Hispanoteca - Lengua y Cultura hispanas

 

Textos periodísticos - 3

(comp.) Justo Fernández López

Lengua española

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La envidia

JOSÉ ORTEGA SPOTTORNO

EL PAÍS - 3 marzo 1997 - Nº 304

Deberíamos releer, de cuando en cuando, el libro de Max Scheler El resentimiento en la moral, que publicó el filósofo alemán por los años veinte y, casi simultáneamente, lo pudieron leer los españoles en la traducción que hizo José Gaos para la Revista de Occidente. Porque su explicación de la envidia, nuestro defecto más nacional, parece que describe puntualmente, como si fuera una crónica de actualidad, los ataques que se han emprendido por la plataforma digital -todavía técnicamente inexistente- promovida por el Gobierno, contra la plataforma digital -ya en servicio- del grupo promovido por PRISA. «La envidia», nos dice Scheler, «surge del sentimiento de impotencia que se opone a la aspiración hacia un bien por el hecho de que otro lo posee. Y el conflicto entre esta aspiración y esa impotencia se descarga en una actitud de odio contra el poseedor de aquel bien, al parecernos que el otro y su posesión son la causa de que no poseamos el bien». Una envidia que puede llevar conexos «sentimientos de venganza, de odio, de maldad, de ojeriza o de perfidia».

Este defecto de la envidia viene de lejos en nuestras tierras ibéricas, porque ya Ibn- Hazan, el autor de El collar de la paloma, tan bellamente traducido por Emilio García Gómez, decía en tiempos del califato: «Los habitantes de España sienten envidia por el sabio que entre ellos surge y alcanza maestría en su arte. Tienen en poco lo mucho que puede hacer, rebajan sus aciertos y se ensañan, en cambio, con sus caídas y tropiezos, sobre todo mientras vive, y con doble animosidad que en cualquier otro país. Y si la suerte le lleva luego a descollar claramente sobre ellos o le hace abrir una senda que no es la que ellos frecuentan, entonces se declara la guerra al desgraciado, convertido en pasto de murmuraciones, cebo de calumnias, imán de censuras, presa de lenguas y blanco de ataques contra su honor. Le atribuirán lo que no ha dicho, le colgarán lo que no ha hecho, le imputarán lo que no ha proferido ni ha creído su corazón...».

Esto es lo que pretenden hacer todas esas fuinas político-periodísticas, que claman en orquestada algarabía, desde medios de comunicación diversos -alguno de los cuales debería respetar más su largo y noble pasado-, contra Jesús de Polanco y sus realizaciones empresariales que, entre otras cosas, han creado cerca de 4.000 puestos de trabajo directos más los numerosos inducidos. Los que emprendimos esta Promotora de Informaciones, SA, cuyo buque insignia sigue siendo EL PAÍS, estamos orgullosos de las ampliaciones que logró nuestro presidente hacia otros medios de comunicación -en momentos en que no estaba claro su porvenir- como la SER, Canal+ y ahora el Canal Satélite Digital.

Pero, como decía Alain, «nada es más peligroso que una idea, cuando sólo se tiene una», y esos envidiosos tienen la idea fija y única de acabar con esta empresa de comunicación. A veces los descubrimos porque, como decía un personaje de Cunqueiro, «conocerás que es el zorro el que salta en la noche en que salta de lado. El can y el lobo saltan de frente». Felizmente, nuestros lectores siguen haciendo de EL PAÍS el líder -en auge, por cierto- de la prensa nacional y nuestros oyentes y televidentes sitúan a las empresas correspondientes en cuotas de muy notable competencia.

Yo lamento que la política del Gobierno apoye y fomente esos ataques tan personales -a una persona física y a una persona jurídica- creyendo, sin duda, que con ello gana poder en la sociedad. Sería preferible que animase a todos los españoles, en estas horas difíciles que se avecinan, con una política a la altura de los tiempos y de la tarea que a España debe incumbirle en la nueva Europa. Sino parece como si en la aldea el energúmeno de turno entrara en la sala de baile y con su bate de béisbol -porque es muy moderno y ya no usa garrote- rompiera las luces y dejase a oscuras la reunión.

 

El deseo de autogénesis

EL PAIS - 04-03-97

ENRIQUE GIL CALVO

Hace 10 años publiqué en estas mismas páginas mi primera tribuna de opinión. Se titulaba De genes, corrales y huertos y pretendía satirizar la indignación con que muchos moralistas se lamentaban por la apertura del registro americano de patentes para las nuevas especies obtenidas mediante ingeniería genética. Pues bien, hoy vuelve a cobrar redoblada actualidad aquella cuestión: el desarrollo de una oveja gestada por partenogénesis a partir del genoma de un solo progenitor está desatando una parecida cruzada de rechazo, que denuncia los intentos científicos por emular el papel del creador.

¿Hay para tanto? La razón del revuelo reside en las posibilidades de aplicación al género humano: hemos domesticado las demás especies, pero hasta ahora nunca nos hemos atrevido a domesticarnos a nosotros, excepción hecha de criminales intentos. Y lo que nos asusta es esta posible autodomesticación reflexiva: nos creemos con derecho a programar la evolución de animales y plantas, pero ignoramos si debemos permitirnos la selección artificial de nuestra propia progenie. De ahí la mayoritaria coincidencia en un solo veredicto: hay que prohibir la partenogénesis o clonación de los seres humanos. Y si de mí dependiese la decisión, probablemente me sumaría a semejante consenso restrictivo. Pero no está de más considerar las implicaciones de todas las hipótesis: ¿por qué no analizar los motivos que aconsejarían optar por la partenogénesis, aunque sólo fuese para descartarlos?

Se puede sostener que la clonación es un método selectivamente deficiente, pues desde el punto de vista de la evolución natural resulta mucho más eficiente la reproducción sexual, ya que garantiza una mayor diversidad genética. Pero este criterio eugenésico no es causa legítima para prohibir la clonación, de igual modo que tampoco lo es para prohibir la endogamia, el matrimonio entre primos cruzados o cualquier otro residuo del atávico tabú del incesto. Tanto más cuanto es imposible ponerle puertas al campo y, por muchas prohibiciones que se impongan, no es descartable que haya personas prestas a pagar el precio para su partenogénesis clandestina, como sucedía cuando nos íbamos a Londres a abortar de extranjis. Y en tal caso, si alguien tuviera un hijo por clonación de facto, ¿qué hacer con esa nueva vida prohibida, ante la imposibilidad de quitársela?

Todo eso sin considerar otro elemento básico para la democracia liberal, como es el derecho a la autodeterminación individual. ¿En nombre de qué principio se podría legítimamente restringir el derecho a tener hijos por partenogénesis si no hay nadie (fuera del hijo así concebido) que pueda alegar otros derechos contradictorios? Al igual que una mujer tiene derecho a embarazarse sola mediante reproducción asistida, acudiendo a un banco de semen anónimo, ¿por qué no tener igual derecho a embarazarse de sí misma mediante clonación o partenogénesis? Y la comparación tiene sentido porque, en la naturaleza, la partenogénesis llamada constante se da en las especies que tienen ausencia o escasez de machos. Éste no es el caso en nuestra especie, pero podría serlo en nuestra sociedad posmoderna, cuando predomina la figura del padre ausente y se extiende la nueva familia matrilineal, donde mujeres económicamente independientes autodeterminan su maternidad sin el concurso masculino, que comienza a escasear.

Pero ¿quién querría reproducirse por partenogénesis? Puestos a especular, cabe imaginar tres tipos de vocación por las clonaciones (pues la razón democrática excluye un cuarto tipo mercantil o despótico, basado en la comercialización o planificación de progenies seriadas). El primero ya se ha mencionado, y es el de aquellas feministas radicales que desearían autodeterminar su maternidad absolutamente, excluyendo toda sombra de influencia masculina. Es el tipo más próximo, pues la mitad de las escandinavas y un tercio de las europeas protestantes registran ya sus hijos en ausencia de varón que se corresponsabilice institucionalmente. Pero este solipsismo reproductor es en el fondo moderado, pues no precisa de autogénesis, conformándose con el auxilio externo de algunas dosis de semen prestado. Más radical, aunque sólo teórico todavía, es el segundo tipo imaginable: el de aquellas personas que desearían tener progenie idéntica a sí mismas.

¿Qué razones puede haber para el autismo progenitor? Al margen de posibles delirios poéticos, creo que hay determinadas causas sociales que podrían favorecer una cierta tendencia hacia la autoprogenitura, y no tanto por narcisismo como sobre todo por miedo a los hijos que podríamos llamar normales. Actualmente, a causa del vértigo que produce el cambio social, la discontinuidad entre padres e hijos ha llegado a ser tan grande que aquéllos ven a éstos como unos extraños en los que ya no logran reconocerse; y recíprocamente, los hijos desprecian e ignoran a sus padres, al no poder admirarlos ni respetarles. En estas condiciones, está disminuyendo inexorablemente el deseo de ser padres y educar hijos (con la consiguiente caída de la natalidad), dada la conciencia de predestinación para el fracaso: y no se vislumbra qué método educativo podría devolverle su perdida dignidad a la función del padre. Pues bien, una progenitura basada en la clonación permitiría volver a reconocer a los hijos como prolongación de sí, restaurando el amor paterno y el deseo de ejercer la paternidad, con lo que quizá se recuperase la hoy declinante natalidad.

Queda, en fin, el tercer tipo de vocación autogenitora: el religioso. La clonación, en efecto, parece garantizar la inmortalidad o al menos la transmigración de las almas, hoy identificadas con el genoma individual, que confiere identidad personal. Savater ha definido el sentido religioso como el deseo de salir de sí, atravesando las fronteras que nos separan a unos de otros hasta alcanzar la continuidad interpersonal. ¿Acaso no adoramos al padre divino para poder sentirnos hermanos ? Pues bien, ¿qué mejor religación que la de vincularse a un alter genéticamente idéntico? No obstante, esta transmigración del alma genética resultaría una pasión inútil, pues la clonación no permite la continuidad vital. Sólo la memoria, y no el genoma, proporciona identidad personal. Y la memoria es incomunicable, por lo que resulta intransferible y no puede romper la inexorable discontinuidad vital: aunque nuestros genomas transmigrasen, no por eso dejarían de morir nuestras memorias personales, necesariamente caducas, finitas y contingentes. Pero a nuestra especie le gusta soñar imposibles, entregándose a ilusiones estupefacientes: y ésta de la autogénesis podría ser otra peligrosa superstición, potencialmente fatal.

[Enrique Gil Calvo es profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.]

 

LA DERECHA

EL PAÍS DIGITAL – Domingo 31 enero 1999 - Nº 1003

 MANUEL VICENT

No está bien visto hablar de política en determinadas alturas.  A medida que uno asciende por los despachos empresariales va notando que la derecha se vuelve insonora, educada, voraz, con olor a lavanda, servida por ejecutivos que no llegan a los 40 años, técnicos en economía, educados en el extranjero, expertos en arrear bocados de tiburón sonriendo y que en lugar de matar venados o marranos en las monterías, como los ejecuta todavía la derecha clásica, se van a un país exótico los fines de semana a practicar un deporte de moda y vuelven los lunes por la mañana feroces y soleados hablando de abductores, gemelos y abdominales, y al pie de los ordenadores, estos hombres de músculos se mezclan con el índice Nikkei o Dow Jones, con marcas de palos de golf, con direcciones de nuevos restaurantes.

De los periódicos sólo leen las páginas color salmón; se estremecen ante las declaraciones del ministro de Economía; les conmueve el producto nacional bruto, pero no el índice del paro, ni las catástrofes de la naturaleza, huracanes, terremotos o hambrunas, salvo que sean cataclismos monetarios que puedan arruinar las inversiones propias y hundir los mercados financieros. Son de derechas con la misma naturalidad con que respiran y no tienen necesidad de demostrarlo, por eso no pronuncian nunca, ni para bien ni para mal, los nombres de Aznar o de Borrell, de Jospin, de Blair, de Clinton o de cualquier otro político. Simplemente los ignoran. A esa altura de despacho empresarial o monetario se da por supuesto que los políticos están ahí sólo a su servicio.

El avión del Estado debe volar por el centro de la política para evitar turbulencias y mientras el aparato no se mueva, estos jóvenes ejecutivos liberales se dedican a la carnicería sin perder el olor a lavanda. En cierta ocasión acompañé a una joven aristócrata a pasear a su perro. Se nos acercó un mendigo. Al verlo así, andrajoso y con la mano tendida, aquella joven educada en un internado de Suiza se refugió en mis brazos sorprendida y exclamó: ¿Qué le pasa a este señor?  En los años setenta, el poeta maldito Carlos Oroza se hallaba en la habitación de un hotel en brazos de una mujer muy fina de Serrano y de pronto se oyeron gritos de una manifestación de obreros en la calle. ¿Qué sucede ahí abajo?, preguntó. El poeta contestó: „Nada, tranquila, es sólo una cosa de pobres“.  Así vuelve a ser la nueva derecha ahora.

