Hispanoteca - Lengua y Cultura hispanas

 

Fábulas

(comp.) Justo Fernández López

Lengua española

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El ruiseñor, el canario y el buey

 

Junto a un negro buey cantaban

un ruiseñor y un canario,

y en lo gracioso y lo vario

iguales los dos quedaban.

"Decide las cuestión tú",

dijo al buen el ruiseñor;

y metiéndose a censor

habló el buey, y dijo: Mu.

[Juan Bautista Arriaza (1770-1837)]

 

Los viajes

 

Un pescador, vecino de Bilbao,

cogió, yo on sé dónde, un bacalao.

"¿Qué vas a hacer conmigo?",

el pez le preguntó con voz llorosa.

El respondió: "Te llevaré a mi esposa;

ella, con pulcritud y ligereza,

te cortará del cuerpo la cabeza;

negociaré después con un amigo,

y si me da por ti maravedises,

irás con él a recorrer países."

"¡Sin cabeza! ¡Ay de mí", gritó el pescado.

Y replicó el discreto vascongado:

"¿Por esa pequeñez te desazonas?

Pues hoy viajan así muchas personas."

[Juan Eugenio Hartzenbusch (1806-1880)]

 

El viejo y la muerte

 

Llevando un pobre viejo una carguilla de leña del monte a su casa, tropezando al acaso en una raíz de un árbol, dio consigo y con la carga en tierra, donde levantado, sentándose a par de su carga, comenzó a lamentar su miseria y trabajo y llamar a la muerte que viniese presto.

La muerte, acudiendo a sus voces y presentándose delante, le dijo cómo estaba allí presta para lo que de ella quisiese. Respondió el viejo entonces:

–Quería que me ayudase a cargar esta carguilla de leña que se me ha caído y no tengo quien me ayude.

Los hombres llaman a la muerte ausente

mas no la quieren ver cuando presente.

 

[Sebastián Mey (1613): Fabulario. Nueva Biblioteca de Autores Españoles, tomo XXI]

 

El padre y los hijos

 

Un labrador, estando ya para morir, hizo llamar delante de sí a sus hijos, a los cuales habló de esta suerte:

–Pues se sirve Dios de que con esta dolencia tenga mi vida fin, quiero, hijos míos, revelaros lo que hasta ahora os he tenido encubierto, y es que tengo enterrado en la viña un tesoro de grandísimo valor; y es menester que pongáis diligencia en cavarla si queréis hallarle.

Y sin declarar más, partió de esta vida.

Los hijos, después de haber concluido con el entierro del padre, fueron a la viña, y por espacio de muchos días nunca entendieron sino en cavarla, cuándo en una y cuándo en otra parte; pero jamás hallaron lo que no había en ella, bien es verdad que, por haberla cavado tanto, dio sin comparación más fruto aquel año que solía dar antes de muchos. Viendo entonces el hermano mayor cuánto se habían aprovechado, dijo a los otros:

–Verdaderamente, ahora entiendo por la experiencia, hermanos, que el tesoro de la viña de nuestro padre es nuestro trabajo.

En esta vida, la mejor herencia

es aplicar trabajo y diligencia.

 

[Sebastián Mey (1613): Fabulario. Nueva Biblioteca de Autores Españoles, tomo XXI]

 

El cura de Torrejón

 

Alonso Fresnedo, cura de Torrejón, concertó con Juan Carrasquero, escribano, que viniese a su casa al día siguiente, porque le había de emplear en cierto menester que les importaba mucho. Y encargóle una, dos y muchas veces que no lo hiciese falta. Respondiendo el otro que perdiese cuidado, le volvió a decir:

–Mirad que del todo me echaríais a perder; por tanto, desengañadme, y si habéis de venir, no me hagáis burla.

–Yo os prometo –díjole Carrasquero– que, si no muero, acudiré luego de mañana, que no seréis aún vos levantado, y si acaso no viniese tan presto como os digo, sin duda ninguna me podéis dar por muerto.

El cura le estuvo a la mañana esperando, y eran ya más de las nueve. Por donde, viendo que no venía, mandó al sacristán tañese a muerto. El sacristán comenzó a tocar a grande priesa. Oyendo esto los del pueblo, acudieron muchos de ellos a saber quién era el muerto, y preguntándoselo al cura, les respondió que Juan Carrasquero.

