Ramón de Campoamor (1817–1901)

Textos


 

Te pintaré en un cantar

la rueda de la existencia:

pecar, hacer penitencia

y luego vuelta a empezar.

 


Lo que hace el tiempo

 A Blanca Rosa de Osma

Con mis coplas, Blanca Rosa,
Tal vez te cause cuidados
            Por cantar
Con la voz ya temblorosa,
Y los ojos ya cansados
            De llorar.

Hoy para ti sólo hay glorias,
Y danzas y flores bellas;
            Mas después,
Se alzarán tristes memorias,
Hasta de las mismas huellas
            De tus pies.

En tus fiestas seductoras
¿No oyes del alma en lo interno
            Un rumor,
Que lúgubre a todas horas,
Nos dice que no es eterno
            Nuestro amor?

¡Cuánto a creer se resiste
Una verdad tan odiosa
            Tu bondad!
¡Y esto fuera menos triste
Si no fuera, Blanca Rosa,
            Tan verdad!

Te aseguro, como amigo,
Que es muy raro, y no te extrañe,
            Amar bien.
Siento decir lo que digo;
Pero ¿quieres que te engañe
            Yo también?

Pasa un viento arrebatado,
Viene amor, y a dos en uno
            Funde Dios;
Sopla el desamor helado,
Y vuelve a hacer, importuno,
            De uno, dos.

Que amor, de egoísmo lleno,
A su gusto se acomoda
            Bien y mal;
En él hasta herir es bueno,
Se ama o no se ama, ésta es toda
            Su moral.

¡Oh! ¡qué bien cumple el amante,
Cuando aun tiene la inocencia,
            Su deber!
Y ¡cómo, más adelante,
Aviene con su conciencia
            Su placer!

¿Y es culpable el que, sediento,
Buscando va en nuevos lazos
            Otro amor?
¡Sí! culpable como el viento
Que, al pasar, hace pedazos
            Una flor.

¿Verdad que es abominable
Que el corazón vagabundo
            Mude así,
Sin ser por ello culpable,
Porque esto pasa en el mundo
            Porque sí?

Se ama una vez sin medida,
Y aun se vuelve a amar sin tino
            Más de dos.
¡Cuán versátil es la vida!
¡Cuán vano es nuestro destino,
            Santo Dios!

É1 lleve tu labio ayuno
A algún manantial querido
            De placer,
Donde dichosa, ninguno
Te enserie nunca el olvido
            Del deber.

Siempre el destino constante
Nos da cual vil usurero
            Su favor:
Da amor primero y no amante;
Después mucho amante, pero
            Poco amor.

Tranquila a veces reposa,
Y otras se marcha volando
            Nuestra fe.
Y esto pasa, Blanca Rosa,
Sin saber cómo, ni cuándo,
            Ni por qué.

Nunca es estable el deseo,
Ni he visto jamás terneza
            Siempre igual.
Y ¿a qué negarlo? No creo
Ni del bien en la fijeza,
            Ni del mal.

Este ir y venir sin tasa,
Y este moverse impaciente,
            Pasa así,
Porque así ha pasado y pasa,
Porque sí, y ¡ay! solamente
            Porque sí.

¡Cuán inútil es que huyamos
De los fáciles amores
            Con horror,

Si cuanto más las pisamos,
Más nos embriagan las flores
            Con su olor!

El cielo sin duda envía
La lucha a la tormentosa
            Juventud;
Pues ¿qué mérito tendría
Sin esfuerzos, Blanca Rosa,
            La virtud?

¡Ay! un alma inteligente,
Siempre en nuestra alma divisa
            Una flor.
Que se abre infaliblemente
Al soplo de alguna brisa
            De otro amor.

Mas dirás: —¿Y en qué consiste
Que todo a mudar convida?—
           ¡Ay de mí!
En que la vida es muy triste . . .
Pero aunque triste, la vida
            Es así.

Y si no es amor el vaso
Donde el sobrante se vierte
            Del dolor,
Pregunto yo: —¿Es digno acaso
De ocuparnos vida y muerte
            Tal amor?—

Nunca sepas, Blanca Rosa,
Que es la dicha una locura,
            Cual yo sé;
Si quieres ser venturosa,
Ten mucha fe en la ventura,
            Mucha fe.

