MÁS ALLÁ DE LA LEYENDA

NEGRA o ROSA

Justo Fernández López


 

"La revisión histórica de todas las absurdas exageraciones y tópicos insostenibles que contenían las críticias históricas formuladas contra España a lo largo del tiempo, nos obliga a algunas consideraciones.

Esas opiniones negativas no son el resultado de una conjura internacional dirigida contra España. En plena beligerancia de las críticas contra España en los siglos XVI y XVII, son múltiples las muestras de admiración que suscitó la cultura española. La influencia cultural española fue enorme.

La memoria histórica nos obliga a recordar la propia responsabilidad española en la configuración de su imagen negativa. Las críticas todo lo tendenciosas y exageradas que se quiera, tuvieron como fundamento la propia naturaleza y ejercicio de la gestión imperial por parte de la monarquía espaola. La leyenda negra hay que hacerla depender en definitiva, de una política como la española, imperialista en lo político, delirante en lo religioso, torpe en la fabricación de su propia propaganda. Sólo la involución de finales de la década de 1568 propició la rebelión flamenca cuyo tratamiento por parte del duque de Alba hasta 1574 generó toda una estela de resentimientos perfectamente explicables. [...]

El eco de la incidencia de la Inquisición no fue un invento malicioso. Los ingleses que escaparon del Tribunal del Santo Oficio contaban literalmente las crueldades del Santo Oficio, imagen, sin duda, reforzada por la abundante colonia de refugiados representantes del pensamiento reformista español. Pero no hay que responsabilizar de la leyenda negra a los refugiados españoles, los supuestos traidores o difamadores de la política hispánica, como tantes veces se ha hecho. [...]

Siempre es más operativa la visión de nuestros errores y defectos que no la exaltación narcisista de nuestras virtudes. Posiblemente otra hubiera sido la historia de España de haber prestado oídos a la corriente autocrítica española que desde Vives y los erasmistas pasando por los intelectuales desencantados de la España de Cervantes, los ilustrados liberales del siglo XVIII, los denostados afrancesados de primera mitad del siglo XIX, los regeneracionistas del 98 o muchos de los derrotados en 1939 ha circulado en España. [...] Ha sobrado metafísica esencialista, ha sobrado trascendentalismo en los planteamientos del "problema de España"; se ha recurrido con demasiada frecuencia al recurso del fantasma del enemigo exterior para justificar la interesada impermeabilización, nunca se ha usado el plural a la hora de plantearse la identidad española, se ha reprochado a los foráneos que nos atribuyeran determinados defectos cuando no hemos hecho otra cosa -conservadores y progresistas- que fijar el supuesto carácter nacional, mito éste que Caro Baroja ha fustigado con razón. El riesgo del síndrome casticista tradicional en nuestra historia se ha visto relegado en los últimos años por un cierto papanatismo ante Europa que ha llevado a depositar toda la fe científica en la opinión europea. Se ha pasado así de un casticismo hortera e impresentable a un europeísmo ingenuo con el apasionamiento de unos conversos." [García Cárcel, Ricardo: La leyenda negra. Historia y opinión. Madrid: Alianza, 1992, p. 215-217]

"Los mitos de la leyenda negra americana han sido numerosos:

La figura de Las Casas ha suscitado intencionadas deformaciones. La mala reputación de España no es sólo imputable a Las Casas. Montaigne cita a Benzoni y a Gomara, no a Las Casas, en sus críticas. Gomara y Fernández de Oviedo son citados frecuentemente por el inglés Hakluyt. En el siglo XVIII el padre Touron negaba que losholandeses ignoraran las crueldades de los españoles en las Indias antes de leer a Las Casas, cuya primera traducción holandesa aparece en 1578, la francesa en 1579, la inglesa en 1565, en Italia en 1616. Las Casas tuvo cobertura de apoyo en la corte y los hechos citados por Las Casas estuvieron, en gran parte, basados en informes presentados a los monarcas españoles y al Consejo de Indias.

