La Generación del 14

Justo Fernández López


Novecentismo, Generación del 14 o Vanguardias

Estas son las denominaciones genéricas de una estética principalmente literaria que agrupa a un conjunto de autores en su mayoría ensayistas situados entre la Generación del 98 y la Generación del 27. El término novecentismo fue acuñado en catalán por Eugenio d’Ors como noucentisme que caracteriza a los autores y tendencias derivadas de la Renaixença y que pretendían poner la cultura catalana a nivel europeo. En literatura buscaban la belleza y la perfección formal, con el gusto por palabras arcaicas, referencias clásicas y ritmos armónicos.

En Cataluña el término novecentismo llegó a una mayor concreción bajo la figura de Eugenio d'Ors, cuya conferencia Amiel en Vich (1901) constituyó un auténtico manifiesto contra la tradición romántica y los postulados del modernismo.

Novecentismo pasó a ser una denominación dada al conjunto de movimientos intelectuales, artísticos y literarios del primer tercio del siglo XX. En España se utiliza como referencia a escritores inmediatamente posteriores al modernismo y a la generación del 98, como José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, Gabriel Miró y Pérez de Ayala, para aludir a su distanciamiento de los esquemas en que se movía la generación anterior.

En 1914 (Primera Guerra Mundial), comenzó la generación del 98 a entrar en una nueva etapa de reflexión. La actividad crítica y cultural del filósofo, ensayista y crítico de la cultura José Ortega y Gasset  (1883-1955) actuó de forma correctiva sobre el irracionalismo de muchos autores del 98.

Algunos llaman a esta generación la “generación de novecientos” (novecentistas); otros, la generación de los “hijos del 98” (aunque influyeron retrospectivamente en el 98); otros, “la segunda generación del siglo XX o la “generación del 14”, así como la “generación de Ortega”.

Se trata de un movimiento de renovación cultural, artística y literaria que se extendió aproximadamente desde 1906 a 1923.

La generación del 14

La denominación “generación del 14” fue propuesta por primera vez por el pedagogo institucionista Lorenzo Luzuriaga en la revista argentina Realidad (1947) a propósito de una reseña de las Obras completas de Ortega. El 1914 es el año de publicación del primer libro importante de Ortega, Meditaciones del Quijote y el año en el que pronunció su famosa conferencia Vieja y nueva política.

Esta generación estuvo marcada por un intento político reformador contrario a la Restauración monárquica de 1875. Ortega denuncia los usos y abusos de la política de la Restauración en nombre de una nueva política cuya tarea será alcanzar la europeización de España a partir de la “regeneración” nacional.

De la generación del 14 formaron parte:

el filósofo José Ortega y Gasset (1883-1955),

el pintor Pablo Ruiz Picasso (1881-1973),

el médico y ensayista Gregorio Marañón (1887-1960),

el político Manuel Azaña Díaz (1880-1940),

el historiador y crítico literario Américo Castro (1885-1972),

el poeta Juan Ramón Jiménez (1881-1958) y

el novelista Ramón Pérez de Ayala (1888-1962).

Esta generación nación con un decidido empeño europeísta como forma de resolver el “problema de España” que tanto había preocupado a la generación anterior (del 98). Para la generación del 14, Europa significaba regeneración cultural, educación y ciencia y lucha contra el irracionalismo o el anarquismo intelectual. Con el advenimiento de la Segunda República (1931-1936), la generación del 14 verá llegado el momento de realizar este proyecto común: europeísmo, republicanismo, ciencia y racionalidad.

Este era el proyecto de los hombres del 14. Contra el positivismo de la segunda mitad del siglo XIX y su pesimismo y escepticismo, Ortega proclama una concepción deportiva de la vida que supere el acre pesimismo del siglo anterior, que se caracterizó por el escepticismo y la renuncia a precisar verdades últimas, valores definitivos, contentándose con vagas aproximaciones: “¡Buen siglo XIX, nuestro padre! ¡Siglo triste, agrio, incómodo! ¡Frígida edad de vidrio que ha divinizado las retortas de la química industrial y las urnas electorales! Kant o Stuart Mill, Hegel o Comte, todos los hombres representativos de ese clima moral bajo cero, se han olvidado de que la felicidad es una dimensión de la cultura” (Ortega: “Ideas sobre Pío Baroja”, en OC, 1963, vol. II, p. 89).

Durante la Segunda Guerra Mundial (1914-1918), la generación del 14 tomó partido por los aliados frente a la posición neutras del Gobierno, por lo que fue caracterizada “liberal” por los filo-germánicos, llamados “tradicionalistas”.

