Subjuntivo - Textos

© Justo Fernández López


Un brindis por Pinochet

 

EL PAÍS – 27 noviembre 1999 - Nº 1303

 

ARIEL DORFMAN

 

Nunca pensé que llegaría un día en que le deseara al general Augusto Pinochet una larga y saludable vida. Pero me ha nacido esa paradójica preocupación por el bienestar del tirano al llegarme, durante las últimas semanas, rumores insistentes de que el ministro del Interior británico, Jack Straw, estaría seriamente considerando la posibilidad de liberar al exdictador chileno, detenido en Londres desde octubre de 1998 y a punto de ser extraditado a España para que se lo juzgue por genocidio y tortura.

Tengo la esperanza de que los médicos que están examinando a Pinochet lo encuentren sano de cuerpo y de mente, y que descubran también que su corazón ha de batir todavía durante largos años. Para que pueda vivir hasta aquel cercano momento que el destino le depara y prepara, cuando tenga que subirse a un avión rumbo a Madrid y después tenga que escuchar los cargos en su contra ante un tribunal español, ese momento cuando deba refutar, si lo puede, el sufrimiento que le infligió a una multitud de sus conciudadanos.

Larga vida y sanidad para que pueda mirar en una corte de justicia, aunque sea extranjera, las caras de las esposas y madres e hijas de los desaparecidos, tenga que bajar la vista el general al recordar cómo esos hombres fueron arrebatados de sus hogares sin que hasta ahora se sepa a ciencia cierta qué pasó con sus cuerpos. Para que pueda atender la sentencia dictada en nombre de la humanidad contra la cual él cometió esos crímenes. Para que otros líderes contemplen y reconozcan en el castigo de Pinochet un espejo y una advertencia. Sí, en efecto: lo quiero sanísimo y robusto, que sus riñones funcionen y su cerebro esté despejado, para que pueda discernir plenamente qué le está sucediendo y por qué y en qué lugar del orbe. Para que el mundo se limpie de su imagen e influencia y mi país pueda regenerarse y verdaderamente llegar a una reconciliación.

¿Pero qué pasa si mis esperanzas y expectativas se ven defraudadas y los doctores encuentran que el general Pinochet sí está enfermo? Entonces ¿qué? ¿Qué pasa si declaran que está demasiado abatido como para que se lo someta a juicio?  ¿Qué pasa si deciden que se está muriendo?

Enfermo y abatido, doliente y aquejado de achaques, no es suficiente razón para salvarlo. Marcapasos y dolores de cabeza y problemas con la próstata, no lo deberían eximir de ser juzgado. Tiene que estar, tendría que estar, verdaderamente agónico y moribundo, a punto de despedirse de este planeta en los próximos días, para que se justifique que Jack Straw devuelva a Pinochet a Chile.

Sé que muchos activistas de derechos humanos, así como la mayoría de los familiares de las víctimas de Pinochet durante sus 17 años de mal gobierno, no estarán de acuerdo con mi posición. Ellos creen que razones „humanitarias“ no pueden ni deberían invocarse en el caso de alguien que, durante su vida, violó persistentemente esa „humanitas“ y que, además, no ha mostrado señal alguna de arrepentimiento por su crueldad.  Las intervenciones humanitarias se inventaron, según ellos, para las víctimas y no para los verdugos. Entiendo y respeto su opinión profundamente.

Y, sin embargo, hay ciertas normas humanas, ciertas reglas de la especie, que deberíamos observar, aun en el caso de que nuestros enemigos no lo hagan. O tal vez precisamente por eso mismo: para diferenciarnos de esos enemigos.

Por mi parte, yo creo que toda mujer, todo hombre, todo niño, todo anciano, debido al mero hecho de nacer en este mundo, tiene el derecho, si ése es su deseo, de morir en su propia patria.

