FÁBULAS DE ESOPO

© Justo Fernández López


 

Fábula I. - El lobo y el cordero.

 

Acosados por la sed llegaron a cierto arroyo un lobo y un cordero. Púsose a beber éste en lo más bajo de la corriente; aquél, por lo contrario, fuese a lo más alto.

«¿Por qué has enturbiado el agua mientras yo bebía?  dijo el lobo, buscando así un pretexto de rifia.-¿Estás loco? repuso el inocente cordero; si el agua corre hacia mí desde donde tú te encuentras; ¿cómo, pues, he de enturbiarla yo?» A tal argumento hubo de callar y morderse los labios nuestro lobo.  Pero reponiéndose un tanto, dijo al poco: «Pues has de saber que hace seis meses me llenaste de injurias. –¡ Seis meses!.... contestó el infeliz cordero; ¡pues si no tengo más que cinco! –Bien; entonces sería tu padre...» , y arrojose sobre su codiciada víctima y la devoró.

Cuando los fuertes se empeñan en tener razón, ¡pobres de los débiles!

 

II - El gallo y la margarita. 

 

Cierto gallo, con puntas de filósofo casero, acertó a encontrar una muy preciosa margarita en el mismo muladar en que andaba buscando de comer, y maravillado de verla en sitio tan inmundo, díjole de esta suerte: «¿Cómo yaces aquí, habiendo tantas damas que con gozo se desprenderían de sus más  preciadas riquezas, a fin de que tornases a tu pristino estado? Pero a mí que de nada me sirves, holgárame en poderte trocar por un gusano, siquiera fuese tamaño como tú.» Semejante alhaja en poder del gallo, era como el mejor de los libros en manos de un tonto.

 

III - El ratón, la rana y el milano.

 

En el apartamiento y soledad de una hermosa laguna, vivían gozando de envidiable dicha, un ratón y una rana.  Mas la pícara vanidad, que casi siempre nos ciega, fue parte a inspirarles el deseo de, proclamar la individual soberanía de aquellos lugares.-«Yo soy dueño de la fuerza terrestre » decía el ratón, - «y yo de la naval»-contestaba a su vez la rana.

Con ayuda de dos juncos puntiagudos, trabaron encarnizada guerra en defensa de sus pretendidos derechos, y se habrían teñido en sangre las uñas de la sosegada laguna, si cierto milano que atisbó lo ocurrido, no hubiese puesto fin a tal escena con un trágico desenlace: el de atrapar con sus garras a los contendientes y comérselos aquella noche.

El intento de perjudicar a otros suele trocarse en nuestro daño y ruina.

 

IV - Una águila y una raposa.

 

Trabaron entre sí amistad, y a fin de estrechar más y más sus vínculos con la familiar conversación, acordaron vivir en lugares cercanos. Hizo, pues, el águila su nido sobre un muy elevado árbol, y la raposa vino a poner sus hijos en ciertas matas que allí cerca había.  Sucedió que yéndose un día a caza, el águila, necesitada de alimento, voló a las matas y arrebatando al mayor de los hijos de la raposa, sé lo comió, según contaron después los pequeñines.

Volviendo la raposa y entendiendo lo que había pasado sintiolo en extremo, no tanto por la muerte del hijo, cuanto por no poder castigar a su vecina.  Limitose por entonces a maldecirla, recurso de que suelen echar mano los débiles y de corta fortuna.  Mas pasó el tiempo, y el águila, que ya ni aun saludaba a su antes grande amiga, voló a donde estaban sacrificando una cabra, y arrebatando parte de ésta, llevose consigo algunas de las ascuas encendidas, que por efecto de la humedad se habían adherido a la carne.  Acertó a levantarse un muy gran viento, se encendió inmensa llamarada, y los aguiluchos, sin poder volar, pues aun carecían de plumas, vinieron a caer en el suelo; y a vista del águila, que se cernía en los aires contemplando tan horrible catástrofe, se los fue comiendo uno a uno muy tranquilamente nuestra raposa.  Es seguro que no escaparán sin castigo divino los que violaren las leyes de la santa amistad.

 


FABULAS DE FEDRO

 

PROLOGO

 

He llevado a la perfección, poniendo en versos estas ficciones de las que Esopo fue el creador.  Dos son las prendas que avaloran el libro: regocijar el ánimo y mostrar saludables consejos que enseñen a bien vivir. Si alguien quisiera motejarnos porque no sólo los animales, sino hasta los mismos árboles hablan y discurren, no olvide que nuestro propósito tira y se encamina a dar esparcimiento al ánimo con meras invenciones de la fantasía.

 

I - Un piloto y un marinero.

 

Lamentábase uno de su negra fortuna, y Esopo imagina esta fábula para consolarlo.