–Tan bueno y sano estaba como yo anoche –dijeron algunos de ellos–; Dios le haya perdonado.

Y corrieron en grande número a su casa a darle a su mujer el pésame. Pero halláronle a la puerta ya, que iba a casa del cura, y diciéndole:

–¿Cómo que no sois muerto? Pues el cura nos ha dicho que sí.

Él se fue muy bravo al cura y le riñó mucho por lo que había hecho.

–¿Cómo –le dijo el cura–, no me dijiste anoche que creyese que eras muerto si a la pinta del día no estabas aquí? Pues creyendo yo que decías verdad y que realmente serías muerto, he mandado que se hiciese lo que por los otros muertos se acostumbra. Y fuera razón que me lo agradecieras mucho.

Si hicieres al ingrato algún servicio,

publicará que le haces maleficio.

 

[Sebastián Mey (1613): Fabulario. Nueva Biblioteca de Autores Españoles, tomo XXI]

 

El gallo y el diamante

 

Escarbando el gallo en un muladar, halló un diamante muy fino, y dándole con el pie, dijo así:

–Alguno se tuviera por dichoso en hallarle, y te hiciera mucha fiesta; pero de mí no te digo que holgara más de un puñado de cebada, que de todas las piedras del mundo.

No se precisa una cosa ni codicio

si no es donde hay de su valor noticia.

 

[Sebastián Mey (1613): Fabulario. Nueva Biblioteca de Autores Españoles, tomo XXI]

 

La lechera

 

Llevaba en la cabeza
una Lechera el cántaro al mercado
con aquella presteza,
aquel aire sencillo, aquel agrado,
que va diciendo a todo el que lo advierte
«¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!»

Porque no apetecía
más compañía que su pensamiento,
que alegre la ofrecía
inocentes ideas de contento,
marchaba sola la feliz Lechera,
y decía entre sí de esta manera:

«Esta leche vendida,
en limpio me dará tanto dinero,
y con esta partida
un canasto de huevos comprar quiero,
para sacar cien pollos, que al estío
me rodeen cantando el pío, pío.

»Del importe logrado
de tanto pollo mercaré un cochino;
con bellota, salvado,
berza, castaña engordará sin tino,
tanto, que puede ser que yo consiga
ver cómo se le arrastra la barriga.

»Llevarélo al mercado,
sacaré de él sin duda buen dinero;
compraré de contado
una robusta vaca y un ternero,
que salte y corra toda la campaña,
hasta el monte cercano a la cabaña».

Con este pensamiento
enajenada, brinca de manera
que a su salto violento
el cántaro cayó. ¡Pobre Lechera!
¡Qué compasión! Adiós leche, dinero,
huevos, pollos, lechón, vaca y ternero.

¡Oh loca fantasía!
¡Qué palacios fabricas en el viento!
Modera tu alegría,
no sea que saltando de contento,
al contemplar dichosa tu mudanza,
quiebre su cantarillo la esperanza.

No seas ambiciosa
de mejor o más próspera fortuna,
que vivirás ansiosa
sin que pueda saciarte cosa alguna.

No anheles impaciente el bien futuro;
mira que ni el presente está seguro.

 

[Félix María Samaniego (1745-1801): Fábulas.

Biblioteca de Autores Españoles, tomo LXI]

 

La zorra y las uvas

 

Es voz común que a más del mediodía,
en ayunas la zorra iba cazando;
halla una parra, quédase mirando
de la alta vid el fruto que pendía.

Causábala mil ansias y congojas
no alcanzar a las uvas con la garra,
al mostrar a sus dientes la alta parra
negros racimos entre verdes hojas.

Miró, saltó y anduvo en probaduras,
pero vio el imposible ya de fijo.
Entonces fue cuando la zorra dijo:
«No las quiero comer. No están maduras».

No por eso te muestres impaciente,
si se te frustra, Fabio, algún intento:
aplica bien el cuento,
y di: No están maduras, frescamente.

 

[Félix María Samaniego (1745-1801): Fábulas.

