Independencia e intento de unificación en Hispanoamérica

Justo Fernández López


La independencia de las colonias españolas: 1808-1811

Crisis del Estado español en 1808

Legalidad napoleónica, José I Bonaparte (1768-1844), rey de España (1808-1813), impuesto por su hermano menor, el emperador Napoleón I Bonaparte.

Resistencia organizada de la Junta de Sevilla, favorable al rey Fernando VII (1808-1833).

En la Constitución de Bayona, Napoleón establece una representación regular de las colonias en el Gobierno español. Napoleón cuenta con su popularidad en América para crear un apoyo fuerte a la monarquía de José I.

 

Son enviados emisarios franceses de José I y Napoleón encargados de comunicar a las autoridades locales de América el cambio dinástico.

 

Reacción: En México, tanto el virrey José de Iturrigaray como la Audiencia rechazan la opción napoleónica. En Caracas (15-VIII-1808): el capitán general Casas duda, pero el cabildo inclina la balanza a favor de Fernando VII. En Bogotá (19-VII-1808): reacción violenta contra Napoleón. En Buenos Aires: el virrey francés Liniers, sospechoso de ser partidario de José I, es depuesto por la oligarquía criolla.

 

No pudiendo aliar a América a su partido, Napoleón varía su política en 1809 y se muestra partidario de la Independencia, como medio de debilitar al enemigo.

Ejemplo norteamericano de la Constitución y simpatías de Thomas Jefferson y sus amigos por la causa latinoamericana.

Napoleón inunda las colonias españolas de agentes que preparan movimientos independentistas: Desmolard es el instigador de la sublevación de Caracas en abril de 1810.

Hundimiento del partido nacionalista en la metrópoli frente a la Grande Armée. Ener de 1810: la Junta abdica en un consejo de Regencia.

América proclama su independencia

Buenos Aires: El virrey Cisneros, nombrado por la Junta de Sevilla en 1909 y aceptado en principio, es depuesto por una Junta insurreccional controlada por patriotas radicales el 25 de mayo de 1810. Elección de una Junta que agrupa a los principales representantes de la aristocracia criolla (Belgrano).

Repercusiones del movimiento en Bolivia, Paraguay y Uruguay. 1811: movimiento independentista en Chile.

México: Fracaso inicial del virrey Iturrigaray al intentar liberarse de la Junta de Sevilla (1808) por la oposición de la oligarquía criolla de la Audiencia. Movimientos populares de Miguel Hidalgo (1811) y José María Morelos, que proclama el 6 de noviembre de 1813 la independencia de Nueva España.

Caracas: Congreso que reúne los cabildos de las ciudades venezolanas en marzo de 1811; la independencia es proclamada el 5 de julio; la Constitución de diciembre de 1811 reproduce la de Jefferson.

 

La independencia de las colonias españolas: 1811-1815 - La fase adversa

Movimientos de independencia

25 de mayo de 1810: Junta insurreccional de Buenos Aires.

5 de julio de 1811: Proclamación de la independencia venezolana.

6 de noviembre de 1813: Proclamación de la independencia mexicana por Morelos.

Dificultades de consolidación

Aislamiento internacional

Gran Bretaña:

Necesitada de colaboración española en la lucha contra Napoleón, no se atreve de momento a ayudar abiertamente a los insurrectos, aunque su interés económico se inclina a poner fin al imperio español.

Estados Unidos:

Abastecedora de víveres a los ejércitos que combaten contra Napoleón en España, sacrifica su simpatía por los latinoamericanos a las buenas relaciones con la España de Fernando VII.

Francia:

Napoleón, promotor de movimientos revolucionarios en América, se ve ahora aislado de ella por el bloqueo inglés.

Dificultades de comunicación terrestre entre los distintos núcleos geográficos.

Divisiones internas de cada núcleo independentista: rivalidades personales, luchas de clanes, clases sociales y étnicas.

