Miguel de Unamuno

Textos

Justo Fernández López


A mi buitre

Este buitre voraz de ceño torvo

que me devora las entrañas fiero

y es mi único y constante compañero

labra mis penas con su pico corvo.

El día en que le toque el postrer sorbo

apurar de mi negra sangre, quiero

que me dejéis con él solo y señero

un momento, sin nadie como estorbo.

Pues quiero, triunfo haciendo mi agonía,

mientras él mi último despojo traga,

sorprender en sus ojos la sombría

mirada al ver la suerte que le amaga

sin esta presa en que satisfacía

el hambre atroz que nunca se le apaga.

·

A un hijo de españoles arropamos

hoy en tierra francesa; el inocente

se apagó -¡feliz él!- sin que su mente

se abriese al mundo en que muriendo vamos.

A la pobre cajita sendos ramos

echamos de azucenas -el relente

llora sobre su huesa-, y al presente

de nuestra patria el pecho retornamos.

Ante la vida cruel que le acechaba,

mejor que se me muera -nos decía

su pobre padre, y con la voz temblaba;

era de otoño y bruma el triste día,

y creí que enterramos -¡Dios callaba!-

tu porvenir sin luz, ¡España mía!


Aquí os entrego, a contratiempo acaso,

flores de otoño, cantos de secreto.

¡Cuántos murieron sin haber nacido,

dejando, como embrión, un solo verso!

Estos que os doy logré sacar a vida,

y a luchar por la eterna aquí os los dejo;

quieren vivir, cantar en vuestras mentes,

y les confío el logro de su intento.

De tiempo en la corriente fugitiva

flotan sueltas las raíces de mis hechos,

mientras los de mis cantos prenden firmes

en la rocosa entraña de lo eterno.

Íos con Dios, heraldo de esperanzas

vestidas del verdor de mis recuerdos,

íos con Dios y que su soplo os lleve

a tomar en lo eterno, por fin, puerto.


En la Basílica de Bilbao

Entré llevando lacerado el pecho,

convertido en un lago de tormento,

entré como quien anda y no camina

como un sonámbulo.

Bajaron compasivas de tus bóvedas

las oraciones de mi infancia lenta

que allí anidaron y en silencio

a mi alma ciñéronla.

Dentro en mi corazón luchan dos bandos

y dentro de él me roe la congoja

de no saber dónde hallará mañana

su pan mi espíritu.

Por eso vengo a ti, santa basílica,

que al corazón gigante de mi pueblo

dista para aplacarle de tus naves

la calma gótica.


La vida – La muerte

Es la rueda: día, noche;

estío, invierno;

la rueda: vida, muerte...

Sin cesar así rueda,

en curso eterno,

tragedia de la suerte.

Esperando el final de la partida

damos pasto al anhelo,

con cantos a la muerte henchir la vida

tal es nuestro consuelo.


La oración del ateo

Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,

y en tu nada recoge estas mis quejas,

Tú que a los pobres hombres nunca dejas

sin consuelo de engaño. No resistes

a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.

Cuando tú de mi mente más te alejas,

más recuerdo las plácidas consejas

con que mi ama endulzóme noches tristes.

¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande

que no eres sino Idea; es muy angosta

la realidad por mucho que se expande

para abarcarte. Sufro yo a tu costa,

Dios no existente, pues si Tú existieras

existiría yo también de veras.


Salamanca

Bosque de piedras que arrancó la historia

a las entraña de la tierra madre,

remando de quietud, yo te bendigo,

¡mi Salamanca!

Al pie de tus sillares, Salamanca,

de las cosechas del pensar tranquilo

que año tras año maduró tus aulas,

duerme el recuerdo.

Duerme el recuerdo, la esperanza duerme,

y es el tranquilo curso de la vida

como el crecer de las encinas, lento,

lento y seguro.

Volver a verte en el reposo quieta,

soñar contigo el sueño de la vida,

soñar la vida que perdura siempre

sin morir nunca.

¡Oh Salamanca, entre tus piedras de oro

aprendieron a amar los estudiantes

mientras los campos que te ciñen daban

jugosos frutos!

Del corazón en las honduras guardo

tu alma robusta; cando yo me muera

guarda, dorada Salamanca mía

tú mi recuerdo.

Y cuando el sol al acostarse encienda

el oro secular que te recama,

con tu lenguaje, de lo eterno heraldo,

di tú que he sido.