 

Desobedéceme

EMILIO LAMO DE ESPINOSA

EL PAÍS - 22 de julio de 1996

Cuentan que hacia 1616 las autoridades de Japón obligaron a sus súbditos católicos a renegar de sus creencias o sufrir la pena capital. No obstante, sabiendo que los católicos sólo creían en sus dioses, los japoneses inventaron una fórmula de abjuración que sin duda les pareció intachable. Debían jurar por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, por la Santa María y por todos los Ángeles... que renegaban de la fe católica. Y por si fuera poco, debían añadir a continuación: «Y si rompo este juramento perderé la gracia de Dios para siempre y caeré en el estado maldito de Judas Iscariote». Es frecuente mencionar este hecho como ejemplo de mensaje paradójico, aquellos que al tiempo niegan y afirman la misma cosa, y que conducen a un doble lazo. Pues al renegar de sus dioses en nombre de sus dioses los estaban afirmando pero, puesto que creían en ellos, la fórmula era una verdadera y total abjuración... que afirmaba los mismos dioses. Y así sucesivamente.

Podríamos pensar que tanto barroquismo responde al espíritu japonés; es sabido que los orientales son refinados y perversos. Pero quizá recordando aquel eslogan de «japonizar» España que se puso de moda durante la Gran Guerra (Besteiro lo menciona en más de una ocasión), se diría que en el partido socialista han inventado una fórmula parecida, eso sí, sin la amenaza de pena de muerte. Al parecer están decididos a renegar de Felipe González, pero lo hacen todos a una y en nombre del mismo Felipe González.

Es típico de los mensajes paradójicos el que atrapan a quien los recibe en un doble lazo, pero a su vez, atrapan en el mismo doble lazo a quien los emite. Y así no sorprenderá que esa conducta paradójica de «desobedecer en nombre de la obediencia» sea fiel reflejo de un mensaje paradójico que Felipe González lanza con frecuencia: «desobedecedme». Y este sí es el ejemplo típico de mensaje paradójico que aparece en los libros. Pues quien le dice a su subordinado (o a su hijo, algo muy frecuente entre familias progres) «desobedéceme», «no seas tan obediente, libérate de mí», le está poniendo en situación imposible: si le obedece debería desobedecerle, pero entonces le obedece e incumple el mandato; y si le desobedece le está obedeciendo y entonces también lo incumple ¿Cómo quitarse de encima a quien se pasa la vida diciéndote que ya va siendo hora de que te lo quites de encima?

Todo ello, y bromas aparte, no es trivial pues significa que quien recibe un mensaje similar está siempre en falta, tanto por obedecer como por desobedecer, y puede siempre ser sancionado ¿Qué puede hacer el infortunado en tales casos? Al parecer la solución no es fácil y quien recibe mensajes paradójicos genera conductas próximas a la esquizofrenia. En ocasiones se oscila ciegamente entre renegar del padre en nombre del padre, o afirmar al padre pero en contra del padre; es decir, entre ser renovador porque se es felipista o ser felipista porque no se es renovador, de modo que el padre resulta ser, al tiempo, la única solución a todos los problemas y el principal problema que no tiene solución. En otros casos la solución al dilema es la inacción, no hacer nada, sin duda la más económica. Pero lo más frecuente, al parecer, es oscilar entre la primera solución (que, recordemos, es ella misma oscilante) y la segunda, pasando así de una hiperactividad enredada sobre sí misma, al autismo, más o menos pasmado.

En psiquiatría hay un modo de salir de esas situaciones de doble lazo: prescribir el síntoma. El terapeuta ordena al compulsivo que repita su compulsión, de modo que esta deja de ser transgresora. Sería algo así como preguntar a los socialistas: «¿Desea usted que cambie el secretario general pero con su voto a favor del secretario general?» Así podrían negar al padre afirmándolo. O quizá debería ser el PP, ansioso de crear una sana oposición, quien lanzara el siguiente mensaje: «te ordeno PSOE que no te renueves». Pues, ¿quién podría ser el terapeuta de un partido?

 

Aire privado

Manuel Rivas

El País - 3 de julio de 1996 

Los economistas neoliberales más audaces, la llamada escuela de Las Vegas, discípulos radicales de Von Hayek, postulan ya la privatización del aire. El neón de los casinos y la música excitante de las tragaperras estimula mucho la imaginación. Y no hay hoy gente más soñadora en el mundo que la vanguardia del capital.

No es nada descabellado y yo de ti no me reiría. Han fijado los ojos en los cuatro elementos originarios. La tierra, el fuego, el agua y el aire. La tierra está más amarrada que nunca y la última andanada local es la modificación de la Ley de Costas. Después de la privatización del fuego (Repsol-Butano) y de las aguas municipales ya sólo les queda el aire. En absoluto es inviable y, por el contrario, ofrece grandes posibilidades para los espíritus más emprendedores, como bien demostró el teniente coronel Perote con la privatización de las escuchas.

El aire es como un liviano Potosí. Hay palabras que son como lingotes con alas de golondrina. Sólo tienes que apostarte, pillarlas al vuelo y vender los pellejos. Pero no hablamos de pioneros a burro por el Far West del aire, sino de una explotación sistemática

Hace mucho tiempo que se privatizó el cielo. Las iglesias funcionaron como tours operator y hubo guerras y todo por ocupar los mejores valles del más allá. Entre nuestras cabezas y el cielo, pensaron los gurús del tragaperras, hay la tira de hectáreas de aire, ¿por qué no sacarlas al mercado? Con la privatización, argumentan, mejoraría la oferta y la calidad del aire. Se otorgarían títulos de propiedad. Habría airetenientes, con grandes cortijos de aire y pequeños accionistas aéreos con un trozo de aire para silbar. El aire cotizaría en Bolsa.

Habría la Compañía del Aire de Frixia con un aire exquisito como el agua de Vichy. Lo tomarías embotellado los días de fiesta. Y para diario, un aire popular de hipermercado reciclado por las compañías de tabacos. Qué divertida es la escuela de Las Vegas.

 

Cruyff  y Valdano conversan

EL PAÍS

En Santander, en una mañana luminosa, Johan Cruyff y Jorge Valdano conversaron sobre su gran pasión: el fútbol. Charlaban dos entrenadores que, sobre cualquier diferencia, están unidos por el respeto al juego, a los buenos futbolistas, al fútbol como una forma de creación.

Valdano.- ¿Cómo te sientes ahora? ¿Tienes el reflejo condicionado? ¿Es cómo cuando dejaste de fumar, que buscabas el cigarrillo?

Cruyff.- No. Por el momento, tranquilidad. Además llega el verano.

V. -Pero tu intención, ¿cuál es?

C.- Durante un año, nada. Después ya veremos. Depende de lo que haya y de la ocasión, porque tengo más años que tú.

V. -Pero se supone que tendrás cosas muy importantes, que va a llegar un momento en el que los tres o cuatro mejores equipos del mundo van a pensar en ti.

C.- Sí, pero yo creo todo esto se tiene que hacer cuando tienes ganas. No puedo decir: 'Voy a hacer esto o lo otro'. No. El tiempo dirá lo que se hará. Normalmente, esperaré hasta que me aburra y luego ya veremos. En esto del fútbol, elegir un equipo es muy difícil. Es lo más difícil.

V.- Elegir un equipo y una institución detrás. Encontrar una persona con un cierto sentido empresarial, que sea capaz de asegurarte un mínimo de paciencia.

C. -Una base. Pero depende una vez más de qué filosofía tiene ese club, porque no se puede ser pequeño para querer convertirse en el más grande. Siempre hay un balance. Un club grande tiene que estar arriba siempre. Un club pequeño es difícil que lo consiga. Puede estar un día, dos días. Pero si su estructura no está preparada para ser grande...

V.- El otro día, un entrenador elogiaba el método Camacho, de dejar un equipo cuando había alcanzado un cierto prestigio y de empezar a ocuparse de otro que está en graves díficultades. De manera que en la primera temporada, por poco que hagas, se da una idea de reactivación.

C.- Por eso digo que cada uno tiene sus metas, su visión del fútbol. Hay quien sirve para llevar a equipos de Segunda a Primera. Seguro que yo fracasaría, porque no sirvo. Otros, como Camacho, dejan a los equipos en un sitio, cogen otro equipo y lo envían al mismo sitio que el anterior. Y algunos sirven para estar arriba. Por una cuestión de carácter.

V.- Y ése es tu caso, ¿no?

C.- Creo que cada cosa va con el carácter de cada uno. Pasa como con los jugadores. Por ejemplo, soy delantero y algún partido puedo jugar como defensa, porque hay algún lesionado y hay que remediarlo. Pero de ninguna manera soy defensor.

V.- Yo te vi jugar de defensor, contra el Alavés. Llovía mucho y dijiste: «Voy a jugar de líbero». Pero no te lo dijo el entrenador. Lo dijiste tú.

C. -Bueno, pudo ser. (Risas)

V.- Tuviste suerte porque el entrenador no era Cruyff.

C.- Esto quiero decir que la calidad que tienes se puede adaptar un poco para otras cosas, pero la mentalidad, la manera de ser siempre será la misma. Y esto también se refleja en la conducta como entrenador. Hay que fiarse del instinto.

V.- De todas las maneras, todas las decisiones que has tomado como entrenador estaban relacionadas en un sentido con los sentimientos y en otro con lo político. En el Ajax y en el Barcelona, tienes ante el público y ante la historia del club una autoridad muy grande. Ahora mismo, ha terminado por pesar más la parte sentimental y la parte política que la parte estrictamente técnica.

C.- Es el mayor problema en las grandes instituciones. Como dices muy bien, hay tantas facetas que manejar y hay que conocerlas todas. Por eso, hay que buscar dos o tres personas a tu lado para manejar una parte y, a partir de ahí, puedes comenzar a controlar el trabajo. Ganar, no ganas nunca. Pero al menos, puedes trabajar. Luego te encuentras que todo el mundo habla de muchas cosas, pero el 99% no sabe por qué algo funciona o no funciona, y cuando lo explicas tampoco lo entienden. Son gente que nunca ha vivido el vestuario. A partir de ahí, hay que manejar un gallinero. Hay mucha gente dentro, mucha publicidad, mucho dinero, mucho prestigio. Y controlar esto es lo más difícil. Ahí es donde se tiene que ser hábil. Si no dominas la mesa...

V.- Para manejar la mesa, es fundamental que la autoridad del entrenador esté muy fortalecida por el club. El jugador percibe si tú eres o no eres fuerte. Tu caso es distinto porque tu dimensión en Barcelona era la de un símbolo. La mía era más profesional. Tenía menos elementos mitológicos. Llegó un momento en el que planteé al club los dos únicos caminos posibles: o fortalecen mi autoridad, me renuevan y empezamos a hablar de un proyecto en serio, o me echan. De lo contrario, no hay salida. El jugador es el primero en descubrir cuál es la posición del entrenador.

C.- Sí, pero para que se normalice la situación, hay que tener una visión profesional. Los que tienen bastante ventaja con respecto a nosotros son los ingleses. Hay sociedades, hay clubes, pero hay uno que manda. Es el“ manager.“ Nadie va a hablar de él. Sólo cuando lo pongan o cuando lo echen. Otro ejemplo: si miras el partido Ajax-Juventus, te das cuenta que en el momento de la victoria hay un hombre que también salta. Es Roberto Bettega. ¿Quién es Bettega? Es el hombre que maneja la Juventus, un profesional, pagado, que maneja el club.

V. -Y que tiene conocimientos previos...

C.- Y el dueño ni aparece. No se moja. Aquí los presidentes llevan su cargo como una cosa personal. No es personal. No debe ser así, porque no tiene suficientes conocimientos sobre el producto.

V.- Hay otros dos problemas: el de la imprevisibilidad de la empresa. Puedes hacer todo muy bien y el domingo irte todo muy mal. Eso genera una fuerte desestabilización. Y luego, la gran vanidad que propone este ambiente. Hay directivos que por salir en una foto son capaces de tirarse de un quinto piso.

C. -Es un mundo muy confuso. Esto que dices tú, mucha gente lo interpreta como un desprestigio de los directivos. No. Lo que hay que decir es cada uno tiene su tarea en el club. Y la tarea de los directivos no es la que hacen aquí. No se pueden meter donde no les llaman. Hoy en día los clubes son tan grandes que parece imposible que no lo lleven los profesionales.

