Gaspar Núñez de Arce (1834–1903)

Textos


Tristezas

 

Cuando recuerdo la piedad sincera
            con que en mi edad primera
entraba en nuestras viejas catedrales,
donde postrado ante la cruz de hinojos
            alzaba a Dios mi ojos
soñando en las venturas celestiales;

Hoy que mi frente atónito golpeo,
            y con febril deseo
busco los restos de mi fe perdida,
por hallarla otra vez, radiante y bella
            como en la edad aquélla,
¡desgraciado de mí! diera la vida.

¡Con qué profundo amor, niño inocente,
            prosternaba mis frente
en las losas del templo sacrosanto!
Llenábase mi joven fantasía
            de luz, de poesía,
de mudo asombro, de terrible espanto.

Aquellas altas bóvedas que al cielo
            levantaban mi anhelo;
aquella majestad solemne y grave;
aquel pausado canto, parecido
            a un doliente gemido,
que retumbaba en la espaciosa nave:

Las marmóreas y austeras esculturas
            de antiguas sepulturas,
aspiración del arte a lo infinito;
la luz que por los vidrios de colores
            sus tibios resplandores
quebraba en los pilares de granito;

Haces de donde en curva fugitiva,
            para formar la ojiva,
cada ramal subiendo se separa,
cual el rumor de multitud que ruega,
            cuando a los cielos llega,
surge cada oración distinta y clara;

En el gótico altar inmoble y fijo
            el santo crucifijo,
que extiende sin vigor sus brazos yertos,
siempre en la sorda lucha de la vida,
            tan áspera y reñida,
para el dolor y la humildad abiertos;

El místico clamor de la campana
            que sobre el alma humana
de las caladas torres se despeña,
y anuncia y lleva en sus aladas notas
            mil promesas ignotas
al triste corazón que sufre o sueña;

Todo elevaba mi ánimo intranquilo
            a más sereno asilo:
religión, arte, soledad, misterio.
todo en el templo secular hacía
            vibrar el alma mía,
como vibran las cuerdas de un salterio.

Y a esta voz interior que sólo entiende
            quien crédulo se enciende
en fervoroso y celestial cariño,
envuelta en sus flotantes vestiduras
            volaba a las alturas,
virgen sin mancha, mi oración de niño.

Su rauda, viva y luminosa huella
            como fugaz centella
traspasaba el espacio, y ante el puro
resplandor de sus alas de querube,
            rasgábase la nube
que me ocultaba el inmortal seguro.

¡Oh anhelo de esta vida transitoria!
           ¡Oh perdurable gloria! .
¡Oh! Sed inextiguible del deseo!
¡Oh cielo, que antes para mí tenías
            fulgores y armonías,
y hoy tan oscuro y desolado veo!

Ya no templas mis íntimos pesares,
            ya al pie de tus altares
como en mis años de candor no acudo.
Para llegar a ti perdí el camino,
            y errante peregrino
entre tinieblas desespero y dudo.

Voy espantado sin saber por dónde;
            grito, y nadie responde
a mi angustiada voz; alzo los ojos
y a penetrar la lobreguez no alcanzo;
            medrosamente avanzo,
y me hieren el alma los abrojos.

Hijo del siglo, en vano me resisto
            a su impiedad, ¡oh Cristo!
Su grandeza satánica me oprime.
Siglo de maravillas y de asombros,
            levanta sobre escombros
un Dios sin esperanza, un Dios que gime.

¡Y ese Dios no eres tú! No tu serena
            faz, de consuelos, llena,
alumbra y guía nuestro incierto paso.
Es otro Dios incógnito y sombrío:
            su cielo es el vacío,
Sacerdote el error, ley el Acaso.

¡Ah! No recuerda el ánimo suspenso
            un siglo más inmenso,
más rebelde a tu voz, más atrevido;
entre nubes de fuego alza su frente,
            como Luzbel, potente;
pero también, como Luzbel, caído.

A medida que marcha y que investiga
            es mayor su fatiga,
es su noche más honda y más oscura,
y pasma, al ver lo que padece y sabe,
            cómo en su seno cabe
tanta grandeza y tanta desventura.

