Julián Sanz del Río (1814-1869)

Textos


Discurso pronunciado en la Universidad Central de Madrid

Inauguración del año académico de 1857 a 1858

 

Excmo. e Ilmo. Señor:

La ley reúne hoy en este lugar a padres e hijos, a maestros y discípulos, y a la sociedad, madre y maestra de todos, para inaugurar el año octavo de la Universidad Central de España, y honrar la memoria de Institutos seculares, que han vinculado en el nuestro, junto con su nombre, todas las grandes épocas de las Ciencias y Letras españolas.

Pensemos, en esta hora de descanso entre los siglos pasados y futuros, lo que debemos a la enseñanza recibida de los primeros, y lo que esperan de la nuestra los segundos. Vengamos a esta hora y a este lugar con la agradecida memoria de los maestros que nos precedieron, y la esperanza viva en los que ocuparán mañana nuestro puesto vacante, y enriquecerán nuestra herencia con pensamientos verdaderos, sentimientos elevados, propósitos firmes, durables, que puedan aspirar a la eternidad y sean dignos de ella. Sólo Dios, presente a todos los tiempos, sabe hacer el uso último de cada hora útil de la vida, y ordenarlas todas con justa medida en el plan bienhechor de su Providencia. Nosotros, levantándonos a la consideración de los siglos, para proyectar cada nueva obra y la del presente año, ejercitamos la más noble excelencia de nuestra naturaleza, venimos al tiempo con la idea de la eternidad, recreamos nuestras fuerzas en la virtud divina, para vencer la propia limitación, que nos cierra a cada paso el camino, y para convertir las oposiciones históricas en armonías llenas de verdad y de bien, a cuyo conocimiento y fiel cumplimiento es obligado el hombre en la luz de la razón, en la voz de la conciencia, dentro de sí mismo, en medio de la Naturaleza y de la Historia. Permitiéndonos Dios levantar hacia él nuestro pensamiento y voluntad, nos impone el deber de prepararnos con esta piadosa aspiración a la tarea anual que hoy inauguramos.

En este sentido, y en este fin último religioso nada tiene de más ni diferente la obra de la Ciencia y la Enseñanza entre las restantes obras sociales, que bajo sus respectivas instituciones llenan nuestra vitalidad histórica y ofrecen la parte de tributo debido por cada una a nuestra civilización cristiana e ilustrada, y a nuestra Humanidad. Porque toda obra útil que derrama alguna luz, o trae algún bien, o funda alguna armonía en la vida, es en su más alto sentido y en sus últimas consecuencias obra religiosa, sienta una piedra en la edificación de la Historia universal, cuyos cuerpos centrales son la Ciencia y el Arte, cuyas piedras angulares son el Derecho, la Moral, la Religión; y ningún Instituto ni hecho humano es entero, sólido y durable, si no es preparado con este superior sentido, si no es, lo primero de todo, orientado hacia este polo eterno de la vida.

Abriéndose para nosotros hoy las puertas de la Ciencia, no se nos cierran las puertas de la sociedad; entramos en un santuario del gran templo, como cuando entramos en el santuario de la Justicia o en el santuario de las Leyes, y lo significa el involuntario respeto con que nos acercamos a su recinto para escuchar a los que hablan en nombre del espíritu que allí reina, y recoger las bellas inspiraciones que despierta en nosotros su voz solemne, y que, pasando con viva y recreadora efusión del pensamiento a la palabra, nos revelan el fondo real de nuestra naturaleza, simpática con toda verdad, bondad y belleza en la vida. Durante algún tiempo este lugar, silencioso y desierto, ha estado guardado por el genio tutelar de nuestra institución; que no se hizo tan gran fábrica sólo para recibir muchos hombres en ella, sino para ser digna morada de una idea divina, y señal visible de que esta idea vive entre nosotros y quiere ser por todos honrada y cultivada, como es honrada la idea del Derecho en el templo de la Justicia, la idea del Poder en el templo de las Leyes, la idea de la Unidad social en el trono de los Monarcas.

A este culto y honor de la Ciencia damos hoy nuestro espíritu y ánimo, y hasta la compostura y hábito exterior, con intención unánime, con diferentes afectos e impresiones. La sociedad acude a ofrecernos su leal y reanimador testimonio; los padres de familia nos acompañan con su corazón, los poderes públicos con respetuosa benevolencia; los maestros, reunidos hoy por primera vez en plena Universidad, abren su espíritu a bellas esperanzas y paternales amores, y lo preparan a nuevos esfuerzos de estudio y apostolado científico; los jóvenes asociados ya a nuestras tareas, vienen a confirmar su vocación intelectual, y a respirar otra vez el aire puro de estos lugares, a los que volverán frecuentemente en su carrera ulterior una mirada respetuosa y agradecida. Aquellos otros, que traen aquí la ofrenda de sus primeros deseos y confían su destino a la Ciencia, cuyo espíritu reciben con fe viva y entera, contemplándolo presente en el lugar que los reúne, en el concurso que les acompaña, en las palabras que escuchan, en los premios que ven repartir y que alientan su emulación naciente, esos recogen hoy preciosos tesoros de devoción científica, de noble entusiasmo, de firme voluntad; y pasada esta hora solemne, desvanecida la grata emoción del suceso que nos junta a todos en común sentimiento y deseo, queda encendida en ellos una chispa de celo estudioso hasta la nueva solemnidad y hasta el fin de su carrera. En este alto y crisis de la vida, retraen a su memoria el espacio andado y el fruto recogido de bellos ejemplos y nobles aspiraciones cuyo alimento habrán de necesitar en el nuevo camino que vienen a emprender, en el que nosotros debemos acompañarles.

Con estos nuevos y bien venidos hijos de nuestro Instituto habla hoy señaladamente la voz de la patria y la sociedad, y los encomienda sobre todos a nuestro amor y solicitud. Recordándoles su historia pasada moral, que van a incorporar en doble germinación con la venidera científica, confirmándoles en el noble propósito que hoy ofrecen a las esperanzas de sus padres y de sus maestros, mostrándoles el sentido, las leyes y el alto destino de la profesión laboriosa a que se consagran, cumplimos un deber principal y el más grato, el que ahora nos toca cumplir; procuramos dejar en ellos impresiones que el tiempo no borre ni la memoria olvide; ni abandonen al entendimiento en los esfuerzos, las luchas, las contrariedades que pueda costarles la conquista de la virtud personal, del honor intelectual, de la justa estima ante la sociedad y ante sí mismos. Mañana recibirá cada uno de vosotros doctrinas de Ciencia que guíen vuestra vocación especial al conocimiento de Dios, o al de la Razón, o al de la Justicia, o al de la Naturaleza y su vida: hoy debéis recibir todos de todos nosotros los principios morales y científicos que unánimemente profesamos, y que escucharíais de nuestros primeros maestros, si, rompiendo por una hora el velo que los esconde a la tierra, enviaran su voz hacia nosotros. Armando vuestro espíritu con estos principios y sentimientos, confirmamos desde nuestro lugar las sanas influencias recibidas fuera de aquí, prevenimos las torcidas, cortamos, cuando está en nosotros, las dañadas y enfermas, y merecemos doblemente la confianza de la sociedad en nuestra doctrina.

Al cumplimiento de éste y de todos nuestros deberes somos nuevamente llamados por la ley, de la que recibe hoy nuestra institución el más firme apoyo y solemne autoridad que el poder civil puede prestarle. Durante casi un siglo han debido trabajar con perseverante y empeñada voluntad, con crecientes datos y medios, los más ilustrados hijos de nuestra patria, elevados del cuerpo o del magisterio científico al alto magisterio político, para cimentar, trazar, levantar, completar un edificio que debe representar durante siglos y desenvolver en las futuras generaciones el espíritu de nuestro tiempo y de toda nuestra civilización. Casi sin alzar mano, allanando el camino y edificando a la vez, o reedificando sobre las infecundas ruinas de lo pasado, han debido organizar la dirección, la consulta, la inspección, la acción inmediata y hasta la cooperación auxiliar en la Enseñanza, señalando a cada una de estas funciones maestras sus condiciones y relaciones con las restantes, sus atribuciones y sus consecuencias por toda la vida del hombre, y más allá; han llamado sucesivamente a la edificación viva y continua de la instrucción pública todas las fuerzas sanas, útiles y capaces del país, desde las generales y colectivas hasta las locales e individuales; han ennoblecido y autorizado la profesión de la Ciencia en todas las esferas, direcciones y aplicaciones de la inteligencia humana, y constituido la alta jerarquía del magisterio en una indivisible dignidad y representación, graduada interiormente según la importancia social del objeto y la responsabilidad intelectual y moral de cada orden de esta jerarquía; han procurado utilizar las fuerzas jóvenes, encomendadas por la Providencia al cuidado inteligente y paternal del Gobierno, ofreciendo desde temprano a su elección caminos diferentes y proporcionados a la vocación individual, al interés doméstico y a las necesidades sociales; han inspirado en todo el organismo científico un principio y sentido unitario, sin dañar a la naturaleza y fin propio, a la independencia relativa y al libre movimiento de cada parte de este organismo. Estos fines y bases fundamentales de la Enseñanza pública, por todos reconocidas y gradualmente proyectadas según los tiempos, están hoy concertadas y definitivamente establecidas mediante un último impulso de voluntad y de generosos esfuerzos, cerrando de una vez la puerta a cambios totales, más dañosos en desautorizar la forma de la ley que provechosos en mejorar aisladamente algunas partes de ella. Sólo resta que este grandioso edificio reciba interiormente el espíritu científico que su concertado organismo atrae y convida, pero no puede crear; que el magisterio se junte a la ley en una cooperación inteligente, activa, rival, en el cumplimiento de su misión intelectual, de la misión legislativa y gubernativa cumplida hasta aquí; que indague, discuta, enseñe de palabra y por escrito, mirando cada profesor desde su puesto a todo el profesorado y a toda la sociedad, desde su Ciencia todas las Ciencias, para recibir y comunicar en esta elevada región de la vida ejemplo, estímulo, animación creciente y creadora, uniéndose en el corazón, en el pensamiento y la palabra de cada día a nuestra amada juventud, con la cual formaron siempre los maestros la más bella armonía que nos recuerda la Historia, levantando, por último, el edificio interior de la doctrina tan sólido y durable, como el edificio legislativo que hoy autoriza nuestra obra.