La fragmentación territorial de América Latina se refleja en un aislamiento entre los distintos movimientos.

 

Los patriotas americanos quedan reducidos a sus propias fuerzas en la lucha.

España cuenta con la simpatía de las potencias legitimistas: Fernando VII aspira a interesar a la gran potencia del momento, la Rusia de Alejando I, en la conquista de América.

España cuenta con una fuerza marítima que le permite la comunicación rápida a lo largo de las cosas americanas.

España cuenta con ejércitos más coherentes y bien organizados.

Resultados

Virreinato del Perú: Fiel a España, Perú es uno de los grandes apoyos en esta reconstitución del Imperio (recuperación de Quito en 1812 y victoria sobre la Junta de Santiago).

Virreinato de Nueva Granada: La oposición eclesiástica y nobiliaria hace fracasar la Primera República venezolana (1812) y las fuerzas de Boves (indios, mestizos y llaneros) la Segunda (1815).

Virreinato de Nueva España: Iturbide, con un refuerzo de 8.000 hombres llegados de España, consigue triunfar de modo definitivo sobre Morelos (1814-1815).

 

Relación numérica de los distintos grupos de población hispanoamericana al final del periodo colonial:

300.000

Españoles nacidos en la Península, que forman la burocracia virreinal

3.000.000

Criollos, blancos nacidos en América, dominan los resortes económicos del país y forman una verdadera aristocracia, cada vez más ilustrada y nacionalista.

 

Mestizos: mundo intermedio, muy mal definido, ya que aspiran siempre a formar parte de la clase superior y a ser considerados de raza blanca; unos lo consiguen, otros adoptan las formas de vida indígena. En general representan el papel de una mano de obra cualificada.

10.000.000

Indios, con diversos grados de desarrollo y condición social, se dividen en dos grandes grupos: trabajadores de las plantaciones y las minas, e indios marginales, que viven independientes de la civilización europea.

800.000

Negros, mano de obra esclava, importada, están localizados sobre todo en las Antillas.

 

A fines del siglo XVIII América Latina apenas empezaba a sentir los efectos de la marejada revolucionaria. Se publicaron algunos periódicos subversivos y folletos tendenciosos, pero ni por asomo en la cantidad prodigiosa en que se imprimieron en Norteamérica los años anteriores a la revolución.

El mundo colonizado por España sentía, ya desde finales del siglo XV, ansias de independencia. Circulaban escritos con ideas liberales, algunos intelectuales se habían hecho masones, pero sus mejores amigos eran eclesiásticos, por la sencilla razón de que eran casi los únicos con quienes se podía filosofar de política y discutir programas de gobierno.

Al principio, el clero no fue enemigo declarado de la revolución, pues tuvo oradores en las asambleas de tipo más o menos parlamentario que redactaron constituciones, y hasta cabecillas en los campos de batalla. Con tal que se respetara la persona real y los privilegios de la Iglesia, el clero estaba dispuesto a ponerse de lado de los revolucionarios. Lo que más repugnaba al carácter caballeresco de los hispanoamericanos era quebrantar la fidelidad jurada al monarca.

Batalla de Ayacucho, último combate importante de las guerras de emancipación de América Latina, que se produjo el 9 de diciembre de 1824, en la pampa o llanura homónima, y acabó con la victoria de las fuerzas independentistas, a las órdenes del general de origen venezolano Antonio José de Sucre, frente a las tropas españolas comandadas por el último virrey del Perú, José de la Serna e Hinojosa.

Después de que Sucre y el presidente de la República de la Gran Colombia y máximo dirigente de los independentistas peruanos, Simón Bolívar, derrotaran el 6 de agosto de 1824 a un contingente español en la batalla de Junín, que tuvo lugar en la cordillera Central peruana.

La batalla de Ayacucho marcó el final del dominio español en lo que había sido el virreinato del Perú, y, por ende, en todo el continente sudamericano; si bien la presencia definitiva de las fuerzas realistas no cesó hasta que en enero de 1826 finalizó la última y testimonial lucha, la mantenida en el sitio del Callao.

