HUMOR

Chistes españoles - 3

(Recop.) Justo Fernández López

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–Papá, ¿qué es el amor?

–Es la luz de la vida, hijo mío.

–¿Y el matrimonio?

–Es la factura que te llega después.


Un paciente clama angustiado:

–¡Doctor, odio a mis padres, a mi mujer, a mis hijos, a mis amigos...!  

El médico se asombra:

–Pero... ¿por qué me lo cuenta a mí?

-¿Acaso no es usted el médico del odio?

–¡No, hombre! ¡Del oído!


–¿Se puede saber por qué le pega usted a mi hijo?

–Porque me ha llamado “gorda”.

–¿Y usted cree que pegándole va a adelgazar?


–Si usted sigue tirando la basura en mi jardín, no tendré más remedio que dar parte a la policía.

–Por mí, como si se la da toda.


–Mi perro tiene ocho patas.

–¡Imposible!

–Pues sí: dos delante, dos detrás, dos a un lado y dos al otro.


–Oye, ¿por qué abres las cortinas de tu casa cuando tu esposa se pone a practicar sus lecciones de canto?

–Para que los vecinos no vayan a pensar que le estoy dando una paliza.


–¿Asistencia técnica? Les llamo porque no me funciona el módem.

–Dígame qué luces tiene encendidas.

–Pues solo la del salón y la del pasillo.

–Mire, mejor le enviamos un técnico.


–Me han dicho que te casaste. ¿Cómo es eso del matrimonio?

–Pues al principio muy bien, pero en cuanto sales de la iglesia...


Pasa una comitiva de un entierro por un pueblo y un turista pregunta:

–¿Y quién es el fallecido?

–El que va en la caja.


–Buenos días, venimos por lo de la terapia de pareja.

–Pues lo primero que tienen que hacer es aparcar las diferencias.

–Eso lo hago yo. Mi mujer no sabe conducir.


–Doctor, ¿me queda mucho tiempo de vida?

–Señora, tiene usted una excelente salud, no se preocupe que vivirá ochenta años.

–Pero doctor, acabo de cumplir los ochenta.

–¿Ve? ¿Tengo o no tengo razón?


Un andaluz le dice a su mujer castellana:

–Me voy de caza.

–¿Y no llevas la escopeta?

–No, me voy de caza pa ziembre.


–Hijo, acércate a casa del vecino y pídele prestado el martillo.

–El vecino dice que no nos lo presta porque se gasta.

–¡Será rácano el tío! Bueno, pues saca el nuestro.


–¿Sabes por qué las focas del circo miran siempre hacia arriba?

–Miran para los focos.


–Cuénteme su versión de los hechos.

–Pues mire, señor juez, estoy yo en la cocina con el cuchillo de cortar el jamón, entra mi mujer, tropieza, se cae sobre el cuchillo y se lo clava en el pecho. Y así hasta dieciséis veces. Fue todo un accidente.


–¿Qué tal el examen?

–Fatal, dejé la hoja en blanco.

–¿Y a ti?

–Igual, en blanco.

–Ahora van a pensar que nos hemos copiado.


En un bar:

–¿Hoy vino solo?

–Hombre, lo prefiero con una tapita.


–¡Qué buena está la paella!

–Pues repite.

–¡Qué buena está la paella!


–¿Cómo sale un elefante de una piscina?

–Pues mojado.


–¿Cómo te llamas?

–Pablo. Aunque cuando estornudo todos me llaman Jesús.


–Mamá, en el colegio me llaman hijo de vaca.

–Muuuurmuraciones, hijo, todo muuuurmuraciones.


En la escuela:

–A ver Pepito, ¿qué me puedes decir de la muerte de Napoleón?

–Pues que lo siento mucho.


–Mamá, en el cole hemos aprendido a hacer explosivos.

–¿Y qué vais a aprender mañana en el colegio?

–¿En qué colegio?


–Esposa, ¿qué hace ese tío debajo de mi cama?

–Pues debajo no sé, pero encima... ¡maravillas!


–Me he puesto a dieta.

–¿Y cuánto has perdido?

–Una semana.


–¿Cuál es su nivel de ruso?

–Excelentovsky.

–No sabe usted nada, ¿verdad?

–Exactovsky.

–Ya se puede marchar.

–Hasta luegovsky.


Un empresario escribe una carta a otra empresa recomendando un empleado muy vago:

–“Será usted afortunado si consigue que el portador de esta carta trabaje para usted”.


