Costumbrismo en el siglo XIX

Justo Fernández López


Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873)

Serafín Estébanez Calderón (1799-1867)

Cecilia Böhl de Faber, "Fernán Caballero" (1796-1877)

Ramón de Mesonero Romanos (1803-1882)

Antonio María de Trueba y de la Quintana (1819-1889)

Luis Taboada (1848-1906)


Costumbrismo: En las obras literarias y pictóricas, atención que se presta al retrato de las costumbres típicas de un país o región.

Se da el nombre de costumbristas a los literatos españoles que, hacia 1835, se distinguieron en la pintura de las costumbres sociales.

El costumbrismo es un movimiento estilístico sin los extremos del romanticismo y que carece del análisis crítico social del realismo, muy propio del siglo XIX, en el que se destacan los aspectos y tipos de la vida diaria local de una manera complaciente, exaltando los rasgos típicos regionales. Es propio de autores burgueses que se sienten orgullosos de su tierra y no quieren entrar en conflicto con ninguna cuestión social.

El gusto romántico por el colorido local y la toma de posición frente a los cambios que comienzan a operarse en la sociedad española, dan lugar al costumbrismo, que viene a continuar la línea del tradicional realismo castellano: Lope de Rueda, Cervantes, Zabaleta, Ramón de la Cruz. El costumbrismo va adquiriendo categoría estética a partir de la década de 1830.

El costumbrismo del XIX se  emparienta, de modo tangencial, con el romanticismo y el realismo literarios. Con antecedentes remotos en el realismo de  formas novelísticas como la picaresca, el surgimiento del costumbrismo se relaciona con dos hechos  cruciales: la existencia de una sociedad en vías de transformación, donde las revueltas políticas, los  desengaños y pasiones ciudadanas son abundantes; y el desarrollo del periódico, que permite transmitir de manera más directa.

Su carácter de género independiente y autónomo queda  subrayado por el hecho de que sus cultivadores tuvieron conciencia de escribir algo diferenciado de la  novela.

Los críticos han definido los elementos  formales y discursivos del costumbrismo. En especial, la mediación que se produce entre el mensaje y el receptor a  través de la figura de un narrador omnisciente (que se presenta por lo general escondido tras un  seudónimo) a quien liga con el lector una complicidad, a modo de guiño, basada en la pertenencia a  un mismo sistema de coordenadas culturales, espacio-temporales y morales.

La crítica también ha  discutido, en el terreno del contenido, el grado de conformismo político e ideológico del género, que  fluctúa desde la queja de Larra, al sosiego de Mesonero Romanos y el lirismo romántico de  Estébanez Calderón.

También se han señalado las diferencias entre el llamado género costumbrista y la novela de costumbres, que procura el análisis  de conflictos sociales y humanos individualizados en los personajes, frente a la ausencia de caracteres  del costumbrismo, en aras de la esquematización de la realidad y su abstracción en tipos.

A finales de la centuria, el género acabaría por  desaparecer, aunque sus mejores exponentes ya se habían producido más de un tercio antes  de su defunción definitiva. Se escribieron grandes compilaciones colectivas de artículos costumbristas que describían tipos y profesiones populares, como Los españoles pintados por sí mismos (1843-1844). Se trata de una recopilación que contiene noventa y ocho artículos de cincuenta y un autores, no limitados a describir tal o cual aspecto o tipo local, sino que se extiende a todos los españoles. Su filiación política iba del ultramodernismo de Gabino Tejado al progresismo de Fermín Caballero; pero predominan los moderados, que son los que dan el tono conservador a la publicación. Los redactores no trazan “escenas” sino que pintan “tipos”. Hay gran variedad de tipos: el torero, la castañera, el cesante, el cura de misa y olla, el aguador, la cantinera, el calesero, el contrabandista, el ventero, el maragato, la cigarrera, el emigrado, el covachuelista, etc. Los costumbristas querían trazar cuadros de la realidad española presente, pero buscando en muchos casos aspectos que estaban en vías de desaparición. Más que lo nuevo, era lo viejo lo que se complacían en describir, como reliquia del pasado frente a los cambios modernos, o por creerla española en sus orígenes

«Se ha dicho que con Los españoles pintados por sí mismos culmina el género costumbrista. Lo más que puede decirse es que la creciente difusión del artículo de costumbres a lo largo del período romántico se hace más visible en su variedad al presentarse ahora en forma de libro colectivo; pero sin que este cambio signifique culminación o superación de su calidad literaria. Si comparamos la mayoría de estos cuadros con los que trazaron Estébanez, Mesonero y no digamos Larra, bien puede verse que son inferiores.» (Llorens Castillo 1979: 342)

La repercusión de esta obra provocó una serie de obras que imitaron su estructura: El álbum del bello sexo o las mujeres pintadas por sí mismas (1843); Los cubanos pintados por sí mismos (1852); Los mexicanos pintados por sí mismos (1854); Los valencianos pintados por sí mismos (1859), Las españolas pintadas por los españoles (1871-1872); Las mujeres españolas, portuguesas y americanas (1872, 1873, 1876), etc. El agotamiento de este género lo supusieron Los españoles de hogaño (1872), relativos al ambiente madrileño, y El álbum de Galicia. Tipos, costumbres y leyendas (1897).