¡Perdonad si, respondiendo a un, más honroso que merecido, llamamiento, me anticipo a dar el ejemplo de este noble deseo y propósito que a todos nos anima!

— I —

Nacidos del amor paterno, criados y educados en el seno de la familia, y en sus fáciles, gratas relaciones, en que la naturaleza suple al entendimiento, el corazón a la razón, son encomendados los hijos por los padres, entre ansiedad y esperanza, al espíritu de nuestra Institución como a una más extensa paternidad, que debe elevarlos a dignos hijos de la familia mayor, nuestra patria, y funcionarios de un orden superior y más altos fines; a sacerdotes de Dios, o intérpretes de la Razón, o de la Ley, o de la Naturaleza, honrando y ennobleciendo en todas estas funciones esa misma sociedad, que los engendró en sus entrañas, y los alimentó en su infancia con los frutos más puros de su vida secular.

La casa paterna nos recibe en la tierra como bienvenidos y bendecidos de Dios. Anticipándose a la queja de la necesidad natural, nos da a la mano el alimento que no sabemos buscar, nos abriga con el vestido que no sabemos preparar, nos recibe en el techo hospitalario que no sabemos fabricar. La mano paterna guía nuestros pasos a las regiones del espacio, que nos revelan nuestra propia libertad y la inmensidad de la Naturaleza, y nos presenta a las inmediatas esferas sociales, que en el cariño desinteresado de allegados y amigos despiertan en nosotros las primeras voces de la simpatía humana. Adelantándose a la necesidad del espíritu, nos ofrece la casa paterna una enseñanza viva y continua, donde el ejemplo sigue a la doctrina, la práctica a la teoría, donde nuestros conocimientos miran a nuestros deberes, nuestros deberes nacen de nuestros sentimientos, se afirman con el hábito de la vida común y con la generación natural que los encarna en nuestra sangre; y todos, conocimientos, deberes, sentimientos, son anudados por el amor doméstico, que sobrevive a la primera edad y penetra en la eternidad con la memoria inolvidable de nuestros padres y primeros bienhechores y amigos de la infancia.

Pero la familia cultiva una planta, de la que no cogerá sola el fruto. La mitad de las impresiones y las enseñanzas que el hijo recibe en la casa paterna, lo llevan fuera y lejos de ella a la sociedad, a la Naturaleza, al mundo, y la raíz de la vida que se agarra en el niño a las entrañas de su madre, se vuelve en el joven hacia el seno de la Humanidad y se arraiga en ella, para extender en la Historia sus ramas y elevar hasta Dios sus flores y sus frutos. Campeando gozoso en el espacio, se recrea el niño con sus propias fuerzas en medio de la Naturaleza, que derrama sobre él sin tasa luz, calor, alimento y libertad. Estrechando de una en otra sus primeras amistades, se dilata al calor de ellas su corazón, y se cree hijo de la sociedad mejor que de su primera familia, cuyo amor fácil y usado no basta ya a su creciente simpatía. Aprendiendo, mediante la lengua y la escritura, a contemplar un mundo que sus ojos no ven, ni sus oídos oyen, se siente estrecho en la Naturaleza, en la Historia en que ha nacido, hasta en su propio cuerpo que lo sujeta al suelo, y quisiera vivir todo entero en la nueva patria y mundo que le ha revelado su espíritu, el mundo del pensamiento. Todos los caminos llevan al hombre más allá del recinto limitado de su infancia. Observad los primeros ímpetus de indócil voluntad del niño, la afectación con que el joven representa su nuevo carácter social, el ardor romancesco con que poco después devora escritos y libros, o escucha embebido las historias pasadas y conversa en su fantasía con los muertos como con los vivos, o se encanta en las primeras armonías poéticas de su espíritu, o da en las Ciencias luces prematuras que admiran a sus maestros; y reconoceréis en estos hechos, nunca olvidados de vosotros, la ley constante de la vida: Que el hombre nace y crece en la casa paterna, para renacer en la sociedad; que es hijo natural de la familia, pero es hijo eterno de la Humanidad, de quien aquélla procede, y a la que vuelve sus frutos, como el agua nace de las fuentes para llenar los ríos, para hinchar los mares, y deshecha luego en vapores, volver a fecundar la tierra y encerrarse en sus entrañas.

Este segundo nacimiento, con tan gratas señales anunciado, debe (así lo pensamos) llevar adelante hasta la entrada en una nueva vida el robusto embrión del hombre joven, dentro de una mayor familia, como la primera llevó al niño felizmente hasta la entrada en la Historia y comercio libre social. Acompañado de la Naturaleza, ejercitando sus miembros en contraste y lucha animadora, armándolos con el arte, debe el hombre poder vencer uno tras otro los límites del espacio, y educar su cuerpo, como el rey de la creación individual. Reproduciéndose en esferas sociales graduadas y mutuamente armonizadas la ley del amor, que como portada del libro de la vida recibió en la casa paterna, debe extender de un grado en otro la simpatía universal de su corazón en la común familia humana. Reconociendo en una sociedad intelectual, ordenada según su fin y las condiciones reales de este fin, las leyes de la razón sobre los movimientos del sentido, acercando estrechamente y guiando su Historia terrena por la Historia eterna, debe hallar el acorde permanente de las misteriosas voces, con que el espíritu hizo en él y hace en todos nosotros su primera aparición.

Con estas armonías naturales, intelectuales, sociales, acompañado el hombre en su segunda edad, levantándose en alas de ellas a venerar al Padre eterno de la vida, como veneraba cuando niño al padre natural de su existencia, debe caminar en esta casa mayor con progreso y contento creciente, presintiendo hacia el fin otra historia más llena, como hacia el fin de su primera edad anunciaba con bellas esperanzas la vida libre, social, en el mundo presente. Esto deseáis todos, y lo procuráis para vuestros hijos, aunque hayáis perdido la esperanza cercana de este bien para vosotros. Para este fin cultiváis el espíritu, conquistáis con el genio y el arte los reinos de la naturaleza; para esto levantáis Estados, proyectáis constituciones, planes de conducta, sistemas de ideas; para esto educáis vuestros hijos y los encomendáis a nuestro amor y enseñanza; para que la Historia, hoy militante, cortada a cada paso por oposiciones y limitaciones, torcida y viciada por desamor y egoísmo, sea algún día Historia y vida armónica, verdadera madre y maestra de sus hijos, como el padre de los suyos, como Dios de la Humanidad. Este ejemplar mejor preparáis para mañana, ya que no lo poseéis hoy, y con ello esperáis vivir en la grata memoria de las generaciones venideras.

Hoy, en efecto, dista mucho esta bella idea de ser una bella realidad; hoy se vuelve frecuentemente el fruto recogido en lo contrario de lo que era el principio y la semilla. Alejándose de su primera morada, como viajero del mundo y caballero de su destino, camina el joven algún tiempo al norte de su corazón generoso, que encierra como en cifra anticipada un largo y grato porvenir; piensa con rectitud; se da con cuerpo y alma a la tarea de la vida; sólo pide concurso y cultivo acertado para dar ciento por uno. Pero desigualmente ayudado de la Historia, atenta hoy más a la organización de sus fuerzas y condiciones materiales que al fin ulterior de esta organización, desorientado entre caminos opuestos que no acierta a elegir, fatigado desde los primeros esfuerzos, o mal dirigidos, o mal correspondidos, seducido entre tanto por el goce inmediato que corrompe su corazón y embota su espíritu, el horizonte se estrecha ante él según adelanta, se enerva su voluntad, recoge en sí la primera expansión de su ánimo, deja sacar muchas fuentes de vida estética, moral, religiosa que lo movían con poderosa fuerza al bien; y llegado al término, suele mirar con pesar hacia el principio, y quisiera comenzar de nuevo, si pudiera. Viendo deshecho el primer trazado de su obra, se encierra con egoísmo pasivo en su existencia presente, o se hace con egoísmo activo e invasor centro del mundo para el goce o para la dominación, y renuncia por su individuo de un día a su individuo de todos los tiempos. ¿Valía la pena de tan pequeño y triste fin tan grande y grato principio? ¿Refleja el espíritu joven, como limpio cristal, la luz de las ideas divinas, para bajar de negación en negación hasta el sepulcro de su egoísmo individual? ¿Saca Dios al hombre a la escena del mundo, y lo tiene de su mano cada día y hora, y le da por compañeros el Espíritu y la Naturaleza, por madre la Humanidad, por asiento el tiempo y el espacio, por techo el cielo, para que este hombre deje estrellarse en él, como en cuerpo duro atravesado en la corriente, los planes de la Providencia? El egoísta que se hace centro y círculo de sí mismo, el sensual grosero que abusa de la Naturaleza y del Espíritu, el endiosado altivo que ata la razón y la libertad de los hombres a su razón y libertad, ahogan la vida en sus brazos para que no medre, siembran de piedras el suelo para que no produzca, y serían capaces de hacer a Dios arrepentirse de su obra. Estos hombres no ven que, tras generaciones inutilizadas, averiadas, arrolladas como piedra a la orilla del camino, brotan en abundancia del hervidero de la vida generaciones nuevas, que traen de más alto lugar el espíritu y la voluntad entera para cumplir todo el destino humano según deber y derecho. No reparan que la Historia terrena se mueve entre dos eternidades que la empujan de una a otra, y la sacuden, hasta limpiarla de la herrumbre que va criando con el tiempo y con el olvido de su principio y de su fin.

