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Balance y legado del siglo XVIII

(comp.) Justo Fernández López

Historia de la literatura española

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Balance y legado del siglo XVIII

El reinado de Carlos II (1665-1700) termina con la impotencia de España de mantener sus posesiones territoriales en Europa. El morir el monarca sin dejar sucesión, las naciones europeas decidieron proceder a una desmembración de la Monarquía española. Francia y Austria apetecían para sí la fabulosa herencia española, e Inglaterra y Holanda deseaban evitar una aplastante hegemonía continental en manos de una de esas dos potencias europeas. Las intrigas comenzaron en el lecho de muerte de Carlos II, que por mantener la unidad de la Monarquía hispana optó por Felipe de Anjou, el candidato francés, como su sucesor, quedando frustrada la candidatura de Fernando José de Baviera.

Las rencillas internacionales lanzaron a España a una larga Guerra de Sucesión (1702-1714) entre los partidarios del candidato Borbón y del candidato austriaco. España se encontraba escindida: Castilla apoyaba como candidato al trono a Felipe V de Borbón, mientras que Aragón era partidario del candidato austracista Archiduque Carlos de Austria, futuro emperador Carlos VI del Sacro Imperio Romano Germánico. Castilla, un tanto recalcitrante primero ante la presencia de un Borbón y de ministros franceses en Madrid, acabó abrazando con entusiasmo la causa de Felipe V y convirtiéndose en el más fuerte puntal de la dinastía borbónica.

«Es posible que en ese cambio influyera la acción de una eficaz propaganda, dirigida no sólo contra el Archiduque, sino contra los catalanes, a quienes se atribuía tenebrosos propósitos de avasallamiento de Castilla. En síntesis, el ejército francocastellano se impuso al angloaustrocatalán en Brihuega (1710). Cuatro años más tarde, Barcelona se rendía a las tropas de Felipe V y España quedaba llana como la palma de la mano para aplicar una política objetiva y realista (1714). Pero a la mística del foralismo sucedió la mística de la centralización a todo trance, no sólo administrativa, sino incluso mental. Y en esta empresa fracasarían también la dinastía borbónica y sus colaboradores.» (Vicens Vives, J.: Aproximación a la Historia de España. Barcelona: Vicens Vives, 142003, p. 122-123)

Al terminar la guerra y subir al trono Felipe V, los fueros de Aragón, Valencia y Mallorca fueron abolidos. Por los tratados de Utrecht y Rastatt, España perdió sus posesiones en los Países Bajos, Nápoles y Sicilia en favor de Austria; Gibraltar y Menorca en favor de Inglaterra. La nación española era un mero esqueleto de lo que había sido en su época imperial. Se daba en España una aguda conciencia de decadencia, que posteriores mejoras no lograron destruir por completo.

«La opinión todavía extendida de que el siglo XVIII marca una ruptura de la tradición hispánica (considerada, al parecer, única, cuando en realidad se ha hecho una elección arbitraria entre varias tradiciones), renegada y escarnecida por una elite deslumbrada por gustos totalmente extranjeros, nos parece que se desprende de viejos prejuicios. En los debates, las controversias sobre el barroco (en arte, en literatura) y lo que marcará la época de la Ilustración en España, el “neoclasicismo”, un celo nacionalista ha cegado durante mucho tiempo a numerosos espíritus. Según ellos bastaba mirar el esplendor del Siglo de Oro y la pobreza de las letras durante el siglo XVIII para convencerse de que los ilustrados y el “despotismo ilustrado”, ignorando y despreciando esta famosa tradición hispánica (conservadora en el orden social, ultracatólica, ultramontana en el orden religioso), habían traicionado el ser verdadero de España e intentado vanamente imponer una cultura prestada. Solo desde hace una treintena de años, poco a poco, eruditos e historiadores han venido rechazando esas visiones sumarias, absurdas, y rehabilitaron –no se otra cosa se trata– la Ilustración.

Mostrar cómo se pasó de los fastos del siglo XVII a la miseria de la época posterior no es fácil. España se hundió en la decadencia, y para mucho tiempo, hacia mediados del siglo XVII, según el parecer de casi todos los historiadores.» (François López: “Un cambio tardío”, en Canavaggio, Jean: Historia de la literatura española. Siglo XVIII. Barcelona: Ariel, 1995, tomo IV, p. 4-5)

España acusa un enorme retraso respecto a los países de donde proviene la Ilustración. Los cambios no se producen sino con lentitud. Las mejoras son muy visibles al final del reinado de Carlos III (1759-1788). En sus publicaciones, los ilustrados expresan su amargura por saberse tan poco numerosos entre las masas ignorantes.

«A pesar de todo, la larga búsqueda de una literatura burguesa y refinada, de un nuevo decoro, produjo una lengua literaria que se distingue de la de la época anterior por una elegancia seca, nerviosa, a veces llena de jovialidad, que es una de las grandes conquistas del siglo, la adquisición de la que sacarán provecho los mejores escritores de las épocas siguientes. El dirigismo cultural se manifestó más bien en una censura puntillosa, de una pudibundez pasmosa y que, además, desfavoreció demasiado la diversión en favor de la utilidad. La Inquisición, a la que le incumbía la policía del libro pero no la censura previa, evidentemente contribuyó a apartar al público español de las mejores obras literarias aparecidas en Francia.» (François López, o. cit., p. 21)

ECONOMÍA

A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, se formaron en España, Irlanda y Suiza las Sociedades Económicas de Amigos del País (SEAP), en el marco de las ideas de la Ilustración. Fueron instituciones orientadas a promover reformas económicas y conjugaron este carácter, esencial en la Ilustración española, con el rasgo más novedoso de la política del despotismo ilustrado: el afán de mejora de la vida a través de la extensión de la cultura, por medio de una educación selectiva, a todos los grupos sociales. En su fundación intervinieron los sectores más dinámicos de la sociedad: importantes figuras de la nobleza y numerosos cargos públicos, de la Iglesia, del mundo de los negocios y los artesanos.

La primera fue la Sociedad Bascongada de Amigos del País (1765). En 1775, Carlos III aprobó los estatutos de la Real Sociedad Económica de Madrid. A principios del siglo XIX ya se habían constituido 63 sociedades en las principales ciudades del país. Los pensadores liberales y los llamados afrancesados (administradores y pensadores influidos por el advenimiento de la dinastía de los Borbones) buscaron difundir los avances y el pensamiento de la Ilustración.