Si eres feliz algún día,
¡Guay, que el recuerdo tirano
            De otro amor
No se filtre en tu alegría,
Cual se desliza un gusano
            Roedor!

Tú eres de las almas buenas,
Cuyos honrados amores
            Siempre son
Los que bendicen sus penas,
Penas que se abren en flores
            De pasión.

Con tus visiones hermosas,
Nunca de tu alma el abismo
            Llenarás,
Pues la fuerza de las cosas
Puede más que Hércules mismo,
           ¡Mucho más! . . .

Si huye una vez la ventura,
Nadie después ve las flores
            Renacer
Que cubren la sepultura
De los recuerdos traidores
            Del ayer.

¿Y quién es el responsable
De hacer tragar sin medida
            Tanta hiel?
¡La vida! ¡ésa es la culpable!
La vida, sólo es la vida
            Nuestra infiel.

La vida, que desalada,
De un vértigo del infierno
            Corre en pos:
Ella corre hacia la nada;
¿Quieres ir hacia lo eterno?
            Ve hacia Dios.

¡Sí! corre hacia Dios, y Él haga
Que tengas siempre una vieja
            Juventud.
La tumba todo lo traga;
Sólo de tragarse deja
            La virtud.

 

¡Quién supiera escribir!

 I

 

—Escribidme una carta, señor Cura.
            —Ya sé para quién es.
—¿Sabéis quién es, porque una noche oscura
            Nos visteis juntos? —Pues.

—Perdonad; mas . . . —No extraño ese tropiezo.
            La noche . . . la ocasión . . .
Dadme pluma y papel. Gracias. Empiezo:
            Mi querido Ramón:

—¿Querido? . . . Pero, en fin, ya lo habéis puesto . . .
            —Si no queréis . . . —¡Sí, sí!
—¡Qué triste estoy!  ¿No es eso? —Por supuesto
            —¡Qué triste estoy sin ti!

Una congoja, al empezar, me viene . . .
            —¿Cómo sabéis mi mal?
—Para un viejo, una niña siempre tiene
            El pecho de cristal.

¿Qué es sin ti el mundo? Un valle de amargura.
            ¿Y contigo? Un edén.
—Haced la letra clara, señor Cura;
            Que lo entienda eso bien.

—El beso aquel que de marchar a punto
            Te di . . .  —¿Cómo sabéis? . . .
—Cuando se va y se viene y se está junto
            Siempre . . . nos os afrentéis . . .

Y si volver tu afecto no procura
            Tanto me harás sufrir . . .
—¿Sufrir y nada más? No, señor Cura,
            ¡Que me voy a morir!

—¿Morir? ¿Sabéis que es ofender al cielo? . . .
            —Pues, sí, señor, ¡morir!
—Yo no pongo morir. —¡Qué hombre de hielo!
            ¡Quién supiera escribir!

 

II

 

¡Señor Rector, señor Rector! en vano
            Me queréis complacer,
Si no encarnan los signos de la mano
            Todo el ser de mi ser.

Escribidle, por Dios, que el alma mía
            Ya en mí no quiere estar;
Que la pena no me ahoga cada día.
            Porque puedo llorar.

Que mis labios, las rosas de su aliento,
            No se saben abrir;
Que olvidan de la risa el movimiento
            A fuerza de sentir.

Que mis ojos, que él tiene por tan bellos,
            Cargados con mi afán,
Como no tienen quien se mire en ellos,
            Cerrados siempre están.

Que es, de cuantos tormentos he sufrido,
            La ausencia el más atroz;
Que es un perpetuo sueño de mi oído
            El eco de su voz . . .

Que siendo por su causa, el alma mía
            ¡Goza tanto en sufrir! . . .
Dios mío ¡cuántas cosas le diría
            Si supiera escribir! . . .
 

III

 

Epílogo

—Pues señor, ¡bravo amor! Copio y concluyo:
            A don Ramón . . .  En fin,
Que es inútil saber para esto arguyo
            Ni el griego ni el latín.

 


EL GAITERO DE GIJÓN

A mi sobrina: Guillermina
Campoamor Domínguez.


