La lectura

FRANCISCO AYALA

EL PAÍS - 1 abril 1997 - Nº 333

Desde hace ya algún tiempo encuentro cada vez más en mí una cierta resistencia a la lectura. Tomo un nuevo libro, recorro con la vista unas cuantas páginas, y lo dejo: no ha conseguido engancharme. Pienso si esto no será debido a impaciencia mía frente a la mediocridad que suele -y es lógico- dominar en casi todo de lo muchísimo que se publica, o si tal inapetencia es más bien resultado tardío, en esta postrer etapa de mi vida, de la peculiar manera en que durante toda ella me he relacionado con lo escrito. Pues siempre, desde muy muchacho, más que dialogar con los libros, más que estudiarlos, solía meterme de cabeza en ellos. Quiero decir, que para mí han sido una parte (muy importante desde luego, pero sólo parte indistinta) del conjunto de mi experiencia vital, y no un objeto a considerar en frío; no un objeto de distante observación y análisis (aunque también observación y análisis vinieran acaso después)... En mi contacto con las obras de la imaginación poética he encontrado siempre una fuente de impresiones tan frescas y directas, de sentimientos tan verdaderos, de emociones tan hondas como las que pudieron procurarme los descubrimientos de mi propia intimidad sensorial o las revelaciones del mundo afectivo en la convivencia doméstica, o del mundo histórico en los grandes acontecimientos de la época, que de un modo u otro debían precipitar la creación de mis propias invenciones literarias. Nunca sentí yo esa contraposición de lo vital y lo libresco que parecen encontrar otros. Una lectura ha sido en todo instante para mí experiencia de calidad análoga a la de un paseo por el campo, la visita de un museo, el viaje a ciudad desconocida, una comida en compañía o en soledad, quizá alguna enfermedad y su consiguiente convalecencia, un concierto, una conversación amistosa..., cosas todas que pueden ser tan memorables o tan triviales como la lectura de tal o cual libro. Y de igual modo que la repetición de una de esas experiencias no llega a ser nunca mera y verdadera repetición, pues jamás resultará idéntica a la precedente, tampoco el mismo libro vuelto a leer en circunstancias diversas o a distintos niveles de edad o en otro estado de ánimo, podrá ser ya el mismo libro, sino un libro tal vez enteramente distinto. Quizá a todo el mundo le ocurre lo mismo en una medida u otra; yo digo lo que a mí me pasa: para mí, toda relectura viene llena de sorpresas.

Así, últimamente tuve la ocurrencia de volver a repasar una traducción que muchísimo tiempo atrás hiciera de la novela de Thomas Mann Lotte in Weimar, y por lo pronto comprobé que su texto -es decir, el texto de mi traducción- sólo muy vagamente se parecía a lo que estaba guardado en el fondo de mi memoria. Era algo casi desconocido ahora, algo nuevo para mí mismo. Y por supuesto, lo recorrí con curiosidad, con espíritu crítico, con aprobación y desaprobación (hacia mi propia versión española de su texto original, y hacia la propia novela de Mann).

También me he puesto días atrás a leer, en la traducción de mi amigo Juan López-Morillas, esa fascinante novelita de Dostoievski, El jugador, que en mis años mozos había devorado con el entusiasmo propio de aquella edad mía. En la insaciable adolescencia, las obras de Dostoievski fueron pasto muy apetecido de mi imaginación, y cuando, pasada ya la mitad de mi vida, estuve a cargo en Puerto Rico de las ediciones de aquella universidad, barajamos allí entre otros el proyecto de publicar una versión de Los hermanos Karamazov. Editor escrupuloso, encargué a un colega versado en la literatura rusa que comprobara la fidelidad de la traducción española corriente por entonces, debida a Cansinos-Assens, con vistas a su eventual utilización, y que me dijera si la creía sacada directamente del original. La respuesta fue afirmativa. Más aún: el informe la consideraba superior a las traducciones existentes en alemán, inglés y francés, y más fiel que cualquiera de ellas. También me dijo aquel especialista que la prosa de Dostoievski era «descuidada» -el mismo reproche que ha solido hacérsele a nuestro Galdós-. Ahora el prólogo de Morillas a su traducción de El jugador me entera de que esta narración había sido dictada de viva voz por su autor a una taquígrafa, la misma mujer con quien el novelista hubo de casarse poco más tarde... Así, pues, el escritor Dostoievski dictaba su novela, no la escribía... ¿Corregiría luego el manuscrito? En este relato, el narrador lo interrumpe cuando lo lleva bien avanzado para anunciar que «ha pasado ya casi un mes desde que toqué por última vez estos apuntes míos»; y todavía, hacia el final, vuelve a cortar el hilo narrativo para interponer un lapso de un año y ocho meses antes de dar por concluido lo que ahora llama «estas notas». ¿En qué medida ese narrador, personaje él mismo de la historia, se separa del autor, de Fiódor Dostoievski, cuya conocida pasión viciosa por el juego dio materia al cuento que le dictaba a su amanuense? En fin, no sabiendo yo ruso, la lengua en que este gran novelista redactó sus obras, tengo que resignarme a conocerlas tan sólo a través de alguna traducción, manera ésta de acercamiento literario problemática y en todo caso deficiente, a cuyas limitadas posibilidades ya una vez dediqué cierto estudio. Pero, ¡volvamos a lo que iba!: también en este particular caso y bajo condiciones tales pude comprobar que mi recuerdo de la novelita en cuestión, El jugador, difería bastante de lo que ahora me dice acerca de ella esta nueva versión de su texto.

Y ¿qué es lo me dice ahora? Por lo pronto, y ya que mi ignorancia de su lenguaje original me impide tener acceso directo a las palabras y frases en que fue escrita -o, más exactamente, dictada-, no alcanzaré a hacer de la novela sino la que en aquel aludido estudio mío calificaba de una «lectura ingenua»: captaré, pues, su trama argumental, el «argumento», y luego, a lo sumo, podré demorarme a analizar su estructura, el arte aplicado a su composición, un arte quizá aquí intuitivo más bien que meditado y calculado. Pero en cierto modo, los inconvenientes de leer en traducción, que es como mirar a través de un cristal esmerilado, pueden hallarse compensados (no hay mal que por bien no venga, según dicen) por la ventaja de permitir que, en cuanto lector, se relacione uno con la persona del autor sin que entre nosotros venga a interponerse la mediación del artificio verbal: él es el hombre que nos cuenta una historia, y que al hacerlo nos habla, aunque indirectamente, de sí mismo. A este respecto no dejan de ser significativos los datos apuntados antes. Fiódor Dostoievski, un autor despreocupado en general de cuidados estilísticos, en el caso concreto de esta novelita, El jugador, ni tan siquiera redactó él mismo su texto, sino que lo emitió oralmente para que mano ajena lo pusiera por escrito. De otra parte, y es cosa también sabida, aquello que ahí nos cuenta arranca de su propia experiencia vital, con muy inmediatas, concretas y precisas referencias a esa experiencia. Así, pues, la historia ficticia que, vertida en palabras y frases españolas, comunican a este lector que soy yo las páginas que estoy leyendo, es, más que objetivación artísticamente elaborada y estéticamente orientada, un testimonio bastante crudo que, desde su pasado concluso, un cierto hombre de «carne y hueso» me ofrece acerca de sus propias dolorosas vivencias. Y, en efecto, conforme avanzo en la lectura, se va afirmando en mí una sensación de contacto humano análoga a la que en su momento me produjera la del libro que Unamuno tituló Cómo se hace una novela, donde aparecen fundidas literatura, vida humana y una interpretación de lo que la vida humana sea. Pero, en definitiva, no consigo superar la perplejidad de mi anterior pregunta, que no era por cierto pregunta retórica: ¿en qué medida el narrador de la historia, ese tal Dostoievski cuya pasión por el juego dio materia a su cuento, o en su caso cualquier otro autor, logra desprenderse del narrador que se supone relatarla?

Cuestiones son éstas que, como resulta muy obvio, corresponden a mis preocupaciones de escritor, de inventor de ficciones literarias y, al mismo tiempo, de crítico preocupado por los problemas de la creación poética. Más de una vez, y lo mejor que pude hacerlo, he explayado en forma discursiva mis reflexiones, derivadas de la propia experiencia, acerca de problemas semejantes. Pero ahora, en la descuidada ocasión de ociosas lecturas, acuden a mi mente de nuevo, y -ociosamente- me entretengo en anotar la ocurrencia.

 

Las fiestas

 

ROSA MONTERO

 

Es menester reconocerlo: no hay como estos días tan entrañables para sacarse las entrañas unos a otros. La Navidad parece diseñada por un sádico para que en ella se diriman todas las ansiedades, las necesidades soterradas, los complejos afectivos que se van devanando durante todo el año, silenciosos, en la oscura trastienda de nuestras relaciones familiares.

La familia: qué invento. Tan necesaria y preciosa como el aire, y, al mismo tiempo, territorio abisal de nuestras frustraciones. Lentos dolores deambulan por ahí abajo como peces arcaicos, ocultos por toneladas de agua. Pero luego llegan estas fiestas y, a la mínima excusa, emerge todo. Y así sucede que personas sensatas y maduras se llevan de repente formidables disgustos, y todo por cosas tan estúpidas como el lugar de la mesa familiar en el que son sentadas, o porque el regalo de Reyes que les ha dado la hermana les parece feísimo.

En el alegre devenir de estas celebraciones, en fin, hay mil posibilidades, a cual más idiota, para cabrearse. Pero tal vez el reparto de las cenas entre las parejas sea lo que provoque las guerras más frenéticas. Quiero decir que, desde principios de diciembre, en casi todos los hogares comienzan las duras negociaciones sobre con qué familia se pasará qué fiesta. El año pasado ya tocó la Nochebuena con tus padres, dice ella; pero siempre hacemos la comida de Navidad con tu familia, dice él. Para una cosa que te pido, se encrespa ella; siempre haces de menos a los míos, ruge él. De ahí a mentarse la madre queda poco; y luego aún hay que aguantar el consiguiente resquemor («no, si por nosotros no os molestéis») por parte de los clanes respectivos. Antes de casarse o emparejarse, uno debería firmar con el otro, ante notario, un contrato de reparto de las Navidades.

 

'Máscaras'

 JOSÉ ORTEGA SPOTTORNO

EL PAÍS - 17 abril 1997 - Nº 349

El deseo de ser otro y el afán de desaparecer del entorno habitual son sentimientos más extendidos de lo que se piensa. De ahí la orgía y el entusiasmo que, desde los albores de la humanidad, han despertado siempre las fiestas de Carnaval. La máscara, la careta y el disfraz permiten momentáneamente la evanescencia de uno mismo y nuestra conversión en ese otro ser que hubiéramos preferido haber sido, aunque sólo lo defina la caricatura que es el disfraz y las risas y aspavientos del disfrazado que goza con esa aproximación a su autenticidad soñada. En España tenemos ejemplos muy actuales de jueces que quisieran ser políticos y periodistas que aspiran a ser jueces. El Carnaval, sin embargo, ha perdido toda su vigencia porque la libertad de costumbres de la civilización moderna ha hecho menos necesario ese tiempo de licencia que permitían las fiestas mayores en aquellas sociedades tan rígidas y coercitivas de antaño.

Alberto Schommer, nuestro artista-fotógrafo más intelectual, ha llevado su cámara por los carnavales famosos de Venecia y los ha reflejado en un libro reciente, publicado por la Fundación del Banco Central Hispano, que titula Máscaras. No es la primera vez que Schommer se asoma al tema: una de sus primeras series, en 1985, la dedicó justamente a las máscaras, en las que la luz -el elemento esencial que maneja Schommer- marca los rasgos profundos del modelo, acentuando su tragedia o su desesperación. Las máscaras venecianas son, como es sabido, una creación artística de primer orden, expresivas de esos misteriosos mundos interiores que quedan subrayados por el gesto rígido y el rictus, feroz o amable, de la máscara. A veces basta un antifaz para ocultar el rostro verdadero, que se quitaban un instante las comparsas cuando se cruzaban con nuestro fotógrafo, el cual, a cara descubierta, parecía querer engañarles con su propia faz. «Yo sonreía», nos cuenta, «aunque la máscara que retrataba fuese horrible: y sonreía, claro, asimismo a la máscara bella», aunque pronto se dio cuenta de que también él llevaba una máscara porque el rostro a veces no es la cara del alma, como se dice, sino máscara de la persona. Cuando se alterna con disfrazados, aunque uno no lo esté, entra en efecto la duda de quién es el auténtico y quién el enmascarado, como se confundían en la vieja comedia de Valentín Andrés Álvarez Tararí los locos y los cuerdos, que la policía no sabía distinguir.

El engaño, la falsificación y la superchería son instrumentos que utilizan muchos desaprensivos para ocultar la verdad de lo que se traen entre manos. Eso mismo hacen, con la sana intención de divertir, el clown, el payaso y el ilusionista. El teatro es el gran taumaturgo al disfrazar al actor de personaje. Aquél, si es buen profesional, se ocultará lo más posible al representar su papel.

La fábula, la leyenda y el cuento son formas de sublimar la realidad ocultando su verdadera condición. Y en definitiva la metáfora que sustituye una realidad por otra imaginada -«el jazmín, ruiseñor de los olores», decía Machado- es el disfraz más ilustre que usan los poetas y los humoristas. Podríamos añadir que la máscara es la gran metáfora de toda la falsificación y la mentira del mundo, porque el hombre, como decía mi amigo el filósofo Manuel Granell, es «el gran falsificador del ser». Quizá por eso, el paradójico Oscar Wilde exclamaba: «¡Dadme una máscara y os diré la verdad!».

La naturaleza practica el mimetismo como medio de defensa o de ataque tomando el color de la hojarasca donde se posa el saurio para cazar la presa descuidada. El camaleón es el gran transformista del mundo animal, símbolo de los humanos que tienen habilidad para cambiar de actitud y de conducta según les convenga. El hombre imita a la naturaleza con el camuflaje de armas y soldados.

El disimulo, el volver la cabeza y el silencio ante un delito evidente son conductas para enmascarar la responsabilidad. Y algunos ilustres literatos, de obra propia muy estimable, han practicado a veces la parodia y el plagio.

Pero puede haber una falsificación más profunda: la de alguna gente que circula por nuestra aldea y no se siente de su tiempo. Unos hubieran preferido nacer antes, quizá porque sintiéndose más afines a aquel pasado podían haber triunfado mejor en su vida. Otros, por el contrario, sólo sienten el porvenir y se lamentan de un presente mezquino y anticuado.

El libro de Schommer nos hace meditar sobre todo ese mundo del hombre falsificador. Y tiene una virtud añadida: la de tener argumento. Es la historia de una máscara, que se le escapa, vuelve a verla por las calles, los puentes y los campiellos de Venecia, pero a la postre se esfuma, «una máscara de cara blanca que huyó y a la mañana siguiente la encontraron sin vida en una plazuela sin salida».

