José Zorrilla (1817-1893)

Textos


A la memoria desgraciada del joven literato

D. Mariano José de Larra

 

Ese vago clamor que rasga el viento

es la voz funeral de una campana;

vano remedo del postrer lamento

de un cadáver sombrío y macilento

que en sucio polvo dormirá mañana.

 

Acabó su misión sobre la tierra,

y dejó su existencia carcomida,

como una virgen al placer perdida

cuelga el profano velo en el altar.

Miró en el tiempo el porvenir vacío,

vacío ya de ensueños y de gloria,

y se entregó a ese sueño sin memoria,

¡que nos lleva a otro mundo a despertar!

 

Era una flor que marchitó el estío,

era una fuente que agotó el verano:

ya no se siente su murmullo vano,

ya está quemado el tallo de la flor.

Todavía su aroma se percibe,

y ese verde color de la llanura,

ese manto de yerba y de frescura

hijos son del arroyo creador.

 

Que el poeta, en su misión

sobre la tierra que habita,

es una planta maldita

con frutos de bendición.

 

Duerme en paz en la tumba solitaria

donde no llegue a tu cegado oído

más que la triste y funeral plegaria

que otro poeta cantará por ti.

Ésta será una ofrenda de cariño

más grata, sí, que la oración de un hombre,

pura como la lágrima de un niño,

¡memoria del poeta que perdí!

 

Si existe un remoto cielo

de los poetas mansión,

y sólo le queda al suelo

ese retrato de hielo,

fetidez y corrupción;

¡digno presente por cierto

se deja a la amarga vida!

¡Abandonar un desierto

y darle a la despedida

la fea prenda de un muerto!

 *

 Poeta, si en el no ser

hay un recuerdo de ayer,

una vida como aquí

detrás de ese firmamento...

conságrame un pensamiento

como el que tengo de ti.

 


A mi hija

 

Por cima de la montaña
que nos sirve de frontera,
te envía un alma sincera
un beso y una canción;
tómalos; que desde España
han de ir a dar, vida mía,
en tu alma mi poesía,
mi beso en tu corazón.

Tu padre, tras la montaña
que para ambos no es frontera,
lleva la amistad sincera
del autor de esta canción.
Recibe, pues, desde España
beso y cantar, vida mía,
en tu alma la poesía
y el beso en el corazón.

Si un día de esa montaña
paso o pasas la frontera,
verás el alma sincera
de quien te hace esta canción,
que la hidalguía de España
es quien sabe, vida mía,
dar al alma poesía
y besos al corazón.
 


Dueña de la negra toca


Dueña de la negra toca,
la del morado monjil,
por un beso de tu boca
diera a Granada Boabdil.
Diera la lanza mejor
del Zenete más bizarro,
y con su fresco verdor
toda una orilla del Darro.
Diera la fiesta de toros
y, si fueran en sus manos,
con la zambra de los moros
el valor de los cristianos.
Diera alfombras orientales,
y armaduras y pebetes,
y diera... ¡que tanto vales!,
hasta cuarenta jinetes.
Porque tus ojos son bellos,
porque la luz de la aurora
sube al Oriente desde ellos,
y el mundo su lumbre dora.
Tus labios son un rubí,
partido por gala en dos...
Le arrancaron para ti
de la corona de Dios.
De tus labios, la sonrisa,
la paz de tu lengua mana...
leve, aérea, como brisa
de purpurina mañana.
¡Oh, qué hermosa nazarena
para un harén oriental,
suelta la negra melena
sobre el cuello de cristal,
en lecho de terciopelo,
entre una nube de aroma,
y envuelta en el blanco velo
de las hijas de Mahoma!
Ven a Córdoba, cristiana,
sultana serás allí,
y el sultán será, ¡oh sultana!,
un esclavo para ti.
Te dará tanta riqueza,
tanta gala tunecina,
que ha de juzgar tu belleza
para pagarle, mezquina.
Dueña de la negra toca,
por un beso de tu boca
diera un reino Boabdil;
y yo por ello, cristiana,
te diera de buena gana
mil cielos, si fueran mil.
 


Cristo legislador

 

Cristo, legislador, no escribió nada;
ni papiro dejó ni un pergamino:
quedó tras Él su espíritu divino,
su fe con su memoria inmaculada.

Cristo, rey, no empuñó cetro ni espada;
en el polvo sembró de su camino
de su fe la semilla; a su destino
dejándola y al tiempo encomendada.

Germen de amor, de paz, de fe y cariño,
culto del alma, religión interna,
de fausto exenta y de mundano aliño,

la propagó el amor, la amistad tierna,
la fe del pobre, la mujer y el niño:
y por eso es veraz, única, eterna.
 


Con el hirviente resoplido moja
el ronco toro la tostada arena,
la vista en el jinete ata y serena,
ancho espacio buscando el asta roja.

Su arranque audaz a recibir se arroja,
pálida de valor la faz morena,
e hincha en la frente la robusta vena
el picador, a quien el tiempo enoja.

Duda la fiera, el español la llama;
sacude el toro la enastada frente,
la tierra escarba, sopla y desparrama;

le obliga el hombre, parte de repente,
y herido en la cerviz, húyele y brama,
y en grito universal rompe la gente.
 


El contrabandista

Subiendo la negra roca
de embarazosa montaña,
contrabandista español
bridón andaluz cabalga.
Lleva el trabuco a su lado,
el cuchillo entre la faja,
y con el humo del puro
su voz varonil levanta.

" Que brame en la peña el viento,
que se arda el monte vecino,
que rompa el inhiesto pino
el aquilón violento.
Yo desprecio sus furores;
y aquí solo, sin señores,
de pesadumbres ajeno,
oigo el huracán sereno
y canto al crujir del trueno
mis amores,"
 
" El albor de la mañana,
en sus matices de rosa,
me trae la imagen graciosa
de mi maja sevillana,
y en sus variados colores
me pinta las lindas flores
del suelo donde nací,
donde inocente reí,
donde primero sentí
mis amores."

" Cuando la enemiga bala
chilla medrosa a mi oído,
ya mi contrario caído
el alma rabioso exhala.
¡Qué me importan vengadores
cien fusiles matadores
que amenacen mi cabeza!
Con mi Moro  y mi destreza
yo les canto en la maleza
mis amores."
 
" Sienta yo el pujante brío
del galope de mi Moro ,
y el trabucazo sonoro
de algún compañero mío;
y que vengan triunfadores
los caballeros mejores
que empuñaron lanza ó freno.
Yo de temerles ajeno
cantaré libre y sereno
mis amores."

Tranquilo el contrabandista
aquí el canto llegaba,
cuando un acento francés
"¡Fuego !" a su lado gritaba.
Sobre su frente pasaron
con ruido silbar las balas,
y gendarmes le acometen
diciendo " ¡Ríndete a Francia!"
Y entonces él  " No se rinden
los que nacen en España",
y contra el jefe enemigo
su ancho trabuco descarga.
Cayeron dos, como arbusto
que el cierzo en pos arrebata.
En impetuosa carrera
el bruto gallardo arranca;
y por sobre los peñascos
que en rápida fuga salva,
cantando va el español
al trasponer la montaña:
" Vivir en los Pirineos,
pero morir en Granada."

 


Fe

I
«En manos del placer adormecido,
Sin otro porvenir que los placeres,
El oro y las mujeres
Mi solo Dios y mi esperanza han sido.
¡Lindas quimeras de mi edad pasada
Que me dejáis el alma emponzoñada,
Decid, ¿dónde habéis ido?

»Lancéme a los deleites avariento,
Gocé con ansia y apuré su hartura;
Mi Dios y mi ventura
Asentó en el placer mi pensamiento.
Otro esperar mi corazón no quiso;
Y hoy, ¿dónde hallar el dulce paraíso
Que edifiqué en el viento?

»¿En dónde estás, riquísimo tesoro
De placer y de amor, lánguida Elvira,
Con cuyo amor respira
Mi corazón, y cuya sombra adoro?
Elena, Inés..., bellísimas traidoras,
¡Ay! ¿qué habéis hecho de mis dulces horas
Y mis montones de oro?

»¿Qué he de hacer sin vosotras y sin ellos,
Solo afán ¡ay de mí! con que he vivido,
Solo Dios que he creído?
Fe de mi juventud, delirios bellos,
¿Qué he de creer ni de esperar ahora
Que tornándose van hora por hora
Más blancos mis cabellos?

»Y ¿dó encender la lámpara apagada
De mi dudosa fe, dó ir por consuelo,
Si yo del santo cielo
En el escrito azul no sé leer nada?
¡Si en su vieja impiedad endurecida,
No ve tras dél el alma envilecida
Su fin y su morada!

«¡Imposible creer! Pero ¡ay! cuán duro
En duda pertinaz ir caminando,
Sin creencia esperando
Un negro más allá nunca seguro!
¡Ay del que nada cree y en nada espera,
Y no encuentra una luz que alumbre fuera
De caos tan obscuro!

»No, no me sé amparar del cielo santo,
Que perdón no tendrá tanto delito.
Y el castigo infinito,
Si me le atrevo a imaginar, me espanto.
¡Mejor es no creer! Triste es la duda,
Mas no hay puerto mejor adonde acuda
Por entre escollo tanto.»

Así pensó el ateo, y ¡cuán en vano!
Que al olvidar su celestial esencia,
De la tenaz conciencia
Dentro del corazón sintió el gusano.
Tornóse al cielo en su árida agonía,
Mas nada en él deletrear sabía
Su corazón profano.

Ciego que sabe que la luz existe,
Que oye elogiar el resplandor del cielo
Y no le es dado desgarrar el velo
Que ante sus ojos a la luz resiste,
¡Mira!, lo dicen, y en su audaz deseo
Tórnase a ver, y exclama: ¡Nada veo!
Desesperado y triste.

¡Mejor es no creer! Y abandonado
Sin esperanza en brazos de sí mismo,
Por el obscuro abismo
De la duda fatal va despeñado:
¡Mejor es no creer! Y en su agonía
Siente que llega el postrimero día:
Y ¡ay dél si se ha engañado!

¡Ay del jardín donde las zarzas crecen!
¡Ay del palacio que las aves moran!
Y ¡ay de los siervos que impiedad imploran
Cuando en presencia del Señor parecen!
Y ¡ay, ay de los que cruzan el desierto
Y no conocen el camino cierto,
Y en la mitad del arenal perecen!

II
Espíritu blanco y puro
Que con tu fanal seguro
Por el lóbrego recinto
Del mundano laberinto
Mis pasos guiando vas;
Ángel que invisible velas
Mi existencia, y me consuelas,
Y en la noche sosegada
A la orilla de mi almohada
Mi sueño guardando estás;

Tú que con alas de rosa
De mi mente calurosa
Benigno apartas y atento
El mundano pensamiento
Y la torpe tentación,
¡Ay, nunca de mí te alejes,
Nunca en soledad me dejes
Sin que tu fanal me alumbre,
Y esa ruin incertidumbre
No me roa el corazón!

Espíritu soberano,
Tiéndeme siempre tu mano,
Y mi afán, mi pensamiento
Endereza al firmamento,
¡Oh espíritu tutelar!
Y en la noche silenciosa,
Si brota mi fe dudosa
Alguna plegaria impía,
Con tu aliento de ambrosía
Purifícala al pasar.

Ángel cuya sombra adoro,
Cuyo nombre santo ignoro
Cuyo semblante no veo,
Y en cuya presencia creo,
Y cuya existencia sé,
Muéstrame el camino cierto
De este mundo en el desierto,
Y ¡guay que sin fin no vague
Y con los vientos se apague
La lámpara de mi fe.
 


Las nubes

 

¿Qué quieren esas nubes que con furor se agrupan
del aire trasparente por la región azul?
¿Qué quieren cuando el paso de su vacío ocupan
del cenit suspendiendo su tenebroso tul?

¿Qué instinto las arrastra?¿Qué esencia las mantiene?
¿Con qué secreto impulso por el espacio van?
¿Qué ser velado en ellas atravesando viene
sus cóncavas llanuras que sin lumbrera están?

¡Cuál rápidas se agolpan!¡Cuál ruedan y se ensanchan
y al firmamento trepan en lóbrego montón
y el puro azul alegre del firmamento manchan
sus misteriosos grupos en torva confusión!

Resbalan lentamente por cima de los montes,
avanzan en silencio sobre el rugiente mar,
los huecos oscurecen de entrambos horizontes,
el orbe en tinieblas bajo ellas va a quedar.