Tampoco hay la vinculación directa que se ha creído ver tradicionalmente entre la visió crítica de la conquista española y la del indigenismo. Apologetas de la naturaleza del indio como "noble salvaje" fueron Colón y el conquistador Cortés. Críticos de los indios, descalificadores de su conducta, fueron historiadores como Oviedo o Gomara que también escribieron críticas contra la conquista española. El indigenismo colonial es un fenómeno muy complejo en el que se interfieren defensas jurídicas el indio con abstracciones metafísicas y lucidas observaciones antropológicas de muy diferente procedencia y que no implican forzosamente la crítica a la conquista y/o la colonización españolas. En el siglo XVIII defensores beligerantes de la inferioridad del indio americano fueron, asimismo, críticos con la conquista. [...] En el siglo XIX el indigenismo fue más bien reaccionario en tanto en cuanto implicaba la atribución de ciudadanía plena al indígena. El liberalismo, en nombre del progreso, propugnaba el asimilacionismo rotundo del indio. Críticos de la conquista como el presidente argentino Domingo F. Sarmiento defendían la eliminación del indio. Habrá que esperar a la revolución mexicana y a líderes como el cubano José Martí para que el indigenismo cambie de signo con figuras como Mariátegui, Valcárcel, Haya de la Torre, Arguedas que son partidarios de la promoción de la identidad indígena o autóctona lo que se hace con criterios paternalistas, neocolonialistas. [...]

La leyenda negra americana tampoco es el fruto de una presunta campaña interesada de los países europeos contra España. La leyenda negra europea y la americana tienen proyecciones muy dispares. Orange dedica algunos párrafos a las Casas pero la ofensiva holandesa e inglesa sobre América va a ser bastante más tardía. [...] La actitud de los ilustrados europeos tampoco revela la hostilidad antiespañola que tradicionalmente se les ha atribuido. [...]

Es rigurosamente necesaria la superación del esencialismo nacional al examinar las críticas de la leyenda negra. Convendría empezar a asumir que no tiene sentido el debate esencialista de las responsabilidades de España. Es obvio que los españoles no fueron ni más ni menos crueles que los holandeses, franceses o ingleses. Lo que se ventila en el debate no es tanto el tan gastado concepto de la obra de España en América sino el análisis de un sistema colonial con sus aciertos y sus errores. En el análisis de eses sistema en los últimos años se ha subrayado, a mi juicio, en exceso la dicotomía Corona -administración, leyes- práctica colonial, teoría-praxis. [...] Al respecto conviene tener en cuenta que, como ha demostrado John R. Rowe, no toda la legislación es protectora del indio; también hay legislación explotadora; la colisión entre normas y praxis nos e produce sólo por la inobservancia de los receptores de la ley sino por los propios intereses de la Corona y desde luego, a nuestro juicio, es rigurosamente necesaria la matización geográfica, cronológica e incluso conceptual al estudiar el régimen colonial. ¿Puede generalizarse una conducta unívoca de la Corona ante America? ¿Cuáles fueron los diferentes grupos de presión en el seno de la monarquía con sus respectivos intereses ante América? El cuadro bipolar de una Corona bienintencionada frente a unos colonizadores perversos y crueles es indefendible científicamente." [García Cárcel, o. cit. p. 293-296]

Antonio Pérez (1540-1611) fue secretario del rey de España Felipe II (1567-1579). Se adscribió a la facción política liderada por el príncipe de Éboli. Muerto éste, en 1573, intentó utilizarla para el acrecentamiento de su propio poder. Comenzó a interferir en temas de gobierno y ordenó el asesinato de Juan de Escobedo, consejero de don Juan de Austria, que conocía sus manejos políticos, después de convencer al monarca de que la acción estaba amparada por la razón de Estado. Felipe II lo relevó de su cargo e inició un proceso contra él. En 1590, Antonio Pérez se refugió en Aragón, acogiéndose a su fueros y a la protección del justicia mayor de Aragón. Felipe II decidió movilizar la Inquisición, cuya larga mano pasaba por encima de fronteras y cortapisas forales.