El jefe de una empresa da la bienvenida a un nuevo empleado.

–¿Cómo se llama usted?

–Carlos, señor.

–No acostumbro a llamar a mis empleados por el nombre de pila. Diga sus apellidos.

–Carlos Cielo Querido.

–Muy bien, Carlos, bienvenido.


Dos borrachos regresan a su casa a altas horas de la mañana.

–Oye, no le digas a mi mujer dónde hemos estado esta noche.

–¿Y dónde hemos estado?


–¿Qué te parece mi nuevo novio?

–Excelente chico, se merece una buena mujer a su lado. Y te recomiendo que te cases con él antes de que la encuentre.


–Jaimito, ¿quién fue Juana de Arco?

–Una drogadicta.

–¡Qué barbaridad! ¿De dónde sacas eso?

–Mi libro de texto dice que murió por heroína.


Diálogo entre dos niñas:

–¿Qué le vas a pedir a los Reyes Magos?

–Un tampax.

–¿Y qué es eso?

–No lo sé exactamente, pero tiene que ser algo alucinante, pues en la tele dicen que peudes correr, nada, saltar, bañarte... ¡y no te pasa nada!


 Diálogo entre locos:

–Te digo que yo soy el hijo de Dios.

–Imposible, el hijo de Dios soy yo.

Pasa un tercer loco y le preguntan:

–Tenemos una discusión. Este dice que él es el hijo de Dios, y eso es imposible porque el hijo de Dios soy yo.

–Pues no tenéis razón ninguno de los dos. Yo no tengo hijos.


–¿De qué murió?

–De cataratas.

–¿Le operaron?

–No, le empujaron.


–Papá, tengo dos noticias: una buena y otra mala.

–Dime primer la buena.

–Que he aprobado todas las asignaturas.

–Estupendo. ¿Y la mala?

–Que es mentira.


En la escuela:

–Todo el que se crea un ignorante que se ponga de pie.

Nadie se pone de pie. Al final, Jaimito se decide a levantarase.

–Jaimito, ¿tú te crees un ignorante?

–Pues no, señorita. Solo que me da pena ver que es usted la única que está de pie.


–Mi hijo se siente como pez en el agua en su nuevo trabajo.

–¿Y qué hace?

–Nada.


Mi mujer está encantada conmigo. El otro día me dijo que soy el mejor amante de todo el barrio, y con diferencia.


–Papá, ¿qué se siente al tener un hijo tan inteligente?

–No sé, pregúntale a tu abuelo.


Un niño en la farmacia:

–¿Me da un preservativo para mi madre?

–Querrás decir para tu padre.

–No, mi pare está de viaje en el extranjero.


En la oficina de empleo:

–¿Tiene algún trabajo para mí?

–¿Le interesa de jardinero?

–¿Dejar dinero? No tengo ni un céntimo


Era una señora tan gorda tan gorda, que cuando se subía a una bácula, en la pantalla salía: “Continuará”.


–Amor, ¿estoy gorda?

–Por supuesto que no, mi Buda! Perdón... quise decir mi vida.


–Señora, soy el médico de su marido. Le ha caído una manzana en la cabeza.

–¿Y cómo está?

–Pues herido de ‘gravedad’.


–Mi mujer me ha echado de casa, ¿puedo quedarme unos días en la tuya?

–Sí, pero tendrás que hacer la cama.

–No hay ningún problema.

–Bien, pues empieza tomando clavos, madera y cola...


–¿Me podría dar su número de DNI sin la última letra?

–Tome nota: sie..., cinc..., nuev...


–Doctor, estoy muy preocupado. El pelo se me cae a mechones. ¿Puede darme algo para conservarlo.

–Pues mire, tome esta caja en la que le va a caber todo.


–Dime con quién andas y te diré quién eres.

–Ando con tu hermana.

–Pues entonces eres mi cuñado.


En la pescadería:

–Me ha dicho mi mujer que me ponga bonito.

–Pues dile a tu mujer que esto es una pescadería y no hacemos milagros.


–Oiga, ¿me podría decir el futuro?

–¿De qué verbo?


–María, ¿cuándo vas a dejar de ser celosa?

–Cuando me llames por mi nombre, ¡me llamo Ana.


–Papá, ¿por qué no me llevas al circo?

–Porque el que quiera verte que venga a casa.


–Amor, estoy embarazada. ¿Qué te gustaría que fuera?

–Una broma.


–Hijo mío, si mañana no apruebas el examen final, olvídate que soy tu padre.