El hecho de que el general Pinochet me negó a mí y a centenares de miles de otros chilenos esa posibilidad y que nos mandó a morir en tierras extrañas, bajo una luna que no era la nuestra, el hecho de que él ordenó mi detención y deportación por una segunda vez junto a mi hijo de ocho años, todos los exilios que él permitió y promulgó y gozó, y tantos que nunca volvieron y tantos sepultados en comarca ajena, todo eso me convence aún más de que es un derecho fundamental de todos y cada uno de nosotros, hasta de los genocidas y los torturadores y los criminales de guerra, pasar las últimas horas en su terruño.

Dije: las últimas horas. No dije: los últimos meses o años. Si se le permite al general Pinochet eludir su proceso, no puede deberse a que esté enfrentando el vago peligro de una vaga muerte, alguna expiración remota que lo espera quién sabe cuándo. Tendría que ser una extinción perentoria, inmediata, irrefutable. La extremaunción de Pinochet tendría que estar aproximándose con tanta celeridad que incluso le costaría llegar a Chile a tiempo. Se requerirían garantías médicas y hasta científicas de que este hombre repudiado por la especie humana no habrá de resucitar milagrosa y astutamente apenas su pie -o las ruedas de su camilla de hospital- toquen suelo chileno, es decir, que tendría que haber certeza de que el general no va a levantarse instantáneamente de su lecho mortecino y dedicarse a interferir en nuestra transición democrática mientras se pasea inmune y burlón por las salas del Senado donde él se designó a sí mismo como senador vitalicio. Que quede claro: si vuelve al hogar, es para que esté presente en sus propios funerales y no para celebrar mítines de bienvenida fascistas ni homenajes públicos de las Fuerzas Armadas. Se trata de que su agonía comience en Londres y termine un par de días más tarde en Santiago.

Jack Straw debe, por tanto, tener mucho cuidado. Retornar a Pinochet a su país mientras haya todavía la posibilidad efectiva de enjuiciarlo afuera, terminaría por mandar el mensaje equivocado a la humanidad en nombre de la cual el Home Secretary supuestamente actúa. La gente en Chile y en el resto del mundo confirmaría que si alguien es poderoso puede hacer lo que le la gana sin tener nunca que asumir la responsabilidad de sus actos. La humanidad entera sospecharía, con razón, que la presión política y las conveniencias del momento importan más que la ley.

Yo creo que el penúltimo, el último, el definitivo estertor del general debería darse en aquella tierra de Chile que para nuestra mala fortuna y vergüenza le dio nacimiento dejando a quienes lo sobreviven con la ardua tarea de lidiar con su fantasma y confrontar su memoria, tratando de deshacernos de los residuos que ha depositado en nuestra historia. Pero hasta que ese final no le llegue, cada momento en que él respire, inhalando y exhalando el aire de esta tierra que ha contaminado con su presencia, cada pulsación y cada respiro, cada golpe de su corazón traidor, debe acercarlo cada vez más al día de un juicio que debe llevarse a cabo en este mundo irrevocable y no en el otro.

Que tenga que mirar durante el resto de su existencia lo que hizo, las terrible consecuencias de lo que hizo. Ése es mi deseo más íntimo y feroz. Que el general Pinochet viva muchos años.

Ariel Dorfman es escritor chileno. Su último libro se titula Rumbo al sur, deseando el norte.

 


 Terribles errores

 

EL PAÍS - 7 diciembre 1998 - Nº 948

 

ESTADOS UNIDOS, a través de su secretaria de Estado, Madeleine Albright, ha pedido perdón por su apoyo a las dictaduras latinoamericanas durante la guerra fría. Ya era hora de que Estados Unidos admitiera lo que Albright ha calificado de „terribles errores“, refiriéndose indirectamente al apoyo de Washington al golpe de Estado de Augusto Pinochet contra el régimen de Salvador Allende. La detención del ex dictador en Londres ha abierto no una caja de Pandora, sino lo que algunos llaman una caja de gusanos . La historia, cuando se la reprime, cuando se la esconde, suele acabar por encontrar un camino hacia la luz.