«Por un momento la situación parecía controlada, pero la intervención de Juan de Lanuza, justicia mayor de Aragón, y el alzamiento popular de 1591 obligaron al rey a lanzar sus ejércitos a fin de apresar al fugitivo y abortar una crisis institucional en el corazón mismo de su fortaleza ibérica.

La invasión de las tropas reales trajo negativas consecuencias para Aragón, que hubo de decir adiós a sus fueros. Mientras el viejo reino se castellanizaba, el traidor Antonio Pérez alcanzaba la frontera francesa y escribía demoledores panfletos contra Felipe II, hábilmente publicitados por Guillermo de Orange y Francia como parte de la Leyenda Negra. Una imagen guerrera y salvaje de España, devorada por la intolerancia y la religión, se expande por Europa a causa de los atropellos cometidos por los conquistadores en América, la actividad de la Inquisición, la política internacional del monarca hispano, la misteriosa muerte del príncipe Carlos y la pluma venenosa de unos rivales políticos que vieron en este conjunto de sombras un proyectil utilizable contra la hegemonía habsburguesa en Europa. La España de Felipe II no fue, sin embargo, diferente del resto de monarquías de la época. A lo largo de la centuria, Francia e Inglaterra también se vieron contagiadas por la belicosidad de sus reyes y el virus de los conflictos espirituales que sumergían el continente en una marea continua de guerras.» [García de Cortázar, Fernando: Historia de España. De Atapuerca al euro. Barcelona: Planeta, 2004, p. 119]

La publicación de las cartas de Antonio Pérez en París en 1598, contribuyó a la creación de la leyenda negra sobre Felipe II.

«El gran escándalo del Papa se desata cuando defiende la evangelización americana afirmando que "no representó una alineación de las culturas precolombinas ni una imposición de una cultura extraña". Cualquier mirada histórica reconoce justamente lo contrario, el desarrollo de una conquista espiritual que la Iglesia asumió como su gran proyecto para un Nuevo Mundo, en el que, por otra parte, tuvo éxito al conquistar –hasta hoy– la mayoría de los sentimientos populares. Era natural que así fuera tratándose de aquella Castilla de Isabel la Católica que acababa de consagrar la unificación de los reinos hispánicos en dura lucha con el mundo musulmán.

Si desacertado estuvo el Pontífice peor estuvo su mayor impugnador, el presidente venezolano, quien, hablando para la historia dijo que “aquí con Colón no llegó Cristo, llegó el Anticristo. El holocausto indígena fue peor que el Holocausto de la II Guerra Mundial y ni el Papa ni nadie puede negarlo”. Bien se sabe hoy que la dramática mortalidad de indígenas se produjo sobre todo por el contagio de enfermedades que portaban los europeos y que hacían fácil víctima a pueblos que, aislados, adolecían de una baja inmunidad. Como también se sabe que los rapaces encomenderos no querían matar a los indígenas porque su natural egoísmo económico chocaba con la destrucción de su mano de obra. O sea que, en el dramático choque de civilizaciones de aquel tiempo, nadie puede hablar de genocidio porque nadie venía inflamado con una voluntad de exterminio. De evangelización unos, sí; de explotación económica otros, también; de dominación todos, desde luego, pero de destrucción nadie.» [Julio María Sanguinetti: “Las torpezas del Papa”, en El País, 04.06.07, p. 17]

La personalidad del conquistador

Los conquistadores españoles no fueron diablos asesinos sedientos de sangre y oro, como afirman los partidarios de la Leyenda Negra, ni los caballeros cruzados de la Leyenda Blanca. Simplemente, fueron hombres de su tiempo y actuaron siguiendo las normas de la época. Por eso, su conducta no debe juzgarse con los valores morales del siglo XX.

El oro, qué duda cabe, constituyó el principal aliciente para estos hombres, en su mayor parte jóvenes salidos de las capas más bajas de la sociedad. Sin embargo, el deseo de ascender en la escala social no fue la única razón que les impulsó a realizar sus asombrosas hazañas. Cuando triunfaban y obtenían lo que deseaban –riquezas, tierras e incluso títulos de nobleza–, no se retiraban a España. Se quedaban en América para emprender nuevas empresas que en algunos casos les conducían a la muerte, como sucedió a Pedro de Alvarado o a Hernando de Soto.