Alberto Schommer nos deja un testimonio perdurable de esa ciudad única, que es en realidad una isla en la laguna, disfrazada de ciudad y cuyos habitantes se desvanecen como una pavesa cuando intentan salir de ella.

 

Dudas

ROSA MONTERO

 

Leo en EL PAÍS que los jueces y los fiscales dudan de que una reforma legal ataje los maltratos a mujeres: dicen que se trata de un problema social y que no se arreglará hasta que no se solucionen las causas que lo originan. Qué bonita frase y qué bien dicha. Ahora podemos sentarnos confortablemente sobre esas palabras luminosas y tirar 100 años más mientras los maridos siguen abrasando, acuchillando y apaleando a sus mujeres hasta la muerte.

Se me ocurre que se podría decir lo mismo de la criminalidad común. Por ejemplo: no se atajarán los atracos hasta que no mejoren las causas sociales que los originan. Lo cual no es óbice para que fiscales y jueces confíen en contener los delitos por medio de un sistema de leyes; y para que esas leyes sean reformadas, además, con gran frecuencia. Extraño escrúpulo dubitativo el de esta gente, en fin, cuando además es obvio que medidas legales como el extrañamiento pueden ayudar de manera inmediata a las mujeres.

Resulta curioso constatar que las cosas que les suceden a los varones tienden a ser contempladas como hechos sociales e históricos, mientras que las que les suceden a las mujeres suelen considerarse peripecias privadas y domésticas. «Hechos aislados», como dice Cascos, siempre tan pertinaz en el error: aunque cada año mueren muchas más mujeres víctimas del terrorismo doméstico que ciudadanos víctimas del terrorismo político. Las finísimas dudas de fiscales y jueces transparentan también este doble rasero; y además, me parece, cierta mala conciencia corporativa. Porque se diría que los magistrados han actuado demasiadas veces con torpeza y blandura. Por cierto, ¿cómo se llama este juez que obligó a la difunta Ana a compartir la casa con el verdugo que la calcinaría? Me gustaría saber su nombre: para desearle una larga memoria y felices fiestas.

 

La viuda de Schindler se venga

 

La mujer de Oskar Schindler, el salvador de judíos que inmortalizó Spielberg, publica sus memorias.

Si doña Emilia -como la conocen sus amigos en Argentina- no hubiera callado tanto, proba- blemente Steven Spielberg no hubiera rodado la película que más premios le ha reportado.

La lista de Schindler siguió al pie de la letra el libro publicado por Thomas Keneally en 1982, pero entonces doña Emilia prefirió seguir su vida, ajena a la barahúnda que iba a en- volver pronto el recuerdo de su marido como salvador de judíos durante el nazismo.

Ahora, tres años después de que la película se llevara los Oscar y el taquillaje, la viuda de Schindler ha decidido hablar y recordar. La semana pasada publicó en Buenos Aires su libro Memorias, en el que transmite una imagen bastante más amarga del hombre que junto a ella salvó las vidas de un buen número de judíos, pero condenó la suya a una dura soledad.

Eso es, al menos, lo que declara en sus memorias. „Excepto unos pocos años durante la guerra, mi marido vivió pensando sólo en sí mismo y utilizó a los demás a su antojo“, dice.

Describe al gran héroe de Spielberg como un muchacho que nunca llegó a crecer, alguien completamente vulgar. Ante sus engaños y mentiras, Emilie pensó en marcharse, pero tuvo miedo: „No tenía otra alternativa que cerrar mi boca y mis ojos a la indiferencia y descui-do de Oskar“. Al final, cuando la dejó en Argentina sola y sin medios para vivir y se volvió a Alemania, donde moriría, acabó odiándolo.

 

Por una porción de pizza

 

Entre la mucha propaganda que va directa del buzón a la basura destaca por su insistencia y variedad la de pizzas, Pizza Hut, Pizza World, Telepizza ... „Por una familiar, dos ingredientes gratis“, „Especial descuento de 375 pesetas en pizza mediana“. Todo un esfuerzo para llegar a los hogares españoles. España es el único país de Europa, salvo Italia por razones obvias, en que la pizza está a la cazeba del fast food [restauración rápida], por encima de la hamburguesa.

En los tres últimos años, el reparto a domicilio ha crecido en 25%. Sin embargo, la pizza toca techo. „Ha sido una huida hacia adelante. Todas las cadenas han abierto locales sin que creciera la demanda“, asegura Anthony Irwin, de Euromonitor.

La lucha por una porción de pizza ha sido terrible y ahora se pagan las consecuencias. „Existe una saturación de mercado“, afirma Bernard Larrieur, de Gira. Irwin cree que hay varios indicadores que lo demuestran: „En primer lugar, que Pizza Hut, líder mundial del sector, no haya conseguido franquiciadores para los 70 locales que quería abrir. En segundo término, que se rumoree la compra de Pizza World por Domino’s, ya que el primero no es retable dada la situación del sector. Además de ser ésta la única posibilidad que tiene Domino’s, el líder del sector en EE UU, de crecer. Y en tercer lugar, que Telepizza busque un socio financiero.

El trozo de pizza está claro. Los expertos creen que a largo plazo puede que se mantengan las marcas, pero que también es posible que el mercado termine controlado pro los líderes mundiales., Pizza Hut y Domino’s. Los únicos con capacidad para aguantar el envite.

 

Franquicias, la llave del éxito

 

Franquicia

Contrato por el que una marca comercial, abastecedor, etc, concede a una persona la explotación de un   negocio bajo un nombre común y según determinadas condiciones, iguales a las de otros establecimientos de la misma organización.

 

„El truco para crecer es tener algo bueno que franquiciar, que reporte claros beneficios y que no sea fácil de copiar, es decir, que sea singular, con marca“. Esta idea, expuesta por una analista de mercados, es la que persiguen todas las cadenas de restauración rápida [fast food].  Ninguna podría crecer si todas las tiendas fueran de su propiedad. „La idea es crear pequeñas empresas y vincular al franquiciado con el producto, que es un producto de éxito“, asegura Philippe Walch, director general de McDonald’s España.

La realidad es que si triunfa la franquicia triunfa el producto. Las exigencias al franquiciado son distintas en función de la marca. Conseguir una franquicia McDonald’s supone un negocio seguro y no es nada fácil. De las mil solicitudes presentadas el año pasado sólo se aceptaron quince.

El perfil del franquiciado es el de un profesional que haya tenido éxito en su actividad privada y que cuente con un patrimonio propio suficiente. La casa matriz le exigirá una inversión que puede ir de los 50 a los 80 millones y, en teoría, la dará la llave del éxito.

 

El bocadillo roba adictos a la hamburguesa

 

Los españoles siguen apostando por la gastronomía propia, por el cocido frente a la pizza o la hamburguesa. La comida rápida sólo representa un 4,6% del total de la restauración fuera de casa. Aunque el sector del fast food ha tenido un crecimiento impresionante en los dos últimos años, un 32%. La consultora británica Euromonitor, en un estudio de octubre de 1995 sobre elmercado de comida rápida en España, considera que el crecimiento se debe al cambio en las costumbres sociales más que a la oferta colunaria. El sector está consolidado y la prueba es que la crisis de las vacas locas británicas, que ha reducido el consumo de ternera en nuestro país, no ha afectado a sus ventas.

„El concepto de comida rápida en España está bien implantado, se ha aceptado, pero el producto no ha conquistado el estómago español“, asegura Anthony Irwin, de Euromonitor. La hamburguesa y la pizza han trazado el camino, han sido los artífices del crecimiento en los últimos años; sin embargo, la cosa está cambiando. „Hasta hace pocos años, este sector era un mercado acotado por las grandes multinacionales, pero en la actualidad las empresas nacionales, con la oferta de productos propios de nuestra cultura, han experimentado un crecimiento espectacular“, asegura José María Solé, director general de Pansfood, empresa que explota la bocadillería Pans & Company.

En la adaptación del fast food al gusto español, el bocata sólo ha sido el primer paso que llegó de la mano de la empresa Bocatta en 1986; el segundo han sido los platos de cuchara y tenedor. Cadebs cini Carnen o A Huevo sirven cualquier plato de comida tradicional espa-ñola tan rápidamente  como Burger King o MaDonald una hamburguesa. „Los sectores emergentes son los que van a crecer más en los próximos años, pero en ningún caso al ritmo que lo ha  hecho el mercado hasta ahora“, apunta Irwin.

La restauración española tiene dos modelos: el del pequeño empresario, que crece como puede, sería el caso de Ten Empanada (cocina rápida gallega), y el de las grandes empresas con una cierta capacidad financiera. El grupo Agrolimen se encuentra detrás de Pans & Company; Carmen cuenta con el apoyo de Renfe, Freixenet, la Once y la Taberna de Alabardero. Bocatta mantiene sus socios fundadores, fundamentalmente familias catalanas y navarras. Su expansión, al no participar en ninguna carrera por el mercado, será más acorde a la demanda. Lo que según los expertos les dará beneficios.

Pero el cambio en el ritmo de crecimiento del que habla Irwin puede hacer comprender que se está viviendo un momento de inflexión en el sector. „Existen perspectivas interesantes, pero una cosa distinta es adaptar el desarrollo a éstas. Algunos tienen los ojos más grandes que el estómago. Poner un punto de venta no quiere decir que vaya a funcionar“, afirma Larrieur de la consultora Gira. „Existe una saturación del mercado para inversiones elevadas, pero no para nuevas fórmulas“, asegura Alberto Alonso, director adjunto de la revista especializada Restauración Rápida.

Mientras las fast food a la española se aprovecha de la vía creada por las multinacionales, éstas se preparan al cambio que se produce en el mercado y modifican sus estrategias de expansión. Las grandes firmas extranjeras tienen una ventaja sobre las nacionales, su capacidad financiera que les ha permitido amortizar sus inversiones a más largo plazo. Las pérdidas de hoy, si se aguanta el tirón del crecimiento, pueden ser los beneficios de mañana.

McDonald’s ha optado por los McAutos - chalés restaurantes que atienden pedidos desde el coche -, por la saturación de las calles, del mercado. La variedad es buena siempre que sea de calidad. A la gente le gusta ir cada vez a un sitio. Además favorece que la gente se acos-

tumbre al sector. Ni siquiera las vacas locas británicas han podido con el actual reino de la hamburguesa en el mundo del fast food español. La información y el uso de carnes nacionales han conseguido que el consumidor no se inquiete. „El primer fin de semana pudo notarse, por el impacto informativo, pero la incidencia ha sido insignificante“, aseguran McDonald’s.

En definitiva, los grandes, que saben que a largo plazo tienen muchos puntos para ganar la guerra, han comprendido que el sector del fast food en España está en un momento clave.

„España es el mercado europeo en que más confianza tenemos. La carrera por abrir tiendas ha parado y ahora es el momento de consolidarlas y atender al cliente“, dice Juan Manuel Cantero.

 

Mucho trabajo para vivir mejor

 

Los coreanos del sur trabajan mucho y su nivel de vida ha mejorado notablemente desde que a principios de los años setenta se lanzaron a crear grandes conglomerados industriales.

Los llamados chaebol, es decir, los grandes grupos industriales y financieros del país dominan la vida económica de aquella nación y son la base de la potencia económica coreana.

La mayoría de las empresas se sitúan en torno a la capital de Seúl, donde vive una cuarta parte de los 44,5 millones de habitantes del país.

Esta mejora del nivel de vida se ha basado en un trabajo férreo durante las dos últimas décadas. En las grandes fábricas de este país asiático se trabaja nueve horas diarias durante cinco días a la semana y los sábados otras cinco horas. En total, 50 horas a la semana, 10 más de las aceptadas como normales en Europa.

Un industrial español que visitó el país a finales del año pasado regresó a España sorprendido de „lo que trabajan allí“. Con todo, un directivo que visita Corea del Sur con regularidad ha notado que „el ritmo de trabajo se ha suavizado algo“. Es cierto que trabajan muchas horas, pero la tendencia es a la baja.

 

VUELVE 'ENTRE TINIEBLAS'

der   Pedro Almodóvar

Hubo veranos en que la cartelera de cine no era un desierto. A falta de las últimas novedades, las distribuidoras tenían el buen gusto de reponernos copias nuevas de viejas películas. A mí me gustaría recuperar esa sana y antigua costumbre de la reposición veraniega. Ésta es la razón de reponer ahora Entre tinieblas (ET), 13 años después de su primer estreno. No es la única razón (que nadie crea que me siento ya un clásico, no).

En los últimos tiempos, de mis 11 películas, ET es la más demandada. No han sido muchas las ocasiones de volver a verla; sin embargo, es de las que ha gozado de mayor vida extracinematográfica.

Hace dos o tres años se representó en teatro, con mucho éxito (a mí no me gustaba la versión de Fermín Cabal, ahora puedo decirlo. Demasiado caricaturesca). También se ha representado en un pequeño teatro de Broadway, interpretada por hombres (como ocurre con Genet o Tennessee Williams, sin que yo me compare con ellos, la mayoría de mis personajes femeninos pueden ser representados por hombres, especialmente en su formato teatral). También hay un fanzine1 de un grupo de animadoras-dragquinianas que se apropió el nombre de Redentoras Humilladas, etcétera.

Tengo la impresión (perdón otra vez por la inmodestia) de que ahora la juventud entenderá la película mejor que en su momento. Y no me refiero a ese nuevo público que se deleitó esta temporada con El día de la bestia, ¡que ojalá!, quiero decir que la atmósfera, el humor y la estética de Entre tinieblas son más cercanas a la sensibilidad de hoy. A mí me gustaría proponer, tanto a los espectadores como a los escribas especializados, que se enfrenten a la película con mentalidad nueva, sin prejuicios, como si fuera la primera vez que ven una película de Almodóvar. Algunos vomitarán, pero muchos se van a emocionar y a divertir más de lo que prevén.

Entre tinieblas se rodó en el año 83. Además del inicio de la decadencia del cine español, según el actual secretario de Estado de Cultura, el 83 era una época alocada, lúdica, creativa, plena de noches febriles, donde Madrid supuso una explosión que dejó al mundo boquiabierto (así fue y puede demostrarse, le guste o no a nuestro actual alcalde). Ése era el turbulento mundo al que yo pertenecía, no entiendo de dónde sacaba tiempo, pero, además de ir todas las noches al Rockola, y de ponerme hasta el culo, seguía trabajando en la Telefónica, rodaba películas y cantaba (esto último es un decir).

Yo ya me había revelado con dos comedietas pop, era moderno (en vez de Pedro, algunos me llamaban el Petronio de la modernez), pero ya entonces me tiraba mucho el mundo de los sentimientos, boleros y tal. En ese momento se esperaba de mí cualquier cosa menos una película de monjas, pero eso es lo que hice.