Agua llovida del cielo,

agua de dulce pasar,

agua que llevas mis sueños

en tu regazo a la mar,

agua que pasar soñando

¡tu pasar es tu quedar!


El cuerpo canta;

la sangre aúlla;

la tierra charla;

la mar murmura;

el cielo calla

y el hombre escucha.


Leer, leer, leer, vivir la vida

que otros soñaron.

Leer, leer, leer, el alma olvida

las cosas que pasaron.

Se quedan las que quedan, las ficciones,

las flores de la pluma,

las olas, las humanas creaciones,

el poso de la espuma.

Leer, leer, leer, ¿seré lectura

mañana yo también?

¿Será mi creador, mi criatura,

seré lo que pasó?


A la cueva de Altamira

Cavernario bisonteo,

tenebroso rito mágico,

introito del culto trágico

que culmina en el toreo.

¡Ay cueva la de Altamira,

libre de sol, santo coso

del instinto religioso

que a un cielo de carne aspira!

España de antes de Adán

y de Eva y su Paraíso,

cuando a los hombres Dios quiso

dar hambre por todo pan.


Vendrá de noche

Vendrá de noche cuando todo duerme,

Vendrá de noche cuando el alma enferma

se emboce en vida.

Vendrá viniendo con venir eterno;

vendrá una noche del postrer invierno...

noche serena.

Vendrá de noche, en una noche clara,

noche de luna que al dolor ampara,

noche desnuda.

Vendrá... venir es porvenir pasado

que pasa y queda y que se queda al lado

y nunca muda...

Vendrá de noche, cuando el tiempo aguarda

cuando la tarde en las tinieblas tarda

y espera al día.

Noche ha de hacerse cuando venga y llegue

y el corazón rendido se le entregue,

noche serena.

Vendrá la noche, la que da la vida,

y en que la noche al fin el alma olvida,

traerá la cura.

Vendrá de noche, sí, vendrá de noche,

su negro sello servirá de broche

que cierra el alma.

Vendrá de noche sin hacer ruido,

se apagará a lo lejos el ladrido,

vendrá la calma...

vendrá la noche...


Al Cristo de Velázquez

¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?

¿Por qué ese velo de cerrada noche

de tu abundosa cabellera negra

de nazareno cae sobre tu frente?

Miras dentro de Ti, donde está el reino

de Dios; dentro de Ti, donde alborea

el sol eterno de las almas vivas.

Blanco tu cuerpo está como el espejo

del padre de la luz, del sol vivífico;

blanco tu cuerpo, al modo de la luna,

que, muerta, ronda en torno de su madre,

nuestra cansada vagabunda Tierra;

blanco tu cuerpo está como la hostia

del cielo de la noche soberana,

de ese cielo tan negro como el velo

de tu abundosa cabellera negra

de nazareno.

Que eres, Cristo, único

hombre que sucumbió de pleno grado,

triunfador de la muerte, que a la vida

por Ti quedó encumbrada. Desde entonces

por Ti nos vivifica esa tu muerte,

por Ti la muerte se ha hecho nuestra madre,

por Ti la muerte es el amparo dulce

que azucara amargores de la vida;

por Ti, el Hombre muerto que no muere,

blanco cual luna de noche. Es dueño,

Cristo, la vida, y es la muerte vela.

Mientras la tierra sueña solitaria,

vela la blanca luna; vela el Hombre

desde su cruz, mientras los hombres sueñan;

vela el Hombre sin sangre, el Hombre blanco

como la luna de la noche negra;

vela el Hombre que dio toda su sangre

porque las gentes sepan que son hombres.

Tú salvaste a la muerte. Abres tus brazos

a la noche, que es negra y muy hermosa,

porque el sol de la vida la ha mirado

con sus ojos de fuego; que a la noche

morena la hizo el sol y tan hermosa.

Y es hermosa la luna solitaria,

la blanca luna en la estrellada noche,

negra cual la abundosa cabellera

negra del nazareno. Blanca luna

como el cuerpo del Hombre en cruz, espejo

del sol de vida, del que nunca muere.

Los rayos, Maestro, de tu suave lumbre

nos guían en la noche de este mundo,

ungiéndonos con la esperanza recia

de un día eterno. Noche cariñosa,

¡oh noche, madre de los blancos sueños,

madre de la esperanza, dulce noche,

noche oscura del alma, eres nodriza

de la esperanza en Cristo salvador!