La existencia de estas sociedades económicas refleja una amplia preocupación por el desarrollo del país. La mayor parte de estas sociedades se componían de nobles, ricos hacendados, oficiales del ejército, burócratas y clérigos, que deseaban mejorar el potencial agrícola y mercantil de la nación, fomentando las “artes prácticas” (oficios mecánicos), “de cuya profesión no era ninguno de sus individuos”, como apuntaba un crítico de la época.

Pedro Rodríguez Campomanes, conde de Campomanes (1723-1803), uno de los reformistas ilustrados del reinado de Carlos III, redactó informes, memoriales y respuestas fiscales sobre la cuestión agraria. Su Discurso sobre el fomento de la industria popular (1774) planteaba la promoción de la industria y basaba la riqueza del país en el trabajo. Impulsó las Sociedades Económicas de Amigos del País. Perteneciente a la corriente regalista que frenó el poder eclesiástico, intervino en la expulsión de los jesuitas.

Fue con la llegada de la Ilustración y los Borbones que comenzó una reforma en profundidad de la hacienda pública, una de las cuales fue la limitación de este tipo de nombramientos, ya que por entonces más de medio millón de personas gozaba de exenciones tributarias basadas en este título.

Críticas contra la inactividad aristocrática se fusionaron con actitudes igualitarias que flotaban en la atmósfera de finales del siglo XVIII. La proporción de nobles había descendido en España en el transcurso del siglo hasta el nivel del 4% entre el total de una población de diez millones y medio de habitantes en 1797. En el censo de 1768 había 722.794 hidalgos, 480.000 en 1787 y 403.000 en 1797.

«En determinadas regiones, sin embargo, el porcentaje de nobles era mucho más elevado. Los habitantes de Guipúzcoa se consideraban hidalgos en el cien por cien de los casos; en Vizcaya sucedía lo mismo en un 50 por ciento, y en Asturias en un 16 por ciento, a finales de siglo. En Andalucía, además, y a pesar de que el número de nobles per capita era bajo en esta región, abundaban los hidalgos ricos de modo especial. A lo largo de todo el territorio de la nación, tomada en su conjunto, gozaban aún los nobles de ciertos privilegios. Campomanes se esforzó en fomentar el desarrollo de los oficios, elevando su rango en la consideración social e intentando borrar la distinción entre los usuarios del título “don” que practicaban las artes liberales y el simple Juan Fernández que trabajaba en un taller de tejer, en las hormas o máquinas de modelado. Desde el mes de marzo de 1783, artes como las del curtido, sastrería, zapatería o herrería fueron declaradas “honorables”, y los que practicaban tales menesteres no perdían, por ello, su condición de hidalguía. [...] Todavía en 1784, la Real Academia de San Fernando se lamentaba de las disputas provincianas en torno a la distinción entre artistas y artesanos.» (Glendinning, Nigel: Historia de la literatura española. El siglo XVIII. Barcelona: Ariel, 32000, p. 34-35)

En muchas zonas del país, ciudades enteras, pueblos y tierras pertenecían aún a señoríos autónomos. Amplias zonas cultivables permanecían baldías. Estaban abandonadas por absentismo de sus señores. Otras pertenecían a la Mesta. El Honrado Concejo de la Mesta de Pastores, creado en 1273 por Alfonso X el Sabio, reunía a todos los pastores de León y de Castilla en una asociación nacional y otorgándoles importantes prerrogativas y privilegios, como una fiscalización especial para protegerla de los agricultores, lo que provocó largos e incontables pleitos hasta el año 1836 en que es abolida. La Mesta es considerada como una de las agrupaciones corporativas o gremio, más importantes de Europa de la Edad Media y el primer gremio ganadero.

El Informe sobre la ley agraria (1795), redactato por Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1810), señalaba como una urgente necesidad la redistribución de las tierras y la promoción de un derecho de propiedad más extendido.

«En 1788 la Sociedad Económica de los Amigos del País de Madrid confía a Gaspar Melchor de Jovellanos, uno de sus miembros más conocidos, la tarea de poner punto final a una encuesta que, desde hacía lustros, le había confiado el Consejo de Castilla. La tarea era delicada, a la medida de la importancia del problema, en esa España del Antiguo Régimen donde las trabas históricas impedían cualquier progreso a una agricultura que, sin embargo, era preeminente. Los ministros ilustrados de Carlos III habrían deseado aportar una solución de conjunto a una crisis estructural que paralizaba cualquier desarrollo económico; era también la ambición de los que pregonaban el deseo de esa “ley agraria” (así llamada en recuerdo de la república romana). El motín de 1766 dio ocasión para retomar el tema. Las quejas del campesinado contra el peso aplastante de las grandes fincas llegaban esencialmente de Andalucía. Consultado Olavide, este dirige en Madrid un verdadero plan de reformas, que será seguido por informes de otros intendentes. Así queda cuestionado lo que constituía la particularidad del interior de España: la gran propiedad y la cría extensiva de los corderos trashumantes. No se podían tocar los privilegios de los grandes propietarios y de los ganaderos sin quebrar uno de los pilares de la estructura social del reino. También el debate permaneció largo tiempo en el nivel de las consultas. Cuando, por fin, la obra de Jovellanos se publica, en 1795, casi treinta años más tarde, la guerra desastrosa contra la Convención toca a su fin; el país debe hacer frente a urgencias más graves. [...]

Este texto, resultado del pensamiento de todo un siglo, se convertiría sin tardanza en una referencia obligada; en principio implícito –cuando en 1798 Godoy inicia, a pesar de la Inquisición, la venta de bienes pertenecientes a algunas obras pías y a instituciones religiosas–, será invocado bien alto cuando suene la hora de las grandes “desamortizaciones” del liberalismo del siglo XIX. Al popularizar algunas ideas, Jovellanos logra, si no revolucionar la agricultura peninsular, al menos preparar a la opinión para futuras expansiones.» (Lucienne Domergue: “La ilustración puesta a prueba”, en Canavaggio, Jean: Historia de la literatura española. Siglo XVIII. Barcelona: Ariel, 1995, tomo IV, p. 173-174)

LAS GUERRAS EXTERIORES

Las guerras exteriores en el siglo XVIII obstaculizaron el desarrollo del país:

  • intento de anexión de Nápoles y del reino de las Dos Sicilias en 1734;

  • costosa campaña en Italia entre 1740 y 1746;

  • guerra sostenida contra Inglaterra en Portugal en 1762;

  • expedición a las islas Malvinas en 1770;

  • desastroso ataque a Argel en 1775;

  • asedio de Gibraltar entre 1779 y 1783;

  • reconquista de Menorca en 1782;

  • hostilidades contra la república francesa entre 1793 y 1795;

  • guerra la independencia entre 1808-1814.