Muchos de los más destacados próceres independentistas participaron en tan decisiva batalla. En 1980 se creó el llamado Santuario histórico Pampas de Ayacucho para preservar el escenario natural donde tuvo lugar el combate.

Con la batalla de Ayacucho en 1824 se consuma definitivamente la emancipación hispanoamericana.

La historiografía liberal de la primera mitad del siglo XIX, siguiendo en parte los juicios de Simón Bolívar (1783-1830), principal artífice de la emancipación de las colonias, ve la causa de la ruptura entre España e Hispanoamérica fundamentalmente en la ideología de la Ilustración, en los abusos del “pacto colonial” (con las consiguientes restricciones a los criollos) y en los manejos de los adversarios de España –Gran Bretaña y Francia–.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX se tienen en cuenta otros factores: la vinculación de los criollos con determinados focos políticos europeos, la invasión napoleónica en España, la labor de proselitismo de las sociedades secretas, como la de los masones, y la acción favorable a la independencia de los jesuitas expulsados por Carlos III (1716-1788) en 1767.

Desde el punto de vista socioeconómico, la independencia hispanoamericana es valorada en función de la expansión económica de la segunda mitad del siglo XVIII, con el consiguiente enriquecimiento de la burguesía criolla.

Otros historiadores ven en la emancipación un reflejo de las doctrinas populistas de los tratadistas hispánicos del Siglo de Oro, según las cuales el pueblo tenía derecho a la rebeldía, como portador de la soberanía, cuando se incumplen por la autoridad las ideas del buen gobierno.

La emancipación hispanoamericana también ha sido considerada como una guerra civil entre los hispanoamericanos, que terminaría con el triunfo del “feudalismo” criollo.

El proceso sociológico es distinto según las regiones:

En México, la emancipación la fraguaron los criollos, la comenzaron los mestizos (campañas indigenistas de los curas Hidalgo y Morelos) y la terminaron los españoles.

En Venezuela fue protagonizada por la aristocracia criolla –lo que explica que, por reacción, los humildes “llaneros” de Orinoco fueran realistas.

En Perú y Chile también fue protagonizada por la aristocracia criolla, de origen vasco-castellano.

En Buenos Aires la emancipación fue protagonizada por la naciente burguesía porteña.

Se constituyeron Juntas Provinciales, como ya se había constituido en España motivadas por la crisis del poder tras la invasión napoleónica en 1808. La Justas Provinciales hispanoamericanas fueron pasando de la fidelidad a la causa de Fernando VII a invocar la autodeterminación y el derecho a gobernarse por sí mismas.

1808-1814

Entre 1808 y 1814 (guerra española de la Independencia), las tropas españolas lograron contener el proceso emancipador en Hispanoamérica.

1814-1820

De 1814 hasta 1820, le emancipación realizó progresos sustanciales:

1816

San Martín consolida la independencia chilena en la batalla de Maipú.

1819

Simón Bolívar proclama la unidad de Nueva Granada.

1820-1824

La causa emancipadora gana las últimas batallas.

1821

San Martín entra en Lima, y Bolívar triunfa en Carabobo.

1822

El “plan de Iguala” reconoce la independencia de México.

1822

Antonio José de Sucre vencen en Pichincha y Estados Unidos reconoce a loas nuevas Repúblicas.

1823

El presidente norteamericano James Monroe proclama la doctrina que lleva su nombre. La Doctrina Monroe rechaza toda intervención europea en los asuntos americanos (“América para los americanos”) y fue una advertencia a los intentos de la Santa Alianza europea y a los propósitos británicos en el Caribe.