Los comentarios de Albright son los más francos nunca pronunciados por un responsable americano respecto a esta política. El secretario de Defensa, William Cohen, por su parte, asegura que la Administración de Clinton no tiene nada que temer sobre ninguna información relativa a Pinochet. Es muy posible, pese a la cautela de Clinton a pronunciarse sobre la extradición de Pinochet a España.

No es su Administración la cuestionada, sino la política de EE UU, especialmente en tiempos de Richard Nixon y Henry Kissinger, cegados por una visión de la guerra fría que les llevó a apoyar dictaduras de extrema derecha para frenar lo que veían como peligros comunistas . El propio Pinochet se sintió parte de este frente anticomunista, al menos hasta que se enfriaron sus relaciones con Washington en tiempos de James Carter, quien insistió más en la defensa de los derechos humanos y cuya presidencia cobra ahora más relieve, pese a la sensación de vacío de la época. De hecho, el término de la dictadura directa de Pinochet vino a coincidir con el fin de esa guerra fría que tantas aberraciones causó.

Ahora, EE UU parece dispuesto a colaborar con las causas abiertas contra Pinochet al anunciar que va a hacer públicos diversos documentos secretos que pueden contribuir a probar la participación del régimen pinochetista en diversos crímenes, contra chilenos, norteamericanos y otros. „Es parte de nuestro intento de tratar de hacer frente a los terribles errores y problemas de aquella época“, según Albright.

Previsiblemente, la revisión de documentos va a ser cautelosa, para evitar que se conozca la identidad de los agentes secretos estadounidenses que colaboraron con Pinochet en el derrocamiento de Allende. Ya se sabe que la CIA estuvo enredada en esta operación y que Washington hizo la vista gorda ante la terrible represión en Chile, Argentina o Uruguay y la Operación Cóndor para eliminar a opositores en el exilio. También que en escuelas militares de EE UU se formaron y entrenaron oficiales de esos países posteriormente vinculados a graves violaciones de los derechos humanos.

Quizá sería hora de que EE UU se dejara de dobles raseros y corrigiera otros errores cometidos en América Latina derivados de su visión de guerra fría. A comenzar por su política de bloqueo, e intento de derribo, del régimen castrista en Cuba. Pues, al cabo, esta política le ha servido a Castro para sobrevivir. Y que aceptase la necesidad de un Tribunal Penal Internacional permanente. El actual arrepentimiento ganaría en credibilidad.

 


 Hagan caso a Nadine Gordimer

                                     

SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ

 

Algunos economistas acusan a algunos de sus colegas de pretender que la economía sea la única ciencia en la que se acepte que el fin justifica los medios. El objetivo de ser competitivos en un mundo globalizado pasaría por encima de los medios necesarios para conseguirlo. Para esos críticos, la exclusión de sectores sociales cada vez más amplios es uno de esos medios, por lo menos mientras no afecte a la seguridad del sistema capitalista en su conjunto. Los criticados aseguran que la exclusión social no es un „medio“, sino una consecuencia y que el medio para luchar contra ello es, fundamentalmente, el crecimiento económico sostenido.

Afortunadamente, el debate sobre los fines y los medios de la economía no está muerto, como creyeron algunos defensores del pensamiento único. Cada vez se oyen más voces descontentas que niegan, por ejemplo, que el crecimiento económico sea suficiente para luchar contra el desempleo, especialmente cuando las repetidas crisis demuestran que cuanto más compleja y mundializada es una economía más difícil es asegurar que podrá mantener firme ese crecimiento.

Intelectuales, escritores y artistas se están preocupando -como no lo hacían desde hace muchos años- por buscar información y análisis sobre la situación económica mundial, que les permita contrastar los discursos dominantes y expresar sus propias opiniones. Al mismo tiempo, animan a los ciudadanos para que sigan ese camino y busquen un equilibrio entre los cambios que están en marcha, o se avecinan, y el ejercicio de la democracia.