V.- El problema que distancia al fútbol español del italiano o el inglés es que una sola persona quiere abarcar mucho. Para mi gusto tiene que haber departamentos. Departamentos gerenciales, departamentos futbolísticos, un señor, que es el presidente, que aglutina información y que tiene que trazar la política del club. Ésa es la parte que todavía está confusa. Es cierto, se habla de cantera y se tiene cuatro o cinco entrenadores, pero no hay un proceso de selección que abarque grandes zonas del país. No hay instalaciones adecuadas para que los chicos puedan crecer en un ámbito acogedor, ni siquiera los entrenadores cobran un sueldo digno como para dedicarse exclusivamente a ese trabajo. Todo eso hace que la formación de un futbolista sea muy silvestre, incluso en clubes que tienen un gran prestigio, donde el funcionamiento es casi barrial.

C.- Casi no existe. Si hablas del fútbol base, no hablas de dinero. En un club grande, como el Barcelona o Real Madrid, el entrenador de un equipo de fútbol base, ¿qué es?, ¿entrenador o enseñador? Si es entrenador, quizá algún día quiera ascender como entrenador. Esto quiere decir que ya vive de los resultados. Y él no tiene que vivir de eso: tiene que exigir el resultado como enseñanza. Y lo que está pasando se ve enseguida: la calidad técnica ha disminuido en los últimos veinte años. Por eso estoy totalmente en contra de que los entrenadores del fútbol base necesiten papeles para ejercer su trabajo. ¿Quién tiene que entrenar? El chico del pueblo de al lado que ha jugado toda su vida al fútbol y ahora quiere enseñar a los chicos. No uno que ha estudiado, porque este señor invierte su tiempo en subir la escalera. ¿Y cómo se sube la escalera? Ganando. Si tú eres directivo, no ficharás como entrenador a uno que ha dejado a su equipo juvenil en cuarta posición. Pero a mis ojos, quizá es el mejor entrenador que hay.

V. -Hay otro problema más grande. A medida que me armo de una experiencia, me encuentro que la organización no es tan complicada. En un equipo mediano no son más de cinco personas, cada una de ellas gobernando un área, que a su vez cuenta con tres o cuatro personas. Con eso se pone en funcionamiento un club. De lo contrario, el club se aboca a la confusión.

C.- No quiero desviar culpabilidades. ¿Quién es culpable? Lo veremos al final. Antes tienen que hacer lo que deben: respaldar, ayudar, comprar si saben.

V.- Un club que trabaja coordinadamente, ficha. Aquí da la impresión de que Lorenzo Sanz hizo una apuesta por Mijatovic y que el jugador ya le pertenece a Lorenzo Sanz. Y si fracasa Mijatovic es un poco un fracaso de Lorenzo Sanz. Así se encadena todo, también por la intención del periodismo de individualizar los problemas, porque si ponen cara y nombres a lo que sucede parece que venden mejor. Lo lógico sería: el Madrid fichó a Mijatovic, el Madrid echó a quien fuera. Pero no. Lo hacen al revés. Cuando hay que echar a alguien, dicen: a ti el que no te quiere es el „míster.“ De todas formas has dicho algo importante: me gustó el mensaje que enviaste anoche (en la entrega de premios del diario“ Marca). „Hablaste de los jugadores como el eje del fútbol. Es decir, los entrenadores, dentro de esta gran fiesta, somos personajes importantes, pero secundarios...

C. -Servimos de ayuda.

V.- Y ahora me estás diciendo que el futbolista es cada día peor en el terreno técnico. Atando los dos comentarios, me da la impresión de que el entrenador, al aumentar su poder dentro del fútbol, está empujando al futbolista a no pensar. Al jugador le están robando...

C. -La iniciativa, la atención. Veamos: antes también se marcaban goles de faltas y de córner. No es nada nuevo. Pero ahora todo eso de la estrategia es lo primero. A mí me sorprende. Quiero decir que si la barrera esta así o de otra manera, se ejecuta de tal o cual modo. Y los que tienen más calidad, la meten dentro. ¿Tú crees que Maradona ha metido tantos goles de falta porque ha estudiado estrategia? No, tiene la calidad. Y se acabó. El otro, en el España-Escocia sub 21, hubo tres goles: dos de falta y uno de córner. Y no hubo ninguna ocasión más. Yo estoy acostumbrado a que la gente falle oportunidades, pero hemos llegado a un punto en el que no se crean.

V.- Pero la prensa siempre está muy deslumbrada por el campeón y el campeón ha marcado la mitad de sus goles con balones detenidos. La moda nos aboca a eso.

C.- Pero eso provoca un fútbol más triste. Si prefieres dejarte caer para tirar una falta antes que driblar a uno y crear algo, entonces algo no va bien. Hoy en día, es un pelotazo adelante, el delantero cubre el balón, no para cubrirlo, sino para que le empujen, para que le hagan falta. Esto no es lo mío. Yo no puedo pasarme dos entrenamientos a la semana para hacer estrategia. Tres entrenamientos haciendo fútbol, sí. Lo otro, no.

V. -Se trata en muchos casos de simplificar al máximo, de poner la pelota lo antes posible lo más cerca posible del área, si nos hacen una falta mucho mejor. Y si nos la roban, están lejos de nuestra portería. Ahí se termina el curso de entrenadores.

C.- Pero te digo que no, que no es lo mío. Es algo preocupante, pero también hay esperanzas. Lo digo por los ingleses, cualquiera que sea la opinión que se tenga de su fútbol. Pero en el último año están jugando bien al fútbol.

V. -Es cierto. Hay equipos como el Liverpool...

C.- Que empiezan otra vez donde nosotros lo dejamos. Ellos ahora la tocan. No voy a decir que hacen el fútbol que más gusta, pero juegan bastante bien. Mira, el que marca la línea es el público. Sin saberlo, el público es el que dirige las tendencias. Por eso se producen los altibajos. Cuando se produce una época de mal fútbol, no van. Les gusta ganar, pero quieren que se juegue bien. Y cuando esto ocurre, vuelven al campo.

V.- Porque esa es otra historia. Resulta que tú has conseguido la mayor cantidad de títulos en la historia del Barcelona. Esos son números, no se discuten. No es opinable. Nadie ha ganado más que tú. Y, sin embargo, se te sigue acusando de romántico. Eso es terrible. Nos han robado la palabra eficacia. Lillo lleva al Salamanca de Segunda B a Primera. Le echan. «¿Has visto?», dicen. A mí me tocó salir campeón con el Madrid en la primera temporada. Me echan. «¿Has visto? No se puede jugar bien». Es una cosa tremenda. Porque por cada uno que echan de esta escuela, echan catorce de la otra. Pero los otros parecen que no pierden nunca, como que ganan también cuando les echan.

C. -¿Qué es lo máximo a lo que puedo aspirar como entrenador? A que este futbolista ejecute perfectamente la jugada. Sobre todo dentro del área, que es donde nace el gran jugador, porque allí hay que jugar, hay que juntar, hay que meterla dentro. Y estoy hablando de eficacia.

V.- Estamos hablando de hacer útiles las condiciones técnicas.

C. -El ejemplo más claro es Laudrup. Laudrup quizás ha sido el mejor jugador que ha habido en España. A mi juicio, sabía todo: ejecutaba, pasaba y marcaba la diferencia en esos veinte metros, pero cuando se fue acomodando, se puso lejos del área. Ahí no sirve. Ahí no me hace falta. Exagerando, allí puedo jugar yo, porque tocarla todavía puedo. Lo que no puedo es decidir en los veinte metros finales. Contigo, Laudrup también decidía en los primeros tiempos. En el segundo año, ¿dónde jugaba?

V.- Más atras.

C.- Yo soy el primero en sentir admiración por Laudrup. ¿Que alguien te dice que puede hacer las cosas en tal sitio? Muy bien, pero a mi no me pueden engañar porque no deciden. No ganas sólo por jugar bonito. Ganas cuando añades la eficacia. En la época de Romario: a mí me daba igual lo que hiciera, pero metía 30 goles.

V. -El tema de que salgan peores jugadores, que se vea peor fútbol, ¿con qué tiene que ver? ¿Con la formación o con las nuevas ideas que hacen que el futbolista no pueda responder a los problemas de una forma instintiva, porque salen al campo a cumplir misiones?

C. -Tiene que ver en buena parte con la enseñanza y con el conocimiento de los entrenadores. Hay cosas que se enseñan y se aprenden pronto. Si yo tengo un extremo derecho que es un buen pelotero, pero no quiere participar para nada en el trabajo defensivo, participar en el equipo, juntar las líneas, hacer su trabajo, entonces no juega. Todo el mundo tiene que trabajar. Si este jugador aprende y se le enseña sus deberes, el problema para el futuro está liquidado. Pero muchas veces te encuentras con gente que te dice: 'Es que el chico no sabe'. Pues cuando no sabes, hay que aprender.'¿Y si perdemos el partido?' Mala suerte. A mí me interesa mucho más que este extremo derecha aprenda sus deberes defensivos que a ganar el partido del domingo.

V. -Estás hablando de algo muy importante. De que los jugadores encuentren su lugar. Pero hablando de estas cosas, de la belleza, del estilo, el Barcelona ha tenido más problemas en estos dos últimos años para tener la pelota.

C.- Se deshacía un poco. En los equipos anteriores había mucha calidad, pero calidad en un sentido que mucha gente no entiende. Por ejemplo, Alexanco. '¿Por qué tienes a un jugador de 38 años?' Porque sabía interpretar el juego y las posiciones. Siempre llevaba la línea defensiva hacia adelante, salía con la pelota y juntaba las líneas. Koeman también lo hizo. Porque cuando aprietan los defensores hacia afuera, se reduce el campo. Es una calidad difícil de encontrar.

V.- ¿Te animarías a decir cuál fue el mejor Barcelona tuyo?

C. -Cada momento ha tenido su encanto.

V.- ¿Y el que te hacía sentir más tranquilo y satisfecho?

C. -El del 92 o el de la primera Liga. Porque había un poder enorme. El año que teníamos una desventaja de 20 goles en el“ goal average .“ Fuimos a Valladolid. 'Eh, eh, hay que salir al campo y hay que cogerlos'. Salimos al campo y les metimos seis. Había que hacerlo y lo hicimos. Había un poder dentro del campo, que aparte de la calidad, nos hacía sentirnos seguros. Era increíble.

V. -Más que en la Liga de Romario.

C.- Sí, porque en la época de Romario eran unos jugadores más trabajadores y uno que terminaba. Porque en el 92, en aquel partido de los seis goles en Valladolid creo que cinco jugadores marcaron.

V.- ¿No puede provocar una regresión victorias como la de la Juventus?

C.- Puede que sí, aunque como he dicho antes me gusta la progresión de los equipos ingleses. También me gustaron los comentarios de los futbolistas holandeses después de perder con la Juventus. Todo el mundo estaba desilusionado y ellos dijeron: 'hemos jugado mal. Si nosotros jugamos bien ganamos el partido'. Es decir, ahí está la mentalidad: si se juega bien, se gana. Me gustó porque se sienten responsables de lo que hacen.

V.- ¿Qué opinas de la Liga?

C.- Ha sido bastante mala. Se han producido cosas preocupantes. Me refiero, por decir un caso, a la adaptación a los nuevos reglamentos. Y volvemos a Inglaterra: allí el reglamento está sirviendo al juego. Aquí no. No he visto ningún partido en Inglaterra en el que un jugador se haya dejado caer. Si era falta, era falta. En España, es un problema muy grave, porque no se controla esto, el teatro, el engaño. Hay que potenciar el fútbol y la honestidad. Si uno no me empuja, no me dejo caer.

V.- Otra impresión es que el Madrid y el Barça se han metido en una vía de urgencia...

C.- Lo que el Madrid ha hecho bien es cerrar una época. Pero hay un problema. ¿Cómo se pueden fichar tres jugadores sin tener entrenador? Quiero decir: está bien, pero está mal hecho. Las decisiones que han tomado se pueden entender, aunque también hay cosas que salen perdiendo. Se han cargado al fútbol base con estas decisiones. Por ahí se empiezan a producir fricciones, a perder equilibrio en el club. Una vez más, antes de empezar han creado un problema.

V. -¿Tienes esperanzas en la Eurocopa?

C.- La ilusión la tengo en tres equipos. Portugal, porque tienen muchos jóvenes y hay ver como se han desarrollado. Holanda. Y la gran incógnita, y probablemente el mejor país futbolístico: Croacia.

 

La esperanza trágica

Pedro Laín Entralgo, de la Real Academia Española. 

Diario ABC  · Martes, 16 de abril de 1996

Comentando el contenido humano del teatro de Buero Vallejo, me preguntaba yo: puesto que el hombre es por esencia un ser deficiente y advierte el hecho de serlo, ¿es razonable la esperanza de un estado de la vida humana en el que tal deficiencia total y definitivamente desaparezca?

La respuesta a esa interrogación  puede adoptar y adopta de hecho tres formas típicas: la resignación, la acomodación y la rebeldía, desesperada en algunos casos y esperanzada en otros. Con muy diversos matices, todos esos modos de la respuesta aparecen en los dramas de Buero. Por su trascendental importancia, me limitarré a comentar el último de ellos: la rebeldía esperanzada.

