Hernán Cortés

visto por

Carlos Fuentes


 

Los mexicanos no hemos escatimado homenajes a nuestra cultura colonial. Los misioneros Gantes, Motolinia y Bartolomé de las Casas, los escritores Bernardo de Balbuena y Sor Juana Inés de la Cruz, incluso los virreyes de la Nueva España, que cuentan con barrio propio y toda la cosa en las Lomas de Chapultepec, certifican que México es consciente del proceso histórico y cultural que, entre 1519 y 1810, forjó eso que podemos Ilamar «la nacionalidad» mexicana.

El gran ausente de estas nomenclaturas es el conquistador Hernán Cortés. Un palacio en Cuernavaca, un busto y una calle secretos, marcan un paso que se diría invisible si no estuviese estigmatizado por las huellas de la sangre, el crimen y la destrucción. Hernán Cortés, en México, ha sido tradicionalmente olvidado o execrado, aunque a veces, también, elogiado. La tradición liberal abjura de él, la conservadora lo exalta, pero el justo medio historiográfico es obra de un eminente escritor contemporáneo, José Luis Martínez, quien en 1990 publicó la más equilibrada biografía del conquistador.

A pesar de todo ello, Hernán Cortés sigue siendo un personaje vivo; la censura no logra matarlo y, acaso, el odio lo vivifica. Cortés es parte de nuestro trauma nacional. Lo execramos porque venció a los indios, destruyó una cultura y demostró, sobradamente, la violenta crueldad de su carácter. Pero, en el fondo, nos identificamos – criollos y mestizos – con la sociedad indohispana fundada por el extremeño. Voy más allá; los mexicanos modernos veneramos a los indios en los museos, donde no nos pueden hacer daño. Pero al indio de carne y hueso lo despreciamos con crueldad más severa, por engañosa, que la batalla abierta librada por Cortés contra el imperio de Moctezuma Xocoyotzin.

Sin embargo, nos cuesta mucho, así sea a regañadientes, no admirar la épica encarnada por un hombre que, al frente de once navíos, quinientos soldados, dieciséis caballos y varias piezas de artillería, logró someter un imperio indígena que se extendía del centro de México a la América Central. La quema de las naves, la decisión de marchar hasta Tenochtitlan, la inteligencia política para advertir las fisuras del imperio azteca y sumar descontentos en contra del autócrata Moctezuma, todo ello identifica a Hernán Cortés con su tiempo, el renacimiento europeo, y su psicología, la del Príncipe maquiavélico. Realmente, la gesta mexicana de Cortés puede leerse como si el extremeño hubiese leído al florentino. Claro que El Principe no es publicado hasta 1531, después de consumada la conquista de México. Pero que la figura del político maquiavélico ya estaba presente en el aire del tiempo, lo prueba, como nadie, Hernán Cortés.

Virtud, Fortuna y Necesidad; los tres téminos capitales de la política maquiavélica encarnan soberanamente en Cortés. La fortuna de Cortés es que su desembarco en Veracruz coincide con la profecía del regreso del dios blanco, barbado y bienhechor, Quetzalcóatl. El asombro y el temor paralizan, por principio de cuentas, al adversario indígena. La necesidad, dice Maquiavelo, puede limitar la capacidad política, pero también acicatearla. En el caso de Cortés, la necesidad de vencer a Moctezuma lo estimula como a un jugador de ajedrez. El extremeño supera constantemente los azares de la fortuna haciendo ‑literalmente‑ de tripas corazón. Si no persuade, traiciona. Si no traiciona, combate. Si no combate, asesina. Las matanzas de Cholula son la más negra página de la biografía de Cortés. La virtud, en fin, lo mueve a asumir la paradoja de amar lo que ha combatido, de destruir una civilización pero de fundar una nueva. La necesaria alianza con la traductora indígena, doña Marina, la Malinche, se traduce, a su vez, en el símbolo del mestizaje, base de la comunidad mexicana y augurio, hoy mismo, de lo que será el siglo XXI.

La conquista de México fue una catástrofe. Pero una catástrofe sólo es catastrófica, advierte María Zambrano, si de ella no nace nada que la redima. De la conquista de México nacimos todos nosotros, ya no aztecas, ya no españoles, sino indo‑hispano‑americanos, mestizos. Hablamos castellano. Adaptamos, sincréticamente, la religión católica a nuestro universo sagrado. Nos apropiamos, a través de España, de las culturas helénicas, latinas, musulmanas y hebreas de la cuenca del Mediterráneo. Somos los que somos porque Hernán Cortés, para bien y para mal, hizo lo que hizo.

Hay un tema final que quisiera tocar. Hernán Cortés era un «hombre nuevo», un producto de la naciente civilización urbana post‑feudal de España. Ignoro si era portador de ese impulso democratizador que fue brutalmente arrestado en Villalar en 1521. No deja de ser llamativo que ese mismo año 1521, Cortés conquista la capital del imperio azteca y Carlos V derrota a las comunidades de Castilla. ¿Perdieron las burguesías postmedievales españolas en Villalar y ganaron en México? Si así fue, si el hijo del molinero de Medellín y pasajero alumno de Salamanca venció con su genio político y militar al imperio del Gran Tlatoani Moctezuma, no cabe duda de que, también, Cortés fue derrotado por la corona española. Cualquier veleidad democrática o independentista en estos hombres de Andalucía y Extremadura que le dieron al Habsburgo el dominio del mundo sin necesidad de que se de plazara de Flandes y de Castilla fue rápidamente aplastada por el poder real. Cortés mismo no puede consolidar poder alguno en México. Los emisarios del rey lo acusan, lo humillan, lo desplazan y lo condenan a un melancólico ocaso.

Pero los dos hijos de Cortés, los dos Martines, el Martín criollo hijo de Juan de Zúñiga y el Martín mestizo hijo de la Malinche, serán los protagonistas, en 1566, de la primera intentona independentista de México. Es como si los hijos hubiesen querido cumplir el imposible destino del padre, Hernán Cortés, el Principe que no fue, el buen burgués condenado a esperar su hora histórica. Pero si ésta tardó en llegarle a Hernán Cortés y los «hombres nuevos» de España, momento épico sí les perteneció; la virtud, la necesidad y la fortuna sí les sonrieron y si al cabo las tres les dieron la espalda, ¿quién, como escribió Bernal Díaz del Castillo, podría quitarles la memoria de aquellas jornadas de gloria?

[Fuentes, Carlos: “Hernán Cortés”. En: Letra Internacional, 67, verano 2000, pp. 9-10]