En este desconocimiento de nuestra naturaleza, en esta división y lucha de sus fuerzas, que nos deshereda de nuestro destino, arraiga un mal profundo, contra el que lo pasado no basta, ni lo presente satisface, ni lo venidero tranquiliza en vista de nuestra limitación para alcanzar el entero remedio. A este órgano herido de la vida acuden hoy los espíritus sinceros y bien sentidos, afectados por el mal de unos, alarmados por el peligro de todos; acuden las instituciones históricas según su fin relativo y la energía moral de cada una; acude la opinión social expresada en unos con la queja dolorosa, en otros con la censura amarga y estéril, en pocos con la advertencia severa, el consejo ilustrado, el ejemplo edificador. La Conciencia filosófica, encargada de los intereses totales humanos según la razón, es llamada a la vez por la ley de su principio y por la fuerza de sus relaciones, a indagar las causas y primeras señales de esta enfermedad, que invadiendo algunos miembros, propaga desde ellos el contagio a todo el cuerpo. Dando paz a otras cuestiones de más lejano interés, aplica a esta actual y urgente el resultado del trabajo de siglos, para evitar que mientras cultiva las flores y los frutos del espíritu, se sequen por bajo las raíces. Obrando así, cumple la Filosofía su deber más obligado para con la Humanidad, autoriza su influencia histórica, recobra la integridad de sus propias fuerzas, y anuda su obra a la edificación bienhechora de todos los maestros de la vida. Ciertamente, haciendo la razón su camino en compañía de todo el hombre, educando laboriosamente su libertad, ha tomado a veces en este contacto algo de la liga sensible adherida al espíritu; pero esta confusión no ha durado, ni ha prevalecido; la naturaleza superior ha triunfado siempre, salvando la libertad y el progreso ordenado de la vida. —Cuando el naturalismo inexperto de los primeros griegos amenazaba extraviar la Ciencia, olvidando el objeto y órgano interior de ella, restablece Pitágoras la ley de la armonía en la unidad, y enseña la Moral como la semejanza al bien en el hombre, y la semejanza del hombre a Dios. Cuando los sofistas posteriores, haciendo mercado de las artes retóricas, ponen en el individuo la medida de las cosas, en la ley política la ley suprema, en el placer el único bien, Sócrates triunfa de esta falsa Ciencia con la virtud de su palabra, confunde a los sofistas en sus propias contradicciones, saca la verdad del error, y libre del cuerpo su grande espíritu, enseña todavía a los siglos con la memoria de su justa vida y de su muerte. Cuando el pueblo griego, humillado por la opresión extranjera, corrompido por el gobierno de los Demetrios, erige altares a sus tiranos como a dioses vivos y verdaderos, y solemniza sus vicios en las plazas y en los templos, Zenón, Cleantes y Crisipo luchan con doctrina y ejemplo heroico, para salvar la dignidad del hombre en el naufragio de la ciudad y del Estado. Cuando el pueblo romano, dueño del mundo y esclavo de sí mismo, recibe del Asia a torrentes un cebo corruptor, y de la Grecia el arte de infiltrarlo en su sangre, confeccionando entre sus vicios propios (la codicia, la sensualidad, la crueldad) y los ajenos una infernal levadura, Cicerón y Musonio alzan su voz severa contra el pueblo y el siglo, y enseñan la ley de la recta razón, universal, constante, eterna, impuesta por Dios a todos los hombres. Y, hecho crónico el mal, alimentándose de todas las formas políticas, haciendo los Emperadores en Roma el papel de los Demetrios en Atenas, corrompidos los ricos por la codicia, el pueblo todo por la ociosidad y la pobreza, Séneca. y Epicteto dejan la discusión y el arte de la palabra por el estudio de la conciencia, y se convierten en consejeros y médicos morales del hombre, dejando echada una semilla, que recogen agradecidos los Padres y Doctores de la Iglesia, como necesaria hasta entonces para la justicia, útil desde entonces para la piedad. —Cuando el espíritu moderno, hijo del espíritu cristiano, del de la antigüedad y de su propio carácter crítico y sistemático, rehace por su base toda la Ciencia, levantando sobre cada verdad un sistema, sobre cada progreso una evolución entera de vida, donde la misma fuerza de salud encierra nuevos peligros y mueve a nuevos esfuerzos para vencerlos; cuando en la Moral funda sobre los móviles hasta allí conocidos otras tantas doctrinas, que solicitan cada cual a todo el hombre, muestra Kant con severa crítica el vacío de unas y otras, y funda sobre todas el motivo moral inmutable del respeto a la ley. Y oscureciéndose todavía el horizonte en las altas regiones de la especulación (teatro de la grandeza y el límite de la razón humana) con doctrinas que amenazan la base individual de la libertad y el mérito personal de la virtud, restablece Krause en esta región y aplica a la vida la ley del bien por el bien como precepto de Dios. —Nunca ha asomado el error en el pensamiento, o el vicio en la vida, que no haya sido aislado de la verdad, combatido con las mismas armas de que abusa, y expulsado de la tradición filosófica, que viene guiando a la Humanidad hace tres mil años. A los sistemas incompletos, engendrados del comercio inevitable de la libertad con la Historia, han sucedido luego sistemas completos, como en las progresivas creaciones de la Naturaleza: a análisis parciales, análisis totales; a abstracciones vagas, síntesis orgánicas; a la contagiosa influencia social, la Filosofía ha opuesto el valladar invencible de la virtud práctica, y máximas de moderación. El materialismo del siglo XVIII, dolorosa expiación de anteriores pecados, no ha desmoralizado la sociedad con la fuerza de la Filosofía, sino con fuerzas extrañas y de antiguo viciadas, que dieron falsa vida a doctrinas indignas de la Filosofía científica, y en las que buscó aquel siglo degradado una autorización al desenfreno de cortes y grandes, ejerciendo sobre la Ciencia, como sobre la Religión y la Moral, la presión corruptora de las costumbres sociales. Los errores de aquellos espíritus fuertes, no filósofos, estaban combatidos desde siglos, y lo eran entonces mismo donde no se respiraba aquel aire envenenado, y lo han sido después con doctrinas vivas, que enriquecen la tradición pasada en la base más profunda, en el encadenamiento más sistemático, en la comprensión mayor sobre todas las esferas de la inteligencia humana. —Así ha labrado sus obras la razón, conservando, sin dejar de luchar y caminar; produciendo de raíz siempre viva nuevas y más crecidas ramas y frutos más maduros, con idéntico espíritu, con variedad infinita de modos según pueblos y tiempos; disipando ella misma sus nubes pasajeras; necesitando comenzar y rehacer todos los días su obra, y vencer todas las oposiciones en cada siglo, en cada pueblo, en cada hombre (¡que nada menos pide la Humanidad!); confiando sólo en su genio y en su destino, sin el apoyo de los poderes humanos, sin las armas de la sanción terrena ni el seguro de leyes escritas; en medio de la indiferencia ingrata, cuando no de la acusación o la persecución de los contemporáneos; sin otra consagración que la de la verdad; sin otro templo que el de los espíritus sinceros, ni otro premio que el sacrificio, ni otra riqueza ni patrimonio que sus obras. Luchando siempre y educándose con su propia historia, vence al cabo, salvando la dignidad y la libertad humana; el error se aleja cada vez más, y los pueblos heredan la verdad en principios y máximas prácticas, con que proveen a la necesidad moral del día, sin pensar a veces en quien les ha preparado el fruto de que se alimentan. Tal es la fuerza de la razón, ejercitada hace tres mil años por los más nobles hijos de la Humanidad. Sola o acompañada, favorecida o perseguida, el tiempo no tiene poder sobre ella; cada nueva palabra suya abre un nuevo horizonte, extiende y afirma, después de grandes luchas, el reino de la verdad.