Las guerras acentuaron la preocupación de los españoles por el estado de su país.

LA ILUSTRACIÓN EMPIEZA SU LABOR

A partir de la década de 1680 se comienzan a observar tímidas corrientes de pensamiento que, en España, precedieron a la Ilustración y que finalmente la engendraron. En 1681 desaparece el último gran escritor del Siglo de Oro, Calderón de la Barca, y cinco años más tarde, abriendo la época de la Ilustración en Europa, Isaac Newton formula la Ley de la Gravitación Universal.

De 1680 a 1750, fuera de las universidades que se niegan a aceptar las novedades científicas, pequeños grupos de hombres, grandes señores, eclesiásticos cultivados, eruditos e intelectuales de origen a veces modesto, discuten en tertulias sobre ciencia y filosofía nuevas, sobre historia y literatura.

La época que va de la muerte de Calderón (1681) a la aparición del Teatro crítico universal, o Discursos varios en todo género de materias para desengaño de errores comunes (1726 y 1740) de Feijoo, registra la aparición de los llamados novatores o novadores. Eran pensadores, científicos y filósofos que, en Valencia, comenzaron a despertar un interés preilustrado por las novedades científicas en oposición al Escolasticismo tomista y neoaristotélico, mediante el empleo del Empirismo y el Racionalismo. En sus escritos dan preferencia a las lenguas modernas antes que a las clásicas. Culpaban del atraso científico de España al escolasticismo universitario y a la ignorancia de las modernas corrientes de pensamiento europeas. Los novatores promovieron de forma más o menos clandestina  las nuevas ideas de Newton y William Harvey. Formaban el grupo, entre otros, Juan Caramuel y Lobkowitz, Juan de Cabriada y Antonio Hugo de Omerique, cuya obra Analysis Geometrica (1698) atrajo el interés de Newton. En la misma época, desde Nueva España, Diego Rodríguez comentó los hallazgos de Galileo.

Las reformas que en el siglo XVIII se abordaron en el seno de la Iglesia deben ser consideradas a la luz de la lucha por el poder entre el rey y el Papa. Los que criticaron el poder de la curia papal fueron acusados por la Iglesia de jansenismo o delatados a la Inquisición. En la lucha contra la curia romana la expulsión de los jesuitas en 1767 supuso un duro golpe. Pablo de Olavide (1725-1802), responsable del plan de repoblación de Sierra Morena e imbuido de las ideas ilustradas, fue delatado a la Inquisición en 1775 por el superior de los capuchinos y el Santo Oficio le condenó en 1778 a ocho años de reclusión en un convento.

Los progresistas de todas las tendencias chocaron en España con la Inquisición. La censura gubernamental y la Inquisición impidieron que se publicaran en España temas de la Ilustración europea, aunque las teorías revolucionarias circulaban y se debatían en tertulias y cafés.

La tendencia centralizadora se esforzó en crear una red de academias en estilo del Neoclasicismo (griego, romano y del Renacimiento). La tendencia a la uniformidad tuvo lugar también en la lengua y la literatura. La Real Academia Española, fundada en 1713, se fijó como emblema la leyenda Limpia, fija y da esplendor. Nació, por tanto, la institución como un centro de trabajo eficaz, según decían los fundadores, “al servicio del honor de la nación”.

La difusión del Neoclasicismo en literatura fue debida en parte al influjo del despotismo ilustrado a través de las academias, pero fueron fomentadas también en las escuelas por las órdenes docentes. Por otra parte, varios escritores españoles que se educaron en Italia o en Francia o viajaron por esos países. Franceses e italianos que residían en España fomentaron el interés hacia la literatura extranjera en los círculos que frecuentaban.

Durante el reinado de Fernando VI, se facilitaron los viajes de estudios en el extranjero a hombres de ciencia. Se concedían becas de estudio y pensiones reales a artesanos y artistas españoles que quisieran completar su formación en Inglaterra, Italia o Francia. El estudio de idiomas extranjeros en los colegios capacitó a un número mayor de público para la lectura de obras inglesas, francesa o italianas en sus versiones originales. Aumentó el número de traducciones de obras extranjeras al castellano.

La capacidad de lectura se incrementó en el transcurso del siglo, con lo que apareció una nueva clase media de lectores. Se empezaron a crear escuelas femeninas en España (el Gobierno generalizó la educación de las mujeres hacia 1773), con lo que tomó importancia la mujer como lectora de poesía y de novelas.

IMAGEN UTÓPICA DE ESPAÑA EN LA LITERATURA DEL SIGLO XVIII

Las utopías literarias y los relatos de viajes ficticios constituyeron un género literario vigente en la Ilustración española. Son textos que manifiestan aspectos innovadores, subversivos y en parte anticlericales de esa época. Algunos de estos textos fueron escritos en la primera mitad de la época de la Ilustración española, pero el periodo de esplendor se sitúa en los años ochenta y noventa del siglo XVIII.

Una presentación detallada de algunas de las obras utópicas del siglo XVIII se puede ver en el artículo de Helmut C. Jacobs sobre el tema. Principales obras comentadas:

Descripción de la Sinapia, Península de la Tierra Austral, inspirada en la Utopía (1516) de Tomás Moro, fue escrita en la época de los novatores (1680-1720). Presenta una imagen idealizada de España (Sinapia es un anagrama de Hispania). El autor anticipa temas fundamentales que provocarán intensas discusiones durante las décadas siguientes.

El Deseado Gobierno, buscado por el amor de Dios para el Reino del Sol, es un texto utópico con elementos alegóricos, escrito en la primera mitad del siglo XVIII.

Cartas marruecas, novela epistolar de José Cadalso y Vázquez, escrita entre 1768 y 1774, está inspirada en las Lettres persanes de Montesquieu. Aunque presenta pocos episodios utópicos, estos son muy significativos.

Viages de Enrique Wanton a las tierras incógnitas australes y al país de los monos, de Gutierre Joaquín Vaca de Guzmán (1733.1808). Apunta a mejorar la situación política, social y económica del país siguiendo los principios de la Ilustración, para lo que utiliza la sátira.