La luna huyó al mirarlas; huyeron las estrellas;
su claridad escasa la inmensidad sorbió;
ya reinan solamente por los espacios ellas;
doquier se ven tinieblas, mas firmamento no.

En vano nuestros ojos se afanan por hallarle
del tenebroso velo que le embozó detrás;
que cuanto más los ojos se empeñan en buscarle,
se esconde el firmamento de nuestros ojos más.

¡Las nubes solamente! - ¡Las nubes se acrecientan
sobre el dormido mundo! - Las nubes por doquier!
A cada instante que huye la lobreguez aumentan
y se las ve en montones sin límites crecer.

Ya montes gigantescos semejan sus contornos
al brillo de un relámpago que aumenta la ilusión
ya de volcanes cientos los inflamados hornos:
ya de movibles monstruos alígero escuadrón.

Ya imitan apiñadas de los espesos pinos
las desiguales copas y el campo desigual:
ya informes pelotones de objetos peregrinos
que mudan de colores, de forma y de local.

¿Qué brazo las impele?¿Qué espíritu las guía?
¿Quién habla dentro de ellas con tan gigante voz
cuando retumba el trueno y cuando va bravía
rugiendo por su vientre la tempestad veloz?

Acaso en medio de ellas a visitar los mundos
el Hacedor Supremo del Universo va,
y envuelto en sus vapores sus senos profundos
estudia y sus cimientos, por si caducan ya.

Acaso de su carro tras la viviente rueda
con impotente saña caminará Luzbel,
y por aquí al cegarle su resplandor no pueda
agolpará esas nubes entre su gloria y él.

Y acaso alguna de ellas será la formidable
que circundó la cumbre del alto Sinaí;
en tanto que el ardiente misterio impenetrable
que iluminó el profeta se fermentaba allí.

Acaso será alguna la que vertió en Sodoma
en inflamadas fuentes la cólera de Dios:
acaso sea alguna la que en los mares toma
las aguas de un diluvio que la acompaña en pos.

¡Señor, yo te conozco! La noche azul, serena,
me dice desde lejos: "Tu Dios se esconde allí".
Pero la noche oscura, la de nublados llena
me dice más pujante: "Tu Dios se acerca a ti".

Te acercas, sí; conozco las orlas de tu manto
en esa ardiente nube con que ceñido estás;
el resplandor conozco de tu semblante santo
cuando al cruzar el éter relampagueando vas.

Conozco, sí, tu sombra que pasa sin colores
detrás de esos nublados que vagan en tropel;
conozco en esos grupo de lóbregos vapores
los pálidos fantasmas, los sueños de Daniel.

Conozco de tus pasos las invisibles huellas
del repentino trueno en el crujiente son,
las chispas de tu carro conozco en las centellas,
la aliento en el rugido del rápido Aquilón.

¿Quién ante Ti parece?¿Quién es en tu presencia
más que una artista seca que el aire va a romper?
Tus ojos son el día; tu soplo es la existencia:
tu alfombra el firmamento: la eternidad de tu ser.

¡Señor!, yo te conozco, mi corazón te adora:
mi espíritu de hinojos ante tus pies está;
pero mi lengua calla, porque mi lengua ignora
los cánticos que llegan al grande Jehová.

Palomas de los valles, prestadme vuestro arrullo;
prestadme, claras fuentes, vuestro gentil rumor;
prestadme, amenos bosques, vuestro feliz murmullo;
y cantaré a par vuestro la gloria del Señor.

Si su hálito llegara al arpa del poeta,
si a mí, Señor, bajara tu espíritu inmortal,
mi corazón henchido del fuego del profeta
cantara, y no tuvieran sus cánticos igual.

Mi voz fuera más dulce que el ruido de las hojas
mecidas por las auras del oloroso abril,
más grata que del Fénix las últimas congojas,
y más que los gorjeos del ruiseñor gentil.

Más grave y majestuosa que el eco del torrente
que cruza del desierto la inmensa soledad,
más grande y más solemne que sobre el mar hirviente
el ruido con que ronca la ronca tempestad.

Mas, ¡ay!, que sólo puedo postrarme con mi lira
delante de esas nubes con que ceñido estás
porque mi acento débil en mi garganta espira
cuando al cruzar el éter relampagueando vas.

Tu espíritu infinito resbala ante mis ojos
y aunque mi vista impura tu aparición no ve,
mi alma se estremece, y ante tu faz de hinojos
tea dora en esas nubes mi solitaria fe.
 


Don Juan
 

En los años que han corrido
desde que yo le escribí,
mientras que yo envejecí
mi Don Juan no ha envejecido.
Y fama tal por él gozo
que se cree, a lo que parece,
porque Don Juan no envejece,
que yo he de ser siempre mozo:
y hoy el bravo Ducazcal
os anuncia en su cartel
que he de hacer aquí un papel,
que tengo que hacer ya mal.
Yo no soy ya lo que fuí:
y viendo cuán poco soy,
dejo a los que más son hoy
pasar delante de mi;
pues, por Dios,que por más brava
que sea mi condición,
la fiebre rinde al león,
la gota la piedra cava,
Aun latir mis bríos siento:
pero es ya vana porfía,
no puedo ya la voz mía
pedirle otra vez al viento:
y a quién me lo quiere oir
digo años ha por doquier,
que pierdo el sér de mi ser
y que me siento morir.
Pero nadie me hace caso
por más que hablo a voz en grito,
porque este D.Juan maldito
por doquier me sale al paso;
y ni me deja vivir
en el rincón de mi hogar,
ni deja un año pasar
sin dar de mí que decir.
Yo me apoco día a día,
y este bocón andaluz,
a quien yo saqué a la luz
sin saber lo que me hacía,
me viste con su oropel
y a la luz me saca consigo;
por más que a voces le digo
que ir no puedo a par con él.
Más tanto favor os debo
por él, que en verdad me obliga
a que algo esta noche os diga
de este insolente mancebo.
Oíd...es una leyenda
muy difícil de contar,
porque tiene algo a la par
de ridícula y de horrenda:
una historia íntima mía.
Yo era en España querido
y mimado y aplaudido...
y me huí de España un día.
Vivía a ciegas y erré:
y una noche andando a oscuras
tropecé en dos sepulturas
y de Dios desesperé.
Emigré: me dí a la mar;
y esperando en el olvido
una muerte hallar sin ruido,
en América fuí a dar.
No llevando allá negocio
ni esperanza a qué atender,
al tiempo dejé de correr
en la oscuridad y el ocio.
Once años anduve allí
vagando por los desiertos,
contándome con los muertos,
y sin dar razón de mí.
Los indios semisalvajes
me veían con asombro
ir con mi arcabuz al hombro
por tan agrestes parajes;
y yo en saber me gozaba
que nadie que me veía
allí, quién era sabía
el que por allí vagaba;
y esperé que de aquél modo
de mí y de mi poesía
como yo se olvidaría
a la fin el mundo todo.
Mi nombre, pues, con intento
de dejar perder, y en suma
sin papel, tinta, ni pluma,
ni libros ya en mi aposento,
bebía en mi soledad
de mis pesares las heces:
más tenía que ir a veces
del desierto a la ciudad.
Vivo el cuerpo, el alma inerte,
a caballo y solo, iba
como una fantasma viva,
sin buscar ni huir la muerte.
Y hago aquí esta narración
porque sirva lo que digo
a mis hechos de castigo,
y a modo de confesión.
Sobre mí a un anochecer
un nublado se deshizo,
y entre el agua y el granizo
me dejó una hacienda ver.
Eché a escape y me acogí
de la casa entre la gente,
como franca lo consiente
la hospitalidad allí.
Celebrábase una fiesta.
que en aquél país no hay día
que en hacienda o ranchería
no tengan una dispuesta;
y son fiestas extremadas
allí por su mismo exceso,
de las hembras embeleso,
de los hombres emboscadas.
Y a no ser de mi leyenda
 por no cortar la ilación,
hiciera aquí la descripción
de una fiesta en una hacienda,
donde nadie tiene empacho
de usar a gusto de todo;
porque son fiestas a modo
de las bodas de Camacho.
Allí acuden sin convite
buhoneros, comerciantes
y cirqueros ambulantes;
sin que a nadie se le quite
de entrar en corro el derecho,
de gastar de los abastos,
ni de colocar sus trastos
donde quiera que halle trecho.
Jamás se apaga el hogar,
jamás el servicio cesa;
siempre está puesta la mesa
para comer y jugar.
Por salas y corredores
se oye el son a todas horas
de carcajadas sonoras,
de onzas y de tenedores.
Todo es pelea de gallos,
toros, lazos, herraderos,
manganas y coleadores
y carreras de caballos;
y al fin de un día de broma
que nada en Europa iguala,
todo el mundo entra en la sala
y sitio en el baile toma.
Entré e hice lo que todos:
cuando creí que al sueño
 se iban a dar, di yo al dueño
 gracias por sus buenos modos:
mas mi caballo al pedir,
asiéndome por la mano,
me dijo el buen campirano
soltando el trapo a reír:
 "¿Y a quién hay que se le antoje
dejar ahora tal jolgorio'
Vamos, venga usté a la troje
y verá el Don Juan Tenorio."
Y a mi,que lo había escrito,
en la troje me metía;
y allí al paso me salía
mi audaz andaluz precito.
Mas ¡ay de mí, cuál salió!
Lo hacía un indio otomí
en jerga que el diablo urdió;
tal fué mi Don Juan allí,
que ni yo le conocí
ni a conocer me di yo.
Tal es la gloria mortal,
y a quién Dios se la confiere,
si librarse a ella quiere
se la torna Dios en mal.
A mí no me la tornó,
porque por mi buena suerte
del olvido y de la muerte
doquier Don Juan  me salvó.
¡Dios no quisó allá de mi!
 Y de mi patria el olvido
temiendo, como había ido
a mi patria me volví.
¡Feliz malogrado afán!
Al volver de tierra extraña,
me hallé que había en España
vivido por mi Don Juan.
Comprendí en su plenitud
de Dios la suma clemencia:
Don Juan había en mi ausencia
borrado mi ingratitud.
Monstruo sin par de fortuna,
mientras yo de España huía,
en España me ponía
en los cuernos de la luna.
Y ni fuerza ni razón
han podido derribar
tal ídolo del altar
que le ha alzado la opnión.
Pero hablemos con franqueza
hoy  que todo coadyuva
para aquí se me suba
a mí el humo a la cabeza:
Desvergonzado galán,
siempre atropella por todo
y de atajarle no hay modo;
¿ qué tiene, pues, mi Don Juan?
Del fondo de un monasterio
donde le encontré empolvado,
yo le planté remozado
en mitad de un cementerio:
y obra de un chico atrevido
que atusaba apenas bozo,
os parece tan buen mozo
 porque está tan bien vestido.
Pero sus hechos están
en pugna con la razón,
pero tal reputación
 ¿qué tiene, pues, mi Don Juan?
Un secreto con que gana
la prez entre los dos Juanes;
el freno de sus desmanes:
que Doña Inés es cristiana.
Tiene que es de nuestra tierra
el tipo tradicional;
tiene todo el bien y el mal
que el genio español encierra.
Que, hijo de la tradición,
es impío y es creyente,
es balandrón y es valiente,
y tiene buen corazón.
Tiene que es diestro y zurdo,
que no cree en Dios y le invoca,
que lleva el alma en la boca,
y que es lógico y absurdo.
Con defectos tan notorios
vivirá aquí diez mil soles;
pues todos los españoles
nos la echamos de Tenorios
y si en el pueblo le hallé
y en español le escribí
y su autor el pueblo fué...
¿por qué me aplaudís a mi?.
 


Corriendo van por la vega

 

Corriendo van por la vega
a las puertas de Granada
hasta cuarenta gomeles
y el capitán que los manda.

Al entrar en la ciudad,
parando su yegua blanca,
le dijo éste a una mujer
que entre sus brazos lloraba:

"Enjuga el llanto, cristiana
no me atormentes así,
que tengo yo, mi sultana,
un nuevo Edén para ti.

Tengo un palacio en Granada,
tengo jardines y flores,
tengo una fuente dorada
con más de cien surtidores,

y en la vega del Genil
tengo parda fortaleza,
que será reina entre mil
cuando encierre tu belleza.

Y sobre toda una orilla
extiendo mi señorío;
ni en Córdoba ni en Sevilla
hay un parque como el mío.