Enzo Ungari, un joven escritor y teórico italiano, fiel colaborador de Bertolucci, descubrió la película y la propuso para el Festival de Venecia. Al resto de los comisionarios les encantó, pero el Gran Capo Rondi, su director, democristiano acérrimo y fanático de las condecoraciones (le chifla que le condecoren), se opuso a que la película estuviera en cualquiera de sus secciones.

Hubo escándalo y no se salió con la suya. Me dijeron que el actual Papa pidió verla, por si era preciso excomulgarme, pero debió cogerle en uno de sus pocos días tolerantes (o simplemente se amodorró). No puedo asegurar que esto sea cierto, pero me lo contaron. Como siempre que interviene la Iglesia, la película consiguió cantidad de promoción gratis y los italianos la compraron inmediatamente.

Me calificaron de Fassbinder mediterráneo. En aguas venecianas me bautizaron como giovane provocatore, etiqueta que me persigue todavía (la publicidad en Italia de mis películas reza: „Almodóvar. Lo scandalo continúa“). Los distribuidores le cambiaron el título original por el mucho más original de L’indiscreto fascino del peccato (¡por si alguien no sabía que era español y como tal debía sonar a Buñuel!) y conseguí en un pis pas esa cosa tan bonita y envidiada que es la internacionalidad.

Entre tinieblas no es anticlerical, lo digo totalmente en serio. ¿Qué interés puedo tener en ocultarlo a estas alturas? Como todo español de mi generación me (mal) educaron los curas, pero, al contrario que para la generación de Buñuel, por ejemplo, para mí la religión nunca fue un fantasma. Tuve tiempo de recuperarme. Como con el franquismo. La generación que acabamos de superar los cuarenta tenemos esa ventaja histórica. Guardamos memoria del Horror, pero éste terminó cuando éramos suficientemente jóvenes como para que no marcara nuestras vidas.

ET es una película piadosa, aunque el objeto de esta piedad no es Dios, sino el ser humano en su abyección. También cuenta la historia de un amor loco, un amor irracional, sin remedio ni futuro. Un sentimiento enorme, mayor que la vida, eterno y afilado como el grito final de Julieta Serrano, de una superioridad indiscutible en su papel de Madre Superiora.

Sólo por el trabajo de las actrices (unido a la espléndida foto de Ángel Luis Fernández) merece volver a verse la película. Tuve la suerte de contar con Chus Lampreave, Carmen Maura, Lina Canalejas, Mari Carrillo, Marisa Paredes, Eva Siva, Cecilia Roth, Berta Riaza, etcétera, etcétera, ah, y también conté con Manolo Zarzo y con un tigre.

La gente dice que hace 13 años yo era mucho más atrevido, y puede que tenga razón. ¡Pero ya me gustaría a mí seguir viviendo siempre en el desorden del 83!

© Copyright DIARIO EL PAIS, S.A. - Madrid.

_____________________________

1                Revista de tiras de dibujos narrativos.

 

Un tiempo de valores triviales

 

Por José Luis López Aranguren, antiguo profesor de Ética de la Universidad Complutense de Madrid

En: TIEMPO, 6 de mayo de 1996, p. 37-39

 

Hoy los valores valen menos que en otras épocas, hay un decaimiento de los valores. ¿Cuál es la situación actual de los valores y cuál la escala realmente vivida por las gentes? No es la escala ideal de Max Scheler, según la cual los valores religiosos los situaríamos en lo más alto; luego, los valores espirituales; a continuación, los valores intelectuales; luego, los estéticos y vitales, y, por último, los valores económicos. Hoy en día se diría que existe una subversión [‘Umwertung’], pero no en el sentido que le daba Nietzsche.

Por ejemplo, los valores vitales han dejado de ser para nosotros los más importantes porque nuestra época se caracteriza por la desmoralización. Estamos desmoralizados a escala individual, pero, sobre todo, a escala social. Somos más escépticos en cuanto a lo que se puede hacer socialmente, sobre todo en lo referente a lo que se puede hacer políticamente. Renegamos de la política y de los políticos en general, de los actuales y de los pasados. No creemos mucho en esos valores vitales. Cuando empleo la palabra desmoralizado no quiero decir que sea malo, sólo señalo que se tiene el ánimo decaído. Algo que se observa muy bien en el lenguaje deportivo cuando decimos que un futbolista tiene la moral baja. Es un estadio previo que me parece fundamental para la moral. En eso debemos reconocer nuestra deuda con Nietzsche, en que la moral se monta sobre el ánimo y que hay que tener ánimo esforzado para hacer con él grandes empresas. Es la protomoral y no la moral en el sentido estricto de la palabra. Así, pues, nuestra sociedad es una sociedad desmoralizada, escéptica, que ha perdido la confianza en sí misma, que no tiene fe en lo que va a ocurrir y que no sabe a qué atenerse. Es un antivalor, un disvalor de carácter vital. No se puede decir que en nuestra sociedad los valores más vivos y que ponemos por encima de todos son los valores vitales porque estamos atravesando una crisis de confianza muy compleja.

Sin embargo, los valores económicos sí que predominan. Éstos son los que importan verdaderemanete en nuestra sociedad. La gente se muere por los valores económicos. Pero no todos los valores económicos son iguales. Debemos detenernos a pensar cuáles han sido los valores económicos del trabajador. El trabajo no hay sido para el catolicismo una virtud fundamental, sólo lo fue a partir del protestantismo. Si se acude a la Summa Theologica, de santo Tomás de Aquino, y se busca el trabajo, lo único que se señala es que hay que trabajar, pero en ningún momento que sea una virtud. Hay que trabajar porque es un mandato divino de la Biblia: „Ganarás el pan con el sudor de tu frente“. Y para evitar caer en malas tentaciones. Eso es lo que enseñaban los jesuitas en el colegio. No convenía el ocio porque ésa era la vía para los malos pensamientos. Además, con el trabajo se podían hacer buenas obras de beneficiencia, de caridad. Eso es todo lo que reseña santo Tomás, y se puede ver que no era ningún entusiasta del trabajo. Era un latino como nosotros y, según la reputación, los latinos no somos muy trabajadores. Para más inri, las órdenes religiosas que se crearon en la Edad Media - los dominicos y los franciscanos - se llamaron órdenes mendicantes porque para ellos no sólo el trabajo no era una virtud sino que lo perfecto era la mendicidad, ser un fraile mendicante. ¡Qué lejos estaban de una moral del trabajo! Lo que estaba bien era vivir de la limosna en castidad y obediencia.  El protestantismo convierte el trabajo en una virtud fundamental. Es una ascética, pero no para el claustro sino fuera dle mundo de los que buscan la perfección. Es un ascetismo intermundano. Y hay que trabajar, pero no para malgastar el dinero sino para ahorrarlo, reinvertirlo y aumentarlo. Ése precisamente sería el fundamento de toda cultura moderna en cuanto es una cultura que se edifica sobre la economía y la moral. Sobre una economía de producción de riqueza y una moral de producción de riqueza a través del trabajo.

Ahora bien, si se quiere decir que nuestra época es una época de virtud económica, de trabajo y del fruto del trabajo, yo puntualizaría que no. Hoy se pregunta en broma a las chicas: Tú, ¿diseñas o trabajas? Se sobreentiende que el diseñador no trabaja. De la misma manera se contrapone el trabajo al negocio. Hay gente que trabaja, son los que ganan menos dinero, y gente que no trabaja, que se dedica a hacer negocios. Ésos son los que ganan dinero. Como se puede ver, es muy discutible afirmar que nuestra sociedad sea una sociedad fundada en valores económicos. Los valores económicos que consisten en creación de riqueza no parecen la tónica dominante de nuestra época. Solamente si nos referimos a los valores económicos observamos que sí se corresponde.

La agricultura, que fue el modo fundamental de subsistencia, se tornó difícil en una época posterior en la cual la riqueza descansaba sobre la industria. Esta misma palabra, industria, ha variado mucho a lo largo del tiempo. Si se acude a cualquier texto clásico de la lengua castellana, se encuentra que la industria es algo no muy bueno desde el punto de vista moral. Es una palabra del lenguaje económico, es una semivirtud, como la llamaba Santo Tomás. Es la semivirtud del hombre astuto, del pícaron, porque es éste el que tiene mucha industria, mucha habilidad para manejarse por el mundo sin trabajar. Eso es lo que significaba la palabra industria hasta la revolución industrial.

Los españoles - salvo Cataluña, con la gran industria textil, y en el País Vasco - no habíamos sido capaces de crear industria. La poca industria que había en España era explotada por manos extranjeras, nosotros no éramos un pueblo industrial. En cambio sí éramos un pueblo de financieros, contábamos con grandes bancos. Para nosotros ha sido muy importante le economía, pero un tipo de conomía que no es la mejor, que no es la economía de producción de riqueza sino la de especulación, la de negocios, la de jugar con el dinero. No es producir riqueza sino ganar y jugar con el dinero mismo.

Todos los negocios actuales consisten en un juego. Recordemos nombre ilustres. No han producido nada, lo único que han hecho ha sido especular, comprar, vender, jugar en Bolsa. Ésa es la característica dominante en nuestra época. Es una valoración de lo que es irreal porque la actividad financiera es una actividad sobre la irrealidad. Las grandes empresas no tienen bienes sino valores, y con los valores juegan como quien juega al póquer. No hay mucha diferencia entre la psicología de un jugador de póquer y la de un financiero, son bastante parecidas.

Tenemos valores económicos, sí, pero tienen poco que ver con la economía como ciencia que se ocupa de realidades.  El ejemplo más sencillo lo tenemos en la moneda, instrumento de la economía, que era en principio un auténtico bien cuando una moneda de oro valía ella misma lo que representaba. Hoy ya no vale lo que vale a efectos de cambio. Ahora el instrumento de crédito no vale nada en sí mismo, vale porque lo aceptamos. Son los valores económicos de la especulación, del crédito, de la irrealidad.

A los valores estéticos les ocurre otro tanto. Nuestra época tampoco se caracteriza por ser una época de grandes obras de arte. La nuestra es una estética trivial, banal, muy personalizada, la estética de la apariencia, donde todo el mundo cuidad de aparentar más de lo que es. A este ámbito pertenecen todas esas operaciones que van desde el simple maquillaje hasta la cirugía plástica, y que la gente valora mucho. La marca es muy importante, los chicos y las chicas se fijan mucho en si unos vaqueros son de una u otra marca. Es una estética estrictamente pueril, superficial, que ya no es ni siquiera estética, que es mera apariencia, un escaparate. Así, pues, se puede hablar de valores estéticos, pero son absolutamente triviales.

En lo que se refiere a los valores intelectuales, culturales, se podría decir en cierto modo que se ha avanzado mucho. Han surgido aparatos que hace cien años eran inconcebibles, lo que quiere decir que verdaderamente la ciencia ha progresado mucho, pero no como se entendía antes gracias a valores intelectuales. Es discutible el caso de la biología. Lo curioso es que en el momento en que se pone en marcha una gran ciencia - por ejemplo, la biología molecular -, en seguida se habla de ingeniería genética, de su aplicación y tecnología correspondiente. Es extraño, con la física moderna no ocurrió eso. Para sus creadores, era una ciencia filosófica.

Hoy ya no hay grandes científicos, lo que hay son grandes tecnólogos. De lo que vivimos hoy es de la aplicación tecnológica de la ciencia que se hizo en otra época. Con estos valores nos ha ocurrido también lo mismo que con los demás. En definitiva, los convertimos en valores de cada día para trajinar con ellos, para lucirlos, pero no con una profundidad de entrega a ellos y a una auténtica investigación.

Los valores religiosos también se han visto deteriorados. El siglo XVII fue llamado por el sociólogo Max Weber „la época del desencantamiento del mundo“. El mundo dejó de ser algo semimístico, incomprensible, a la imagen de Dios. Ya no estaba escrito en caracteres divinos, sino en lenguaje matemático. Se dice que en nuestra época se da un reencantamiento del mundo porque cada vez más la gente cree en la Astrología. Cuando yo era chico, no había absolutamente nadie que supiera cuár era su signo del zodiaco; hoy no debe existir nadie que no lo sepa.

Vemos que en todos los órdenes nuestra manera de vivir los valores es de una forma trivial. No somos ni grandes industriales ni grandes vitalistas ni grandes científicos ni grandes creadores de arte. Ya no es simplemente la subversión [‘Umwertung’] a la que se refería Nietzsche. No, los valores no se han invertido, no es tan sencillo. Todos ellos, hasta los más cultivados, se tratan de forma vulvar, trivial y superficial.

A través de la Historia hemos visto que hay épocas más brillantes que otras. La nuestra, por debajo de toda nuestra parafernalia de carácter tecnológico, no es una gran época. No quiere decir esto que vayamos a salir de ella para ingresar en otra mejor. La esperanza es lo último que se pierde y justamente cuando se llega a lo más hondo se empieza a recuperar. Llegaremos a una época de encumbramiento, pero yo ya no la veré.

 

¿Nuevos 'burgos podridos'? 

José Miguel de Azaola

 

Entre las numerosas medidas que es preciso tomar para sanear a fondo la vida pública española, una de las más importantes y necesarias, y que está echándose de menos desde hace muchos años, es la reforma electoral. Es tan evidente, y ha sido subrayada tantas veces y en tantos tonos la necesidad de acabar con el régimen de candidaturas cerradas y bloqueadas, que sería enfadoso insistir aquí en ello.

Cabe duda sobre si es oportuno abrir y desbloquear inmediatamente y de una sola vez las listas de candidatos que presentan los partidos, o si resulta más prudente limitarse a su desbloqueo, dejándolas por ahora cerradas y permitiendo al votante mostrar mediante un signo su preferencia hacia determinados candidatos y mostrar su hostilidad hacia otros tachando sus nombres de las listas.

Tal es el mínimo a que debemos aspirar si queremos que la auténtica voluntad popular se cuele, como corriente de aire refrescante, en la designación de los representantes del pueblo: función que éste se ve hoy forzado a delegar, sin apelación posible, en los partidos políticos, a los cuales -por muy democrático que sea su funcionamiento interno, y todos sabemos que en muchísimos casos no lo es- sólo les corresponde proponer candidatos para que el cuerpo electoral escoja entre ellos sus representantes, sin que el resultado de su libre opción se halle prejuzgado de antemano por el establecimiento de su orden inalterable, bloqueado.

Esta reforma implica la modificación de las normas electorales relativas a la designación de los miembros del Congreso de los Diputados y de las que rigen las elecciones locales y las de los Parlamentos de las comunidades autónomas, lo que requiere un acuerdo muy amplio. Si éste no es posible, su imposibilidad no ha de servir de pretexto para abstenerse de cambiar las leyes allí donde puedan ser cambiadas.