Biblioteca de Autores Españoles, tomo LXI]

 

La gallina de los huevos de oro

 

Érase una Gallina que ponía
un huevo de oro al dueño cada día.
Aun con tanta ganancia mal contento,
quiso el rico avariento
descubrir de una vez la mina de oro,
y hallar en menos tiempo más tesoro.
Matóla, abrióla el vientre de contado;
pero, después de haberla registrado,
¿qué sucedió? que muerta la Gallina,
perdió su huevo de oro y no halló la mina.

¡Cuántos hay que teniendo lo bastante
enriquecerse quieren al instante,
abrazando proyectos
a veces de tan rápidos efectos
que sólo en pocos meses,
cuando se contemplaban ya marqueses,
contando sus millones,
se vieron en la calle sin calzones.

 

[Félix María Samaniego (1745-1801): Fábulas.

Biblioteca de Autores Españoles, tomo LXI]

 

El hombre y la culebra

 

A una Culebra que, de frío yerta,
en el suelo yacía medio muerta
un labrador cogió; mas fue tan bueno,
que incautamente la abrigó en su seno.
Apenas revivió, cuando la ingrata
a su gran bienhechor traidora mata.

 

[Félix María Samaniego (1745-1801): Fábulas.

Biblioteca de Autores Españoles, tomo LXI]

 

La mona

 

Subió una mona a un nogal.

Y cogiendo una nuez verde,

en la cáscara la muerde;

con que la supo muy mal.

Arrojola el animal,

y se quedó sin comer.

 

Así suele suceder

A quien su empresa abandona.

Porque halla, como la mona,

Al principio qué vencer.

 

[Félix María Samaniego (1745-1801): Fábulas.

Biblioteca de Autores Españoles, tomo LXI]

 

Las moscas

 

A un panal de rica miel
dos mil moscas acudieron
que, por golosas, murieron,
presas de patas en él.

Otra dentro de un pastel
enterró su golosina.

Así, si bien se examina,
los humanos corazones
perecen en las prisiones
del vicio que los domina
.

 

[Félix María Samaniego (1745-1801): Fábulas.

Biblioteca de Autores Españoles, tomo LXI]

 

El cuervo y el zorro

 

En la rama de un árbol,
bien ufano y contento,
con un queso en el pico
estaba el señor Cuervo.

Del olor atraído
un Zorro muy maestro,
le dijo estas palabras,
o poco más o menos:

“Tenga usted buenos días,
señor Cuervo, mi dueño;
vaya que estáis donoso,
mono, lindo en extremo;
yo no gasto lisonjas,
y digo lo que siento;
que si a tu bella traza
corresponde el gorjeo,
junto a la diosa Ceres,
siendo testigo el cielo,
que tú serás el Fénix
de sus vastos imperios.”

Al oír un discurso
tan dulce y halagüeño,
de vanidad llevado,
quiso cantar el Cuervo.

Abrió su negro pico,
dejó caer el queso;
el muy astuto zorro,
después de haberlo preso,
le dijo : “Señor bobo,
pues sin otro alimento,
quedáis con alabanzas
tan hinchado y repleto,
digerid las lisonjas
mientras yo como el queso".

Quien oye aduladores,
nunca espere otro premio
.

 

[Félix María Samaniego (1745-1801): Fábulas.

Biblioteca de Autores Españoles, tomo LXI]

 

El león y la zorra

 

Un león, en otro tiempo poderoso,
ya viejo y achacoso,
en vano perseguía hambriento y fiero
al mamón becerrillo y al cordero,
que, trepando por la áspera montaña,
huían libremente de su saña.

Afligido del hambre a par de muerte,
discurrió su remedio de esta suerte:
Hace correr la voz de que se hallaba
enfermo en su palacio y deseaba
ser de los animales visitado.

Acudieron algunos de contado:
mas como el grave mal que le postraba
era un hambre voraz, tan sólo usaba
la receta exquisita
de engullirse al Monsieur de la visita.

Acércase la zorra, de callada,
y a la puerta asomada
atisba muy despacio
la entrada de aquel cóncavo palacio.

El león la divisa, y al momento
le dice: "¡Ven acá;
pues que me siento
en el último instante de mi vida!
Visítame, como otros, mi querida."