[El Cristo de Velázquez, 1920; I Parte, fragmento IV]


El Cristo yacente de Santa Clara (Iglesia de la Cruz, Palencia)

Este Cristo inmortal como la muerte

no resucita; ¿para qué?, no espera

sino la muerte misma.

De su boca entreabierta,

negra como el misterio indescifrable

fluye hacia la nada,

a la que nunca llega, disolvimiento.

Porque este Cristo de mi tierra es tierra.

 

Dormir, dormir, dormir..., es el descanso

de la fatiga eterna,

y del trabajo de vivir que mata

es la trágica siesta.

No la quietud de paz en el ensueño,

sino profunda inercia,

y cual doliente humanidá, en la sima

de sus entrañas negras,

en silencio montones de gusanos

le verbenean.

 

Cristo que, siendo polvo, al polvo vuelto;

Cristo que, pues que duerme, nada espera.

Del polvo prehumano con que luego

nuestro Padre del cielo a Adán hiciera

se nos formó este Cristo trashumano

sin más cruz que la tierra;

del polvo eterno de antes de la vida

se hizo este Cristo, tierra;

de después de la muerte;

porque este Cristo de mi tierra es tierra.

 

No hay nada más eterno que la muerte;

todo se acaba – dice a nuestras penas –:

no es ni sueño la vida;

todo no es más que tierra;

todo no es sino nada, nada, nada...

y hedionda nada que al soñarla apesta.

Es lo que dice el Cristo pesadilla;

porque este Cristo de mi tierra es tierra.

........

No es este Cristo el Verbo

que se encarnara en carna vividera;

este Cristo es la Gana, la real Gana,

que se ha enterrado en tierra;

la pura voluntad que se destruye

muriendo en la materia;

una escurraja de hombre troglodítico

con la desnuda voluntad que, ciega,

escapando a la vida,

se eterniza hecha tierra.

 

Este Cristo español que no ha vivido,

negro como la mantilla de la tierra,

yace cual la llanura,

horizontal, tendido,

sin alma y sin espera,

con los ojos cerrados cara al cielo

avaro en lluvia y que los panes quema.

Y aun con sus negros pies de garra de águila

querer parece aprisionar la tierra.

.....

¡Oh Cristo pre-cristiano y postcristiano,

Cristo todo materia,

Cristo árida carroña recostrada

con cuajerones de la sangre seca,

el Cristo de mi pueblo es este Cristo

carne y sangre hechas tierra,

tierra, tierra.

 

Y las pobras franciscanas del convento

en que la Virgen Madre fue tornera

–la Virgen toda cielo y toda vida,

sin pasar por la muerte al cielo vuelta

– cunan la muerte del terrible Cristo

que no despertará sobre la tierra,

porque él, el Cristo de mi tierra,

es sólo tierra, tierra, tierra...,

cuajerones de sangre que no fluye,

tierra, tierra, tierra, tierra...

¡Y tú, Cristo del cielo,

redímenos del Cristo de la tierra!


La Tía Tula (novela)

Era Rosa y no su hermana Gertrudis, que siempre salía con ella de casa, a quien ceñían las miradas ansiosas de Ramiro. O, por lo menos, así lo creían Ramiro y Rosa, al atraerse el uno al otro. Formaban, las dos hermanas, siempre juntas, aunque no por eso unidas siempre, una pareja al parecer indisoluble, y como un solo valor. Era la hermosura espléndida y un poco provocativa de Rosa, flor de carne, la que llevaba de primera vez las miradas a la pareja. Pero eran luego los ojos tenaces de Gertrudis los que sujetaban a los ojos que se habían fiado en ellos y a la vez les ponían raya. Hubo quien se atrevió a decirles a las dos hermanas algún piropo un poco más subido de tono; mas tuvo que contenerse al tropezar con los ojos de reproche de Gertrudis, que hablaban mudamente de seriedad. “Con esta pareja no se juega”, parecía decir con sus miradas silenciosas.

Y bien miradas y bien de cerca, aun despertaba más Gertrudis el ansia de goce. Mientras Rosa habría a todo viento y sol la flor de encarnadura, era Gertrudis como un cofre cerrado y sellado en el que se adivinaba un tesoro de ternuras y delicias secretas. Pero Ramiro, que llevaba el alma a flor de los ojos, no creó ver más que a Rosa y a Rosa se dirigió. Gertrudis y Rosa mantuvieron el siguiente diálogo:

Rosa

Hay que hacerle esperar y hasta rabiar un poco... hay que hacerse valer.