Por otra parte, la tantas veces anunciada reforma del Senado, si se hace en serio y no queda reducida a mero retoque, entrañará una enmienda constitucional. Sea cual sea el criterio que la presida para hacer de esta Cámara un órgano genuinamente representativo de las entidades territoriales que componen el Reino de España, debe aprovecharse la modificación que en la Constitución se introduzca para establecer la composición y la elección del Senado, alterando simultáneamente el texto del apartado 2 del artículo 68, de modo que, al determinar la composición del Congreso de los Diputados, se suprima la asignación de la llamada «representación mínima inicial» a cada provincia.

Así, la representación de una provincia en el Congreso se ajustará únicamente al criterio de la proporcionalidad el número de sus habitantes. Ha durado demasiado el abuso cuya consecuencia es que la provincia de Barcelona elige un diputado por cada 124.678 electores censados mientras que la de Soria elige uno por cada 26.143.

Santo y muy bueno que el criterio de proporcionalidad demográfica se mitigue o se compense (o incluso se elimine, si hay razón para ello) en los Parlamentos únicamente de las comunidades autónomas; pero en unas Cortes bicamerales, una (al menos) de las cámaras debe obedecer, en su composición, a la estricta proporcionalidad. Eso sí, la otra Cámara debe tener un peso político mayor que el del actual Senado y equiparable con el del actual Congreso en lo relativo a la elaboración de las leyes.

Inmediatamente después de las elecciones del 3 de marzo último, una especie de pataleta de pésimo gusto, además de injusta, movió a ciertos comentaristas, desilusionados por la brillante votación que acababa de obtener el PSOE, a hablar de un voto cautivo, como si no fuera tan libre como los otros el emitido por ciertos sectores de la población. A juzgar por el trato que les dispensa el artículo 68 de la Constitución, ¿pensaremos también que es cautivo el voto -o, cuando menos, una parte de él- de las provincias más densamente pobladas?

El caso trae a mi memoria otra pataleta famosa en su tiempo: la del entonces jefe del Gobierno Manuel Azaña, que en la primavera de 1933 reaccionó ante la estrepitosa derrota de éste en unas elecciones municipales parciales diciendo en plenas Cortes que los pequeños municipios rurales que acababan de votar contra él eran «parecidos a lo que llamaban en otro país los burgos podridos en sentido electoral».

El verdadero voto cautivo ¿estará, para los autores de nuestra Constitución, no en los sectores sociales que los pataleantes denunciaban hace cuatro meses, sino en Barcelona, Madrid, Bilbao, Zaragoza y otros grandes centros urbanos convertidos en los burgos podridos de este final de nuestro siglo?

[EL PAÍS DIGITAL. Viernes, 5 de julio de 1996]

 

Escenas políticas - La calculadora

Por Jaime Campmany

 

Hala, majos, a la calculadora. Los rabadanes de la clase política están hoy volcados sobre la calculadora, mareando al ángel de los números, a ver cómo se puede conseguir que dos más dos no sean cuatro, sino que sean cinco. Decía aproximadamente don Fedor Dostoiewski: «Que dos y dos sean cuatro es una idea exacta. Que dos más dos sean cinco es una idea bella». La «idea bella» no sale por ninguna parte, así tires por poniente o ya tires por levante.

Por muchas vueltas que se le den a la calculadora, sin los votos afirmativos de Jordi Pujol no hay manera de sacar un gobierno medianamente coherente, ni presidido por Aznar ni presidio por Felipe. No salen las cuentas, y cualquier intento de prescindir de los votos de Pujol obliga a sumar churras con merinas, populares con comunistas, comunistas con democristianos y convergentes, y así. Todo lo que no sea caer en Jordi Pujol es plantear matrimonios «contra natura».

A Jordi Pujol le parecería aceptable una investidura de Aznar con la abstención de Convergencia i Unió. Que Aznar gobierne, pero sin que Pujol se moje el culo, eso que los italianos, maestros de la cuchipanda parlamentaria, llaman «apoyo externo». Pero esa investidura no sale adelante sin la abstención añadida de socialistas o comunistas. De hecho, ya ha propuesto a Felipe González que también él, con su grupo, se abstenga en ese trance parlamentario, pero naturalmente Felipe ha respondido que tararí que te vi. ¿Cómo la izquierda, socialista y comunistas, no van a votar contra una investidura de Aznar como presidente del Gobierno? ¿Acaso estamos todos locos?, habrá respondido el líder socialista.

Tampoco a Felipe González le salen las cuentas para obtener votación de investidura. Sus votos a favor serían los mismos que se opondrán a la investidura de Aznar, o sea, 166, y se encontraría con igual número de votos negativos, aunque se abstuviera CiU. Para un nuevo gobierno de Felipe González tendrían que encontrarse dentro de una misma cama redonda PSOE, IU y CiU. O sea, el  «ménage a trois» contra natura.

Jordi Pujol es el árbitro único y decisivo de la nueva situación política, y tal y como ya se ha dicho con frase suficientemente expresiva, tiene la sartén por el mango. Se abre así un grave y enorme interrogante: ¿Podrá conceder Aznar a Pujol todo lo que éste exija a cambio de su apoyo parlamentario, necesariamente positivo? ¿Tendremos un gobierno de coalición de los populares con los nacionalistas? ¿Será viable y estable ese gobierno, o estará condenado a sucesivos forcejeos, sobresaltos, pasmos y peligros? No es posible descartar que estas endemoniadas matemáticas parlamentarias conduzcan a un callejón sin otra salida que la convocatoria de nuevas elecciones, una vez demostrada la incapacidad de las fuerzas políticas moderadas y conservadoras para llegar a un acuerdo razonable. Y eso sí que sería grave.  

[ABC - Miércoles, 6 de marzo de 1996]

 

El crimen de los pequeños burgueses

por Eduardo Haro Tecglen

 

Para que todo mejore, es preciso que antes sea mucho peor. Es una idea antigua de oposición desesperada: creo que viene de los seguidores equívocos de Nechaev (gran maestro del nihilismo: léase) que, en el ámbito pequeño burgués de lo español en el franquismo se traducía en el deseo de que Franco fuera mucho más Franco, para fortalecer el antifranquismo. La situación se haría insoportable, y el pueblo se alzaría en contra.

A mí me parecía muy idiota, además de arriesgada: un Franco renacido, con el caballo y la pistola, podría acabar con ellos en un momento. Como criminal de guerra demostró ser mejor que nadie. Además, detesto la provocación: el horror natural es inmejorable, y lo demás es Frankenstein. El régimen murió de lo contrario: de blandura de carne podrida, de miedo a lo que él mismo inventó: hizo de Dr. Frankenstein creando «el comunismo o yo», y pintando el comunismo como las fauces sangrientas que no tenía: estaba desdentado. Exangüe.

Ni Franco fue peor / mejor cuando le mataron a Carrero: estaba ya lelo. La creación de un mundo peor entró en ETA, y en parte se lo vendieron algunos intelectuales tragediantes. La verdad es que ETA pensó que matando militares, policías, guardias civiles o, preferentemente, sus hijos y sus mujeres, conseguiría un levantamiento militar (hizo su caricatura: Tejero, Armada, Milans, tipos del guiñol de Valle-Inclán): y que ese levantamiento haría reaccionar al pueblo. Una barbaridad; un error.

Se ha demostrado que es así, pero su crimen continúa y los viejos intelectuales de la frontera siguen esgrimiendo a Nechaev -que, repito, tiene una lectura más inteligente-; ya se ha visto cuál es la reacción. Es tan pequeñoburguesa y tan sanguinaria la contrarrevolución como la revolución: un terrorismo blanco de despacho, unos directores generales ladrones, unos guardias de tortura y cal viva, unos ministros espeluznados de sí mismos.

La valiente, noble, estoica teoría de la provocación nihilista se ha quedado en las bajas obras de malos asesinos; y la respuesta en unas torturas de despacho y cuartel. Envilecido todo, más aún, por la política. Ni siquiera hay héroes: hay salvajes estúpidos. (Y el noble pueblo, cuando se harta, reacciona: vota a Aznar).

 

Evolución

Juan José Millás

El sargento Dorado manifestó ante el juez que era un enfermo psiquiátrico unas horas antes de que el general Galindo asegurase estar preparado psicológicamente para ir a la cárcel. Este reconocimiento de la psicología desde los cuerpos de la seguridad del Estado significa un progreso civil importante. Cuando yo hice la mili a los enfermos psíquicos los metían en el calabozo para que se dejaran de mariconadas, pues el pensamiento militar de la época no reconocía otros valores que los de la hombría y el afeminamiento, aunque estos últimos estaban perseguidos.

Por eso resulta insólito que el tal Dorado, además de psicológicamente complejo, se haya confesado homosexual. Quienes creían que no era posible compatibilizar la vocación castrense y el orgullo gay ya pueden apearse del prejuicio. Antes te condecoraban por torturar, pero te montaban un consejo de guerra si te enamorabas del furriel: los tiempos están cambiando.

De donde se deduce que la etapa socialista ha sido globalmente buena para el progreso de la psicología y de los movimientos de liberación venérea, aunque muy perniciosa para el desarrollo de los derechos humanos. La evolución no es un proceso lineal: se avanza en unas cosas y se retrocede en otras.

Del careo entre Vera y Roldán se desprende, por ejemplo, que la urbanidad cotizaba también al alza en Interior: no sólo se hablaron de usted a pesar de la confianza, sino que Vera lamentó públicamente haber llamado sinvergüenza a su contrario en un arrebato impropio de un hombre de su categoría.

A  algunos  les  costará trabajo conciliar estas buenas maneras con la pasión por la bañera y la cal viva: sin duda no han alcanzado el grado de complejidad psicológica o de refinamiento sexual deseables en una democracia avanzada. Pero ya queda menos.

[El País]

 

Anuncio de publicidad de una marca de automóvil

 

Hola Paz Esperanza:

Ayer nos volvimos a ver. Nos cruzamos por la calle y noté que me mirabas con interés. Pero nuestra relación no pasa de esto y no quiero que siga así.

Necesito conocerte y que me conozcas, porque estoy seguro de que estamos hechos el uno para el otro. Ya he tenido una idea, pues ni tú ni yo debemos comprometernos, ¿qué te parece una pequeña aventura?

Ponme a prueba. Si no soy lo que necesitas tendremos que olvidarnos, pero si nos descrubrimos el uno al otro te prometo una relación estable de muchos años.

Si nos volvemos a cruzar no quiero que pases de largo, sólo necesito estar contigo unos minutos y, aunque no funcione, te prometo que no podrás olvidar nuestra pequeña experiencia juntos.

                                                                                                                        Tendrás noticias mías muy pronto

                                                                                                                                                                                    xxxxx

 

Del programa de Antena 3: Lo que necesitas es amor

 

Te pido que me perdones, Adela, no va a volver a ocurrir esto jamás, he cortado de raíz, me dijiste que ... que el fallo era ese, el dejarme influir por los demás en vez de tomar mis propias decisiones yo mismo, no va a volver a ocurrir, se ha cortado tajantemente con eso y te pido que, por favor, que lo antes pos8ible que volváis a casa ... ha cambiado todo entre nosotros y yo necesito .... ya es tiempo para mí y ... supongo que también para ti, y tengo ante todo mucha fe y mucha esperanza, el tiempo .... el que tú decidas ... no te quiero obligar, quiero que sea voluntariamente tu decisión, pero sí decrte ... que cuanto antes que vuelvas como si es un mes dos meses, el tiempo lo decides tú ... y que no volverá a ocurrir jamás esto, sois lo más valioso que tenéis para mí, y quiero utilizar este medio [la TV] ... para eso, para decirle a esas personas que han destruido una pareja y que no volverá a ocurrir más.

 

Las hormigas

 

Viéndolo aquí, estirado boca abajo sobre el césped, nadie diría que este hombre, Cesare Baroni, es una de las autoridades mundiales en el tema de las hormigas. Pero, bueno, en el fondo es lógico que alguien que estudia las hormigas pase mucho tiempo por los suelos. El entomólogo desmonta algunos tópicos, como el de que las hormigas son muy laboriosas.

„El 70% del tiempo las hormigas no hacen nada, que sepamos“, asegura. „No sabemos si duermen, pero el hecho es que pasan la mayor parte del tiempo sin hacer nada, al menos nada que podamos reconocer. Dicho esto, hay que añadir que existen determinadas especies que mueren literalmente de estrés. Es decir que ese 30% de actividad que realizan, básicamente en busca de alimento, lo llevan a cabo tan frenéticamente que las mata.

Esto lo he verificado yo mismo porque he llevado Cataglyphis de Túnez a mi laboratorio de Basilea y allí, alimentadas, han vivido casi dos años, cuando en libertad viven sólo 30 o 40 días.“

El especialista italiano, que posee diversos galardones internacionales y ha descrito varias especies, explica cosas sorprendentes de las hormigas. „Hay algunas que parasitan a otras. Por ejemplo, las Bothriomyrmex decapitans no tienen obreras y se hacen adoptar como reinas en hormigueros ajenos. Son capaces de copiar la molécula clave que permite a las hormigas distinguirse unas a otras, no es una copia exacta, pero sí lo suficientemente parecida para provocar la indecisión de los guardias de nido.

Entran y le cortan la cabeza a la reina - a veces tardan hasta siete días en decapitarla, porque sus mandíbulas son pequeñas -, y mientras, la reina no hace nada, no se defiende, no entiende quién ataca. Luego, la hormiga parásita se instaura como reina y pone sus propios huevos“.

Aunque siente un profundo amor por las hormigas desde los siete años, Baroni resalta que no podemos decir en modo alguno que sean inteligentes. „No tienen la capacidad asociativa, recorren un laberinto a buena velocidad en busca de comida pero la experiencia no les sirve de nada, no vuelven más rápido.“ No hay que temer, pues, que, como ha apuntado en algún caso la ciencia-ficción, nos vayan a sustituir.

„Conocemos bastante la paleontología de las hormigas, gracias a las que quedaron atrapadas en ámbar. No son muy diferentes de las actuales“. Pero son muchas. „Eso sí, dominan el mundo numéricamente. No es un cálculo muy científico pero debe haber algo así como 10 elevado a la 17 potencia“. ¿Son lo que más hay? „Es difícil decirlo, también hay muchas moscas domésticas“.  

[EL PAIS, 11.12.1996, p. 37]

 

Escenas políticas: El poder

Por Jaime Campmany

 

Es un viejo apotegma de la dedicación política. «El ejercicio del poder desgasta». Un día le recordaron ese dicho a Giulio Andreotti, antiguo y persistente inquilino del poder, hábil camaleón –otros dirían «camastrón»– de todas las situaciones políticas de su patria, tan ricas, diversas e intrincadas. Andreotti es un político italiano de figura encorvada y frágil, y parece que siempre estuviese fatigado, como si subiera y bajara eternamente la piedra de Sísifo. Bueno, en realidad, algo de eso, de los trabajos de Sísifo, tiene la política. «El poder desgasta mucho, sí. Sobre todo a quien no lo tiene», respondió el viejo zorro. Tengo para mí que el poder deteriora mucho a quien lo ejercita, pero no tanto como al que no lo ejerce. Los que alcanzan el poder y luego no lo ejercen, pronto lo pierden.