La generación del 14 y los hombres del 98

«Modernismo y 98, sin extinguirse, dejan paso, hacia 1910, a un movimiento de renovación literaria que inspira a quienes alrededor de ese año inician su período de plenitud. Estos sucesores recoger el afán de belleza de los modernistas y la preocupación crítica de los hombres del 98, pero reaccionan contra la sensibilidad impresionista y la cumulación cultural de los primeros y contra las inclinaciones anarquizantes y el pesimismo de los últimos. Deben tanto a sus predecesores y comienzan a trabajar tan conforme y casi simultáneamente con ellos, que todavía hay quienes, siguiendo un error de perspectiva, incluyen entre los miembros de la generación de 1898 a Ortega, Juan Ramón Jiménez, Pérez de Ayala o Gabriel Miró. Hoy puede verse con claridad que éstos, aun cuando comenzaran a escribir muy a principios del siglo, adquieren sólo actualidad culminante y trascendencia orientadora después de 1910.

Si las personalidades europeas que fecundaron a modernistas y noventiochistas fueron principalmente Zola, Tolstoy, Ibsen, Nietzsche y Verlaine, sólo el influjo de estos dos últimos pervive y pasa a la generación nueva; la cual ahora busca estímulo en personalidades diferentes: Bergson, Dilthey, Sorel, Freud, los vanguardistas internacionales. Aquí sólo importará poner en claro hasta qué punto Nietzsche sigue promoviendo la atención  de los lectores, el comentario de los críticos y la reacción, positiva o negativa, de pensadores, literatos y poetas. [...]

El hecho histórico que imprime carácter a esos hombres que desean ser, aún más que españoles, europeos y universales por expresa voluntad, no es desde luego el desastre de 1898, ya lejano, ni tampoco la instauración de la Dictadura, que les coge consagrados, ni la República, a la que pocos se adhieren con entusiasmo constructivo. El hecho es la primer Guerra Mundial con todo lo que ella significa: duelo entre el mundo germano y el mundo anglosajón con Francia como tercero en la confrontación, y ello contemplado desde una España recientemente fertilizada por influjos de esos tres orbes culturales: recrudecimiento del vitalismo y la teoría y revisión de los valores “a la luz de la guerra”; estallido de las nuevas estéticas de Vanguardia (sólo imágenes bélicas pueden parafrasear el intento de vuelvo y ruptura que entonces se apodera de los artistas); tensión máxima entre las mayorías (proletariado, masa) y las minorías (aristocracia, intelectuales); urgencia de superar “la decadencia de Occidente” [Oswald Spengler] y salvar, a ser posible, las nacionalidades, etc. [...]

A esta generación la llamaron algunos “novecentista”, marbete que resulta demasiado corto (si se piensa en la acepción d’orsiana del “novecentismo”) o demasiado vago (si se piensa en el 900, en el siglo). Otros califican a los componentes de ella como “epígonos del 98”. [...] Sin embargo, este nombre en apariencia insignificativo: generación de 1914, señala dos datos precisos: primero, que antes de esa fecha ninguno de sus miembros ha llegado al centro de su plenitud; segundo, que llegan a él en el ambiente de la guerra mundial, despiertos a lo que en Europa está ocurriendo, ligados necesariamente al crucial momento de controversia internacional. Y esta nota de abertura a Europa caracteriza muy bien a la nueva generación. La de 1898 había iniciado el propósito de europeización, pero pronto se dio a una labor de autoanálisis y reconocimiento de la peculiaridad española. Esta absorción en la esencia española retrajo a la generación de 1898 de su empresa europeizadora y la llevó a adentrarse en el espíritu de su mismo pueblo: a través del tiempo, en busca de los clásicos vivos, y a través del espacio, en busca de la casta castellana. La generación de 1914, sin dejar del todo esas vías introspectivas, se ve necesariamente ligada a Europa y al movimiento del espíritu internacional, no sólo porque salga a buscar fuera la posible redención, sino porque encuentra de repente puesto en crisis el valor de Europa, en aquella guerra.

En una conferencia dada en Madrid en 1926 caracterizaba Pío Baroja la generación siguiente a la suya, enunciando, como rasgos constitutivos de su espíritu, éstos: orientación práctica y animosa alegría, indiferencia política, contemplación de España sin exageraciones pesimistas ni optimistas, aversión al desorden bohemio y al individualismo a ultranza, afición al deporte y a la mecánica, tendencia a encontrar un punto de convergencia o de diálogo entre el mundo burgués y el obrero. [...]

Podemos hallar que la diferencia esencial consiste en que la generación de 1898 postergaba los servicios de la razón a los de la historia, la vida, la acción, la evolución, la tradición, en tanto que la de 1914 procura contener el impulso irracional mediante el correctivo del intelecto, de la razón impura o razón vital. El raciovitalismo de Ortega, bajo cuyo signo la generación queda puesta, apunta ya en Meditaciones del Quijote (1914).