Tula

Así no te haces valer..., ese coqueteo es una cosa muy fea, Rosa.

Rosa

Pero tú... si se hubiera dirigido a ti... ¿qué habrías hecho?

Tula

Me habría puesto a estudiarlo.

Rosa

Entretanto se hubiera ido con otra.

Tula

Muy probablemente.

Rosa

Pues así, hija, ya puedes prepararte...

Tula

Sí, a ser tía, tía de tus hijos...

Rosa

¿Qué hago si vuelve?

Tula

Dile que sí..., no andes con coqueteos, eso se muy feo. Ramiro es un buen partido, es hijo solo.

Rosa

Yo no he hablado de eso.

Tula

Yo sí.

Rosa

¿Y no dirán que tengo muchas ganas de novio?

Tula

Es natural..., ¿para qué te hizo Dios tan guapa?

Rosa

No te burles.

Tula

No me burlo, parézcanos bien o mal, nuestra carrera es el matrimonio o el convento.

Rosa

Pues yo no tengo vocación de monja, ¿y tú?

Tula

¿Cómo yo?

Rosa

Sí, ¿y tú qué...?

Tula

A mí déjame.

Al día siguiente, Rosa y Ramiro ya tenían lo que se llama relaciones amorosas. Lo que empezó a acentuar la soledad de Gertrudis (Tula). Vivían las dos hermanas, huérfanas de padre y madre, con un tío sacerdote, que les daba buenos consejos a la hora de comer y las dejaba, por lo demás, a la guía de su buen natural. Los buenos consejos del tío eran sacados de los libros, de los mismos libros de los que sacaba él los sermones para los domingos.

“Además –se decía Don Primitivo– para qué me voy a meter en sus inclinaciones y sentimientos íntimos. Lo mejor es no hablarles mucho de eso, pues se les abren los ojos y la curiosidad. Aunque... abrirles... bah... bien abiertos los tienen las mujeres. Nosotros los hombres no sabemos una palabra de esas cosas. Y los curas, menos... Esa Tulilla me da miedo... Me mira seria, con esos ojos tan tristes... esos ojos de luto que se le meten a uno en el corazón... Muy serios, sí, pero riéndose con el rabillo. Parecen decirme: “No diga usted más bobadas, tío”. Es lo mismo que mi hermana, su madre, y mi madre. Jamás pude predicar a mis anchas delante de ellas. Mi madre y mi hermana no decían nada al oír mis sermones, pero seguro pensaban: “Bobadas de hombres”.”

El pobre sacerdote sentía un grandísimo respeto, mezclado de admiración, por su sobrina Gertrudis (Tula). Tenía la sensación que Tula había aprendido la sabiduría de su madre, que a su vez la había aprendido de la suya. La sabiduría que va por vía femenina. En cuanto a Rosa... la pobre tenía la suerte de tener a su hermana Tula como protectora y guía. Y qué hermosa la hizo Dios –decía de Rosa– esta hace matrimonio con cualquiera, si los hombre tienen ojos en la cara.

Charlando con su tía cura, Tula le dijo: “¿Sabes que Rosa tiene novio? Es Ramiro, es un buen partido, es de buena familia. No se conocen mucho, pero es un buen mozo... y se querrán..” “¿Pero es que no se quieren ya?”, preguntó el tío. “¿Pero cree usted, tío, que se pueden empezar queriéndose?”, replicó Tula. “Pues dicen que eso viene como un rayo”, dijo el cura. “Son decires, dijo Tula,... total, tío, que hay que casarlos antes que él pueda volverse atrás”. “¿Pero temes tú...?”, dijo el tío. “Yo siempre temo de los hombres”, replicó Tula. “¿Y de las mujeres no?”, replicó el tío. “Esos temores deben quedar para los hombres..., si ofender al sexo fuerte, tío, la constancia y la fortaleza está más bien de parte nuestra...” “Si todas fueran como tú, chiquilla, lo creería así, pero... bueno, los casaremos, no sea que se vuelva él atrás... o ella...”

Aquello de “o ella” fuera para Tula como una nube de borrasca, algo que seguía resonando en los sótanos de su alma como un eco: “o ellas... o ella”.