Azorín - Textos

Justo Fernández López


 

«Nuestro atraso cultural se evidencia cuando nos comparamos con otras naciones. Aún no se han impuesto aquí con toda fuerza el derecho, la libertad, el deber. La tierra clásica del honor es la tierra de la arbitrariedad: en política, en el caciquismo deshonroso; en literatura, el elogio interesado y la censura rencorosa.

Se duda de si la ley del progreso es una verdad en España. La apatía nos ata las manos: callamos ante la injusticia y confirmamos las palabras del ilustro arzobispo De Pradt: “La geografía ha cometido un error colocando a España en Europa, porque pertenece a África. Sangre, costumbres, lengua, manera de vivir y de luchar, todo en España es africano”. El militarismo nos ahoga, la marea de la reacción religiosa va subiendo. Espíritus enérgicos, que trabajaron siempre por la ciencia y el arte libres se rinden a un sentimentalismo religioso que antaño les hacía reír. Revolucionarios de toda la vida, vuelven su cara atrás y refunden su programa sobre las bases de la Iglesia y el Ejército.

Cuarenta millones se dedican a los gastos de culto y clero; seis a la enseñanza. Los catedráticos son separados arbitrariamente de sus cátedras. El Poder legislativo es una comedia; el judicial, un orden dependiente del ejecutivo; el ejecutivo, un servidos de la ambición. El obrero no espera nada del Estado.

Dejemos los entusiasmos exagerados y el lirismo del mal gusto. La época de las declamaciones ha pasado. Necesitamos ahora científicos. El triunfo de las nuevas ideas vendrá por la ciencia. Haga la iniciativa privada y particular lo que el Estado no hace: Fúndense instituciones para la enseñanza, laboratorios para científicos, escuelas donde el obrero aprenda a ser hombre y a hacer efectivos sus derechos. Que aprenda el obrero a desconfiar de los apóstoles del falso socialismo; que medite que el credo católico es incompatible con las aspiraciones del mundo que trabaja.» [Azorín, 1895]

Una ciudad y un balcón  (de la Obra “Castilla”, 1912)

Desde lo alto se divisa la ciudad y toda la campiña. Por el horizonte ha aparecido una manchita negra. Se remueve, levanta una tenue polvareda, avanza. Un tropel de escuderos, lacayos y pajes es, que acompaña a un noble señor. El caballero marcha en el centro de su servidumbre; ondean las plumas de su sombrero; brilla el puño de su espada; fulge sobre su pecho una firmeza de oro. Vienen todos a la ciudad. Una ancha vereda lleva los rebaños del pueblo, cuando declina el otoño, hacia las cálidas tierras de Extremadura. Ahora la llanura de la vega está llena de blancos carneros que sobre las praderías forman como grandes copos de nieve. De la lana y el cuero vive la diminuta ciudad. En los márgenes del río hay una tendería. Cuelga de la puerta de una tiendecilla la imagen de un cordero; de la otra, una olla; de la de más allá, una estrella. Se oyen las salmodias de un viejo rezador. La Oración del Justo Juez y otras muchas va diciendo por las calles con voz sonora y lastimera; secretos sabe para toda clase de dolores y trances mortales; un muchachuelo le conduce; la malicia y la inteligencia brillan en los ojos del mozuelo. Pasan por las calles los frailes con sus hábitos blancos o pardos. La campana de la catedral lanza sus largas campanadas. Allá, en la orilla del río, unas mujeres lavan la lana.

(Se ha descubierto un nuevo mundo; sus tierras son inmensas; hay en él ríos, bosques formidables, montañas de oto, hombres desnudos y adornados con plumas. Se multiplican en Europa las imprentas; se difunden millares de libros. La Antigüedad Clásica ha renacido; Platón y Virgilio han vuelto al mundo. Florece el tronco de la vieja Humanidad.)

En la plaza de la ciudad se levanta un caserón de piedra; cuatro grandes balcones se abren en la fachada; sobre la puerta resalta un viejo blasón. En el primer balcón de la izquierda se ve sentado un viejo hombre; su cara está pálida, exangüe y remata en una barbilla afilada y gris. Los ojos de este caballero están velados por una profunda tristeza; el codo lo tiene puesto en el brazo del sillón y su cabeza descansa en la palma de la mano.

Los bosques que rodeaban a la ciudad han desaparecido. Por las lomas ha aparecido una manchita negra; se remueve, avanza, levanta una nubecilla de polvo. Un coche enorme, pesado, ruidoso, es; todos los días a esta hora viene a la ciudad. Donde habían antes bosque, hay ahora trigales de regadío. El río sigue su curso manso como antaño. Las tenderías al lado del río están la mayoría del año cerradas. Los comercios de cuero y lana han desaparecido. Ya no se ven los rebaños que antaño pasaban camino de la caliente Extremadura. La ciudad está silenciosa. De tarde en tarde pasa un viejo rezador que salmodia alguna oración. Los caserones están cerrados. Las campanas de la catedral lanzan sus campanadas largas y solemnes.

(Una tremenda revolución ha llenado de espanto al mundo; millares de hombres han sido guillotinados. Han subido al cadalso un rey a una reina. Las ciudades se reúnen en Parlamento. Han sido promulgados códigos que proclaman los derechos del hombre.)

En el primero de los balcones de la casa se divisa un hombre. Viste una casada sencillamente bordada. Su cara es redonda y está afeitada pulcramente. El caballero se halla sentado en un sillón. Tiene el codo puesto en los brazos del asiento y su cabeza reposa en la palma de la mano. Los ojos del caballero están velados por una profunda tristeza.