La generación de 1914 se aleja de los procedimientos impresionistas: novela de acción (Baroja) y pasión (Unamuno), estética modernista, costumbrismo escénico. Sigue a su predecesora en la repulsa del parlamentarismo, la democracia y el socialismo, y prefiere la admonición a la patria (e incluso su “castigo” teórico) a una compenetración piadosa o cruel con sus desgracias. Los nuevos escritores no son supersticiosos del esteticismo ni moralistas. Son razonadores, glosadores del panorama vital, tanteadores de rutas, experimentadores, ensayistas; o narradores propensos a la ideación, el poema y el mito; o poetas absolutos; o juglares de todas las cosas. Ya no es el binomio inspirador “Historia-Vida”, como para sus padres, sino “Vida-Razón”.»

[Gonzalo Sobejano: Nietzsche en España. Madrid: Gredos, 1967, p. 489-494]

Si la generación del 98 fue autodidacta, fue la generación de Ortega una generación de profesores universitarios, una generación realmente e intelectuales.

Se caracteriza por la superación del modernismo al abandonar la pompa decorativa. Aunque buscan el refinamiento y la exquisitez de estilo, la perfección de la “obra bien hecha”.

La generación de Ortega toma del modernismo el estilo y de la generación del 98 los temas nacionales y la preocupación por España. En lo tocante al problema de España, la generación de Ortega es más cosmopolita: defiende la necesidad de abrir España a Europa (europeización de España). Esta generación adopta una postura ante España menos dramática y casticista que la adoptada por los hombres del 98.

La actividad de este grupo de autores trae un cambio de rumbo respecto al tema del 98 y al modernismo del que parten. Esta generación es un paso hacia el “arte de vanguardia” que comenzará después de la Primera Guerra Mundial. Aunque esta generación no tiene unas líneas tan definidas en cuanto a su temática como la del 98 y predomina en ella la prosa ensayística, se distingue por algunos rasgos singulares:

La creación de la generación del 14 fue el ensayismo filosófico. Si el pintor del 98 fue Zuluaga, el pintor de la generación del 14 será Pablo Picasso. La pintura de Picasso es la expresión de las teorías estéticas de Ortega sobre la “deshumanización del arte”.

Temática común al 98 y a la generación del 14 (“hijos del 98”)

Tanto los autores de la primera promoción del 98 (Ganivet, Unamuno, Azorín, Baroja, Maeztu y Machado), como la promoción posterior (la generación de Ortega), tuvieron una temática común respecto al problema de la identidad española, dentro de sus diferencias estilísticas e ideológicas. España les preocupa, España es un problema (“España como problema”). Castilla es el símbolo plástico de la esencia de la “España auténtica”.

“España está por descubrir” (Miguel de Unamuno). “Habiendo negado una España nos encontramos en el paso honroso de encontrar otra, esta empresa de honor no nos deja vivir” (Ortega y Gasset). “En el interior de España habita la verdad” (Ángel Ganivet). “El porvenir de la sociedad española espera en la intra-historia, en el pueblo desconocido” (Miguel de Unamuno). “¿Dios mío, qué es España... En la anchura del orbe, en medio de las razas innumerables, perdida en el ayer ilimitado y en el mañana sin fin, bajo la frialdad inmensa del universo, qué esta España, este promontorio espiritual de Europa, esta como proa del alma continental de Europa?” (Ortega y Gasset).

La pregunta sobre España, sobre el problema de la identidad española, sobre de dónde venimos, de nuestro pasado auténtico, etc. incitará a los mejores historiadores de la promoción de Ortega (una promoción con formación universitaria) a re-pensar la historia de España. Así escribirá más tarde el filólogo, historiador y erudito Américo Castro (1885-1972) su famosa obra La realidad histórica de España (1948), donde descubrirá la fuente de la permanente crisis de identidad española: El español moderno es el producto sociológico de la ambivalente lucha-asimilación de tres castas que convivieron durante ocho siglos: judíos, moros y cristianos.

Los caballeros andantes del 98 parte en busca de la España-Dulcinea, de la España ideal y rechazan la España-Aldonza, la España material y externa, la España oficial de las formas y apariencias triunfalistas en política, la España del patriotismo convencional cómo, la España del “patrioterismo”. Con actitud ascética quieren ahondar en la España interior, por debajo de las apariencias oficiales. Miguel de Unamuno lanza el grito de “Adentro”: La verdadera historia de España está en los millones de seres humildes que pueblan los pueblecitos de España y están ajenos a las grandes gestas nacionales oficiales de la España “gloriosa e imperial”.

Los hombres del 98 y de las promociones posteriores se afanan en limpiar la historia de España de las falsas interpretaciones. El introspectivismo y la forma ascética con que persiguen este ideal confiere a los autores del 98 un cierto carácter, una forma de sentir y vivir típicos de la sensibilidad religiosa. Viven como ascetas y místicos de una humanidad española (Ramiro de Maeztu hablará más tarde de la “Hispanidad”). No les preocupa la grandeza material de España, sino la espiritual. La tradición eterna española como elemento universal.