"¿Cómo otro? ¡Ah, señor! He conocido
que entraron sí, pero que no han salido.
¡Mirad, mirad la huella,
bien claro lo dice ella!
Y no es bien el entrar do no se sale."

La prudente cautela mucho vale.

 

[Félix María Samaniego (1745-1801): Fábulas.

Biblioteca de Autores Españoles, tomo LXI]

 

El sombrerero

 

A los pies de un devoto franciscano

acudió un penitente,  —Diga hermano,

¿qué oficio tiene?  —Padre, sombrerero.

—¿Y qué estado?  —Soltero.

—¿Y cual es su pecado dominante?

—Visitar a una moza.  —¿Con frecuencia?

—Padre mío, bastante.

—¿Cada mes? —Mucho más. —¿Cada semana?

—Aun todavía más. —¿La cuotidiana?

—Hago dos mil propósitos sinceros...

—Pero dígame hermano, claramente:

¿Dos veces al día?  —Justamente

—¿Pues cuando diablos hace los sombreros?

 

[Félix María Samaniego (1745-1801): Fábulas.

Biblioteca de Autores Españoles, tomo LXI]

 

Los gatos escrupulosos

 

A las once y aun más de la mañana

La cocinera Juana,

Con pretexto de hablar a la vecina,

Se sale, cierra, y deja en la cocina

A Micifuf y Zapirón hambrientos.

Al punto, pues no gastan cumplimientos

Gatos enhambrecidos,

Se avanzan a probar de los cocidos.

«¡Fu, dijo Zapirón, maldita olla!

¡Cómo abrasa! Veamos esa polla

Que está en el asador lejos del fuego.»

Ya también escaldado, desde luego

Se arrima Micifuf, y en un instante

Muestra cada trinchante

Que en el arte cisoria, sin gran pena,

Pudiera dar lecciones a Villena.

Concluido el asunto,

El señor Micifuf tocó este punto.

Utrum si se podía o no en conciencia

Comer el asador. «¡Oh qué demencia!

Exclamó Zapirón en altos gritos,

¡Cometer el mayor de los delitos!

¿No sabes que el herrero

Ha llevado por él mucho dinero,

Y que, si bien la cosa se examina,

Entre la batería de cocina

No hay un mueble más serio y respetable?

Tu pasión te ha engañado, miserable.»

Micifuf en efecto

Abandonó el proyecto;

Pues eran los dos Gatos

De suerte timoratos,

Que si el diablo, tentando sus pasiones,

Les pusiese asadores a millones

(No hablo yo de las pollas), o me engaño,

O no comieran uno en todo el año.

 

DE OTRO MODO

 

¡Qué dolor! por un descuido

Micifuf y Zapirón

Se comieron un capón,

En un asador metido.

Después de haberse lamido,

Trataron en conferencia

Si obrarían con prudencia

En comerse el asador.

¿Le comieron? No señor.

Era caso de conciencia.

 

[Félix María Samaniego (1745-1801): Fábulas.

Biblioteca de Autores Españoles, tomo LXI]


El filósofo y la pulga

 

Meditando a sus solas cierto día.

un pensador Filósofo decía:

«El jardín adornado de mil flores,

y diferentes árboles mayores,

con su fruta sabrosa enriquecidos,

tal vez entretejidos

con la frondosa vid que se derrama

por una y otra rama,

mostrando a todos lados

las peras y racimos desgajados,

es cosa destinada solamente

para que la disfruten libremente

la oruga, el caracol, la mariposa:

no se persuaden ellos otra cosa.

Los pájaros sin cuento,

burlándose del viento,

por los aires sin dueño van girando.

El milano cazando

saca la consecuencia:

para mí los crió la Providencia.

El cangrejo, en la playa envanecido,

mira los anchos mares, persuadido

a que las olas tienen por empleo

sólo satisfácele su deseo,

pues cree que van y vienen tantas veces

por dejarle en la orilla ciertos peces.

No hay, prosigue el filósofo profundo,

animal sin orgullo en este mundo.

El hombre solamente

puede en esto alabarse justamente.