Dado que en nuestro caso, el marco de debate es cada vez más el europeo, no está de más aconsejar otra lectura, el artículo sobre „El déficit democrático de la UE“, que publica el sociólogo Ignacio Sánchez-Cuenca en el último número de la revista Claves.

Hagan caso a Nadine Gordimer y a Harold Pinter y estas Navidades cambien novelas o teatro por libros sobre economía y la UE. Son igual de apasionantes y, además, van a necesitarlos.

 


Escenografía y figurines

 

EDUARDO HARO TECGLEN

 

Se estrenó hace 30 años: su contenido tiene hoy el mismo valor, aunque distintos accesorios literarios hayan quedado antiguos. El director, Manuel Canseco, que ha hecho muy bien su trabajo, insiste en el programa en calificar este suceso de «estreno» porque permite «diferentes planteamientos». Cree él que la guerra civil nos queda ya lejana; recoge de la obra «dos actitudes vitales de una nueva generación» y asegura que «no es la historia de un padre anclado en su pasado y aislado en el mundo». Sin embargo, prevalece el texto de Buero, que no contiene semejantes cosas. Pareció que lo confirmaba él mismo en sus palabras finales, para responder a las ovaciones, al insistir en su condición de «compromiso» -militante- y que no se trataba de un estreno, sino de una reposición. Tiene interés en señalar que nunca reforma sus obras: tales como las escribió deben prevalecer. Lo que en esta obra se cuenta es una historia de la guerra en su momento final, y de la posguerra en que se desarrolla. Es la parábola eterna de los dos hermanos: el rico y el pobre. En el compromiso de Buero, el que ha actuado con honestidad y ha permanecido fiel a su idea, a su familia, a su claridad de juicio, y el logrero que lo es ya desde el principio -que se revela al final-, que pasa sobre quien sea para llegar a su riqueza. Está claro de parte de quién está Buero aunque algunas frases, algunos comentarios, al otro, para que se vea que es la vida la que le empujó a la traición a los suyos, y a todos. Esa dialéctica de los dos personajes no solamente es válida hoy, sino que lo fue en la tragedia clásica y en Adán y Eva, si se quiere.

 

Origen y sentido

 

Tampoco me parece que el padre es un puro anciano metido en la senilidad, sino que el autor ha querido que sus actos tengan un origen y un sentido, y aparece al final como el instrumento de la divinidad -por entrar en los términos de la tragedia- que castiga al culpable. Con la desaparición del hermano rico, la obra se resuelve: el hermano pobre se casa con la chica embarazada por el hermano rico, y el hogar queda tranquilo. No sólo para entonces, sino para el amplio futuro. Dos raros personajes que aparecen por los laterales, ya en origen y que ahora sobran aún más, cuando ya no hace falta ninguna reminiscencia distanciadora de las de Brecht, son los que cuentan la historia y al final predicen que en el siglo XXI, desde el que se supone que hablan y reconstruyen con un archivo la pequeñez que pasó en la posguerra española, no existirá ni España, sino que todo estará poblado de felices bosques. Un canto a la ecología, un compromiso hacia la ideología del futuro, cuando no haya ni pobres ni ricos. Nada hace suponer ahora que se vaya por ese camino, y lo que podría aparecer ante Buero como ideal salvador se ha hundido.

 


Mano dura

 

JUAN JOSÉ MILLÁS

 

El mendigo de mi esquina está feliz desde que sabe que el fútbol es un derecho fundamental; siempre soñó en su cama de cartones al aire libre con una sociedad igualitaria. Los responsables de „La Farola , „que es el „Financial Times“ de la pobreza, dedicarán, sin duda, un monográfico a esta nueva conquista de las clases desfavorecidas. Aunque lo que los mendigos necesitan es techo y trabajo, nadie ignora que para alcanzar ese horizonte de bienestar hay que ir poco a poco. Empecemos, pues, por lo posible, el fútbol, sin el que nadie en su sano juicio podría sobrevivir, y evolucionemos desde esos sólidos cimientos morales hacia un futuro en el que quizá el acceso al trabajo y a la casa lleguen a considerarse también derechos fundamentales para el ser humano.

