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Miguel de Unamuno y el erotismo

(comp.) Justo Fernández López

Historia de la literatura española

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Miguel de Unamuno y el erotismo

Argumento de La Tía Tula (1921) de Miguel de Unamuno

Rosa y Gertrudis (Tula) son dos hermanas. Como Tula “no se la ve”, no destaca, Ramiro, que en el fondo está enamorado de Tula, se casa con Rosa, su hermana. Tula se convierte en inseparable personaje que gobierna los secretos de la casa. Obliga a Rosa a desprenderse de su perrito, sospechoso pararrayos del impulso diatrófico de protección maternal; pues cree que el perro es obstáculo para tener hijos.

Una vez que la hermana de Tula tiene hijos con su marido, la Tía Tula pone en juego todo su impulso “furioso maternal”. “Era su mayor preocupación el sustraer al niño ya desde su más tierna edad, y hacerle olvidar el amor del que había brotado”.

Tula no quiere casarse, porque “no me gusta ser elegida, me gusta elegir”. En el último parto, Rosa se muere. Muerta Rosa, el viudo Ramiro se da cuenta de que a quien él realmente ha querido es a Rosa y no a Tula, como en un principio creyó. Ahora desea ardientemente casarse con Tula, su impulso sexual le arrastra. Tula rechaza toda propuesta y desprecia a Ramiro, que lo ve dominado por la pasión carnal. Rechaza también a su primo Ricardo porque ella “se debe a los hijos de su cuñado”.

Ahora Tula comienza su enérgica labor educadora. Oculta a los niños todo lo que tenga que ver con el amor carnal, “lo pecaminoso”. Advierte a Ramiro que la mira con ardor: “No quiero que ensucies ni con miradas esta casa tan pura”. Ramiro responde: “¿De qué crees que somos los hombres?”. Tula: “De carne y muy brutos”. Ramiro tiene un hijo con la criada. Tula no se inmuta y lo casa quiera o no. Nacen de este matrimonio dos “hijos” más para Tula.

Muere Ramiro y en el lecho de muerte reconocen él y Tula que siempre se han querido y se den el único y último beso de amor.

Queda ahora la Tía Tula sola con los “hijos”, evitándoles entrar en contacto con todo lo que sea fisiología y anatomía: “Esas son porquerías de las que nada se sabe de cierto ni claro”. Rechaza las proposiciones del viejo médico de la familia, al que echa de casa “por puerco”.

Al final, la Tía Tula muere, pero es entonces –subraya Unamuno– cuando “empezó a vivir en la familia, con la vida eterna de la familiaridad inmortal”. La mujer atormentada, antierótica, aparentemente maternal, la Tía Tula, se convierte así en mito, en tradición familiar, en fuerza matriarcal de la raza.

En las conversaciones de los “hijos” de Tula se pone de manifiesto cómo pervive en forma de pautas educativas la Tía Tula en las generaciones posteriores: “Si entrara de monja no sería por servir a Dios, sino por no servir a los hombres... ni a las mujeres...”

En una ocasión le pregunta Tula al confesor si la cree fuerte, y este viejo y sabio sacerdote le contesta: “más de lo debido”. Cuando este confesor le aconseja casarse con su cuñado “como remedio de la sensualidad” de éste, Tula contesta furiosa: “yo no puedo ser remedio contra nada”.

La Tía Tula, Unamuno y el erotismo hispano

La novela describe magistralmente los “poderes matriarcales que desde hace tiempo inmemorial vienen modelando el alma hispana” (Juan Rof Carballo). Las heroínas de Unamuno son un poco varonas. Tula es varona por despecho amoroso, por haber sido su hermana y no ella la elegida por el hombre. Las heroínas de Unamuno dan la impresión de fuerza, por encontrarse siempre al lado de un hombre débil. Un exclama, al hablar sobre los hombres: “¡Pobrecillos!”

El amor castellano es un amor “natural”, sin refinamientos eróticos. La lírica árabe, por sensual, fue desterrada de Castilla en la Edad Media. La literatura castellana comenzó con recios poemas épicos. El amor castellano es “un amor sin refinamiento, es un amor matrimonial grave y sobrio. Es un amor más sensible que sensual, con olor a casto... y cuando cae en extremo, más tira a lo grosero que a lo libidinoso” (Unamuno). El amor castellano es, según Unamuno, tosco.

Unamuno vio muy bien el problema de esta disociación erótica: “El amor es o grosero, más que sensual, o austero (deber) más que sentimental; o la pasajera satisfacción del apetito o el débito del hogar”. La sensualidad se convierte en obligación ritual en el matrimonio. El amor queda siempre perdido afuera, entre esta polaridad entre puro sexo reproductor y puro deber matrimonial (criar hijos para el cielo, o para sobrevivir, como creía Unamuno).

Unamuno describe muy bien la agonía del erotismo, sus interpretaciones eróticas son siempre agónicas, en lucha contra el amor. Su afán de eternidad, como Tula, viene de su imposibilidad de vivir la vida erótica plenamente.