Allí la altiva palmera
y el encendido granado,
junto a la frondosa higuera,
cubren el valle y collado.

Allí el robusto nogal,
allí el nópalo amarillo,
allí el sombrío moral
crecen al pie del castillo.

Y olmos tengo en mi alameda
que hasta el cielo se levantan
y en redes de plata y seda
tengo pájaros que cantan.

Y tú mi sultana eres,
que desiertos mis salones
están, mi harén sin mujeres,
mis oídos sin canciones.

Yo te daré terciopelos
y perfumes orientales;
de Grecia te traeré velos
y de Cachemira chales.

Y te daré blancas plumas
para que adornes tu frente,
más blanca que las espumas
de nuestros mares de Oriente.

Y perlas para el cabello,
y baños para el calor,
y collares para el cuello;
para los labios... ¡amor!"

"¿Qué me valen tus riquezas
-respondióle la cristiana-,
si me quitas a mi padre,
mis amigos y mis damas?

Vuélveme, vuélveme, moro
a mi padre y a mi patria,
que mis torres de León
valen más que tu Granada."

Escuchóla en paz el moro,
y manoseando su barba,
dijo como quien medita,
en la mejilla una lágrima:

"Si tus castillos mejores
que nuestros jardines son,
y son más bellas tus flores,
por ser tuyas, en León,

y tú diste tus amores
a alguno de tus guerreros,
hurí del Edén, no llores;
vete con tus caballeros."

Y dándole su caballo
y la mitad de su guardia,
el capitán de los moros
volvió en silencio la espalda.

 


ORIENTAL

 

Corriendo van por la vega

a las puertas de Granada

hasta cuarenta gomeles

y el capitán que los manda.

Al entrar en la ciudad,

parando su yegua blanca,

le dijo éste a una mujer

que entre sus brazos lloraba:

-Enjuga el llanto, cristiana,

no me atormentes así,

que tengo yo, mi sultana,

un nuevo Edén para ti [...].

-¿Qué me valen tus riquezas,

respondióle la cristiana,

si me quitas a mi padre,

mis amigos y mis damas?

Vuélveme, vuélveme, moro,

a mi padre y a mi patria,

que mis torres de León

valen más que tu Granada [...].

-Si tus castillos mejores

que nuestros jardines son,

y son más bellas tus flores,

por ser tuyas, en León,

y tú diste tus amores

a alguno de tus guerreros,

hurí del Edén, no llores,

vete con tus caballeros [...].

 


Introducción a los “Cantos del Trovador”

 

¿Qué se hicieron las auras deliciosas
Que henchidas de perfume se perdían
Entre los lirios y las frescas rosas
Que el huerto ameno en derredor ceñían?
Las brisas del otoño revoltosas
En rápido tropel las impelían,
Y ahogaron la estación de los amores
Entre las hojas de sus yertas flores.

Hoy al fuego de un tronco nos sentamos
En torno de la antigua chimenea,
Y acaso la ancha sombra recordamos
De aquel tizón que a nuestros pies humea.
Y hora tras hora tristes esperamos
Que pase la estación adusta y fea,
En pereza febril adormecidos
Y en las propias memorias embebidos.

En vano a los placeres avarientos
Nos lanzamos doquier, y orgías sonoras
Estremecen los ricos aposentos
Y fantásticas danzas tentadoras;
Porque antes y después caminan lentos
Los turbios días y las lentas horas,
Sin que alguna ilusión de breve instante
Del alma el sueño fugitiva encante.

Pero yo, que he pasado entre ilusiones,
Sueños de oro y de luz, mi dulce vida,
No os dejaré dormir en los salones
Donde al placer la soledad convida;
Ni esperar, revolviendo los tizones,
Al yerto amigo o la falaz querida,
Sin que más esperanza os alimente
Que ir contando las horas tristemente.

Los que vivís de alcázares señores,
Venid, yo halagaré vuestra pereza;
Niñas hermosas que morís de amores,
Venid, yo encantaré vuestra belleza;
Viejos que idolatráis vuestros mayores,
Venid, yo os contaré vuestra grandeza;
Venid a oír en dulces armonías
Las sabrosas historias de otros días.

Yo soy el Trovador que vaga errante:
Si son de vuestro parque estos linderos,
No me dejéis pasar, mandad que cante;
Que yo sé de los bravos caballeros
La dama ingrata y la cautiva amante,
La cita oculta y los combates fieros
Con que a cabo llevaron sus empresas
Por hermosas esclavas y princesas.

Venid a mí, yo canto los amores;
Yo soy el trovador de los festines;
Yo ciño el arpa con vistosas flores,
Guirnalda que recojo en mil jardines;
Yo tengo el tulipán de cien colores
Que adoran de Estambul en los confines,
Y el lirio azul incógnito y campestre
Que nace y muere en el peñón silvestre.

¡Ven a mis manos, ven, arpa sonora!
¡Baja a mi mente, inspiración cristiana,
Y enciende en mí la llama creadora
Que del aliento del Querub emana!
¡Lejos de mí la historia tentadora
De ajena tierra y religión profana!
Mi voz, mi corazón, mi fantasía
La gloria cantan de la patria mía.

Venid, yo no hollaré con mis cantares
Del pueblo en que he nacido la creencia,
Respetaré su ley y sus aliares;
En su desgracia a par que en su opulencia
Celebraré su fuerza o sus azares,
Y, fiel ministro de la gaya ciencia,
Levantaré mi voz consoladora
Sobre las ruinas en que España llora.

¡Tierra de amor! ¡tesoro de memorias,
Grande, opulenta y vencedora un día,
Sembrada de recuerdos y de historias,
Y hollada asaz por la fortuna impía!
Yo cantaré tus olvidadas glorias;
Que en alas de la ardiente poesía
No aspiro a más laurel ni a más hazaña
Que a una sonrisa de mi dulce España.

 


A un torreón

 

Gigante sombrío, baldón de Castilla,
Castillo sin torres, ni almenas, ni puente,
Por cuyos salones, en vez de tu gente,
Reptiles arrastran su piel amarilla,
Dime: ¿qué se hicieron tus nobles señores,
Tus ricos tapices de sedas y flores;
Tu gente de guerra, tus cien trovadores
Que alzaron ufanos triunfante canción?
Tú estás en el valle cadáver podrido,
Guerrero humillado que el tiempo ha rendido,
Tu historia y tu nombra yaciendo en olvido;
El mundo no sabe que existe Muñón.
Tus pardas rüinas me son de tormento;
Con negros recuerdos corroen mi alma...
¡Tú estás en mi mente, maldecida palma,
Quemada del rayo, batida del viento!
Yo, errante poeta proscrito en el mundo,
Tal vez en el polvo de féretro inmundo,
Sin nombre, sin gloria, para siempre hundo
Mi frente, abrasada de inútil sudor,
¡Por ti, resto infame, fantasma de duelo,
Morada maldita de un ángel del cielo
Que amé y me robaron! ... ¡Maldito tu suelo,
Maldito tu nombre..., maldito mi amor!

Quédate, sí, en esa altura
A la vergüenza del llano,
Castillo sin castellano,
Matrona sin hermosura.
De ti el tiempo se rió,
Tus torres se derribaron,
Tus vasallos te ultrajaron,
Tu señor te abandonó.
Quédate, negro esqueleto,
De fértil vega mancilla,
A esa ermita de Castilla
Sin sacerdote, sujeto.
Sin pendones que ondear,
Sin blasones a la entrada,
Tu bóveda agujereada
No has podido sustentar.
Sin un eco en los salones,
Sin un soldado en el muro,
Hoy crece el arbusto impuro
Al pie de tus torreones.
Señor muerto en tierra ajena,
Olvidado de tu gente,
A pedazos, de tu frente
Roba el viento tu melena.
Y pasa a tus pies el hombre
Sin buscarte en su memoria,
Porque no leyó tu historia
Ni se acuerda de tu nombre.

Tú tienes uno, que en aciago día
En tu gastada piedra escribí yo,
Y el nombre de otro y la vergüenza mía
Con la tuya quedó.
Cuando mi labio le nombró, mentía;
Cuando mi mano le grabó, mintió;
Hoy... ya no existe; en su carrera impía
El tiempo le arrastró

Y ese nombre celestial
Que el tiempo devoró al fin,
Una mujer, por mi mal,
Le arrebató a un serafín;
El huracán de la vida
Sólo dejó ¡oh mi querida!
Para mi eterno tormento,
En prenda de maldición,
Tu nombre en mi pensamiento,
Tu amor en mi corazón.
 


Soledad del campo

 

¡Salve, fértil campiña y prado ameno,
Crespo collado, y valle, y soto umbrío,
Donde de cuitas e inquietud ajeno,
Libre vagaba el pensamiento mío!
¡Salve, y las leves auras te murmuren,
Y el sol te dé riquísimos colores,
Y abundosas las lluvias, te aseguren
Tu cosecha de espigas y de flores!
¿Quién me diera ¡ay de mí! tu sombra oscura,
Donde tornara al que perdí reposo?
¿Quién me tornara ¡oh soto! a la frescura
De tu arbolado suelo tan frondoso?
¿Quién me diera el pacífico murmullo
De tus olmos mecidos mansamente,
De tus palomas el sentido arrullo,
Y el grato son de tu escondida fuente?
Cuando en tu blanda hierba recostado,
Lejos de los impúdicos festines,
En apacible trino regalado
Me adormían los sueltos colorines.
Y yo les vía en las latientes plumas
Sostenerse, y picar la espesa grama,
Y turbar del remanso las espumas,
Y en el árbol saltar de rama en rama.
¡Ay, cuánto habrán los afanosos días
Hollado tanta gala y donosura!
¡Cuántas tormentas, al pasar bravías,
Habrán roto tan frágil hermosura!
¡Cuán mal sonara ya mi voz mundana
Bajo ese techo de hojas campesino,
Sobre esa alfombra espléndida y liviana
Que reverdece arroyo cristalino!
¡Ah! ¡Lejos ya de mí tan torpe empeño!
Apagaré el compás del arpa loca,
Y de tus aves el sabroso sueño
No turbarán los himnos de mi boca.
¡Contento quedaré con saludarte,
Con ver de lejos tu silvestre pompa!.....
Tal vez ¡oh fresco soto! al contemplarte,
En lágrimas de amor cansado rompa.
¡Que nada son los fáciles laureles
Con que el mundo nos brinda lisonjero,
Si al prestarnos su manto de oropeles
Rasga y desnuda el corazón primero!
Cuando seguí, desatentado y loco,
Del mundano placer las torpes huellas,
Aprendí que el placer vale bien poco.....
Siempre al pisarlas resbalaba en ellas.
Y siempre, cuando en orgía estrepitosa
La perfumada copa levantaba,
Al apartarla de la faz jugosa,
En el vaso tina lágrima encontraba.
Y siempre el son de la caliente fiesta,
Las canciones, la báquica armonía,
Me hacía apetecer la blanda siesta
Y el rumor de los olmos me traía.
Y siempre en su cantarla cortesana,
Y siempre en su tañer la danza impura,
Me acordaba la música villana
Con que la amena soledad murmura.
Que allí la hermosa con mentidas flores
La sien tocaba y el desnudo cuello,
Sin pedir a sus cálices olores
Con que aromar las hebras del caballo.
Que allí los ruiseñores, suspendidos
Entre grillos y cárceles de oro,
Con el ronco tumulto ensordecidos
No soltaban el cántico sonoro.
Y el aire que aspirábamos pesado,
Nos abrasaba al aspirarle el pecho,
Y el inmenso salón entapizado
Érale al corazón pobre y estrecho.
Y allí también cansado, suspiraba
¡Oh deleitable soledad campestre!
Por el sosiego y paz que en ti gozaba
Bajo tu tosco pabellón silvestre.
¡Oh, que me place, soledad sabrosa,
Del fresco soto y del sombrío ameno,
La tibia luz y el aura bulliciosa
Que alumbra y riza tu enramado seno!
Allí miraba mi infantil pupila
En el fondo de lóbrega laguna,
Cuál resbalaba en ilusión tranquila,
La turbia imagen de la blanca luna.
Allí crecían las sonantes cañas,
La verde juncia y la amistosa hiedra,
Do tejen campesinas las arañas
Su estrecha red entre horadada piedra.
Allí venía el silbador mosquito,
Y en tanto que en los hilos se enredaba
Acechábale oculta, de hito en hito,
La cazadora ruin que lo esperaba.
Allí vía, constante en su fatiga,
Ir y venir por la vereda usada
A lentos pasos la afanosa hormiga
Con la futura provisión cargada.
Y allí en la rama que la noche fría
Con niebla moja y con el aura enjuga,
Yo al sol del alba columpiarse vía
En baba frágil la vellosa oruga.
Y allí también, sin fueros de jardines,
Vía huertos con parras entoldados,
Do había pabellones de jazmines
De las paredes ásperas colgados.
Y allí brotaban escondidas violas,
Lirios azules, rosas purpurinas,
Jacintos y sangrientas amapolas,
Madreselva y fragantes clavellinas.
Y sus líquidas trenzas derramando,
Cruzábale un arroyo, y amarillas,
El césped de la margen salpicando,
Mil vistosas le orlaban florecillas.
Y allí andaba la suelta mariposa,
Libre de flor en flor volando ufana,
Su librea ostentando revoltosa,
De oro y de azul, de púrpura y de grana,
Ya posaba en los altos mirabeles,
Ya esquivaba al pasar las otras flores,
Avergonzando lirios y claveles
Sus puros y magníficos colores.
Y arrastrando su alcázar en la espalda,
El perezoso caracol salía
Del fresco surco a la pintada falda
A bañarse en el sol de mediodía.
Y sobre alguna fácil eminencia
Extendiendo su cuerpo transparente,
Tornaba a bendecir la omnipotencia,
Los elásticos ojos al Oriente.
Y allí zumbando la oficiosa abeja
Entre los frutos del jardín opimos,
La blanca miel que en sus panales deja
Chupaba en los espléndidos racimos.
¡Oh silencio! ¡Oh pacífica ventura!
¡Oh soledad del campo deleitosa!
En ti, de la inquietud de su locura,
El fatigado corazón reposa.
¿Quién me tornará a la enramada umbría
Donde ecos tuvo mi cantar primero?
¡Acaso alegre el arpa sonaría
Al blando son del céfiro ligero!
Mas ¡ay! que acaso en apartados climas,
Por la importuna suerte arrebatado,
He de cantar en lamentosas rimas
La patria soledad que habré dejado.
¡Adiós, entonces, venturoso suelo
Donde libre nací, pero desnudo;
Cúbrate en paz el compasivo cielo,
En tanto que de lejos te saludo!
¡Salve, fértil colina y prado ameno,
Crespo collado, y valle, y soto umbrío,
Donde de cuitas e inquietud ajeno,
Libre vagaba el pensamiento mío!
¡Salve, y las leves auras te murmuren,
Y el sol te dé riquísimos colores,
Y abundosas las lluvias, te aseguren
Tu cosecha de espigas y de flores!
 


