Vergangenheitszeiten ▪ Lecturas

© Justo Fernández López


«Borges tenía un matrimonio con su madre»,

afirma el biógrafo Vaccaro

 

MIGUEL ÁNGEL VILLENA


A los 20 años hablaba español, inglés, francés y alemán, al tiempo que ya había leído a escritores tan dispares como Cervantes, Hume, Carlyle o Baroja. Una educación multilingüe y continuos viajes marcaron la adolescencia y la juventud de Jorge Luis Borges, según Alejandro Vaccaro, que presentó ayer en Madrid una exhaustiva biografía del escritor argentino, Georgie (1899-1930). «Borges tenía un matrimonio con su madre que sólo excluía el sexo», afirma Vaccaro al enumerar los rasgos clave de la personalidad del escritor.

Nacido en Buenos Aires en 1899 en una familia de rentistas que pudieron dedicarse a viajar por Europa durante años, entre otros lujos, Borges respiró un ambiente ilustrado tanto por vía paterna como materna. Su padre poseía una amplísima biblioteca, sobre todo de libros en inglés, hasta el punto de que el escritor argentino llegó a confesar que nunca había salido de aquella sala de lectura y que los hechos fundamentales de su vida fueron los libros que leyó. Novelista frustrado, el padre de Borges se casó con Leonor Acevedo, que fue educada como las señoritas finas de la época, es decir, francés y piano. A los 25 años Borges había viajado ya dos veces a Europa y había recorrido Suiza, Francia, España y Gran Bretaña.

Aunque Vaccaro se cuida mucho de caer en prejuicios o de sucumbir a las interpretaciones fáciles, el biógrafo reconoce que Borges tuvo una relación muy dependiente de su madre, como han señalado varias mujeres relevantes en la vida del escritor. «Borges tenía un matrimonio con su madre», sostiene Vaccaro, «que en realidad sólo excluía el sexo. Vivieron juntos, compartieron economías y se prestaron un apoyo mutuo como cualquier otra pareja». La madre murió en 1975 a los 99 años y cuando el escritor ya contaba 76.

Para ilustrar estos singulares vínculos entre madre e hijo, Vaccaro relata una significativa anécdota. «Tras su boda en 1967 con Elsa Astete, una viuda que Borges conocía desde su juventud, el matrimonio fue a visitar a la madre. Las revueltas sociales que entonces agitaban Buenos Aires llevaron a doña Leonor a recomendar que la pareja pernoctara en la casa y no cruzara la ciudad camino del domicilio conyugal. Borges aceptó ante la indignación de su flamante esposa, que se marchó a pasar la noche de bodas a la vivienda matrimonial sola».

 

Viaje por España

 

Tras vivir varios años de su adolescencia en Ginebra, Borges viajó con su familia por España durante 1919 y 1920. Al margen de visitar varias ciudades, la familia recaló durante meses en Mallorca, isla que el escritor calificó como «un lugar parecido a la felicidad». Borges trabó conocimiento con intelectuales de la época como Ramón Gómez de la Serna, Rafael Cansinos Assens o Guillermo de Torre, que se convertiría después en su cuñado al casarse con su hermana. Durante su viaje por España el entonces joven autor escribió artículos en varias publicaciones, entre ellas Revista de Occidente. En opinión de Vaccaro, los años de juventud fueron claves para conformar el mundo literario del autor de El Aleph porque «existe una gran coherencia entre el Borges joven y el adulto».

«Debemos rescatar», señala Vaccaro, «al increíble Borges lector que queda impresionado desde muy joven por la poesía y la filosofía, por el teatro y la novela, que procuraba leer siempre en su idioma original. El acceso de Borges a cuatro culturas representa una de las claves de su genial obra». Este biógrafo del autor de Historia de la eternidad presentó ayer en Madrid su obra Georgie (1899-1930), publicada por la editorial argentina Proa, acompañado del director de la Biblioteca Nacional argentina, Óscar Ibarra; y de Roberto Alifano, escritor y colaborador de Borges. Los tres sonrieron al explicar las razones de la ausencia de novelas en la literatura borgiana: «Era un gran perezoso y la narrativa requiere de un gran aliento. Además, decía que la novela se parece peligrosamente al periodismo». No obstante, subrayan que cualquier cuento del escritor encierra todo un mundo y una historia. «Como todos los genios, Borges sabía expresar la esencialidad», comenta Ibarra.