La Filosofía convierte al hombre del mundo del sentido al mundo del espíritu, como a centro y región serena, en que reponga aquél sus fuerzas cansadas, recuente y pruebe sus medios de acción, proporcionándolos a las necesidades históricas, y levante su vista a los fines totales de la vida, oscurecidos y casi olvidados por los particulares e inmediatos. Distinguiendo nuestra naturaleza permanente de sus manifestaciones temporales, funda en el hombre sobre la ordenada relación de ambos elementos el plan de su conducta, el carácter sostenido de su persona y el acertado compás de su libre movimiento. Aun en la Historia más llana y uniforme necesitamos entrar frecuentemente en nosotros, escuchar al Dios invisible en el santuario de la Conciencia, donde no alcanza el sentido ni turba la pasión, para mantener claro el conocimiento, vivo el sentimiento, igual y sereno el contento de la vida. Pero esta primera reflexión no agota la capacidad del espíritu, ni satisface todas las necesidades del ánimo, ni está exenta de oscuridad o de oposición entre principios igualmente legítimos y estimables; no basta a salvar nuestra libertad ni nuestra virtud. Sólo de la razón sana y sistemática a la vez espera la Humanidad una ley de vida que autorice la convicción, y sosiegue el corazón, y encamine la voluntad, realizando en el hecho la armonía fundamental de nuestro ser; que contando y estimando todas nuestras fuerzas y facultades, pueda levantar el espíritu a considerar los supremos objetos del pensamiento, la libertad, el deber, Dios, para entrar en sí ilustrado y fortalecido a utilizar en una sabia conducta el fruto del largo viaje y trabajo empleado. Sobre estas altas cuestiones y relaciones, enlazadas entre sí con vínculo firmísimo, en que el deber supone la libertad y aspira a Dios, se esperan hoy de la Filosofía contestaciones terminantes, prácticas, que quiten toda excusa de abuso, así como todo pretexto de censura a los enemigos de la razón. Apoyándose en la libertad y en la ley del deber, por ella con sus propias fuerzas y con omnímoda certeza demostradas, debe dar una enseñanza consoladora y fecunda en reglas de vida, aunque la determinación individual de estas reglas exige diaria atención y vigilancia laboriosa del hombre sobre sí mismo, sin menguar su libertad con un mecanismo casuístico, que degrada la razón y la adormece en una falsa y peligrosa seguridad. La Providencia divina nos ayuda con señales sensibles y leyes exteriores, mientras nos prepara interiormente para conocer estas mismas leyes en la luz de la razón, en la pureza del corazón y en el espejo de las buenas obras. Estos dos caminos de la educación humana, que, fundados en nuestra doble naturaleza, deben guiar a un mismo término, se han cruzado y contrariado a veces uno a otro; han arrastrado en su lucha todas las fuerzas de la Historia; han desquiciado y desordenado sus más hondos cimientos, pareciendo entonces volver el caos al mundo del pensamiento, combatir un espíritu con otro espíritu, un Dios con otro Dios, sin dejar la victoria satisfechos a los vencedores, ni rendidos a los vencidos. Ante estas crisis seculares, que conmueven cielo y tierra, sólo resta al hombre la confianza en su conciencia y en su destino, guiado por más sabia mano que la de los consejos y fines terrenos.

— II —

La Historia, hemos visto, llena nuestros sentidos con impresiones que no cesan, ni se dan paz unas a otras; agita nuestro corazón con afectos que lo alteran y destemplan; preocupa el entendimiento con intereses que encadenándose de uno en otro por toda la vida, esconden la ley bajo el accidente, oscurecen los fines, desconciertan los planes, alejan las esperanzas, y amenazan sepultar en indiferente olvido riqueza y pobreza, ciencia e ignorancia, virtud y vicio. Todo dentro del tiempo pasa, todo es diferente, todo es arrebatado. La vida asoma un momento para dar en la muerte, como el río envía sin cesar sus aguas, y el mar las sepulta sin cesar en su seno. —Pero las oleadas del sentido, si turban el corazón, no ciegan la razón, aunque oscurezcan como remolino pasajero su vista; la marea, creciente hoy, se retira mañana; las nubes se recogen, y nos dejan contemplar la unidad del mundo en medio de la variedad, la estabilidad entre la mudanza y el accidente. —En el reino de la Naturaleza los individuos pasan, las especies quedan. La Naturaleza produce con maravillosa riqueza innumerables soles y tierras, y en cada uno de ellos innumerables criaturas; pero reproduce sus seres bajo constante unidad y estables leyes; realiza unos mismos procesos de gravitación, de descomposición o asimilación, de organismo; muestra en todos una gradación regular desde las formas generales a las particulares e individuales; construye sus cuerpos con unos mismos materiales combinados en invariable número de órganos con funciones ordenadas entre sí y apropiadas al medio climático, al asiento geográfico, a la vegetación y animación circundantes. No se alteran en los cuerpos naturales ni se desproporcionan las combinaciones elementales, ni se cambia el lugar y relación de los miembros, ni las funciones se pervierten al salir de las manos de la Naturaleza; con la misma invariable ley se forman, se combinan, crecen o decrecen, con que el cielo se mueve, los astros hacen su camino, la tierra ansiosa de vida muestra al sol sus costados periódicamente, para recibir el calor y la luz, con que fecunda sus criaturas. Y el Espíritu, asimismo, viene al cuerpo dotado de unas mismas facultades hoy que ayer y siglos hace, con determinadas propiedades en cada una y relaciones entre todas según estas propiedades; con grado cierto en crecimiento, florecimiento y declinación, anunciando hacia el fin, en señales misteriosas y ecos profundos (falseados por algunos, por todos atestiguados), la entrada en un nuevo período y camino de la vida. Su pensamiento encierra un mundo de ideas e imágenes, que no tiene cabida ni ejemplar en la Naturaleza; brota de su corazón un manantial inagotable de afectos hacia todos los seres, en todas relaciones; su voluntad quiere con energía jamás cansada; a un fin sigue otro; a un motivo otros mil, y siempre nuevos; su estado de este día y hora es otro y diferente de los estados pasados y venideros, y los estados de todos los seres. Y sin embargo, este espíritu, este hombre es uno el mismo y todo hoy que ayer, el mismo que era al saludar el primer sol de su vida, y que será cuando haya devuelto su cuerpo a la tierra; jamás es otro espíritu ni otro hombre. Este espíritu ejercita su actividad bajo unos mismos modos, pensando, sintiendo, queriendo, y no otros ni más que éstos; piensa mediante unas mismas funciones, atendiendo, abstrayendo, determinando, y con unas mismas operaciones, percibiendo, juzgando, razonando; siente en una invariable alternativa de placer o dolor, de amor u odio, de deseo o aversión; quiere por unos mismos grados de voluntad, el propósito, la deliberación, la resolución. Todas estas facultades y funciones caminan desde un común principio a un común fin, parten del Hombre, se acompañan del mundo, se elevan hasta Dios, y sobre todo esto queda, idéntica e inmutable la unidad de la persona, con la cual dejamos atrás el tiempo, y aun dentro de este límite juntamos lo pasado y venidero en la memoria, la madre de las Musas, el espejo del espíritu, el depositario fiel de nuestros pensamientos y obras, que podemos evocar a una señal y ofrecer con ellas nuestra vida al ejemplo del mundo y a la justicia de Dios. —De este modo, al rededor del Hombre, en la Naturaleza, en el Espíritu, contemplamos identidad o variedad, necesidad o accidentalidad, estabilidad o mudanza; ¿qué media dentro de nosotros entre estos términos extremos y opuestos? El Hombre media entre ellos con su libertad; la Naturaleza, el Espíritu quedan siempre como son creados; pero el Hombre puede usar libremente de ellos para su bien o su mal, para su desgracia o su salud.

Nuestra vida es el teatro y testimonio permanente de nuestra libertad. A todas nuestras obras, precede el propósito, la deliberación, la resolución; a las buenas y ordenadas sigue el propio contento, la paz de la conciencia; a las desordenadas sigue el pesar, el remordimiento; si podemos, las deshacemos y comenzamos de nuevo. Y a este tenor juzgamos a nuestros allegados, a los lejanos, a todos los hombres. A nuestros hijos los educamos, para que amen el bien y aborrezcan el mal, y lo eviten; a nuestros amigos o subordinados les aconsejamos, les exhortamos o amenazamos con el premio o el castigo. ¿Qué es la Ley promulgada solemnemente para el gobierno de la Sociedad y del Estado? ¿Qué es el Tribunal, donde el Juez promete a Dios administrar justicia, no injusticia; el testigo decir verdad, no mentira, y donde el acusado escucha su condenación o su absolución? Direcciones, garantías, testimonios de la libertad. Los templos, donde ofrecemos a Dios nuestras buenas obras o expiamos nuestras faltas con el dolor y el arrepentimiento, recibirían una ofrenda inmeritoria, si las buenas obras no son nuestras, si las malas no son nuestro hecho, si el hombre no causa su vida. No somos educados, ni vamos a la escuela, al tribunal, al templo para aprender nuestra libertad; la traemos aprendida, la ejercitamos antes de conocerla; ella se reverbera en el dolor, en la alegría, en la compasión, en el amor; los sofistas que pretenden razonar el fatalismo religioso, moral o natural, enmudecen ante la voz de la libertad en su conciencia. Sabiéndose libre el hombre, autor de sus hechos, llega a entender la ley de las causas que el sentido no muestra, ni el movimiento enseña, ni la razón aplica a la vida, sino mediante la causalidad inmediata con que el Hombre produce sus obras, concibiéndolas, asistiendo él mismo a la discusión contradictoria entre la pasión y el deber, indeciso entre los móviles y los motivos, resuelto, por último, a lo que el interés solicita o el deber ordena, con la certeza de haber podido querer lo contrario, de poder suspender la resolución o la ejecución, o deshacer lo hecho y comenzar del mismo o de otro modo. Si la pasión vence en nosotros, nuestra voluntad le ha dado la victoria; si el deber triunfa de la pasión, nuestra voluntad se ha puesto de su parte. Con la libre voluntad damos movimiento y eficacia a nuestras demás facultades; movemos el entendimiento a atender y reflexionar, movemos el corazón a inclinarse o desinclinarse, a amar o aborrecer, comunicando a la voluntad misma por la simpatía recíproca de todo el espíritu la fuerza del querer. Y según esta misma ley, si la voluntad afloja o cede, el entendimiento no ilumina, el corazón no calienta, la vida toda marcha tarda y enervada; porque la voluntad va adherida, como el nervio al músculo, a todas las funciones de la inteligencia y el sentimiento, y nos ayuda a fundar el imperio sobre nosotros mismos, el más alto grado y el fruto más precioso de nuestra libertad. La libre causalidad con que presidimos a nuestra vida es hecha, como todo el Hombre, a imagen y semejanza de Dios, que crea y conserva el mundo para el bien con libertad divina, en la cual tiene la nuestra su fundamento eterno, su valor inapreciable y su inviolable carácter.