«El costumbrismo es un fenómeno literario nacido al amparo de la transformación revolucionaria de la estética dieciochesca. El ansia de identificarlo, en el siglo siguiente, con «esencias autóctonas» es un resultado de la reacción del Romanticismo conservador contra la revolución cultural burguesa propugnada por la Ilustración, de la cual la mímesis moderna es una manifestación. [...] Javier Herrero ha estudiado la romantización del cuadro de costumbres que, según él, aparece originariamente como fenómeno de la Ilustración. En todo caso, no hay que olvidar que costumbrismo es un término crítico moderno, peculiar de la crítica española, pero de alcance europeo, ya que designa una categoría literaria que, a pesar de que valora esencialmente las circunstancias locales, cae en el ámbito de estudio propio de la literatura comparada, como ha mostrado la crítica reciente. Es lo que con una perspectiva comparatista hemos denominado «mímesis costumbrista», resultado de la gran transformación del concepto clásico de mímesis en la estética del siglo XVIII. El principio fundamental de la poética clásica consistente en la imitación de la Naturaleza concebida como idea abstracta y universal, no determinada circunstancialmente ni por el tiempo ni por el espacio, es sustituido por una concepción moderna, burguesa, de la estética según la cual lo local y circunstancial va a constituir el objeto de la imitación artística. Es el principio fundamental de la mímesis costumbrista, la consideración de la naturaleza humana modificada por las costumbres locales, por la sociedad, en un momento histórico determinado.» (José Escobar Arronis: “La crítica del costumbrismo en el XIX”)

«El costumbrismo romántico surge de una necesidad múltiple. Se quiere, en primer lugar, testimoniar el cambio de la sociedad: el presente se ofrece confuso, contradictorio, dividido entre usos modernos, extranjerizantes, que se imponen, y rancia tradición, que desaparece. Si no se puede salvarla, hay, por lo menos, que dejar constancia de lo que se va quizá par siempre, pues con ello se va una parte del alma castiza. Si el escritor es tradicionalista, asume una actitud nostálgica ante el hecho; pero si es liberal, progresista, el cambio se encara casi siempre con esperanza.

Por otro lado, frente a la moda creciente de libros de viaje y memorias a cargo de extranjeros, que con frecuencia distorsionan la imagen de España, los costumbristas se sienten obligados a describir la verdad, a descubrir un país menos deformado por la fantasía romántica, más exacto. Gracias a ello se despliega ante los ojos del lector un amplio cuadro de tipos y costumbres que responden a la realidad, que son fruto de la observación directa y objetiva. La novela realista, más tarde, seguirá por este mismo camino.

Finalmente, el escritor costumbrista se considera el censor de su sociedad, colocado un poco al margen de la misma para observarla desapasionadamente y criticarla en los aspectos que juzgue negativos. Por eso oculta su personalidad debajo de un seudónimo, que lo convierte en cierto modo en persona diferente, desligada del nombre propio social. Tales seudónimos aluden a la manía de hablar u observar: “El Pobrecito Hablador”, “El Curioso Parlante”. Por la misma razón se explica la tendencia a ponerse años y presentarse al público como viejo carado de experiencia. La densidad de la crítica depende, por supuesto, de la categoría y el temperamento del autor. [...]

Se ha discutido no poco acerca de la prioridad cronológica de los costumbristas. Hoy es posible establecer un orden: Mesonero Romanos, con Mis ratos perdidos (1822), folleto de juventud poco conocido, precede en el tiempo a todos; le sigue Larra con El duende satírico del día (1828), y llega el último Estébanez Calderón, que se inició en las Cartas Españolas (1831-1832), de José María Carnerero. Por su valor literario, Larra aventaja a todos los demás; pero en cierto modo los tres se complementan: Larra aportó la densidad moral, la acritud satírica y la perfección de estilo; Mesonero, el humor ligero y la conformidad burguesa; Estébanez, el pintoresquismo tradicional y la gracia del regionalismo andaluz.» (Navas-Ruiz 1973: 101-103)

«El costumbrismo es en muchos casos la antítesis del viajero romántico; si este va en busca de lo exótico, el costumbrista se encierra en lo local, en lo que conoce mejor, para evitar los errores que el viajero comete. Únicamente el francés puede hablar de Francia, y el Español de España. Pero como no hay español que conozca bien toda España, habrá de limitarse a su propia región, comarca o ciudad. Mesonero Romanos, madrileño, escribe escenas matritenses; Estébanez Calderón, andaluz, escenas andaluzas.» (Llorens Castillo 1979: 330)

«Como Larra, los costumbristas eran penosamente conscientes de que la sociedad español estaba en una fase de rápida transición, casi rayana en crisis de nacionalidad. Pero, al contrario de Larra, parte de cuya frustración surgió del contraste entre su ideal de progreso y la incapacidad del gobierno y la sociedad burguesa de su tiempo para realizarlo, tenían una visión ampliamente conservadora, al menos en literatura. Una de sus principales preocupaciones era “fijar lo perecedero”: conservar descripciones del modo de vivir típicamente español antes de que desapareciera. El casticismo es un rasgo principal del costumbrismo como subsidiariamente lo es el moralismo, y no es accidental que Mesonero Romanos fuera uno de los líderes de la reacción en contra de la supuesta inmoralidad del romanticismo. Era inevitable que, al describir el modo de vivir típicamente español, los costumbristas defendieran los valores tradicionales. Junto a estos dos, un tercer elemento de menor importancia que contribuyó a la boga del cuadro de costumbres fue el deseo de contrarrestar el efecto de las caricaturescas descripciones de la España de pandereta que los escritores románticos, franceses en particular, hacían circular.