Como la nave sin timón y rota
            que el ronco mar azota,
incendia el rayo y la borrasca mece
en piélago ignorado y proceloso,
            nuestro siglo —coloso—
con la luz que le abrasa, resplandece.

¡Y está la playa mística tan lejos! . . .
            a los tristes reflejos
del sol poniente se colora y brilla.
El huracán arrecia, el bajel arde,
            y es tarde, es ¡ay! muy tarde
para alcanzar la sosegada orilla.

¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno,
            a todo yugo ajeno,
que al impulso del vértigo se entrega,
y a través de intrincadas espesuras,
            desbocado y a oscuras
avanza sin cesar y nunca llega.

¡Llegar! ¿Adónde? . . . El pensamiento humano
            en vano lucha, en vano
su ley oculta y misteriosa infringe.
En la lumbre del sol sus alas quema,
            y no aclara el problema,
ni penetra el enigma de la Esfinge.

¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto
            que tu poder no ha muerto!
Salva a esta sociedad desventurada,
que bajo el peso de su orgullo mismo
            rueda al profundo abismo
acaso más enferma que culpada.

La ciencia audaz, cuando de ti se aleja,
            en nuestras almas deja
el germen de recónditos dolores,
como al tender el vuelo hacia la altura,
            deja su larva impura
el insecto en el cáliz de las flores.

Si en esta confusión honda y sombría
            es, Señor, todavía
raudal de vida tu palabra santa,
di a nuestra fe desalentada y yerta:
            —¡Anímate y despierta!
Como dijiste a Lázaro: —¡Levanta!—

 

 

La caravana, por camino incierto,

con recelosa indecisión avanza,

temiendo a cada paso la asechanza

de las nómadas tribus del desierto.

Por todas partes el espacio abierto

se pierde en fatigosa lontananza

y dondequiera que la vista alcanza

todo está triste, desolado, muerto.

Ni verde selva, ni azulado monte

el mar limitan de infecunda arena

en que el dócil camello hunde su planta.

Y sólo al fin del diáfano horizonte

brillando al sol, inmóvil y serena,

la misteriosa esfinge se levanta.

 


Estrofas

I

La generosa musa de Quevedo
desbordóse una vez como un torrente
y exclamó llena de viril denuedo:
No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando los labios, ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.


II

Y al estampar sobre la herida abierta
el hierro de su cólera encendido,
tembló la concusión que siempre alerta,
incansable y voraz, labra su nido,
como gusano ruin en carne muerta,
en todo Estado exánime y podrido.


III

Arranque de dolor, de ese profundo
dolor que se concentra en el misterio
y huye amargado del rumor del mundo,
fue su sangrienta sátira, cauterio
que aplicó sollozando al patrio imperio,
mísero, gangrenado y moribundo.


IV

¡Ah! si hoy pudiera resonar la lira
que con Quevedo descendió a la tumba,
en medio de esta universal mentira,
de este viento de escándalo que zumba,
de este fétido hedor que se respira,
de esta España moral que se derrumba;


V

De la viva y creciente incertidumbre
que en lucha estéril nuestra fuerza agota;
del huracán de sangre que alborota
el mar de la revuelta muchedumbre;
de la insaciable y honda podredumbre
que el rostro y la conciencia nos azota;


VI

De este horror, de este ciego desvarío
que cubre nuestras almas con un velo,
como el sepulcro, impenetrable y frío;
de este insensato pensamiento impío
que destituye a Dios, despuebla el cielo
y precipita el mundo en el vacío;


VII

Si en medio de esta borrascosa orgía
que infunde repugnancia al par que aterra,
esa lira estallara ¿qué sería?
Grito de indignación, canto de guerra,
que en las entrañas mismas de la tierra
la muerta humanidad conmovería.


VIII

Mas ¿porque el gran satírico no aliente
ha de haber quien contemple y autorice
tanta degradación, indiferente?
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?


IX

¡Cuántos sueños de gloria evaporados
como las leves gotas del rocío
que apenas mojan los sedientos prados!
¡Cuánta ilusión perdida en el vacío,
y cuántos corazones anegados
en la amarga corriente del hastío!