Al día siguiente, llega el hijo a casa del colegio:

–Hola hijo. ¿Cómo te ha ido en el examen?

–Perdone, ¿usted quién es?


–Cielo, es mi cumpleaños, ¿con qué regalo me vas a sorprender?

–¿Ves aquel coche blanco del fondo?

–¡Sííí!

–Pues con una licuadora del mismo color.


En una panadería:

–¿Me podría dar un funcionario.

–¿Cómo dice?

–¡Huy, persona! Quería decir una baguete.


–Marta, si me pagare un tiro, ¿lo sentirías?

–Pues claro, no soy sorda.


–Mi mujer me ha dicho que o le presto atención cuando habla o no sé qué más...


Con el odontólogo:

–Mire, le tengo que sacar seis dientes.

–¿Y eso duele?

–Hombre, a veces me dan calambres en el brazo.


Un niño pecoso se va a confesar:

–¿Pecas hijo?

–Pues hasta en el culo, padre.


­–Doctor, vera, me toco aquí y me duele; me toco en otro sitio, y me duele...

–Lo que usted tiene es un dedo roto.


–¡Arriba las manos! ¡Esto es un atraco! ¿Tiene algo de valor?

–De valor nada, siempre he sido un cobarde toda la vida.


–Mamá, no me esperes hoy por la noche.

–¿Por qué, dónde vas a ir?

–¡Porque ya he llegado!


Queridas matemáticas: A ver si maduráis y resolvéis por fin vuestros problemas.


–¿Ayer se escribe con h?

–Claro que no.

–¿Y hoy?

–Hoy sí.

–¡Cómo cambian las cosas de un día para otro!


Mujer al marido: Arréglame el grifo.

Marido: ¿Es que soy yo fontanero?

El marido se va al bar. Cuando vuelve por la noche, el grifo está arreglado.

–María, ¿quién arregló el grifo?

–El vecino.

–¿Y qué te pidió por ello?

–Me dio a escoger: o una tarta o dormir conmigo.

–¿Y qué elegiste?

–¿Es que soy yo pastelera?


Un científico explica los nuevos avances de la ciencia:

Aquí tenemos una langosta. Si le corto una pata, salta 20 centímetros. Si le corto otra pata, salta 10 centímetros. Ahora le voy a cortar todas las patas. Y verán lo que hace.

¡Salta, langosta, salta!

La langosta no salta. Conclusión: Una langosta sin patas no oye.


En una lechería:

–Deme un litro de leche.

–Lo siento. Medirlo puedo, pero no tengo con qué cortarlo.


Dos locos en una habitación oscura. Uno enciende una linterna.

–¿A que no eres capaz de subir por el rayo de luz hasta el techo?

–Claro, y luego apagas la linterna y me doy un trompazo padre.


A un tartamudo le piden la hora por la calle.

–Oiga, ¿qué hora es?

–Tan, tan, tan...

–¿Las tres?

–Tan, ten, tan, tan...

–¿Las cuatro?

–Taaaampoco llevo reloj.


Un joven matrimonio recibe la visita de unos amigos que se sorprenden a ver que en la habitación la joven pareja duerme en camas separadas. El marido les explica cómo se arreglan para cumplir sus obligaciones matrimoniales.

–Cuando yo quiero dormir con mi mujer, le silbo y ella viene a mi cama.

–¿Y cuándo ella quiere dormir contigo?

–Ah, pues ahora comprendo por qué de vez en cuando me pregunta por la noche. “¿Silbaste, Manuel?”


Un burro ante un montón de hierba:

“¡Qué raro! No pienso y, sin embargo, existo.


Un viejo en un banco de un parque observa cómo una madre de pechos gigantescos da de mamar a un bebé. Curioso pregunta a la madre:

–Disculpe, señora, pero el bebé chupa o sopla.


¿Por qué tanta diferencia y discusión entre República y Monarquía cuando podemos pensar en una Rey-pública?


¿Cuál es el colmo de un casado? Que su querida le traicione con el querido de su mujer.


Un señor entra en una cafetería y se sorprende al ver que en una silla estaba sentado un perro que pasaba, una tras otra, las hojas de una revista ilustrada. El camarero le explica:

–No tome muy en serio al perro. No sabe leer, se limita sólo a ver los grabados.


Dos cazadores inexpertos salen a cazar.

–Este debe ser un buen sitio de perdices.

–Querrás decir de conejos...

–No, de perdices.

–De conejos.