Pero esta libertad, que nos pone en el centro del mundo y de sus opuestas regiones, parece, más que nacida en suelo propio, caída del cielo en tierra extraña y enemiga. Las leyes de la Naturaleza, las del Espíritu y de la voluntad misma reducen su imperio a estrechos límites y la obligan a emplear indirectamente Ley para Ley, Ley contra Ley; los motivos y móviles de obrar la sitian con solicitud exigente, aunque no con fuerza invencible; el instinto se le anticipa y le arrebata una parte de su dominio; el hábito le sigue de cerca, y convierte en segunda naturaleza sus obras, tejiéndolas en la trama de la vida como hilos de oro u urdimbre grosera, según fue al nacer bien o mal ordenada la voluntad. Sin este precioso auxiliar de la habitud, comenzaríamos nuestra vida cada día con dificultades siempre nuevas; la virtud nos costaría el mismo esfuerzo y lucha que al principio, sin progreso para nosotros, sin fruto para los demás; las multiplicadas reglas que aplicamos y funciones que ejercitamos en el discurso nos detendrían en el primer paso con rémora invencible, renaciendo cada vez el retardo y la fatiga de los primeros ensayos. ¡De cuántos hábitos morales, civiles, literarios viene enriquecido el joven a la Enseñanza superior, como capital acumulado de largos esfuerzos y triunfos sobre sí mismo, que empeñaron durante años su dócil voluntad, y hoy se repiten a una señal y ayudan a progresos ulteriores, que fueran imposibles sin los antes ganados y asegurados! Y de aquí adelante, ¿no podemos habituarnos al pensamiento sistemático, a la fortaleza moral con progreso creciente en la habitud misma, hasta hacernos como imposible lo contrario, y dejar cada vez más bajas y lejanas las regiones oscuras del error, de la pasión, de la arbitrariedad individual? Nunca será bastante considerada esta ley de nuestra naturaleza, que hace del hábito el hijo y el contrario de la libertad, y que permitiendo la acumulación indefinida del bien en el hombre, abre ante nosotros una continua edificación, en que la voluntad levanta la obra, el deber le da la forma, el hábito aplomo y duración.

El hábito sigue a la libertad como auxiliar amigo, encargado de la conducta diaria de la vida, dejando a la voluntad la producción de nuevos propósitos y hechos; la pasión le acompaña como auxiliar necesario, pero amigo inseguro que puede desalojarla y ocupar su lugar. Del suelo movedizo de la sensibilidad se levantan oscuros e imperceptibles el placer y el dolor que engendran el deseo o la aversión, móviles inmediatos de la actividad. Y sobre esta sensibilidad mudable y allegada a nosotros de nuestro temperamento, educación o relaciones, traemos al mundo una sensibilidad innata, con la que nos amamos a nosotros mismos, a nuestra Humanidad, a nuestro Criador; que hace vibrar el corazón del Hombre como el de los pueblos, el del ignorante como el del sabio; que atesora infinitos goces, dolores, anhelos aquí jamás sentidos y que dejarán con nosotros la tierra, para despertar más allá y alimentar una nueva vida. Pero todos nuestros sentimientos pueden, cuando degeneran en pasiones, alimentarse de nuestra libertad, exaltándola con irritación febril o postrándola en mudo letargo, dejándonos hoy, tomándonos mañana, sin otra ley que el capricho, ni otra regla que el desarreglo. El esclavo de la pasión renuncia a su voluntad racional, que es toda orden, medida, claridad, mientras la pasión, dejada a su ciego torrente, se lleva siempre a los extremos, cuando no la suspende el cansancio o la saciedad, o no tropieza con una pasión enemiga, que todas lo son entre sí, y de la razón, con guerra encarnizada, sin tregua ni avenencia. A veces domina una de ellas a las restantes y se alimenta de sus despojos; otras, luchan dos o más con iguales fuerzas, y hacen, combatiéndose, un ruido y tumulto infernal que ensordece la razón, trastorna al hombre y lo espanta de sí mismo. En esta escala ascendente de la pasión, descendente de la libertad, caminamos fatalmente, si no interviene un poder superior para ordenar los sentimientos, admitiéndolos como auxiliares, no consintiéndolos como dueños ni motivos determinantes de obrar. Este poder regulador de las pasiones es la razón, que, aplicada a la libertad, se llama la conciencia del deber, la justicia.

Todas las relaciones de la vida pueden, llegando al corazón, convertirse en móviles de la voluntad; todos los móviles pueden degenerar en pasiones, o alimentar en una vida justa y meritoria el puro sentimiento del bien. Cuando, solicitados por intereses contrarios, deliberamos, vacilamos entre opuestas resoluciones, y al fin nos determinamos, se desenvuelve en esta sucesión de actos la materia del deber, y en semejante gradación se anuncia en nosotros la conciencia moral con la misma voz que nos revela la libertad. Podrá mediar en nuestra resolución o la ajena un interés sensible; podrá el autor suspender la ejecución apenas comenzada, o seguirla; la conciencia moral da, sin embargo, el mismo juicio, invariable, infalible; juicio de aprobación si hemos obrado bien, de censura si obramos mal, sin mirar para el fallo a las consecuencias del hecho, sino a los motivos de la acción. Si llegáramos a pensar que el deber es un cálculo acertado o un interés bien entendido, la vista de una noble acción o de un crimen ante nosotros ahogaría en el grito de la conciencia los sofismas del entendimiento viciado; y si algún día dejáramos el camino del deber, la memoria de este hecho nos atormentaría después de años, y hasta el fin, como acusador, juez y castigo de nuestra falta. Cuando cerca de nosotros contemplamos el generoso sacrificio de un hombre que, desafiando a los elementos, arranca a la muerte desgraciados que no conoce, o la virtud heroica con que nuestros hermanos dan su vida por la patria, aplaudimos, admiramos a los autores, pedimos para ellos el premio de justicia, nos pesa de que sean olvidados, nos indignamos de que sean menospreciados. Aun en el mundo y escenas de la fantasía, el triunfo del crimen nos indigna, su castigo nos sosiega y tranquiliza; la desgracia inmerecida nos compadece, la virtud oscurecida nos tiene a su lado para consolarla del olvido de los hombres. ¿Qué significa esto, sino que el sentimiento de la justicia se enciende en nuestro corazón con la misma luz que alumbra la idea del deber en nuestra razón? Sobre este sentimiento, como sobre camino firme, salvamos el espacio entre la vida y la muerte, y la línea oscura que separa la muerte de otra vida; y dentro de estos límites miramos el deber como el centro del mundo moral, hacia el que gravita la libertad de hombres y pueblos, como al rededor del sol giran en perpetuas órbitas la tierra y los astros. Antes que reflexionemos sobre esta idea, la piensa nuestro espíritu en nosotros; la educación posterior la aclara, la confirma, la dirige; acaso la tuerce o falsea en la misma proporción, pero no puede crearla; es tan nativa en nuestra voluntad, como lo son en el entendimiento las primeras verdades; y si por ventura encontráramos un hombre en quien esta idea faltara enteramente, se abriría un abismo entre su espíritu y el nuestro. Esto es justo, aquello injusto; aquí está el derecho, allí el deber; el incapaz de formar estos juicios no pertenece a la Humanidad.

Pero no basta hallar en la conciencia del deber la voz de nuestra naturaleza, el seguro de nuestra libertad, la luz central del mundo moral, si no reconocemos en esta misma conciencia la voz y ley de Dios, no vagamente pensada, sino claramente razonada, juntando al movimiento de la voluntad el conocimiento del Espíritu. El sentimiento moral solo, sin el sentimiento y el conocimiento de Dios, declina, entre las sombras y luchas de la vida, en una moral empírica, o en simpatía subjetiva, incapaz de los grandes motivos y sacrificios, de la constante voluntad y del universal amor hacia todos los seres, o funda, cuando más, una moral secular de la razón, que apenas basta al hombre para regirse en circunstancias favorables, pero no es fuerte para resistir y vencer en circunstancias contrarias, ni sabe traer ningún motivo, ni obra nueva al tesoro de la virtud; no es moral activa ni comprensiva ni progresiva, porque no es religiosa. Tanto más obligado y urgente es para el filósofo señalar el derecho camino en esta suprema región de la conciencia moral, en la que el entendimiento solo hace poco, la Ciencia toda hace algo, la Ciencia y la vida hacen todo lo que el Hombre puede necesitar y Dios se digna comunicarnos.

Toda nuestra vida se manifiesta de dos modos, activa de uno, pasiva de otro, aunque caminando en solidaria continuidad la acción y la pasión, la espontaneidad y la receptividad. La trama dorada de nuestros discursos nace y remata en cabos extremos, que se esconden en la eternidad, como el horizonte sensible se pierde en la inmensidad del espacio. Regimos, es verdad, y guiamos nuestros pensamientos, tejemos algunos hilos de nuestra Ciencia; pero no fundamos nosotros los principios de ella, ni continuamos sino hasta un cierto límite sus consecuencias; brotan impensadamente del fondo del Espíritu ideas primordiales, como ecos de armonías lejanas, que resisten a todo análisis e indagación ulterior. Y en el mundo del sentimiento, en los movimientos del corazón que nos revelan a nosotros mismos, en las determinaciones de la voluntad que nos revelan a los demás, se levantan cada día y hora simpatías imprevistas, movimientos involuntarios, cuyo origen no sabemos explicar, cuya dirección y último estado no sabemos dominar ni prever. En vano queremos anticiparnos a estas ideas, sentimientos, movimientos primitivos, que nos salen al encuentro y nos acompañan por todo el camino de la vida; en vano estamos alerta y guardamos las puertas del Espíritu, para que nada entre en él sino a nuestra vista y con nuestro pase. ¿Quién de nosotros, o en qué hora, podemos abrazar nuestro ser entero, de modo que todo en él sea causado, no concausado y condicionado, y nuestra voluntad sea en ello pura y enteramente activa, no pasiva ni influida? Es continua y solidaria en el Hombre la acción y la pasión, la libertad y la limitación, aunque sin confundirse una con otra, como los rayos encontrados penetran en el ojo sin oscurecerse, como las olas opuestas del aire sacuden el oído, sin quebrar el sonido. Y si de nuestra vida interior llevamos la vista a la vida exterior e histórica, observamos con asombro que poco más arriba del suelo agitado de la libertad, de los intereses encontrados, de las pasiones desordenadas en pueblos y siglos, reina ley y orden invariable, y progreso constante. —Nada dentro del mundo, ni entre el mundo y el Hombre, si otra cosa no hubiera, puede explicar este hecho maravilloso, que sabiéndonos libres, nos sintamos en el mismo punto y con la misma voz limitados, y sin embargo, ni la libertad sea menguada por la limitación, ni ésta sea contrariada, borrada por la libertad. El mundo solo no explica esta primitiva armonía de una contradicción primitiva también; si por éste solo fuera, el individuo no sería libre; si por el individuo solo fuera, y otra cosa no hubiera, el mundo estaría a sus pies. Del mundo abajo, sólo cabría la libertad sin límite o la servidumbre sin libertad.