Aparte de Larra, cuyo periódico El Duende de 1928 contiene ya unos incipientes ejemplos del cuadro que luego habían de tener un desarrollo triunfal en su obra posterior, los dos mayores exponentes del género son “El curioso parlante”, Ramón Mesonero Romanos (1803-1882) y “El solitario”, Serafín Estébanez Calderón (1799-1867). Mesonero fue el más precoz y prolífico, iniciando su contribución al costumbrismo con Mis ratos perdidos (1822).» (Shaw 1983: 84-85)

 


AUTORES COSTUMBRISTAS

Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873)

VIDA

Nació en Quel (La Rioja). Sobresalió como autor dramático.

Fue director de la Biblioteca Nacional de 1847 a 1854 y miembro de la Real Academia Española desde 1837, con la que colaboró en la redacción de la Gramática y en la novena edición del Diccionario.

Durante la guerra de la Independencia se alistó como voluntario y permaneció en el ejército hasta 1822.

Por su pasado liberal le estaba cerrada la carrera administrativa, en Quel se le conocía demasiado, por lo que optó por marcharse a Madrid, bajo el nombre de Los Herreros, y consagrarse a la literatura.

En 1837 fue elegido miembro de la Real Academia y participó en la redacción de la Gramática y en la novena edición del Diccionario.

A partir de 1840 fue director de la Imprenta Nacional, redactor jefe y director de la Gaceta (1843-1847) y desde 1847 a 1853 director de la Biblioteca Nacional de Madrid, cargo que ocupó hasta 1854, fecha en la cual fue cesado por el gobierno, y secretario perpetuo de la Academia Española.

Realizó traducciones en prosa y en verso, entre las que destacan las que hizo de Schiller, Racine y Voltaire. Además refundió obras del teatro clásico español.

La vejez de Bretón de los Herreros, misántropo y muy irritable, llegó incluso a romper con la Academia. Su vejez fue triste. El emperador don Pedro de Brasil le visitó en 1872, rindiendo tributo a la popularidad de Bretón en aquel país. Murió en 1873 de pulmonía.

OBRA

Combatió en su tiempo contra los abusos de mal gusto en la literatura romántica. Habiendo recibido simultáneamente influencias neoclásicas y románticas, desarrolló una obra impregnada de sabor popular y aire costumbrista. Bretón ofrece en sus comedias una visión satírica de las costumbres de la época. El ambiente social suele ser la clase media madrileña, y el tono de las obras ligeramente festivo. En sus comedias se advierte la influencia de Leandro Fernández de Moratín. A pesar de su intrascendencia, interesa en sus obras la gracia irónica, casi caricaturesca, con que el autor traza escenas y tipos, y la soltura de la versificación.

Bretón describe las costumbres de su entorno y propone soluciones a los problemas descritos, soluciones inspiradas en el punto de vista de un conformista y burgués de la clase media: contra las reformas sociales radicales, a favor del matrimonio de conveniencias y contra la coquetería y el exceso pasional, rechazo de la moral romántica importada de Francia, defensor de una vida guiada por el buen sentido común.

Obras dramáticas

A la vejez, viruelas (1824)

A Madrid me vuelvo (1828)

Marcela o ¿a cuál de las tres? (1831)

Obra que le consagra como comediógrafo y le abrió de para en par las puertas de la fama.

Argumento: Una viuda va rechazando a sus pretendientes.

Un tercero en discordia

Elena (1834)

El pelo de la dehesa (1837)

Esta es la obra de mayor éxito de Bretón. En ella enfrenta a un pueblerino, don Frutos de Calamocha, con el mundo superficial de la aristocracia madrileña.

Muérete ¡y verás! (1840)

El protagonista de esta obra acaba aceptando el amor de la hermana de su novia porque ésta, creyéndole muerto, se dispone a casarse con otro.

Ponchada (1840)

El estreno de esta obra irritó a la Milicia Nacional, y Bretón tuvo que refugiarse en Burgos, pensando incluso en pasar la frontera.

La batelera de Pasajes (1842)

Vuelve a tocar el tema de la guerra.

Dios los cría y ellos se juntan (1852)

Escuela de matrimonios (1852)

Estas dos últimas obras tocan el tema del matrimonio.

Dramas históricos

Mesonero fue autor de los dramas históricos con los que tuvo grandes éxitos:

Don Fernando el Emplazado (1837)

Vellido Dolfos (1839)

Drama histórico inspirado en el Romancero y que presenta a un Vellido enamorado de la reina Urraca I de León, reina de León y de Castilla (1109–1126), hija y sucesora de Alfonso VI, y de la reina Constanza de Borgoña.

¿Quién es ella? (1849)

Hacia 1848, tachado de repetirse y de estar anticuado, intentó renovar sus fórmulas dramáticas con este drama histórico, ambientado en la corte de Felipe IV y en el que Quevedo representa un papel preponderante.

Poesía

Bretón de los Herreros tenía una facilidad enorme para versificar. Su producción poética incluye letrillas y coplas populares. Su poesía resulta fiel al Neoclasicismo por sus odas, anacreónticas, romances y sátiras. Lo más valioso son sus sátiras, como la Epístola a Ventura de la Vega satirizando en tercetos las costumbres de Madrid, premiada por el Liceo, y otras varias sobre la Santa Alianza, el Carlismo, el clero y los hechos de la época. Casi todas sus composiciones líricas fueron políticas y de circunstancias. Tuvo gran éxito su poema extenso La desvergüenza.

Poesías (1831)

Es su primera colección de poesías. Se nota la influencia de Eugenio Gerardo Lobo por la tendencia al retruécano, de Manuel José Quintana en la vena patriótica y de Juan Meléndez Valdés en lo amoroso.