Si José María Aznar lleva sus negociaciones de ahora con pragmatismo y mano izquierda, los socialistas tendrán que abandonar el poder. Y ahí empezará su verdadero desgaste. Nadie podría decir que los socialistas no han ejercido el poder durante la década y media en que lo han poseído. Es más. Lo han ejercido con prepotencia y con inexorabilidad. Los socialistas se han mostrado implacables con sus adversarios, y los han machacado sin piedad desde los instrumentos del Estado. Y sin embargo, ya hemos visto que el deterioro que ha sufrido el socialismo desde el año 82 ha crecido tan lentamente que nos hemos metido en el 96 y todavía conserva el cuarenta por ciento de los diputados de la Cámara. Ni el diluvio de la corrupción, ni el viento devastador del paro, ni la rapiña del dinero público, ni la tormenta moral y política del crimen de Estado han erosionado al felipismo en medida suficiente para que resulte higiénica.

Lo único que podrá desgastar al felipismo, en la medida merecida, es el alejamiento del poder durante un tiempo razonable, dos o tres legislaturas, el tiempo suficiente para que un partido, necesario por otra parte en la vida política española, se regenere y renueve sus cuadros directivos con gentes honradas y libres de las cargas que hoy pesan sobre lo que se ha convertido en una pandilla. Ese cambio en el poder no sólo resulta necesario desde el punto de vista de la conservación y preservación del socialismo, sino también para la recuperación económica, política y moral del país. De España.

Con el ejercicio del poder, hay que hacer imposible en el futuro el voto del miedo. Hay que hacer imposible el grito pastoril: «Que viene la derecha». Hay que demostrar desde el poder que los pensionistas seguirán disfrutando de sus pensiones, que los parados seguirán recibiendo sus subsidios, que los enfermos seguirán atendidos, antes y mejor, en los centros gratuitos de la Seguridad Social, que el Estado tratará de ir pagando, al ritmo posible, las enormes deudas en que nos deja metidos el despilfarro socialista. Hay que convencer a los españoles de que la derecha y el centro no vienen con columnas militares a cercenar dere-chos políticos, sino a restañar los que ha dañado el felipismo. Hay que convencer a los cata-lanes de que no se trata de gobernar «contra Cataluña», como dice Pujol, pero tampoco contra Andalucía, ni contra Extremadura, ni contra nadie, sino a favor de España entera, una, plural y solidaria.

Y por otro lado, hay que evitar, con la energía necesaria, que los medios estatales de comu-nicación (oh, la televisión felipista) sean instrumentos desvergonzados de la propaganda del partido en el gobierno. Hay que evitar que el dinero público, reservado o no, sea despilfa-rrado, saqueado y llevado al extranjero en cuentas particulares de sus administradores. Hay que enseñar que la ley es igual para todos, y que no hay triquiñuelas para que el político que prevarica, malversa, roba o mata se salve del castigo.

Para esto no hacen falta césares, mesías ni conductores. Hacen falta hombres honrados, justos y prudentes que nos gobiernen con el acierto humanamente exigible.

[ABC: Opinión - Martes, 5 de marzo de 1996]

 

Elogio de una conciencia española

 JUAN MARICHAL

El País - 21 marzo  1997 - Nº 322

 

Un eminente historiador francés -hoy completamente olvidado- definía así el carácter de su disciplina: «La ciencia de lo que sólo acontece una vez» («Ce qui arrive seulement une fois»). Por supuesto, la mayoría de los historiadores actuales rechazaría tal definición por considerarla errónea: para ellos, la historia es el estudio de lo que se repite, ya que sin repetición no habría ciencia. O como lo puntualizaba el imperioso Fernand Braudel: «Sólo hay ciencia de lo general». Mas -para la que en inglés se suele llamar «historia intelectual»- sólo hay ciencia de lo particular, o más precisamente de lo singular, puesto que las existencias humanas son siempre radicalmente únicas. De ahí que la biografía intelectual sea la más acabada realización de la historia intelectual a la manera angloamericana.

¡Y qué espléndida biografía intelectual podría hacerse de la persona entera de Pedro Laín Entralgo! Con la gran ventaja, además, de que él se ha pasado la vida haciéndola él mismo, porque, efectivamente, Laín es el mayor autobiógrafo espiritual de la España del siglo XX. Pero, sin posible duda, su prolongada autobiografía intelectual no es un continuo ejercicio de narcisismo, como suele ocurrir con muchos autores literarios o filosóficos, particularmente en Francia. Porque Laín se ha ocupado de los demás, de los otros seres humanos, como es de esperar en un profesional de las ciencias médicas. Y ahí, en su vocación inicial, está la raíz de su singularidad intelectual, la profunda individualidad de su conciencia española.

«El fin de la vida es hacerse un alma», decía el gran don Miguel de Unamuno: y no sería exageración hispánica afirmar que Pedro Laín ha estado haciéndose un alma desde su más temprana juventud: y, claro está, la vida le ha favorecido con la longevidad. Aunque me atreveré a mantener que Laín se ha ganado su larga vida a fuerza de vitalidad intelectual. O más precisamente: Laín se ha pasado la vida adquiriendo las capacidades -las virtudes- de la inteligencia. Decía Paul Valéry, hablando de la modestia, que es una virtud adquirida: pues ningún ser humano, sobre todo si tiene un tantito de autoestima, es modesto de nacimiento. Y la más preciada virtud intelectual -la de la ecuanimidad- es más difícil de adquirir que la modestia. Decir así que Pedro Laín ha estado adquiriendo ecuanimidad sin cesar en sus largos años de vida española es un hecho biográfico patente.

Hace 30 años se publicaron en la revista democrática española Mañana (impresa en París) tres artículos sobre el que yo llamaba «nuevo pensamiento político español», en cuyo texto se hacía una referencia a Pedro Laín y a Dionisio Ridruejo que me parece pertinente citar: «En noviembre de 1940 apareció la revista Escorial, dirigida por Pedro Laín Entralgo y Dionisio Ridruejo, con el propósito de contribuir al restablecimiento de una comunidad intelectual en España». Añadía mi artículo: «Si, como ha sucedido con frecuencia en las dictaduras, el gesto de aproximación y concordia se hubiera quedado en simple maniobra táctica, el propósito de Escorial no tendría hoy ninguna importancia». Precisando: «Aquellos gestos podían ser algo muy repetido o algo nuevo, todo dependía de las personas: la trayectoria biográfica de Pedro Laín y de Dionisio muestra que los propósitos de Escorial respondían en su caso a una verdadera voluntad de convivencia intelectual». Concluyendo: «Los efectos de aquel intento de reunificación intelectual española fueron, finalmente, contrarios a la dictadura caudillista». Recordemos, a este propósito, cómo el libro de Dionisio Ridruejo Escrito en España tuvo en el exilio español una resonancia, emocional y política, que afectó profundamente a su autor.

El libro de Laín -Descargo de conciencia (1976)- fue, tanto como el de Ridruejo, un testimonio autobiográfico que contribuyó considerablemente a la renacida convivencia en libertad de los españoles. Pero, manifiestamente, Pedro Laín era -y afortunadamente es - sobre todo un intelectual, o más precisamente, un intelectual universitario. Aunque pueda sorprender (o sonar a arbitrariedad), mantengo que el ser catedrático universitario -aquí o en cualquier país- no es, por serlo, un intelectual. Ya sé que desde el final del siglo XIX se ha generalizado -sobre todo en la Europa continental, pero no en el mundo de lengua inglesa- el empleo del vocablo intelectual hasta privarlo de su acepción rigurosa. En mi Universidad, al contrario, he escuchado con frecuencia referirse a un ilustre economista, el profesor Galbraith, como un intelectual. Pero no se habría calificado así al eminente Nobel de Física Purcell, que acaba de fallecer. Abreviando, propongo que se considere como intelectual a la persona cuya conciencia no se limita a una especialidad profesional ni cuyos saberes son utilizados para beneficios propios, como abogados o cirujanos. Pedro Laín me observará, seguramente, que él disiente de mi propuesta semántica. Mas quizá acepte que él sí es un cabal intelectual: porque sus palabras y sus escritos muestran y demuestran que estamos ante una conciencia humana absolutamente humanizada.

Un filósofo francés de principios del siglo XIX, Maine de Biran -por quien tengo una especial devoción-, afirmaba que la conciencia no existe previamente al esfuerzo que la suscita y que la hace crecer. Esfuerzo que se observa en los numerosos y variados escritos de Laín, que llevan a emplear, por parte de periodistas, el absurdo y malsonante vocablo de polígrafo: porque la biografía intelectual de Laín es la biografía de una conciencia española que no se puede encasillar en tan horrendo sustantivo. Y, precisamente, en esta hora de España -cuando la confusión semántica desorienta a sus buenas gentes-, la palabra clara y sabia de Pedro Laín contribuye a serenar a sus oyentes y lectores. Porque sus conferencias y artículos ayudan notablemente a conseguir lo que el presidente Azaña consideraba la finalidad de la vida en libertad: que la política no embargue el alma de los españoles. Ahí está la justificación del largo homenaje a Pedro Laín Entralgo: que se congregue a públicos numerosos para honrar a una conciencia española.

Se ha dicho que los verdaderos intelectuales son los que se ocupan de las realidades humanas -las que importan a todos los habitantes de este planeta- y es notorio que, lamentablemente, en nuestro tiempo, y no sólo en España, hay una visible carencia de intelectuales. Pedro Laín es así un representante de una especie en peligro manifiesto de extinción: la de los seres humanos que han hecho de su vida un esfuerzo permanente de conciencia.

[Juan Marichal es historiador y profesor emérito de la Universidad de Harvard.]

 

«Borges tenía un matrimonio con su madre», afirma el biógrafo Vaccaro

MIGUEL ÁNGEL VILLENA

El País –27 marzo 1997 - Nº 328


A los 20 años hablaba español, inglés, francés y alemán, al tiempo que ya había leído a escritores tan dispares como Cervantes, Hume, Carlyle o Baroja. Una educación multilingüe y continuos viajes marcaron la adolescencia y la juventud de Jorge Luis Borges, según Alejandro Vaccaro, que presentó ayer en Madrid una exhaustiva biografía del escritor argentino, Georgie (1899-1930) . «Borges tenía un matrimonio con su madre que sólo excluía el sexo», afirma Vaccaro al enumerar los rasgos clave de la personalidad del escritor.

Nacido en Buenos Aires en 1899 en una familia de rentistas que pudieron dedicarse a viajar por Europa durante años, entre otros lujos, Borges respiró un ambiente ilustrado tanto por vía paterna como materna. Su padre poseía una amplísima biblioteca, sobre todo de libros en inglés, hasta el punto de que el escritor argentino llegó a confesar que nunca había salido de aquella sala de lectura y que los hechos fundamentales de su vida fueron los libros que leyó. Novelista frustrado, el padre de Borges se casó con Leonor Acevedo, que fue educada como las señoritas finas de la época, es decir, francés y piano. A los 25 años Borges había viajado ya dos veces a Europa y había recorrido Suiza, Francia, España y Gran Bretaña.

Aunque Vaccaro se cuida mucho de caer en prejuicios o de sucumbir a las interpretaciones fáciles, el biógrafo reconoce que Borges tuvo una relación muy dependiente de su madre, como han señalado varias mujeres relevantes en la vida del escritor. «Borges tenía un matrimonio con su madre», sostiene Vaccaro, «que en realidad sólo excluía el sexo. Vivieron juntos, compartieron economías y se prestaron un apoyo mutuo como cualquier otra pareja». La madre murió en 1975 a los 99 años y cuando el escritor ya contaba 76.

Para ilustrar estos singulares vínculos entre madre e hijo, Vaccaro relata una significativa anécdota. «Tras su boda en 1967 con Elsa Astete, una viuda que Borges conocía desde su juventud, el matrimonio fue a visitar a la madre. Las revueltas sociales que entonces agitaban Buenos Aires llevaron a doña Leonor a recomendar que la pareja pernoctara en la casa y no cruzara la ciudad camino del domicilio conyugal. Borges aceptó ante la indignación de su flamante esposa, que se marchó a pasar la noche de bodas a la vivienda matrimonial sola».

Viaje por España

Tras vivir varios años de su adolescencia en Ginebra, Borges viajó con su familia por España durante 1919 y 1920. Al margen de visitar varias ciudades, la familia recaló durante meses en Mallorca, isla que el escritor calificó como «un lugar parecido a la felicidad». Borges trabó conocimiento con intelectuales de la época como Ramón Gómez de la Serna, Rafael Cansinos Assens o Guillermo de Torre, que se convertiría después en su cuñado al casarse con su hermana. Durante su viaje por España el entonces joven autor escribió artículos en varias publicaciones, entre ellas Revista de Occidente. En opinión de Vaccaro, los años de juventud fueron claves para conformar el mundo literario del autor de El Aleph porque «existe una gran coherencia entre el Borges joven y el adulto».

«Debemos rescatar», señala Vaccaro, «al increíble Borges lector que queda impresionado desde muy joven por la poesía y la filosofía, por el teatro y la novela, que procuraba leer siempre en su idioma original. El acceso de Borges a cuatro culturas representa una de las claves de su genial obra». Este biógrafo del autor de Historia de la eternidad presentó ayer en Madrid su obra Georgie (1899-1930) , publicada por la editorial argentina Proa, acompañado del director de la Biblioteca Nacional argentina, Óscar Ibarra; y de Roberto Alifano, escritor y colaborador de Borges. Los tres sonrieron al explicar las razones de la ausencia de novelas en la literatura borgiana: «Era un gran perezoso y la narrativa requiere de un gran aliento. Además, decía que la novela se parece peligrosamente al periodismo». No obstante, subrayan que cualquier cuento del escritor encierra todo un mundo y una historia. «Como todos los genios, Borges sabía expresar la esencialidad», comenta Ibarra.

Vaccaro ha basado su biografía en fuentes documentales, en textos y en cartas más que en testimonios de contemporáneos de Borges, la mayoría de ellos fallecidos. La obra, titulada Georgie por el apelativo familiar en inglés del escritor, se detiene en 1930. El biógrafo, nacido en Buenos Aires en 1951 y secretario de la revista Proa, completará el recorrido a lo largo de los próximos años para llegar hasta la muerte del escritor, acaecida en Ginebra en 1986. Ante la proliferación de biografías sobre Borges, esta obra añade «exhaustividad y rigor», en palabras de su autor. Alejandro Vaccaro será el responsable de una amplia exposición que prepara la Biblioteca Nacional de Argentina, institución que Borges dirigió después de la caída del peronismo. El actual director, Óscar Ibarra, ha negociado la colaboración de la Biblioteca Nacional española para participar en los actos del centenario del nacimiento del escritor.