Cuando yo me contemplo colocado

en la cima de un risco agigantado,

imagino que sirve a mi persona

todo el cóncavo cielo de corona.

Veo a mis pies los mares espaciosos,

y los bosques umbrosos,

poblados de animales diferentes,

las escamosas gentes,

los brutos y las fieras,

y las aves ligeras,

y cuanto tiene alimento

EN la tierra, en el agua y en el viento,

y digo finalmente: todo es mío.

¡Oh grandeza del hombre y poderío!»

Una pulga que oyó con gran cachaza

al filósofo maza,

dijo: «Cuando me miro en tus narices,

como tú sobre el risco que nos dices,

y contemplo a mis pies aquel instante

nada menos que al hombre dominante,

que manda en cuanto encierra

el agua, viento y tierra,

y que el tal poderoso caballero

de alimento me sirve cuando quiero,

concluyo finalmente: todo es mío.

¡Oh grandeza de pulga y poderío!»

Así dijo, y saltando se le ausenta.

 

De este modo se afrenta

aun al más poderoso

cuando se muestra vano y orgulloso.

 

[Félix María Samaniego (1745-1801): Fábulas.

Biblioteca de Autores Españoles, tomo LXI]

 

La ardilla y el caballo

 

Mirando estaba un ardilla
a un generoso alazán,
que dócil á espuela y rienda,
se adestraba en galopar.

Viéndole hacer movimientos
tan veloces y á compás,
de aquesta suerte le dixo
con muy poca cortedad:
     Señor mío,
     de ese brío,
     ligereza,
     y destreza
     no me espanto;
     que otro tanto
suelo hacer, y acaso más.
     Yo soy viva,
     soy activa;
     me meneo,
     me paseo,
     yo trabajo,
     subo y baxo,
no me estoy quieta jamás.

El paso detiene entonces
el buen potro, y muy formal,
en los términos siguientes
respuesta a la ardilla da:
     Tantas idas
     y venidas,
     tantas vueltas
     y revueltas
     (quiero, amiga,
     que me diga),
¿son de alguna utilidad?
     Yo me afano;
     mas no en vano.
     Sé mi oficio,
     en servicio
     de mi dueño,
     tengo empeño
de lucir mi habilidad.

Con que algunos escritores
ardillas también serán
si en obras frívolas gastan
todo el calor natural.

 

[Tomás de Iriarte (1750-1791): Fábula XXXI]

 

Los dos conejos

 

Por entre unas matas,
seguido de perros,
no diré corría,
volaba un conejo.

De su madriguera
salió un compañero
y le dijo: «Tente,
amigo, ¿qué es esto?»

«¿Qué ha de ser?», responde;
«sin aliento llego...;
dos pícaros galgos
me vienen siguiendo».

«Sí», replica el otro,
«por allí los veo,
pero no son galgos».
«¿Pues qué son?» «Podencos.»

«¿Qué? ¿podencos dices?
Sí, como mi abuelo.
Galgos y muy galgos;
bien vistos los tengo.»

«Son podencos, vaya,
que no entiendes de eso.»
«Son galgos, te digo.»
«Digo que podencos.»

En esta disputa
llegando los perros,
pillan descuidados
a mis dos conejos.

Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo.

 

[Tomás de Iriarte (1750-1791): Fábula XI]

 

Los huevos

 

Mas allá de las Islas Filipinas
hay una que ni sé cómo se llama,
ni me importa saberlo, donde es fama
que jamás hubo casta de gallinas,
hasta que allá un viajero
llevó por accidente un gallinero.


Al fin tal fue la cría, que ya el plato
mas común y barato
era de huevos frescos; pero todos
los pasaban por agua (que el viajante
no enseñó a componerlos de otros modos.)

luego de aquella tierra un habitante
introdujo el comerlos estrellados.
¡O qué elogios se oyeron a porfía
de su rara y fecunda fantasía!
Otro discurre hacerlos escalfados...


¡Pensamiento feliz!... Otro, rellenos...
¡Ahora sí que están los huevos buenos!
Uno después inventa la tortilla;
y todos claman ya ¡qué maravilla!