La Santa Alianza fue el pacto concluido por los soberanos europeos para defender los principios del cristianismo, adoptado después de la finalización del Congreso de Viena (1814-1815) y todos los gobernantes europeos acabaron suscribiéndolo. Es el símbolo del absolutismo. Los monarcas autocráticos invocaron el derecho de intervención sancionado por la Santa Alianza para mantener el statu quo en Europa. Muchas sublevaciones democráticas y nacionalistas que ocurrieron a mediados del siglo XIX fueron sofocadas en nombre de la Santa Alianza.

1824

Nuevo triunfo de Sucre, lugarteniente de Bolívar, en Ayacucho. Con la victoria en la batalla de Ayacucho se da por terminado el proceso emancipador de Hispanoamérica.

Las potencias anglosajonas se opusieron tenazmente a los proyectos federalistas de Bolívar, quien se dio cuenta que los adversario a los que había que vencer eran tres: España, Gran Bretaña y los Estados Unidos. Rotos los lazos de dependencia política respecto de España, los países hispanoamericanos fueron cayendo bajo el vasallaje económico de Gran Bretaña en el siglo XIX, y de los Estados Unidos en el siglo XX.

 

El congreso de Panamá (1826)

Fracaso de la tentativa de unificación de América Latina

Dificultades exteriores

Congreso de Panamá

Dificultades internas

Hostilidad declarada de Gran Bretaña, opuesta por principio a la creación de una gran potencia política y económica.

Intento, a iniciativa de Simón Bolívar, señor de Venezuela, Colombia, Perú y Bolivia, de llegar a la unificación de América Latina bajo un régimen republicano, para hacer frente a un posible intento europeo de reconquista de las colonias españolas.

Desconfianza mutua entre los países, alimentada por Inglaterra.

Desconfianza de Estados Unidos, que no dan poderes a sus delegados en el Congreso.

Anarquía reinante en el interior de cada uno de los estados recién fundados.

Fracaso de la idea panamericana de Bolívar

Apertura del proceso de fragmentación

1830-1831:

Fin de la Gran Colombia. Nacimiento de las repúblicas de Venezuela, Colombia y Ecuador. Distanciamiento del bloque peruano.

1835-1836:

Texas se independiza de la República Mexicana. Inicio del proceso de retroceso mexicano en Norteamérica.

1839:

Disolución de la Confederación Centroamericana. Nacimiento de las repúblicas de Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica.

 

Simón Bolívar, después de la batalla de Ayacucho (1824), dominaba toda la América del Sur, menos es estuario del Plata y el Brasil, que por caminos diversos seguían también su proceso de emancipación. América era libre de decidir sus destinos y Bolívar sería capaz de dirigirla hacia un régimen mejor que el anacrónico gobierno de virreinatos, capitanías generales y audiencias. En los años de conspiración y durante sus campañas, Bolívar pensó y escribió sobre el porvenir político de América. Por lo pronto, a su proyecto de la Gran Colombia con un estado que comprendiera las actuales repúblicas de Colombia, Venezuela y Ecuador, siguió otro en que incluía en una gran confederación el Perú, Chile y la actual Bolivia. Las provincias del estuario del Plata debían formar una tercera unidad, de modo que, con el Brasil, la América del Sur quedaría dividida en cuatro grandes naciones o confederaciones nacionales.

No sólo no consiguió esta unificación, sino que las regiones de un mismo estado, celosas de la capital, se empeñaron en que las Constituciones de la Nueva América no fueran unitarias, sino federales. Presentaban como prueba de su eficacia el ejemplo de la Confederación Norteamericana, de tipo federal, sin advertir que allí, en Norteamérica, las trece colonias inglesas que formaron el primer núcleo de Estados Unidos tenían carácter muy diferente cada una y habían sido pobladas en distintas épocas por cuáqueros, puritanos y católicos, dispares no sólo en religión, sino en manera y tradiciones.

La América del Sur, en cambio, poblada y gobernada bajo los auspicios de un monarca absoluto, no requería la federación, y sus habitantes, esparcidos en regiones inmensas, no habían hecho aprendizaje político en asambleas coloniales como las que se habían ensayado en Norteamérica. Todo lo que pudieron aprovechar del régimen colonial, que había tenido durante siglos a los americanos alejados de las tareas del gobierno, fueron los cabildos abiertos.