Vivir humanamente es un constante estar esperando. El esperar, más esperanzado unas veces, más desesperado o desesperanzado otras, es una de las notas constitutivas de la existencia del hombre. Vivir es, entre otras cosas, tener que esperar. Cuenta Ortega haber recibido de Paul Morand una biografía de Maupassant, con esta dedicatoria: «Le envío esta vida de un hombre que no esperaba. Y Ortega apostilla esta frase diciendo: «¿Tiene razón Paul Morand?» ¿Es posible –literal y humanamente posible– un humano vivir que no sea un esperar? ¿No es la función primaria y más esencial de la vida la expectativa, y su más visceral órgano la esperanza?

Sí la esperanza es nota constitutiva de la existencia del hombre. Pero, dicho esto, sin demora hay que afirmar que, aunque esencialmente conexos entre sí, deben ser distinguidos dos modos cardinales de la esperanza: la esperanza de lo penúltimo y cotidiano, esa que hay en nosotros cuando decimos «espero que el tren llegue a su hora», y la esperanza de lo último y plenificante, por tanto de la total y definitiva satisfacción de nuestras deficiencias y aspiraciones: la cismundana esperanza del marxista, cuando espera alcanzar con su esfuerzo, si no para sí mismo, sí para los hombres del futuro, un estado final de la historia en el que la naturaleza humana  será plenamente realizada, y la esperanza ultramundana del cristiano que para sí y para los demás espera o teme una vida perdurable. En el modo de la esperanza penúltimo y cotidiano se espera el «advenimiento de lo normal»; en el modo último y plenificante, el «advenimiento de lo salvador», en el sentido de los dos versos de Hölderlin –«Porque donde está el peligro / allí nace lo que salva»– que tanto dieron que pensar y  a Heidegger. Es la esperanza a que se refería San Pablo cuando decía que el cristiano debe esperar «in spe contra spem», incluso cuando todo parezca indicar que no hay esperanza.

De modo esquemático, en tres formas psicológicas cobra realidad concreta la esperanza de lo último: una aproblemática, otra insegura, pero real, y otra oculta, y las tres aparecen en el teatro de Buero.

Con mucha razón dicen los teólogos que la esperanza de que ellos hablan puede ser firme, pero no cierta, y cuando al dar por cierto lo que en ella se espera, la salvación personal, llaman «pecado de presunción». La esperanza es entonces «aproblemática». Pues bien: cristianos, judíos, musulmanes o marxistas, hay muchos hombres que esperan el adveni-miento de lo salvador sin hacerse cuestión de su radical problematicidad; esto es, «como si» tal advenimiento fuese cierto. Así espera, valga este ejemplo, Doña Nieves, la echadora de cartas de «Hoy es fiesta»: «Hay que esperar... Esperar siempre... La esperanza nunca termina... La esperanza es infinita», dice con entera convicción, y así los tantos cristianos, musulmanes, judíos y marxistas que confunden la perseverancia con la seguridad. 

Menos confianza, pero no menos real es la esperanza que he llamado «insegura». Durante los últimos años de su vida,  así vivía la suya San Alberto Magno, un santo medieval, no un cristiano del siglo XX, cuando con cierta frecuencia se preguntaba «Numquid durabo?», «¿Es que voy a perdurar?»; expresión que a la vez se refería a la perseverancia de su fe cristiana y a su condición de gratuita criatura de un Dios omnipotente. Así vive también la suya ante su próxima muerte la Superiora de «Diálogos de carmelitas», de Bernanos. 

Llamo «oculta», en fin, a la esperanza de los que, creyéndose a sí mismos desesperanzados, más aún, pensando que la esperanza de un advenimiento de lo salvador es en sí misma absurda –así Leopardi, Sartre, el primer Camus, el Maupassant de Paul Morand– no se suicidan y prosiguen su vida ejecutando obras y realizando actos a los que atribuyen poco o mucho valor y que objetivamente lo tienen. Leopardi siguió componiendo hermosos poemas, no siempre radicalmente nihilistas o pesimistas, tras haber experimentado en sí mismo una total «mancanza di speranza»; Sartre, después de haber proclamado, Moisés de un nuevo y definitivo Sinaí que «El hombre es una pasión inútil» y que, por tanto, la esperanza es radicalmente absurda, compuso la esperanzada «Crítica de la razón dialéctica» e intentó acaudillar la ilusionante rebelión estudiantil de mayo del 68.

Aunque en cierto modo también oculta, pero no bajo la tajante afirmación de que el hecho de esperar lo último y salvador es en sí mismo irracional o absurdo, es la esperanza «contra spem» de que habló San Pablo y la que Buero ha llamado «esperanza trágica»: esa que late en los héroes de las tragedias griegas –Antígona, Orestes, Ifigenia, Filoctetes– y que de un modo u otro han visto en lo mejor del teatro de Buero los desveladores de su condición trágica, Ricardo Doménech e Iglesias Feijoo. Es trágica la esperanza cuando quienes la viven y manifiestan, sin imaginarla de modo concreto, profunda e indeliberadamente la sitúan más allá del fracaso y de la muerte. Filosáficamente considerada, la que Jaspers ve en el fondo de las situaciones-límite de la existencia humana, y acaso la que el último Heidegger pone en el fondo de su reflexión sobre la serenidad como virtud salvadora. Teatralmente expuesta, la de los héroes trágicos antes nombrados, la de Ignacio, cuando en «La ardiente oscuridad» radicaliza ante Carlos su experiencia de la para él invisible noche estrellada, y la que en «La tejedora de sueños» proclama Penélope: «Esperar... Esperar el día en que los hombres sean como tú (dirigiéndose al cadáver de Anfino) y no como éste (dirigiéndose a Ulises)... Sí, un día llegará en que eso sea cierto». Porque, como yo tantas veces he dicho, lo cierto es para el hombre siempre penúltimo, y lo último siempre incierto.

¿Cuál es el fundamento de la esperanza trágica? Jaspers respondería así: «La invisible realidad totalizadora y fundamentante que yo llamo “das Umgreifende”, lo abarcante».   Como simple hombre, no como héroe trágico, sí lo sabía Antonio Machado: «Quien habla sólo espera / hablar a Dios un día», escribió en nombre de todos los monologantes.

 

Chapuzas de la evolución

JESÚS MOSTERÍN

En el siglo XVIII se puso de moda inferir la existencia de Dios a partir del perfecto diseño de las criaturas. El teólogo William Paley (1743-1805) argüía que, así como el preciso ensamblaje de las partes de un reloj revela un fin (la medida del tiempo) e implica un relojero, así también el consumado mecanismo de cualquier órgano animal delata un propósito claro y un óptimo plan, obra de un diseñador divino. Algunos biólogos evolucionistas han compartido el entusiasmo de Paley por la perfecta adaptación de los organismos, aunque atribuyéndola a la selección natural, y no a la divina providencia.

El ejemplo favorito de Paley era el ojo de los vertebrados, un instrumento óptico presuntamente perfecto y maravillosamente adaptado a la función de ver. Sin embargo, y como ha subrayado George Williams, la organización anatómica de nuestro ojo es el resultado chapucero de una serie complicada de avatares evolutivos, algunos claramente desafortunados (desde un punto de vista ingenieril).

El estrato ópticamente funcional de la retina está formado por los fotorreceptores (bastones y conos), las células sensibles a la luz, que transforman la energía de los fotones, que absorben en impulsos nerviosos transmitidos por los ganglios que acaban convergiendo en el nervio óptico, que transmite al cerebro la información recibida en la retina. Una tupida red de capilares sanguíneos aporta el oxígeno y los nutrientes a los fotorreceptores. Cualquier diseño razonable del ojo exigiría que el estrato de conos y bastones estuviese en la parte alta de la retina, adyacente al cuerpo vítreo transparente y por encima de los vasos sanguíneos que lo alimentan. Así ocurre con los ojos de los calamares.

Pero la evolución se mostró chapucera con los vertebrados, en los que la retina está colocada al revés, debajo de las fibras nerviosas y los capilares, que han de ser inútilmente atravesados por la luz antes de impactar en los fotorreceptores. Otra chapuza, consecuencia de la anterior, estriba en que el nervio óptico no se forma (como sería de esperar) detrás de la retina, de donde podría ir directamente al cerebro, sino delante, por lo que ha de abrirse paso a través de la retina por un agujero (el disco óptico, correspondiente al punto ciego del campo visual) para pasar al otro lado. Al final, todos estos defectos se neutralizan y el ojo funciona, pero no es precisamente un paradigma de buen diseño.

El conducto que lleva el aire a los pulmones se cruza absurdamente en la garganta con el que lleva la comida al estómago, poniendo a los vertebrados en peligro de ahogarse. Los mamíferos machos tienen una temperatura interna demasiado elevada para la normal producción de espermatozoides, por lo que sus gónadas han descendido (filogenética y embrionariamente) desde su ancestral posición interna hasta la posición externa del escroto. Lo curioso del caso es que al descender se han equivocado de camino, por lo que sus conductos deferentes se han quedado colgados de los uréteres. Aunque los testículos están muy cerca de la uretra, en la que vierten el semen, éste se ve obligado a realizar una larga expedición por un conducto innecesariamente largo (medio metro) y tortuoso.

Las hembras humanas tienen dificultades para parir y muchos seres humanos tienen dolores de columna porque su esqueleto está más adaptado a la posición cuadrúpeda anterior que al bipedalismo erecto que adoptaron nuestros antepasados hace cuatro millones de años. Nuestro cerebro es el resultado de la reutilización para otras funciones de estructuras de orígenes muy distintos chapuceramente yuxtapuestas.

El mundo de la vida es el reino de la contingencia y la historicidad, ayuno de previsión y de propósito. La selección natural no actúa sobre todos los diseños posibles, sino sólo sobre algunas variaciones aleatorias de unos pocos esquemas arcaicos. Sólo a base de acumular trucos, chapuzas y chiripas logramos los organismos mantenernos provisionalmente a flote. No somos perfectos, pero hemos sobrevivido, aunque sea por los pelos.

[Jesús Mosterín es catedrático de Filosofía, Ciencia y Sociedad en el CSIC]

© Copyright DIARIO EL PAIS, S.A. - Miércoles 15 de mayo de 1996

 

El pelotazo en la cultura

Vicente Molina Foix

EL PAÍS DIGITAL, 02-07-96

Mi modesta aportación a la Eurocopa de fútbol la hago a balón parado para que no se me acuse de cenizo. Como me gusta más el libro que el fútbol pero no hacer nada futbolístico en estos días podría ser de snobs, me he pasado las tardes de partido leyendo el atractivo libro-antología de Julián García Candau „Épica y lírica del fútbol“ (Alianza ), echando cada vez que acababa un capítulo una mirada aviesa a los estadios de la verdadera pasión.

El libro está lleno de perlas y otros tesoros poéticos inspirados por el fútbol, pero por mucha erudición que el autor le eche a la materia ni de lejos captura la relevancia intelectual que este deporte tiene en estos momentos de nuestra historia. Una ley no-escrita pero sabida por los responsables culturales dictamina que nunca se puede fijar una presentación de libros en días de partido televisado, y yo he sido testigo del abandono en masa de reuniones editoriales o deliberaciones para un premio de novela al acercarse el momento de la sensación verdadera en una cancha. Los libros sobre el fútbol considerado como una de las bellas artes no es sólo que abunden, es que prácticamente no hay bella arte hoy que no se nutra de entendidos del balompié (o bolapié, que es la palabra genialmente capciosa que don Salvador de Madariaga proponía). En Santiago de Compostela, hace 10 días, un interesante ciclo sobre filosofía y pintura alcanzaba sus más altos grados de brillantez especulativa cuando los nuevos filósofos del país, terminadas sus conferencias llenas de Derrida, Wittgenstein y Magritte, aquilataban con asombrosa pericia en la cena el toque de la pierna de Hierro, las defensas de Abelardo (sin Eloísa éste), los cabezazos de Amor. Y qué les voy a decir a ustedes, lectores de EL PAÍS, que con tanta frecuencia pueden deleitarse, como yo lo hago, en estas páginas con los primeros espadas de la prosa contemporánea glosando en gran estilo un patadón inolvidable.