En varias obras de Unamuno se apareja la Muerte y el Erotismo: Eros y Thánatos. El amor aparece siempre “genitalizado” en extremo. Se elimina todo juego erótico previo, toda prolongación del placer, y el sexo termina siempre en la consumación rápida, el placer final, la muerte: la satisfacción rápida del deseo sexual, con el acto agresivo de la conquista de la hembra.

Según Rof Carballo, dos osas inspiran temor al español: El hambre de ciencia y el afán voluptuoso. Consecuencia quizás de la ideología medieval de la casta de los “viejos cristianos”. El amor es disociado en sus dos elementos: sexualidad – ternura. El erotismo, convertido en puro instinto sexual, es compensado con la sexualidad diatrófica, es decir, con el impulso maternal, que Unamuno llama “furiosa hambre de maternidad”.

Unamuno habla del “amor casto”, es el amor matrimonial que está solamente destinado a procrear hijos. Una vez procreados, la mujer se convierte en la madre de todos, incluso del marido.

«Impulso diatrófico y apetito sexual:

Es importante en todo erotismo la distribución respectiva de estos dos impulsos fundamentales sin los cuales la especie humana no hubiera podido surgir ni propagarse. Con sólo el apetito genésico no se hubiera conseguido ni que el hombre se destacara de los homínidos ni que la raza humana perviviera. Ya que el hombre es, por esencia, el animal nacido prematuramente, y que por lo cual necesita la tutela diatrófica, es decir, sexual, merced a la que se le inocula historia en su cerebro inmadurísimo.

Cuando el erotismo queda reducido a puro apetito sexual – por ejemplo, en la prostitución –, inmediatamente surge, como compensación, como equilibrio, un desarrollo también independiente y disociado, de la sexualidad diatrófica. Así, la moza de partido compensa su entrega impersonal y mercenaria al placer del hombre con el afecto casi maternal al “chulo” que protege. Una polarización excesiva del erotismo en lo genésico – y no otra cosa es la “tosquedad” de la que Unamuno habla –, promueve, automáticamente, la polarización compensadora. La ternura, íntimamente mezclada con el amor, se separa entonces de la sexualidad, como una emulsión cuyos dos componentes dejarán de estar íntimamente mezclados.

En una de las principales novelas “eróticas” de Unamuno, en Niebla, el impulso amoroso del protagonista, de Augusto, se inicia con el traumatismo diatrófico de la pérdida de la madre. Termina cuando, desconsolado porque Eugenia, la novia, le abandona por su novio holgazán y achulado, dialoga Augusto con “Orfeo”, el perrillo recogido en el arroyo. En el cual desahoga su afán diatrófico. “Orfeo” es una pieza central de esta novela. Sobre él vierte Augusto su sexualidad amparadora, maternal. Y el máximo sacrificio que está dispuesto a hacer, cuando Eugenia parecía estar resuelta a aceptarle por marido, es abandonar a “Orfeo”, cruel sacrificio que ella, implacable, le exige. En efecto, por un momento, parece que Augusto va a poder realizar su sueño, casarse con Eugenia. Pero, así como para esto, ella, la mujer, se vería obligada a renunciar a su novio haragán y cínico, que está decidido a vivir a su costa, él, Augusto, tendría que renunciar a “Orfeo”, el perrillo desamparado. Cuando, al final, Eugenia le abandona de manera definitiva marchándose con su sigisbeo, Augusto casi se alegra, ante todo porque de esta suerte ya no está obligado a desprenderse de “Orfeo”. Ambos, Augusto y Eugenia, se forjan la ilusión de que están enamorados, pero en realidad lo único que existe en ellos es sexualidad diatrófica, tutelar. Su erotismo, en el fondo, es un erotismo disociado. Con penetración hablaba Unamuno del “espíritu disociativo en el amor hispánico”. Como una mayonesa que se cortara, el amor queda desintegrado en elementos que deberían ir íntimamente unidos: la sexualidad y la ternura.

También en el amor “casto”, tal como Unamuno lo entiende, lo diatrófico acaba dominando sobre lo sensual. Es la mejor forma de eternizar el amor, de convertirlo en perdurable, por encima de todas las tempestades de la sensualidad. Una vez procreados los hijos pasa la mujer a ser madre de todos, incluso del marido. Así fue el amor en la vida íntima del propio Unamuno y las admirables estrofas que ha dedicado a Concha, su mujer, revelan constantemente esta situación “maternal”, gracias a la cual el amor matrimonial queda a salvo de borrascas afectivas, de peripecias peligrosas. Una de las medidas defensivas del hombre frente a las sirtes engañosas y llenas de riesgos del amor es el aniñamiento de la mujer. Convertir al cónyuge en niña. Pero también funciona con eficacia el proceso opuesto – que no excluye el anterior, pues bien sabido es que en el subconsciente rigen otras leyes que las de la lógica y pueden coexistir los contrarios –: el aniñamiento del hombre, el convertirse el hombre, sin dejar por eso de ser muy hombre, “nada menos que todo un hombre”, como se sentía a sí mismo – y era, en efecto – el “hombre Unamuno”, en niño que es brezado, arrullado por la esposa-madre.»

[Rof Carballo, Juan: El hombre como encuentro. Madrid: Alfaguara, 1973, p. 235-237]

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