Además del oro, lo que movía a los conquistadores era un doble objetivo psicológico. En primer lugar, la búsqueda de la fama terrena e inmortal, el principal anhelo de cualquier europeo del Renacimiento. Y en segundo lugar, la mentalidad guerrera y expansionista de los castellanos, forjada a lo largo de 800 años en combate diario con los invasores musulmanes [700-1492]. Por esta razón, los españoles, a diferencia de los ingleses, no crearon sociedades anónimas para explotar los recursos naturales de América, sino que fundaron ciudades idénticas a las de Castilla.

Respeto a la cuestión religiosa, puede decirse que los conquistadores españoles no superaron en fanatismo a sus contemporáneos europeos. Creyeron sinceramente que sus acciones guerreras contribuían a extender el Cristianismo, y esta idea se impuso más de una vez a la prudencia o a la avaricia.

La actitud de los juristas españoles ante la Conquista

La Conquista de América no sólo levantó críticas fuera de la Península Ibérica; también en España se alzaron voces contra las guerras de Indias, calificadas de injustas. La disputa tomó pronto un carácter jurídico, pues lo que se pretendía era establecer las leyes que rigieran la actuación de los españoles en América. Juan Ginés de Sepúlveda y fray Bartolomé de las Casas son los mejores representantes de las dos posiciones.

El primero, apoyándose en Aristóteles, partió del supuesto de la inferioridad biológica y cultural de los indios, la cual les condenaba a ser dominados por un pueblo más culto. España debía cumplir su papel civilizador y para ello podía recurrir a las armas si los indios, que por su condición natural debían estar sometidos a otros, se resistían.

Frente al moderno razonamiento de Sepúlveda –punto de partida de la ideología colonial de las naciones europeas de los siglos XVIII y XIX–, Bartolomé de las Casas sostuvo una tesis de tipo medieval, según la cual la implantación del Cristianismo, una religión basada en la caridad y el amor, no justificaba de ninguna manera la guerra contra los indios. Los cristianos sólo tenían derecho a combatir a los paganos cuando éstos les atacaban antes, ocupaban territorios que pertenecían a los cristianos, o perseguían e impedían la difusión de la fe cristiana. Dicho con otras palabras, sólo la guerra defensiva era justa.

La Corona, basándose en ambos razonamientos, elaboró un documento jurídico denominado Requirimiento (1514) que legitimaba la Conquista. Este escrito debía leerse obligatoriamente a los indios antes de emprender las hostilidades y en él se exigía a los indios que aceptasen la fe cristiana y la soberanía del rey de Castilla, advirtiéndoles al mismo tiempo que se les daría guerra si se negaban a ello.” [Vázquez, Germán / Martínez Díaz, Nelson: Historia de América Latina. Madrid: Sociedad General Española de Librerías, 1990, pp. 108-110]

Juan Ginés de Sepúlveda

“Juan Ginés de Sepúlveda (c. 1490-1573), religioso y cronista español. Nació en Pozoblanco (Córdoba). Ingresó muy joven en la orden de los dominicos, y destacó pronto por su erudición tanto en las letras griegas como en las latinas, que adquirió en las universidades de Alcalá de Henares (Madrid) y Bolonia (Italia). Tradujo la Política de Aristóteles, cuya defensa de la esclavitud le influyó manifiestamente. Asimismo, en 1532 apareció su Antapollogia, en la que replicaba a Erasmo de Rotterdam. Desde 1535 fue capellán, confesor personal del emperador Carlos V (rey español Carlos I), de quien escribió una voluminosa crónica de carácter panegírico (De rebus gestae Caroli Quinti), así como preceptor del príncipe Felipe (el futuro rey Felipe II).