No sólo de poesía se alimenta el libro de García Candau. También hace un poco de historia, y por él conocemos la leyenda de que la primera pelota que los británicos trataron de transformar en gol era la cabeza de un soldado romano de Julio César muerto en una batalla. Corría el año 55 antes de Cristo, pero la fecha fundacional del deporte se fija hoy en 1066, y serían también los ingleses los pioneros, así como los guardianes históricos de las palabras de la tribu futbolística „(foot-ball, „„corner, „„goal, „etcétera). ¿Puede así extrañarnos que un país tan civil y parsimonioso, tan culto, llegue a los niveles de salvajismo que se han visto en este campeonato no sólo entre los „hooligans „sino entre los periodistas londinenses? A mí no, desde luego. El misterio del fútbol es la degradación absoluta que provoca en casi todo lo que toca. El tenis, el boxeo, el ciclismo, despiertan emociones en mucha gente, mueven mucho dinero, comparten con las demás aficiones humanas un grado de fanatismo inherente a la especie humana. Pero ¿por qué los „josemariasgarcías, „los „jesusgiles, „los „ruizmateos, „los clementes de este mundo acaban todos en el fútbol? ¿Por qué sólo cuando gana una copa o asciende de división un equipo de fútbol y no de baloncesto nuestras ciudades, Madrid o Barcelona o Alicante, se convierten en muladares de borrachos, histéricos y chulánganos?

La justificación de que el fútbol sublima hoy muchas de las tensiones violentas que las sociedades en paz no tienen por dónde canalizar se queda coja ante el matonismo creciente de este deporte. Por eso nos podríamos aventurar, haciendo un poco de freudianismo de salón, en la sexualidad. Las dos mejores piezas del libro de Candau nos apoyan. En un poema a un guardameta , dice Miguel Hernández: «Ante la puerta se formó un tumulto / de breves pantalones / donde bailan los príapos su bulto», mientras que, en el campo contrario, José María Pemán termina así, en la más aguerrida tradición machista, una oda a Di Stéfano: «Las porterías del mundo / esperan a su galán. / ¡Doncellas del violador! / ¡Ineses de este don Juan!». ¿Ayuda a explicar el asombroso éxito de un tipo como Maradona lo fácilmente que rima su nombre con la testosterona?

 

Mañana pero no mañana

Javier Marías

El PAÍS - 4 de junio de 1996.

A la hora de juzgar al hombre contemporáneo -siempre el juicio tan severo, sobre todo si se trata del occidental y lo juzgan autoflagelantes y autocomplacientes occidentales que se alivian la conciencia particular arremetiendo contra el colectivo-, se olvida casi sistemáticamente el cambio brutal a que se ha visto sometida, por ejemplo, una persona que hoy cuente ochenta años. En el transcurso de su vida ha asistido a más modificaciones esenciales de las que la humanidad ha experimentado durante centurias. Para un ciudadano del siglo V y otro del XIX el concepto del tiempo y el espacio era casi idéntico: los desplazamientos se hacían en ambas épocas sólo por tierra y por mar, y se tardaba aproximadamente lo mismo. La comunicación no había variado apenas y seguía dependiendo más de correos a lo Miguel Strogoff que de ningún otro procedimiento. No se podía escuchar la voz en la distancia, menos aún ver imágenes de lo que ocurría en otro lugar a la vez que sucedían, ni siquera mucho después; no las había en movimiento. Esto por mencionar sólo unos cuantos elementos fundamentales para la concepción del mundo y de los semejantes. Esa persona de ochenta años ha debido alterar sobre la marcha su percepción de la realidad en mayor medida que incontables generaciones anteriores a lo largo de los siglos, y lo cierto es que ya tiene bastante mérito que el hombre contemporáneo no esté aún más desquiciado de lo que está y todavía guarde algo de memoria, que no haya borrado enteramente un pasado reciente que a efectos psicológicos se le tiene que aparecer tan remoto como -insisto en el ejemplo- el siglo V a un individuo del XIX.

Pero hay un factor concreto que asimismo suele pasarse por alto y que es aún más grave y decisivo. A mi modo de ver, el cambio mayor de todos es el producido en la relación de los individuos con el horror. Todos sabemos o intuimos que en todas partes y en todas las épocas se han cometido atrocidades: ha habido guerras, matanzas, asesinatos, persecuciones, crueldad y saña hasta la náusea. Hace sólo sesenta años estuvimos sobrados de todo eso aquí mismo, y hace cincuenta se descubría el mayor exterminio de un segmento de la población europea de que haya constancia, tras una guerra devastadora en el continente entero. A cada ciudad, a cada país les ha tocado una buena ración de horror a lo largo de su historia. Pero ésa es la diferencia básica: a cada ciudad o a cada país le tocaba su porción, nada más, y por sanguinarias que fuesen, no dejaban de vivirse como excepción. Por prolongados que fueran los enfrentamientos, tocaban a su fin antes o después, al menos en su expresión más virulenta y en el territorio con que se habían encarnizado. En el fondo la cantidad de horror que le tocaba contemplar a cada individuo a lo largo de su existencia era -con las debidas salvedades y malas suertes- limitada y nunca constante. A periodos cruentos sucedían temporadas llenas de injusticias y crímenes -nunca han faltado- pero de relativo sosiego por no decir apaciguamiento. Las personas se enteraban de lo que acontecía en los lugares en que habitaban y de poco más. A veces incluso ignoraban lo acaecido en un barrio algo distante si la ciudad era grande como París o Londres. Se sabe de una considerable matanza habida en el siglo XVII en la capital de Francia de la que muchos vecinos ni tuvieron noticia. Ser testigo del espanto, verlo con los propios ojos era a fin de cuentas algo infrecuente, extraordinario, y de ahí que cada vez que se presentaba causara tanta impresión. De ahí que se hayan compuesto poemas y novelas enteras sobre sucesos que en la vida de sus protagonistas o espectadores se sentían como excepcionales y se veían como cimas de la monstruosidad a las que jamás debería volver a llegarse, esto es, con la conciencia plena de que alcanzar tales extremos no era fácil, ni concebible en la cotidianidad. Por decirlo de manera simple, había treguas, o incluso la norma era ésa, la tregua. En todo tiempo la capacidad humana para soportar el horror ha sido por lo tanto limitada, y una costumbre de siglos no se puede cambiar impunemente en pocos años.

Hoy no hay treguas visivas, al menos para el hombre occidental con sus perfeccionadas y nítidas televisiones que le traen diariamente estampas de algún espanto en algún punto del globo. Es imposible que no lo haya siempre en alguna parte, pero hace tan sólo cincuenta años era impensable que en Soria, o en Gerona, o en Madrid, o en Londres o Nueva York se supiera lo que estaba sucediendo en Ruanda o Somalia, en Sri Lanka o Liberia, a duras penas en los Balcanes o si acaso con notable demora, cuando las cosas ya habían ocurrido. Era verdad aquel cuento de Kafka en el que los moradores de una remota provincia china lograban enterarse de la muerte de su emperador quizá cuando ya agonizaba su sucesor, si es que el emisario encargado de llevar la noticia no había olvidado durante su inacabable trayecto el contenido de su mensaje (ya no recuerdo cuál de las dos era la historia, o si eran las dos). Más inimaginable todavía era que eso tan lejano se viera. El aguante del ser humano para la violencia y lo atroz no carece de límites, aunque sólo sea porque nunca antes le fueron visibles tales excesos todos y cada uno de los días de su existencia. Ahora sí, y eso es un cambio tan crucial, una modificación tan brutal en la percepción del mundo y de sus amenazas, en la percepción del otro -que hoy es siempre bestial en una u otra encarnación, sea serbia, liberiana, ruandesa o somalí-, que de nuevo aquí lo asombroso es que a ese ser humano aún le quede algún atisbo de piedad, alguna capacidad de estremecimiento, algún asomo de solidaridad. Cuando nos acusamos de estar cada vez más insensibilizados, de trivializar el espanto, de combinarlo con el postre de nuestros almuerzos mientras las pantallas muestran la guerra y la peste y el hambre y la explotación, dan ganas de contestarse: qué menos. El ser humano jamás había tenido tan presente, tan omnipresente día tras día sin un respiro, la potencia de sus congéneres para la crueldad, su lado peor que antes sólo se le manifestaba de tarde en tarde.

El tan cacareado «derecho a la información» de nuestras sociedades es ya tan sólo una frase hecha y vacía de contenido, mera coartada para soltar a los ciudadanos cualquier cosa, cualquier imagen. La información no siempre es buena en sí misma, ni interesante si no nos concierne, ni útil para quien es objeto de ella. Yo no sé hasta qué punto es útil que los habitantes de Soria estén informados con cristal de aumento de lo que acontece en Liberia. Probablemente sí, probablemente sirva para que un día de saturación los ciudadanos de esa provincia y de todas las demás hagan presión a sus gobernantes para que intervengan y pongan fin -o al menos paños calientes- a las monstruosidades que aquéllos han visto en sus casas y sus bares. Así ha sido en el caso de Bosnia, al menos. A veces me pregunto, sin embargo, si saberse con espectadores que se cuentan por cientos de millones, si saberse el centro de la atención mundial no es también un acicate para quienes en cada lugar del globo compiten en saña, un estímulo para el exhibicionismo sangriento. No lo sé ni lo puedo saber, y lejos de mi intención pedir límites a las informaciones o a las imágenes. Sólo sé que la relación de los hombres con el horror es otra de la que siempre fue, y por lo tanto también su relación con la vida y la muerte propias y -lo que es más grave- con la vida y la muerte de los demás. Y la evolución de ese cambio ya producido es tan imprevisible como lo fue siempre el mañana, sólo que entonces el poeta aún podía decir: «Mañana, y mañana, y mañana...», como si los cuentos contados por los idiotas, aunque nada significaran, fueran siempre a permanecer para ser relatados en las treguas que ya no hay.

 

LA ÓPERA

MANUEL RIVAS

EL PAÍS - 17 de julio de 1996 

Como a Pavarotti, no le gusta la ópera. Está convencido de que el verdadero sueño del tenor italiano sería cantar los goles de un mundial de fútbol. Por su parte, siempre asoció la ópera con el soufflé. Y los grandes conciertos de música clásica, con el Ustedes son formidables.

Recuerda que la metáfora gastronómica era más dura en Grombrowicz: «Mi alma rechaza con repulsión la música servida con albóndigas en una fuente dorada por un maitre embutido en un frac». Hay algo extraño en su naturaleza que le lleva a sentir simpatía de los desdichados que sufren un ataque de tos en plena sinfonía de marco incomparable. Cuando el público culto aplaude con arrobo calculado, en perfecta formación de aplauso, este hombre raro imagina al mismísimo Kim Jong Il con la batuta en una sesión del comité central coreano. Y añora los aullidos de AC / DC y los pareados de Manolo Cabezabolo.

Hay otra forma de ver las cosas. Piensa que si el juicio final fuera un proceso colectivo, Mozart salvaría a la humanidad. Tumbado en un camastro de oscuro campamento militar, viene a redimirlo María Callas cantando Castra Diva. Esa voz es lo más parecido a la luz que fecunda una vidriera. Y ahora escucha a Schubert, no en un concierto, sino en el piano de un exiliado que ha vuelto con una perplejidad azul mar en los ojos. En una humilde calle de mala fama, empinada y con orines, canta una Desdémona. Y un camionero sintoniza emocionado cada tarde el Clásicos populares de RNE.

Comprueba ahora que la atracción que el poder siente por la ópera es, como en él, instintiva y primaria. Es un gran día para la lírica, dice el ministro, tras expulsar del teatro Real al enemigo. De fondo, el hombre raro escucha La balada de Mackie el Navaja, en La ópera de tres perras gordas, de Brecht. Es verdad. Ha sido un gran día para la ópera.

Para saber quién diantre manda aquí.

 

El encierro de Pamplona: una afición de tiempo inmemorial

IGNACIO CÍA

EL PAÍS - Julio de 1996

La feria de San Fermín o Feria del Toro, el ciclo taurino más famoso del mundo, que no el más importante -ese es el de San Isidro, en Madrid- empieza esta tarde, la víspera del día del santo, con la abrumadora expectación de siempre. Este año debutan los hierros de La Ermita, El Sierro y Alcurrucén, que competirán con las ganaderías de Miura, Cebada Gago, Guardiola, Torrestrella y Marqués de Domecq. El ciclo, que consta de ocho corridas de toros y dos novilladas, anuncia a los toreros con mayor cartel del momento, excepto Joselito y Víctor Puerto.

La Casa de la Misericordia de Pamplona (MECA), asilo de ancianos que tiene en propiedad la plaza de Pamplona y organiza los festejos, no llegó a un acuerdo con Víctor Puerto, triunfador de San Isidro, para sustituir a César Rincón en una de las dos corridas que tenía contratadas en la feria y que no podrá torear al no haberse recuperado de su lesión de rodilla. Según Ignacio Cía, director de la Meca, Puerto había solicitado matar las dos corridas de Rincón, que ha anunciado su reaparición para el día 20 de este mes en Manzanares (Ciudad Real), pero sólo se le ofreció una de ellas y no aceptó. Los sustitutos son Juan Mora y José Tomás, que debuta en Pamplona.

Los amigos de la Peña El Encierro de Cuéllar nos invitaron en el pasado mes de febrero a compartir unos coloquios sobre los encierros. En Cuéllar consideran su encierro como el más antiguo de España y casi con seguridad que llevan razón. En aquella grata visita pudimos comprobar que tanto Cuéllar como Pamplona son dos ciudades con muchos años a sus espaldas y ambas dentro de recintos amurallados.