Y ninguno da su brazo a torcer, hasta que el primero dice:

–Pronto saldremos de dudas, porque mira cómo se mueve aquel matorral.

Y ni corto ni perezoso dispara y echa a correr para ver de qué se trataba.

–¿Y qué era? –pregunta su compañero.

–Pues, por la documentación, electricista.


Un niño lleva una vaca al toro y se cruza por el camino con el viejo párroco del pueblo.

–Niño, ¿adónde llevas esa vaca?

–Al toro.

–¿Y no lo puede hacer tu padre?

–Mi padre dijo que esto sólo lo puede hacer el toro.


Se apaga la luz. Un franciscano reza para que vuelva la luz. Un dominico medita. Otro mira piensa en las musarañas. Un jesuita se levanta y cambio los plomos.


Sí que puedes prestar libros, pero sólo cuando tengas dinero para volver a comprarlos.


El padrino estaba un poco escamado. Se había pensado en cincuenta invitados y en el comedor había muchos más. Y fue entonces, antes de sentarse a la mesa, cuando se le ocurrió la idea. Dijo en voz alta:

–Por favor: los invitados de la novia que se pongan a este lado, y los del novio, allí.

Y se formaron dos grupos considerables. Y el padrino siguió:

–Ahora los de los grupos, a la calle todos... Esto es un bautizo.


–¡Ande, hombre, entre, no se quede en la puerta!

–No me atrevo, traigo los pies llenos de barro.

–No importa, déjese las botas puestas.


–Y usted, ¿cuántos hijos tiene?

–Cuatro, señor: Aurora, Isabel, Pedrito y Jaimito, y cinco más que se murieron.

–¿Y cómo se llamaban los muertos?

–Pues mire usted, en este pueblo a los muertos los llamamos difuntos.


Y dicen que los andaluces nos comemos las “eses”, y mire usted lo que le ha pasado a la familia de mi vecino por comerse las “zetas” [= setas]: todos envenenados.


–Una limosna, por favor, que tengo que dar de comer a doce hijas.

–¿Y les puede dar de comer a las doce?

–Pues a las doce o a la una, cuando llego a casa.


–¿Cuántas lenguas domina usted?

–Pues todas, menos la de mi suegra.


–Señora, usted me falta.

–¿En qué le falto yo a usted?

–Usted me falta para completar mi felicidad.


–¿Por qué enflaquece el que se arruina en Inglaterra?

–Porque pierde muchas libras.


En la instrucción de reclutas:

–A ver, soldado, ¿qué tratamiento tiene un coronel?

–Usía.

–¿Y un general?

–Vuecencia.

–¿Y un cardenal?

–Yodo.


Mala memoria.

Un señor que tiene mala memoria llama por teléfono y pregunta:

–¿Está en casa la señora de..., de...? Bueno, no recuerdo su nombre.

–¡Bah! No tiene importancia, señor. La señora no está.


–¿Qué tal, señor González? ¿Cómo está usted? Lo encuentro muy cambiado.

–Perdone, pero es que no soy el señor González.

–¿Cómo...? ¿Ha cambiado usted también de nombre?


Meier llega a casa y encuentra en el dormitorio un cigarro encendido.

–¿De dónde viene este cigarro puro?

La mujer no contesta. De repente se oye una voz que sale del armario y dice:

–¡De la Habana!


–Jaimito, si eres bueno, la cigüeña te va a traer un hermanito.

–Caramba, papá, la ciudad está llena de mujeres guapísimas y tú vas a dormir con una cigüeña.


–Yo, cuando tomo café, no puedo dormir.

–A mí me ocurre lo contrario, que cuando duermo no puedo tomar café.


–Yo no puedo poner mi nombre en mi establecimiento.

–¿Por qué?

–Porque me llamo Malvino Aguado y Caro.


 El campesino a la campesina:

–Si tú pudieras poner huevos, podríamos vender todas las gallinas que gastan tanto pienso.

La campesina al campesino:

–Y si tú no fueras tan flojo en la cama, podríamos despedir al criado, que nos cuesta un buen sueldo al mes más el seguro social.


–¿Oiga, es el 823 12 90?

–No, es el 643 12 90.

–¡Pero si he marcado bien!

–Pues entonces perdone, yo me habrá confundido al descolgar.


Un albañil sufre un accidente y pierde una oreja. El hombre grita desesperado:

–¡Mi oreja, mi oreja!

Un compañero trata de consolarle:

–Aquí está. La encontré.

–Eso no es la mía, la mía tenía un lápiz.