Si no hemos, pues, de hallar la contradicción y el vacío en la esfera más alta del Espíritu, hemos de reconocer un principio y orden supremo de la vida, que funde igualmente nuestra libertad y nuestra limitación; nuestra libertad, como semejantes; nuestra limitación, como dependientes y causados por este fundamento. Bajo este principio y ley suprema, el lado receptivo de nuestro ser, que al ojo vulgar parece pura negación y contradicción inconciliable con el espontáneo y activo, es reconocido como la limitación infinita de nuestra libertad por la libertad divina, que la comprende de todos lados, la penetra por todos los modos, y sin embargo, la deja entera e ilesa en su límite, y análoga a sí misma. Y así como Dios obra en un presente eterno el bien, según su naturaleza infinita, así nosotros obramos de pasado a presente y futuro el bien, según nuestra buena aunque finita naturaleza; concertando en esta suprema relación el sentido racional y el religioso bajo el principio absoluto de la moral, la causa del mundo, el fundamento de nuestra vida, y dejando de una vez el error que pone este principio en el mundo de los cuerpos o en el espíritu humano.

El Hombre que contempla en Dios el principio y fin de su vida, imprime a toda su conducta la dirección inmutable del bien por el bien, reconociéndose inmediatamente en su propia libertad y en el mérito legítimo de sus acciones; supremamente, en la ley, justicia y bondad de Dios. Mira este Hombre la Religión como fin último, jamás como medio para fin ajeno; la profesa con obra y palabra, nunca sólo con la palabra; la confiesa como una verdad profunda, que llena su corazón y penetra su espíritu, y se derrama afuera en doctrinas y obras y ejemplos de edificación; la practica como una señal de alianza, que lo une más estrechamente a la Humanidad y a todos los seres, y con ellos a Dios en vínculo de amor filial. Con esta bella armonía entre su conciencia moral y su conciencia religiosa, conoce en la ley moral la manifestación de Dios como voluntad personal infinita, a nuestra voluntad personal finita; como conciencia santa y eterna a nuestra conciencia libre y limitada. Por esto hallamos la ley promulgada anticipadamente a la entrada de la vida, y promulgada con tal sanción, que ninguna autoridad humana puede desatar, ninguna circunstancia histórica excusar ni prescribir; que se impone y sobrepone a nuestra conciencia con autoridad inmutable.

En virtud del precepto de Dios, la voz del deber es absoluta; allí donde habla, debe ser obedecida sin demora, sin hipocresía, sin interés, con llena intención y obra cumplida; no mirando a nosotros, a la utilidad que nos trae, ni al premio que nos promete, ni a la gloria que nos procura, sino a la ley que lo ordena. Faltar al deber, porque faltando podemos hacer grandes cosas, suele llamarlo la opinión obrar como hombre político, caminar derecho a su fin; la razón lo llama simplemente obrar contra la ley, sacrificar el deber al interés, aunque sea el interés de un pueblo o de un siglo. La opinión de un hombre o de la mayoría de los hombres no puede dispensarnos en este punto; ¡no hay mayorías contra la conciencia! Su voz imperativa no admite excusa ni duda, ni espera; sufrir, es poco menos que nada; faltar, es todo. El honor ante la conciencia está sobre el interés, sobre el amor, sobre la persecución, sobre la muerte misma. Este es el principio y el fin de la ley moral; es imposible que la Providencia de Dios necesite, para salvar a la Humanidad, desatar sus eternas leyes.

No espere verdadera felicidad el que no camina con el deber; podrá prosperar, estar rodeado de gloria, vivir en la opulencia; pero dos cosas echará de menos, que él quisiera comprar a peso de oro, si se vendieran: la propia estima, y la confianza en su destino. ¡Triste suerte la de un hombre colmado de bienes, dotado quizás de talentos, halagado del mundo, llevando tras de su voz hombres y opiniones, y con todo esto, sentirse humillado ante sí mismo, obligado a aturdirse entre los placeres, a distraerse en los negocios, para embotar el remordimiento que devora su ánimo, y que no dejará de atormentarle mientras haya en él conocimiento y memoria! El que debe su puesto en el mundo, su honor ante las gentes, a la injusticia, a la intriga, a la ambición desapoderada, que sacrifica los medios al fin, no puede estar solo ni en paz consigo; no puede oír una máxima de virtud, sin asomársele los colores al rostro y esconder su frente, temiendo ser descubierto; odia a los que le advierten o censuran, porque la censura irrita y encrespa su corazón degradado; menosprecia a los que le adulan para asociarse a su fortuna, porque los contempla más degradados que él mismo.

Vosotros, jóvenes, hijos adoptivos de la Ciencia, huid de tales hombres y tal compañía, como de epidemia contagiosa, si queréis levantar sobre el cimiento de vuestro carácter moral vuestro mérito intelectual, y sobre ambos las esperanzas de vuestra patria, la gloria legítima de vuestros maestros. Sed justos, leales, benévolos; sacrificad sin temor ni queja ni pretensión el provecho al deber; no degradéis en vosotros con el egoísmo, la presunción ni la humillación, la dignidad de la Humanidad y de vuestro estado; no vayáis nunca contra el derecho y el respeto debido a los demás hombres, clases o instituciones, que merecen igualmente que la vuestra ante la justicia y el bien común; buscad, al contrario, toda ocasión de alcanzar con nobles hechos y útiles servicios la justa estima de vuestros semejantes, y la más cercana de vosotros mismos; dejad tras de vuestro nombre un rasgo de bellos ejemplos y doctrinas, y una memoria sin mancha. Agradeced a Dios vuestra libertad, y con ella la regla que os ha dado para concurrir al ennoblecimiento propio y al de vuestro pueblo y vuestro siglo. Dios nos ha señalado a todos una esfera de actividad, en la que podemos imitarlo haciendo el bien. Todos podéis en esta esfera desenvolver con régimen acertado las fuerzas de vuestro cuerpo; cultivar con método y sistema las facultades de vuestro espíritu; amar la belleza en las obras de la Naturaleza y del arte, e imitarla libremente; amar la bondad en los nobles ejemplos que deben serviros de modelo y de guía. Y, pues no basta al Hombre, ni es sana, la virtud solitaria, debéis mirar al rededor vuestro y a todos lados, para ayudar, corregir, consolar a los que padecen por la ignorancia, por el vicio, la enfermedad o la miseria. Porque a la ley moral no falta sólo el impío, el que usurpa contra justicia el derecho o el haber de sus hermanos, el que desacredita con maligno afán a hombres, clases o instituciones, para alejar de ellos la confianza pública, y traerla a sí propio, el que mancha su alma y su cuerpo con vergonzosas pasiones; sino el hombre útil que niega a la Sociedad sus talentos y servicios, el que se aísla de sus semejantes en el castillo de su presunción, el que se labra en la aniquilación de los sentimientos naturales y sociales la muerte del Espíritu, mientras el deber manda aceptar lealmente, con todo el Hombre, el combate de la vida; pensar, amar, obrar, hacer bien, dejar señal, imitar a Dios, conquistar su amor y sus bondades.

— III —

Si habéis hecho, acercándoos aquí, las consideraciones que yo he recordado a vuestra atención y noble deseo como los cimientos morales de vuestra profesión; si después de esto miráis el amor a la Ciencia como una devoción y oración diaria del Espíritu a la Inteligencia divina, con culto y obras análogas a las que pide su amor infinito al hombre religioso, y que alejen de vosotros la vana presunción de vuestros talentos, y el pecador egoísmo de emplearlos en vuestro provecho, no en el bien común; si en el cumplimiento de estas leyes por todo el camino que vais a seguir, fundáis vuestra confianza en la alta misión que habéis abrazado contra el oscurantismo y el escepticismo, que profanan igualmente, en la razón del Hombre, la razón divina y su culto, nuestra enseñanza será para vosotros alimento siempre sano, jamás dañoso; edificación bienhechora y progresiva. Entrando en este lugar, lo hallaréis lleno del espíritu de Dios en todas las Ciencias, y en el vínculo de todas, la Filosofía, que cultivando la razón como una naturaleza y ley eterna, no sólo como el don individual de cada hombre, contempla, siguiendo esta huella luminosa, el organismo de las ideas divinas reflejado en la verdad lógica, en la belleza estética, en la bondad moral, en la sucesión rítmica y progresiva de la Historia, en la intimidad de la Religión, en la vitalidad de la Naturaleza, que expresa bajo el plan y gradación de sus creaciones las mismas leyes que el Espíritu conoce en libre idea y concepción.