I
Ya se está el baile arreglando.
Y el gaitero, ¿dónde está?
«Está a su madre enterrando,
pero enseguida vendrá».
«Y ¿vendrá?» «Pues ¿qué ha de hacer?»
cumpliendo con su deber.
vedle con la gaita..., pero
¡cómo traerá el corazón
el gaitero,
el gaitero de Gijón!

II
¡Pobre! Al pensar en su casa
toda dicha se ha perdido,
un llanto oculto le abrasa,
que es cual plomo derretido.
Mas, como ganan sus manos
el pan para sus hermanos,
en gracia del panadero
toca con resignación
el gaitero,
el gaitero de Gijón.

III
No vio una madre más bella
la nación del sol poniente...
pero ya una losa de ella
le separa eternamente.
¡Gime y toca! ¡Horror sublime!
Mas, cuando entre dientes gime,
no bala como un cordero,
pues ruge como un león
el gaitero,
el gaitero de Gijón.

IV
La niña más bailadora,
«¡Aprisa! -le dice- ¡aprisa!»
Y el gaitero sopla y llora,
poniendo cara de risa.
Y al mirar que de esta suerte
llora a un tiempo y los divierte,
¡silban como Zoilo a Homero,
algunos sin compasión,
al gaitero,
al gaitero de Gijón!

V
Dice el triste en su agonía,
entre soplar y soplar:
«¡Madre mía, madre mía!
¡Cómo alivia el suspirar!»
Y es que en sus entrañas zumba
la voz que apagó la tumba;
¡voz que, pese al mundo entero,
siempre la oirá el corazón
del gaitero,
del gaitero de Gijón!

VI
Decid, lectoras, conmigo:
¡Cuanto gaitero hay así!
¿Preguntáis por quien lo digo?
Por vos lo digo y por mí.
¿No veis que al hacer, lectoras,
doloras y más doloras,
mientras yo de pena muero
vos las recitáis al son
del gaitero,
del gaitero de Gijón?...
 


La niña y la mariposa

Va una mariposa bella
volando de rosa en rosa,
y de una en otra afanosa
corre una niña tras ella.

Su curso, alegre y festiva,
sigue con pueril afán,
y con airoso ademán
la mariposa se esquiva.

A veces con loco intento
quiere hacer presa en sus galas,
y, en vez de tocar sus alas,
toca las alas del viento.

Y su empeño duplicando,
cuanto más corre afanosa,
más leda la mariposa
va su inocencia burlando.

La ciñe en rápido giro,
y al ir a cogerla esbelta,
por cada vez que se suelta,
suelta la niña un suspiro.

Mas, sin ceder en su anhelo,
presta una, y la otra ligera,
ni una acorta su carrera,
ni la otra amaina su vuelo.

Y vagan embebecidas,
sin sentir indiferentes
ni el són de las claras fuentes,
ni el de las auras perdidas.

Ni los pájaros que espantan,
entre las ramas divisan,
ni ven las flores que pisan,
ni oyen las aves que cantan.

Y mientras estas cantando
siguen con plácido estruendo,
la niña sigue corriendo,
la mariposa volando.

-Amaina el vuelo sereno,
mariposa,
de quien es albergue el seno
de la rosa.
¿Por qué en tal dulce ocasión
vas sin tino
huyendo así la prisión
de lazo tan peregrino?

Reina de las blandas flores,
sus enojos
no temas, ni los ardores
de sus ojos,
porque ese puro arrebol
que enamora,
si es luciente como el sol,
es tierno como la aurora.

Entre mil palmas no hay talle
más galano,
ni azucena en todo el valle
cual su mano.
No oirás de su voz divina
la dulzura,
ni el ruiseñor que trina,
ni el raudal que murmura.

Aprende el aura a ser leve
de su planta,
y, para formar con nieve
su garganta.
le dió el cisne el atavío
de su pluma,
lumbre la aurora, y el río
su plata, cristal y espuma.

-No sigas más la inconstante
mariposa,
enamorada y errante
niña hermosa,
que al fin vendrá a ser cautiva
de tu llama,
si aun amorosa, aunque esquiva,
la luz de los cielos ama.