Las aventuras de Juan Luis (1781), de Diego Ventura Rejón y Lucas (1721-1796) es una sátira de la sociedad española de la segunda mitad del siglo XVIII.

La mujer feliz y dependiente del mundo y de la fortuna, de Andrés Merino de Jesucristo, fue publicada en 1786. Es una novela en tres tomos dirigida a las mujeres como receptoras de su obra para contribuir a su formación. Merino escribió también otros textos utópicos, como Monarquía de los Leones o Tratado sobre la Monarquía Columbina. Las utopías se escenifican a menudo mediante una guerra.

«Resumiendo, se puede constatar que las propuestas ideales de las utopías españolas y los relatos de viajes ficticios del siglo XVIII proponen modelos antagónicos que contrastan con la España actual de la época, y ponen de manifiesto un orden social ideal. Estos sistemas ideales contienen una crítica implícita, casi elaborada didácticamente, que se dirige a las condiciones sociales actuales y reales de España y ofrecen, en parte, serias propuestas de reforma e indicaciones prácticas. Constituyen una posibilidad para proyectar un potencial crítico social importante, que sobrepasa con valor la línea de lo permitido en la época. Esta crítica no suele ser abstracta o general, sino que se refiere a situaciones típicas españolas. Las utopías españolas y los relatos de viajes ficticios del siglo XVIII se manifiestan como medios para articular ideas ilustradas y reformadoras, y dejan entrever la importante función de la ficticia prosa fantástica en el proceso de la Ilustración española.» (Helmut C. Jacobs: “Aspectos de la imagen utópica de España en la literatura española del siglo XVIII”. En Arnscheidt, Gero / Tous, Pere Joan (eds.): “Una de las dos Españas...” Representaciones de un conflicto identitario en la historia y en las literaturas hispánicas. Frankfurt a. M.: Vervuert, 2007, p. 629)

RESISTENCIA A LA CENTRALIZACIÓN: FUEROS Y CACIQUISMO

«La temática de las Dos Españas empezó a tratarse en el siglo XIX; sin embargo, el problema en sí, nacido del antagonismo entre los representantes del progreso, influidos por las ideas y los ideales de la Ilustración, por un lado, y por otro, aquellos conservadores, arraigados en la tradición, estaba latente ya en el siglo XVIII. Este potencial conflictivo, que resulta de la oposición infranqueable entre el estancamiento y el desarrollo, se articuló en las utopías literarias y los relatos de viajes ficticios, a menudo en forma de imágenes distorsionadas o alternativas de España.» (Helmut C. Jacobs, o. cit. p. 619-620)

«No es de extrañar que los núcleos de poder local resistieran con tanto éxito a las disposiciones legales que decretaban, una y otra vez, su desaparición. El caso más patente fue el de las regiones forales, cuya oposición a la homogeneización jurídica o fiscal fue tan eficaz que obligó a reconocer excepciones legales a las leyes comunes, como fueron los apéndices forales al Código Civil o los conciertos fiscales con las provincias vasco-navarras. Más aún: la tensión entre los intentos centralizadores y quienes seguían defendiendo la permanencia de los tradicionales privilegios y exenciones es uno de los motivos habitualmente señalados para explicar las guerras charlistas y, más tarde, la emergencia de los nacionalismos catalán y vasco. Pero no hace falta recordar ejemplos extremos. Lo normal, y de mayor éxito, fue oponer una resistencia encubierta; es decir, que los poderes locales sobrevivieran de forma solapada, gracias a un pacto tácito con el Estado liberal. Fue lo que se llamó caciquismo, no un residuo de remotos privilegios feudales sino un producto de nuevo cuño, resultado de la confluencia de jerarquías residuales, sí, del Antiguo Régimen, con nuevas élites locales formadas durante la desamortización, ambas acomodadas a la nueva centralización del Estado liberal. Porque este último aspecto también hay que tenerlo en cuenta. No es justo describir el caciquismo, como a veces se hace, como un pacto entre unos poderes locales fácticos y una centralización teórica, pues si aquellos no podían ignorar las normas que emanaban del gobierno central y se veían obligados a pactar también habrá que reconocerle a éste alguna fuerza fáctica.» (Álvarez Junco, José: Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX. Madrid: Taurus, 2001, p. 541)

QUE DOIT-ON À ESPAGNE?

Los españoles reaccionaron con sensibilidad frente a la imagen de España que se tenía en el extranjero, sobre todo sobre la visión negativa de la cultura hispana. Se sentían consternados por la decadencia y ocaso del poder político en Europa durante el siglo XVII y comienzos del XVIII, pero eran conscientes de la altura a la que se había levantada la literatura y las artes durante el Siglo de Oro. Ya Quevedo en su tiempo había reaccionado fuertemente contra los que desdeñaban a España y su literatura.

«Los autores del siglo XVIII adoptaron una actitud más decididamente defensiva, cuando se enfrentaron con ataques de índole análoga. Mientras Quevedo podía presentar a un fray Luis de León, Garcilaso, fray Luis de Granada, Herrera y otros muchos, el siglo XVIII, en cambio, solo podía echar mano de Solís (1610-1686), pero más frecuentemente se aferraba a los mismos escritores del siglo XVI que Quevedo, y a las figuras del siglo XVII que constituían dechados de clasicismo al estilo de Cháscales, José Antonio González de Salas, los hermanos Argensola, los condes de Fernán-Núñez y Rebolledo.

Un modelo típico de las obras de crítica extranjera en torno a las letras españolas de finales del siglo XVII, al que los autores españoles trataron de hacer frente o refutarlo, lo constituyen los Entretiens d’Aristid et d’Eugène del padre Bouhours. Este jesuita francés únicamente aprobaba su propia lengua. [...] Otros escritores, como Montesquieu o Saint-Evremond, lanzaron dardos a su vez. [...] De modo inevitable, pues, los españoles se sintieron como el blanco. Y los ataques en este sentido continúan, en efecto, hasta mediados de siglo y aún más allá. [...]