A una mujer

 

Ayer el alba amarilla,
Al anunciar la mañana,
Pintaba de tu ventana
El transparente cristal;
Ayer la flotante brisa
Daba a la atmósfera olores,
Meciendo las gayas flores
Sobre el tallo desigual.

Ayer, al rumor tranquilo
De la corriente vecina,
En la orilla cristalina
Se bañaba el ruiseñor;
Y pájaros, flores, fuentes,
Saludando al nuevo día,
Le prestaban armonía
En cambio de su color.

Ayer era el sol brillante,
El cielo azul y sereno,
El jardín fresco y ameno,
Y delicioso el vivir;
Eras tú niña y hermosa,
Sin rubor sobre la frente,
Tu velar era inocente,
Inocente tu dormir.

Tú reías y cantabas,
Niña o ángel en el suelo,
Y tus risas en el cielo
Eran guirnaldas tal vez:
Estrellas eran tus ojos,
Cántico vago tu acento,
Blando perfume tu aliento,
Luz de la aurora tu tez.

Entonces, niña, en tu mente
No resonaban las horas,
Ni apenaban seductoras
Fantasmas al corazón;
No te pintaba tu sueño
Entre la sombra callada
Un suspiro, una mirada
En voluptuosa ilusión.

Para ti no había tiempo,
Todo era paz, todo flores,
No había infierno de amores,
Ni fastidio del placer;
Un poeta te cantaba
Melancólicos cantares,
Y la voz de sus pesares
No comprendías ayer.

¡Pobre niña! ¿Qué se han hecho
Los delirios de tu infancia?
¿Qué has hecho de tu fragancia,
Marchita olvidada flor?
Tus hojas yacen quemadas,
Tu cáliz vacío y seco,
Tu tallo quebrado y hueco,
El sol no te da color.

Niña de los negros ojos,
¿A qué viniste a la tierra?
Rosa nacida entre abrojos,
¿Qué esperas del mundo, di?
Una brisa corrompida,
Fétida, hedionda, te mece,
Tu aroma se desvanece.....
¿Quién demandará por ti?

Ángel mío, vuelve al cielo
Antes que el mundo te vea,
Que los placeres del suelo
Placeres malditos son.
¡Oh! Por el gozo de un día
No compres, no, tu tormento;
El cielo es sólo, ¡alma mía!,
De los ángeles mansión.

¡Hoy es tarde!.... ¡Eres mujer!
Leo en tu frente humillada
El porvenir de la nada
Entre las huellas de ayer.
Veo en tu rostro bullir
Ese torcedor secreto.....
¡Tu velar es hoy inquieto,
Es inquieto tu dormir!
Lívida está tu mejilla,
En desorden tus cabellos.....
Mujer, mal prendida en ellos
Olvidada, una flor brilla.
Anoche, en vez de oración,
Desesperada en el lecho,
Exhalaste de tu pecho
Sacrílega maldición.
Que en el cristal transparente
Contemplastes aterrada
Del negro crimen grabada
La marca infame en la frente.
Que mal sujeta a tus flores
Entre tus gasas y lazos,
Rasgando van a pedazos
Tu hermosura los dolores.
¡Ay! Inútilmente lloras
El desvanecido encanto;
Entre las ondas del llanto
No vuelven, mujer, las horas.
Dióte el mundo oro y placeres
Cumpliendo al fin tus afanes,
Ídolo de los galanes,
Envidia de las mujeres;
Y a luz salistes ufana
Con tu hermosura ¡oh mujer!
Sin acordarte de ayer,
¡Y sin pensar en mañana!
¡Ay! En la tumba concluyen
El gozar y el padecer
Del mundo vano,
Y los vicios nos destruyen
Y nos matan ¡oh mujer!
Tarde o temprano.

Y tú, caída palmera......
Porque vendiste tu amor
A precio infame,.
Has querido, vil ramera,
Que a tus puertas el dolor
Más presto llame.
..........................

Tal vez lúbrico magnate
Te inundó por un placer
De oro y cariño,
Y mientras su rey combate,
Él te cobija, mujer,
Bajo su armiño.

Tal vez coronada frente
Descansó en tu impuro pecho,
Tu amor comprando,
Y hoy el mendigo indigente
Te negará el pobre lecho,
Tu frente hollando

Pasaron, niña, los días,
Con ellos las ilusiones
Infantiles,
Con ellos vienen impías
Las tormentas y aquilones
De tus abriles.

Con ellos llanto y dolores,
Remordimiento, amargura
Y desengaños:
Que en sus pliegues roedores,
Gala, placer y hermosura
Hunden los años.

¡Murió! La voz de la fatal campana
Apagó su memoria y en oración;
Nadie su nombre buscará mañana;
Yace su tumba en fétido rincón.
Aquel clamor fatídico y doliente
Se plegó entre las flores del jardín,
Vibró con los cristales de la fuente,
Rodó sobre los brindis del festín.
Y en oculto elegante gabinete,
Brusco y agudo penetró también,
Y se estrelló entre el humo del pebete
De alguna hermosa en la tocada sien.
Pero una sola lágrima, un gemido
Sobre sus restos a ofrecer no van,
Que es sudario de infames el olvido.....
¡Bien con su nombre en su sepulcro están!
 


Margarita la tornera

(Tradición)

Invocación

¡Espíritu sublime y misterioso

que del aire en los senos escondido

templas su voz, prestándole armonioso

eco gigante o soñoliento ruido;

arcángel cuyo canto melodioso

el orbe arrulla ante tus pies tendido,

inspira tú palabras a mi acento,

gratas como la música del viento!

Porque, ¿quién como tú me las darías?

Tú, cuya voz dulcísima murmura

en la quietud de la floresta umbría,

y del bosque salvaje en la espesura,

y en los gemidos de la mar bravía,

y en los murmullos de la sombra oscura.

Y cuando tiene inspiración o acento

tonos te pide para usar su aliento.

¿Quién como tú la inspiración me diera,

y la armonía celestial y santa,

y la robusta entonación severa

de que carece mi mortal garganta?

Cruzar los lindes de tu azul esfera,

medir audaz la inmensidad que espanta,

no osara, no, mi pensamiento vano

sin el auxilio de tu santa mano.

Y tú, radiante y peregrina estrella,

María de los mundos soberana,

Madre sin mancha, compasiva y bella,

a quien adoro en ilusión lejana

cual faro santo que en mi fe destella,

mi voz perdona, si mi voz profana

osa hablar de tu amor y tu hermosura

con lengua pobre, terrenal e impura.

Sé que mis ojos, inmortal Señora,

la gloria manchan de tu faz divina;

indignos, ¡oh celeste Emperadora!,

son de mirar tu sombra peregrina;

no merece mi lengua pecadora

ser alfombra a tu planta cristalina,

mas deja al fin, ¡oh luz de mi esperanza!,

que alce un himno mi voz en tu alabanza.

¡Venid los que lloráis! Oíd mi canto

los que creéis en la virtud y el Cielo;

venid, almas transidas de quebranto,

venid a oírme y hallaréis consuelo;

veréis lucir tras la tormenta oscura

un rayo de esperanza y de ventura.

 


LA CARRERA DE AL-HAMAR

 

Lanzóse el fiero bruto con ímpetu salvaje

ganando a saltos locos la tierra desigual,

salvando de los brezos el áspero [ramaje

a riesgo de la vida de su jinete real.

Él con entrambas manos le recogió el rendaje

hasta que el rudo belfo tocó con el pretal;

mas todo en vano: ciego, gimiendo de coraje,

indómito al escape tendióse el animal.

Las matas, los vallados. las peñas, los arroyos,

las zarzas y los troncos que el viento descuajó,

los calvos pedregales, los cenagosos hoyos

que el paso de las aguas del temporal formó,

sin aflojar un punto ni tropezar incierto,

cual si escapara en circo a la carrera, abierto,

cual hoja que arrebatan los vientos del desierto,

el desbocado potro veloz atravesó.

Y matas y peñas, vallados y troncos

en rápida, loca, confusa ilusión,

del viento a los silbos, ya agudos, ya roncos,

pasaban al lado del suelto bridón.

Pasaban huyendo cual vagas quimeras

que forja el delirio. febriles, ligeras,

risueñas o torvas, mohínas o fieras.

girando, bullendo, rodando en montón.

Del álamo blanco las ramas tendidas,

las copas ligeras de palmas y pinos.

las varas revueltas de zarzas y espinos,

las yedras colgadas del brusco peñón,

medrosas fingiendo visiones perdidas,

gigantes y monstruos de colas torcidas,

de crespas melenas al viento tendidas,

pasaban en larga fatal procesión.

Pasaban, sueños pálidos, antojos

de la ilusión: fantásticos e informes

abortos del pavor: mudas y enormes

masas de sombra sin color ni faz.

Pasaban de Al-hamar ante los ojos,

pasaban aturdiendo su cabeza

con diabólico impulso y ligereza,

en fatigosa hilera pertinaz.

Pasaban y Al-hamar las percibía

pasar, sin concebir su rapidez,

en más vertiginosa fantasía,

en más confusa y tumultuosa orgía,

más juntas, más veloces cada vez;

y atronado su espíritu cedía

a la impresión fatídica, y corría

frío sudor por su morena tez.

Y en su faz estrellándose el viento,

la ponía en nerviosa tensión,

y cortaba el camino al aliento,

prensaba el cansado pulmón;

y, golpeando en sus sienes sin tiento

de su sangre el latido violento,

sus oídos zumbaban con lento

y profundo y monótono son.

Ya creía que, huyendo el camino

del corcel bajo el cóncavo callo,

galopaba sobre un torbellino,

mantenido en su impulso no más;

ya creía que el negro caballo,

por la ardiente nariz y los ojos

despidiendo meteoros rojos,

rastro impuro dejaba detrás.