Y aunque aspira de mil flores
la fragancia,
no imites en tus amores
su inconstancia;
que al fin de tanto vagar,
suele, hermosa,
entre las flores hallar
la yerba más venenosa.

Imita sólo su vuelo,
pues serena,
jamás, niña toca el cielo,
ni la arena.
Quien se humilla o sin razón
subir quiere,
muere a manos de un halcón
si a las de un áspid no muere.

Mas ¡ay! que vas en pos de ella
vagarosa,
sin escuchar mi querella,
niña hermosa.
Sigues con presteza tanta
tu contento,
que así encomiendas tu planta,
como mi súplica, al viento.-

Y en tan inocente afán,
como su gusto entretienen,
así vagabundas vienen,
y así vagabundas van.

A veces en su embeleso
la mariposa, al pasar,
suele fugaz estampar
sobre su mejilla un beso.

Y rauda su vuelo alzando,
la niña de angel blasona,
al trazar una corona
sobre su frente girando.

Y siguen acordemente
la mariposa en sus giros,
la niña con sus suspiros,
con sus rumores la fuente.

Vagan los aires süaves
formando dobles acentos,
y al grato son de los vientos,
siguen cantando las aves.

Y entre tanta melodía,
tanta corriente murmura,
que es todo el aire frescura,
aroma, luz y armonía.

Y susurrando congojas
prosiguen mintiendo quejas,
en el pensil las abejas,
y en la enramada las hojas.

Y tiernas flores hollando,
y frescas auras batiendo,
la niña sigue corriendo,
la mariposa volando.
 


El tren expreso

 CANTO PRIMERO

La noche

 

I

Habiéndome robado el albedrío

un amor tan infausto como mío,

ya recobrada la quietud y el seso,

volvía de París en tren expreso.

Y cuando estaba ajeno de cuidado,

como un pobre viajero fatigado,

para pasar bien cómoda la noche,

muellemente acostado,

al arrancar el tren, subió a mi coche,

seguida de una anciana,

una joven hermosa,

alta, rubia, delgada y muy graciosa,

digna de ser morena y sevillana.

 

II

Luego, a una voz de mando,

por algún héroe de las artes dada,

empezó el tren a trepidar, andando

con un trajín de fiera encadenada.

Al dejar la estación, lanzó un gemido

la máquina, que libre se veía,

y corriendo al principio solapada,

cual la sierpe que sale de su nido,

ya, al claro resplandor de las estrellas,

por los campos, rugiendo, parecía

un león con melena de centellas.

 

III

Cuando miraba atento

aquel tren que corría como el viento,

con sonrisa impregnada de amargura

me preguntó la joven con dulzura:

-¿Sois español?-. Y a su armonioso acento,

tan armonioso y puro que aun ahora

el recordarlo sólo me embelesa,

-Soy español- le dije -. ¿Y vos, señora?

-Yo -dijo- soy francesa.

-Podéis -le repliqué con arrogancia-

la hermosura alabar de vuestro suelo;

pues creo, como hay Dios, que es vuestra Francia

un país tan hermoso como el cielo.

-Verdad que es el país de mis amores

el país del ingenio y de la guerra;

pero, en cambio -me dijo-, es vuestra tierra

la patria del honor y de las flores.

No os podéis figurar cuánto me extraña

que, al ver sus resplandores,

el sol de vuestra España

no tenga, como el de Asia, adoradores.

Y después de halagarnos, obsequiosos,

del patrio amor el puro sentimiento,

entrambos nos quedamos silenciosos,

como heridos de un mismo pensamiento.

 

IV

Caminar entre sombras es lo mismo

que dar vueltas por sendas mal seguras

en el fondo sin fondo de un abismo.

Juntando a la verdad mil conjeturas,

veía allá a lo lejos, desde el coche,

agitarse sin fin cosas oscuras,

y en torno cien especies de negruras

tomadas de cien partes de la noche.

¡Calor de fragua a un lado; al otro frío!

¡Lamentos de la máquina, espantosos,

que agregan el terror y el desvarío

a todos estos limbos misteriosos!...

¡Las rocas, que parecen esqueletos!...