No bien se pasó un año,
cuando otro dijo: sois unos petates;
yo los haré revueltos con tomates:
y aquel guiso de huevos tan extraño,
con que toda la Isla se alborota,
hubiera estado largo tiempo en uso,
a no ser porque luego los compuso
un famoso extranjero a la hugonota.

Esto hicieron diversos Cocineros;
pero ¡qué condimentos delicados
no añadieron después los Reposteros!
Moles, dobles, hilados,
en caramelo, en leche,
en sorbete, en compota, en escabeche.

Al cabo todos eran inventores,
y los últimos huevos los mejores.
Mas un prudente Anciano
les dijo un día: Presumís en vano
de esas composiciones peregrinas.
¡Gracias al que nos trajo las gallinas!

¿Tantos autores nuevos
no se pudieran ir a guisar huevos
mas allá de las Islas Filipinas?

 

[Tomás de Iriarte (1750-1791): Fábula XII]

 

El burro flautista

 

Esta fabulilla,
salga bien, ó mal,
me ha ocurrido ahora
por casualidad.

Cerca de unos prados
que hay en mi lugar,
pasaba un borrico
por casualidad.

Una flauta en ellos
halló, que un zagal
se dejó olvidada
por casualidad.

Acercóse á olerla
el dicho animal,
y dio un resoplido
por casualidad.

En la flauta el aire
se hubo de colar;
y sonó la flauta
por casualidad.

¡Oh! dijo el borrico:
¡qué bien sé tocar!
¡Y dirán que es mala
la música asnal!

Sin reglas del arte,
borriquitos hay
que una vez aciertan
por casualidad.

 

[Tomás de Iriarte (1750-1791): Fábula VIII]

 

El oso, la mona y el cerdo

 

Un oso con que la vida
ganaba un Piamontes,
la no muy bien aprendida
danza ensayaba en dos pies.

Queriendo hacer de persona,
dijo a una mona: ¿Qué tal?
Era perita la mona,
y respondióle: Muy mal.

Yo creo, replico el oso,
que me haces poco favor.
¡Pues qué! ¿Mi aire no es garboso?
¿No hago el paso con primor?

Estaba el cerdo presente,
Y dijo: ¡Bravo! ¡Bien va!
Bailarín más excelente
no se ha visto, ni verá.
 
Echó el oso, al oír esto,
sus cuentas allá entre sí,
y con ademán modesto
hubo de exclamar así:

Cuando me desaprobaba
la mona, llegué á dudar:
mas ya que el cerdo me alaba,
muy mal debo de bailar.

Guarde para su regalo
esta sentencia un autor:
Si el sabio no aprueba, ¡malo!;
si el necio aplaude, ¡peor!

 

[Tomás de Iriarte (1750-1791): Fábula III]

 

La mona

 

Aunque se vista de seda
 la mona, mona se queda.
 El refrán lo dice así:
 yo también lo diré aquí;
 y con eso lo verán
 en fábula y en refrán.

 Un traje de colorines,
 como el de los matachines,
 cierta mona se vistió;
 aunque más bien creo yo
 que su amo la vestiría,
 porque difícil sería
 que tela y sastre encontrase.
 El refrán lo dice: pase.
  
 Viéndose ya tan galana,
 saltó por una ventana
 al tejado de un vecino,
 y de allí tomó el camino
 para volverse á Tetuán.


 Esto no dice el refrán;
 pero lo dice una historia,
 de que apenas hay memoria,
 por ser el autor muy raro;
 (y poner el hecho en claro
 no le habrá costado poco.)

 Él no supo, ni tampoco
 he podido saber yo,
 si la mona se embarcó,
 o si rodeó tal vez
 por el istmo de Suëz.
 Lo que averiguado está
 es que por fin llegó allá.

 Vióse la señora mía
 en la amable compañía
 de tanta mona desnuda;
 y cada cual la saluda
 como a un alto personaje,
 admirándose del traje,
 y suponiendo sería
 mucha la sabiduría,
 ingenio y tino mental
 del petimetre animal.

 Opinan luego al instante,
 y nemine discrepante,
 que a la nueva compañera
 la dirección se confiera
 de cierta gran correría
 con que buscar se debía,
 en aquel país tan vasto,
 la provisión para el gasto
 de toda la mona tropa.
 (¡Lo que es tener buena ropa!)