X

No es la revolución raudal de plata
que fertiliza la extendida vega:
es sorda inundación que se desata.
No es viva luz que se difunde grata,
sino confuso resplandor que ciega
y tormentoso vértigo que mata.


XI

Al menos en el siglo desdichado
que aquel ilustre y vigoroso vate
con el rayo marcó de su censura,
podía el corazón atribulado
salir ileso del mortal combate
en alas de la fe radiante y pura.


XII

Y apartando la vista de aquel cieno
social, de aquellos fétidos despojos,
de aquel lubrico y torpe desenfreno,
fijar llorando los ardientes ojos
en ese cielo azul, limpio y sereno,
de santa paz y de esperanza lleno.


XIII

Pero hoy ¿dónde mirar? Un golpe mismo
hiere al César y a Dios: Sorda carcoma
prepara el misterioso cataclismo,
y como en tiempo de la antigua Roma,
todo cruje, vacila y se desploma
en el cielo, en la tierra, en el abismo.


XIV

Perdida en tanta soledad la calma,
de noche eterna el corazón cubierto,
la gloria muda, desolada el alma,
en este pavoroso desconcierto
se eleva la Razón, como la palma
que crece triste y sola en el desierto.


XV

¡Triste y sola, es verdad! ¿Dónde hay miseria
mayor? ¿Dónde más rudo desconsuelo?
¿De qué le sirve desgarrar el velo
que envuelve y cubre la vivaz materia,
y con profundo, inextinguible anhelo
sondar la tierra, escudriñar el cielo;


XVI

Entregarse a merced del torbellino
y en la duda incesante que la aqueja
el secreto inquirir de su destino,
si a cada paso que adelanta deja
su fe inmortal, como el vellón la oveja,
enredada en las zarzas del camino?


XVII

¿Si a su culpada humillación se adhiere
con la constancia infame del beodo,
que goza en su abyección, y en ella muere?
¿Se ciega y torpe, y degrada en todo,
desconoce su origen, y prefiere
a descender de Dios, surgir del lodo?


XVIII

¡Libertad, libertad! No eres aquella
virgen, de blanca túnica ceñida,
que vi en mis sueños pudibunda y bella.
No eres, no, la deidad esclarecida
que alumbra con su luz, como una estrella,
los oscuros abismos de la vida.


XIX

No eres la fuente de perenne gloria
que dignifica el corazón humano
y engrandece esta vida transitoria.
No el ángel vengador que con su mano
imprime en las espaldas del tirano
el hierro enrojecido de la historia.


XX

No eres la vaga aparición que sigo
con hondo afán desde mi edad primera,
sin alcanzarla nunca... Mas ¿qué digo?
No eres la libertad, disfraces fuera,
¡licencia desgreñada, vil ramera
del motín, te conozco y te maldigo!


XXI

¡Ah! No es extraño que sin luz ni guía,
los humanos instintos se desborden
con el rugido del volcán que estalla,
y en medio del tumulto y la anarquía,
como corcel indómito el desorden
no respete ni látigo ni valla.


XXII

¿Quién podrá detenerle en su carrera?
¿Quién templar los impulsos de la fiera
y loca multitud enardecida,
que principia a dudar y ya no espera
hallar en otra luminosa esfera,
bálsamo a los dolores de esta vida?


XXIII

Como Cristo en la cúspide del monte,
rotas ya sus mortales ligaduras,
mira doquier con ojos espantados,
por toda la extensión del horizonte
dilatarse a sus pies vastas llanuras,
ricas ciudades, fértiles collados.


XXIV

Y excitando su afán calenturiento
tanta grandeza y tanto poderío,
de la codicia el persuasivo acento
grítale audaz: —¡El cielo está vacío!
¿A quién temer?—Y ronca y sin aliento
la muchedumbre grita: —¡Todo es mío!—


XXV

Y en el tumulto su puñal afila,
y la enconada cólera que encierra
enturbia y enardece su pupila,
y ensordeciendo el aire en son de guerra
hace temblar bajo sus pies la tierra,
como las hordas bárbaras de Atila.