No confundáis el saber empírico, ni menos la ciencia llamada positiva del mundo, con el saber y la Ciencia sistemática. El primero es un ejercicio incompleto, el segundo es un ejercicio entero y sano del Espíritu; la Ciencia de las leyes es la luz, la de los hechos el movimiento; aquélla es la raíz, ésta el fruto. Los hechos se vienen ellos mismos a nuestra observación; la Ciencia debemos edificarla en nosotros; los hechos desnudos fundan sólo opinión, o una habitual seguridad decorada ligeramente con el nombre de certeza; la Ciencia funda convicción, según leyes permanentes que rigen a todos los hechos de un mismo orden. Nunca el conocimiento empírico solo establece principios, formula leyes, anticipa planes de vida; no da impulso ni movimiento si no está acompañado de la Ciencia, que lo ilustra, lo confirma, lo dirige, así como la Ciencia necesita de los hechos para determinarse y aplicarse a la vida. Si nosotros no supiéramos anticipadamente que la Naturaleza obra según ley constante, fuera ocioso experimentar e indagar, y si Dios no enviara hacia nosotros su rayo luminoso, ¿podríamos dirigir con lógica y sistema nuestros discursos, comprobar nuestros conocimientos y medir sus progresos, rectificar nuestros errores, comenzar una y otra vez sin que el Espíritu se canse, ni sus fuerzas se agoten, ni acabe la esperanza en la verdad divina y en su eterna revelación? Relegados a un extremo del mundo, en los confines de la nada, todavía nos es dado contemplar los torrentes de luz que inundan los centros de la Naturaleza, y escuchar la voz de la verdad que desciende del cielo a la tierra; aún podemos cultivar y embellecer esta morada terrena y este espíritu humano, y levantarlo a más alto lugar y más cercano al principio de la vida, cuyo pensamiento alienta nuestra razón y sus obras, y preside a la tarea anual que hoy comenzamos, como la comenzaron nuestros maestros, y nuestros sucesores la continuarán por largos siglos.

El pensamiento de Dios, que reina en la base del mundo científico y de nuestro Instituto, penetra con secreta virtud en cada reino y esfera de este mundo. Si estudiáis las Matemáticas, aplicáis constantemente la idea del infinito en la Geometría trascendental en las progresiones y series, y señaladamente en los cálculos. Si estudiáis en la Física las leyes del movimiento; si en la Química las de descomposición y asimilación de los cuerpos, os detenéis en la base de estas Ciencias ante la causa primera del movimiento, el átomo, el elemento, las cualidades llamadas primarias, que se dejan pensar, pero no tocar ni experimentar. Si estudiáis la Medicina, estos huesos, estas fibras y tejidos y músculos, sujetos como cuerpos a las leyes de la Física, como cuerpos vivos a las leyes de la Fisiología, no os muestran el primer resorte vital; y sin embargo, este primer resorte e impulso existe y casi lo tocáis, y lo suponéis como principio y ley de la salud, y de él os ayudáis para vencer la enfermedad y restablecer el curso de las funciones vitales. Si estudiáis la Historia, contempláis el nacimiento y muerte de los pueblos, las guerras, las revoluciones, las crisis violentas, las alternativas de orden y anarquía, de progreso y reacción que conmueven las entrañas de la Humanidad, y parecen sacar de la muerte misma nueva vida, ¿son estos dramas seculares sueño de sombra, tiempo perdido y obra vana, o expresan la manifestación laboriosa de una ley suprema en el conocimiento y en la experiencia limitada de la Humanidad? Si estudiáis el Derecho, os parece a primera vista esta Ciencia una compilación de leyes y convenciones humanas; pero sobre la ley escrita está el Derecho natural; aquélla muda con los tiempos, el Derecho natural queda siempre para defender a los débiles, los oprimidos, los justos, y condenar eternamente a los fuertes, opresores e injustos. Todas las Ciencias nos llevan por su discurso natural e ingénitas leyes al conocimiento de Dios, el criterio de nuestros juicios, la fuente de nuestros amores, el norte de nuestra voluntad, la piedra angular, que no puede ser removida en nuestro espíritu sin que retiemble y venga abajo todo el edificio intelectual y humano.

Es, pues, uno el objeto y fin último de la Ciencia que venís aquí a honrar y cultivar. Y en cuanto a nosotros mismos, el sugeto de esta Ciencia, ¿qué es pensar? Lo primero es pensarnos, conocernos; porque, si no nos conocemos, ¿qué podemos conocer? Si no conocemos el órgano y el medio, ¿cómo llegaremos al objeto? Nosotros conocemos nuestro espíritu, sino en la total experiencia interior, que nunca acaba, al menos en sus propiedades fundamentales; dentro de nosotros conocemos más que puros fenómenos y perspectivas, la fuerza que los produce; medimos esta fuerza, la sentimos vigorosa y pujante o cansada y remisa, jamás extinguida, la concentramos o dilatamos, según el objeto o la resistencia. Esta percepción de nosotros mismos, la más inmediata para el espíritu, es la conciencia. Moviéndonos hacia afuera y al rededor, nos hallamos limitados por otros seres, limitados también, unos inferiores, otros iguales, otros superiores; vivimos con ellos en recíproca acción o reacción, o armonía, en cuyo conocimiento ejercitamos la facultad de la percepción, acompañada siempre de la propia conciencia. Pero el mundo, hemos visto, supone un fundamento supremo, y el conocimiento de este fundamento pide en nosotros una facultad más alta que la percepción y la conciencia, y reguladora de nuestras demás funciones intelectuales, para darles dirección y unidad. Esta facultad soberana es la razón, que conoce los principios, las relaciones y los fines, y presta su carácter a las restantes potencias: a la memoria, que, nos trae delante lo pasado; a la inducción, que prevé lo futuro y sube de los hechos a las leyes; a la deducción, que desciende de las leyes a los hechos; a la abstracción, que despeja lo concreto y arranca las ideas al sueño de la materia; a la generalización, que nos levanta de la variedad a la unidad; a la imaginación, en cuyas alas corremos el espacio entre la tierra y el cielo, entre lo presente, lo pasado y venidero. Estas funciones tan concertadas y encadenadas, tan fecundas en descubrimientos, en presentimientos, en purísimos goces, que nos sujetan los seres inferiores y las fuerzas naturales, que abrazan el mundo, se elevan hasta Dios, ¿no nos muestran, tanto como el objeto de ellas, la ley y el camino de la inteligencia humana y de nuestras tareas?

Sobre esta ordenada relación entre el objeto y el sugeto del conocimiento descansa el organismo de la Ciencia, como traslado fiel del mundo real en el mundo racional, y dividido interiormente en reinos, géneros, familias, cuyos límites podéis seguir hasta el punto en que las diferencias se pierden en la unidad que a todas preside, y es el principio la vida intelectual, así como el criterio es el cimiento interior y la secreta elaboración de los jugos, el método la distribución de estos jugos en vasos y miembros, el sistema la construcción sólida y bien proporcionada que resulta de las preparaciones anteriores. Bajo esta forma invariable, e igual para todas las Ciencias, podéis ordenar fácilmente el material del conocimiento humano. —Así, en el mundo natural, distinguís luego cuatro reinos científicos, según consideréis la Naturaleza, o en la medida de los cuerpos, bajo número, extensión, duración y movimiento, en las grandes y pequeñas masas, terrestres o celestes (Matemáticas), o bajo la experimentación activa e indagadora de los cuerpos mismos en sus propiedades inorgánicas, aparte de los lugares, los tiempos y usos de la vida, o con esta relación (Ciencias físicas), o en sus propiedades orgánicas y vitales, ya en general, ya en la escala y desenvolvimiento gerárquico desde el vegetal, al animal, al Hombre (Ciencias naturales), o en los agentes, circunstancias e influencias que conservan, alteran o restablecen las funciones orgánicas y el curso de la vida animal (Ciencias médicas), subdividiéndose estos cuatro géneros, según norma común lógica, en Ciencias de observación inmediata, de indagación interior analítica, de comparación entre hechos y estados diferentes, de asimilación y deducción de leyes semejantes, hasta reconocer la unidad y principio generador en cada reino científico. —Bajo análogas divisiones y grados debéis considerar en el mundo del Espíritu, primero el Espíritu en su naturaleza intelectual y moral, y en sus relaciones trascendentales con el fundamento de su vida y de la vida natural asimismo (Filosofía y Teología), o en la comunicación e influencia recíproca entre espíritu y espíritu, mediante la lengua, la escritura y las artes (Literatura), o en la sociabilidad y sociedades humanas, cuyo gradual organismo expresa la armonía de la Naturaleza y el Espíritu en el Hombre, ya sean observadas estas sociedades en su propagación sobre el suelo de la tierra, en la sucesión de sus generaciones, y en su vida pasada, intelectual, civil, religiosa, que la presente continúa y completa (Historia), o en las leyes permanentes de su estado civil y de su desenvolvimiento económico y político, en las de su conservación y defensa, o de sus relaciones exteriores, que preparan con progresos graduales la universal sociabilidad y derecho humano (Ciencias jurídicas y políticas). En este fundamental organismo, todas y cada una de las Ciencias parten de un principio cierto para conocer una ley o fórmula general, y sobre esta otra en la esfera de su atención, comparan y ordenan estas leyes, hasta hallar la ley común sobre las particulares, en cuyo punto la Filosofía, aplicando a todas la actividad uniforme del Espíritu en inducción, deducción y construcción, les da la semejanza fiel del organismo del mundo, que podemos estudiar con paso seguro, sin agotarlo jamás, ni descifrar todos sus pormenores y misteriosas armonías. Dios, que crea y abraza con su omnipotencia todos los seres, penetra con su inteligencia las leyes de todos y de sus relaciones, los grados de sus transformaciones y desenvolvimientos, los del sol como del átomo solar, de la inteligencia humana como de la vida animal, del movimiento inanimado y del cuerpo inmóvil que reposa a nuestros pies. Cuando a fuerza de atención e indagación podemos levantar el pensamiento sobre este mundo sensible, descubrir una ley, ojear desde su altura una serie de hechos naturales, morales, históricos; crear con su poder una nueva vida al rededor nuestro, nos acercamos a Dios por el camino de la verdad, como Dios se acerca a nosotros por ese mismo camino, y nos recrea con un goce inefable, que elevándonos en la jerarquía de la inteligencia, es el fruto inmediato de nuestra perseverancia y devoción científica. Este sentimiento expresa en el Espíritu el acorde del corazón y la razón, el calor de la tierra que responde a la luz del cielo; los hombres no lo pueden quitar ni turbar, porque no viene de ellos, ni a ellos debe ser primeramente agradecido, sino a la Inteligencia suprema, que da el amor con la misma liberal mano con que da la verdad. Los que no aman la Ciencia, o la quieren desnaturalizada, vinculada a otros intereses que los de la naturaleza racional y sus leyes, esos no han sentido jamás este divino goce, cuando piensan que la Ciencia puede reducirse a negocio de convención o cálculo político, o presumen que es dable a poder humano borrar de la tierra este reverbero del cielo.