Autor de una historia de la conquista del Nuevo Mundo, titulada De rebus hispanorum gestis ad Novum Orbem, se convirtió en el defensor oficial de dicha empresa colonial, cuyo objeto entendía que no era otro que la evangelización de la población autóctona. Esto constituía un acto de caridad que los indios (a quienes consideraba inferiores a los españoles y, por tanto, susceptibles de sufrir la “guerra justa”) sólo podían compensar accediendo a someterse a servidumbre, ideas que expresa en su obra Democrates alter. A estas razones se oponía fray Bartolomé de Las Casas, con quien sostuvo un famoso debate en una junta de teólogos reunida en Valladolid en 1550 para deliberar sobre cómo proceder en la conquista y población de las Indias. Falleció en 1573, en Pozoblanco. ["Juan Ginés de Sepúlveda." Microsoft® Encarta® 2009 [DVD]. Microsoft Corporation, 2008]

El conquistador

 “Conquistador, término que, en la historiografía hispanoamericana, alude principalmente a los españoles que llevaron a cabo las labores de descubrimiento, conquista y colonización de América, entendiendo la voz descubrimiento como la expresión de lo que se ha venido a llamar recientemente el encuentro de dos mundos. El concepto conquistador no puede explicarse remitiéndose a un modelo arquetípico de hombre, porque el carácter y las acciones del conquistador no son únicas, sino que ofrecen muchas variantes.

Procedencia de los conquistadores

Los hechos, las crónicas y los documentos de la época muestran la diversa personalidad de unos hombres que debieron, además, adaptarse a diferentes circunstancias. Procedían, en su mayoría, de las tierras de Andalucía, Extremadura y Castilla, y pertenecían a todos los estratos sociales, predominando los hidalgos y escuderos, sin que faltaran los artesanos, mercaderes y algunos labradores. Fueron, como señaló Hernán Cortés, “hombres de diversos oficios y pecados”. Su formación cultural, de acuerdo con la tónica general de la época, fue más bien escasa, lo mismo que su formación guerrera. A pesar del carácter esencialmente militar de la conquista, muy pocos de sus protagonistas eran soldados de profesión o contaban con una experiencia previa en las guerras de Granada, de los Países Bajos o en las campañas de Nápoles.

Interpretaciones de la Conquista

Las acciones de los conquistadores españoles en América han sido enjuiciadas desde enfoques muy distintos. A la imagen del conquistador, que algunos historiadores españoles quisieron propagar, de fiel soldado, patriota y defensor de la doctrina cristiana en las nuevas tierras, se opone la visión del conquistador como hombre ambicioso, sin escrúpulos, ávido de oro, mujeres y tierras, cruel y sanguinario con los indios, que las denuncias de Bartolomé de Las Casas y la denominada leyenda negra contribuyeron a difundir. El conquistador español fue un hombre de su tiempo, moldeado por unas circunstancias históricas concretas, al que hay que valorar dentro de los cánones morales de su época y no desde los principios éticos actuales. El estudio de la Europa de aquel momento demuestra que lo que hoy consideraríamos crueldad e intolerancia religiosa, así como desprecio por los derechos humanos, eran características presentes en todo el continente.

Algunos historiadores han insistido en un lema que recoge las tres preocupaciones fundamentales o impulsos básicos del conquistador del Nuevo Mundo: “oro, gloria y Evangelio”. El aprecio por el oro, símbolo máximo de la riqueza, es innegable. Para Bernal Díaz del Castillo, él mismo participante en la conquista de México y cronista de aquellos hechos, los conquistadores iban a América “por servir a Dios, a su Majestad y dar luz a los que estaban en tinieblas, y también por haber riquezas, que todos los hombres comúnmente buscamos”. La codicia por el oro y otras riquezas fue, a la vez, aliciente para superar peligros y adversidades y causa de gran parte de la violencia y de las crueldades de los conquistadores. Pero el oro se ambicionaba no tanto como un fin en sí mismo, sino como un medio para conseguir poder y prestigio. Las tierras de América permitían a un hombre de baja condición social obtener riquezas, poder y reconocimiento de los demás. El conquistador anhelaba obtener un buen botín o una buena encomienda que le diera tranquilidad y bienestar para el resto de sus días, pero las aspiraciones de oro y riquezas no siempre se lograban, ni compensaban los grandísimos esfuerzos que las campañas requerían.