Todas estas indicaciones adversas sobre la cultura española llegaron a circular por Europa más ampliamente aun cuando Masson de Morvilliers lanzó la conocida cuestión: “Que doit-on à Espagne?” en la Encyclopédie méthodique. [...] Por los años 1780 y 1790 los autores españoles confiaban en el progreso de su país lo suficientemente como para volverse contra la crítica exterior. Tal situación hubiera sido imposible unos sesenta años antes. [...] Tan pronto como se recuperó la confianza en la capacidad de España para producir obras literarias merecedoras del respeto de otros países extranjeros, los escritores españoles comenzaron a revalorizar gradualmente el pasado de sus letras de un modo más decidido. [...] Otro factor que motivó una revalorización de los “irracionales” escritores españoles viene constituido por el creciente interés por lo sublime que se deja sentir en la literatura de la segunda mitad de la centuria. Surge asimismo una preferencia por un estilo nacional más que “internacional”, que llegará a su cenit tras la guerra de la Independencia, en el momento en que las ideas de A. W. Schlegel comenzaron a circular por España. [...]

En una visión panorámica del entorno del escritor español durante el siglo XVIII, han de tenerse en cuenta las formas e ideas tradicionales, lo que nos conduce a la literatura popular: los romances y las seguidillas constituían, en efecto, el manjar ordinario para el pueblo sencillo, que, por otra parte, no necesitaba saber leer para asimilarlas. [...] A lo largo de todo este periodo, los escritores españoles oscilaron, pues, en torno a dos tendencias: la formada por los modelos artísticos universales y europeos, en primer término, y, en un segundo plano, la de las propias tradiciones nacionales.» (Glendinning, Nigel: Historia de la literatura española. El siglo XVIII. Barcelona: Ariel, 32000, p. 58 ss.)

FORMACIÓN DEL CANON LITERARIO NACIONAL

La reinterpretación de la literatura en términos nacionales se inició en el siglo XVIII, y se llevaría a cabo en el XIX. Antes los literatos no se clasificaban según criterios nacionales, su lugar de nacimiento y su lengua materna eran un dato secundario. A mediados del siglo XVIII se comienzan a adjetivas las historias de la literatura: francesa, italiana, inglesa.

El erudito valenciano Gregorio Mayans y Siscar (1699-1781), bibliotecario real de Felipe V, produjo una formidable obra centrada, fundamentalmente, en estudios filológicos, literarios y filosóficos. De entre sus muy numerosas obras destacan: Los orígenes de la lengua española (1737), un corpus que contiene el texto de Juan de Valdés, y discursos acerca del idioma, al tesoro léxico-semántico y etimológico de la lengua castellana, además de una periodización de la evolución de la lengua y las letras españolas.

Diccionario de la lengua castellana. Esta labor fue acompañada con la publicación de las fuentes históricas, Mayans editó a Vives, al Brocense, y en 1737 sacó El diálogo de las lenguas de incierto autor, resultando que era Juan de Valdés; en ese mismo año publicó Vida de Miguel de Cervantes Saavedra, primera biografía y estudio de Cervantes. Fue el creador del movimiento reivindicativo del humanismo español: quiso mostrar el valor literario, filosófico, y religioso de la literatura del XVI.

Mayans remodeló la representación que los intelectuales españoles tenían de su pasado y su concepción de la literatura. Su tarea permitió la eclosión del concepto de Siglo de Oro de las letras españolas, de enormes implicaciones posteriores y sin el cual la Ilustración no hubiera sido lo que fue. Para Mayans el Siglo de Oro hace referencia al siglo XVI, siglo que contempla la restauración de las letras y de la perfección de la palabra, alcanzando el lenguaje nacional su máximo esplendor.

«Se ha dicho que fue por influencia de modas francesas, porque como los contemporáneos de Voltaire consideraban el siglo de Luis XIV con la veneración que ya conocemos, erigiendo para tal fin el siglo XVI en Siglo de Oro. Para otros, habrían creado sus modelos nacionales con el fin de reaccionar contra el imperialismo cultural de Francia. Estas dos tesis, no contradictorias, plantean que la génesis del concepto de Siglo de Oro y la influencia francesa, creciente durante toda la Ilustración, están en estrecha correlación.» (François López: “Renacimiento del espíritu crítico”, en Canavaggio, Jean: Historia de la literatura española. Siglo XVIII. Barcelona: Ariel, 1995, tomo IV, p. 38)

Mayans se interesó también por el estudio de la lengua vasca, el esfuerzo mayor que un no vasco había hecho hasta entonces por informarse sobre el Ezquerra; pero no pudo sacar una idea clara de la estructura del vasco ni tampoco pudo tener a disposición ningún texto.

«El XVIII fue el siglo del neoclasicismo en toda Europa, y en el caso español es opinión común que se trató de una época de escasa altura literaria, en que la rigidez académica dominó sobre la genialidad creadora. Aun dando por buena esta valoración, es interesante anotar la paradoja de que fuera precisamente entonces cuando surgió la literatura “nacional”. [...]

En el siglo XVIII aparecieron, pues, sólo con un leve retraso respecto de otras grandes monarquías europeas, las primeras historias de la literatura española. Sus precedentes habían sido los llamados elogios de la lengua castellana, o española, de los siglos anteriores, que iban desde Nebrija a Covarrubias, con ecos que aún resonaban en el valenciano Mayáns a comienzos del XVIII, y a finales del mismo en la del catalán Capmany. Pero los ilustrados iban a iniciar la transición desde ese modelo hacia lo que acabaría siendo “historia de la literatura española”. [...] Las nuevas historias nacionales no se ocupaban tanto de jerarquizar como de definir la naturaleza de la creación literaria española –y, con ella, de “lo español” en su conjunto–, de destacar sus rasgos propios, originales, incomparables con los de otras culturas.» (Álvarez Junco, José: Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX. Madrid: Taurus, 2001, p. 228-229)

En 1766, los hermanos Rodríguez Mohedano publicaron una Historia literaria de España, desde su primera población hasta nuestros días. En 1786, Antonio de Capmany y Montpalau (1742-1813), filósofo, historiador, economista y político, sacó a la luz el primero de los cinco tomos de su Teatro histórico-crítico de la elocuencia española. En 1778 y 1781, el erudito y jesuita español Francisco Javier Lampillas (1731-1810) publicó en Génova los seis volúmenes de su Saggio storico-apologetico della Letteratura Spagnola, obra traducida al castellano y publicada en siete volúmenes entre 1782 y 1789 con el título de Ensayo histórico-apologético de la literatura española contra las opiniones preocupadas de algunos escritores modernos italianos. Juan Francisco Masdeu (1744-1817), jesuita, historiador y estudioso de la literatura española, publicó una Historia crítica de España y de su cultura (1783-1805), que comprende hasta el siglo XI (20 volúmenes).