Ya sorbido por denso nublado,

con la lluvia, el granizo y centellas

de que lleva su vientre preñado,

cree que va fermentando a la par;

nubes cruza tras nubes, y en ellas,

del turbión al impulso sujetos,

mira mil nunca vistos objetos

remolinos eternos formar.

De este vértigo horrible transido

caminaba a las riendas asido,

en los corvos estribos seguro

y entre el uno y el otro borrén

empotrado, dejando abatido

por el bruto llevarse en lo oscuro;

y empezaba a perder el sentido

del escape mareado al vaivén.

Rendido y las fuerzas perdiendo

al vértigo intenso cedió;

y loco el cerebro sintiendo,

los ojos cerrar no pudiendo,

la ciega mirada fijó,

tenaz contracción manteniendo

no más su equilibrio, y corriendo

cual otro fantasma siguió.

Y espacios inmensos cruzando,

y atrás a la tierra dejando,

las vallas de sombra saltando

que cercan el mundo mortal,

creyóse su mente perdida

en tierra jamás conocida,

región de otra luz y otra vida,

de atmósfera limpia e igual.

Y vio que un alba serena

con blanquísimos reflejos

amanecía a lo lejos

en esta nueva región:

y el alma, exenta de pena

cruzando el éter tranquilo,

volaba a un eterno asilo

en otra inmortal mansión.

Suavísimo arrobamiento,

deliquio dulce invadióle,

y encima del firmamento

en el Edén se creyó.

Luz vaga alumbró su mente,

y ante los ojos pasóle

el Paraíso esplendente

que Mahomad visitó.

El místico y nocturno

viaje del Profeta

juzgó que iba a su turno

sobre el Borak a hacer

y la ilusión sujeta

a lo que de él relata.

la bóveda de plata

de un cielo empezó a ver.

Los astros vio suspensos

de auríferas cadenas

y sus lumbreras llenas

de espíritu de luz

espíritus inmensos

en formas de caballos,

de corzos y de gallos

de enorme magnitud.

Vio islas encantadas

flotando en los espacios,

con templos de topacios

y muros de marfil:

y casas fabricadas

de nacar, cuyas puertas

de ébano dan abiertas

sobre jardines mil.

Allí sobre alhamíes

de cedro y palo-rosa,

bajo la sombra undosa

del tilo y del moral,

yacer vio a las huríes

que, a mil amores tiernas,

conservarán eternas

su gracia virginal.

Y atravesó campiñas

fresquísimas y amenas,

de bosques de ámbar llenas

y cerros de cristal.

y prodigiosas viñas,

que en frutos dan opimos

las perlas en racimos

en tallos de coral.

Vio grutas pintorescas

por Sílfides moradas.

cubiertas sus portadas

bajo el flotante tul

de mil cascadas frescas

que, atravesando prados

de hermoso añil sembrados,

van tintas en su azul.

Caer las vio en riberas

donde reposan mansos

los monstruos y las fieras

de tierra, viento y mar:

y en plácidos remansos,

el sueño entreteniéndolas,

vio cisnes y oropéndolas

bañarse y juguetear.

Y vio dorados peces

en tumultuoso bando

a flor del agua a veces

pacíficos nadar.

y a veces elevando,

por cima de las olas

los lomos y las colas,

la orilla salpicar.

Vio luego estos ríos

crecer sin vallares,

perdiéndose en mares

de leche y de miel:

y en ellos navíos

do van los amores

meciéndose en flores

de uno a otro bajel.

Murmullo tras ellos

levantan sonoro

mil góndolas de oro,

de concha y marfil,

do van Silfos bellos

bogando con velas

de chales y telas

de seda sutil.

Espuma levantan,

inquietos remando,

los mil gondoleros

que van tripulando

los barcos veleros;

y danzan ligeros

y armónicos cantan

alegre canción

Y mil gayas aves,

que siguen las naves,

al sol esponjando

sus plumas distintas

de mil varias tintas

de azul, gualda y oro,

imitan en coro

del cántico el son.

Al lejos el viento

responde a su acento

allá en la arboleda

moviendo rumor

y el eco, que atento

en lo alto se queda,

burlón le remeda

cual sabe mejor.

El cuadro divino,

la paz, la ventura,

perfume, frescura

y luz celestial

de aquel peregrino

país, torna pura

al rey granadino

la calma vital.

Y en rápido vuelo

pacífico y blando,

los aires surcando

se siente llevar

y ve que, sin suelo

do fije el caballo

el áspero callo,

cruzando va el mar.

Del líquido el fondo

contempla pasando

y alcanza mirando

del agua al trasluz

el álveo redondo,

que puebla radiante

cohorte flotante

de peces de luz.

Sutiles vapores

le impelen suaves,

y costas y naves

se deja detrás:

y espacios mayores

cruzando en su vuelo,

aborda del cielo

las costas quizás.

Avanza, y niebla,

pálida ve

que el aire puebla,

según pie a pie

ganando va

aquel extenso

espacio inmenso

do errando está:

y le parece

que se ennegrece

mar, niebla y viento

en torno de él,

que se acrece

cada momento

el movimiento

de su corcel.

Anochece,

y oscurece

más apriesa

cada vez

el ambiente.

que se espesa

con creciente

lobreguez.

El camino

desaparece:

y, sin tino

ni destino

que comprenda,

sobre senda

audazmente

carrilada

por un puente

de movible

tirantez.

tan delgada

como el hilo

en que se echa

descolgada

una oruga,

como arruga

que en tranquilo

lago tiende

como hiende

su agua el pez,

tan estrecha

como el filo

de una espada,

como flecha

disparada.

cual centella

desatada,

va sin huella

perceptible

el perdido

Nazarita,

con horrible

e infinita

rapidez.

Es el puente

de la vida

que la gente

a luz venida

ha por fuerza

de pasar.

El que intente

y haga entera

su carrera,

y de frente

sin caída

la salida

logre hallar,

por las puertas

celestiales

a las huertas

inmortales

como un ángel

ha de entrar

las delicias

eternales

y los gustos

perenales

de los justos

a gozar.

A este paso

tan estrecho,

(cuyo escaso

corto trecho

es camino

tan dudoso

de cruzar,

pero fallo

riguroso

del destino

y ley santa

que acatar),

se adelanta

vigoroso

el caballo

misterioso

de Al-hamar.

Temeroso

de mirar,

espumoso,

siempre hirviente,

rebramando

eternamente

y azotando

siempre el puente

con horrísono

bramar,

bajo de él

hierve el mar.

Israfel

allí está

para ver

el que va

sin caer,

y pasar

no dejar

al infiel:

y he aquí

que por él

va a pasar

el corcel

de Al-hamar.

Llega, avanza:

ya se lanza,

ya en él entra,

ya se encuentra

suspendido

sobre el puente

sacudido

por el piélago

bullente,

cuyo cóncavo

rugido

se levanta

sin cesar.

Aturdido,

sin mirar

a la indómita

corriente

que le espanta,

sin osar

aspirar

el ambiente

que le anuda

la garganta,

sin que acuda

tierra o cielo

en su ayuda,

vuela y pasa,

justiciero

Rey prudente,

juez severo

y valiente

caballero,

el primero

de la casa

de Nazar.

El puente

vacila:

el príncipe

oscila,

perdido

el sentido,

demente,

transido

de horror.

Ya toca

la opuesta

ribera:

ya poca

carrera

le cuesta.

¡Valor!

Ya llega:

le ciega

el pavor.

¡Ah! ¡Dadle

favor!

¡Salvadle,

Señor!

Saltó.

Pasó

con bien

y allá

cayó

de pie.

Salvo

fue

¡Oh!

Ya

¿quién

ve

do

va?

 


Para verdades el tiempo y para justicias Dios

Tradición


I


Juan Ruiz y Pedro Medina,
dos hidalgos sin blasón,
tan uno del otro son
cual de una zarza una espina.
Diz que Pedro salvó a Juan
la vida en lance sangriento;
prendas de tanto momento,
amigos por cierto dan.
Pasan ambos por valientes
y mañeros en la lid,
y lo han probado en Madrid
en apuros diferentes.
Ambos pasan por iguales
en valor y en osadía,
pero en fama de hidalguía
no son lo mismo cabales,
Que es Juan Ruiz hombre iracundo,
silencioso por demás,
que no alzó noble jamás
el gesto meditabundo.
Ancha espalda, corto cuello,
ojo inquieto, torvas cejas,
ambas mejillas bermejas,
y claro y rubio el cabello.
Y aunque lleva en la cintura
largo hierro toledano,
dale, brillando en su mano,
más villana catadura.
Y aunque arrojado y audaz
en la ocasión, rara vez
carece su intrepidez
de son de temeridad.
Ágil, astuto o traidor,
hijo de ignorada cuna,
debe acaso a su fortuna
mucho más que a su valor.
Presentóse ha pocos años
de Indias advenedizo,
diz que con nombre postizo
cubriendo propios amaños.
Mas vertió lujo y dinero
en festines y placeres,
aunque fue con las mujeres
más falso que caballero.
Hoy pasa, pobre y obscuro,
una existencia común,
y medra o mengua según
los dados le dan seguro
Hombre de quien saben todos
que vive de mal vivir,
mas nadie sabrá decir
por cuáles o de qué modos.
Modelos en amistad
ambos para el vulgo son,
mas con Pedro es la opinión
menos rígida en verdad.
Porque es Pedro, aunque arrogante
y orgulloso en demasía,
mozo de más cortesía
y más bizarro talante.
De ojos negros y rasgados
con que a quien mira desdeña,
nariz corta y aguileña,
con bigotes empinados.
Entre sombrero y valona
colgando la cabellera,
y alto en gesto en tal manera,
que cuando cede perdona.
Mas si sombras de matón
tales maneras lo dan,
tiénela más de galán
por su noble condición;
Que no hay en Madrid mujer
que un agravio recibiera,
que a su espada no tuviera
satisfacción que deber;
Ni hay ronda ni magistrado
que en revuelta popular
no le haya visto tomar
ayuda y parte a su lado.
Tales son Ruiz y Medina,
de quienes, por concluir,
fáltame sólo decir
que amaban a Catalina.
Es ella una moza obscura,
de talle y de rostro apuesta,
mas tan gentil como honesta,
y como agraciada pura.
Amala Ruiz, pero calla,
acaso porque su amor,
para mujer de su honor
palabras de amor no halla.
Él con ansia la contempla
al abrigo del embozo,
pero el ímpetu de mozo
ante su virtud se templa;
Que es tan dulce su mirar,
que su luz por no perder,
cuando se quiso atrever
sólo se atrevió a callar.
Y es tan flexible su acento,
que para no interrumpirle,
tener es fuerza, al oírle,
con los labios el aliento.
Medina, que fue soldado
sobre Flandes por Castilla,
y a los usos de la villa
de más tiempo acostumbrado,
Suplicóla tan rendido,
tan cortés la enamoró,
que ella amor le prometió
como él fuere su marido.
«Eso sí, ¡por San Millán!»,
dijo Pedro con denuedo;
y la calle de Toledo
tomó en resuelto ademán.

II


Contento Pedro Medina
con su amorosa ventaja,
más a carreras que a pasos
iba cruzando la plaza.
Saltábale el corazón
a cada paso que daba,
y frotábase ambas manos
bajo la anchurosa capa.
Los labios le sonreían,
y los ojos le brillaban
al reflejo que en el pecho
despide la amante llama.
Las gentes le hacían sitio
porque cerca no pasara,
que según iba resuelto
que fuese audaz recelaban.
Mas él va tan divertida
en sus amores el alma,
que ni ve dónde tropieza,
ni cara de los que pasan.
Topó al volver una esquina
una vieja, y al dejarla
derribada en tierra dijo:
«Nos casaremos mañana.»
Enredóselo el estoque
en el manto de una dama,
y rasgándole una tercia,
echóla un voto de a vara.
Así dando y recibiendo
encontrones y pisadas,
dió por fin con la hostería
donde su amigo jugaba.
Fue a la mesa, y preguntando
a Juan si pierde o si gana,
pidió vino y añadióle:
«Cuando acabes, dos palabras «
Recogió Juan sus monedas,
y terciándose la capa,
sentóse al lado de Pedro,
diciendo bajo:-¿Qué pasa?
-Me caso, dijo Medina.
Miróle Juan a la cara,
y frunciendo entrambas cejas,
tosió, sin responder nada.
-¿Qué piensas? preguntó Pedro.
-En ti y tu mujer pensaba,
contestó Juan suspirando,
con voz ronca y apagada.
-¿Supondrás que es Catalina?
-Y lo siento con el alma.
-¡Cómo!
-Porque tengo celos.
-¡Por San Millán!
-Yo la amaba.
-¿Y ella?
-Nunca se lo dije;
pero ocurrióseme.....
-¡Acaba!
-Para decirla mi amor
escribirla hoy una carta.
Callaron ambos: Medina
remedio al caso buscaba,
el codo sobre la mesa,
sobre la mano la barba.
Al fin, como quien resuelve
negocio que aflige y cansa
pidió papel y tintero,
diciendo a Juan:-¡Por mi alma,
que en mi vida en tal apuro
vacilar tanto pensaba;
y a no serte tú quien eres,
metiéralo a cuchilladas;
pero escribe, y que responda
a cuál de nosotros mata!
Escribió Juan, mas rasgando
al mejor tiempo la carta,
-Echemos, dijo, los dados,
y al que la mayor le caiga,
si es a mí, la escribo al punto,
si es a ti, Pedro, te casas.
Tiró Juan y sacó nueve;
y asiendo el vaso con rabia,
tiró Pedro y sacó doce,
con que los dos se levantan.
Y atravesando la turba,
que curiosa los cercaba,
parten la callo en silencio
dándose entrambos la espalda.