Vaccaro ha basado su biografía en fuentes documentales, en textos y en cartas más que en testimonios de contemporáneos de Borges, la mayoría de ellos fallecidos. La obra, titulada Georgie por el apelativo familiar en inglés del escritor, se detiene en 1930.

 


PERIPECIAS DEL VINO DE JEREZ EN EL EXTRANJERO

 

El célebre corsario inglés Francis Drake, que tanto daño causó al tráfico ultramarino durante el siglo XVI, se desenvolvía activamente entre España y las colonias, y contaba entre sus proezas -  o fechorías, según se mire -, la de haberse adueñado olímpicamente, en el año 1587, de tres mil pipas de vino de Jerez en el  puerto de Cádiz. No fue éste, por cierto, el primero ni el último asalto que había de perpetrarse a expensas de los vinicultores jerezanos, pero bien puede valernos como punto de partida para empezar a referirnos a la fortuna internacional del jerez y, particularmente, a la irrefrenable pasión que los ingleses han demostrado siempre por este delicioso vino.

Ya hemos visto anteriormente que, por lo menos desde la época romana, los vinos que se producían en la comarca de la actual Jerez gozaban de gran fama incluso lejos de estas tierras. Mas lo cierto es que la fortuna internacional del jerez se halla indisolublemente ligada al gran consumo que los ingleses comenzaron a hacer de nuestro vino cuando decidieron renunciar a una producción propia al percatarse de que, en definitiva, les resultaba más  ventajoso importar vinos de Burdeos, de Chipre o de Jerez que  producirlos ellos mismos.

Por tanto, con el flemático empirismo  que los caracteriza, los viticultores ingleses se dieron a arrancar las vides y, en pocas décadas, se convirtieron en ganaderos. Desde entonces, es decir, desde mediados del siglo XVI, el tráfico vinícola empezó a canalizarse desde Cádiz hacia las Islas  Británicas. Los mercaderes ingleses llegaban a estas tierras trayendo diversas clases de artículos manufacturados que trocaban por los apetecidos caldos. Eran éstos bastante diferentes de los actuales, prevalentemente de color rojo (o, por lo menos, de un color ámbar muy subido) y algo abocados, aunque no tan dulces como los caldos chipriotas, que también consumían los ingleses. 

El nombre inglés con que alude Shakespeare al jerez es Sacke, vocablo que parecería indicar un sabor seco; pero, con toda probabilidad, esa sequedad  era la sensación que todo vino de cierto cuerpo suele dejar en la boca pese al primitivo dulzor. Como  quiera que sea, hemos mencionado nada menos que al príncipe de  los poetas ingleses, y no podemos renunciar a la tentación de citar un fragmento suyo de Enrique IV, acto IV, escena II:

Si mil hijos tuviera el primer principio humano que les enseñaría sería adjurar de toda    bebida insípida, y dedicarse al jerez.   

En 1596, el conde de Essex saquea Cádiz para apoderarse del vino. No han faltado autores que, incluso, relacionaron el verbo inglés to sacke,  que en su acepción militar significa saquear, con la ya referida expresión sacke  empleada antiguamente para designar al jerez.

De todos modos, sea cual fuere el origen etimológico de la voz sacke  lo cierto es que se prestaba a confusiones, ya que con ese vocablo solían designarse otros vinos, como por ejemplo los de  Málaga; los ingleses resolvieron el asunto añadiendo la palabra Sherry.  

Por cierto, el asunto de si Sherry era la deformación inglesa de Xerez, o bien tenía otros orígenes, fue cuestión que dio lugar a no pocas controversias e incluso sonados procesos judiciales. En definitiva, ha quedado establecido claramente que Sherry significa Jerez, y, por tanto, que no es un nombre arbitrario aplicado a ciertas clases de vinos sino que define la producción de una zona determinada. A primera vista, estas disquisiciones lingüísticas podrán parecer vanos bizantinismos: por el contrario, han tenido y tienen una considerable importancia en la defensa de vinos jerezanos y de sus mercados. 