El cabildo americano era un organismo dedicado al gobierno de las ciudades de la América hispana, de carácter colegiado, basado en el modelo español de ayuntamiento o cabildo castellano medieval. Estaba organizado a partir de la idea del gobierno comunal, ejercido por un conjunto de vecinos elegidos por sus conciudadanos cabezas de familia, que en la mayoría de los casos fue sólo un planteamiento teórico. Durante los primeros años de la vida de las ciudades, los cargos del cabildo fueron ocupados por los encomenderos, que posteriormente fueron sustituidos por las elites económicas hasta convertirse en muchos casos en monopolio de las oligarquías, cuyos componentes se iban eligiendo entre sí un año tras otro. Su funcionamiento se realizaba a través de sesiones ordinarias y extraordinarias, que podían ser abiertas o cerradas; en el caso de ser extraordinarias o abiertas podía participar todo el pueblo. En algunos momentos históricos la presión de los ayuntamientos tuvo una gran importancia política, como demostraron los levantamientos comuneros o los propios inicios de la emancipación latinoamericana. Para muchos autores estos movimientos, nacidos en los cabildos como depositarios de la autoridad de la nación, fueron el preludio de la independencia de la América española.

Simón Bolívar proyectó para Bolivia una Constitución fantástica, pero que, al cabo de algún tiempo de tanteos y enmiendas, hubiera llegado a ajustarse a la realidad. Los criollos, envalentonados por su triunfo, acostumbrados ya a pelear, amargaron los últimos años de Bolívar, que murió en 1830. Pocos meses antes, Sucre había sido asesinado cobardemente en una emboscada en las montañas de Berruecos. Bolívar, declarado enemigo nacional por sus compatriotas, que votaron su expulsión de Venezuela, murió en una hamaca, huésped de un español en Santa Marta. Sus últimas palabras fueron: “He arado en el mar...”

Acaso los males que ha sufrida la América Latina puedan atribuirse a su falta de educación política durante el período colonial. Bolívar ya lo tenía presente: “América todo lo recibía de España... Esta abnegación nos había puesto en la imposibilidad de conocer el curso de los negocios públicos; no gozábamos de la consideración personal que inspira el brillo del poder a los ojos de la multitud y que es de tanta importancia en las grandes revoluciones”.

“Uncido el pueblo americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir ni saber, ni poder, ni virtud... Las lecciones que hemos recibido y los ejemplos que hemos estudiado son de los más destructores. Se nos ha dominado más por el engaño que por la fuerza; se nos ha degradado por el vicio más que por la superstición... Y un pueblo pervertido, si alcanza su libertad, pronto vuelve a perderla”. Estas son las palabras de Bolívar en su discurso ante el Congreso de Angostura, primera reunión del Congreso que acabaría por constituir la República de la Gran Colombia, que tuvo lugar en dicha localidad venezolana (actual Ciudad Bolívar), cuyas sesiones comenzaron el 15 de febrero de 1819.

[Fuente: Historia Universal. Madrid: Editorial Salvat / Mediasat Group, S. A., 2004, pp. 383-439]

«Hay quien ha querido encontrar la génesis de la emancipación americana en el nacimiento de la sociedad criolla a lo largo del siglo XVI. Muchos habitantes del Nuevo Mundo rechazaban los privilegios de un Estado que sólo parecía preocuparse por sacar de América los mayores beneficios y colocar a sus “favoritos” peninsulares en los puestos de responsabilidad política y religiosa. Mientras las Indias constituyeron un territorio virgen e inexplorado, la discriminación en favor de los españoles quedaba amortiguada por la necesidad de legitimar las campañas de conquista y el reparto de los botines. La monarquía servía de escudo ante posible sublevaciones de los indígenas o de los esclavos negros y ese temor explicaría la demora de México o Cuba en romper sus lazos con la metrópoli.