 La directora, marchando
 con las huestes de su mando,
 perdió, no sólo el camino,
 sino, lo que es más, el tino;
 y sus necias compañeras
 atravesaron laderas,
 bosques, valles, cerros, llanos,
 desiertos, ríos, pantanos;
 y al cabo de la jornada,
 ninguna dio palotada:
 y eso que en toda su vida
 hicieron otra salida
 en que fuese el capitán
 más tieso, ni más galán
 Por poco no queda mona
 a vida con la intentona;
 y vieron por experiencia
 que la ropa no da ciencia.

 Pero, sin ir a Tetuán,
 también acá se hallarán
 monos que, aunque se vistan de estudiantes,
 se han de quedar lo mismo que eran antes.

 

[Tomás de Iriarte (1750-1791): Fábula XXVII]

 

El asno y su amo

 

Siempre acostumbra hacer el vulgo necio
 de lo bueno y lo malo igual aprecio.
 Yo le doy lo peor, que es lo que alaba.

 De este modo sus yerros disculpaba
 un escritor de farsas indecentes;
 y un taimado poeta que lo oía,
 le respondió en los términos siguientes:

 Al humilde jumento
 su dueño daba paja, y le decía:
 Toma, pues que con eso estás contento.
 Díjolo tantas veces, que ya un día
 se enfadó el asno, y replicó: Yo tomo
 lo que me quieres dar; pero, hombre injusto,
 ¿piensas que sólo de la paja gusto?
 Dame grano, y verás si me lo como.
   
 Sepa quien para el público trabaja,
 que tal vez a la plebe culpa en vano,
 pues si en dándola paja, come paja,
 siempre que la dan grano, come grano.

 

[Tomás de Iriarte (1750-1791): Fábula XXVIII]

 

El ratón y el gato

 

Tuvo Esopo famosas ocurrencias.
¡Qué invención tan sencilla! ¡Qué sentencias!...
He de poner, pues que la tengo á mano,
una fábula suya en castellano.

Cierto (dixo un ratón en su agujero:)
no hay prenda más amable y estupenda
que la fidelidad: por eso quiero
tan de veras al perro perdiguero.
Un gato replicó: Pues esa prenda
yo la tengo también... Aquí se asusta
mi buen ratón, se esconde,
y torciendo el hocico, le responde:
¿Cómo? La tienes tú?... Ya no me gusta.

La alabanza que muchos creen justa,
injusta les parece,
si ven que su contrario la merece.
¿Qué tal, señor lector? La fabulilla
puede ser que le agrade, y que le instruya.-
Es una maravilla:
dixo Esopo una cosa como suya.-
Pues mire usted: Esopo no la ha escrito;
salió de mi cabeza.- ¿Conque es tuya?-
Sí, señor erudito:
ya que antes tan feliz le parecía,
critíquemela ahora porque es mía.

 

[Tomás de Iriarte (1750-1791): Fábula XXI]

 

Félix María de Samaniego (1745-1801), fabulista ilustrado español. Mantuvo una polémica con Tomás de Iriarte (1750-1791), también autor de fábulas, más despojadas de cierta retórica pomposa y de su gelidez didáctica.

Tomás de Iriarte (1750-1791), nació en La Orotava (Santa Cruz de Tenerife), es conocido por sus Fábulas literarias, de mayor calidad poética que las de Samaniego, en las que introduce alusiones a literatos de su época.

«Iriarte cuenta bien, pero Samaniego pinta; el uno es ingenioso y discreto; el otro, gracioso y natural; las sales y los idiotismos que uno y otro esparcen en su obra son igualmente oportunos y castizos, pero el uno los busca y el otro los encuentra sin buscarlos y parece que los produce de sí mismo». (Quintana)

 

La buena economía

 

Un ricachón mentecato,

ahorrador empedernido,

por comprar jamón barato

lo llevó casi podrido.

Le produjo indigestión

y, entre botica y galeno,

gastó doble que en jamón...

por no comprar jamón bueno.

Y hoy afirma que fue un loco;

puesto que economizar

no es gastar mucho ni poco,

sino saberlo gastar.

(José Rodao)

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