Un soldado de infantería no muestra mucho celo por el arma, pero es buena persona. El general lo llama y en tono benévolo le da un consejo:

–Mire, Paquito, usted es buena persona, pero para el arma de artillería no vale, está fuera de lugar. Le voy a dar un consejo: Cómprese un cañoncito de segunda mano y póngase por su cuenta.


¿Qué hace un policía de tráfico si le toca la Primitiva? Se compra un cruce de calles y se pone por su cuenta.


–Tu hija que trabaja en Alemania he oído que se ha hecho pro...

–¿Protestante?

–No, prostituta.

–Ah, eso es otra cosa.


Una joven monjita a sus compañeras cómo lo pasó en el Congo con la revolución cuando hubo tantas violaciones de misioneras. Según va narrando, se va riendo a carcajadas ante la perplejidad de las otras monjas:

–Iba sola por la selva y de repente se me planta un tipo delante que me quería violar. Yo le dije que de acuerdo. Él se quitó el cinto, yo me quité el chal; él se quitó la camisa, yo me quité la blusa; él se bajó los pantalones... y cuando los tenía en los tobillos, yo eché a correr y él no me pudo perseguir porque tropezó y se cayó de bruces.


Tres párrocos cuentan cómo reparten el dinero de las limosnas:

Andaluz: Yo marco una raya, tiro el dinero al aire, lo que caiga a la derecha de la raya es para Dios.

Extremeño: Yo marco un círculo, lo que caiga dentro es para mí, el resto para Dios.

Gallego: Yo tiro el dinero al aire, que Dios agarre el que pueda, porque lo que caiga para abajo es mío.


–¿Sabes por qué los de Lepe nunca salen de vacaciones?

–Porque cuando van a salir hay un cartel que dice: “Huelva”.


–¡Marujita! ¡Eres una descarada! ¡Mira cómo has salido en la foto!

–¡Oh! ¡Si no se me ve la cara!

–Lo que te he dicho, una descarada.


–¿Cómo te llamas?

–Yo Miguel, ¿y tú?

–Yo no.


Masoquista dice al sádico: “Hazme sufrir”.

El sádico al masoquista: “De eso nada, monada”.


Un catalán se asoma a un precipicio, resbala y cae al vacío. A 20 metros del suelo consigue agarrarse a una rama seca que sale de una grieta del acantilado. La rama se dobla, pero no se rompe. Sin embargo, el catalán la oye crujir peligrosamente. Entonces, voz en grito, nuestro hombre pide socorro. Nadie le responde. El catalán grita más fuerte, soltando un par de sentidos tacos. Esta vez el catalán oye una voz cavernosa que parece provenir de detrás de las nubes:

–Calma, hijo, calma. Yo me ocupo de salvarte. Soy Dios. Ahora mismo te mando a tu ángel de la guarda. Bajará planeando hasta colocarse debajo de ti. Entonces tú te dejarás caer suavemente sobre el plumón de sus alas y él te bajará sin tropiezos hasta el suelo.

Silencio del catalán. Entonces Dios, ligeramente amoscado, le pregunta:

–¿Supongo que tendrás confianza en tu ángel de la guarda?

El catalán tarda en contestar:

–Sí, pero oiga... ¿es que no hay nadie más?


Cuando un médico se equivoca no queda otra salida que echarle tierra al asunto.


Una mujer policía multa a un Premio Nobel de Literatura por haber dejado mal aparcado su coche:

–¿Es que no sabe usted leer?


Una vieja señora pregunta a un nigeriano:

–¿Oiga, usted es negro, verdad?

–Sí señora. ¿Y cómo lo ha sabido?

–Hombre, por el acento.


Muere Pepe el Friolero. Después de unos años muere su mujer y quiere saber dónde se encuentra el alma de su marido. Va al cielo, allí no está. Va al purgatorio, tampoco. Se acerca al infierno por un túnel muy largo en el que reina un calor insoportable. Al final del túnel ve un resplandor de fuego, es la puerta incandescente del infierno. Coge una piedra y la tira contra la puerta para que le abran. Un demonio, que hace de portero de turno, entreabre la puerta para ver quién llama y se oye un voz desde dentro del infierno:

–¡Esa puerta, que hay corriente!


Un gitano está muy enfermo. Su mujer llama al médico, que llega, lo examina y ve que ya no tiene remedio. Al salir de la habitación, le dice a la esposa del enfermo de muerte:

–Mire, señora, su marido está enfermo de muerte. No me atrevo a decírselo porque le acortaría aún más su vida. Es mejor que muera sin saberlo, que muera tranquilo. La noticia le amargaría los últimos días de su vida.

