CONQUISTA Y SOCIEDAD SEÑORIAL

Justo Fernández López


España y América

«El Imperio español fue concebido, construido y deshecho a causa de la cooperación y de los odios entre sus tres castas. En España y en su imperio triunfó la energía y el arte de imperar de la casta hidalga, militar y religiosa, y fueron ahogados los intentos de formar una ciencia y una cultura a tono con las de Europa. En prieto enlace con el conflicto entre la honra castiza de los cristianos viejos, y no menos castizo interés de los cristianos nuevos en hacerse valer, comprendemos ahora la diferencia entre las precarias relaciones entre España y las Indias, y las florecientes entre Inglaterra y Holanda con sus colonias ultramarinas. Las actividades comerciales, industriales y bancarias convertían, sin más, en “judío” a quienes se ocupaban de ellas.» [Castro, Américo: Los españoles: cómo llegaron a serlo. Madrid: Taurus, 1965, p. 24-25]

«Una de las causas fue la hidalga resistencia a sacar provecho de las fabulosas riquezas de las Indias, con algo de las cuales, sin más, España habría superado económicamente al resto de Europa. Mas para eso hubiera sido preciso agarrarse al duro remo del trabajo como recomendaba el jesuita Pedro de Guzmán. Pero como Cervantes dice en El trato de Argel, los hidalgos españoles preferían dejarse apresar por los turcos y ser sus esclavos, antes que descender a remar como galeotes. Cervantes observaba la sociedad española desde su periferia; su posición frente a la honra no era como la de la casta imperante.

El comercio y la industria no deshonraban en las Indias, y en España, sí. Es tema de gran amplitud; su estudio iluminará alguna vez lo que España fue para sus Indias (e indirectamente para los países hispanoamericanos), y lo que las Indias fueron, y no pudieron ser, para España. La masa de la población indígena cambiaba la forma del horizonte social de los españoles y de los criollos; la “opinión” reguladora de los criterios de honra y deshonra no separaba tan tajantemente como en España la condición de las personas. Desde luego que para los menesteres de la inteligencia, la animosidad continuaba siendo igual (ejemplo de ello, Sor Juana Inés de la Cruz). Pero en cuanto a los negocios y el afán de lucro, las Indias se apartaron mucho de su metrópoli desde el comienzo.» [A. Castro, o. cit., p. 34-36]

«La enorme coyuntura económica ofrecida a los españoles en las inmensas Indias de que eran dueños, fue desaprovechada. Era más esencial para ellos la honra de sus personas, que la acumulación de riquezas que ponían en duda su cristiandad vieja.

Los altos valores de la historia española contrastan con los de Francia, pues los primeros aparecen como expresiones de la dimensión imperativa de la persona. Lo que el español llevó a cabo estuvo prefigurado, no en su pensamiento, sino en su fe anhelosa de realización personal, en el mantenimiento de su honra de cristiano viejo.» [A. Castro, o. cit., p. 211]

Origen de la palabra hidalgo

«La expresión árabe ‘ibn, ‘hijo’, también el femenino bint, más un sustantivo, sirve para significar una persona caracterizada por el concepto del sustantivo o para adjetivarla: ‘ibn as-sahîl ‘hijo del camino’ = ‘viajero’; bint al-Kitâb, ‘hija del libro’ = ‘estudianta’. T. E. Lawrence anota que los árabes llamaban a las primeras bicicletas hijas del automóvil (citado por A. Castro en Realidad 62, p. 229).

Algo, proveniente de aliquod, pudo tomar perfectamente en español el significado de ‘bien, riqueza’, como es el caso en diferentes lenguas. El significado originario de hidalgo viene a ser así ‘persona con bienes de fortuna’. Tal significado, expresado así por Corominas, ha pasado por la troje latino-occidental. En el origen, de acuerdo con el paradigma árabe, su articulación semántica exacta fue ‘hijo de bienes’ o ‘hijo de la fortuna material’, así como en árabe el hombre rico es “el hijo de la riqueza”.