 

Verdades de bolero

 ANTONIO MUÑOZ MOLINA

EL PAÍS - 26 marzo 1997 - Nº 327

Hay verdades que sólo se atreven a decirlas los boleros. Leyendo esta mañana el periódico yo me acuerdo de ese bolero que dice: «No sabes qué terribles pueden ser / las gentes demasiado buenas». Las gentes demasiado buenas tienden a esgrimir su propio exceso de bondad como un arma arrojadiza, un catecismo implacable o un decreto de excomunión, porque siempre habrá gentes que no sean tan demasiado buenas como ellas, que no se ajusten a su idea inflexible del bien y del mal, de la decencia y de la rectitud, y que por lo tanto deberán ser excomulgadas o salvadas. Salvadas, si es preciso, contra su voluntad, reclutadas por obligación para el reino de los justos, en el que las personas demasiado buenas tienen siempre garantizado el ingreso, y donde con frecuencia ejercen, por implícita delegación divina, labores de portería y de vigilancia.

En Australia, dice hoy el periódico, las gentes demasiado buenas del Senado, presionadas por grupos de tan conocida bondad como las llamadas asociaciones provida, han logrado derogar una ley que aseguraba a los enfermos terminales el ejercicio al único derecho que les queda ya en este mundo, el simple derecho a terminar voluntariamente con un dolor insoportable que ya jamás se mitigará, y que convierte en infierno cada minuto y cada hora de cada uno de los días y noches que les dure aún la vida.

Las gentes demasiado buenas pueden ser terribles en su defensa de la vida, a condición de que sea la vida de un embrión humano, de un espermatozoide o de un enfermo terminal cuyo único deseo es morir. Una vez que el embrión se ha convertido en ser humano, incluso cuando alguno de esos seres humanos que en otro tiempo fueron embriones sagrados reciben una condena a muerte, en ese momento las asociaciones provida parece que no consideran que la vida humana sea tan sagrada. En el mundo habría muchos menos niños condenados a la orfandad y a la miseria y algunas enfermedades no serían tan terribles ni se extenderían a un ritmo de epidemias antiguas si se aplicaran unas cuantas normas razonales de planificación familiar y de simple profilaxis, pero las gentes demasiado buenas, capitaneadas por el Vaticano, capital desde hace siglos de la bondad implacable, sostienen una guerra sorda, universal y eficaz contra la difusión del uso de los preservativos y el control de la natalidad.

En otra página, otro miembro de la cofradía de los demasiado buenos imparte doctrina con esa desenvoltura de quien se sabe en posesión de la bondad. Se trata de un fiscal, y los fiscales y los jueces ya se sabe que son, entre nosotros, los depositarios últimos de los mejores sentimientos, de las opiniones más equilibradas y las decisiones más rectas. No sabes qué terribles pueden ser las gentes demasiado buenas. El fiscal jefe de la Audiencia de Toledo considera una aberración que las parejas de homosexuales quieran adoptar niños, y no porque él tenga nada en contra de los homosexuales (nacen así, asegura, salvo en los casos en que sucumben ya de adultos a inclinaciones perversas), sino porque esos niños, cuando crezcan, no podrán adaptarse a la vida normal, viendo que sus dos padres son varones, y varones además con barba, subraya el fiscal, que según parece atribuye a ese rasgo capilar una importancia decisiva en los traumas potenciales del niño.Ni dejan morir al que quiere morirse porque ya le están negados todos los dones de la vida ni dejan vivir plenamente a quien sólo aspira a vivir en libertad los dones del amor, uno de los cuales es sin duda el de la paternidad o la maternidad, que puede manifestarse en un hijo concebido por un hombre con la mujer a la que ama, pero que tiene muchos más rostros, más posibilidades de ternura. Las gentes demasiado buenas consideran que la única paternidad indiscutible es la biológica. A nadie, que yo sepa, ni a los peores canallas, se le niega el derecho a traer hijos al mundo, pero si alguien, hombre o mujer, aspira a adoptar un niño, todo se vuelve una confabulación de gentes terriblemente buenas empeñadas en entorpecer ese deseo, una trama de funcionarios que exigen papeles minuciosos, de psicólogos que interrogan y escrutan, que someten la vida de quienes sólo quieren ejercer el derecho a la bondad a una invasora inquisición de evaluaciones e informes. Mientras tanto, a todo lo largo del mundo, lo mismo en los suburbios de Madrid que en los de Bangkok o en los de Río de Janeiro, padres y madres investidos por todos los derechos y las legitimidades de la sangre abandonan a sus hijos, los torturan, los maltratan, los asfixian o los mutilan si nacen niñas, los someten a las peores vejaciones de la prostitución y del trabajo esclavo.

Mientras ninguno de esos niños corra el peligro de ser adoptado por una pareja de homosexuales, las gentes demasiado buenas, y con ellas el fiscal jefe de la Audiencia de Toledo, no se sentirán obligadas a ejercer su bondad implacable. El padre biológico y heterosexual puede ser uno de esos padres tiránicos que envenenan de miedo la infancia de sus hijos, o un padre frío y ajeno que no les dé nunca una muestra de ternura, pero ese escándalo secreto de la ausencia del amor parece que interesa tan poco a las gentes demasiado buenas como el dolor intolerable de un enfermo atado a la vida y a la cama del hospital como a una maquinaria de tortura. Niegan así, con su bondad sin misericordia, dos de los mejores paraísos que se pueden disfrutar en la vida: el del amor compartido hacia un hijo, el del sentimiento de felicidad y protección que da a un niño la presencia de dos adultos a los que ve quererse, haya nacido o no de ellos. Cada vez va uno reduciendo más sus creencias a unas cuantas verdades de bolero. Aun a riesgo de despertar la ira de las gentes demasiado buenas, no creo que tenga menos posibilidades de felicidad en esta vida el hijo adoptivo de una pareja de hombres o de mujeres que el nacido como Dios manda del matrimonio eclesiástico del fiscal jefe de una Audiencia.

 

Sermonear

 MIGUEL GARCÍA-POSADA

La señora Susanna Tamaro nos ha endilgado un apabullante sermón en su última novela, Anima mundi. Se veía venir, aunque algunos aún lo ponían en entredicho. Confirmado: o la gracia divina o la nada. A lo mejor es ya un síntoma de aquella predicción de André Malraux sobre la naturaleza religiosa del siglo XXI («será religioso o no será»).

Pobre síntoma éste, si es que alcanza la categoría de tal. Lo inquietante, con todo, es que la señora Tamaro no está sola en su afán sermoneador. Ni en Italia, ni en España. Hay demasiada gente que, pluma o micrófono en ristre, se empeña todos los días en recordarnos lo malos que somos, las malas cosas que leemos o vemos, cuánta corrupción nos rodea. Cuando uno era pequeño había un cura que echaba por la radio unos sermones de no te menees. Pues en los sermones estamos. Han pasado cuarenta años y como si nada. O casi nada (por aquello de la libertad de opinión).

El espíritu del 68 fue, hoy lo sabemos, diabólico, y si no que se lo pregunten a la señora Tamaro, pero al menos tuvo algo bueno: aquel «No nos cuentes tu vida» con que un presunto líder francés fue acogido por entonces en la Universidad de Madrid. Se defendía así, aun entre gritos y gestos desgarrados, lo privado, lo personal, lo íntimo. Hoy, los sermoneadores están dispuestos a abolir la frontera entre lo que pertenece estrictamente a la conciencia individual y lo que es público.

Pones la radio a las ocho o las nueve de la mañana -o a las cinco o las seis de la tarde, o a las diez o las once de la noche- y no sólo es que hayan hecho ya picadillo con el político de turno, es que siempre hay un tertuliano -en cursiva, aunque la palabra figure en el diccionario- o un monologante que te está echando la bronca por la escasa virtud que acreditas. Esto no pasa sólo en algunas radios; sucede también en los periódicos, en algunos periódicos, donde bullen predicadores de oficio y de beneficio dispuestos a demostrarte que o te enderezas o tu alma camina por la senda de la perdición. Tu alma de mal demócrata, o de insensible enamorado, o de lo que sea.

La señora Tamaro no es más que una gota, aunque en libro y con muchas pretensiones, de este océano de sermoneadores. Se nos ha repetido ad náuseam que es pariente de Italo Svevo, como si el talento literario tuviera que heredarse. En España también tenemos sermoneadores librescos, y venden mucho y aconsejan a nuestras almas con buenos consejos de paz, serenidad y amor, sobre todo de amor -pronunciado a ser posible con la erre desfalleciente y lánguida, casi agonizante-.

Pero sucede que la literatura con mensaje -fórmula que se empleaba mucho en los años sesenta- está definitivamente condenada... siempre que hablemos de literatura. No nos hacen falta (a algunos, por lo menos) sermoneadores, sino escritores que creen mundos y muestren los proteicos y equívocos latidos de la vida. O, hablando de periodismo, analistas que señalen los mecanismos de las operaciones y situaciones objeto de examen. Analistas, no discurseadores, que consideran que el periódico o la radio son el púlpito para adoctrinar a las masas.

La democracia es, o debiera ser, ámbito de defensa de lo privado, pero el hecho es que cada día te dicen más lo que tienes que hacer con tu vida. Estados Unidos vuelve a ser el gran ejemplo, ejemplo congruente con una democracia religiosa, como ha mostrado Vicente Verdú en su libro El planeta americano, que tan mal les ha sentado a los forofos del imperio.

Pero vengamos a lo presente, a lo inmediato, a lo de hoy. La literatura es la literatura, y la información, la información. Ninguna redundancia: la palabra bella o turbadora que pone en tela de juicio el mundo, y la emisión y recepción de noticias, que han de ser analizadas. Todo lo demás es charcutería verbal.

 

Aniversario

MARUJA TORRES

EL PAÍS - 5 marzo 1997 - Nº 306

El brillante escritor Gore Vidal sospecha, en su libro Una memoria, que «aquello que los demás quieren que seas vas a serlo, a pesar de todas las pruebas en contra». Suele ocurrir. Son tantas las ocasiones en que los otros te explican por qué hiciste esto o aquello, y tantos los momentos en que quisieras no defraudar a nadie, que tarde o temprano acabas por reconocer en ti los rasgos que tus contemporáneos te atribuyen y que nunca creíste, y tal vez ni siquiera quisiste, poseer. En estos casos, nos encontramos ante una simbiosis, quizá una transfiguración. Interesada o no, tiene su parte tierna, a veces incluso patética, humana.

Pero cuando alguien, deliberadamente, finge para que le crean otro, y de este modo poder llegar adonde nunca habría podido de haberse mostrado tal cual era, entonces nos encontramos ante una impostura, una falacia. Y esto es lo que el Partido Popular y su gente del Gobierno, a lo largo de los actos enfervorecidos y parlamentos pomposos con que han punteado su primer año en el poder, han conmemorado. Celebran, con inflamada retórica, el hecho de seguir siendo como siempre fueron, aun después de haber vivido varios meses simulando lo otro. Celebran haber sabido quitarse la boina y ponerse una barretina sin llegar al extremo de tener que depilarse el entrecejo. Celebran lo listos que son, lo tontos que somos, lo hábilmente que sacuden, en primera línea, el botafumeiro de los moderados verbos -la conocida tríada del deseo, espero y confío-, aunque el humo ya no resulte tan espeso como para que el personal no avizore los ordeno y mando que suenan en la retaguardia.

Y los españoles, ¿qué podemos celebrar por estas fechas? Es fácil: que al fin sabemos de qué se ríe el presidente.

 

La voz cantante

 VICENTE MOLINA FOIX

EL PAÍS - 1 abril 1997 - Nº 333

No se explica por qué tantos aficionados a la música desprecian el cine musical. La explicación más rápida -el musical sería a la música lo que el dibujo animado es a la pintura- se queda corta, porque la música, la historia de la música, no está hecha de óperas de Wagner, de cantatas de Bach, de canciones de Mussorgsky o de madrigales de Monteverdi; no sólo. La música ha tenido siempre, en el reverso de sus grandes programas y ambiciones, su propia ligereza ocasional, su afán por divertir o hacer bailar, y cuando el cine se hizo sonoro era obvio que las artes musico-teatrales de Offenbach y Sullivan, de la familia Strauss, el maestro Bretón, Gershwin y otros genios de lo que el poeta llamó «música achampanada» ocuparían un hueco en la pantalla.

Estos días, gracias a Woody Allen, el musical ha adquirido respetabilidad intelectual, y a mí, gustándome pese al disparatado título castellano su película Todos dicen I Love You, me molesta un poco la operación. Me molesta que Allen homenajee al género mofándose de sus excesos y pegando, como se dice en inglés, la lengua a la mejilla para asegurarse de que entendemos su burla, aun cuando el resultado final, casi diría yo que a pesar suyo, sea una buena película musical. Mucho más me molesta la coartada que esto facilita a los despreciadores, quienes aceptan que los actores rompan a cantar en medio de una tienda o se enlacen las cinturas y bailen junto a un Sena apoteósico porque el truco es de Allen y encima lo hace con guiños. Estoy seguro de que ninguno de esos altivos allenígenas que creen en el musical según San Woody se han molestado en ir a ver Evita, bastante mejor ejemplo de lo que este noble género ofrece cuando tiene dinero, artistas, una historia y buena música.

El musical, como la ópera (pero esta comparación tampoco es para puristas) nace de una exacerbada falsificación de la realidad y es por ello, dentro de un arte de lo verosímil como el cine, su género más radical, más supremamente artístico. Fundiendo -gracias al movimiento alado, inmotivado, de sus bailarines, al punto acartonado y chillón de sus escenarios de sueño, a la palabra corriente transformada de súbito en canto- los signos del lírico con las cifras del músico, me atrevo a afirmar que cuando Nietzsche, en un célebre pasaje de El nacimiento de la tragedia, decía que «cantando y bailando manifiéstase el ser humano como miembro de una comunidad superior: ha desaprendido a andar y a hablar y está en camino de echar a volar por los aires bailando», el filósofo no sólo anticipaba el gran momento dionisíaco del cine de los Donen, Minelli, Kelly o Berkeley, sino que adivinó con una precisión oracular la escena de Bodas reales en que a Fred Astaire se le quedaba estrecho el suelo de la tierra y seguía bailando su felicidad por las paredes y el techo de la habitación.