En los tiempos de Drake y de Shakespeare, y antes aún, el jerez era ya conocido también por los franceses, alemanes y flamencos. Estos últimos, sobre todo, han conservado fielmente esa vieja afición, hasta el punto de que hoy en día el jerez se consume en Holanda ampliamente, sobre todo como aperitivo. Pero la universal divulgación de las excelencias del Sherry es obra de los británicos. No es casual, como veremos más adelante, que muchas tradicionales familias jerezanas ostenten apellidos de la más pura ascendencia inglesa. Este fenómeno se debió al virtual monopolio  comercial que los activos empresarios ingleses llegaron a imponer en gran parte del mundo a medida que aumentaba la potencia de la Corona británica.

Por idéntico motivo, a principios del siglo  XVIII las fortunas del jerez alcanzan su apogeo, presidiendo las meses del mismísimo Jorge IV de Inglaterra. La veracidad de todo esto no impide, de todos modos, que consideremos cuanto menos temerarias las categóricas afirmaciones sobre el carácter "extranjero" del jerez. Richard Ford, que viajó por España a principios del siglo pasado y residió algún tiempo en Andalucía, llegó al  extremo de escribir: "Los españoles, en general, conocen poco el jerez, exceptuando los que viven en la inmediata vecindad de la comarca en que se produce, y puede asegurarse que se consume más en los cuarteles de Gibraltar que en Madrid, Toledo o Salamanca. 

El jerez es un vino extranjero, hecho y consumido por extranjeros, y los españoles no suelen ser aficionados a su aroma fuerte, y menos aun a su alto precio, aun cuando algunos lo acepten por la gran boga que tiene en Inglaterra, que quiere decir que la civilización lo ha adoptado". La buena voluntad de Richard Ford  no lo exime de caer en prejuicios muy de su época, y, por tanto, disculpables. De todos modos, es bien cierto que si el voluntarioso viajero yerra en sus apreciaciones referentes a los iberos paladares, tiene sobrada razón cuando afirma que los comerciantes de vinos jerezanos son prevalentemente extranjeros. Y no sólo en tal sentido, es suficiente recordar que apenas un par de generaciones atrás, es decir, en tiempos de Carlos II de Borbón, casi el noventa por ciento de la producción jerezana se exportaba a Inglatera.

Por aquel entonces, los exportadores enviaban hacia sus respectivos destinos barriles que contenían un vino ya suficientemente criado; señalamos este detalle porque no siempre había ocurrido así. Es fácil imaginar que las vicisitudes de los transportes habían de provocar, en los siglos pasados, múltiples inconvenientes y cuantiosas pérdidas. Por eso, hasta el siglo XVIII no se estableció la exportación de vinos propiamente dichos, sino que frecuentemente, se enviaban mostos jóvenes cuya fermentación y segundo deslío había de realizarse en el punto de destino.  

Volviendo al tema de la nacionalidad de los comerciantes de Jerez, es interesante destacar que, en 1709, residían en Cádiz,  entre otros súbditos extranjeros, 174 genoveses, 154 franceses y 75 flamencos. El predominio de los británicos ya era en aquellos tiempos rotundo, por lo menos en lo que atañe al volumen de los negocios. La tradición inglesa se ha arraigado hasta tal punto en la comarca andaluza comprendida entre Jerez y Cádiz, que actualmente campean en las más célebres botellas de jerez los apellidos de aquellos comerciantes ingleses cuyos descendientes todavía mantienen bien alto, tras tantas generaciones, esa originaria vocación por la crianza y el comercio de nuestros vinos: son los nombres más que célebres de los Osborne, los Mackenzie, los Garvey, los Byass, los Williams y los Gordon. Los Domecq, igualmente famosos, son por el contrario de origen francés.

Tal como hemos apuntado, el progresivo éxito internacional del  jerez alcanzó su ápice en el siglo XVIII. Posteriormente, a mediados del pasado siglo, la demanda llegó a tales extremos que, indudablemente, rebasó la capacidad productiva de aquellos tiempos: sabemos que los pedidos realizados en 1845 superaron la cifra de dieciocho mil toneles. Semejante demanda provocó, sin duda, fuertes tentaciones: la aparición de comerciantes sin escrúpulos fue el lamentable resultado. De entonces arranca la "leyenda negra" del jerez, cuyas exageraciones y despropósitos no deben impedirnos ver el fondo de verdad que subyacía bajo aquella rabiosa campaña de desprestigio. Uno de  los más empedernidos enemigos del jerez fue Alejandro Dumas, quien, por otra parte, no limitó sus censuras sólo al jerez, sino que arremetió lanza en ristre contra todo vino español que se le pusiera delante, echando mano de cuantos argumentos tenía, con razón o sin ella.