Juan Andrés y Morell (1740-1817), jesuita, erudito y crítico literario, escribió Origen, progresos y estado actual de toda la literatura, publicada originalmente en italiano, en 7 volúmenes, entre 1782 y 1799. La edición española fue declarada por Carlos III texto oficial para la clase de historia de la literatura en el Real Colegio de San Isidro de Madrid y en la Universidad de Valencia, que fueron así los dos primeros centros de Europa que tuvieron un curso de historia de la literatura universal. Lo primero que atrae la atención en obra del padre Andrés es la peculiar interpretación que da el autor a la palabra literatura. Su propósito no fue solo estudiar la literatura propiamente dicha, tal como hoy la entendemos, sino incluir también el análisis de las ciencias –filosóficas, exactas, naturales- en todas sus ramas y aplicaciones, y seguir su desarrollo en todos los países a través de los tiempos.

Antes de 1800, el término “literatura” poseía un significado más amplio que el actual. Abarcaba la creación de ficción y todos los conocimientos que tenían expresión escrita: matemáticas, música, botánica, ciencias, artes, costumbres, la totalidad de saberes humanísticos.

«Eran, por tanto, historia de la cultura, en general, pero a la vez iban construyendo el concepto de “literatura española”. Tarea indispensable en esta construcción era la fijación del repertorio o lista bibliográfica de autores o clásicos “españoles”. Y el siglo ilustrado, al igual que se destacó en la publicación de fuentes históricas depuradas, lo hizo en la exhumación de textos literarios que pasaron a ser clásicos de la cultura nacional. [...] Pero para reforzar la idea de literatura nacional eran más eficaces las colecciones que los autores sueltos, por grandes que estos fueses. Y colecciones fueron los nueve tomos del Parnaso español, de Juan José López Sedano, o la Colección de poesías castellanas anteriores al siglo XV, de Tomás Antonio Sánchez, que incluía el Poema de Mío Cid, Berceo, o el Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita, muchas de ellas obras imposibles de encontrar por entonces. Vale la pena recordad cómo justificaba su tarea Tomás Antonio Sánchez: creía preciso formar “una escogida serie de los mejores autores de nuestra nación”, y Lope de Vega, “cuando quiere pulir sus composiciones”, “no es inferior” a los clásicos. Es decir, que no se publicaban estas obras por tener una alta opinión sobre su calidad literaria, sino por ser nuestras antigüedades. [...]

Los literatos eran, además, conscientes de que extender entre el pueblo la conciencia patriótica constituía una de sus obligaciones político-pedagógicas. En una de sus Cartas marruecas, Cadalso anunciaba su deseo de escribir una Historia heroica de España, o relación de los héroes patrios, con objeto de que se les erigiesen estatuas cuya vista educara a las nuevas generaciones; y en Los eruditos a la violeta recomendaba a los jóvenes estudiosos que, en lugar de malgastar su tiempo con lecturas intimistas, lo dedicaran a conocer a los grandes historiadores españoles, desde Mariana hasta Ferrer. El futuro afrancesado Meléndez Valdés proyectó en algún momento dejar de escribir pastorales sobre las delicias de la naturaleza para concentrar sus energías literarias en cantar los “hechos ilustres” de los “héroes españoles”, desde Sagunto hasta las guerras de Felipe V. [...]

Historias de la literatura española, ediciones de clásicos españoles, creación literaria sobre temas históricos nacionales, exhortaciones a jóvenes poetas para que excitasen los sentimientos patrióticos, de todo ello hubo en el siglo ilustrado. Y no era sino una preparación de la gran explosión nacionalista de comienzos del XIX. Fue entonces, a partir de 1800, cuando empezó a sonar el nombre de Manuel José Quintana, pronto el más celebrado poeta y símbolo de los nuevos sentimientos patrióticos.» (Álvarez Junco, o. cit., p. 230-231)

LA DEFENSA DE LA “NACIÓN” ESPAÑOLA

El novelista y dramaturgo francés Alain René Lesage (1668-1747) consiguió un lugar en la historia de la literatura con su novela picaresca Historia de Gil Blas de Santillana (L'Histoire de Gil Blas de Santillane), publicada en 4 volúmenes entre 1715 y 1735. El relato cuenta las aventuras de un pillo y está escrito a la manera de las novelas picarescas españolas de los siglos XVI y XVII, tomando como modelo la novela picaresca Relaciones de la vida del Escudero Marcos de Obregón (1618) del poeta y músico español Vicente Espinel (1551-1624). Considerando que el Gil Blas de Lesage era una novela esencialmente española, el padre José Francisco de Isla reclamó que fuera inmediatamente traducida del francés al castellano para poder devolverla a su contexto natural. Y fue el padre Isla quien tradujo la novela con un título combativo: Aventuras de Gil Blas de Santillana, robadas a España y adoptadas en Francia por Monsieur Le Sage, restituidas a su patria y su lengua nativa por un Español zeloso, que no sufre se burlen de su nación (Madrid, 1787-1788).

En las primeras Cartas marruecas (1789), José Cadalso establece un panorama histórico para comprender el presente. Según Cadalso, la nación española se forjó en una continuidad de acontecimientos prodigiosos que el extranjero a menudo ignora o caricaturiza sin conocerlos de verdad. Como en su Defensa de la nación española, Cadalso se convierte en el panegirista de una grandeza abolida: el reinado de los Reyes Católicos lo ve como la edad de oro, después del cual el de los Habsburgo no fue más que una larga decadencia que convirtió a España en “el esqueleto de un gigante” (C. M. 3). Con los Borbones aparecen los signos de recuperación. Aquí Cadalso rinde homenaje a Carlos III.