Las lomas del monte han sido como cortadas con un cuchillo. Las rasga una honda y recta hendidura. Por ella se ven dos barras de hierro que cruzan paralelas la campiña. De pronto aparece en el horizonte una manchita negra. Se mueve, adelante, va dejando en el cielo un largo manchón de humo. Ya avanza por la veda. Ahora vemos un extraño carro de hierro con una chimenea. El río se desliza manso con sus aguas rojizas. Donde antes estaban las tenderías, se levantan dos grandes edificios. Llenan de humo denso el cielo de la vega. Centenares de lucecitas iluminan la ciudad durante la noche.

(Todo el planeta está cubierto de vías férreas; caminan veloces por ellas los trenes. De nación a nación se puede trasmitir la voz humana. Los obreros de todo el mundo se tienden las manos por encima de las fronteras.)

En el primer balcón a la izquierda, allá en la casa de piedra, hay un hombre sentado. Parece abstraído en profunda meditación. Tiene un fino bigote de puntas levantadas. Está el caballero con el codo puesto en los brazos de un sillón y la cara apoyada en la mano. Una honda tristeza empaña sus ojos...

Eternidad, insondable eternidad del dolor. Progresará el mundo. Junto a un balcón habrá un hombre triste y meditabundo con la cabeza reclinada en la mano.

No le podrán quitar el dolorido sentir.

La Voluntad

Azorín siente una angustia abrumadora. A lo lejos, por la senda del centro, avanza un grupo de labriegos. El grupo entra en la capilla, Azorín se acerca. En el suelo reposa una caja. La caja está cubierta de cristales. Y dentro, con finas manos juntas, con las mejillas artificiosamente amapoladas, yace una niña de quince años. Hombres y mujeres hablan tranquilamente de como enterrarla; uno de los asistentes mira y dice sonriendo: “El sol la ha puesto coloraíca”. La niña parece que va a despertar de su sueño. Lentamente van dejándola sola.

Azorín sale. Al final de una calle de nichos, un hombre vestido con un chaquetón pardo, da, arrodillado, fuertes piquetazos en la tapa de una tumba. Todos los que han traído la transparente caja de la “mocica” se agrupan en su torno. Al lado de Azorín, en los brazos de una campesina un niño ronca sonoramente. A cada embate de la piqueta el humano cerco se condensa. El negro agujero se va ensanchando, la débil paredilla cede y la siniestra oquedad queda completamente al descubierto. Todos miran ávidamente; una vieja encorvada explica quién fuera allí enterrado antes. El sepulturero mete el cuerpo en el nicho y forcejea. Un labriego exclama festivamente: “¡Arrepujarlo pá que se quede dentro!” Y todos ríen.

Azorín regresa solo por el camino tortuoso. La tarde muere. La llanura se esfuma tétrica. Y en el cielo una enorme nube roja en forma de fantástica nave camina lenta.

Yo veo las llanuras dilatadas, inmensas, con una lejanía de cielo radiante y una línea azul. Nada turba el silencio de la llanura; tal vez en el horizonte aparece un pueblecito, con su campanario y sus techumbres pardas. Una columna de humo sube lentamente. En el campo se extienden, en su anchuroso mosaico, los cuadros de trigales. En la calma profunda del aire revolotea un pájaro, que luego se abate sobre un montoncillo de piedras, y salta de él para revolotear luego otro poco. Un camino, tortuoso y estrecho, se aleja serpenteando. ¿No está aquí la paz profunda del espíritu? ¿Cuando por las noches, en estas llanuras, se contemplan las estrellas, con su parpadear infinitivo, no estará aquí el alma ardorosa y dúctil de nuestros místicos?

Yo veo las ventas, mesones y paradores de los caminos. Tienen un ancho patio delante; dentro se ve una espaciosa cocina de campana. ¿No se detuvieron aquí una noche aquellos estudiantes del Buscón que iban a Salamanca? ¿No pasó aquí unas horas aquel docto, grave y sabio Marcos de Obregón? ¿No hay aquí alguna moza fresca y sanota que llene el ámbito de las cámaras con sus canciones?

Yo veo las vidas opacas, grises y monótonas de los señores de los pueblos en sus casinos y en sus boticas.

Yo veo estos señoritos, cuyos padres poseen tierras, y ellos tienen la mesa de su cuarto llena de libros de Derecho: el Marañón, Mucio Scévola; libros que estudian afanosos par hacer unas oposiciones.

Yo veo estos charladores de pueblos que no hacen nunca nada; estos señores afables, ingeniosos, que tienen una profunda intuición de las cosas, que os encantan con su conversación y con su escepticismo.

Yo veo esta fuerza, esta energía íntima de la raza, esta despreocupación, esta indiferencia, este altivo desdén, este rapto súbito por lo heroico, esta amalgama, en fin, de lo prosaico y lo más etéreo...

 

¡Ah, el paisaje de España!... Inacabables y polvorientos llanos, desesperantes y tristes, sin un árbol, sin una casa, sin un pájaro; vegas de tupidos naranjos, tibio el aire y perfumado por el azahar; pueblecillos de casas parduscas, agrupados en una ladera; ondulantes llanuras de viñedos, cortadas por una negruzca vereda; siestas estivales de bravío y ardiente sol, que llena las quiebras de los montes, los surcos de los campos, las copas de los árboles; casas de labor solapadas entre los árboles en el fondo de un collado; noches de callado y profundo recogimiento, en que se siente el fatigoso anhelo del misterio, y parpadean en lo alto las eternas luminarias, y canta la menuda fauna en el coro inmenso, mientras en lejano caserío un perro aúlla con ladrido largo y plañidero, y de los últimos confines de la campiña llega y retumba en todo el valle el formidable y sordo rumor de un tren que pasa.