La desvergüenza (1852, publicado en 1856)

Poema “jocoserio” en el que denuncia el fenómeno de la comercialización de la literatura en beneficio de unos intereses de grupo y con independencia de su valor intrínseco.

Sátira contra las costumbres del siglo XIX

Escribió también artículos de costumbres y de crítica teatral.

 


Serafín Estébanez Calderón (1799-1867)

VIDA

Nació en Málaga y falleció en Madrid. Conocido por el seudónimo El Solitario. Estudió Humanidades y Ciencias en Málaga, así como Derecho en Granada.

En 1824, perseguido por sus ideas políticas, tuvo que refugiarse en Gibraltar. En 1825 pudo poner bufete en Málaga y se convirtió en abogado de los Reales Consejos.

En una carta a Andrés Borrego, rechaza el filosofismo del siglo XVIII, de las Cortes de Cádiz y de la revolución de 1820. Muy español, e incluso iberista, quería unir el clero católico con la libertad, y afirmaba que la misión filosófica de la Península era civilizar el África.

En 1834 fue auditor general del Ejército del Norte, que luchaba contra el carlismo, distinguiéndose tanto por su valor, que ganó la cruz de San Fernando.

Fue nombrado jefe político de Logroño en diciembre de 1835. Fue nombrado ministro togado del Tribunal Supremo de Guerra y Marina el 30 de junio de 1837, y a finales de este año jefe político de Sevilla. Fue diputado a Cortes por Málaga entre 1837 y 1839.

Fue diputado por Orense en la segunda legislatura de 1843 y seguidamente, hasta 1846, desarrolló sus ideas imperialistas en Manual del oficial en Marruecos (1844), libro muy importante, que le abrió las puertas de la Academia de la Historia. Desde 1857 perteneció al Consejo Real, y desde 1859 al de Estado. Fue catedrático de árabe en el Ateneo de Madrid.

A su muerte su biblioteca particular, una de las más nutridas y valiosas de su época, pasó al Ministerio de Fomento; en 1873 fue trasladada a la Biblioteca Nacional.

Estébanez Calderón fue un bibliófilo y erudito de singular relieve.

OBRA

Ajeno a toda preocupación moralizadora, frecuente en otros escritores costumbristas, Estébanez Calderón es un observador alegre, benévolo y siempre dispuestos a la admiración y al pronto entusiasmo. Se limita a presentar, con finalidad puramente estética, las fiestas, los tipos y el lenguaje expresivo y pintoresco de su tierra andaluza.

Su estilo es muy elaborado, de largos periodos y léxico muy amplio y escogido, y se muestra permeado por la continua lectura y relectura de los clásicos. Abunda en voces y giros castizos y en detalles prolijos de la realidad observada. Su animado pintoresquismo y su gracia típicamente andaluza deriva a menudo de chistosas situaciones llevadas a la exageración.

Poesías (Madrid, 1833)

Cristianos y moriscos: leyenda lastimosa (1838)

Novela histórica, «novela lastimosa», considerada por la crítica como pésima. Obra de escaso éxito. El título es engañoso o por lo menos ambiguo, pues cuantas veces se habla en la narración de los altivos vencedores de la nación morisca, de los «cristianos viejos», se les llama «castellanos». Tanto o más que la diferencia religiosa, la que se desprende del texto es la histórica y racial.

Argumento: Zaida, la hermos morisca convertida ahora al cristianismo, lleva el nombre de María, desdeña s u primo Muley, descendiente como ella de nobles granadinos y uno de los más dispuestos a rebelarse contra los orgullosos castellanos, mientras corresponde apasionadamente al amor de un joven cristiano, el capitán Lope de Zúñiga. Superado el desdén castellano por la nación derrotada, y el resentimiento morisco contra sus opresores, el amor puede unir todavía. Pero los dos bandos están hondamente separados y el amor no triunfa. Cuando al final de la narración María sale al encuentro de su amante y cruza corriendo el roto puente que une por encima del profundo tajo las dos partes de la población, tropieza y cae al fondo a la vista de don Lope, que acudía por el otro lado, y que desesperado se arroja al abismo para morir junto a su amada.

«El claro simbolismo de este abrupto y trágico final indica que Estébanez no vio en el problema morisco otra solución que la que tuvo, por lamentable que fuera: la expulsión, tras inútiles rebeliones de los sometidos.» (Llorens Castillo 1979: 331)

Escenas andaluzas (1847)

El título de su obra más importante es como sigue: Escenas andaluzas, bizarrerías de la tierra, alardes de toros, rasgos populares, cuadros de costumbres y artículos varios, que de tal y cual materia, ahora y entonces, aquí y acullá y por diverso son compás, aunque siempre por lo español y castizo, ha dado a la estampa «El Solitario».

«El casticismo era tendencia que venía ya del siglo XVIII, como recurso defensivo frente a un español que, intentando ponerse a tono con la modernidad de los tiempos, parecía desustanciarse al prescindir de lo arcaico como de algo inservible. Era también, según apuntó Larra, la consecuencia de una nostalgia nacionalista que al repetir en medio del decaimiento presente el estilo de un Cervantes, creía revivir ingenuamente la España de Cervantes.

