Carmen Laforet

Justo Fernández López


BIOGRAFÍA

Carmen Laforet (1921-2004), novelista, nace en Barcelona. Con dos años se va a Gran Canaria con su familia y vuelve cuando tiene 18 años a Barcelona. Fallece en Madrid. Su padre era arquitecto.

Estudió Letras y Derecho en Barcelona y Madrid, sin terminar los estudios. Después de haber vivido el ambiente de estudiante en la capital catalana, obtiene en 1944 el Premio Nadal, en su primera convocatoria, con su primer libro, Nada, que se publicó al año siguiente y causó un impacto parecido al de La familia de Pascual Duarte (1942) de Camilo José Cela. Este premio la convirtió en una revelación.

En 1946 se casó con un periodista y tuvo varios hijos.

A comienzos de los setenta decidió iniciar una nueva vida y se separó de su marido. Viajó a Roma y París. A su regreso comenzó a publicar por entregas Diario de Carmen Laforet en el diario ABC.

En 1955 publica La mujer nueva, con la que obtiene el Premio Menorca y el Nacional de Literatura. En esta obra describe su nueva orientación espiritual y su vuelco en la fe católica.

Carmen Laforet marca la entrada plena de la mujer en la literatura española de la posguerra. A ella seguirán tres grandes novelistas: Ana María Matute, Elena Quiroga y Dolores Medio.

OBRA NOVELÍSTICA

Nada (1945)

La publicación de esta novela de Laforet constituyó un aldabonazo en la dormida conciencia de la época al ser premiada con el premio Nadal en 1944. La bárbara violencia de la acción (como en La familia de Pascual Duarte, de Cela) causó un impacto en el público habituado a “novelerías” sin relación con la realidad, al ofrecer de modo directo y convincente un aspecto real sin retórica alguna. El tremendismo de Pascual Duarte se carga aquí también de existencialismo.

La obra muestra un “trozo de vida” arrancado de la gris existencia cotidiana: Narra las experiencias de una joven estudiante alojada después de la guerra en casa de unos tíos en Barcelona. La cosa es de la abuela materna. Uno de los tíos es un sádico y neurasténico desesperado que acaba suicidándose. El otro tío, que llora ante la muerte de su hermano “con un dolor impúdico”, sabe que entre su mujer y su hermano ha habido relaciones íntimas antes y después de su matrimonio. La tía Angustias, refugiada al final en un convento, es un caso típico de frustración sexual y vital, cuyo rencor se disfraza de “religiosidad” masoquista y triste. Los parientes torturan a la abuela por la herencia. Incluso la aparentemente feliz Ena estrecha su falsa amistad amorosa con Ramón hasta llevarlo a la provocación erótica que ha de ponerlo en ridículo, para vengar una vieja cuenta entre él y la madre de ella.

Nada muestra la asfixiante atmósfera de un universo cerrado de una familia de clase media catalana, en un piso que “huele a porquería de gato”. Los componente de la familia con seres anormales, sádicos unos y masoquistas otros, frustrados, apocados y grises todos ellos; única excepción es la abuela autoritaria, aceptada por los demás no sin trastornos íntimos. El autoritarismo de esta abuela, especie de madre dictadora, recuerda La casa de Bernarda Alba de García Lorca.

En este mundo deprimente y oscuro, la falta de comunicación humana es uno de los rasgos característicos. Es un mundo cerrado en sí, dominado por la abuela. Los efectos de la dictadura del dinero son mostrados con realismo exacto. Laforet no nos cuenta el porqué de estas vidas, el dinamismo íntimo de estas vidas desequilibradas, sólo nos cuenta lo que les pasa, lo que da a la atmósfera más pesadez. En la novela vemos una inmensa insatisfacción que, entonces, se llamaba “insatisfacción existencial” (positivamente: ansia vital) y hoy diríamos “insatisfacción sexual”.

El relato se organiza de modo lineal, con mínimas vueltas al pasado de los personajes, y en él se representa el mundo cerrado, angustioso y asfixiante para la protagonista de la Barcelona de posguerra. Carmen Laforet captó como nadie, de forma impecable, la realidad cotidiana de la época. La novela es una protesta femenina angustiosa por la situación de la posguerra, pero protesta subjetiva, de realismo intimista. Descripción dolorosa de la frustración de unos ideales femeninos: mezcla de miedo a la vida y de ilusiones románticas al mismo tiempo, todo cargado de tremendismo existencialista.

Laforet estuvo muy influida por Cumbres borrascosas (1847) de Emily Brontë (1818-1848). En Nada no pasa nada, sólo sentimos un clima acongojante, una atmósfera turbia llena de soledad. Andrea, la protagonista, introvertida y deseosa de vivir, va de acá para allá, convive con seres anormales, deambula por Barcelona, va al barrio chino de la ciudad y llega a considerar aceptables a tipos vulgares. “Ella misma, como personaje testimonial, tiene más de histérica que de histórica” (Iglesias Laguna). A Andrea todo le parece una pesadilla. Los críticos de entonces la compararon a los personajes del Sartre de Náusea; pero Andrea no tiene nada de existencialista a la francesa. La Nada de Andrea no es la Náusea de Sartre. Andrea no deja de ser una burguesita española temerosa del “qué dirán”, y sólo en el último instante reacciona contra el medio ambiente. No comete ninguna falta grave; torturada, se limita a escapar del ambiente hostil. “En el aspecto moral, Nada (que tanto escandalizó entonces) no es sino una novela blanca apta para leer en el colegio de señoritas de la clase media” (Iglesias Laguna). Andrea no toma ante la vida una postura profunda, rebelde o de alternativa; se limita a sentirse “desdichada”. Es una mujercita romántica, introvertida, desconfiada, huraña, sedienta de amor en el fondo, de un amor erótico que teme.