Yo deseo que cuando ese día llegue, todavía esté de vicepresidente Álvarez Cascos. Observando la vehemencia rabiosa o hidrofóbica con la que defiende frente al capital nuestro derecho a ser narcotizados, puede uno imaginarse la ira con la que exigirá a los poderes económicos un trabajo y una vivienda digna para nuestros hijos. A este partido no le detiene nadie cuando lucha por una causa justa. Lo cómodo habría sido pactar con la realidad, como con Pujol, pero el Gobierno ha establecido una jerarquía de valores, unas prioridades que diría el otro, y ha comprendido que para construir una sociedad igualitaria hay que empezar por el derecho al fútbol, aunque sea preciso privatizar la sanidad o la enseñanza.

No me gustaría parecer radical, pero yo, en el caso de Aznar, iría todavía más lejos: obligaría por decreto a todos y cada uno de sus súbditos a ver un número equis de partidos por temporada. Sería horrible que él y su jauría se dejaran la piel en este asunto y que luego, el domingo, cambiáramos alegremente de canal. Mano dura.

 


Textos cortos

 

Que se sepa, el franquismo no impidió el desarrollo de la literatura eusquérica, y los pocos vascos capaces de leer en lo que algunos capitostes del régimen llamaban todavía con unción la antigua lengua de España pudimos acceder a las obras de los ya mencionados Michelena, Txillardegi y Aresti, y de otra pléyade de escritores como Mirande, Irigoien, Lasa, San Martín, Erquiaga, Loidi, etcétera, en ediciones perfectamente legales. Es verdad que se cometieron arbitrariedades, tropelías estúpidas y cacicadas indecentes, pero éstas corrieron las más de las veces a cargo de pequeños funcionarios locales, porque el franquismo se caracterizó más bien por su apatía legislativa en esta materia y se limitó a aplicar la parca normativa de tiempos del Directorio de Primo de Rivera.

 


El País - 26 marzo 1997 - Nº 327

 

Verdades de bolero

 

ANTONIO MUÑOZ MOLINA

 

Hay verdades que sólo se atreven a decirlas los boleros. Leyendo esta mañana el periódico yo me acuerdo de ese bolero que dice: «No sabes qué terribles pueden ser / las gentes demasiado buenas». Las gentes demasiado buenas tienden a esgrimir su propio exceso de bondad como un arma arrojadiza, un catecismo implacable o un decreto de excomunión, porque siempre habrá gentes que no sean tan demasiado buenas como ellas, que no se ajusten a su idea inflexible del bien y del mal, de la decencia y de la rectitud, y que por lo tanto deberán ser excomulgadas o salvadas. Salvadas, si es preciso, contra su voluntad, reclutadas por obligación para el reino de los justos, en el que las personas demasiado buenas tienen siempre garantizado el ingreso, y donde con frecuencia ejercen, por implícita delegación divina, labores de portería y de vigilancia.

En Australia, dice hoy el periódico, las gentes demasiado buenas del Senado, presionadas por grupos de tan conocida bondad como las llamadas asociaciones provida, han logrado derogar una ley que aseguraba a los enfermos terminales el ejercicio al único derecho que les queda ya en este mundo, el simple derecho a terminar voluntariamente con un dolor insoportable que ya jamás se mitigará, y que convierte en infierno cada minuto y cada hora de cada uno de los días y noches que les dure aún la vida.

Las gentes demasiado buenas pueden ser terribles en su defensa de la vida, a condición de que sea la vida de un embrión humano, de un espermatozoide o de un enfermo terminal cuyo único deseo es morir. Una vez que el embrión se ha convertido en ser humano, incluso cuando alguno de esos seres humanos que en otro tiempo fueron embriones sagrados reciben una condena a muerte, en ese momento las asociaciones provida parece que no consideran que la vida humana sea tan sagrada.