III


Son, a mi pensar, los celos
delirio, pasión o mal,
a cuyo influjo fatal
lloraran los mismos cielos.
A manos de tal pasión,
el más cuerdo desespera,
pues quien con celos espera,
atropella su razón.
Si con celos esperar
es importuna porfía,
ceder celoso en un día
cuanto se amó, no es amar.
De celos verse morir,
y en silencio padecer,
son celos tan de temer,
cuanto duros de sufrir.
Y así, con celos amar
vale casi aborrecer;
pero con celos ceder,
es igual que delirar.
Y si otro favorecido
goza el bien que se perdió,
se habrá el disfavor sentido,
mas perdido el amor no.
Porque en quien goza favor
sobra tal vez confianza,
y celos sin esperanza,
suelen guardar más amor.
Si favor nunca tuvimos,
aun es suerte más cruel,
porque vemos ahora en él
cuanto bien haber pudimos.
Y así, pienso que son celos
delirio, pasión o mal,
a cuyo influjo fatal
lloraran los mismos cielos.
Por eso llora Juan Ruiz,
celoso y desesperada,
el bien que Pedro ha ganado,
más galán o más feliz.
Por eso en la soledad
se mesa barba y cabellos,
sin mirar que no está en ellos
su amante fatalidad.
¡Oh! ¡Que no fueron antojos
sus amorosos desvelos,
que el amor que hoy le da celos,
entróle ayer por los ojos.
«Y ¿por qué no me atreví?
clama el triste en su aflicción,
¡y hoy acaso esta pasión
pudiera arrancar de mí!
»Mas volveré, ¡vive Dios!
Pero ¿qué he de conseguir,
si la he dejado elegir
marido de entre los dos?»
Y a su despecho tornando,
semejábase, en su afán,
una fiera a quien están
dentro la jaula acosando.
Sin darse el triste solaz,
cruzaba el cuarto sin tino,
pero no hallaba camino
de dar al ánima paz.
Silbaba al dejar rabioso
paso al comprimido aliento,
y hollaba con pie violento
el pavimento ruinoso.
Iba adelante y atrás
sin reflexión que le acuda,
a la par pidiendo ayuda
a Cristo y a Satanás.
Túvose un momento al fin,
y en el temblor que le aqueja
se ve bien que se aconseja
con un pensamiento ruin.
Volvió a girar otra vez,
y otra a tenerse volvió;
en esto dobló un reloj
en una torre las diez.
Entonces, quedando fijo,
exclamó en la obscuridad:
«Hoy se casan, es verdad,
hace un mes que me lo dijo.»
Ciñó con esto el acero
con desdén a la cintura,
y salióse a la ventura,
la vuelta del matadero.

IV


Es una noche sin luna,
y un torcido callejón
donde hay en un esquinazo
agonizando un farol.
Un balcón abierto a medias,
por los vidrios de color
arroja al aire en tumulto
de danza el confuso son.
Se oye el compás fugitivo
que llevan con pie veloz
los que danzan descuidados
dentro de la habitación,
y se ven cruzar sus sombras
una a una y dos a dos,
en fantástica carrera
y monótona ilusión.
La casa es la de Medina,
que en ella a fiesta juntó
sus amigos y parientes
después de transpuesto el sol.
Allí con franca algazara
festeja a la que adoró,
de quien aguarda esta noche
prendas de cumplido amor.
Está la niña galana
cual nunca el barrio la vio,
suelto en rizos el cabello,
que exhala fragante olor;
la falda de raso blanco,
y acuchillado el jubón,
con vueltas de terciopelo
azul, de cielo el color;
con una hebilla de plata
ajustado el cinturón,
de donde baja en mil pliegues
un encaje en derredor;
y de un lazo de corales,
que Pedro la regaló,
lleva en una cruz de oro
la imagen del Redentor.
Tanta ventura en un día
nunca Pedro imaginó,
y así anda desatentado
girando en la confusión.
A cada vuelta se mira
en los ojos de su amor,
y en la luz de aquellos soles
se le quema el corazón.
Y en fin, para concluir,
se cantó, cenó y bailó,
como es costumbre en las bodas
desde entonces hasta hoy;
hasta que, cansados unos
del baile, otros del calor,
las viejas del tardo sueño,
los músicos de su son,
los muchachos de la bulla,
y los novios del honor
que les hacen sus amigos
en tan preciosa ocasión,
despidiéronse uno a uno
echando sobre los dos
más bendiciones que plagas
causó a Egipto Faraón.
Quedáronse entrambos solos
la amada y el amador,
por vez primera en la vida
a merced de su pasión.
Mirábala embelesado
el moroso español,
trémulo el rostro de gozo
y de dicha el corazón;
mirábale ella anhelante,
encendida de rubor,
húmedos los negros ojos
con ternísima afición;
él, diciéndola: «¡Alma mía!»,
diciéndole ella: «¡Mi sol!»,
entre el son de ardientes besos
de regalado sabor.
En esto, en la estrecha calle
temible ruido sonó
de voces y cuchilladas
en medrosa confusión.
Y al angustiado lamento
de uno que grita: «¡Favor!
¡Ayudadme, que me matan!»
Pedro a la calle bajó
con el estoque en la diestra
y en la siniestra el farol.
Asomóse Catalina
amedrentada al balcón,
llamando a Pedro afanosa,
de algún daño por temor.
Alzó Medina la cara,
y la luz con ella alzó,
pero apenas el reflejo
dio en el rostro de su amor,
una estocada traidora
por el costado le entró.
Lanzó un grito el desdichado
que partía el corazón;
lanzó la hermosa un gemido
de intensísimo dolor,
y el moribundo Medina,
volviendo el gesto a un rincón,
hacia una imagen de Cristo,
de quien devoto vivió,
dijo expirando: «Soy muerto.
¡Acorredme, santo Dios!»,
y quedó tendido en tierra
sin movimiento y sin voz.
Alzóse a su lado un hombre,
y diciendo en ronco son:
«¡Maldita sea mi alma!»,
mató la luz y escapó.

V


Tuvieron así los años,
uno, dos, tres, hasta siete,
embozada en el misterio
aquella impensada muerte.
En vano acudieron pronto
vecinos a socorrerle,
para vengarle los hombres,
para mentir las mujeres.
En vano salieron unos
casi desnudos a verle,
y otros salieron jurando,
armados hasta los dientes.
Nada sirvieron entonces
ni jubones ni broqueles;
Medina quedó sin vida,
y sin justicia el aleve.
En vano son las pesquisas
de los irritados jueces,
en vano son los testigos,
las citas y los papeles.
En vano el caso averiguan
una, dos, tres, quince veces;
cada vez más se confunden
los golillas y corchetes.
En vano sobre la rastra
anduvieron diligentes,
olfateando la presa,
los alanos de las leyes;
porque todos son testigos,
todos declaran contestes,
todos son los agraviados,
mas ninguno delincuente.
Hubo alborotos por ello,
y pendencias más de veinte,
mas Pedro quedó sin vida,
y sin justicia el aleve.
Catalina le lloraba,
desconsolada y doliente,
minutos, horas y días,
noches, semanas y meses.
Un año estuvo en el lecho
con accesos de demente,
y un año a su cabecera
veló Juan Ruiz sin moverse.
Dio con la puerta en los ojos
a padrinos y parientes,
diciendo: «Mientras yo viva,
no faltará quien la vele.»
Y en vano lo murmuraron
de tal conducta las gentes;
Juan se mantuvo constante
a la cabecera siempre,
sin que a sondear su alma
alcanzara algún viviente
a través de la reserva
y el misterio que mantiene.
Curóse al fin Catalina,
y el tiempo, que tanto puede,
siendo remedio y sepulcro
de los males y los bienes,
volvió la luz a sus ojos,
y el pudor volvió a su frente,
y el talismán de la risa
a sus labios transparentes;
y salió ufana diciendo
a cuantos por verla vienen,
que la vida con que vivo,
sólo a Juan Ruiz se la debe.
Este, a pretexto de amigo
del triste que en polvo duerme,
no se aparta de su lado
hasta que la noche viene.
Entonces, a lentos pasos
la esquina inmediata tuerce,
y en las revueltas del barrio
como un fantasma se pierde.
Mas no faltó en él alguno
que a media voz se atreviese
a decir que cuando pasa
por ante el Cristo, se tiene,
y el embozo hasta los ojos,
el sombrero hasta las sienes,
cruza azaroso la calle
como si alguien le siguiese.
En estas conversaciones,
cada vez menos frecuentes,
pasaron al fin los años,
uno, dos, tres, hasta siete.

VI


Pagada la Catalina
de amistad tan firme y tierna,
de tanto afán y desvelos,
de tan rendida fineza,
escucho a Juan una tarde,
los ojos fijos en tierra,
dulces palabras de amores
de la balbuciente lengua.
Instó un día y otro día,
quedó siempre sin respuesta;
volvió a sus ruegos Juan Ruiz,
volvió a su silencio ella.
Pasóse un mes y. otro mes,
y tornó Ruiz a su tema,
y tornó a callar la niña
entre enojada y risueña.
Mas tanto lidió el galán,
tanto resistió la bella,
que al cabo la linda viuda
dijo a Juan de esta manera:
«Puesto que es muerto Medina
(¡Dios en su gloria le tenga!),
y por siete años cumplidos
mi fe le he guardado entera,
y él ha visto nuestro amor
allá de la vida eterna,
os daré, Juan Ruiz, mi mano,
y mi corazón con ella.
Amigo de Pedro fuisteis,
y yo os debo la existencia,
conque es justo, a mi entender,
os cobréis entrambas deudas.»
Púsose Juan Ruiz de hinojos
a los pies de la doncella,
y asiéndola las dos manos,
humildemente la besa.
Acordáronse las bodas,
mas Catalina aconseja
que sean cuando él quisiese,
pero que sin ruido sean.
Las malas mañas o antojos,
o tarde o nunca se dejan,
y Juan en su mocedad
gustó de bulla y de fiesta.
Así, aunque pocos convida
para que a las bodas vengan,
buscó unos cuantos amigos
que lo alegraran la mesa.
Trajo vinos los mejores
y viandas las más frescas,
y apuntó, por hora fija
de noche las diez y media.
Gustaba Juan sobre todo
de cabezas de ternera,
y asábalas con tal maña,
que a cualquier gusto pluguieran.
Gozaba en esto gran nombre
entre la gente plebeya,
de tal modo, que lo daban
el apodo de Cabezas.
Ocurrióle a media tarde
darse a luz con tal destreza
y embozándose en la capa,
salió en busca de una de ellas.
Mataban aquella tarde
en el Rastro una becerra;
compró el testuz, y cubrióle,
asido por una oreja.
Volvió a doblar el embozo,
y contento con la presa,
de la calle en que vivía
tomó rápido la vuelta.
Iba Juan Ruiz con la sangre
dejando en pos roja huella,
que marcaba su camino
sobre las redondas piedras.
En esto, entrando en su barrio,
al doblar una calleja,
dos ministros de justicia
le pasaron muy de cerca.
Él siguió y pasaron ellos,
advirtiendo con sorpresa
la sangre con que aquel hombre
el sitio que anda gotea.
El siguió y tornaron ellos
por sobre el rastro que deja,
hasta entrar en otra calle
obscura, sucia y estrecha.
En un rincón embutida,
a la luz de una linterna,
de Cristo crucificado
se ve la imagen severa.
Paróse Juan; los corchetes,
que en el mismo punto llegan,
viendo que duda y vacila,
en faz de preso le cercan.
-¡Fuera el embozo! gritaron.
Muestre a la luz lo que lleva.
Volvió los ojos al Cristo
Juan, y helósele en las venas,
a una memoria terrible,
cuanta sangre hervía en ellas.
-¡Fuera el embozo! repiten,
y él, acongojado, tiembla,
sintiendo un cambio espantoso
que pasa en su mano mesma.
Quiso hablar, y atropellado,
un «¡dejadme!» balbucea.
Deshiciéronle el embozo,
y mostrando Ruiz la diestra,
sacó asida del cabello,
de Medina la cabeza.
-¡Acorredme, santo Dios!
grita aterrado, y la suelta;
mas la cabeza, oscilando,
entre los dedos le queda.,
-¡Yo le maté, clamó entonces,
hoy ha siete años, por ella!
Y sin voz ni movimiento
cayó desplomado en tierra.