Escribió Dumas en su Viaje por España: Ningún vino  español es natural; son generalmente los confiteros  quienes hacen este vino: el jerez, el málaga, el alicante, el pajarete.  

Es indudable que algunos comerciantes habrán sacrificado la calidad por la cantidad, realizando mezclas o adulteraciones de todo punto reprochables. Pero de ahí a la afirmación tan rotunda de que todo vino español es mero resultado de oscuras y perniciosas alquimias, media un abismo. De todos modos, la "leyenda negra" no prosperó, y el jerez siguió campeando con todos los honores en  las mesas de los reyes. El sacro furor de Dumas, escritor bajo  tantos aspectos admirable, provoca hoy una sonrisa y deja en el aire un irritante tufillo chauvinista.  

El éxito del jerez rebasó limpiamente las fronteras más remotas: el desdichado zar Nicolás II solía llevar con sus propias manos una botella de exquisito Sherry 1896 cuando, junto con la zarina, iba a visitar a la Vitubona, íntima amiga de ambos, que vivía en una casa cercana a la morada de la imperial pareja. Con su universal difusión, y con su prestigio, el jerez puede hoy considerarse un vino tan importante, tan inconfundible, tan inimitable como el champaña y el oporto. En el mundo entero se puede paladear y su legitimidad estará siempre garantizada por el control del Consejo Regulador del Vino de Jerez.

Aclaremos que las  tres sinónimas denominaciones de este vino (la española Jerez, a francesa Xérès y la inglesa Sherry) son igualmente legítimas: obviamente, la inglesa es la más difundida en todo el mercado internacional. Los ingleses mismos siguen siendo los principales importadores de jerez; por lo visto, desde que el imaginario sir Falstaff pronunciara en una taberna londinense su formidable elogio al jerez, sus coterráneos no han renunciado a reconfortarse de tanto en tanto con una buena copa de este nobilísimo  néctar. En 1969, Inglaterra importó casi setecientos mil hectolitros de Sherry, cantidad que duplica la cifra correspondiente a sólo diez años antes.

Otra gran comprador de jereces es Holanda. En 1969, Las importaciones adquirieron más o menos ciento cincuenta mil hectolitros. Una cantidad ingente para un conjunto de poco más de trece millones de habitantes no deja de ser sorprendente. En realidad el jerez se ha impuesto en Holanda como una bebida nacional: ya sea como aperitivo, o como bebida de sobremesa, su consumo es cotidiano y se ha popularizado sobremanera.  Del mismo modo, Alemania y los países escandinavos también manifiestan una decidida inclinación por este gran vino andaluz.  Capítulo aparte merece el Sherry  en EE UU, donde los caldos jerezanos llegan a través de comerciantes británicos que los reexportan de Inglaterra.

Este hecho, unido a muchos otros factores eleva notablemente el precio de una botella. En consecuencia, algunos enólogos se lanzaron a una empresa típicamente americana: la pretensión de dar con el modo de producir jerez en ¡siete  días! La noticia, que recogemos de la prensa de hace uno o dos años es sin duda sorprendente; es bien cierto que al Señor le bastaron siete días para crear el Universo entero, y aun le sobró el séptimo. Pero hacer auténtico jerez en tan poco tiempo se nos antoja empresa inaccesible a los humanos. De todos modos, según parece, el doctor J. A. Cock ha dado en la tecla, es decir, ha montado el procedimiento técnico que permitiría a los estadounidenses paladear un perfecto "jerez nacional" a buen precio. Según el técnico americano, "la técnica española requiere que el vino se vaya haciendo poco a poco, pero nosotros conseguiremos  los mismos resultados en exactamente siete días". Nosotros, naturalmente, no hemos probado el vino atómico de Cock. Ni nadie nos ha podido dar una referencia directa. Pero sí sabemos que el doctor Cock es abstemio.