Durante el siglo XVI y buena parte del XVII, los españoles constituían el elemento esencial de la población blanca, frente a una clase criolla muy poco representativa. El prestigio de la corte y el ansia de alcanzar un título mobiliario fueron eficaces vendas que ocultaron el desagrado de la población de las Indias. A través de las instrucciones locales, los nuevos americanos dirigían personalmente la vida cotidiana de las colonias a cambio de colaborar en el mantenimiento de la burocracia real. Un pacto entre caballeros muy ventajoso para la corona, que obtenía la fidelidad de sus lejanos súbditos y sus tributos, sin graves contratiempos.

Pero la tranquilidad en el Nuevo Mundo desaparece cien años después. El desprestigio de la corte y la llegada de una nueva dinastía desataron muchas de las ligaduras simbólicas de dependencia en una situación de debilidad muy fructífera para las elites criollas. Los cargos políticos se venden al mejor postor y amplían el grado de autonomía hasta límites difícilmente tolerables por cualquier monarca del Antiguo Régimen, sobre todo cuando los tratados de Utrecht certifiquen el ocaso de las posesiones españolas en Europa. El Imperio dejaba de ser “universal” para hacer “americano”, con unas colonias en donde la monarquía concentrará todas sus fuerzas dilapidadas durante dos centuras en el viejo continente.

El momento coincide con un notable estirón de la masa criolla, que en el reinado de Carlos III constituye el 95% de la población blanca, sin necesidad ya de la corona para justificar sus propiedades y segura de sí misma ante la desaparición de toda amenaza interna que pudiese cuestionar el orden establecido. Instruidos en las universidades desparramadas por el continente, los líderes americanos no sólo comienzan a colaborar con desgana en las recaudaciones fiscales, sino que también se atreven a criticar el monopolio comercial establecido en el eje Cádiz-Sevilla. La aparición de mercaderes europeos en el Caribe y Sudamérica, ofreciendo unos productos a precio mucho más bajo que los españoles, hace tomar conciencia a los gestores hispanoamericanos de la sinrazón de su atadura.» [García de Cortázar, Fernando: Biografía de España. Barcelona: Mondadori, 2003, p.283-284]

«En 1810, un sector de la población no tuvo más remedio que recurrir a la violencia para conquistar la independencia. Su recurso a las armas no se inspiró en Rousseau ni en la Revolución Francesa. Tres agravios (la invasión napoleónica a España que había dejado el reino sin cabeza, el antiguo resentimiento de los criollos contra la dominación de los "peninsulares" y la excesiva dependencia de la Corona con respecto a la plata novohispana para financiar sus guerras finiseculares) parecían cumplir las doctrinas de "soberanía popular" elaboradas por una brillante constelación de teólogos neoescolásticos del siglo XVI como el jesuita Francisco Suárez. A juicio de sus líderes, la rebelión era lícita.» [Enrique Krauze: “El Grito de México”, en El País – 15/09/2010]

«Los problemas de Latinoamérica impiden que el bicentenario de la Independencia sea una fiesta.

Durante el largo proceso de independencia fueron muchos los proyectos que barajaron los próceres para lo que nacía tras el dominio español. Desde la utopía de una América unida y centralizada a la idea de múltiples repúblicas federadas; hubo quienes reclamaron distintas formas de monarquía o incluso el imperio; quienes pelearon por fidelidad a Fernando VII y los que querían separarse de la Corona; convivieron ilustrados y contrarreformistas. 200 años después se mantiene casi intacto el desbarajuste ideológico, pero los verdaderos males tienen otros nombres: el caudillaje populista, la debilidad institucional, la fragilidad de los Estados ante la penetración de las mafias y la endémica desigualdad social. Todos han colaborado para que el bicentenario no sirviera ni siquiera para celebrarlo, dentro de cada país, todos juntos.» [“Celebración incompleta”, Editorial de El País - 19/09/2010]