XXVI

No esperéis que esa turba alborotada
infunda nueva sangre generosa
en las venas de Europa desmayada;
ni que termine su fatal jornada,
sobre el ara desierta y polvorosa
otro Dios levantando con su espada.


XXVII

No esperéis, no. que la confusa plebe,
como santo depósito en su pecho
nobles instintos y virtudes lleve.
Hallará el mundo a su codicia estrecho,
que es la fuerza, es el número, es el hecho
brutal ¡es la materia que se mueve!


XXVIII

Y buscará la libertad en vano;
que no arraiga en los crímenes la idea,
ni entre las olas fructifica el grano.
Su castigo en sus iras centellea
pronto a estallar; que el rayo y el tirano
hermanos son. ¡La tempestad los crea!

 


Gritos del combate

 

Por razones que se calla
La historia prudentemente,
Dos monarcas de Occidente
Riñeron fiera batalla.
La causa del rompimiento
No está, en verdad, a mi alcance,
Ni hace falta para el lance
Que referiros intento.
Sobre el campo del honor
Cubierto de sangre y gloria,
Donde alcanzó la victoria
Más la astucia que el valor;
Dos discípulos de Marte,
Que airados se acometieron
Y juntamente cayeron
Pasados de parte a parte;
Sumergidos en el lodo,
Mientras que llegaba el cura
Para darles sepultura,
Platicaban de este modo:

 

SOLDADO PRIMERO


¡Hola, compadre! ¿Qué tal
Te ha parecido el asunto?

 

SOLDADO SEGUNDO


Puesto que me ves difunto
Debe parecerme mal.

 

SOLDADO PRIMERO


Pues ha sido divertida
La función: mira a tu lado.
Lo menos hemos quedado
Doce mil héroes sin vida.
Y en esto me quedo corto,
Que me enfadan los extremos.

 

SOLDADO SEGUNDO


¡Con qué habilidad nos hemos
Destrozado! Estoy absorto.
Ha habido alarmas y sustos
muertes y atrocidades
Para todas las edades
para todos los gustos.

 

SOLDADO PRIMERO


Mas yo quisiera saber
Por qué con tanto denuedo
Nos matamos...

 

SOLDADO SEGUNDO


¡Ay! No puedo
Tu duda satisfacer.
Para entrar en esta danza
Tuve que dejar mi oficio.
Sé que aprendí el ejercicio,
Sé que estudié la Ordenanza.
Sé que en compañía de esos
Que están mordiendo la tierra,
Me trajeron a la guerra
Y me moliste los huesos.
Y, en fin, francamente hablando,
Puedo decirte al oído,
Que he muerto como he nacido;
Sin saber por qué, ni cuando.

 

SOLDADO PRIMERO


De tu explicación me huelgo,
Porque mi vida retrata.
En esto, alzando la pata
Un moribundo jamelgo,
¡Gracias, dioses inmortales! -
Dijo con voz lastimera-
Pues de la misma manera
Morimos los animales.-
Cuando pasó la impresión
De tan extraño incidente,
Así anudó el más valiente
La rota conversación:

 

SOLDADO PRIMERO


Aunque ignoramos la ley,
Origen de esta querella.
Juro a Dios vivo que en ella
Lleva la razón mi rey.

 

SOLDADO SEGUNDO


¿Y por qué?

 

SOLDADO PRIMERO


Porque es el mío.

 

SOLDADO SEGUNDO


¡Qué salida de pavana!
La justicia es de quien gana.

 

SOLDADO PRIMERO


De tu ignorancia me río.
¡Pues cuantos que han hecho eternos
Sus nombres con la victoria,
No han ido a gozar la gloria
De su triunfo a los infiernos!

 

SOLDADO SEGUNDO


Considera lo que dices,
Porque estoy ardiendo en ira.

 

SOLDADO PRIMERO


¡No me alces el gallo!...