La novela Nada es menos existencialista de lo que pareció entonces. La protagonista es una mujer que vive su feminidad a la española. La heroínas de Laforet rechazan toda alineación por el cuerpo, y si han pecado, la culpa les da la oportunidad de gozar de las delicias de le expiación ascética. Todo lo contrario de un Sartre misógino más que donjuanesco, con su náusea ante todo lo “viscoso”. Sin embargo, hay que ver la novela en la perspectiva de su tiempo: Nada manifiesta el descontento de una generación que busca desahogar el ansia independentista de la mujer española. En este sentido, es la novela un testimonio importante. Si quitamos el desequilibrio psíquico de Andrea y los personajes folletinescos que la rodean, queda poco de crítica social y menos de complejidades espirituales y psicológicas. La novela tiene muy buenas intuiciones y está escrita en muy buena prosa. Su atractivo es la espontánea simplicidad.

La isla y los demonios (1952)

La acción se desarrollaba en Gran Canaria, donde la autora pasó su adolescencia, y describe un mundo tan opresivo como el de Nada. Es casi una autobiografía. Laforet vuelve a la isla de su infancia a recoger recuerdos.

Argumento: La madre de Marta (narradora protagonista) está loca, encerrada en un desván, sin que la chica se afecte por ello lo más mínimo. De los hermanastros, José es un pobre hombre rencoroso, mezquino, avaro, escudado en un dinero que regatea hasta la miseria. Honesta (el tipo de Angustias de Nada) es una desgraciada solterona de sucio y vergonzante erotismo. Pino (la mujer de José), celosa y maniática, vive en perpetuo trance histérico. El tío Daniel es un falso artista impotente y humillado por todos. Matilde es un “marimacho” (virago) lastimoso de transparentes y envenenados complejos. La propia Marta (la protagonista) tiene rasgos de fatuidad y de sadismo. Es (a pesar de que Laforet quiere justificarla) un alma desequilibrada, desolada y cursi al mismo tiempo, con un inconsciente egoísmo no confesado.

Esta novela repite los temas de Nada, de modo que los personajes se corresponden: Marta = Andrea, Vicenta = la Abuela, José = Juan, Pablo = Ramón, Pino = Angustias y Honesta = Gloria.

La mujer nueva (1955)

Con esta novela obtuvo el Premio Menorca y el Nacional de Literatura.  Describe el cambio espiritual de Laforet, volcada por entonces en la fe católica.

En las dos novelas anteriores vemos al personaje femenino como a una chica en la pubertad llena de inquietudes, una chica soñadora y enamorada de unos ideales que a veces no sabe ciertamente cuáles ni qué son, enamorada de un “más allá” impreciso y romántico e incapaz de realizarse a nivel erótico-corporal.

En las dos primeras novelas, rodea a la protagonista un círculo ambiental de seres anormales para poner de relieve su inconformismo soñador. Laforet rodea a Marta de tres mujeres desquiciadas para que su heroína tome relieve, pues las anécdotas amorosas de Marta son demasiado intrascendentes. Andrea y Marta son personajes femeninos en el fondo exaltados.

La mujer nueva es como el tercer capítulo en la vida de la misma mujer. La adolescente impulsiva y la joven algo inconformista de las novelas anteriores dan paso aquí a una mujer enredada en las pasiones amorosas de las que saldrá solamente mediante una conversión al catolicismo. Carmen Laforet da con esta novela una solución “española” a la problemática femenina de sus novelas anteriores.

Paulina, la protagonista, está enredada en la primera parte de la novela en sus amores adúlteros. Es una hembra altiva, independiente, apasionada y capaz de apasionar. De repente, tras un fulminante golpe de la Gracia, experimente su “camino de Damasco” (Paulina = Paulus) y se convierte a la fe católica. Desde entonces, la novela describe la lucha íntima hasta romper con su pasado y volverse la “mujer nueva” por el camino del arrepentimiento y el deber. Laforet aclaró públicamente el carácter autobiográfico de esta vuelta a la fe. Pero desde el punto de vista psicológico, esta conversión es poco convincente. La “mujer nueva” deambula un tanto desorientada y sin vida por la novela, acercándose mucho a un sentimentalismo vulgar.

Si lo característico y el atractivo de las novelas anteriores era la descarga emotiva, es esta novela algo floja y falta de nervio. Al desaparecer lo pasional y la tensión de lo femenino de las novelas primeras, convierte esta última novela en algo intrascendente. La Paulina adúltera con alma de monja va perdiendo humanidad en la novela. La novela se pierde en un sentimentalismo convencional y en el cliché tradicional: la “mujer nueva” = la “mujer buena”.

La insolación (1963)

Debería formar parte de una trilogía titulada Tres pasos fuera del tiempo, el proyecto más ambicioso de la escritora, que nunca llegó a concluir. Tras su muerte se publicó la segunda parte de esta trilogía con el título Al volver de la esquina.

CUENTOS Y NOVELAS CORTAS

Laforet escribió otras novelas cortas que son variaciones de los temas de sus tres novelas importantes. Quedó como símbolo de la mujer escritora de la posguerra española e impulsora de una promoción de novelistas femeninas.

El piano (1952)

La muerta (1952)

Un noviazgo (1953)

La llamada (1954)

La niña (1954)

Los emplazados (1954)

Paralelo 35 (1967)