No faltaron los conquistadores que perdieron su fortuna recién adquirida en la financiación de una desgraciada campaña, que podía acabar también con su vida. Por otra parte, los distintos monarcas estuvieron siempre en guardia y no permitieron que se consolidaran los sueños feudales de los conquistadores, cuya máxima aspiración era la obtención de extensas tierras en señorío. El mayor beneficio que les concedieron fue la encomienda, pero por tiempo y con poderes limitados.

Objetivos de los conquistadores

Las hazañas emprendidas y la obtención de riquezas permitían el ascenso social y, lo que era más importante, ganar prestigio, gloria y fama. Para muchos conquistadores, el ‘hombre de honra’ era el hombre noble por excelencia, aquél que adquiría esta categoría no tanto por los títulos heredados de sus progenitores como por sus valiosas acciones. Las empresas americanas concedían esta nueva nobleza, más importante que la de sangre. Anhelaron un título de la nobleza de Castilla como reconocimiento por sus acciones, pero no les fue concedido. La antigua nobleza castellana no estaba dispuesta a aceptar en su seno a estos hombres de baja y oscura condición, nuevos ricos, arrogantes y altivos, que solicitaban honores y títulos. Muchos de estos conquistadores compensaron su carencia de títulos adoptando la dignidad externa de la nobleza, pero llevándola a extremos ostentosos y exagerados. El lujo de sus moradas y de sus atavíos era la expresión externa y simbólica del poder, del prestigio y de la honra que creían merecer y que querían mostrar a los demás.

Difundir el catolicismo y atraer a los indios a la doctrina cristiana (la denominada evangelización de América) fue un objetivo prioritario de la conquista, porque la legitimaba. Aunque resulte difícil reconciliar la guerra, los saqueos y los abusos perpetrados contra los indios con el deseo de propagar la religión cristiana, no debe olvidarse que el conquistador español estaba convencido de que se servía a Dios expulsando a los infieles de su tierra —como había sucedido con los musulmanes de la península Ibérica durante la Reconquista— o convirtiendo a los indios al cristianismo por la fuerza. Los conquistadores españoles dieron muestras de una religiosidad militante y agresiva propia de cruzados o de hombres que se creyeron predestinados para ensanchar los límites de la cristiandad y para difundir el Evangelio.

En la frontera entre las concepciones medievales y las renacentistas, el conquistador español del Nuevo Mundo quiso alzarse sobre un destino impuesto por su nacimiento y emular las aventuras de los héroes de las novelas de caballerías, en el horizonte de nuevas posibilidades y expectativas de poder y de gloria que América le ofrecía.” ["Conquistador." Microsoft® Encarta® 2009 [DVD]. Microsoft Corporation, 2008]

El hombre americano

“Es un error pensar, como siempre por inercia mental se ha pensado, que estos pueblos nuevos creador en América por España, fueron sin más España, es decir, homogéneos a la metrópoli o homogéneos entre sí, hasta un buen día en que se libertaron políticamente de la madre Patria e iniciaron destinos divergentes entre sí.

Pues bien; mi idea –fundada en el estudio del hecho colonial en toda su amplitud; por tanto, no sólo en la colonización española, sino en la de los otros pueblos de Oriente y Occidente, ahora y en otros tiempos– es totalmente inversa. Bajo tal nueva perspectiva lo que yo veo es que la heterogeneidad en el modo de hombre se inicia inmediatamente, crece y subsiste en la etapa colonial. El hombre americano, desde luego, deja de ser sin más el hombre español, y es desde los primeros años un modo nuevo del español. Los conquistadores mismos son ya los primeros americanos. La liberación no es sino la manifestación más externa y última de esa inicial disociación y separatismo; tanto, que precisamente en la hora posterior a su liberación, comienza ya el proceso a cambiar de dirección. Desde entonces –cualesquiera que sean superficiales apariencias y verbalismos convencionales– la verdad es que, una vez constituidos en naciones independientes y marchando según su propia inspiración, todos los nuevos pueblos de origen colonial y la metrópoli misma, caminan, sin proponérselo ni quererlo y aun contra su aparente designio, en dirección convergente, esto es, que entre sí y al mismo nivel, se irán pareciendo cada vez más, irán siendo cada vez más homogéneos. Bien entendido, no que vayan asemejándose a España, sino que todos, incluso España, avanzan hacia formas comunes de vida. No se trata, pues, de nada que se parezca a eventual aproximación política, sino a cosa de harto más importancia: la coincidencia progresiva de un determinado estilo de humanidad.” [José Ortega y Gasset: “En la Institución Cultural Española de Buenos Aires” (1939). En: Obras completas. Madrid: Revista de Occidente, 1961, volumen VI, p. 243-244]