Ahora bien, el casticismo de El Solitario, tan insistente, tan agobiante a veces, tiene poco que ver con estas consideraciones, ni se parece al de sus contemporáneos. Gallardo, Durán, Mesonero pasan por casticistas y lo son, pero de otra manera. Estébanez Calderón ocupa entre los casticistas de su tiempo un lugar aparte, parecido al de Góngora, entre los poetas culteranos de su época. Quizá esta fue la causa de que su estilo tampoco fuera del gusto de todos, particularmente cuando la tendencia general se dirigía hacia un lenguaje llano y corriente que todos pudieran comprender. Todo por españolismo; español castizo para españoles castizos, como declara en una ocasión. Pero lo español se reduce en Estébanez a lo andaluz, y el autor se satisface con que sus lectores sean toreros, caballistas, cantadores, es decir, analfabetos.

El Solitario coincide, pues, con los extranjeros que destacaban en la España pintoresca tipos como el contrabandista o la bailadora, por creerlos los más característicos. El solitario fue un andaluz muy entusiasta de su tierra, como lo fueron otros escritores del siglo XIX desde Rivas hasta don Juan Valera. Pero ninguno como Estébanez, que admiraba hasta las particularidades menos recomendables de los andaluces. [...]

Al ir creando el mito andaluz, El Solitario parte de ciertas analogías. Lo andaluz para él equivale a lo español; lo particular absorbe a lo general, y lo andaluz se convierte en lo más representativo de lo español. A su vez lo andaluz es árabe. De este modo, sin detenerse en buscar el nexo histórico sino apuntándolo de pasada a lo largo de las escenas, El Solitario convierte a España, otra vez como los románticos europeos, en un país oriental. Será así o no, pero la verdad es que ponerse a leer a Estébanez después de Larra o de Mesonero es como entrar en otro mundo.» (Llorens Castillo 1979: 327-328 y 230)

Con esta obra se hizo célebre como escritor costumbrista. La obra ofrece una visión, llena de color y de gracia, del mundo popular andaluz. Defiende las costumbres y tipos de su tierra, que demuestra conocer por su animado pintoresquismo y por su gracia típicamente andaluza.

Es importante también por los datos que ofrece sobre los primeros cantaores flamencos de cante jondo, Fillo y Planeta, de forma que puede considerarse a Estébanez también uno de los primeros flamencólogos.

De los soldados almogávares (1849)

De la conquista y pérdida de Portugal (Madrid, 1885)

Novelas, cuentos y artículos (Madrid, 1893)

El collar de perlas

Narración granadina en la época árabe, que por su fantasía y color oriental podría haber sido la más románticas de sus obras.

Argumento: Una bella princesa que sale de la Alambra y se pierde en el bosque persiguiendo a una extraña mariposa negra, añagaza de un monstruo infernal para apoderarse del fabuloso collar de perlas que la princesa lleva puesto para su boda con el sultán.

«Pero el autor no acaba de entregarse al mundo fantasmagórico que va describiendo; él mismo lo destruye, no por la digresión irónica que aparece con frecuencia en obras románticas, sino porque no puede prescindir de la escéptica socarronería que impregna toda la narración.» (Llorens Castillo 1979: 232)

 


Cecilia Böhl de Faber, "Fernán Caballero" (1796-1877)

VIDA

Española de origen helvético nació en Morges (Suiza) y falleció en Sevilla. Es conocida por su pseudónimo literario de "Fernán Caballero", del que tuvo que valerse para publicar unas obras que, en su época, no era fácil publicar bajo el nombre de una mujer.

Era hija del hispanista Juan Nicolás Böhl de Faber, al que los negocios familiares le llevaron a vivir a Cádiz, ciudad en la que fijó su residencia. Era natural de Hamburgo y estaba afincado en España, donde ejercía de cónsul de las repúblicas hanseáticas en Cádiz. La madre de Cecilia fue Francisca Javiera Ruiz de Larrea y Aherán, hija de Antonio Ruiz de Larrea, un destacado transportista de mercancías entre Europa y las Indias, y de Francisca Javiera Aherán Malone, una ciudadana irlandesa. Esto contribuyó a la formación del talante abierto y cosmopolita de Cecilia Böhl de Faber.

Pese a la oposición de su madre, se casó a los veinte años con el capitán Antonio Planells y Bardaxí, destinado a Puerto Rico. Al año siguiente, Antonio Planeéis perdió la vida y Cecilia Böhl de Faber tuvo que regresar a Cádiz.

Pronto conoció a su segundo esposo, el militar y aristócrata sevillano Francisco Ruiz del Arco, marqués de Arco Hermoso, con el que se casó y se estableció en Sevilla. Este segundo marido murió de tuberculosis en 1835.

Viuda por segunda vez, Cecilia Böhl de Faber decidió tomar personalmente las riendas de su vida y se consagró de lleno al cultivo de su rico mundo interior, todavía regado por las fértiles inquietudes intelectuales y creativas que le había inculcado su padre.

Emprendió un largo recorrido por Europa y en Londres se enroló en una nueva aventura amorosa con Federico Cuthbert, de que se separó para regresar a España con motivo de la muerte de su padre.

Volvió a contraer matrimonio con el pintor Antonio Arrom de Ayala, natural de Ronda, enfermo también de tuberculosis y diecisiete años menor que ella. Este tercer enlace conyugal fue piedra de escándalo entre la puritana sociedad andaluza, y en su propia madre, que seguía mostrando su enojo contra esa libertad de elección de que hacía gala su hija.

Acosada por problemas económicos y con un marido enfermo, Cecilia dio el gran salto decisivo y se convirtió en escritora profesional. Comenzó a publicar colaboraciones en las revistas de mayor difusión y en los rotativos conservadores.