CONCLUSIÓN


Y así fue que aquella noche
de sangrienta confusión,
en que al ruido de una riña
Pedro a la calle bajó
con el estoque en la diestra
y en la siniestra el farol,
no era en ella otro que Ruiz
quien llevaba lo mejor.
Como un imán a una aguja
arrastra constante en pos,
como una serpiente a un pájaro,
a un paloma un halcón,
entorpecen y fascinan
sin que ala ni pie veloz
para huirle les acudan,
a impulsos de su pasión
anduvo así Juan vagando
de la fiesta en derredor.
Y oía por las ventanas
de danza el confuso son,
y vía cruzar las sombras
una a una, y dos a dos,
en fantástica carrera
y monótona ilusión.
Así lloraba acosado
de sus celos y su amor,
cuando oyó de una pendencia
vivo y cercano rumor:
cerróse en ella a estocadas
tan sin acuerdo y razón,
que a cuantos hubo a las manos,
adelante se llevó.
En esto acudió Medina,
y Catalina al balcón,
de la suerte recelando,
acelerada salió.
Mas al ver cuál afanosa
curaba ella de otro amor,
cegaron a Ruiz los celos,
el despecho le embriagó,
y al tiempo que alzaba Pedro,
el brazo con el farol,
matóle a la faz de Cristo,
como villano, a traición.
De entonce, en los siete años
después del hecho traidor,
ni una sola vez, de miedo,
por ante el Cristo pasó.
Llegó la primera al cabo,
y en ella al cielo ocasión
de mostrar que hay infalibles
tribunales sólo dos,
de irrevocables sentencias
sin cotos ni apelación.
Para verdades, el TIEMPO,
y para justicias, DIOS.
 


Don Juan Tenorio (1844)

ESCENA XII (Primera Parte - Acto I)

(fragmento: D. Juan relata su historia)

 

Como gustéis, igual es,
que nunca me hago esperar.
Pues, señor, yo desde aquí,
buscando mayor espacio
para mis hazañas, di
sobre Italia, porque allí
tiene el placer un palacio.
De la guerra y del amor
antigua y clásica tierra,
y en ella el Emperador,
con ella y con Francia en guerra,
díjeme: «¿Dónde mejor?
Donde hay soldados hay juego,
hay pendencias y amoríos».
Di, pues, sobre Italia luego,
buscando a sangre y a fuego
amores y desafíos.
En Roma, a mi apuesta fiel,
fijé entre hostil y amatorio,
en mi puerta este cartel:
Aquí está don Juan Tenorio
para quien quiera algo de él.

De aquellos días la historia
a relataros renuncio;
remítome a la memoria
que dejé allí, y de mi gloria
podéis juzgar por mi anuncio.
Las romanas caprichosas,
las costumbres licenciosas,
yo gallardo y calavera,
¿quién a cuento redujera
mis empresas amorosas?
Salí de Roma por fin
como os podéis figurar,
con un disfraz harto ruin
y a lomos de un mal rocín,
pues me quería ahorcar.
Fui al ejército de España;
mas todos paisanos míos,
soldados y en tierra extraña,
dejé pronto su compaña
tras cinco o seis desafíos.
Nápoles, rico vergel
de amor, de placer emporio,
vio en mi segundo cartel:
Aquí está don Juan Tenorio,
y no hay hombre para él.
Desde la princesa altiva
a la que pesca en ruin barca,
no hay hembra a quien no suscriba,
y cualquier empresa abarca
si en oro o valor estriba.
Búsquenle los reñidores;
cérquenle los jugadores;
quien se precie que le ataje,
a ver si hay quien le aventaje
en juego, en lid o en amores.

Esto escribí; y en medio año
que mi presencia gozó
Nápoles, no hay lance extraño,
no hubo escándalo ni engaño
en que no me hallara yo.
Por dondequiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.
Ni reconocí sagrado,
ni hubo razón ni lugar
por mi audacia respetado;
ni en distinguir me he parado
al clérigo del seglar.
A quien quise provoqué,
con quien quiso me batí,
y nunca consideré
que pudo matarme a mí
aquel a quien yo maté.
A esto don Juan se arrojó,
y escrito en este papel
está cuanto consiguió,
y lo que él aquí escribió,
mantenido está por él.

 


El crepúsculo de la tarde

 

Sentado en una peña de este monte
Tapizado de enebros y maleza,
Estoy viendo en el cárdeno horizonte
Reverberar el sol en su grandeza.

Y allá esconde su luz tras la colina,
Y se cree que su sombra nos oculta
Otra región luciente y cristalina
Do airado el sol su púrpura sepulta.

Arde la cima; el horizonte extenso
Trémulo brilla con purpúrea lumbre;
Un mar de grana le circunda inmenso,
Y un piélago de sol flota en la cumbre.

El sol se va; su rastro luminoso
Ha quedado un instante en su camino:
¿Quién seguirá en su curso misterioso
La infinita inquietud de su destino?

El sol se va; la sombra se amontona;
Las nubes en opacos escuadrones
Avanzan al ocaso, y se abandona
La atmósfera a sus rápidas visiones.

Si es que despiden a la luz del día,
Si atropellan la luz porque se acabo,
Si son cifras de paz o de agonía,
Desde el Sumo Hacedor nadie lo sabe.

El sol se va; las nieblas se levantan;
Los fuegos del crepúsculo se alejan;
Murmura el árbol y las aves cantan;
Y ¿quién sabe si aplauden o se quejan?

Gime la fuente, y silban los reptiles
Que guarda entre sus algas la laguna,
Y las estrellas por Oriente a miles
Trepan en pos de la inocente luna.

El sol se va; ya en ilusión tranquila,
De aérea nube entre el celaje gayo
Que tras su lumbre con afán se apila,
Desmayado pintó su último rayo.

Adiós, fúlgido sol, gloria del día!
Duerme en tu rico pabellón de grana;
Ora nos dejas en la noche umbría,
Pero radiante volverás mañana.

Húndete en paz, ¡oh sol! que yo te espero;
Yo sé que volverás de esas regiones
Do allende el mar, como a inmortal viajero,
Te esperan otro mar y otras naciones.

Y te esperan allá porque allá saben
Que al hundirte en la playa más lejana
Les dejas en tinieblas porque alaben
La nueva luz que les darás mañana.

Yo sé que volverás, ¡luz de los cielos!
Y ese volcán con que tu ocaso llenas
Del alba al desgarrar los tenues velos,
Cinta será de blancas azucenas,

Ve en paz, y allá te encuentres bulliciosa
Otra feliz desconocida gente,
Que ora tal vez pacífica reposa
A la luz de la luna transparente.

Ve en paz, ¡oh rojo sol! si allí te esperan:
Que allí, tras otros mares y otros montes,
Derramados tus rayos reverberan
En otros infinitos horizontes.

Tú alumbras las recónditas riberas
Donde una gente indócil y atezada
Alza en medio de bosques de palmeras
Las tiendas en que duerme descuidada.

Tú alumbras las medrosas soledades
Donde no crecen árboles ni flores,
Donde ruedan las roncas tempestades
Sobre un vasto arenal sin moradores.

Tú alumbras en sus márgenes cercanas
Un pueblo altivo que a tu luz vasallo
Te muestra sus bellísimas sultanas
En el secreto harán de su serrallo.

Tú ves el blanco y voluptuoso seno
De la europea en su niñez cautiva,
El rojo labio de suspiros lleno,
La frente avergonzada, pero altiva.

Tú ves la indiana de ébano orgullosa
Con su tostada y vívida hermosura,
Que entre dos labios de encendida rosa
Asoma de marfil su dentadura.

Tú alumbras esas danzas y festines
En que negras y blancas confundidas
Unas de otras se ven en los jardines
Cual sombra de sus cuerpos desprendidas.

Tú alumbras los recuerdos portentosos
De Atenas, de Palmira y Babilonia,
Y a par te esperan, de tu lumbre ansiosos,
Monstruos de Egipto y cisnes de Meonia.

Te esperan las cenizas de Corinto,
Las playas olvidadas de Cartago,
Y del chino el recóndito recinto,
Y el salvaje arenal del indio vago.

Te esperan de Salén los rotos muros,
Del muerto mar los ponzoñosos riscos,
Que de los pueblos de Gomorra impuros
Son a la par sepulcros y obeliscos.

Tú sabes dónde están las calvas peñas
En donde los primeros cenobitas,
De Cristo tremolaron las enseñas,
Alcázares tornando sus ermitas.

Tú sabes el origen de las fuentes,
Los mares que no surcan raudas velas,
En qué arenas se arrastran las serpientes,
Y en qué desierto vagan las gacelas.

Tú sabes dónde airado se desata
El ronco y polvoroso torbellino,
Dónde muge la excelsa catarata,
Por dónde el hondo mar se abre camino

Mas ya en tu ocaso tocas y te alejas;
Ante ese inmenso pabellón de grana,
Cuán ciego sin tu luz ¡oh sol! me dejas....
Mas vete en paz, que volverás mañana.

¡Mañana! ¡Y en tanto crecen
Esos fantasmas de niebla
Con que el ambiente se puebla
En fantástico tropel!
Y se agolpan esas nubes
Que acaso al sol atropellan,
Se confunden y se estrellan,
Despeñándose tras él.

¡Mañana! Y de aquesta sombra
Entre el denso opaco velo,
No veo. el azul del cielo,
Valles, ni montes, ni mar.
¡Mañana! Y ora encerrado
En esta atmósfera oscura,
Sé que existe la hermosura,
Sin poderla contemplar.

¡Mañana! Y en esta noche
Tan tenebrosa en que quedo,
Me acongojan y dan miedo
La noche y la soledad;
Doquier que vuelvo los ojos,
Doquier que tienda una mano,
Miro y toco el ser liviano
De la negra oscuridad.

Siento que a mi lado vagan
Fantasmas que no conozco;
Veo luces que se apagan
Al intentarlas seguir;
Percibo voces medrosas
Que entre la niebla se pierden,
Sin saber lo que recuerden
Ni lo que intenten decir.

Siento herirme la mejilla
Un soplo vago y errante,
Como un suspiro distante
De alguien que pasa por mí.
Tiemblo entonces, temo y dudo;
Mis años y mis momentos
Me tienen mis pensamientos
En estrecha cuenta allí.

¿Qué negro sueño es aquéste,
Qué delirio el que padezco?
Esta sombra que aborrezco,
¿Cuándo pasa? ¿Adónde va?
La siento sobre mi frente
Que en masa gigante rueda,
Y siempre sobre mí queda,
Siempre ante mi vista está.

En la sombra, me dijeron,
Se delira y se descansa,
El pesar duerme y se amansa,
La aflicción toca en placer:
En la sombra estamos solos,
No nos oyen ni nos miran,
Todos los ecos conspiran
Nuestro mal a adormecer.

Mas yo aquí conmigo mismo,
Oigo y veo, toco y siento
A mi propio pensamiento
Y a mi propio corazón:
No estoy solo, no descanso,
Me oyen, me ven, no deliro.....
Y estos fantasmas que miro,
¿Qué me quieren? ¿Quiénes son?