Dejando ahora de lado estos pintorescos experimentos que no pretenden, ni mucho menos, dar lugar a falsificaciones, sino más  bien sustituir mediante técnicas de laboratorio procedimientos naturales, nos referiremos brevemente a ciertos vinos que sí pretenden imitar al auténtico - e inimitable - jerez. El prestigio del Sherry  y sus buenas posibilidades de colocación han dado lugar, repetidas veces, al intento de calificar como ciertos vinos de diversa procedencia, imitaciones más o menos burdas de este incomparable caldo.  En la actualidad las leyes inglesas proclaman taxativamente que la palabra Sherry  es la voz correspondiente al nombre de la ciudad española de Jerez, y que, por tanto, en su aplicación a determinados vinos la palabra Sherry es denominación de origen, y no nombre genérico. 

De ello se desprende que sólo los vinos  criados en los términos municipales de Jerez de la Frontera, Sanlúcar de Barrameda y el Puerto de Santa María tiene derecho a exhibir legítimamente dicha denominación de origen.  Sin duda, y aparte de las falsificaciones, en algunos países cuyas leyes permiten semejante liberalidad, se producen, incluso  hoy en día, vinos que llevan la denominación Sherry, o Xérès, o Jerez.  A veces la etiqueta, con cierto pudor, dice "tipo jerez", lo cual no aclara nada en vista de la gran cantidad de tipos que realmente se producen en Jerez. Contra este abuso, y hasta tanto las respectivas legislaciones no hayan puesto las cosas en su lugar, no hay otro juez al que apelar que el paladar del  buen conocedor: "tristes imitaciones", "pálidos fantasmas" son  las sentencias que se oyen en estos casos.

Un célebre "gourmet"  remata así su juicio: "El gran jerez, como el gran oporto, es inimitable". Por nuestra parte, queremos cerrar este tema con la bella leyenda latina que tuvieron sobre el arco de su bodega los padres dominicos en su convento de Jerez: "Regum mensis arisque deorum". Con piadoso pudor, los reverendos padres traducían así: "Para la mesa de los reyes y para los altares". No hace falta saber mucho latín para notar que en realidad la inscripción dice exactamente: "Para la mesa de los reyes y para los altares de los dioses". Frase lapidaria cuya pagana amplitud trae a la mente el recuerdo de la fama conquistada a lo largo de dos milenios por estos delicados néctares de las viñas jerezanas. 

 

Virtudes terapéuticas del jerez

 

En la farmacopea clásica, el vino de Jerez está registrado con el nombre de Vinum Xericum,  y el mismo hecho de que exista esta especificación demuestra bien a las claras que las virtudes tónicas y terapéuticas de los jereces no son mera fantasía. Entre otras razones, recordemos que con frecuencia el jerez es preferible al alcohol para disolver ciertos medicamentos; ello se debe a la  buena proporción que este vino contiene de ácido tartárico. Del mismo modo disolvería el hierro, aunque, como es de imaginar, con funestas consecuencias desde el punto de vista gastronómico.

Además, el jerez contiene naturalmente una serie de elementos estimulantes, y se presta más que otros caldos a la preparación  de vinos quinados. De todos modos, no es casual que incluso antes que la ciencia moderna pudiera explicar y justificar estas virtudes del jerez, la creencia popular le atribuyera portentosas cualidades considerándolo no sólo un eficaz preventivo contras las enfermedades infecciosas, sino incluso un factor de longevidad.

Los andaluces,  que como bien sabemos, cuando quieren saben convertir en chiste  hasta las cosas más serias, cuentan de un arzobispo que vivió hasta la muy provecta edad de ciento veinticinco años, gracias a su inveterada costumbre de beberse media botella de amantillado  en cada comida, salvo los días en que no se encontraba bien. En estos casos ... doblaba la ración. Bromas aparte, valga por todas la opinión de un valeroso médico inglés que ejerció en Londres durante una terrible epidemia que se produjo bajo el reinado de Carlos II de Inglaterra: el doctor Hodges fue el único doctor que no huyó de la ciudad.

Habiendo escapado al terrible azote, Hodges publicó un libro de memorias  donde elogiaba singularmente el uso que hizo de su Sherry: no sólo las copas que bebía diariamente le habían servido, en su opinión, como preventivo, sino que también le habían infundido el optimismo necesario para infundir a su vez un poco de optimismo en el ánimo de los enfermos. Nosotros añadimos que, por lo visto, la confianza del doctor Hodges en el jerez le llevó, curiosamente, a intuir ciertos principios de la actual medicina psicosomática.  De más está decir que el abuso del jerez puede ser nocivo, pero, dadas sus cualidades benéficas, será siempre bueno y saludable.