Al final, su último esposo se quitó la vida, presa de la desesperación por la traición de uno de sus socios.

Quedó de nuevo sola, ya en su vejez, la animosa escritora, que sólo halló consuelo a su tercera viudez refugiándose en su dedicación a la escritura y en su cada vez más acentuada espiritualidad católica.

La relación de Cecilia Böhl de Faber con su madre fue compleja. Aunque la madre de la escritora se enfrentó con ella por motivos morales y sociales respecto al matrimonio, la apoyó en su carrera literaria con más entusiasmo que el que mostró su padre, que renegó muchos años de sus aspiraciones literarias para él impropias de una mujer. Sólo se mostró orgulloso de la labor que desplegó su hija en la recuperación de viejas leyendas populares. En cambio, la madre alentó siempre a Cecilia tanto en sus labores de recopilación como en su actividad creativa.

Perdió la vida en Sevilla a los ochenta años de edad.

OBRA

Cecilia Böhl de Faber (Fernán Caballero) cultiva un costumbrismo andaluz, con enfoques sentimentales y moralizantes. La producción literaria de Fernán Caballero está caracterizada por ese tono costumbrista y moralizante que le fue dictando su progresivo conservadurismo católico.

Es una de las pioneras de la narrativa femenina española, y tal vez en la primera mujer que en España se dedicó profesionalmente a las letras. Son deudores y admiradores de su obra escritores como Luis Coloma o Benito Pérez Galdós.

La gran aportación de Fernán Caballero a las letras españolas fue el haber renovado la narrativa que había ido languideciendo durante el siglo XVIII a fuerza de repetir y anquilosar los géneros creados durante el siglo de oro.

El elemento narrativo le sirve de marco para describir la vida íntima del pueblo español con sus creencias y tradiciones, tomando siempre partido por lo castizo y tradicional encarnado en la vida del campo andaluz, frente a la influencia corruptora de la ciudad. Pero la visión ingenua e idealizada del mundo popular andaluz y el tono melodramático que toma la acción revelan el lastre romántico que arrastraba y lo lejos que se hallaba aún de un auténtico realismo. Sus obras están presididas por una intención docente de signo católico, contrario a la ideología enciclopedista y de acuerdo con el romanticismo nacionalista y conservador.

“Su importancia histórica se debe al hecho de haber engarzado por primera vez las escenas de costumbres en una sencilla trama novelesca, atrayendo de paso la atención hacia el ambiente regional y campesino y dando origen al género que había de alcanzar sus más altos logros en la época de la Restauración.” (José García López)

Narraciones breves y novelas

La familia de Alvareda (1849)

La gaviota (1849)

Fue su primera narración extensa y la que más fama le dio. Se trata de una novela costumbrista, calificada por la crítica de prerrealista. Esta obra está considerada unánimemente por críticos y lectores como su obra maestra. Esta obra sentimental está considerada como la precursora de la novela realista. Introdujo el costumbrismo, movimiento estilístico sin los extremos del romanticismo. El costumbrismo carece del análisis crítico social del realismo, muy propio del siglo XIX, en el que se destacan los aspectos y tipos de la vida diaria local de una manera complaciente, exaltando los rasgos típicos regionales. Es propio de autores burgueses que se sienten orgullosos de su tierra y no quieren entrar en conflicto con ninguna cuestión social.

Sin embargo, la gran aportación de Fernán Caballero a las letras españolas fue el haber renovado la narrativa que había ido languideciendo durante el siglo XVIII a fuerza de repetir y anquilosar los géneros creados durante el siglo de oro. Con la publicación de La Gaviota (1849), comienza un ciclo narrativo que abrirá el paso a la gran novela española de la segunda mitad del siglo XIX.

Argumento: Stein, médico alemán, es recogido en un pueblecito andaluz por unos pescadores. Allí se enamora de Marisalada –“la Gaviota”–, hijas de éstos, y se casa con ella. Van a Sevilla, alcanzando Marisalada un gran éxito por su magnífica voz. Más tarde van a Madrid. Convertida ya en una gran cantante, Marisalada se enamora de un torero, lo que decide a su marido a marchar a América, donde muere. El torero muere en una corrida y “la Gaviota”, después de perder la voz, vuelve al pueblo y acaba casándose con el barbero del lugar.

El interés de la autora se centra más en la descripción del ambiente andaluz que en la acción novelesca. Evoca los tipos populares con cariño y entusiasmo. Sus cuadros están dotados de color y animación, aunque carecen de vigor. Prevalece el tipo de descripción idealizada propia del Romanticismo.

La hija del sol (1851)

Cuadros de costumbres populares andaluzas (1852)

Lucas García (1852)

Clemencia (1852)

Lágrimas (1953)

Un servilón y un liberalito, o tres almas de Dios (1855)

La estrella de Vandalia (1855)

Novela autobiográfica.

Una en Otra. Con mal o con bien. Á los tuyos te ten (1861)

Novela costumbrista

Matrimonio bien avenido, la mujer junto al marido (1863)

Drama.

Un verano en Bornos (1864)

La farisea (1865)

Las dos gracias: novelas originales (1865)

Una en otra. Novela de costumbres (1882)

Vulgaridad y nobleza (1917)

Vertiente costumbrista del romanticismo.

