Blas de Otero 

Justo Fernández López


BIOGRAFÍA

Blas de Otero (1916-1979), poeta nacido en Bilbao (País Vasco) en el seno de una familia de la acomodada clase media vizcaína, es uno de los más representativos e influyentes de la posguerra española.

Estudió en los jesuitas. En la Universidad Central de Madrid cursó estudios superiores de Leyes, carrera que culminó en la Universidad de Valladolid.

Vivió en Barcelona y, años después, viajó por el extranjero. Se asentó durante una temporada en París, donde frecuentó los foros intelectuales de la capital gala y entró en contacto con el pensamiento político de izquierdas.

OBRA POÉTICA

El corpus poético de Blas de Otero, no demasiado extenso Su producción poética parte de un acusado sentimiento religioso para adentrarse de lleno en la temática de la poesía social y acabar reclamando un firme compromiso de paz y solidaridad humanas.

Blas de Otero se mantuvo al margen de grupos literarios y su obra no encaja en etiquetas ni en escuelas. Su poesía está anclada en las claves de las tres tendencias que caracterizan a la poesía española de la posguerra: la religiosa, la desarraigada y la social. Otero siguió un camino muy personal: Evoluciona desde un humanismo cristiano con influencias de la mística del siglo XVI hacia una postura social-política, pasando por una dolorosa etapa de angustia metafísica.

En la poesía de Otero oímos el grito desgarrado, expresado de forma concisa. Su ritmo es crispado, la estructura sintáctica es próxima a la coloquial. Rasgo principal de su poesía es una directa y tajante sinceridad. Su canto es protesta y lucha. Su vida parece un vivir muriendo en seca búsqueda estéril: “Manos de Dios hundidas en mi muerte”.

Se repite en su poesía la imagen de la vida como un despeñadero irremediable hacia la muerte, evocada a través de palabras como “cantil” (sitio o lugar que forma escalón en la costa o en el fondo del mar. Borde de un despeñadero).

De la búsqueda apasionada e infructuosa de Dios pasa el poeta a la presencia irremediable de la muerte, a la expresión desolada de su soledad, para la que no existe remedio ni siquiera con el amor humano. La muerte es el centro de la vida, la vida es una muerte progresiva, es vivir muriendo. Posición nihilista y existencialista clara en muchos poemas.

Su obra posterior a esta etapa nos muestra, sin embargo, al poeta que lucha contra la muerte por la vida. Canta airado, iracundo la condición humana, el ser-para-la-muerte, en tonos que recuerdan a Francisco de Quevedo, pero su actitud final es vitalista, en lucha contra la muerte.

Blas de Otero fue un maestro de la poesía social comprometida de finales de los 40 y 50. Su poesía es una respuesta ética y humana a la situación social de la España de entonces. El lenguaje de Otero es crispado y áspero, pero siempre de una gran fuerza expresiva. El contenido de sus versos recuerdan a Miguel de Unamuno (1864-1936). 

Cántico espiritual (1942)

Obra marcada por una gran religiosidad y con influencias de la mística española, en especial de los poetas san Juan de la Cruz (1542-1591) y fray Luis de León (1527-1591). Es una espléndida colección de sonetos en los que manifiesta su inquietud religiosa, la exaltación gozosa del catolicismo.

Ángel fieramente humano (1950)

Tenida por muchos como su mejor obra. Representa esta obra la etapa dolorosa de angustia metafísica. Es en esta etapa donde expresa sus preocupaciones por la muerte.

En estos poemas clama ya, airada y vehemente en su angustiada rebeldía, la voz de quien se sabe ignorado por la sordera de Dios ante su desesperada interrogación por el sentido de la vida humana.

El soneto Hombre sintetiza su manera de sentir el ansia de búsqueda de Dios como una lucha imposible y fracasada. Esta visión pesimista del hombre que lucha con Dios y con la muerte, lo define como un agónico. Esta concepción de la vida como muerte y como lucha agónica por sacarle a la muerte un sentido trascendente, le aproxima a Francisco de Quevedo dentro de la lírica barroca y a Miguel de Unamuno y Antonio Machado en la generación del 98. El tema de “vivir sepultado” se repite en su poesía.

Redoble de conciencia (1951)

En estas dos últimas obras sigue la tendencia religiosa de la primera obra. Pasa una crisis nihilista y existencialista de vacío interior. Ante la desolación del mundo se dirige a Dios sin obtener respuesta: “Esto es ser hombre: horror a manos llenas”.

En las obras siguientes cambia de registro y su poesía se hace social.

Pido la paz y la palabra (1955)

El poeta renuncia al lamento religioso-existencialista de libros anteriores y asume una nueva voz, más despojada de alardes retóricos y menos complaciente con los desvelos interiores de su intimidad, que clama contra la injusticia cotidiana que padece el hombre de la calle, sin renunciar por ello a la esperanza.

Esta obra señala el tránsito a una nueva fe en la solidaridad humana y a la necesidad de una esperanza: “demostrar hermandad con la tragedia viva”.

Ancia (1958)

Volumen en el que Blas de Otero recogió sus dos colecciones de versos anteriores, bajo un original título formado por la sílaba inicial de la primera de ella (Ángel fieramente humano) y la sílaba postrera de la segunda (Redoble de conciencia).