El relativo fracaso comercial de Evita posiblemente tenga que ver con su mejor cualidad; al ser la película enteramente cantada, al modo ortodoxo e inverosímil de la ópera, Alan Parker se acerca al paroxismo de esas obras de musicalidad total, Los paraguas de Cherburgo o Una habitación en la ciudad de Demy, Corazonada de Coppola, Le bal de Scola, reconocidas siempre como productos de un genio que el paladar general encontró excesivamente rico en armonías. Quizá ahora el cine musical volverá a ser chic, o popular, aunque lo más interesante sería que quienes de antemano le cierran ojos y oídos se abriesen a la evidencia de su incomparable y frenética intensidad emocional; la de un arte, y volvemos a Nietzsche, en el que «quedan rotas todas las rígidas, hostiles delimitaciones que la necesidad, la arbitrariedad o la moda insolente han establecido entre los hombres».

 

La privatización de la política

IGNACIO SOTELO

EL PAÍS - 17 marzo 1997 - Nº 318

En los dos últimos decenios se han operado cambios de tal envergadura que la capacidad de análisis suele agotarse en dejar constancia de que nada ya es como era, una vez convencidos de que tampoco hay forma de recuperar lo que nos pareció válido en el pasado. En semejante coyuntura, la izquierda se divide entre los que siguen aplicando los viejos baremos, como si nada hubiera ocurrido, con lo que ya no pueden comunicar extramuros, adquiriendo el carácter de una secta -y ello sucede justamente en un mundo que se distingue por una creciente fragmentación social, con la consiguiente multiplicación de las sectas-, y los que no se cansan de exigir respuestas innovadoras para terminar recurriendo al viejo arsenal ideológico de la derecha triunfante. En suma, la izquierda se debate entre la impotencia y la derechización, sin encontrar una vía propia.

El origen de una buena parte del actual desasosiego y general confusión se halla en la mezcolanza de lo público con lo privado. En mi juventud parecía bien asentada la vieja distinción revolucionaria -de la Revolución Francesa- entre el hombre y el ciudadano, y la aspiración que canalizaba nuestra acción profesional y política era contribuir a crear una sociedad en la que todos accediesen a la categoría de ciudadano que otorga el participar en la configuración de lo público y en la administración de lo estatal. Defendíamos una noción participativa de democracia y concebíamos el socialismo como «la democratización de la sociedad y el Estado». En la cúspide de este proceso, en la rebelión estudiantil del 68, la politización alcanzó todos los ámbitos de la vida personal y social, acorde con la máxima de que también lo privado es político. Recuerdo el Chile de finales de los sesenta como el país más politizado de los que había conocido. Discusiones interminables en la calle habían convertido el centro de Santiago en una nueva ágora, pero esta vez sin exclusiones.

Conviene mantener como telón de fondo el alto grado de politización que marcó nuestra juventud -aunque ya sólo fuese mero rescoldo de la que singularizó al periodo de entreguerras, dominado por la confrontación del fascismo con el estalinismo, a la hora de estimar la privatización de lo público- como uno de los rasgos determinantes del presente. Nada se entiende de la relación actual de la sociedad con la política sin fijar la atención en las formas de su privatización.

Ahora bien, según sea el punto de vista que se adopte -el de la sociedad o el de la clase política-, la privatización exhibe un cariz muy distinto. Desde la sociedad, se manifiesta en la tendencia a recluirse en lo privado, mostrando ante la política indiferencia, hastío o indignación, según se haya producido o no, o haya sido más o menos doloroso, el desprendimiento de todo lo que tenga que ver con la política. La indiferencia resulta del convencimiento de que basta la esfera privada para el desarrollo pleno de la persona, difuminándose uno de los principios básicos de la tradición europea, a saber, que sin el ámbito de lo público no hay modo de vivir la libertad. La definición aristotélica del hombre como «un animal político» resulta hoy tan enigmática que se emplea para caracterizar a un tipo de profesional de la política.

La política, reducida al espectáculo de las discusiones y litigios de los que viven de esta actividad, produce pronto hastío. Hay cosas de mayor interés de las que ocuparse que de las escaramuzas de los partidos. En fin, indignación cuando la privatización de la política aparece en la forma más roma de echarse los dineros de todos a los bolsillos de los que detentan el poder. La corrupción, punto culminante de la privatización de la política, produce una indignación que amaina pronto al quedar asumida como un fenómeno natural: ¿a quién puede extrañar la corrupción en un mundo que no conoce otro interés que el particular? Lo inverosímil sería que pueda haber gentes que se comporten llevadas por una idea de lo público.

El engorro reside en que la política se sigue legitimando en base a distinguir el interés público, o bien general, del privado o particular cuando, de hecho, la privatización de la política ha eliminado esta distinción. Los políticos se siguen reclamando del bien común, pero detrás de sus apelaciones sólo se traslucen intereses particulares. Buena muestra del grado de privatización que ha alcanzado la política fue la sesión parlamentaria dedicada a discutir el decreto de urgencia que el Gobierno ha creído ineludible para regular la televisión digital. Aunque tirios y troyanos no dejasen de apelar al interés general, a la palestra no subieron más que los particulares. Una discusión política habría empezado por mostrar ventajas, pero también posibles inconvenientes de las nuevas tecnologías, para, en su caso, tratar de corregirlos, y habría debatido, tal vez, el modo de contribuir al bien común, que en este campo habría que definirlo previamente: instrumento educativo, ampliación de la libertad personal o nueva droga para matar el tiempo en una sociedad en paro creciente. O simplemente habría que aceptar el hecho como un bien o una catástrofe natural -según se mire- que impondría la disminución de las ganancias en el sector productivo, lo que obligaría al capital a trasladarse a sectores más prometedores, y uno de ellos es obviamente la industria de la comunicación y del ocio. Nadie duda de que lo que ocurra en este campo ha de influir de manera decisiva sobre las relaciones de poder que se establezcan en un futuro próximo, pero precisamente los políticos de este o aquel color -de los problemas reales se habla ya sólo fuera del Parlamento- rehuyeron la cuestión principal como la peste.

También los que se han erigido en defensores del fútbol gratis en televisión -bueno, no tan gratis, pagado por la publicidad- tendrían que haber empezado por explicar las razones -aparte de las demagógicas, harto visibles- por las que consideran tan importante que el fútbol domine la vida social con el apoyo de los medios -la televisión oficial ha convertido el telediario en una caja de resonancia del Gobierno y del fútbol-, cuando los pocos demócratas que en España había no se cansaban de criticar que la dictadura hubiera centrado en el fútbol la vida intelectual y afectiva de los españoles. ¿Acaso hubo un diputado que se preguntó qué ha ocurrido para que, tras veinte años de democracia, el fútbol en la vida española cuente hoy muchísimo más que durante el franquismo?

El avisado lector, sobre todo si tiene menos de 40 años, se echará las manos a la cabeza ante las cuestiones que hubieran surgido al vincular la política con el bien común, concepto metafísico del que le han dicho que hace ya mucho tiempo hubo que tirar por la borda. En la sociedad no hay otros intereses que los particulares, y éstos los regula el mercado. La «mano invisible» convierte la búsqueda del bien particular de cada uno en el bien general. Con lo que la política no tendría otra misión que garantizar el funcionamiento del mercado, tarea nada fácil, ya que la tendencia a maximizar los beneficios -Max Weber la llamó con el pomposo nombre de «espíritu del capitalismo»- lleva de continuo a crear monopolios que el Estado habrá de desmontar una y otra vez. Todos los intereses son legítimos en tanto no monopolicen el mercado. Y cuando una empresa lo consigue, cualquier norma que se dé para evitarlo significa obviamente un ataque directo contra la empresa monopolista. La cuestión no es si un decreto va dirigido contra una empresa y, por tanto, contra el sistema de libre empresa y, por consiguiente, anticonstitucional, sino si existe o no un monopolio de hecho que el Estado debe suprimir, facilitanto la libre competencia.

La ventaja del modelo liberal es que aparentemente ha resuelto tanto la cuestión de lo que sea el bien común, la suma de todos los bienes particulares, como la forma de alcanzarlo, dejar actuar libremente al mercado. La política queda así reducida a su mínima expresión -garantizar la seguridad y hacer respetar las leyes del mercado- y, consecuentemente, la privatización de la política, lejos de extrañar, se considera un bien inapreciable. La dificultad radica en la tendencia monopolizadora que despliega el mercado, que, abandonado a su aire, acaba por autosuprimirse. Todos predican la libre competencia, pero todos tratan de reducirla y, si se tercia, eliminarla. El libre funcionamiento del mercado no es resultado automático del mercado mismo, sino de la acción del Estado. He aquí el talón de Aquiles del liberalismo, y, cuando menos en este tema, se hace ineludible la acción política, que no sólo ha de ocuparse del funcionamiento libre del mercado, sino también de una redistribución social de la renta y del poder según criterios que le son ajenos. Llegados a este punto, de alguna forma hay que volver a la noción del bien común.

Pues bien, la dimensión pública de una sociedad es aquella en la que se discute qué sea el bien común en cada cuestión que se debata. La privatización de la política lleva consigo la supresión de esta dimensión pública de la vida colectiva en la que se debate y formula cuál sea el bien común. Sin un espacio público, reducida al binomio Estado-sociedad civil -que más bien habría que llamar sociedad mercantil, porque, en descomposición las iglesias, los sindicatos, los partidos, ya sólo las empresas cuentan-, la democracia, asimilada también al mercado, pierde todo contenido.

 

Entre el fútbol y Karl Popper

MIGUEL GARCÍA-POSADA

EL PAÍS - 5 marzo 1997 - Nº 306

Las proclamaciones del Gobierno pretendiendo declarar el fútbol de interés general obligan, nos guste o no, y a mí no me gusta, a remontarse a los tiempos en que Fernando VII creó una escuela de tauromaquia atendiendo también, se supone, al interés general. Lejos están los tiempos -era septiembre de 1996- en que el vicepresidente del Gobierno invocaba a Borges y su visión del universo «bajo la especie de una biblioteca». O aquello era mera retórica, y no tengo razones para pensarlo así, o era una afirmación que los acontecimientos se han llevado por delante hasta reducirla a una más o menos elegante ironía.

Ni el fútbol, ni los toros, pese al sobado epíteto de fiesta nacional, ni ningún evento deportivo, incluidas las Olimpiadas -que en la edad contemporánea están lejos de cumplir la función de tregua que tenían en la Grecia clásica-, pueden ser considerados de interés general. En esta rúbrica entran, como se ha repetido estos días hasta la saciedad, el orden público, la educación, la sanidad y otros bienes primarios. De hecho, y si la memoria no me traiciona, o la leyenda no es infiel, la edición dominical televisiva de los partidos de fútbol se debió de modo determinante al deseo del general Franco de aliviar sus, al parecer, tediosas tardes de domingo con la contemplación en directo de los encuentros.

Las declaraciones del Gobierno de Aznar resultan sorprendentemente insólitas y revelan un agobiante déficit de imaginación, cuando el fondo de la cuestión es otro, de signo empresarial, con el Gobierno estatuido en empresa beligerante, que ha decidido participar en la lucha por la hegemonía de la televisión digital: notable resolución que puebla de sombras el discurso neoliberal de nuestros gobernantes, que llegaron al poder -o eso decían- bien nutridos de los Popper, Friedman, Hayek, Dahrendorf y demás deidades del pensamiento único, como acreditan a mayor abundamiento ciertas publicaciones del partido en el poder.

La verdad es que la parábola que va de Popper al fútbol de competición es tan enorme que se necesitaría el genio esperpéntico de Valle-Inclán para interpretar lo sucedido en inevitable clave grotesca. Cierto es que se invocan otros principios neos, como la garantía de la libre competencia, pero esos principios neos huelen a coartada resabiada y urdida a posteriori. Desde luego, uno no se imagina a Popper, personalidad discutible pero absolutamente respetable, preocupado por los descodificadores del tipo A o del tipo B. Se dirá que esto último es caricatura y sólo caricatura, pero un aire inequívoco de caricatura tienen muchos de los gestos o palabras que hemos visto y oído en los últimos días.

Lo que sucede es que, aunque entre los neoliberales haya personalidades admirables -valga como ejemplo el magnífico Mario Vargas Llosa-, el neoliberalismo práctico -o pragmático- suele presentar contradicciones insalvables por la muy simple razón de que no existe en estado químicamente puro y muy a menudo funciona como coartada de intereses difícilmente confesables. Hay un relato de Carlos Fuentes, titulado La pena, incluido en su libro La frontera de cristal, que me parece que describe a la perfección lo que acabo de señalar. En ese texto se asiste a un diálogo sobre el liberalismo reaganiano entre dos amigos que concluye, ante la evidencia de su clientelismo intervencionista, con las siguientes palabras: «Son unos cínicos. Quieren la libertad de empresa para todo, menos para armar ejércitos y salvar a financieros pillos».

Descartado el tono y la contundencia expresiva, será difícil resistirse a la verdad que encierra el término cinismo. Por supuesto que aquí no hay ejércitos ni, se supone, financieros pillos: aquí sólo hay amiguetes, simples amiguetes, y ya es bastante. De siempre se han cocido estas habas, desde luego, y se seguirán cociendo, pero para tal cocción no hacían falta mejunjes tan elaborados como los de Popper, Hayek y tutti quanti, ni hacía falta tampoco, desde luego, la invocación al interés general.

Que el Aquinate -que a algunos de nuestros gobernantes actuales debiera resultarles próximo- llamaba «el bien común», una expresión ésta demasiado fuerte para ser empleada en esta situación, a pesar de las concordancias eclesiales. Sobre todo teniendo en cuenta que la cosa dominical televisiva y futbolera comenzó, parece ser, junto a la lucecita patriótica de El Pardo.

 

Adiós, Amor; adiós, Vida

JUAN CRUZ

EL PAÍS - 12 abril 1997 - Nº 344

Al poeta Jaime Gil de Biedma le gustaba recordar el encuentro cotidiano de dos magistrados de Oviedo que se saludaban de este modo equívoco en las mañanas del primer franquismo en las calles de la vieja capital asturiana:

-Adiós, Amor, decía uno.

Y el otro replicaba, cortés:

-Adiós, Vida.

En realidad, se llamaban por sus apellidos; a Jaime le gustaba recordar el estupor puritano de los viandantes, que creían asistir al inicio o a la prolongación de una aventura sentimental cuya expresión entonces se hallaba condenada a la oscuridad.

Las palabras dicen lo que dicen, pero a veces quieren decir otra cosa. Gabriel García Márquez dijo el otro día en Zacatecas, en el Congreso de la Lengua, que descubrió el valor verdadero de las palabras cuando estuvo a punto de ser atropellado por una bicicleta y le avisó un cura gritándole desde el otro lado de la acera: «¡Cuidado!». Hasta entonces -Gabo tenía 12 años- la palabra cuidado era algo que él escuchaba en el pasillo de su casa, en las copias del colegio o en los cuentos que le decía su abuela, pero nunca le había afectado esa palabra hasta que descubrió su efecto en la piel propia.