«José Antonio Maravall analizó con agudeza la gran novedad política, en el sentido más noble del término, de la idea rectora de Cadalso. Es entonces la época en que las palabras “patria”, “patriota”, “nación” empiezan a investirse de los valores que les reconocemos en la actualidad, y Cadalso es uno de los primeros en la península que proclama el papel singularizador de la historia que, a la vez, arraiga una comunidad en su gesta fundadora, asegura su cohesión, y prepara los caminos del futuro. La idea se nos ha hecho tan familiar que su novedad corre el riesgo de escapársele al lector actual.» (Mercadier, Guy: “Ficciones novelescas y sensibilidades nuevas”, en Canavaggio, Jean: Historia de la literatura española. Siglo XVIII. Barcelona: Ariel, 1995, tomo IV, p. 155)

NUEVO CONCEPTO DE NACIÓN: DE VASALLOS DE LA CORONA A CIUDADANOS DE LA NACIÓN ESPAÑOLA

«Eric Hobsbawm [The Invention of Tradition, Cambridge, 1983] ha consagrado los términos “invención de la tradición” para referirse al proceso de creación, por parte de los Estados europeos del XIX, de banderas, himnos, ceremonias conmemorativas, festejos, monumentos, lápidas, nombres de calles y tantos otros símbolos y ritos que se pretendían expresión de un ente colectivo de inmemorial antigüedad. Tal proceso culminó en las décadas inmediatamente anteriores a 1900, pero se había iniciado unos cien años antes. En aquel primero momento, España no iba en absoluto a la zaga de otras monarquías de su entorno. Jovellanos o Meléndez Valdés expresaron su deseo de instituir fiestas populares, con ritos y canciones que familiarizaran al pueblo con las gestas de la historia patria. Puede incluso hablarse de precocidad, pues “bandera nacional” fue el término que figura en el decreto por el que Carlos III dispuso su utilización, por parte de la marina de guerra, de una enseña rectangular, apaisada, compuesta por tres franjas horizontales, rojas en los extremos y amarilla, de doble anchura, en el centro. Fue también en ese reinado cuando se escribió y comenzó a tocar el Himno de Granaderos, futura Marcha Real, aunque a nadie se le pasara por las mientas denominarlo “himno nacional”. La verdad es que incluso en el decreto sobre la bandera el rey se refería a “mi” armada, posesivo muy revelador de la mentalidad de la época que restaba valor al carácter “nacional” de la enseña. Pero se iniciaba un camino, más o menos a la vez que en otros Estados europeos del momento. Un camino cuyo curso sería desviado, sin embargo, por el proceloso océano político del XIX, en el que, de nuevo, los problemas y vacilaciones volverían a frenar el impulso nacionalizador.» (Álvarez Junco, José: Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX. Madrid: Taurus, 2001, p. 552-553)

En las Cortes de Cádiz (1810-1812) los españoles pasaron de ser considerados vasallos de la Corona a ciudadanos de la nación española.

«En los debates de las Cortes, Capmany se esforzó por demostrar que la palabra patria no había salido nunca de la boca de soberano alguno: Esta patria que antes no era más que un vano nombre en la vida política, hoy la vemos realizada en nuestros corazones. [...] La fusión de la nación, la libertad y la felicidad fue un logro de los liberales doceañistas que convirtieron a los antes vasallos o súbditos de la Corona en ciudadanos de una nación llamada España.» (García Cárcel, Ricardo: “El concepto de España en 1808”. En Norba. Revista de Historia. Cáceres: Universidad de Extremadura: Servicio de Publicaciones, vol. 19, 2006, p. 182)

Pero la patria de que se habla a finales del siglo XVIII no es la misma que la de los patriotas liberales de Cádiz.

«En el siglo XIX los españoles coronaron públicamente a dos poetas, Quintana a mediados de siglo y Zorrilla hacia el final. Las consideraciones que motivaron ceremonia tan poco frecuente no fueron exclusivamente literarias. Se les rindió homenaje como cantores de la patria; aunque la patria que no y otro llevaron al verso no era del todo la misma. Quintana fue el poeta del patriotismo liberal, Zorrilla del tradicionalista.

Al publicar Quintana dos de sus poesías patrióticas más conocidas bajo el título conjunto de España libre, España veíase invadida por ejércitos franceses. Una de esas composiciones fue escrita en Bailén, pero la otra, A España después de la revolución de marzo, es anterior al 2 de mayo [de 1808]. El momento, pues, en que apenas podía oírse la agitación anunciadora del levantamiento popular contra Bonaparte es justamente escogido por Quintana para incitar a la guerra contra el dominador de Europa, que tenía ya importantes fuerzas en la Península, y predecir días de gloria para España. Ahora bien, este poeta vaticinador de triunfos en circunstancias tan adversas no cantó uno solo cuando les llegó su hora. No fue la victoria militar lo que le inspiraba, ni tampoco el dolor de la derrota. Lo que canta exaltadamente es la patria, pero no una patria nueva que no encontraríamos en Cadalso ni en Jovellanos.

En la ceremonia de su coronación en 1855, Quintana dijo estas palabras:

Yo, que había invocado a mi patria con los más fervientes deseos cuando no existía, la saludé con himnos de gozo y de entusiasmo cuando la vi aparecer.

En efecto, en la oda a Padilla (1797) Quintana no puede ver a su alrededor más que un yerto simulacro de patria. La verdadera patria no hace su aparición hasta marzo de 1808, antes, pues de iniciarse la lucha contra los franceses. Es, por tanto, erróneo afirmar, como Menéndez y Pelayo, que la guerra transformó la poesía patriótica de Quintana. Solo entonces, una vez roto el yugo de la tiranía (entiéndase Godoy), puede proclamarse su existencia:

¿Conque pueda ya dar el labio mío

el nombre augusto de la patria al viento?

En esta patria nacida al aliento de la libertad hay que buscar el resorte más vigoroso para la lucha contra Napoleón, que es también lucha contra la tiranía. [...] Mientras no hubo libertad, no hubo patria.

Esta es la patria de los liberales de Cádiz que, siguiendo los principios de la Revolución francesa, sustituyeron la soberanía del monarca por la soberanía popular.» (Llorens, Vicente: El romanticismo español. Madrid: Castalia, 1979, p. 117 ss.)

LAS DOS ESPAÑAS

«Durante un siglo, de 1700 a 1808, la nueva dinastía borbónica llevó a cabo una serie de hondas reformas. Unas venían impuestas por la liquidación del régimen austracista; hubo otras que respondieron al arbitrismo ministerial estimulado por el ejemplo europeo en la época del Despotismo Ilustrado; las más tendieron a resolver acuciantes problemas domésticos suscitados por la recuperación de la vitalidad española, vista en el aumento de población y en el auge de las actividades comerciales y manufactureras. En conjunto, el reformismo borbónico tuvo éxito en cuanto rehízo la potencialidad de España en Europa y América; pero encauzó el Estado por las vías de un rígido racionalismo, contrario al sentido histórico de lo hispano. Por otra parte, sus mismas reformas contribuyeron a suscitar nuevos problemas: el de la burguesía periférica, deseosa de expansionismo mercantil, y el del campesinado interno, ávido de tierras para el cultivo.