Recopilación y difusión de leyendas populares

Cuadros de costumbres populares andaluzas (1852)

Cuentos y poesías populares andaluzas (1859)

Cuentos, oraciones, adivinanzas y refranes populares e infantiles (1877)

Pobres y ricos. Cuentos populares recopilados por Fernán Caballero y Adolfo Claranena (1890)

Cuentos de encantamiento infantiles

Cuentos infantiles religiosos

Oraciones, relaciones y coplas infantiles

Colección de artículos religiosos y morales (1911)

El refranero del campo y poesías populares (1912-14)

 


Ramón de Mesonero Romanos (1803-1882)

VIDA

Nació en Madrid y murió en la misma ciudad. Era hijo de un comerciante acomodado. Era conocido con el seudónimo de el Curioso Parlante.

Fue funcionario e inspector de obras públicas municipales por lo que participó en la renovación urbanística del siglo XIX de la capital de España.

Creador del costumbrismo romántico y cronista periodístico de la capital (que será una constante referencia en su vida), a pesar de proceder de una familia acomodada no recibió una formación superior.

Adquirió su base cultural a través de la observación y de la comunicación oral.

Contribuyó a la nueva fundación del Ateneo de Madrid en 1835, del que fue secretario y luego bibliotecario.

En 1839 se le nombró Académico de la Española, y se le concedió la Gran Cruz de Carlos III.

Como representante de una familia acomodada, Mesonero  defendió los valores burgueses del trabajo, el ahorro y de la apertura a las innovaciones técnicas.

Sentía una gran aversión por el compromiso político, lo que no le impidió preocuparse por la modernización de su ciudad y por elevar el nivel cultural de sus habitantes.

OBRA

Mesonero estuvo fuertemente influido por el teatro clásico español y por la literatura picaresca. Se centró en las variedades románticas y en su relación real o posible  con la tradición del Siglo de Oro.

Él es sin duda el gran representante de la literatura costumbrista romántica, cuyos antecedentes estilísticos hay que buscarlos en las obras del siglo de oro español, desde la novela picaresca, las comedias de Lope de Vega o los relatos de Juan de Zabaleta.

Mesonero se servía de la ironía para retratar a los tipos y las circunstancias del Madrid capitalino, con ironía pero sin la aspereza de Larra. Sus obras son documentos impagables sobre la vida cotidiana durante los reinados de Fernando VII (1784-1833) y de Isabel II (1830-1904).

Poco a poco fue moderando su inicial liberalismo para terminar siendo un firme conservador. De temperamento burgués y equilibrado, nos ha dejado una colección de cuadros de costumbres en los que se advierte su gran amor a Madrid y sus dotes de observador. En su obra observamos una leve intención moralizadora y una maliciosa aunque benévola socarronería aplicada a la descripción de los ambientes madrileños tras la que se oculta una actitud un tanto nostálgica de las formas de vida tradicional que el autor veía en trance de desaparecer. Según Salinas, su gran limitación está en no haber sido más que “el maestro de un género pobre y sin vuelo”. Para Azorín, “Mesonero representa la sociedad burguesa, práctica, metódica, escrupulosa, bien hallada”.

Mesonero es un moralista, la lección moral, “la moraleja del cuento” está presente en no pocas escenas. La estampa costumbrista deja de ser la pincelada de color, la nota pintoresca, para convertirse en un aleccionamiento moral presentado de un modo directo por medio de la coletilla moralizante.

«Su estilo, más sobrio que el de Estébanez Calderón, pero también más pobre y menos pintoresco, coincide con el de la mayor parte de los costumbristas, al ofrecernos una visión tipificadora en la que la realidad individual queda reducida a puros esquemas.» (José García López)

«La España romántica fue producto francés principalmente, no de los costumbristas españoles, que empezaron operando ya con esta limitación de su campo visual. Pero en Mesonero, además del nacionalismo que le impulsó a reaccionar frente a los dislates extranjeros mal informados, había una invariable y personal aversión contra todo lo romántico. No es fortuito que la más conocida sátira contra el romanticismo sea suya. Era, en efecto, difícil que aquel apacible rentista y buen observador, desprovisto de imaginación, atento tan solo a la realidad más inmediata y cotidiana, incapaz del fervor por causa alguna, pudiera admirar una literatura que aspiraba a expresar estados de ánimo fuera de lo normal, o una visión del mundo atractiva precisamente por lo que tenía de extraña, rara y apasionada.» (Llorens Castillo 1979: 335)

Mis ratos perdidos o ligero bosquejo de Madrid (1820 y 1821)

Serie de artículos en los que recoge los usos y costumbres de la capital durante los meses del año.

La señora de protección y escuela de pretendientes (1827)

Comedia que no se estrenó ni se publicó por prohibirlo la censura, pero que el autor utilizó en un artículo posterior.

Panorama matritense: cuadros de costumbres de la capital observados y descritos por un curioso parlante (1835)

Reflejó la moralidad matritense en esta obra y la siguiente. En la reseña que Larra dedicó a esta obra, calificó a Mesonero de «imitador felicísimo de Jouy», el escritor francés que había popularizado el cuadro de costumbres con L’ermite de la Chaussée d’Antin ou observations sur les moeurs et les usages français au commencement du XIXe siècle (1812-1814).

Desde un principio, Mesonero se propone rectificar los errores que acerca de España habían divulgado los extranjeros. Su intención rectificadora, común a otros costumbristas españoles, vino a destruir la imagen de la España romántica:

«Los franceses, los ingleses, alemanes y demás extranjeros, han intentado describir moralmente la España; pero o bien se han creado un país ideal de romanticismo y quijotismo, o bien, desentendiéndose del transcurso del tiempo, la han descrito no como es, sino como pudo ser en tiempo de los Felipes... Y es así como en muchas obras publicadas en el extranjero de algunos años a esta parte [...] se ha presentado a los jóvenes de Madrid enamorando con la guitarra; a las mujeres asesinando por celos a sus amantes; a las señoritas bailando el bolero; al trabajador descansando de no hacer nada.»