No es preciso indagar demasiado para comprender que la afición a correr toros viene de tiempo inmemorial. Existe documento que acredita la organización de una corrida de toros en Pamplona en el año 1385 por el rey de Navarra Carlos II. Los actuantes fueron dos hombres de Aragón a los que se pagó 50 libras.

Esta afición y las condiciones urbanísticas obligó a que los toros que se compraban para los jolgorios de las fiestas tuvieran que estar guardados o depositados en corrales fuera de la urbe en lo que antes se llamaba «fuera puertas». También resulta lógico que para poder jugar los toros en la plaza del pueblo era preciso trasladarlos desde los corrales al lugar de sacrificio. Esta sencilla operación de llevar los toros de un sitio a otro dio lugar a lo que iba a llamarse el encierro.

Está claro que a los bóvidos los llevaban arropados por caballos para que sus jinetes hicieran de guardianes y evitar que alguno de los cornúpetas, con ideas propias, se largara de aquella encerrona.Ciertamente era un honor conducir los toros a caballo y el abanderado, que era como se llamaba a quien ostentaba la capitanía de aquella tropa, entraba destacado en la plaza para recibir los honores del pueblo.

No obstante, en 1686 el Ayuntamiento de Pamplona prohíbe a tal abanderado participar en el encierro porque no es digno que el regidor entre en la plaza ejerciendo oficio de vaquero y le amenazan, además, con 500 ducados de multa si lo hace. Debían de tener una gran afición a hacerlo. Toda la vida ha existido la vanidad.

No sé si los primeros que corrieron delante de los toros fueron unos trasnochadores o unos madrugadores. Me inclino por los que no se fueron a dormir. Alguno de ellos cometió la travesura de ponerse en el recorrido delante de la manada, bien por sentir la comezón de desafiar a las fieras, bien por apuesta, que en estos pagos suele ser costumbre arraigada. Lo cierto es que se inició una tradición que no fue exclusiva de Pamplona, porque hasta avanzado el siglo XIX se celebraban encierros en varias ciudades y pueblos, incluidas las capitales Madrid y Sevilla.

 

Francisco Rico afirma que el 'Quijote' «revolucionó la ficción» 

EL PAIS - 19-02-97   

 «La gran novedad del „Quijote  „es el tono, la voz del narrador: Cervantes revoluciona la ficción concibiéndola no con el lenguaje artificial de la literatura, como entonces era la norma, sino en la prosa familiar de la vida». Así resumía Francisco Rico la interpretación del „Quijote  „que presentó ayer en el ciclo que la Fundación Politeia viene dedicando en Madrid a la época de los Austrias. El académico insistió en que el realismo del „Quijote  „está menos en el tema que en el modo de contar: con la libertad, los cambios de registro y los zigzagueos de una conversación entre amigos de buen humor, hasta los episodios menos verosímiles quedan situados en el ámbito de la experiencia diaria.

«Por eso», añadió, «es tan imperioso disponer al fin de una edición segura del „Quijote „, porque el arte del novelista con frecuencia se cifra en pequeñas modulaciones de la voz, que, precisamente por formularse con un acento coloquial, sufrieron continuas deformaciones en manos de los impresores». Sin embargo, las ediciones de la obra maestra de la literatura española están plagadas de erratas y deficiencias de todo género: sin ir más lejos, no existe ni siquiera una que haya publicado correcta e íntegramente el título que Cervantes le puso al capítulo primero.

Rico explicó que la solución al problema no está en reproducir ciegamente ninguna edición antigua, y menos aún sin manejar los originales, sino, como sigue haciéndose, sobre la base de facsímiles repletos de errores: «Contamos con tres o cuatro impresiones especialmente autorizadas por el propio Cervantes, y todas han de tenerse en cuenta y ser valoradas y estudiadas caso por caso, advirtiendo, por ejemplo, si las correcciones que introducen coinciden con los usos lingüísticos del escritor o, por el contrario, notando qué tipo de gazapos tienden a cometer los varios cajistas que trabajaron en cada una». «Ni una sola palabra debe entrar en una edición solvente del „Quijote  „sin examinarla a la luz de la totalidad del vocabulario cervantino, las costumbres de los impresores y la tradición textual de la obra», dijo Rico, responsable de un texto crítico del „Quijote  „que el Instituto Cervantes publicará en otoño.

 

La enseñanza de la religión: Dios en clase

El País - 21 de junio de 1996

 NO PARECE concebible que la sociedad española de finales del siglo XX se vea arrastrada a episodios de una“ guerra de religión.“ Si tal hipótesis es felizmente descartable se debe al grado de madurez de la sociedad española, a su aprecio de la convivencia y a su convicción de que el pluralismo y la tolerancia son valores a defender por encima de todo. De ello ha dado pruebas más que sobradas frente a las pretensiones de confesionalismo militante que no ha dejado de mantener la jerarquía de la Iglesia católica en lo referente a la enseñanza de la religión en la escuela pública. Éstas se manifiestan ahora con renovado ímpetu tras el acceso al poder del PP, un partido que, según el presidente de la Conferencia Espiscopal, Elías Yanes, es más receptivo que el PSOE a las exigencias de la Iglesia.

La enseñanza de la religión católica en la escuela es materia de conflicto desde la fundación de la democracia española. Resolverlo a gusto de todos parece imposible, pero los socialistas consiguieron unos compromisos que hacían compatible la aconfesionalidad del Estado con la enseñanza de la religión para los estudiantes que así lo decidieran. Este equilibrio puede romperse si el Gobierno del PP decide hacer de la religión una asignatura escolar con valor académico, computable como el resto de las disciplinas, e impone a los alumnos que no quieran una enseñanza confesional de la religión el estudio de una asignatura alternativa con carácter obligatorio.

Es cierto que, tras los primeros anuncios oficiales que apuntaban en esa línea, la ministra de Educación y Cultura, Esperanza Aguirre, parece haber dado marcha atrás o al menos ha negado que haya una decisión al respecto. Pero es comprensible la alarma que las primeras proclamaciones han suscitado en el ámbito sindical de la enseñanza, las asociaciones de padres de orientación laica y los partidos de oposición. Obligar a los alumnos que no deseen estudiar religión a cursar una asignatura de ética y puntuar con nota ambas materias -la religión y la ética- tiene difícil encaje en un Estado laico y no confesional. Otra cosa es que la religión, como fenómeno social y cultural, y los valores éticos merezcan figurar de la forma más solvente y objetiva en la formación de los alumnos.

La jerarquía católica nunca ha aceptado las sucesivas fórmulas barajadas para dar una solución adecuada al problema de la enseñanza de religión. No sólo ha pretendido que la asignatura formara parte del bloque curricular académico en igualdad de condiciones con el resto de materias académicas, sino que ha combatido las opciones contempladas para los alumnos que decidían no matricularse en ella. En los primeros tiempos se opuso a la implantación de la ética como alternativa ante el temor de que se transformara «en un arma ideológica contra la enseñanza religiosa manejada por partidos políticos de inspiración marxista», como afirmaba un documento de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis en 1982. Impugnó después la fórmula de estudio asistido para los alumnos que no cursan religión por considerarla académicamente discriminatoria para los que optan por esa enseñanza. Pero tampoco ha estado de acuerdo con la fórmula „religión o patio“ que se barajó. Porque temía que tal opción provocara una fuga al ocio de potenciales alumnos de religión. La situación actual es insatisfactoria porque hace académicamente inútil el tiempo de quienes no acuden a clase de religión. Luego el problema persiste y requiere soluciones. Pero se equivocaría gravemente el Gobierno del PP si, tentado por ciertos círculos, recurre a recetas del „nacionalcatolicismo.“

 

Iglesias y sectas protestantes ganan terreno a la Iglesia Católica en Iberoamérica

El PAÍS - 10 de junio de 1996

Expertos internacionales debaten en Madrid las pugnas religiosas al borde del milenio,

Para millones y millones de iberoamericanos vivir es sobrevivir, y también significa creer que la salvación está al llegar gracias a la misericordia sobrenatural. Hay en el continente una guerra múltiple entre religiones por el control de las personas: sobre todo la batalla se da entre la Iglesia Católica y las protestantes -que crecen cada vez más-, pero también entre ellas y los ritos autóctonos o los mil sincretismos. La Casa de América en Madrid ha acogido la semana pasada el seminario „La controversia religiosa y el milenio en los pueblos amerindios“, patrocinado por la Comisión Europea. 

Discurso del predicador Billy Graham en Puerto Rico,en 1995 

 «Iberoamérica era antes un continente católico, pero no se puede decir que siga siéndolo, por el constante crecimiento de grupos protestantes», dice Manuel Gutiérrez Estévez, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid y coordinador del seminario. «Hay en todos esos países un sentimiento apocalíptico, de crisis, que se apodera no sólo de los indígenas, sino de extensas capas urbanas. Lo preocupante es el paroxismo proselitista de unos grupos que no contemplan la tolerancia como un valor, sino que anteponen por encima de todo la salvación, si es necesario impuesta a la fuerza».

La lucha por dominar las conciencias se traduce a vceces en muertos. «No son sucesos que suelan aparecer en nuestros periódicos», dice Gutiérrez Estévez, «pero están ahí. No siguen las pautas ideológicas de Occidente, y eso incomoda aquí, porque demuestra que la mayor parte de los seres humanos andan metidos en confrontaciones emocionalistas, agravadas además por la mezcla de sentimientos de fin de milenio: si en las culturas cristianas esa fecha se aguarda con inquietud espiritual, en comunidades como las de Yucatán y en otras, creyentes en un tiempo cíclico, se espera todo un cambio de era».

Desesperación

«La gente está tan desesperada que no sabe ya a qué agarrarse para salvarse», resume el antropólogo español Antonio Pérez, para quien «resulta dificilísimo exagerar la importancia de la proliferación de sectas pentecostelistas. Sólo en Guatemala habrá unas 500. Pero hay datos sintomáticos de países más desarrollados: en Chile el 30% de la oficialidad de la Armada se adscribe a este tipo de sectas».

El gran seguimiento de que gozan las sectas puede explicarse tanto por el consuelo espiritual como material. «E incluso por un pragmatismo trágicamente elemental», dice Pérez, «como cuando en los años 80, en Guatemala, apuntarse un pueblo a la iglesia del Verbo Divino, la del dictador Ríos Montt, significaba que no te bombardeaban. La fe del converso, en Iberoamérica, sigue midiéndose por la munición del convertidor». Pérez advierte que la expansión de estas sectas no es sólo un asunto iberoamericano: «Las hay por supuesto en África y Asia, y yo me he quedado pasmado ante el poderío que exhibe, en Papúa-Nueva Guinea, el llamado Instituto Língüístico de Verano, que se escindió del baptismo oficial».

De los indígenas misquitos nicaragüenses se habló mucho en la época sandinista, poco menos que como mártires independentistas y antisocialistas. Desaparecieron de la prensa occidental en cuanto cayó el sandinismo. «Ahora, en lo religioso, viven una crisis», dice Myrna Cunningham, rectora de la Universidad de las Regiones Autónomas de la Costa Caribe y diputada misquita. «Las autoridades autonómicas están sustituyendo el liderazgo de los pastores de la Iglesia Morava, que tuvieron mucho protagonismo durante la guerra entre sandinistas y contras » .

Aunque contraata últimamente, la Iglesia Católica «es prácticamente un convidado de piedra en una región que fue colonizada por británicos y por una iglesia de origen checo, la morava, que lleva 150 años allí», dice Cunningham. «Ya no se sabe qué es moravo o qué propiamente misquito, porque además otros pueblos de la zona, no misquitos, tuvieron que leer la Biblia morava en misquito, único idioma al que estaba traducida. Ahora la Iglesia Morava se ve desafiada por otras protestantes, que van implantándose».

Utopía, milenarismo, caudillismo y ultraliberalismo económico producen en Iberoamérica un cóctel explosivo. Evita Perón, viva o momificada, ha dado origen a un culto parareligioso en Argentina; Fujimori se alza en Perú sobre las cenizas del credo senderista y propone una fe ciega en el libre mercado; el zapatismo mexicano sustituye en la era de Internet al poster del Ché... Los ejemplos son incontables.

La materia no se destruye, se transforma, dijo el científico. La materia de los sueños iberoamericanos es la esperanza. «A vida vai melhorar», promete un samba brasileño. Aunque cada día sea un desmentido a esa esperanza, todo un continente sale cada mañana a la calle convencido de que el paraíso va a asomar a la vuelta de la esquina.

Guadalupe contra Titicaca

La pugna entre la Iglesia Católica y las confesiones protestantes abarca el continente entero. Aunque México y Bolivia no son los campos de batalla más exacerbados -el centro del huracán habría que situarlo en Centroamérica, en especial en Guatemala-, por ello mismo resultan sintomáticos para analizar ese choque que parece estar cambiando la tradicional faz católica de Iberoamérica.