Una “nueva planta” echó por la borda del pasado el régimen de privilegios y fueros de la Corona de Aragón; pero, en cambio, se conservaron en el País Vasco y Navarra, adeptos a la causa de Felipe V (1700-1746), que por tal causa fueron denominados Provincias Exentas. Cataluña quedó convertida en campo de experimentos administrativos unificados. [...]

Sin embargo, la Corte perseveró en su empeño de no ser las cosas más que a través de una administración en extremo celosa de sus derechos y de sus prebendas, y también de los intereses de la aristocracia de Andalucía y Extremadura, que continuaba detentando el poder o sus aledaños a través de los cuerpos administrativos y de sus ramificaciones en los organismos del Estado: manufacturas reales, compañías privilegiadas, Banco de San Carlos, etc. Sólo bajo Carlos III, entre 1770 y 1788, a todos los españoles se les dieron, por fin, idénticas posibilidades. Pero con la lamentable obligación de tener que renunciar a hermosas parcelas de su personalidad en ara de un sacrosanto uniformismo estatal. Contra esa espiritualidad aristocrática, superficial y helada, el pueblo reaccionó diversamente según las regiones: en general, procuró captar lo más vivo, que dirigió en formas folclóricas; pero, ante la imposibilidad de forzar la barrera que separaba los dos mundos, dio a luz el casticismo hispánico. De mediados del siglo XVIII es el triunfo de la corriente popular que, partiendo del vacío de la época de los últimos Austrias, crea el marchamo de la España costumbrista: los toros, en primer lugar, y, en torno, el flamenquismo, la gitanería y el majismo.

Frente a este movimiento, en las alturas se desarrolla la polémica del pensamiento francés. La filosofía de la Ilustración introdujo en España el concepto ce la necesidad de una reforma educativo y social del país que le pusiera al nivel alcanzado por otras naciones en el aspecto económico, científico y técnico; y también, el espíritu de crítica respecto al legado religioso de Occidente concretado en la obra de la Iglesia católica. Estas ideas fueron difundidas por cuatro generaciones de intelectuales –que se presentan respectivamente por los nombres de Feijoo, Flórez, Campomanes y Jovellanos– y aceptadas poco a poco por una minoría aristocrática, hidalgos, clérigos, intelectuales y estudiantes universitarios. [...] La burguesía apenas respondió a este movimiento, porque en realidad aún no existía en España como tal clase social.» (Vicens Vives, J.: Aproximación a la Historia de España. Barcelona: Vicens Vives, 142003, pp. 125-128)

«Estamos lejos de pensar que los novadores del siglo ilustrado fueran un grupo organizado que compartía un cuerpo de ideas homogéneas. Aunque la política de los Borbones, particularmente la de Carlos III, tiende a disminuir el poder de la nobleza, sustituyéndola en el aparato del Estado por miembros de la burguesía, coexisten en el gobierno hombres de ideas tradicionales con otros de espíritu más emprendedor. Las luchas entre ellos fueron a menudo arduas. En otros momentos, en particular en el crepúsculo del reinado de Carlos III, Iglesia y Estado estrechan relaciones contra el enemigo común: las ideas revolucionarias de allende los Pirineos. Después de la Revolución Francesa no solo se creó un cordón sanitario ideológico, sino también se extremó la vigilancia de libros, que se incautaban hasta a los ministros del rey. Asimismo, los autos inquisitoriales emprendidos, entre otros, contra Pablo de Olavide (1776) y Jovellanos (1778), cabezas de turco contra el movimiento del progreso, dan plena cuenta de la lucha entre los diversos bandos. El Índice inquisitorial de 1747-1790 registra las persecuciones, prohibiciones de obras autóctonas del pasado y del presente, así como de otras de allende los Pirineos, mientras que el inquisidor general se queja de que el interés por la ganancia atrae al mercado, que se alimenta de la novedad. España se halla asediada –dice– por un “libertinaje estragado”.

Pero justamente estos temas que hemos enumerado, así como el afán pedagógico de los reformadores, fueron creando un incipiente sentimiento democrático que producirá sus efectos en el siglo XIX. Las Cortes de Cádiz pondrán sobre el tapete todo el espectro de las reformas que intentaron los ilustrados del Antiguo Régimen. La lucha entablada por los reformadores con la Iglesia está dirigida contra sus privilegios, el crecido número de eclesiásticos, la caridad mal entendida que por medio de la sopa boba de los conventos dotaba a la Iglesia de un gran poder sobre un sector de la población potencialmente revolucionario. [...]

Las revueltas desencadenadas en 1766 con motivo del Motín de Esquilache y la expulsión de los jesuitas indican la carga explosiva de la situación. Después de 1789 la atmósfera disidente cobra alas, hasta tal punto que se percibe la radicalización de algunos políticos –Cobarrús, por ejemplo– y se la emprende contra Campomanes, destituido por entonces, y contra Jovellanos, sometido a prisión. La década final del siglo XVIII se anuncia como un ambiente de exaltación, que intuye Pedro de Estala, pues en carta a Forner en 1795 le dice: “En las tabernas y en los altos estrados, junto a Mariblanca, en el café, no se oye más que batallas, revolución...” Es decir, el descontento popular debido a las crisis económicas (hambre, escasez) y a los factores ideológicos (propaganda revolucionaria) provoca motines callejeros, asonadas, complots revolucionarios (como la Revolución de San Blas en 1795, encabezada por el mallorquín José Antonio Picornell, entre otros).

Este pueblo levantisco irá a las armas durante la invasión napoleónica, dirigido por curas y frailes guerrilleros. En adelante tomará partido y engrosará las filas de uno u otro bando, al grito de libertad e ideas republicanas y democráticas o, por el contrario, al grito de “vivan las caenas”. Al finalizar el Antiguo Régimen se distinguen ya un bando liberal y otro absolutista y monárquico, que se enfrentarán no pocas veces a lo largo del siglo XIX.» (Blanco Aguinaga, C. / Rodríguez Puértolas, J. / Zavala, Iris M.: Historia social de la literatura española (en lengua castellana). Madrid: Ediciones Akal, 2000, vol. I, pp. 441-443)

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