 

SOLDADO SEGUNDO
 

Mira Que te rompo las narices.-

Y fieros y cejijuntos
A combatir empezaron
De nuevo... ¡y no se mataron,
Porque ya estaban difuntos!
Diéronse golpes crueles,
Hasta que hueca y ufana
Llegó la Locura humana,
Sonando sus cascabeles.
Puso paz entre los dos
Y dijo con desenfado:
-"¿Qué es esto? Habéis olvidado
Que sois imagen de Dios?
Tal vez la inmortalidad
Con justo título esperen
Los que por la patria mueren,
Por Dios, por la libertad.
Pero que el hombre sucumba
En conquistadora guerra,
Cuando siete pies de tierra
Le bastan para su tumba;
O que en lucha fratricida
Entre, sin saber quizá
Ni por qué la muerte da,
Ni por qué pierde la vida;
Esto mi paciencia apura,
Y cuantas veces lo veo,
Aunque soy Locura, creo
Que es demasiada locura."

 


Miserere

 

Es de noche: el monasterio
que alzó Felipe Segundo
para admiración del mundo
y ostentación de su imperio,
yace envuelto en el misterio
y en las tinieblas sumido.
De nuestro poder, ya hundido,
último resto glorioso,
parece que está el coloso
al pie del monte, rendido.

El viento del Guadarrama
deja sus antros oscuros,
y estrellándose en los muros
del templo, se agita y brama.
Fugaz y rojiza llama
surca el ancho firmamento,
y a veces, como un lamento,
resuena el lúgubre son
con que llama a la oración
la campana del convento.

La iglesia, triste y sombría,
en honda calma reposa,
tan helada y silenciosa
como una tumba vacía.
Colgada lámpara envía
su incierta luz a lo lejos,
y a sus trémulos reflejos
llegan, huyen, se levantan
esas mil sombras que espantan
a los niños y a los viejos.

De pronto, claro y distinto
la regia cripta conmueve
ruido extraño, que aunque leve,
llena el mortuorio recinto.
Es que el César Carlos Quinto,
con mano firme y segura
entreabre su sepultura,
y haciendo una horrible mueca,
su faz carcomida y seca
asoma por la hendidura.

Golpea su descarnada
frente con tenaz empeño,
como quien sale de un sueño
sin acordarse de nada.
Recorre con su mirada
aquel lugar solitario,
alza el mármol funerario,
y arrebatado y resuelto
salta del sepulcro, envuelto
en su andrajoso sudario.

-¡Hola! -grita en son de guerra
con aquella voz concisa,
que oyó en el siglo, sumisa
y amedrentada la tierra.
-¡Volcad la losa que os cierra!
Vástagos de imperial rama,
varones que honrais la fama,
antiguas y excelsas glorias,
de vuestras urnas mortuorias
salid, que el César os llama.

Contestando a estos conjuros,
un clamor confuso y hondo
parece brotar del fondo
de aquellos mármoles duros.
Surgen vapores impuros
de los sepulcros ya abiertos:
la serie de reyes muertos
después a salir empieza,
y es de notar la tristeza,
el gesto despavorido
de los que han envilecido
la corona en su cabeza.

Grave, solemne, pausado,
se alza Felipe Segundo,
en su lucha con el mundo
vencido, mas no domado.
Su hijo se despierta al lado,
y detrás del rey devoto,
aquel que humillado y roto
vio desmoronarse a España,
cual granítica montaña,
a impulsos del terremoto.

Luego el monarca enfermizo,
de infausta y negra memoria,
en cuya Edad, nuestra gloria
como nieve se deshizo.
Bajo el poder de su hechizo
se estremece todavía.
¡Ay qué terrible armonía,
qué oscuro enlace se nota
entre aquel mísero idiota
y su exhausta monarquía!

Con terrífica sorpresa
y en silencioso concierto
todos los reyes que han muerto
van saliendo de su huesa.
La ya apagada pavesa
cobra los vitales bríos
y se aglomeran sombríos
aquellos yertos despojos,
aquellas cuencas sin ojos,
aquellos cráneos vacíos.

De los monarcas en pos,
respondiendo al llamamiento,
cual si llegara el momento
del santo juicio de Dios,
acuden de dos en dos
por claustros y corredores,
príncipes, grandes señores,
prelados, frailes, guerreros,
favoritos, consejeros,
teólogos e inquisidores.