«La última polémica sobre la Virgen de Guadalupe me ha sorprendido porque el abad, Guillermo Schulemburg, haya dicho hablando en voz tan alta, y ahora que tiene 83 años», dice Carlos Garma, chicano de origen, antropólogo de la Universidad Autónoma Metropolitana de México y estudioso de minorías religiosas en la capital federal.

«Lo ciero es que cada vez que voy a Guadalupe», constata Garma, «me encuentro con que los sacerdotes regañan a los indios por tener esa fe tan popular. La posición crítica sobre la veracidad de la aparición de la Virgen es muy habitual entre el clero católico mexicano. Ahora bien, la contradicción es que, si el Papa va a México, aboga por utilizar a la Virgen de Guadalupe como defensa contra el protestantismo. Por un lado, pues, la apoyan, y por otro desestiman la fe popular. Ello puede desorientar».

En Bolivia la Iglesia Católica parece también estar perdiendo comba. «El 30% de la población sigue a organizaciones protestantes, incluso fundamentalistas», dice Pedro Portugal, concejal en el departamento de La Paz, antropólogo aymara, y ex director del Centro Chitakolla de Formación e Investigación de las Culturas Indias .

«La teología católica de la liberación caló en capas urbanas, pero no en las comunidades aymaras o quechuas», plantea. «En cambio el protestantismo ha logrado transmitir una ética del trabajo, de a cceso al progreso, y de portarse bien y de tener palabra, y hay zonas, como el lago Titicaca, donde se nota una mejora económica entre quienes se han adherido a ese credo. El proceso hacia el protestantismo, aunque lento, parece algo irreversible en Bolivia». Aunque no desmiente que la gente pueda ser influenciada desde el exterior, Portugal opina que «estas cosas ocurren también porque las personas tienen facultad de elegir, y eligen según sus intereses. Los indígenas se apropian de lo que interesa, y en el resto siguen haciendo su vida. Esa vivencia explica acaso que no se haya aglutinado un movimiento político alrededor de la ola protestante».

Alonso Quijano, lector

Por Ricardo Senabre

Cuenta San Agustín con asombro cómo el piadosísimo Ambrosio –que con el tiempo sería San Ambrosio– se enfrascaba en la lectura de tal modo que «ni movía los labios ni su lengua pronunciaba una palabra». Ocurría esto en Milán, en los años postreros del siglo IV. Cualquier persona hubiera compartido la extrañeza de San Agustín, porque la lectura silenciosa era entonces una actividad impensable, y continuaría siéndolo durante varias centurias. San Ambrosio se comportaba como un innovador solitario y genial, pero su ejemplo murió con él. En la Edad Media, las diversas literaturas nacionales fueron surgiendo al amparo de la oralidad. Se compusieron zéjeles, romances o villancicos para ser cantados con acompañamiento musical, y cantos épicos para su recitación pública. No había imprenta, ni ejemplares disponibles de los textos, ni apenas gentes capaces de leer. Las obras sonaban en la plaza pública, en el atrio, en la congregación conventual, ante una colectividad absorta y subyugada por el poder de las palabras que contaban historias, daban noticias o transmitían emociones que iban dilatando poco a poco la vida y la experiencia de los oyentes. A nadie se le habría ocurrido que el relato de las hazañas del Cid, o el de la milagrosa casulla de San Ildefonso, fueran historias para leer en silencio. Eso lo hacemos nosotros, tergiversando de este modo el designio de aquellos autores, que jamás compusieron sus obras para el disfrute mudo y solitario.

Toda la literatura medieval se desarrolla en un marco de oralidad generalizada. Las comunicaciones, las noticias cotidianas, la instrucción y, en general, las ideas y las formas de vida tienen como único vehículo de transmisión la palabra hablada. Todo transcurre en un mundo de oyentes, y las obras literarias reflejan esta realidad sin pretenderlo. En el «Decameron», Boccaccio agrupa a diez personas que, huyendo de la peste que azota Florencia, se instalan en un palacio alejado de la ciudad y deciden entretener su espera contándose historias. El Conde Lucanor resuelve sus dudas y orienta su conducta gracias a las enseñanzas que se desprenden de los relatos de su consejero Patronio. Dicho de modo más tajante: el Conde va forjándose una moral y un conocimiento del mundo que provienen de las narraciones –orales– que escucha. Todo se aprende oyendo. Si avanzamos un poco y penetramos en el Renacimiento, tropezaremos a mediados del siglo XVI con Lázaro de Tormes, el niño que va haciéndose hombre y descubriendo la vida merced a los golpes –no sólo metafóricos– de la experiencia diaria, pero también gracias a las palabras de sus amos. Y podemos adentrarnos en las páginas de las novelas pastoriles para comprobar que la actividad fundamental a que se entregan los refinadísimos personajes de estos relatos es la de contarse unos a otros sus propias historias. Así se conocen las vidas de los demás, se configuran los sentimientos –de compasión, de solidaridad, de envidia– y se crean unas determinadas ideas acerca de la existencia, todo ello dentro de un ámbito esencialmente oral.

La lectura solitaria y silenciosa llegará más tarde. Es una conquista lenta y, hasta su reconocimiento lexicográfico, se hará esperar. Todavía en 1611, el gran «Tesoro de la lengua castellana o española» de Co-varrubias –que no es precisamente una obra baladí– definía así la palabra «leer»: «Es pronunciar con palabras lo que por letras está escrito». Todo indica, en efecto, que la costumbre de leer en silencio tardó en extenderse. Y la literatura lo confirma. Porque habrá que esperar hasta 1605 para encontrar un personaje cuya visión del mundo no deba nada o casi nada al aprendizaje oral, sino a la lectura retirada e íntima, a la lectura «more ambrosiano». Claro está que sustituir la oralidad por la lectura silenciosa es un paso gigantesco y una experiencia demoledora. Y, como cabía esperar de tan audaz innovación, el personaje no sale indemne del trance. Comenzó a leer a solas siendo Alonso Quijano y acabó por creerse Don Quijote de la Mancha. La locura de Don Quijote no es la del lector de libros de caballerías, sino la del lector a secas, la del personaje que representa la gran transición de la oralidad a la lectura solitaria, que es lo mismo que decir el paso del mundo antiguo a la época moderna. De ahí que pueda afirmarse que Alonso Qui-jano es el primer personaje moderno de la literatura, y la creación cervantina la primera obra de la literatura moderna, porque encierra en su misma sustancia el fenómeno esencial de la modernidad: la transformación de una vida regida por la oralidad en un mundo supeditado a la escritura. Las consecuencias de este proceso, que no se produjo súbitamente ni se desarrolló de manera uniforme, son incalculables: nada volverá a ser lo mismo en las formas de vida, en la educación, en las costumbres, en la literatura. Y el caso es que no conocemos muy bien las diversas fases de implantación de la escritura. Pero también el caso de Alonso Quijano ofrece pistas y estímulos para la reflexión. Por ejemplo, es indudable que la prosa comenzó a ser objeto de lectura antes que la poesía. Por eso Don Quijote, que es un personaje libresco –esto es, formado en la lectura de libros–, tropieza continuamente con gentes que cantan o recitan composiciones líricas. Así, Antonio canta, acompañándose con un rabel, un romance sobre sus amores; Vivaldo lee en voz alta la canción de Grisóstomo; Lotario recita poemas en la narración del Curioso Impertinente... Cualquier lector recuerda muchos pasajes que demuestran cómo nadie lee en silencio la poesía, que aún continúa siendo un objeto sonoro en el siglo XVII.

Los lectores de hoy somos herederos de Alonso Quijano y, por suerte, no tenemos que pagar ya el tributo de la locura. Quienes abominan de la lectura y prefieren la sonoridad parecen más bien anclados en los siglos oscuros. Porque la modernidad va unida a la escritura, y la lectura silenciosa es una manifestación de la independencia individual. Desgajado de la grey, el ser humano se encierra a solas para dialogar íntimamente con otros seres. No existe comunicación más formidable que ésta, capaz de saltar las barreras del tiempo y del espacio. «Vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos», recordó Quevedo. Así no hay por qué asentir o discrepar cuando lo hacen los demás, ni someterse a la batuta de cualquier improvisado director de orquesta. Cada uno se forja a solas sus reacciones, construye sus ideas, enfoca libremente su vida personal. Esa libertad, que constituye también una trabajosa conquista del hombre moderno, es algo irrenunciable. Dejar que se erosione, no cultivarla día a día, es el camino más seguro que conduce de vuelta a las cavernas. Por eso algunos, a veces con el mayor descaro, nos empujan hacia él. Y es preciso poner en práctica la nobilísima obligación de la resistencia.

© Prensa Española S.A.

 

Euskadi: causas y efectos

ANTONIO ELORZA

EL PAÍS - 21 febrero  1997 - Nº 294

Recuerdo un episodio sucedido en Irún hace veinte años, en la casa de una familia amiga. Poco antes de cenar entró uno de los hijos del anfitrión. Tenía 16 años, pero aparentaba 13, y venía muy agitado. Todo el mundo le preguntó qué había ocurrido. El muchacho dijo que la policía les había golpeado brutalmente. «¡Pegaban a los niños! ¡Pegaban a los niños!», repetía. Lógico coro de airadas protestas familiares. «¿Y qué hacíais los niños?», me atreví a inquirir. Respondió vacilante: «Pues... quemar un autobús».

El paso del tiempo no ha cambiado mucho las cosas por lo que concierne a Euskadi: hay una inexplicable reticencia a ir al fondo de las causas de cuanto ocurre, prefiriendo quedarse, a pesar de la gravedad de la situación, en el aspecto superficial más favorable para cada uno. Así, en relación a los recientes desórdenes, la culpa puede recaer en que nadie le recuerde a un secretario de juzgado lo que es una convocatoria políticamente correcta (González) o en que la Ertzaintza no esté técnicamente preparada para afrontar asaltos masivos sin disparar (IU). Anasagasti, del PNV, desarrolla el habitual ejercicio de desviación hacia terceros, mencionando la crispación debida a la absurda decisión de los jueces que ordenan detener a los dirigentes de HB. Insensibilidad de Madrid, añade. Balance general: queda fuera de campo el análisis y la calificación de la estrategia KAS, portadora de un fascismo populista cada vez más agresivo, y con ello desaparece la necesaria cohesión entre los demócratas.

Todo lo anterior sería irrelevante de no haber tantos muertos de por medio. Por eso resulta preciso recordar que si los dirigentes de HB están siendo detenidos, cosa humana y políticamente lamentable, no es por la ocurrencia de un juez, sino como corolario de su decisión consciente y pública de ceder su propia voz e imagen a ETA. Y de no pagar luego una fianza. Del mismo modo que si acaban condenados, no menos lamentablemente, ex dirigentes y altos cargos del PSOE por el caso GAL, será en razón de los crímenes cometidos por aquel terrorismo de Estado. Ante tales hechos sólo cabe reafirmar la independencia de los procedimientos judiciales; cualquier reconducción de los mismos desde intereses políticos inmediatos atenta contra el Estado de derecho. Son reglas de juego que en las actuales circunstancias todos los demócratas deben defender al unísono, lo mismo que el espíritu unitario de Ajuria Enea. Claro que si alguno de los miembros de la Mesa prefiere jugar solo, lanzar venablos contra sus aliados y/o «el Estado», y buscar chivos expiatorios en la prensa democrática, como sucede últimamente con el PNV, la crítica sosegada de tal actitud resulta no menos imprescindible.

Negarse a ejercerla sería tanto como buscar refugio en aquella cómoda equidistancia que en el periodo de entreguerras frenó primero, y acabó destruyendo luego, la resistencia de la sociedad civil frente a los fascismos. Porque en Euskadi, más allá de la cortina de sangre, pueblo a pueblo, calle a calle y taberna a taberna, de presión fascista se trata. Por supuesto, todos sabemos que encierra menos riesgos proclamarse neutral, rehuir toda responsabilidad moral, dejando aislado al resistente para que pague la factura de la violencia. Y recriminándole o descalificándole si se atreve a pedir una toma de postura abierta de solidaridad y firmeza frente al terror. Tras el infortunado episodio de Lagun, acaba de registrarse un buen ejemplo con la negativa expresa -antes de la suspensión- por parte de las autoridades de una facultad de la Complutense a que el lazo azul presidiera la sala en un ciclo de intervenciones sobre Euskadi al que estaban invitados un dirigente de HB y otro de las Gestoras Pro-Amnistía. Justo cuando se cumple un año del asesinato de Tomás y Valiente. Si esto sucede aquí y ahora, ¿cómo puede pedírseles a los vascos que asuman el riesgo de resistir frente a una amenaza física real y permanente?