Estaba una nave a merced de los varios y encontrados, vientos de alterado mar, y la tripulación con las lágrimas, temor y congojas de cercana muerte; serenose de súbito el furioso temporal; continuaron bogando con próspero viento, y al punto se vio a los pasajeros., henchidos de gozo, solazarse con inusitada alegría.  Mas el piloto, aleccionado con la experiencia del pasado peligro, dijo así. «Puesto que en la tierra andan siempre asidos de la mano el placer y la pena, mostrémonos tan prudentes antes de llegar al deseado puerto, que tanto las expansiones como las quejas sean siempre moderadas.» En la prosperidad teme; en la adversidad espera.

 

II - Una vieja a un cántaro.

 

Yacía en tierra un cántaro vacío, y ya fuese por las heces del vino o ya por lo exquisito de su barro, es lo cierto que despedía suavísima fragancia.  Violo una vieja, y después de haberle olido, dijo así: « ¡ Oh suave licor ! ¿.En qué alabanzas no me desharé al ponderar lo que antes fuiste, mostrando todavía tales reliquias?» Lo que ahora escribo (dice Fedro) declara cuál debió ser el vigor y elegancia de lo que escribí en mejores días.  De las cosas buenas, aun sus vestigios nos deleitan y cautivan.

 

III - Las dos perras.

 

Suelen envolver una asechanza las caricias de los malos, y para no caer en ella, nos conviene tener muy presente lo que diremos a continuación.

Una perra solicitó de otra permiso para echar en su choza la cría, favor que le fue otorgado sin dificultad alguna; pero es el caso que iba pasando el tiempo, y nunca llegaba el momento de abandonar la choza que tan generosamente se le había cedido, alegando, como razón de esta demora, que era preciso esperar a que los cachorrillos tuviesen fuerzas para andar por sí solos.  Como se le hiciesen nuevas instancias, pasado el último plazo que ella misma había fijado, contestó arrogantemente : «Me saldré de aquí, si tienes valor para luchar conmigo y con mi turba.» Si dais entrada al malo en vuestra casa, os echará de ella.

 

IV - Un cazador y un perro.

 

No teniendo éste nada de cobarde, se había hecho digno de las complacencias y agasajos de su amo, por el ardor que desplegaba en la lucha contra toda suerte de fieras, aun las más feroces; pero aquella naturaleza robusta y vigorosa comenzó a declinar, sin dura con el peso de los años.  Echósele a reñir en tal sazón con un jabalí, y bien pronto hizo presa en una oreja; mas hubo de soltarla, por tener los dientes ya cariados.  Sentido de ello el cazador, increpaba al perro; y él, aunque viejo, respondió valientemente: «No me falta empuje, sino fuerzas.  Alabábasme en otro tiempo por lo que valía; y ahora me desprecias, porque no soy ni aún sombra de lo que fui.» Bien entiendes tu, Fíleto, a donde tiran y se encaminan estas cosas que yo escribo.

El tiempo todo lo acabe y consuma.

 

V - Dos calvos.

 

Uno se encontró por casualidad en medio de la calle un peine; llevóselo otro, tan calvo como él, y dijo:

«A la parte, a la parte.» Mostrando el primero su hallazgo, añadió después. «Está visto, los dioses han querido favorecernos; mas por nuestra mala ventura hemos hallado, como se dice, carbones en lugar de un tesoro.» Esta reflexión viene como de molde al que ve frustrarse una a una sus más caras esperanzas.  No todas las cosas sientan bien a todos.

 

VI - De un milano enfermo.

 

Hacía largo tiempo que un milano estaba enfermo, y viéndose ya sin esperanzas de vida, rogó a su madre que acudiese al pie de los altares, y cansase a las divinidades con fervientes súplicas por el restablecimiento de su salud. «Que me place, respondió la madre; pero mucho me temo, sea todo infructuoso; porque si tú, atropellando por la reverencia debida a lo sagrado, profanaste los templos y llevaste la osadía hasta el punto de no perdonar ni aún a los sacrificios de los dioses, ¿cómo quieres que les pida clemencia en favor tuyo?» El loco por la pena es cuerdo.

 

VII - Las ranas contra el sol.

 

Con ocasión de ver cuan festejadas eran las bodas de un ladrón, vecino suyo, refirió Esopo el siguiente cuento:

Quiso casarse el sol allá en tiempos antiguos; y tanto se alborotaron las ranas al saber la noticia, que hubo de preguntarles Júpiter el motivo de tan inusitadas quejas. Adelantándose en aquel punto la más osada de entre ellas, dijo:

«Al presente el sol es uno solo, y con todo eso, abrasa y deseca nuestras lagunas, forzándonos a morir en estas por todo extremo áridas moradas; pregunto: ¿qué nos sucedería si llegare a tener hijos?» De mal padre malos hijos.