Como se sabe, sobre este significado originario se injertaron con posterioridad otros dos: ‘noble’ y ‘persona perteneciente al grado más bajo de la nobleza’. Del siglo XVI en adelante, empezando por el Lazarillo, la literatura inmortalizó el tipo del hidalgo pobre que ni siquiera tenía qué comer y por eso pretendía engañar a los demás escarbándose con un palillo los dientes, a la vista de todo el mundo, inmediatamente después de las horas de la comida que él no había olido ni de lejos. A costa de su hambre y de sus simulaciones conservaba, sin embargo, su honra de no ser pechero ni de infamarse con oficios propios de moros o judíos. No trabajar era para el hidalgo una afirmación inequívoca de su calidad de cristiano viejo. Designado con un molde sintáctico y semántico de origen semita, este noble de ínfima categoría quedó aprisionado en una vividura traspasada hondamente por conductas y valoraciones provenientes de los moros y judíos o labradas por rechazo apasionado de los modos de vida de esas castas. El buen hidalgo no podía hacerse labriego y trabajar con sus manos para no perder honra. Tampoco podía enriquecerse con negocios o mediante artes mecánicas. Estaba condenado a la triste holganza permanentemente. A la simple tarea de existir con su conciencia tranquila de toda mácula, pero agotándose en la inmovilizada perduración de su vivir castizo. “El español cristiano viejo no se hizo «hidalgamente», intelectualmente haragán por deseo de comodidad, sino por una exigencia espiritual (no importa que esto parezca chiste) como la del calvinista que laboraba técnicamente con sus manos a fin de hacerse grato a Dios” (A. Castro, Realidad 62, 265). [...] El trabajo manual gozó de un descrédito considerable en España, no igualado en ninguna otra parte de Europa. Hay que esperar al reinado de Carlos III, en pleno siglo XVIII, para que sea reconocido por las leyes.

Descubiertas las Indias Occidentales, el hidalgo podía también atravesar el océano para mejorar de situación. El oro y las riquezas de aquellas fabulosas regiones servirían para satisfacer sus necesidades. Los cristianos habían sometido a los moros para que trabajaran a su servicio. En las tierras descubiertas dicho papel estaba encomendado a los naturales de ellas, a los indios. En muchos lugares funcionó esta ecuación. Pero en algunas regiones no pudo ser aplicada. Entonces, para gran consternación de su propia honra, hidalgos que lo eran de verdad o se tenían por tales, debieron sobrevivir gracias al esfuerzo de sus propias fuerzas. De esto se quejan al rey Felipe II algunos vecinos de Buenos Aires en 1590, ponderando la, para ellos, infamante situación que han debido enfrentar: “Quedamos tan pobres y necesitados que no se puede encarecer más, de que certificamos que aramos y cavamos con nuestras manos... Padecen tanta necesidad que el agua que beben del río, la traen sus propias mujeres e hijos... Mujeres españolas, nobles de calidad, por mucha pobreza han ido a traer a cuestas el agua que han de beber”. (A. Castro, Realidad 62, p. 268). [...]

En casi todos los países iberoamericanos hubo políticas de inmigración iniciadas en el siglo XIX y continuadas en algunos casos durante el siglo XX. Con pequeñas variantes, los países de la América hispanolusitana buscaban manos hábiles para enfrentar las tareas de la agricultura, la industria y la minería. Cuando avanzando en el siglo XIX se inició la implantación de la industria, fueron técnicos extranjeros los que la desarrollaron en esos países. La gran minería fue pasando rápidamente a empresas alemanas, inglesas, francesas y, posteriormente, norteamericanas. Esta situación, en lo esencial, perdura en el continente americano de habla española y portuguesa en perfecta concordancia con lo que ha sido la historia de los países europeos que descubrieron y colonizaron esas regiones.» [Araya, Guillermo: “Lexicografía e historia de la visión de España de Américo Castro”. En: Homenaje a Américo Castro. Madrid: Universidad Complutense, 1987, p. 52-55]

Patria y Reino

«La obra teórico-política más importante de nuestra Edad Media, y una de las más sobresalientes en la Europa del momento, es la que firma Alfonso X de Castilla, el gran definidor de las doctrinas monarquistas en España. La naturaleza y función del poder real quedan bien precisados en ese trabajo fundamental para la historia general del pensamiento político que son Las Partidas:

“Vicarios de Dios son los reyes, cada uno en su reino, puestos sobre todas las gentes para mantenerlas en justicia”; “el rey es señor sobre todos los de su tierra”.