 


Amores entre cuerdas de guitarra    

Míticas parejas del rock marcadas por la pasión

                                 

por Javier Memba 

en: El Mundo-Campus, 02/14/96

 

Ni Sonny y Cher ni Ike y Tina Turner se quisieron lo bastante como para figurar en una supuesta nómina de grandes amantes del rock. En justicia uno de los primeros lugares de la lista le correspondería a Johnny Hallyday y Silvie Vartan, pero los dos artistas franceses se alejaron tanto de sus orígenes que ya nadie se acuerda de que empezaron cantando rock and roll. Así pues, si algún día llega a elaborarse la citada enumeración, sin lugar a dudas que  estará encabezada por John Lennon y Yoko Ono.

Los abundantísimos estudiosos del cuarteto de Liverpool coinciden en señalar que lo mucho que se quiso la pareja jugó un papel fundamental en la disolución del grupo. De hecho Yoko Ono llevó durante mucho tiempo la señal fatídica que todo el mundo le había marcado a fuego: La que acabó con los Beates.

Sobre este particular hay que señalar una canción premonitoria, The Ballad of John and Yoco (1969), que presagia la Plastic Ono Band, el nuevo e inminente proyecto musical de Lennon. Un proyecto que a la postre significó la separación de los chicos de Liverpool, ya millonarios y no tan chicos en aquellos años. De más está decir que Paul y su igualmente querida Linda no soportaban a la singular Yoko.

El desaparecido músico conoció a la japonesa que habría de ser su esposa en 1967. Fue mientras asistía al descubrimiento de la psicodelia: una exposición en la que John trató en vano de asimilar los mensajes un tanto crípticos de la artista nipona. No hacía mucho que una de sus canciones le había proporcionado un buen eslogan a la sedición juvenil del momento: „Todo lo que necesitas es amor“.

John y Yoco lo sintieron con tanta intensidad que desde el comienzo de su romance escandalizaron a la pacata sociedad de los años sesenta.

A lo largo de su relacion, que llegaron a convertir en un auténtico postulado por el amor fraterno, no dudaron en invitar a la Prensa a que les retratara en la cama e incluso a posar desnudos en favor de la paz y el desarme. Lo que no quitó para que los nobles sentimientos que inspirara la unión toparan con el recelo de los más ardientes admiradores de los Beatles, pues a la larga fueron los causantes de su disolución.

Aunque puestos a hablar de rock y amor muchos evocarán a Nico y Marianne Faithfull, lo cierto es que tanto la estilizada alemana que pusiera voz a la mejor etapa de de The Velvet Underground, como la aristócrata inglesa que mantuviera apasionadas relaciones con varios miembros de los Rolling Stones, merecen más un digno puesto entre los amantes seductores que entre los grandes amantes.

Bien distinto fue el caso de James Taylor y Carly Simon. Nunca sabremos si la autora de Eres tan vanidoso le dedicó el famoso tema a su marido.

El caso es que la pareja contrajo matrimonio en 1971, el mismo año que la canción hacía furor entre los jóvenes que descubrían con avidez a una generación de cantantes-compositores, en la que destacaba con luz propia Taylor. Heroinómano y depresivo, parece ser que fue Carly quien le devolvió a la vida y lo salvó de su crisis permanente y sus dudas existenciales. Engendraron un par de hijos y colaboraron en algunas canciones, que arrullaron a su vez los romances de algunos „freaks“ de los primeros 70,  para acabar separándose a finales de la década.

En el caso de Sid Vicious y Nancy Spungen nadie redimió a nadie. El bajista de los Sex Pistols y su chica se conocieron en Nueva York, allá por el año 77, y alumbraron el amor más loco y turbulento de la historia de la música. Al principio era Nancy la única que consumía heroína.

Pese a los esfuerzos en contra de Malcolm McLaren, enamorado como estaba Sid de ella no tardó en darse también al „caballo de la muerte“. Cuando el grupo se disolvió, Johnny Rotten formó PIL; Paul Cook y Steve Jones hicieron un disco en Brasil con Ronald Biggs -cerebro del famoso asalto al tres de Glasgow - y Vicious se quedó junto a su amada Nancy en Nueva York. Pero la suerte había dejado de sonreírles.