A propósito del 12 de octubre

“En la Conquista hubo claros y oscuros. Frente a las diferentes interpretaciones, es necesario adoptar una perspectiva integral que nos permita contextualizar la problemática. Partimos del supuesto de que las civilizaciones son realidades históricas, y, para su comprensión, no se debe perder de vista el contexto histórico dentro del cual emergen y se explican. De igual manera es necesario tomar conciencia de que, en la mayoría de los casos, las conquistas suponen el reconocimiento de grandes expansiones territoriales de unos pueblos en detrimento de otros, y la institucionalización por dominio y derecho de conquista de unas culturas sobre otras.

Si bien con la conquista y la colonización castellana en América, la hibridación biológica se desarrolla entre estirpes raciales diferentes –la aborigen, la europea y la africana–, la imposición de la cultura castellana apunta a borrar toda continuidad de los elementos de organización política, religiosa, militar, administrativa, económica y educacional prehispánica.

Esta posición debe ser analizada dentro del contexto histórico de encrucijada de la España descubridora, unida a una Europa que políticamente caminaba hacia la consolidación de los estados nacionales y al fortalecimiento del poder real, y que, al mismo tiempo, mantenía vigentes los fundamentos ideológicos creados por la cristiandad medieval, que establecía la fe común como la mejor garantía de estabilidad del cuerpo social.

Pero había, a su vez, una España consustanciada con una cosmovisión esencialmente castellana, producto de siglos de presencia islámica, que desencadenó una sensibilidad religiosa particular; ello, sin duda, llevó como consecuencia a la concepción del proyecto de un gran destino misional. Esta España, en lo político, no necesitó más que asumir las propias raíces romanas para transformarse en vocación imperial.

Desde cualquiera de las dos perspectivas, se exigía a los miembros de la comunidad la constitución de una sola familia, unida por el culto a un mismo Dios, por la misma cultura, la misma sangre, el mismo comercio. Eso es lo que explica las expulsiones de comunidades religiosas; el edificio de la Reforma, la Contrarreforma y Trento; el surgimiento de nuevas congregaciones y órdenes religiosas, como la militante Compañía de Jesús, y la intransigencia en materia religiosa de su proyección indiana.

Sin embargo, la fe común, como la mejor garantía de estabilidad del cuerpo social, se contrapone a una sociedad multicultural, con la capacidad de convivir con diferentes códigos culturales, herencia del diálogo judeo-cristiano- islámico de la España medieval, con gran relevancia en el Humanismo, en los fenómenos peculiares del Renacimiento español y en el mestizaje biológico y cultural en la nueva sociedad que se coloniza.

La Corona castellana buscará, en toda su proyección imperial y americana, valores universales que hagan compatibles las diferencias y garanticen la unidad social, para evitar el quiebre de la cohesión en la sociedad. Valores que responden a un pensamiento político y jurídico inseparable de la Teología y de la moral.

La fe, la comunicación del derecho de gentes y la razón constituyeron los nuevos valores en que los tratadistas españoles se apoyaron para justificar la penetración de España en las Indias occidentales. Dichos valores darán sentido y dirección política a la empresa castellana, reflejada en el tono y en la forma de ocupación de las nuevas tierras, a partir del pensamiento de los teólogos juristas de la Escuela de Salamanca y de la legislación indiana.