Las palabras nos afectan según quien las usa; aquellas que expresan ternura, o cariño, se quieren y se desean vengan de donde vengan; las que expresan insulto se aceptan, se interiorizan, se rechazan o nos dejan indiferentes dependiendo de la boca que las lance.

Tienen vida propia: son guantes o son cemento; las palabras son tacto o son el espíritu mismo de la agresión. En la profesión periodística actual, en medio de lo que podría llamarse la batalla de Madrid, pues aquí se produce mayormente, se usan palabras terribles que recuerdan los pasquines previos a la guerra civil; en un artículo, que ha sido muy ponderado pero muy poco glosado, Fernando Fernán Gómez se preguntaba en la tercera de Abc, literalmente, «¿Qué les pasa a los periodistas?». El extraordinario actor, el espléndido socrático, decía, entre otras cosas: «Echo una ojeada a los periódicos de dos días y encuentro estos epítetos que algunos periodistas dedican a sus compañeros de profesión: cochambroso, vil, chivato, cobarde, difamador, plumífero, calumniador, infame, traidor, sanguinario, abyecto, canalla, momia, mercenario, tonto, mastuerzo».

Es un buen ejercicio de recopilación: si lo hubiera venido haciendo desde 1993, cuando se inicia, más o menos, esa batalla de Madrid, hubiera tenido suficiente material como para construir una enciclopedia nacional del insulto. Son, además, palabras de ida y vuelta: las mismas palabras, dichas contra los que así se expresan, son estimadas por éstos como agresiones alevosas a la libertad de expresión o a la dignidad que ellos atesoran como distinta a la dignidad de los otros.

Es un problema de palabras y también de sintaxis. La gente aquí se ha indignado mucho, por cierto, con Gabriel García Márquez, que en aquel mismo congreso de Zacatecas pronunció su famosa abjuración de la ortografía, su ya popular disgusto por las haches. No está uno facultado para interpretar a nadie, pero se nos permitirá decir que acaso lo que quiso hacer el premio Nobel de Aracataca es llamar la atención sobre la sintaxis. ¿Qué importa la ortografía si no hay sintaxis? Él no lo ha dicho, pero en este país lo ha recordado Francisco Umbral: este gran poeta que hizo de las palabras mariposas imborrables escribió Cien años de soledad con unas haches cojonudas, en la expresión de Umbral. Cuando Nabokov se aburrió de ser excelsamente sintáctico se dedicó a la ortografía, a desembarazar las palabras, a abrirlas por las axilas y por las patitas de araña con las que andan, y halló que las letras tienen colores distintos, y que los signos de puntuación respiran de modos diferentes. Pero es que antes tenía la sintaxis: la había dominado, era suya; podía preocuparse ya de otras cosas. De la ortografía, por ejemplo, que es la caligrafía de los ociosos.

La nuestra es una lengua repleta de signos y de inconveniencias; pero todas las lenguas son así: la ortografía es la muleta, el lugar común, allí donde uno se acuesta cuando lo manda la naturaleza. Cuando tiene sueño, por ejemplo. Es lo que fluye naturalmente, aquello por lo que no tenemos que preocuparnos porque existe sin más, como una condición previa a la escritura, como lo que hay que tener. El problema es la buena sintaxis, lo que se dice y cómo se dice, esa especie de paciencia que tiene la lengua para expresarse de modo que todo el mundo sienta que fluye lo que se dice sin la violencia de picos y valles en que tantas veces convierten la tortura de su escritura algunos campeones del insulto. Es una cuestión de sindéresis y también de amor por las palabras, una de las formas de respeto que el ser humano se reserva para relacionarse con los que se le parecen. Subrayando su aparente preocupación por la ortografía, por otra parte, García Márquez ha conseguido, por otro lado, que los medios de comunicación se fijen en algo que aquí se ha discutido poco. ¿Y si además de no tener ortografía tampoco tuviéramos sintaxis?

 

Parejas

 JUAN JOSÉ MILLÁS

EL PAÍS - 21 marzo 1997 - Nº 322

Aquella derecha que en su día estaba en Alianza Popular, hoy PP, se escandalizó mucho cuando la ley del divorcio y reunió firmas para evitar la destrucción de la familia. Creían que todo el mundo iba a mandar al cuerno a su cónyuge para entregarse al desenfreno. Esa misma derecha sacó a la calle sus recursos escatológicos para oponerse también a la ley del aborto porque pensaba que la gente se quedaría embarazada sólo por el placer de operarse. Más tarde, cuando se recomendó el uso del preservativo, se colocó al lado de la fracción fundamentalista del Colegio de Farmacéuticos para condenar la venta de condones. ¿Quién no recuerda las gracias de Fraga sobre el tema?

Todo esto, aunque parezca tan antiguo, sucedió anteayer como quien dice, igual que la votación contra la ley de las parejas de hecho, siendo sus protagonistas los mismos que ya hicieron el ridículo con el divorcio, el aborto y los preservativos. No se enmiendan y tienen sus razones. La derecha es que necesita mucha represión porque está imaginando cochinadas todo el día. No quieren la ley del divorcio porque son los primeros en usarla. Ni la del aborto, porque son los que más la necesitan. Lo del preservativo es una cuestión ideológica: les parece humillante. Ahora piensan que si se autorizaran las parejas de hecho, ellos mismos correrían a amancebarse con personas o animales inconcebibles.

Su actitud negativa no se dirige tanto a fastidiar a la gente normal como a poner freno a sus perversiones. Se tienen miedo, y con razón, porque es que cuando gozan de un poco de libertad les sale la bestia que llevan dentro y dan el espectáculo. Uno no se imagina con quién se arrejuntaría algún ministro si pudiera, pero ellos sí. Y les pone los pelos de punta. De ahí su voto en contra, a ver si me entienden.

 

Los científicos de Atapuerca presentan una nueva especie humana, clave de la evolución

ALICIA RIVERA

  EL PAÍS - 30 mayo 1997 - Nº 392


Ochenta y seis trozos de hueso de seis individuos es todo lo que se ha encontrado de ellos hasta ahora. Pero vivieron hace más de 800.000 años, y no sólo son los europeos más antiguos, sino que son un eslabón clave de la evolución humana: el ancestro común a partir del cual evolucionaron el hombre actual y los neandertales. Para estos primeros europeos, los científicos que los descubrieron en Atapuerca (Burgos) y que los han estudiado proponen una nueva especie, que han bautizado Homo antecessor. Ayer presentaron su hallago en Madrid, y hoy se publica en la revista científica estadounidense Science.

Hacía muchos años que no se proponía una nueva especie del género Homo en la paleontología internacional. Richard Gallagher, editor europeo de Science , que se desplazó a Madrid para la presentación de este trabajo, afirmó: «Es un descubrimiento de importancia internacional».

Ayer, en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN) se mostraron los fósiles de Homo antecessor (trozos craneales, dientes, costillas y piezas de las extremidades) bien conservados, aunque fragmentados, que corresponden al menos a seis individuos, uno de ellos de unos 11 años de edad. Explicaron el significado del hallazgo los seis autores del artículo de Science , José María Bermúdez de Castro, Juan Luis Arsuaga y Eudald Carbonell -directores del proyecto de Atapuerca-, Antonio Rosas, Ignacio Martínez y Marina Mosquera.

Arsuaga (Universidad Complutense, Madrid) comentó que las raíces hasta ahora desconocidas de los neandertales, que vivieron en Europa desde hace 100.000 años hasta hace 30.000, y del hombre actual se clarifican con Homo antecessor, que es el ancestro común de ambas especies. A partir de este antepasado se produjo una evolución local en Europa hacia los neandertales, pasando por los preneandertales de la Sima de los Huesos de Atapuerca (300.000 años). Mientras tanto, en África, el Homo antecessor evoluciona hacia lo que sería mucho después el Homo sapiens, nosotros, que saldría de ese continente y sustituiría en todo el mundo a las especies existentes hace algo más de 25.000 años, incluidos los neandertales.

Los primeros fósiles de Homo antecessor aparecieron en el verano de 1994 en la excavación de Gran Dolina (Atapuerca). Eran los europeos más antiguos (hasta ese momento no había evidencia fósil humana en el continente anterior a 500.000 años). En 1995, recordó ayer Bermúdez de Castro (MNCN), se anunció en Science el descubrimiento dejando la puerta abierta para que posteriores hallazgos clarificaran de qué especie podía tratarse.

 

Herramientas de piedra

 

Las piezas rescatadas en las campañas de 1995 y 1996 son la evidencia para proponer una nueva especie y explicar su significado en la evolución humana. Carbonell (Universidad Rovira i Virgili) advirtió que los 86 fósiles proceden de una prospección de sólo seis metros cuadrados excavados en la Gran Dolina, en una capa de sedimentos de 20 centímetros de espesor, y han aparecido junto a unas 150 herramientas de piedra y restos de fauna. La datación del yacimiento se ha realizado mediante técnicas geofísicas avanzadas que indican una antigüedad del estrato superior a 780.000 años. Los trabajos de excavación se reanudan el próximo mes de julio en la campaña anual.

César Nombela, presidente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), calificó de «ocasión excepcional para la ciencia española» el trabajo presentado ayer y recordó que el equipo de Atapuerca acaba de ser galardonado con el premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica.

«Este estudio representa exactamente el tipo de investigación científica que deseamos publicar en Science: ha sido realizado con gran precisión y cuidado; brinda un considerable acervo de nueva información que es de interés general; ha suscitado nuevas ideas y promoverá un vigoroso debate en el campo y disparará la imaginación del público en general», dijo Gallagher.

 

Caníbales, altos y fuertes


Éste es el retrato robot del Homo antecessor: alto, fuerte, incipientes arcos en las cejas (rasgos muy acusados en los neandertales posteriores) y pómulos (como el hombre de hoy); capacidad craneal superior a mil centímetros cúbicos e inferior a la del hombre actual, explicó ayer Ignacio Martínez, uno de los firmantes del artículo de Science. Los rasgos del rostro son «exactamente la morfología que imaginaríamos en un ancestro común de los humanos modernos y los neandertales», afirma Antonio Rosas, otro de los investigadores.

En cuanto a su comportamiento, se pueden deducir algunos detalles, informó Marina Mosquera, también autora del trabajo: «Comían carne, no sabemos si de caza o de carroñeo; tenían una tecnología muy antigua, similar a la africana de Olduvai Modo I, y practicaban el canibalismo». Las marcas inequívocas de descarnamiento en los huesos de Homo antecessor, idénticas a las que muestran fósiles de animales consumidos, conducen a esta conclusión.

La pieza más vistosa de la nueva especie es una mandíbula infantil. Se rescató en el yacimiento como un bloque de arcilla petrificado del que asomaban unos dientes, recordó ayer Arsuaga, que destacó la exquisita restauración realizada por Paloma Gutiérrez del Solar y Blanca Gómez Alonso, del Museo Nacional de Ciencias Naturales.

«Ahora tenemos una mejor ventana sobre las primeras poblaciones del continente europeo», afirma en un comentario de Science el paleoantropólogo estadounidense Philip Rightmire. Su colega francés Jean-Jaques Hublin comenta que muchos especialistas se sentirán incómodos ante la identificación de toda una nueva especie basada, sobre todo, en rasgos faciales de un solo individuo joven.

 

'Homo antecessor', el primer colono europeo

J. L. ARSUAGA, J. M. BERMÚDEZ DE CASTRO y E. CARBONELL


Si analizamos en su conjunto todas las especies de homínidos que se conocen, podemos establecer dos grandes grupos. Uno estaría compuesto por especies exclusivamente africanas de los géneros Ardipithecus, Australopithecus y Paranthropus, más los primeros representantes del género Homo. Los homínidos más antiguos de todos pertenecen a la especie Ardipithecus ramidus, y vivieron hace casi cuatro millones y medio de años. No se sabe aún con certeza cómo andaban. De los demás se conoce que eran bípedos, aunque todavía conservaban gran parte de sus capacidades para trepar por los árboles (como nosotros mismos, pero en un grado mayor). Si los pudiéramos ver ahora nos recordarían mucho por su aspecto a los chimpancés. Un zoólogo libre de prejuicios los clasificaría sin dudarlo como formas de la sabana y bípedas del mismo grupo que los chimpancés o gorilas (o mejor, que sus antepasados). Hace dos millones y medio de años aparecen los primeros fósiles del género Homo, que ya fabrican instrumentos de piedra y han experimentado una cierta expansión cerebral. Sin embargo, su estructura corporal no ha variado.

El otro gran grupo de homínidos es el de las especies de forma corporal moderna (es decir, como la nuestra). Homo ergaster, una especie africana de entre hace dos y hace un millón y medio de años es la primera. Estos homínidos podían alcanzar estaturas superiores a 1,80 metros. Su cerebro era considerablemente más grande y fabricaban instrumentos de piedra muy elaborados. Por último, éste es el tipo de homínido que, por primera vez, se extiende fuera de África.

El poblamiento inicial de Asia es sin duda superior al millón de años. Hay evidencia arqueológica en Israel, y paleontológica en Java y Georgia (a las puertas de Europa) que se aproxima al millón y medio de años de antigüedad, y tal vez lo supere en algún caso. Sin embargo, muchos investigadores pensaban que los primeros humanos no llegaron a Europa hasta hace tan sólo medio millón de años. El descubrimiento en 1994 de fósiles humanos con más de 780.000 años de antigüedad en la Gran Dolina (en la burgalesa sierra de Atapuerca), cambió irreversiblemente este paradigma.

Faltaba por establecer qué tipo de homínidos eran estos primeros europeos. ¿Se trata tal vez de la misma especie que pobló Asia? ¿Estarán más relacionados con los neandertales o con nuestra misma especie? Con los fósiles de 1994, más los nuevos hallazgos de la campaña de 1995, el equipo de investigación de Atapuerca se pronuncia hoy en la revista científica Science. Después de comparar los restos de la Gran Dolina con los demás fósiles humanos, concluyen que se trata de una nueva especie no conocida hasta ahora y que han denominado Homo antecessor. Además, esta nueva especie ocupa una posición crucial en la evolución humana. A partir de ella, la evolución en Europa continuó hasta los neandertales, a través de formas intermedias. Los numerosos fósiles de la Sima de los Huesos, también en la sierra de Atapuerca, son quienes mejor ilustran este proceso. En África, la evolución humana terminó por dar lugar a nuestra especie. Finalmente, los antiguos pobladores del Extremo Oriente evolucionaron a su aire durante largo tiempo, para acabar extinguiéndose como los neandertales europeos.

El esquema evolutivo que resulta es uno de gran complejidad, de geometría ramificada, muy alejado de los modelos tradicionales de evolución lineal. Es de esperar que futuros hallazgos paleontológicos y arqueológicos en la sierra de Atapuerca continúen aclarando el panorama de la evolución humana. La investigación en estos yacimientos es una apuesta segura para la ciencia española.