Es decir: el rey tiene unos pocos vasallos directos, pero todos los hombres del reino, incluidos los de los señoríos, son sus súbditos.

“Es quizás esa fusión de pueblo y territorio uno de los aspectos más propios de las fórmulas políticas europeas bajomedievales; y dudo mucho de que, antes de 1260, haya habido nadie que le diera más cumplida y clara elaboración doctrinal que Alfonso X”. (Maravall: “Del régimen feudal al régimen corporativo en el pensamiento del Alfonso X”, en sus Estudios de Historia del pensamiento español, 1983, I, pp. 97-146). El rey debe ejercer el poder sin interferencias y sin compartirlo con nadie, porque es de naturaleza superior (“Segund natura, el señorío non quiere compañero nin lo ha menester”. [...]

Los súbditos tienen también sus deberes, y no sólo para con el Príncipe sino con la “tierra” o la “patria”; con el reino que gobierna su soberano, que es lo que aquí interesa más: el pueblo debe “obrar por amor a la tierra, que en latín llaman patria”. Todo ello va alumbrando una vida política nueva con rasgos de evidente modernidad, como ha señalado Maravall: “Estamos ante la partida de bautismo de una forma de vida política nueva. Es probablemente la primera vez en toda Europa que en un texto escrito en lengua romance se escribe la voz patria”. Todo el territorio dominado por el monarca es ahora un elemento esencial de la comunidad política, y es al conjunto de ese territorio al que se debe cada individuo. La noción política de “reino” empieza a desarrollarse en el seno de una sociedad cada vez mas diversa y compleja. Las Cortes de Palencia de 1286 ya recuerdan al rey que no debe enajenar en manos privadas ninguna tierra del reino, porque sería contrario a la justicia debida a la comunidad.» [González Antón, Luis: España y las Españas. Madrid: Alianza Editorial, 1997, p. 168-169]

El ideal político de los gobernadores-conquistadores

«Entre las recompensas que, por merced del rey, se otorgaron a los conquistadores al asentarse en las tierras ya pacificadas, ninguna sería considerada mayor ni más valiosa que un título de la nobleza de Castilla, acompañado de la concesión en Indias de extensas tierras en señorío, con sus habitantes indígenas como vasallos. Asimilando la conquista a la antigua Reconquista, y la evangelización del Nuevo Mundo a la antigua Cruzada, los conquistadores creyeron merecer la misma recompensa que los guerreros medievales obtuvieran luchando en la frontera musulmana. Había batallado heroicamente, nadie podía dudarlo; mas su prestigio en Castilla, enturbiado desde los crueles años iniciales de la colonización del Caribe, no llevaba camino de acrecentarse: frailes dominicos con sus graves denuncias, teólogos y juristas con sus disquisiciones legales y éticas, había ya consolidado la mala fama de las empresas de Ultramar. De ello se aprovechó la nobleza castellana para resistir la promoción en sus filas de los conquistadores. Estos, en opinión de los nombres, fueron pretenciosos advenedizos con las manos teñidas de sangre de inocentes indios y con riquezas de origen, al menos, sospechoso. Por tanto, sólo un puñado de conquistadores, cuyas fabulosas hazañas no había modo de ignorar o minimizar, consiguieron obtener los apetecidos títulos nobiliarios y señoríos. [...]

El ideal político de los gobernadores-conquistadores fue una sociedad cuasi-feudal en la que ellos y sus descendientes se perpetuarían como aristocracia militar dominante y hereditaria. Cual buenos vasallos del rey de Castilla, tendrían el deber de gobernar, defender y mantener la paz en sus respectivos territorios. Con este fin utilizaron la encomienda, dando a la institución un nuevo y sorprendente giro. Empezando con Cortés en Nueva España (1522), los indios fueron concedidos en encomienda a los conquistadores, erigidos así en señores de vasallos al igual que los de la Edad Media. [...]