–Mire, doctor, usted no se preocupe que yo se lo diré de una manera que lo va a entender sin asustarse.

La esposa entra la habitación del enfermo y le dice en tono alegre y muy natural:

–Mira, Juan, el doctor dice que tiene un pie en la sepultura y el otro en una cáscara de plátano.

El marido se ríe y se queda tranquilo diciendo:

–En realidad, Matilde, tienes un humor que resucita a los muertos.


–Mire, somos de la televisión. ¿Cuál es la persona más vieja de todo este pueblo?

–Pues ahora nadie. La más vieja murió hace dos semanas.


–Hija mía, si Ricardo te propone casamiento, dile que hable conmigo.

–Y si no me lo propone.

–En ese caso, hablaré yo con él.


–El dolor que usted tiene en la pierna derecha es por su edad.

–No puede ser. La pierna izquierda tiene la misma edad y no me duele.


Dos amigos están en un bar. Uno de ellos está mirando continuamente hacia la puerta de entrada. El compañero se mosquea y le pregunta:

–¿Esperas a alguien?

–No. Estoy vigilando que no se lleven mi abrigo. El tuyo se lo han llevado hace diez minutos.


Un señor estaba arreglando las tejas del tejado de su casa. Resbaló y se cayó a la calle. Llega corriendo la policía y le pregunta al herido:

–¿Qué pasó?

–Pues yo no sé. Pregunta usted a otro porque yo acabo de llegar.


Un mendigo con unas gafas oscuras pide limosna en la calle:

–Tenga usted piedad con este pobre ciego que no tiene trabajo y tiene que mantener a una familia numerosa.

–Oiga, buen señor, y ¿cuántos hijos tiene usted que mantener?

–Pues no lo sé, señora; como no veo...


–¿Por qué le pegó usted a su esposa?

–Pues por casualidad, porque en general es ella quien me pega a mí.


–¿Por qué saludas a aquella chica tan maja? ¿Por casualidad la conoces?

–Pues sí. Imagínate, es mi novia.

–Y ¿quién es el otro que la está abrazando?

–Pues el otro soy yo.


–Este reloj lo gané en una memorable carrera.

–¿Contra quién?

–Contra dos perros, tres policías y el dueño del reloj.


–Oye, ¿cómo te va con tus conquistas amorosas?

–Más o menos.

–Me dijeron que anteayer te vieron con una mujer de bandera, muy guapetona ella.

–En efecto, macho; cual la vi me dije: “¡Qué cara tan chula!”

–¿Y...?

–Pues nada, a los pocos días de salir juntos cambié de opinión y ahora digo: “¡Qué chula tan cara!”


Muere Sor Pura y su alma comienza a subir al cielo. Sube, sube y sube. Cuando llega a la puerta del cielo, San Pedro abre la puerta de par en par para recibirla. Pero Sor Pura sigue ascendiendo hacia arriba. San Pedro se asoma a la puerta y le grita:

–¡Sor Pura, diga “coño”, que se pasa!


La vida es una verdadera tragedia. A ti se te ha muerto tu padre ayer y a mí se me ha ido hoy la leche por el fuego.


Llega el marido a casa, cansado de trabajar, y su señora le dice:

–La luz no funciona, arréglala.

–¿Es que soy yo electricista?

Al día siguiente el grifo estaba roto. La misma pregunta de la mujer y la misma respuesta del marido:

–¿Es que soy yo fontanero?

Al día siguiente todo estaba arreglado. El marido pregunta a la mujer:

–¿Quién arregló todo esto?

–El joven del piso de al lado.

–Y ¿cuánto te cobró?

–Nada. Dijo que o dormía con él o le cantaba un aria de una ópera.

–Y ¿qué hiciste?

–¿Es que soy yo la Callas?


Un borracho llega a casa e intenta abrir la puerta con un puro. Lo intenta varias veces hasta que se da cuenta, y entonces exclama sorprendido:

–¡Coño, me fumé la llave!


–¿Cuántos años tiene usted, señora?

–Me estoy acercando a los cuarenta.

–¿Por delante o por detrás?


Un marido en el lecho de muerte le dice a su mujer:

–Me voy a morir, pero antes me gustaría saber una cosa: ¿alguna vez me pusiste los cuernos?

–¿Y si después no te mueres?


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