Este goce purísimo del Espíritu en la posesión, aun incompleta aquí y limitada, de la verdad, es un eco y aurora de la inmortalidad; en este sentimiento llena la Ciencia a su modo y en bella armonía con los demás caminos de la vida todo el destino del Hombre. En el ejercicio de la fantasía, que fecundándose con el mundo del sentido, le envía de su inagotable inventiva nuevos mundos de poesía y arte; en el cultivo del entendimiento, que continúa sin fin el análisis natural y matemático, y desata las ideas de la prisión de la Naturaleza; en el ejercicio de la razón, que conoce las relaciones y la unidad, y la impone al Espíritu, y mediante el Espíritu al mundo, ¿no se despierta en nosotros algún sentimiento superior al goce de la verdad aquí conocida y poseída? ¿Por qué se autoriza y merece tanto más una Ciencia el respeto de los hombres cuanto más elevada está sobre el interés material, con tal modo, sin embargo, que ambos extremos, el ideal y el sensible (lo verdadero y lo útil), caben en un organismo, y participan aquí de una indivisible dignidad y representación? ¿Ha creado Dios al Hombre para conocer el mundo y ayudar al divino Autor en su obra, para regir la Naturaleza y su propia limitación, y caer, después de todo, envuelto con la sombra de su cuerpo en el silencioso abismo de la nada? Si el campo de la Ciencia es tan vasto, que nuestra vida entera, ni la vida de todos los hombres, empleada sin descanso en el estudio, apenas basta para aclarar algunas regiones en el reino de la verdad, para contemplar algunas leyes y presentir las restantes; si a medida que penetramos en un horizonte, se abre un horizonte más dilatado a nuestra vista, y despierta, en el Espíritu el nuevo anhelo y fuerza para conocerlo; si después de tantos siglos pasados, de tantos genios consagrados al mismo fin, lo poco que sabemos nos deja luego entender lo mucho que ignoramos, ¿podemos no creer que la luz de la Ciencia en esta vida es un rayo del sol de la verdad en la otra? ¿Dónde despliega enteramente sus alas el Espíritu, dónde respira su aire natal, sino en el mundo de las leyes que no mudan ni pasan, como Dios no muda ni pasa? Y si este horizonte sensible e histórico no cansa ni usa apenas nuestras fuerzas; si apenas entretiene la sed del conocimiento en el Espíritu, ¿para qué nos ha dado Dios una inteligencia y un corazón que abraza en su amor a todos los hombres, a los que han vivido, a los que no han nacido, a los que no conocemos, a nuestros enemigos, a toda la creación, una inteligencia que se atreve a pensar en Dios y a amarlo? A medida que caminamos en la vida, este suelo y tierra muda y pasa, y sus seres caen a nuestros pies deshechos en la materia elemental. Para sacudir del Espíritu el sueño del sentido, nos armamos del divino despertador de la Ciencia; sobre los individuos pasajeros reconocemos especies, sobre las especies géneros, los géneros nos revelan leyes, las leyes nos muestran analogías y armonías permanentes, leyes de leyes; y así de grado en grado nos es permitido contemplar de lejos el pensamiento infinito que rige con fecunda unidad el mundo y su vida, y la nuestra, y nuestra Ciencia. Ved aquí la patria del Espíritu que habéis presentido en la aurora de vuestra vida, y que venís a buscar en este lugar. El curso de la Naturaleza puede cesar, el sol puede apagarse; pero la luz de la razón no tendrá noche ni será abandonada de la verdad en que Dios se manifiesta a los que, trabajando, luchando y venciendo, han merecido conocerla.

Tal es el espíritu, éstas las leyes, el organismo y el destino de la profesión en que hoy venís a iniciaros, y que mañana acaso habréis de enseñar a vuestros hijos y a nuevas generaciones. Elevados a este sacerdocio intelectual, según vuestros méritos públicamente probados y con estricta justicia estimados y correspondidos, será vuestro primer deber enseñar la verdad, propagarla y vivir enteramente para ella; enriquecer el tesoro de conocimientos recibido de vuestros mayores con otros nuevos o mejor comprobados, interrogando, experimentando, indagando, hasta convertir en luz viva el conocimiento alcanzado, y vestirlo de palabra clara, solemne, que autorice la doctrina en vuestros oyentes, y mediante ellos en la Sociedad. Debéis honrar vuestra enseñanza con el testimonio de vuestra conducta, y estar siempre dispuestos a confesarla y defenderla como la religión de vuestro estado, bajo la Religión divina que a todos nos reúne. Sólo el espíritu sofista disputa y hace bandera de la verdad que no cree, y del bien que no practica; el espíritu sincero busca la verdad con entusiasmo y la enseña con firme convicción, según pruebas racionales, no bajo la fe del propio dicho. Y aunque este espíritu y esta profesión no tienen otra autoridad sobre los hombres que la de la palabra, a veces no escuchada, o superficialmente entendida o mal interpretada; aunque el profesor debe trabajar sin descanso en indagaciones que no siempre pagan sus tareas y vigilias, y que necesita rehacer una vez y otra; y entre tanto el amor a su alto fin apenas basta para vencer las contrariedades, para ganar al estudio los espíritus distraídos, para no dejarse rendir por el cansancio de ánimo y cuerpo; aunque estas dificultades, luchas interiores, resistencias exteriores hacen ardua la profesión virtuosa de la Ciencia, hay un poder divino que combate por ella y colma de fruto sus sacrificios, si no hoy, mañana: el poder de la verdad, y su influencia lenta, suave, invencible en la vida. Los que impiden esta influencia, se ponen delante del sol para que su luz no alumbre a la tierra; pero el sol pasará sobre ellos, y disipará todas las sombras. Las altas indagaciones científicas no suelen pasar del gabinete del profesor o de las puertas de nuestras Academias; pero cuando al calor de la discusión madura en este centro alguna verdad, va derecha a la circunferencia, ilustra la opinión y la enriquece de siglo en siglo con máximas prácticas, leyes, aforismos, que rigen la Ciencia y la vida, y acercan la Humanidad a su destino.

Y la Institución que nos reúne aquí en un cuerpo y en común espíritu con las Instituciones semejantes, donde quiera que es sentida esta divina necesidad del conocimiento, debe procurar que la naturaleza racional sea conservada en la integridad de sus fuerzas y en las condiciones para el cumplimiento de su fin, por ninguna otra institución cumplido ni suplido; debe prevenir que la cultura intelectual no sea mecanizada, ni torcida a extraños intereses; debe impedir que sea menguada por la incultura, o degradada por el materialismo egoísta o por la indiferencia impía, que borran en el Hombre la santa imagen de Dios. Sobre estos deberes funda la Ciencia y su representación legítima un verdadero derecho público de concurso fraternal con las demás Instituciones representantes y guardadoras de fines igualmente supremos, y análogos y armónicos con el fin científico. Todo lo que puede conocer el Espíritu, si lo es en forma de racional discurso, entra de lleno bajo la competencia del Cuerpo científico, y de él no puede ser separado, sin quebrantar en su derecho el derecho común, sin cortar una vena central de la vida, y sin ir contra la ley de la Historia que reorganiza hoy las Potencias sociales sobre su naturaleza permanente, y sobre el recíproco derecho y respeto y libre concierto entre todas. Y así como las enfermedades parciales dentro de las demás instituciones, dentro de la Iglesia y del Estado, son corregidas por estos Cuerpos, representados en sus grandes Asambleas y asistidos del Espíritu de Dios, por la misma razón y con semejante ley las enfermedades intelectuales dentro de la Ciencia son corregidas por la Institución misma en su organización jerárquica y en fuerza de la salud de todo el cuerpo, que nunca puede faltarle, aunque enferme pasajeramente alguno de sus miembros. Cada fin principal de la Sociedad es en su género bueno, legítimo, inviolable, y sobre las justas relaciones entre estos fines y sus instituciones respectivas se funda, se conserva y se levanta el edificio y obra común; sin ellas se derrumba en la anarquía o encalla en la servidumbre intelectual, enfermedad la más grave de todas y de más difícil cura. Para prevenir estos males, para corregirlos donde aparezcan, nunca nos faltará la Providencia, si nosotros sabemos ayudarnos.