 

Vázquez Montalbán apela al fútbol como señal de identidad

EL PAÍS - 27 febrero 1997 - Nº 300


La teoría apocalíptica que dibuja un futuro en el que la hinchada correría peligro de extinción a causa del fenómeno de las retransmisiones televisivas fue desactivada ayer con un análisis del escritor Manuel Vázquez Montalbán. Fue durante la presentación, ayer, del último número de la revista catalana de historia L’Avenç, que contiene un informe dedicado al fútbol y al hooliganismo en Europa.

Jaume Sobrequés, directivo del Barcelona, agitó el debate con una reflexión sobre las millonarias audiencias que están consiguiendo los partidos televisados y las tendencias mercantilistas hacia las que apuntan las sociedades anónimas deportivas. «Aun a costa de caer en una herejía, diré que es posible que se acabe jugando partidos incluso a puerta cerrada. Si las sociedades anónimas impiden ya que los presidentes de los clubes sean elegidos por los socios y se tiende a un funcionamiento cien por cien empresarial, ¿se mantendrá la actual relación mística entre los socios y los clubes?», expuso.

«Espero que el día que se produzca el cambio que vaticina Sobrequés me avisen porque me cambiaré al parchís», respondió Vázquez Montalbán. «El fútbol me interesa porque es una religión benévola que ha hecho muy poco daño. Existirá fútbol mientras la gente crea en un club y en unos colores como señales de identidad en una sociedad en que cada vez faltan más referencias». Añadió Vázquez Montalbán que es necesaria una revisión autocrítica de los dirigentes del fútbol, que tienen una gran capacidad de para movilizar masas: «Hay gente que ha tenido un capital y se ha aventurado a entrar en el fútbol para adquirir una relevancia que de otra forma no tendría y que maneja instrumentos religiosos de control de la realidad social».

En el numero 211 de la revista L'Avenç se responde, en una serie de artículos, a preguntas como ¿por qué ha tenido tanto éxito el fútbol como deporte en Europa?, ¿hooliganismo es sinónimo de violencia?, ¿qué se puede hacer para acabar con la violencia en el fútbol?, ¿desde cuándo existen las rivalidades entre el Barça y el Espanyol? y ¿es el Betis un club popular y el Sevilla el de los señoritos ?

 

«Hay que...»

ROSA MONTERO

EL PAÍS - 27 mayo 1997 - Nº 389

Hoy me he levantado con el temperamento sociológico, o sea, con ese airoso afán que a menudo nos ataca a los articulistas de deducir enormes teorías generales a partir de minúsculas observaciones personales. Así es que, engolfada en tan baja pasión, me van a permitir que les endilgue mi bonita teoría del hay que .

El hay que es una perversión conyugal. Quiero decir que es un subproducto de la vida en pareja. Pongamos que un matrimonio o unos arrejuntados, da lo mismo, están sometidos, como es natural, al obstinado desgaste de las cosas: los grifos de su casa gotean, o la puerta de la calle no cierra bien, o tal vez existe algún problema con la luz de la escalera. Entonces el marido exclamará: «Hay que llamar a un fontanero, hay que arreglar esa puerta, hay que hablar con el portero». Lo cual en realidad quiere decir: «Llama tú a un fontanero, arregla tú esa puerta, habla tú con el portero». Pero, eso sí, el marido se quedará tan convencido de que ha participado en la gestión conjunta de la convivencia.

Digo el marido, o sea, el hombre, y digo bien. Seguro que también habrá alguna mujer que se comporte con mangoneo tan olímpico, pero reconocerán ustedes que el hay que es un giro verbal mucho más usado por los varones: para comprobar esta aseveración basta con mirar cada día alrededor. Tal vez sea una cuestión de transición educativa: el hombre, acostumbrado hasta hace nada a mandar sobre la mujer de una manera evidente, puede estar ahora adaptando sus modos a los nuevos tiempos por medio de esta frase mayestática y elíptica, de este verbo impersonal y mentiroso que desde luego suena mucho mejor que la orden directa, pero que termina suscitando la misma enrabietada inquina por parte de la mujer. Así son, en fin, los tontos combates de la vida en pareja.

 

El 'lager'

DANIEL MÚGICA

EL PAÍS - 17 febrero 1997 - Nº 290


La editorial Anaya & Mario Muchnik ha publicado un libro de conversaciones con Primo Levi. El lector, tras bucear en las palabras del escritor judío Primo Levi (Turín, 1919-1987), imagina que resta un hálito de esperanza, y que los acontecimientos sufridos por Levi no se volverán a repetir. Ahí está su legado, la memoria histórica, la narración de una maldad sin aristas.

Primo Levi es autor, entre otros, de un libro capital que resume el dolor y la brutalidad. Si esto es un hombre narra la estancia del escritor en el lager, el campo de exterminio nazi. Le encierran en Auschwitz con 24 años, es liberado con 25. Describe el campo de exterminio como una máquina perfecta de aniquilación, donde cohabitan dos categorías: los hundidos y los salvados. Los hundidos son incapaces de aferrarse a la vida; al poco de su entrada en el lager les conducen a la cámara de gas. Los salvados son los que, aun privados de humanidad y esperanza, sobreviven durante unos meses. Los jefes del lager habían inventado un sistema infalible de aniquilación. Los útiles eran enviados a trabajar; los inútiles, a la tumba (en muchas ocasiones las selecciones eran arbitrarias). Los niños, por ejemplo, abrazaban dos destinos. El primero y mayoritario era la cámara de gas ; el segundo , el centro de experimentos del lager. El hambre y el frío son temas recurrentes en un libro que remueve las tripas y recuerda al hombre su infinita capacidad para el mal. Era necesario colocarse al final de la cola o comprar ese sitio, en el fondo del perol de caldo descansaban los trozos de alimento. Era necesario orinar sin perder de vista la escudilla, sería robada y nunca restituida; dormir alerta, despertarse con premura al escuchar el grito del soldado alemán. El castigo a cualquier falta, la más insignificante, pasaba por la muerte. Por eso recibir una paliza pertenecía a la normalidad y se contemplaba como un alivio. Escribe Primo Levi: «Si pudiese encerrar todo el mal de nuestro tiempo en una imagen, escogería esta imagen, que me resulta familiar: un hombre demacrado, con la cabeza inclinada y las espaldas encorvadas, en cuya cara y en cuyos ojos no se puede leer ni una sola huella de pensamiento». Su testimonio, su libro, duele, y no es éste un dolor factible de ser racionalizado o comprendido. La única posibilidad es estudiarlo, conocerlo y prevenir su resurgimiento, que se avecina en la oxidada Europa.

No hay reflexión que justifique el holocausto de seis millones de judíos en los lager. No hay inteligencia capaz de comprender la locura de un país que avala el nazismo, que tiene referencias sobre los campos de exterminio y que aparta la mirada y se recluye en el no saber. En unos casos el miedo al terror impuesto por Hitler les obligaba a ignorar los hechos; en otros, la complicidad y la creencia demoniaca en los postulados del nazismo. Fue fácil buscar el chivo expiatorio. Alemania estaba desangrada tras la primera gran guerra, su orgullo nacional mutilado y su economía devastada. El culpable era el judío, al que se debía privar de casa, familia, dinero y, por supuesto, de dignidad. El nazismo materializó el infierno en la tierra y engulló el Viejo Continente; lo llenó de miseria, traiciones, una llaga que continúa supurando.

Ahora se tiende a obviar el mal, a afirmar que es cosa de un puñado de locos, faltos de dirección, organización y recursos, incapaces de captar a las bolsas de pobreza que exigen un clavo ardiendo, por aferrarse a algo. Una población que, como en los años treinta, puede recurrir a la opción más violenta. La última tendencia es cerrar las viejas heridas y relegarlas al olvido; pretender que la historia, cuando es atroz, obedece a causas aislables mediante el consenso. Eso ocurrió con Hitler, se pactó con él. Luego asesinó a los pacifistas. La herida del antisemitismo sigue abierta. Esa herida crece en Occidente; a ella se suma un racismo activo que mata a las gentes de color, a los musulmanes, a cualquiera que provenga del Tercer Mundo. En el cielo del odio caben los homosexuales, los vagabundos, el que discrepe o sea diferente.

Bastardos como los skins, los terroristas, las bandas de ultraderecha, Le Pen, no parecen estar solos. Comienzan a tener el apoyo de ciertos individuos e instituciones, a gobernar ayuntamientos, a convertir las calles en un lager que se extiende y amenaza con fagocitar Europa.

¿Quién los va a detener?

 Creencias

Manuel Vicent

El País - 12/09/2010

Uno de los misterios del cerebro humano consiste en que un premio Nobel de física puede ser miembro al mismo tiempo de la secta de la Lagartija Dorada. A lo largo de la evolución de nuestra especie el córtex, donde radica la inteligencia, se sobrepuso a los bulbos del límbico, que gobiernan nuestras emociones. Desde ese momento la ciencia y las creencias han seguido caminos dispares, con el ángulo cada día más abierto, pero ciertos individuos tienen la capacidad de vivir con ese ángulo cerrado sin experimentar ninguna contradicción: pueden investigar en un laboratorio la aplicación de las células madre y pertenecer a la Adoración Nocturna, ser expertos en biología molecular y ponerse un capirote de nazareno para llevar en andas a una Dolorosa atravesada por siete espadas.

No obstante, hay que andar con cuidado con este tipo de gente. Se comportan de forma pacífica y racional si pones en cuestión cualquier problema científico; en cambio se convierten en seres muy agresivos y peligrosos si te burlas de la patrona de su pueblo o del fundador de su orden religiosa o de la bandera de su nación. La ciencia es expansiva, universal y positiva bajo el patrocinio de san Pitágoras, san Newton, san Galileo, san Fleming, san Einstein; en cambio las creencias son más intensas y fanáticas a medida que están más concentradas en un ídolo, en un símbolo, en un sentimiento.

Si un japonés, un hindú, un noruego descubre una nueva vacuna, o da un paso adelante en el genoma o inventa un aparato muy cómodo para depilarse la axila, la humanidad entera lo acepta al día siguiente sin distinción de razas ni de dioses, pero no le toques el toro ensogado de las fiestas de su aldea, ni su equipo de fútbol, ni la romería a la ermita, ni las mantecadas que hacía su abuela, porque entonces ese científico, que en el laboratorio investiga el límite del universo donde se precipitan las galaxias, puede convertirse en una fiera o en un idiota.

Sucede lo mismo cuando la política se convierte en una creencia. Ya es un clásico preguntarse por qué existen pobres que votan a la derecha y ricos que votan a la izquierda. Se debe a que el cerebro humano, del rico y del pobre, del amo y del criado, está a medio cocer todavía.

 

Ayúdate

MANUEL VICENT

El País - 19/09/2010

Hubo un tiempo en que los libros de marxismo con todas sus variantes ocupaban la parte principal de la mesa de novedades. Alrededor de ella merodeaban jóvenes con trenca y capucha, morral de lona y patillas hasta media mejilla. Esos libros proponían una solución total a los problemas de la historia. Nada tenían que ver con los traumas personales que esos jóvenes llevaban a rastras. En vista del fracaso del marxismo, lentamente con los años la parte principal de la mesa de novedades fue derivando hacia el esoterismo. La ideología como solución planetaria fue sustituida por la astrología y los tarots, por viajes a Ganímedes y otros ritos tántricos para verse el aura. En ese lado de la mesa confluían chicas melancólicas de cara lavada, vestidas con flecos de viscosa y ojos de color fresa.

Cuando se llegó a la evidencia de que fiar la salvación de la humanidad a la conjunción de los astros era una quimera estúpida, a la mesa de novedades llegaron libros que proponían una salida personal al problema de la existencia. Primero se aceptó el poder de ciertas semillas contra cualquier desastre del cuerpo y del alma; a continuación sobrevino la catarata de libros de cocina, en los que algunos de aquellos marxistas que se habían vuelto gastrónomos, proponían la reconquista del potaje de la abuela como la cota más alta del espíritu. La felicidad había que buscarla en las recetas para adelgazar.

Todo estaba preparado para recibir el aluvión de los libros de auto ayuda. Estos volúmenes eran manoseados en silencio solo por mujeres, pero cada día abrevan más en ellos los ejecutivos, profesores y oficinistas traumados. Cualquier drama tiene un lado positivo, según la solapa. Si en plena crisis a uno lo echan de la empresa deberá considerar ese día como el más feliz de su vida, porque, ya sin jefe, se le abren infinitas posibilidades de ser la persona que había soñado.

Incluso si usted muere no tiene que dar nada por perdido, puesto que existen varias alternativas. Puede ir al cielo a comer mazapán o caer en el infierno donde hay piscinas climatizadas con barra libre o establecerse en el limbo y dejar que la baba le llegue al ombligo. Por mi parte, en este caso, le aconsejo volver a la nada para evitarse más problemas.

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