¡Qué es mirar como serpea
por su semblante amarillo
el fosforescente brillo
que la podredumbre crea!
¡Qué espíritu no flaquea
con mil terrores secretos,
viendo aquellos esqueletos,
que ante el César, que los nombra,
se deslizan por la sombra
mudos, absortos, inquietos!

¡Cuántas altas potestades,
cuántas grandezas pasadas,
cuántas invictas espadas,
cuántas firmes voluntades
en aquellas soledades
muestran sus restos livianos!
¡Cuántos cráneos soberanos,
que el genio habitara en vida,
convertidos en guarida
de miserables gusanos!

Desde el triste panteón
en que se agolpa y hacina,
hacia el templo se encamina
la fúnebre procesión.
Marcha con pausado son
tras del rey que la congrega,
y cuando a la iglesia llega,
inunda la altiva nave
un resplandor tibio y suave,
que ni deslumbra ni ciega.

Guardando el regio decoro,
como en los siglos pasados,
reyes, príncipes, prelados
toman asiento en el coro.
Después en tropel sonoro
por el templo se derrama,
rindiendo culto a la fama
con que llena las historias,
aquel haz de muertas glorias,
que el César convoca y llama.

Por mandato soberano
de Carlos, que el cetro ostenta
llega al órgano y se sienta
un viejo esqueleto humano.
La seca y huesosa mano
en el gran teclado imprime,
y la música sublime
que a inmensos raudales brota,
parece que en cada nota
reza y llora, canta y gime.

Uniendo al acorde santo
su voz, los muertos despojos
caen ante el ara de hinojos
y a Dios elevan su canto.
Honda expresión del quebranto,
aquel eco de la tumba
crece, se dilata, zumba,
y al paso que va creciendo
resuena con el estruendo
de un mundo que se derrumba:

«Fuimos las ondas de un río
»caudaloso y desbordado.
»Hoy la fuente se ha secado,
»hoy el cauce está vacío.
»Ya ¡oh Dios! nuestro poderío
»se extingue, se apaga y muere.
»¡Miserere!

»¡Maldito, maldito sea
»aquel portentoso invento
»que dió vida al pensamiento
»y alas de luz a la idea!
»El verbo animado ondea
»y como el rayo nos hiere.
»¡Miserere!

»¡Maldito el hilo fecundo
»que a los pueblos eslabona,
»y busca, y cuenta, y pregona
»las pulsaciones del mundo!
»Ya en el silencio profundo
»ninguna injusticia muere.
»¡Miserere!

»Ya no vive cada raza
»en solitario destierro,
»ya con vínculo de hierro
»la humana especie se enlaza.
»Ya el aislamiento rechaza,
»ya la libertad prefiere.
»¡Miserere!

»Rígido y brutal azote
»con desacordado empuje
»sobre las espaldas cruje
»del rey y del sacerdote.
»Ya nada existe que embote
»el golpe ¡oh Dios! que nos hiere.
»¡Miserere!

»Mas ¡ay! que en su audacia loca,
»también el orgullo humano
»pone en los cielos su mano
»y a ti, Señor, te provoca.
»Mientras blasfeme su boca,
»ni paz ni ventura espere.
»¡Miserere!

»No en la tormenta enemiga:
»no en el insondable abismo:
»el mundo lleva en sí mismo
»el rayo que le castiga.
»Sin compasión ni fatiga
»hoy nos mata; pero muere.
»¡Miserere!

»Grande y caudaloso río,
»que corres precipitado
»ve que el nuestro se ha secado
»y tiene el cauce vacío.
»¡No prevalezca el impío,
»ni la iniquidad prospere!
»¡Miserere!»

Súbito, con sordo ruido
cruje el órgano y estalla,
la luz se amortigua, y calla
el concurso dolorido.
Al disiparse el sonido
del grave y solemne canto
llega a su colmo el espanto
de las mudas calaveras,
y de sus órbitas hueras
desciende abundoso llanto.

A medida que decrece
la luz misteriosa y vaga,
todo murmullo se apaga
y el cuadro se desvanece.
Con el alba que aparece
el cortejo se evapora,
y mientras la blanca aurora
esparce su lumbre escasa,
a lo lejos silba y pasa
la rauda locomotora.