El rey, como señor supremo; el gobernador, como su representante en cada distrito o provincia ultramarina; los encomenderos, como vasallos del rey y señores “naturales” de sus indios encomendados, constituirían para siempre “los huesos y los nervios” de un cuerpo social donde, al igual que en el cuerpo humano, las partes más nobles tienen el privilegio y el deber de regir al resto del organismo.

Los conquistadores miraban al pasado para organizar el futuro, pero la Corona llevaba más de treinta años esforzándose por crear un estado moderno y centralizado, demoliendo para lograrlo el poder político de la nobleza; no iba, pues, a tolerar la aparición de una nueva aristocracia señorial y con ribetes de feudal, que, si lograba afirmarse, no habría modo de controlar desde el otro lado del Atlántico. El monarca halló un poderoso aliado en un sector del clero –puesto que hubo órdenes religiosas que recibieron encomiendas y defendieron el descrito régimen señorial–. El citado sector, que tuvo su núcleo principal en los dominicos, trataba de defender a los indios contra la crueldad y codicia de los conquistadores, y al atacar a éstos apoyaba, aunque no se lo propusiera, la causa del absolutismo monárquico.

El conflicto culminó en el problema de la sucesión de las encomiendas. Los encomenderos las querían en perpetuidad y hereditarias; los frailes dominicos, autoerigidos en defensores de los indios, pedían que fuesen abolidas sin más, por razones morales y de justicia; la Corona, menos radical y más astuta, no perdió ocasión de minar el sistema sin atacarlo de frente. Las encomiendas fueron confirmadas por el rey con carácter vitalicio, pero su perpetuidad hereditaria no se aceptó jamás. [...] Tras años de moderación y paciencia, la Corona consideró que la situación estaba lo suficientemente madura en 1542 para darle a las encomiendas el golpe de gracia con las llamadas Leyes Nuevas, que abolían definitivamente cualquier forma de esclavitud y de trabajo forzoso de los indios. [...]

La alianza de la Corona y el clero, unida a la falta de todo tipo de apoyo ideológico y político en Castilla, son los factores decisivos en el fracaso de un régimen señorial en las Indias. Pero la causa más importante fue la debilidad interna de los conquistadores como grupo político y social. Gobernar y organizar un territorio resultó aún más difícil que conquistarlo; triunfar como administradores públicos y fundadores de dinastías señoriales resultaba ser un empeño más exigente que dirigir una empresa militar. Los conquistadores, procedentes en su inmensa mayoría del pueblo llano o de las nutridas filas de los hidalgos –el escalón más bajo y empobrecido de la nobleza– carecieron casi siempre de la educación y el entrenamiento requeridos para tareas políticas. Bajo la adopción externa de formas de vida aristocráticas, asumidas en general con dignidad, es posible descubrir en los coquistadores una cierta falta de confianza en sí mismos. [...] La Corona no les dio tiempo para aprender sus nuevos oficios ni para adquirir plena conciencia de que formaban un grupo político importante. Una élite competente, efectiva, poderosa y capaz de perpetuarse a sí mismo no se ha improvisado jamás, en ningún tiempo ni lugar.

Si los encomenderos-conquistadores fracasaron políticamente, su papel como fundadores de una sociedad tradicional y anclada en el pasado ejerció una influencia considerable y duradera. Sus hazañas militares les proporcionaron un enorme prestigio en las Indias, no obstante sus humildes orígenes sociales y su falta de aceptación en Castilla. Como hombres que, a fuerza de valor y sufrimiento, se hicieron a sí mismos, obtuvieron el respeto de todos a nivel local y formaron el estrato más elevado de la naciente sociedad indiana. Aunque con frecuencia ostentosos, derrochadores y un tanto fanfarrones –quizá para encubrir la falta de buenas maneras o para compensar la inseguridad íntima de quien ha subido demasiado deprisa– adoptaron con una cierta elegancia, aunque un tanto chillona e indiscreta, los estilos de vida aristocráticos adecuados a su nuevo papel de arquetipos sociales.» [Céspedes, Guillermo: “La conquista”. En: Carrasco, Pedro / Céspedes, Guillermo: Historia de América Latina. Madrid: Alianza Editorial, 1985, vol. 1, p. 352-356]