Tras una odisea personal en la que conocieron el delirio y la pobreza, recalaron en el mítico hotel Chelsea, cantado por Leonard Cohen y frecuentado por Janis Joplin y William S. Burroughs.

Para aumentar la leyenda del establecimiento, Nancy fue descubierta acuchillada en el baño de la habitación ocupada por la pareja y Sid Vicious acusado de su asesinato. La historia aún no era lo suficientemente trágica: habría de ser su misma madre quien le proporcionara la muerte al darle una „papelina“ de heroína pura al 90%. Decididamente hay amores que matan. A la postre, el matrimonio entre Kurt Cobain y Courtney Love - la última gran pareja del rock hasta la fecha -, también estuvo estigmatizado desde sus comienzos por el amor loco y la adicción a la heroína.

Durante toda su relación se alternaron los tratamientos para desintoxicarse de ambos. Tras el suicidio de Cobain, la propia Courtney confesó haber hecho un pacto para reunirse en la muerte con él cuando nació la hija de los dos músicos.

Desde entonces, la viuda de Seatle es una suerte de zombi del „grunge“ que periódicamente sigue intentando „desengancharse“ y que ha sido encontrada inconsciente en la misma habitación en que su marido se quitara la vida. Aunque la que fuera compañera del líder de Nirvana tiene fama de ninfómana y fue retratada en la cama con Evan Dando pocos meses después del fallecimiento de Cobain, parece ser que se quisieron de verdad y mucho. Su hija, Frances Bean, es la mejor prueba del tortuoso amor que se profesaron sus padres y, junto con la música, la única conexión con la vida que le queda a su madre.                                                             

[Copyright Ó 1994-95-96 El Mundo del Siglo XXI & Off Campus S.L.]

 


Silencios

 

EL PAÍS - Miércoles, 2 de octubre de 2002

JUAN CRUZ

 

Hubo un poeta que iba al Café Gijón y allí permaneció callado veinte años. Cuando los demás creían imposible descifrar la naturaleza filosófica de ese silencio, entró en el famoso bar madrileño una señorita bellísima, ante cuya presencia el taciturno personaje se levantó de la silla, se le acercó y le gritó, en medio de la concurrencia: '¡Está usted cojonuda!'. El silencioso escondía detrás de su disfraz de pensador la caracterología de un imbécil.

Otro habitual del mismo Café Gijón era el cantante y folclorista argentino Atahualpa Yupanqui, cuyo aspecto venerable de indio apesadumbrado y pensativo creó a su alrededor la atmósfera que se siente cuando se tiene cerca la más honda sabiduría. Los demás hablaban en su torno, y a lo largo de los años él mantuvo intacto ese fantasma que se queda en la cara cuando uno no habla por mucho tiempo: la calidad del silencio. Hasta que alguien, alguna vez, narró la historia pendenciera de alguno de los tertulianos de entonces, los demás se consternaron o celebraron el lance, y, cuando ya se hizo el silencio total sobre lo sucedido, todos vieron que el silencioso rompía a hablar. Lo hizo para decir esto: 'El que la hace, la paga'. Los otros entendieron que el silencio también atesora, además de sabiduría, algunos sabios lugares comunes.

Una vez, el escritor argentino Jorge Luis Borges, que no paraba de hablar, incluso en islandés, fue a ver a Juan José Arreola, que le ganaba por mucho trecho en el uso de la lengua propia; después de la larga estancia junto a su colega mexicano, le preguntaron a Borges qué tal había ido la conversación, y el autor de El aleph respondió: 'Muy bien, he podido introducir unos sabios silencios'.

Acaso sabio es el mejor adjetivo que le han puesto a silencio, pues generalmente el silencio es sepulcral u ominoso, o se acompaña del ruido de una claqueta: '¡Silencio, se rueda!'; el poeta Francisco Brines dice que también existe el silencio celestial, pero ése es tan eterno que no se puede medir.

El silencio es una pesada carga en la que nos empeñamos en ver el peso de la inteligencia, cuando a veces sólo transparenta un humo que se evapora en el contacto con el aire y que a veces se resuelve en una frase así, '¡Usted está cojonuda!', porque también es normal que quien ande callado sea porque nada tiene que decir.