La peculiaridad del Derecho castellano se basa fundamentalmente en la conciencia de que los derechos constituían factores esenciales y de que, por sobre el Rey, solo existían Dios y el Derecho. Principio que está expresado en el viejo Derecho castellano, según el cual “nadie es más que nadie en Castilla”, y que, en suelo americano, se enriquecerá con nuevos matices. La actitud del hispanoamericano, al obrar con el legítimo derecho de manifestar su voluntad soberana, imponía por libre elección la actitud de seguir su conducta ocasional; de tal modo, poniendo por sobre su cabeza la orden Real, afirmaba: “acato, pero no cumplo”. Las consecuencias derivadas de ello son de suma importancia.

El título de España de ninguna manera fue el derecho de conquista admitido por las ideas de la época, que apoyaba el dominio temporal del papado sobre el mundo ajeno a la Cristiandad. Se trataba de un derecho político pleno, con la facultad territorial propia de los monarcas europeos de la época. Los escolásticos españoles, en una amplia elaboración sistemática y de acuerdo con los postulados del tomismo –la Suma Teológica de Santo Tomas–, irán eliminando las ideas teocráticas y desvirtuando los títulos de conquista tradicionales en que se fundaba la ordenación del mundo; buscarán, en lugar de ello, un camino sustentado en una soberanía subordinada al fin religioso, cuya validez ayude para dicho fin. En la Recopilación de las Leyes de Indias –ley 1, título 1, libro III–, se registra el doble carácter político y misionero que se confiere al Estado español en Indias.

Con un mínimo de organización, se iniciaba el gobierno del Reino de Indias. En menos de cincuenta años, una multiplicidad de células políticas dará unidad histórica y política al espacio conquistado. Surgen así la Audiencia de Santo Domingo, en 1512; el Virreinato de la Nueva España en 1535; el Virreinato del Perú, en 1542; todos ellos, vertebrados en Audiencias, Gobernaciones, Alcaldías mayores o Corregimientos y Municipios. 

Para las leyes y para el pensamiento de gobernantes y juristas, el espacio descubierto no eran colonias, sino el Reino de Indias, incorporado en el mismo plano de igualdad jurídica que Castilla y León, “independiente de toda vinculación con el estado o nación española y sus habitantes y pobladores, vasallos del Rey de Castilla, pero no súbditos del estado español”, y, como lo declaró la Junta Suprema de Sevilla en enero de 1809, “parte esencial e integrante de la monarquía española”.

La Institución sobre nuevos descubrimientos del año 1556, consecuencia de la enseñanza dominica de la Escuela de Salamanca, dirigida por Francisco Vitoria, ya no va a notificar a las Indias su incorporación en el dominio castellano, sino a persuadir a los indios de que, de su voluntad, vengan “a la sujeción de la Corona por pactos libres Y después de persuadirlos y reducidos a nuestra amistad y obediencia, tratéis con ellos en nuestro nombre ofreciéndoles, declarándoles, prometiéndoles y jurándoles el buen y suave tratamiento que entendemos hacer, guardándoles todos sus privilegios, preeminencias, señoríos, libertades, leyes y costumbres”. De igual manera, las Ordenanzas de Felipe II, de 1573, conceden mayor respeto a la libre voluntad de los indios.

Las modalidades del pacto vitoriano deben ser entendidas dentro del contexto histórico en que este está inmerso, pues, sin dicha consideración, no es posible su exacta valoración. Tales modalidades fueron, en líneas generales, las asumidas por las relaciones de vasallaje personal vigente en la Edad Media española.”

[Liliana Asfoura (Argentina): “A propósito del 12 de Octubre”. Pensar Iberoamérica. Revista de cultura – OEI]

"Sólo dañamos a los demás cuando somos incapaces de imaginarlos", leí en algún libro, no sé si de Todorov o de Carlos Fuentes. La frase se refería a gestas lejanas, como fueron la Conquista española de América o las guerras coloniales europeas del siglo XIX, cuando las crueldades de aquéllas, sufridas por pueblos "inferiores", se revestían con un nimbo de altruismo y heroicidad: misión evangelizadora o aportación de las luces de la civilización a su barbarie y atraso. [Juan Goytisolo: "Ver, imaginar, sentir, el dolor ajeno", en El País, 13/01/2009]