Obras jocosas y satíricas de El Curioso Parlante (1832-1842)

Escenas y tipos matritenses (1851)

Mesonero confesaba que su intención literaria era mostrar a través de estos cuadros la vida común de su ciudad, para lo cual debía utilizar un lenguaje animado y castizo, con una acción dramática y simple.

Tipos y caracteres: bocetos de cuadros de costumbres (1843-1862)

Memorias de un setentón, natural y vecino de Madrid (1881)

En esta obra autobiográfica hace una revisión de sus experiencias vividas. Recorre los cuadros que ha vivido durante el período de las monarquías de Fernando VII (1784-1833) y de su hija Isabel II (1830-1904). Obra amena, de cuyo anecdotario sacaron generaciones de lectores la más difundida imagen de aquel período histórico.

Sobre el Madrid histórico y urbanístico:

Manual de Madrid, descripción de la Corte y de la Villa (1831)

El antiguo Madrid (1861)

Crítica literaria

El romanticismo y los románticos (1837)

Rechaza de plano los aspectos más extravagantes del romanticismo literario y destaca la existencia de dos modalidades de romanticismo: el histórico o medievalizante, con sus referencias espirituales y morales; y el romanticismo romancesco, mucho más imaginativo y moderno, casi utópico

Obras menores, de tipo administrativo:

Proyecto de mejoras generales en Madrid (1846)

Ordenanzas de Policía urbana y rural para la Villa de Madrid y su término (1847)

Caja de Ahorros de Madrid. Memoria histórica (1848)

Memoria explicativa del plano general de mejoras (1849)

Anteproyecto de la distribución de sus aguas en el interior de Madrid (1855)

 


Antonio María de Trueba y de la Quintana (1819-1889)

VIDA

Antonio María de Trueba y de la Quintana, conocido también como Antón el de los Cantares, nació en Montellano (Vizcaya) y falleció en Bilbao.

Hijo de campesinos muy pobres, su vocación literaria se despertó con los romances de ciego que le traía su padre cuando venía de visitar una feria. Abandonó pronto la escuela para trabajar la tierra y en las minas de su lugar natal.

Huyendo de la primera Guerra Carlista (1833 y 1840), marchó a Madrid a trabajar en la ferretería de su tío. Empieza a leer de forma autodidacta a los autores románticos. Logra un puesto burocrático en el Ayuntamiento de Madrid y se consagra a la literatura.

En 1862 es proclamado Cronista y Archivero del Señorío de Vizcaya y se instala en Bilbao.

Tras la segunda Guerra Carlista, durante la cual debió marchar a Madrid (1873) acusado de simpatía hacia el carlismo, volvió a Bilbao donde fue rehabilitado y nombrado Padre de la Provincia (1876) y desarrolló una gran actividad.

OBRA

Produjo sus obras esenciales entre 1850 y 1860, por los mismo que Fernán Caballero, a quien recuerda por su tono dulzón y sentimental. Sus idealizadas descripciones del paisaje vascongado vienen a coincidir con las que Fernán Caballero hizo del de Andalucía, aunque resulten inferiores.

Autor de una producción literaria de carácter popular y tono moralizante que hunde sus raíces en los principales modelos formales y temáticos del costumbrismo romántico español. Sobresalió entre los escritores de su época por sus magníficos relatos costumbristas, género en el que se mostró como un consumado maestro.

Poesía

Libro de los cantares (1851)

Colección de versos juveniles de tema variopinto que le dieron ya algún renombre. Dejó una acusada influencia en las producciones líricas de otros poetas posteriores, como Rosalía de Castro (1837-1885) por la frescura y sencillez de sus versos.

Arte de hacer versos al alcance de todo el que sepa leer (1905)

Narraciones históricas

El Cid campeador (1851)

La paloma y los halcones (1865)

Novela histórica.

Narraciones costumbristas

Cuentos campesinos (1860)

Una de sus obras más celebradas por la crítica y los lectores.

El gabán y la chaqueta (1872)

Novela costumbrista.

Narraciones breves

Escribió varias colecciones de cuentos en los que queda de manifiesto su moral tradicional y su espíritu un tanto infantil y sensiblero.

Cuentos populares (1853)

Cuentos color de rosa (1864)

Cuentos de varios colores (1866)

Cuentos de vivos y muertos (1866)

Nuevos cuentos populares (1880)

 


Luis Taboada (1848-1906)

VIDA

Nació en Vigo. Trabajó en los Ministerios del Interior y de Obras Públicas de Madrid. Escribió crónicas para Madrid Cómico y artículos costumbristas en Nuevo Mundo, El Imparcial, El Duende, ABC y Blanco y Negro.

OBRAS

Costumbrista y humorista, en sus obras satiriza de forma ligera la clase media madrileña. Como narrador atacó con humor e ingenio a la clase media madrileña, llegando en ocasiones a lo grotesco.

Relatos:

Errar el golpe (1885)

Madrid en broma (1890)

Siga la fiesta (1892)

Madrid alegre (1894)

La viuda de Chaparro (1889)

Novela.

Memorias de un autor festivo (1900)

Autobiografía en la que se ocupa también de los acontecimientos políticos de la segunda mitad del siglo XIX.

Pescadero, a tus besugos (1906)

Novela.