seguir con los símiles de Justo Navarro– cambió su vida, o al menos su actitud ante la vida; fue La esperanza, de André Malraux. A partir de esa obra surgieron en él las dudas y las esperanzas que le hicieron mayor.

En este Adiós, luz de veranos ... tenemos la explicación de su melancolía; sus enemigos, que en España le han tachado con saña, con malevolencia, tienen aquí el principio de la estatura moral de un hombre que durante varios años vivió bajo la capa de la clandestinidad en el servicio –eso creía él– de una causa que traería a España el fin de la dictadura: del esfuerzo inútil sin duda nació su melancolía; pero de ese esfuerzo inútil creció precisamente la música que está en todos sus libros mejores, y que en La escritura o la vida (también en Tusquets), su recuerdo del campo de concentración, halló la metáfora principal de lo que es su propio concepto de la literatura: desgarramiento, melancolía, poder de la palabra para trasladar al lector la música de un sentimiento.

En España a Semprún le negaron primero el pan y luego la sal; acaso ese frontón mezquino que es tantas veces este país le ha conservado intacta su capacidad para entender el borde del fracaso como el principio de la música. La música de la literatura.

 

  Panteísmo

EL PAÍS – Domingo 5 marzo 2000 - Nº 1402

MANUEL VICENT

 

Cualquier líder espiritual, ya sea Papa, Dalai Lama, Gran Pope o simple profeta puede pasearse tranquilamente sobre las ruinas después de una catástrofe de la naturaleza sin correr ni siquiera el riesgo de ser abucheado. Pese a que dice ser el representante en la tierra de ese Dios que ha desatado el huracán o ha desbordado el cauce del río los supervivientes verán en él una esperanza. Se trata de un misterio sin resolver.

Cuando el líder espiritual se presenta en el lugar del cataclismo, una vez enterrados los muertos, y se pasea entre los escombros vestido con túnica bordada y cayado de oro seguido de la sagrada comitiva puede que no sienta vergüenza de haber predicado la infinita bondad de su Dios; tal vez experimentará una sensación de más poder todavía al ver el terror de tantos desvalidos. Durante la ceremonia religiosa que seguía a cualquier tragedia, hasta hace bien poco, el oficiante solía culpar del desastre de la naturaleza a la maldad humana e incluso aprovechaba la ocasión para humillar aún más a sus fieles con el anuncio de nuevos castigos.

Cuando los líderes espirituales tenían su reino sólo en las esferas celestiales, desde allí arriba impartían un miedo absoluto que, si bien servía de fundamento a unos intereses materiales, simulaba caer únicamente sobre el alma.

A partir del terremoto de Lisboa acaecido a mitad el siglo XVIII la cultura laica de Occidente, alentada por Voltaire, logró desacralizar las catástrofes naturales y ponerlas bajo vigilancia de la razón, servidora de ateos sarcásticos e irónicos librepensadores. Pero hoy los cataclismos son aun más didácticos. Las catástrofes del planeta sirven para despertar cada vez más el alma común de la humanidad. También en las tragedias existe la globalización, no sólo en la economía. Las lluvias desbordadas de Venezuela o Mozambique, el terremoto de Turquía o cualquier ciclón de la India ayudan a condensar una conciencia universal, ya que son latidos de un único panteísmo. 

Hasta ahora dábamos limosna a un determinado mendigo de la esquina. Esa misma caridad se ejerce hoy con los países pobres pero puede suceder que un día se licúen los casquetes polares y entonces las aguas anegarán la columnata de Bernini en el Vaticano hasta la ventana donde se asoma el Papa. Desde allí dará la última bendición a los últimos náufragos del planeta y después mirará al cielo una vez más sin esperar respuesta.