En el mundo habría muchos menos niños condenados a la orfandad y a la miseria y algunas enfermedades no serían tan terribles ni se extenderían a un ritmo de epidemias antiguas si se aplicaran unas cuantas normas razonales de planificación familiar y de simple profilaxis, pero las gentes demasiado buenas, capitaneadas por el Vaticano, capital desde hace siglos de la bondad implacable, sostienen una guerra sorda, universal y eficaz contra la difusión del uso de los preservativos y el control de la natalidad.

En otra página, otro miembro de la cofradía de los demasiado buenos imparte doctrina con esa desenvoltura de quien se sabe en posesión de la bondad. Se trata de un fiscal, y los fiscales y los jueces ya se sabe que son, entre nosotros, los depositarios últimos de los mejores sentimientos, de las opiniones más equilibradas y las decisiones más rectas. No sabes qué terribles pueden ser las gentes demasiado buenas. El fiscal jefe de la Audiencia de Toledo considera una aberración que las parejas de homosexuales quieran adoptar niños, y no porque él tenga nada en contra de los homosexuales (nacen así, asegura, salvo en los casos en que sucumben ya de adultos a inclinaciones perversas), sino porque esos niños, cuando crezcan, no podrán adaptarse a la vida normal, viendo que sus dos padres son varones, y varones además con barba, subraya el fiscal, que según parece atribuye a ese rasgo capilar una importancia decisiva en los traumas potenciales del niño.

Ni dejan morir al que quiere morirse porque ya le están negados todos los dones de la vida ni dejan vivir plenamente a quien sólo aspira a vivir en libertad los dones del amor, uno de los cuales es sin duda el de la paternidad o la maternidad, que puede manifestarse en un hijo concebido por un hombre con la mujer a la que ama, pero que tiene muchos más rostros, más posibilidades de ternura. Las gentes demasiado buenas consideran que la única paternidad indiscutible es la biológica. A nadie, que yo sepa, ni a los peores canallas, se le niega el derecho a traer hijos al mundo, pero si alguien, hombre o mujer, aspira a adoptar un niño, todo se vuelve una confabulación de gentes terriblemente buenas empeñadas en entorpecer ese deseo, una trama de funcionarios que exigen papeles minuciosos, de psicólogos que interrogan y escrutan, que someten la vida de quienes sólo quieren ejercer el derecho a la bondad a una invasora inquisición de evaluaciones e informes. Mientras tanto, a todo lo largo del mundo, lo mismo en los suburbios de Madrid que en los de Bangkok o en los de Río de Janeiro, padres y madres investidos por todos los derechos y las legitimidades de la sangre abandonan a sus hijos, los torturan, los maltratan, los asfixian o los mutilan si nacen niñas, los someten a las peores vejaciones de la prostitución y del trabajo esclavo.

Mientras ninguno de esos niños corra el peligro de ser adoptado por una pareja de homosexuales, las gentes demasiado buenas, y con ellas el fiscal jefe de la Audiencia de Toledo, no se sentirán obligadas a ejercer su bondad implacable. El padre biológico y heterosexual puede ser uno de esos padres tiránicos que envenenan de miedo la infancia de sus hijos, o un padre frío y ajeno que no les nunca una muestra de ternura, pero ese escándalo secreto de la ausencia del amor parece que interesa tan poco a las gentes demasiado buenas como el dolor intolerable de un enfermo atado a la vida y a la cama del hospital como a una maquinaria de tortura.

Niegan así, con su bondad sin misericordia, dos de los mejores paraísos que se pueden disfrutar en la vida: el del amor compartido hacia un hijo, el del sentimiento de felicidad y protección que da a un niño la presencia de dos adultos a los que ve quererse, haya nacido o no de ellos. Cada vez va uno reduciendo más sus creencias a unas cuantas verdades de bolero. Aun a riesgo de despertar la ira de las gentes demasiado buenas, no creo que tenga menos posibilidades de felicidad en esta vida el hijo adoptivo de una pareja de hombres o de mujeres que el nacido como Dios manda del matrimonio eclesiástico del fiscal jefe de una Audiencia.