En castellano (1960)

Ahora es la lucha social la que interesa al poeta. El grito de protesta cobra impulsos aún más vehementes y airados.

Con la inmensa mayoría (1960)

Hacia la inmensa mayoría (1962)

Juan Ramón Jiménez decía que escribir para la “inmensa minoría”. Blas de otero quiere ahora escribir para la inmensa mayoría. Sus versos están cargados de fe en la solidaridad humana.

Esto no es un libro (1963)

Obra publicada en la Universidad de Puerto Rico. Pasa revista a la historia de España.

Que trata de España (1964)

Obra publicada en la editorial parisina Ruedo Ibérico. Aborda con rigor, lucidez y espíritu crítico el "tema de España" y ese "dolor por España" que había obsesionado a los hombres del 98.

Expresión y reunión (1969 y 1981)

Recopilación de casi toda su poesía anterior.

Mientras (1970)

Poesía con nombres (1977)


Me haces daño, Señor. Quita tu mano

de encima. Déjame con mi vacío,

déjame. Para abismo, con el mío

tengo bastante. Oh Dios, si eres humano,

compadécete ya, quita esa mano

de encima. No me sirve. Me da frío

y miedo. Si eres Dios, yo soy tan mío,

como tú. Y a soberbio, yo te gano.

Déjame. ¡Si pudiera yo matarte,

como haces tú, como haces tú! No coges

con las dos manos, nos ahogas. Matas

no se sabe por qué. Quiero cortarte

las manos. Esas manos que son trojes

del hambre, y de los hombres que arrebatas.


Luchando cuerpo a cuerpo con la muerte,

al borde del abismo, estoy clamando

a Dios. Y su silencio, retumbando,

ahoga mi voz en el vacío inerte.

Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte

despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo

oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando

solo. Arañando sombras para verte.

Alzo la mano, y tú me la cercenas.

Abro los ojos: me los sajas vivos.

Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

Esto es ser hombre: horror a manos llenas.

Ser -y no ser- eternos, fugitivos.

¡Ángel con grandes alas de cadenas!

["Hombre", de Ángel fieramente humano].


Voz de lo negro en ámbito cerrado

ahoga al hombre por dentro contra un muro

de soledad, y el sordo son oscuro

se oye del corazón parado.

Doble el silencio a muerto vivo, airado,

furioso de ser muerto prematuro,

en pie en lo negro apuñalado, puro

cadáver interior apuntalado.

Y el muerto sigue en él, como si nada

más que nacer hubiese sucedido.


Besas como su fueses a comerme.

Besas besos de mar. A dentelladas.

Las manos en mis sienes y abismadas

nuestras miradas. Yo, sin lucha, inerme,

me declaro vencido, si vencerme

es ver en ti mis manos maniatadas.

Besas besos de Dios. A bocanadas

bebes mi vida. Sorbes, sin dolerme,

tiras de mi raíz, subes mi muerte

a flor de labio. Y, luego, mimadora,

la brizas y la rozas con tu beso.

Oh Dios, oh Dios, oh Dios, si para verte

bastara un beso, un beso que se llora

después, porque, ¡oh, por qué! no basta eso.

["Un relámpago apenas", de Redoble de conciencia]


Creo en el hombre. He visto

espaldas astilladas a trallazos,

almas cegadas avanzando a brincos

(españas a caballo

del dolor y del hambre).

Y he creído.

Creo en la paz. He visto

altas estrellas, llameantes ámbitos

amanecientes, incendiando ríos

hondos, caudal humano

hacia otra luz: he visto y he creído.

Creo en ti, patria. Digo

lo que he visto: relámpagos

de rabia, amor en frío y un cuchillo

chillando, haciéndose pedazos

de pan: aunque hoy hay sólo sombras, he visto

y he creído.

["Fidelidad", de Pido la paz y la palabra]


Se durmió en la cocina como un trapo.

No el alcanzaba el jornal ni para morirse,

se dejó caer en la banqueta como un trapo [...]

Voy a protestar, estoy protestando hace mucho tiempo;

me duele tanto el dolor, que a veces

pego saltos en mitad de la calle,

y no he de callar por más que con el dedo

me persignen la frente, y los labios y el verso.

["Censoria", de En castellano]


Aquí tenéis, en canto y alma al hombre

aquel que amó, vivió, murió por dentro

y un buen día bajó a la calle: entonces

comprendió: y rompió todos sus versos.

Así es, así fue. Salió una noche

echando espuma por los ojos, ebrio

de amor, huyendo sin saber adónde:

a donde el aire no apestase a muerto.

Tiendas de paz, brizados pabellones,

eran sus brazos, como llama al viento;

olas de sangre contra el pecho, enormes

olas de odio, veo, por todo el cuerpo.

Aquí. Llegad. ¡Ay! Ángeles atroces

en cuelo horizontal cruzan el cielo;

horribles peces de metal recorren

las espaldas del mar, de puerto a puerto.

Yo doy todos mis versos por un hombre

en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso,

mi última voluntad. Bilbao, a once

de abril, cincuenta y tantos.

[Pido la paz y la palabra]