Oigo el agua que murmura,
Siento el aura que se mueve,
Miro y toco, y sombra leve
Hallo sólo en derredor;
Busco afanoso, y no encuentro;
Pregunto, y no me responden:
¡Ay! ¿Dó están, y dó se esconden
Los consuelos del dolor?

No sé; que el cielo encapotan
Esas nubes cenicientas
Que se arrastran turbulentas
Por la atmósfera sutil;
No sé....; mas siento que todos
Los recuerdos de mi vida,
En tropa descolorida
Me asaltan de mil en mil.

No sé; porque ¡no es reposo
Este nocturno tormento
Que el escuadrón macilento
De mis recuerdos me da!
¡Tantas imágenes bellas
Que giran en mi memoria!
¡Tantas creencias de gloria
Que son ilusiones ya!

Flores marchitas del tiempo,
De olor exquisito y sumo,
Que pasaron como el humo,
Que no volverán jamás.....
Sol, tú has hundido tu frente
Tras la espalda de ese monte;
Mañana en el horizonte
Otra vez te elevarás.

Sol, ¡mañana más radiante,
En los brazos de la aurora
Tornará tu encantadora
Soberana esplendidez!
Sol, tú ruedas por los cielos;
Mas por el cielo que pueblas,
Yo tropiezas con las nieblas
De esta vaga lobreguez.

Sol, tú vuelves más sereno
De tu viaje cotidiano;
Sol, tú no esperas en vano
Que volverás desde allí.
Sí, tú volverás mañana;
Mas al, tocar en tu Oriente,
¿Sabes tú, sol refulgente,
Si mañana estaré aquí?

Mas vota en paz, ¡oh sol! baja tranquilo
Por ese rastro de esplendente grana:
Yo en esta roca buscará un asilo
Hasta que vuelvas otra vez mañana.

Me han dicho que en la noche silenciosa
Los espíritus vagan en el viento,
Que flotan en la niebla misteriosa
Sílfides blancas de aromado aliento,

Que las aéreas sombras bienhadadas
De los que eran aquí nuestros amigos,
Vienen sobre las brisas desatadas,
Del nocturno reposo a ser testigos.

Me han dicho que en los bosques apartados,
En las márgenes frescas de los ríos,
Por el agua y las hojas arrullados,
En torno de los árboles sombríos,

Danzan alegres, de su paz gozando,
Y a los que en vida, con afán querían,
Desde la turba de su alegre bando
Ilusiones dulcísimas envían.

Y dicen que esos son los halagüeños
Fantasmas que en la noche nos embriagan,
Esos los blancos y amorosos sueños
Que en nuestra mente adormecida vagan.

Tal vez será verdad; vendrán acaso
Nuestra vida a endulzar esas visiones,
Y de una estrella al resplandor escaso,
Entonarán sus mágicas canciones.

Sí; tal vez a sus madres amorosas
Colmarán de purísimos cariños
Las transparentes sombras vaporosas
De los risueños inocentes niños.

Tal vez venga el esposo enamorado
Al triste lecho de la esposa viuda
A darla en paz el beso regalado
Que en su labio agostó la muerte ruda.

Tal vez sean en voz esos suspiros
Con que la oscura soledad resuena,
Y en aliento esa brisa a cuyos giros
Mansa murmura la floresta amena

Tal vez será verdad; pero a mí ¡triste!
Que no me vela amante y cuidadosa
Esa sombra que a alguno en paz asiste,
Amigo, hermano, idolatrada esposa;

A mí, que no me cercan esos vagos
Benéficos fantasmas de la noche,
Que en las ondas se mecen de los lagos,
o de la flor en el cerrado broche;

A mí ¡triste de mí! no me acompañan
Esas sombras de amor, blancas y bellas,
Porque mi adusta soledad extrañan,
Porque yo velo mientras vagan ellas.

Yo no tengo una madre ni un amigo
Que deje los alcázares del cielo,
Y en nocturna visión venga conmigo
A prestarme en mi afán calma o consuelo

Yo, a quien los suyos ofendidos lloran,
A quien no deben más que su amargura,
Recelo de los mismos que ¡no adoran,
Temo el misterio de la sombra oscura.

No hallo en ella ni sílfides, ni magas,
Que en esas solitarias ilusiones
Sólo siento en redor torvas y vagas
Las memorias de hiel de mis pasiones.

No quiero sombra. ¡Oh noche, te aborrezco!
Odio la luz de tu tranquila luna,
Ante tus bellas sombras me estremezco,
Porque no tienes para mí ninguna.

Yo espero al sol; baja refulgente,
Revestido de pompa soberana;
Yo espero al sol, que por el, rojo Oriente
Vuelve a nacer espléndido mañana.

Yo amo la luz, y el cielo, y los colores,
Detesto las tinieblas, amo el día;
Todas en él las auras son olores,
Todos en él los ruidos armonía.

Entonces reverbera el manso río,
Abren su cáliz rosas y azucenas,
Y las lágrimas puras del rocío
Bordan sus hojas, de perfume llenas.

Yo espero al sol; entonces se levanta
L tierra a saludarle perezosa,
Y el ruiseñor entre los olmos canta,
Y llena blando son la selva umbrosa.

Yo espero al sol, porque su luz gigante
Me deslumbra y embriaga y enloquece,
Y al seguirle en su curso rutilante,
Mi pesar en el pecho se adormece.

Sol..., ¡inmortal y espléndido viajero!
Yo como tú me perderé sin tino,
Iré, desconocido pasajero,
Sin término vagando y sin camino.

Ya bramen los revueltos temporales,
Ya murmuren las brisas perfumadas,
Ya cruce por desiertos arenales,
Ya me pierda en florestas encantadas;

En los mullidos lechos de un serrallo,
En la triste mansión de una mazmorra,
Altivo triunfador, servil vasallo,
Negra fortuna o liberal me acorra,

Te buscaré a través de las cadenas,
Bajo los ostentosos pabellones,
Del río por las márgenes amenas
Y a través de los rotos murallones.

Yo buscaré tu lumbre soberana
Del mar tras los cristales movedizos,
Y soñando a los pies de una sultana,
En la espiral de sus flotantes rizos.

Y tal vez de un proscrito los cantares
Desde unas costas lúgubres y solas,
Lleguen, cruzando los inmensos mares,
A sus queridas playas españolas.

¡Feliz entonces si a la fin pasados
Mis locos, criminales extravíos,
De mis fúnebres cánticos tocados,
Les merezco una lágrima a los míos!

Conjuraré a los céfiros ligeros
De aquellas selvas a la mar vecinas,
Y a los rápidos bandos pasajeros
De las sueltas y pardas golondrinas.

Que ingrato a cuanto amé, solo y perdido,
Un verdugo alimento en mi memoria;
Y para hundirla entera en el olvido,
Loco deliro un porvenir de gloria.

Gloria o sepulcro ¡oh, sol! busco anhelante;
Gloria o tumba tendrá mi audacia insana.
Si buscas mi destino, ¡oh sol radiante!
Yo estaré aquí; levántate mañana.
 


A la estatua de Cervantes

I

Esa es su sombra.....; el alma, avergonzada
Para más no volver, huyóse al cielo:
Solitaria, sombría, abandonada,
Esa fantasma se encontró en el suelo.

Si es pedestal o túmulo, se ignora;
Mas sin duda temieron que, indignado,
De la piedra en que está salte a deshora,
Según se ve de hierros circundado.
No bajará, que es noble y caballero,
Y lidió por su patria el buen poeta;
Acaso no encontrara un compañero
Al pie del pedestal que le sujeta.
Tal vez no hallara un digno castellano
Libre y valiente a quien llamar amigo,
A quien tender la cercenada mano,
A quien llevar en pos al enemigo.
Por eso eleva la tostada frente
Al firmamento azal noble y tranquila,
Y no mira por eso transparente
Apagada a la luz la ancha pupila.
CERVANTES le llamaron otros días,
Yerta figura con ajeno nombre,
Como su original arrastra impías
-Horas de duelo en la mansión del hombro.
Ayer cruzaba libre e ignorado
La turba ociosa y soldadesca inquieta
Dentro de su armadura de soldado,
O envuelto en sus harapos de poeta.
Hoy en la inmoble colosal figura
Derramada la lluvia se destrenza,
Y está sombrío en pie sobre la altura,
Como sacan un reo a la vergüenza.
El pueblo ve a sus pies, negro milano
Que a la boca asomó de un hormiguero,
Y quiere el ojo comprender en vano
Cómo allí se cobija un pueblo entero.
Y siente la carroza del magnate
Rodar, y se estremece a su carrera,
Y soldados que marchan al combate
Que equipados de farsa los creyera.
Y abajo, entre los árboles perdidos,
Como sueños pasar contempla inquietas
Las sombras de políticos caídos,
Las parodias de sabios y poetas.
Y una lágrima acaso en su mejilla
Alumbra el sol bajando al Occidente,
Al contemplar su revocada villa
Sin porvenir, alegre o indolente.
Hubo un CERVANTES cuando aquél vivía,
Cuando en vez de esos hierros era un hombre;
Llamáronle poeta, y poseía
Una espada y un libro con su nombre.
Su espíritu brotó con la tormenta
Y le escondió en su seno el torbellino,
El sepulcro su mano abrió violenta,
Y hoy resuena su cántico divino.
¿Por qué no le dejaron con su sueño
En el sepulcro donde en paz dormía?
¿A qué traerle con tenaz empeño
A sufrir otra vez la luz del día?
¿A qué su sombra de la tumba-alzaron
Estúpidos los hombres o altaneros?
Para ahuyentar los siglos que pasaron,
Y escarnecer los siglos venideros.
Hombre de hierro que velas
El sueño del mundo impío,
Que ves con gesto sombrío
Crímenes que no revelas;
Cuya negra frente calva
Sufre en paz el sol que arde,
La roja luz de la tarde,
La amarilla luz del alba;
¿Qué piensas del mundo, di?
Tú que le dejaste ya,
Cuya voz no se alzará,
Cuya sombra quedó aquí.
¿Qué piensas de ese magnate
Que ha perdido el sol de un día
Embriagado en una orgía
Mientras su nación combate?
¿Qué piensas tú de esos reyes
Que arrastra un frenado bruto
Entre vírgenes de luto
Huérfanas hoy por sus leyes?
¿Qué piensas, genio inmortal,
De ese pueblo soberano
Que abre paso a su tirano
Sin levantar un puñal?
Dime, coloso de hierro,
A quien condena la suerte
A sufrir desde la muerte
En tu patria tu destierro,
¿No es cierto que allá en su afán
Espera tu desconsuelo
Que te arrastre por el suelo
Un revoltoso huracán?

 

II


Tu nombre tiene el pedestal escrito
¡En extranjero idioma por fortuna!
Tal vez será tu nombre un sambenito
Que vierta infamia en tu española cuna.
¡Hora te trajo a luz desventurada!
¿Español eres?... Lo tendrán a mengua,
Cuando a tu espalda yace arrinconada
Tu cifra en signos de tu propia lengua.
¡Serás acaso un busto aparecido
Entre las ruinas de la antigua Roma,
Recuerdo que los tiempos han roído,
Que algún rico libró de la carcoma!
Maldita es tu misión sobre la tierra;
Los que mueren, sus males acabaron,
Todos sus restos su sepulcro encierra.....
Los tuyos del sepulcro los robaron.

Helo allí que se levanta
Como fantasma furioso,
Que magulla con su planta
Los que a su morada santa
Van a turbar su reposo.
Porque su nombre y su gloria
Sólo al tiempo las vendió,
Para dejar su memoria
Grabada en oro en la historia,
Que escrita en el fango, no.
Que por eso en su amargura
Abortó un libro coloso,
Que a su renombre asegura
En las edades reposo.
Cuando los siglos le lean
Hará que los siglos vean
En su cubierta roída,
En caracteres gigantes
Dos genios con una vida,
Un Quijote y un Cervantes.
Y si entre la espesa bruma
De esta edad que bulle inquieta,
De hediondo mar alba espuma,
El genio de otro poeta
Despliega su blanca pluma;
Si algún bardo colosal
Levanta entro la tormenta
Su cántico celestial,
De una centuria sangrienta
Salmodiando el funeral;
Cuando el tiempo, hombre sombrío,
El orbe rompa a pedazos,
Que sostenido en tus brazos
Huya su cuchillo impío;
Y en el día de furor,
Cuando al eco atronador
De la funeral trompeta
Se junte el mando en un valle,
Mándale al mundo qué calle,
Y dile que era un POETA.