¡Las nubes, con entrañas abrasadas!...

¡Luces tristes! ¡Tinieblas alumbradas!...

¡El horror que hace grandes los objetos!...

¡Claridad espectral de la neblina!...

¡Juegos de llama y humo indescriptibles!...

¡Unos grupos de bruma blanquecina

esparcidos por dedos invisibles!

¡Masas informes!... ¡Límites inciertos!...

¡Montes que se hunden! ¡Árboles que crecen!

¡Horizontes lejanos que parecen

vagas costas del reino de los muertos!

¡Sombra, humareda, confusión y nieblas!...

¡Acá lo turbio..., allá lo indiscernible!...

¡Y entre el humo del tren y las tinieblas,

aquí una cosa negra, allí otra horrible!

 

V

¡Cosa rara! Entre tanto,

al lado de mujer tan seductora,

no podía dormir, siendo yo un santo

que duerme, cuando no ama, a cualquier hora.

Mil veces intenté quedar dormido,

mas fue inútil empeño:

admiraba a la joven, y es sabido

que a mí la admiración me quita el sueño.

Yo estaba inquieto, y ella,

sin echar sobre mí mirada alguna,

abrió la ventanilla de su lado,

y como un ser prendado de la luna,

miró al cielo azulado,

preguntó, por hablar, qué hora sería,

y al ver correr cada fugaz estrella,

-¡Ved un alma que pasa! -me decía.

 

VI

-¿Vais muy lejos? -con voz ya conmovida

le pregunté a mi joven compañera.

-¡Muy lejos -contestó-: voy decidida

a morir a un lugar de la frontera!

Y se quedó pensando en lo futuro,

su mirada en el aire distraída,

cual se mira en la noche un sitio oscuro

donde fue una visión desvanecida.

-¿No os habrá divertido

-le repliqué galante—,

la ciudad seductora,

en donde todo amante

deja recuerdos y se trae olvido?

-¿Lo traéis vos? -me dijo con tristeza.

-Todo en París lo hace olvidar, señora,

-le contesté-: la moda y la riqueza.

Yo me vine a París desesperado,

por no ver en Madrid a cierta ingrata.

-Pues yo vine —exclamó-, y hallé casado

a un hombre ingrato a quien amé soltero.

-Tengo un rencor -le dije- que me mata.

-Yo una pena -me dijo- que me muero.

Y al recuerdo infeliz de aquel ingrato,

siendo su mente espejo de mi mente,

quedándose en silencio un grande rato,

pasó una larga historia por su frente.

Como el tren no corría, que volaba,

era tan vivo el viento, era tan frío,

que el aire parecía que cortaba:

así el lector no extrañará que, tierno,

cuidase de su bien más que del mío;

pues hacía un gran frío, tan gran frío,

que echó al lobo del bosque aquel invierno,

y cuando ella, doliente,

con el cuerpo aterido,

-¡Tengo frío! -me dijo dulcemente,

con voz que, más que voz, era un balido,

me acerqué a contemplar su hermosa frente,

y os juro por el cielo

que a aquel reflejo de la luz, escaso,

la joven parecía hecha de raso,

de nácar, de jazmín y terciopelo.

Y creyendo invadidos por el hielo

aquellos pies tan lindos,

desdoblando mi manta zamorana,

que tenía más borlas verde y grana

que todos los cerezos y los guindos

que en Zamora se crían,

cual si fuese una madre cuidadosa,

con la cabeza ya vertiginosa,

le tapé aquellos pies, que bien podrían

ocultarse en el cáliz de una rosa.

 

VII

¡De la sombra y el fuego al claroscuro

brotaban perspectivas espantosas,

y me hacía el efecto de un conjuro

al ver reverberar en cada muro

de la sombra las danzas misteriosas!...

¡La joven, que acostada traslucía,

con su aspecto ideal, su aire sencillo,

y que, más que mujer, me parecía

un ángel de Rafael o de Murillo!

¡Sus manos por las venas serpenteadas,

que la fiebre abultaba y encendía,

hermosas manos, que a tener cruzadas

por la oración habitual tendía!...

¡Sus ojos, siempre abiertos, aunque a oscuras,

mirando al mundo de las cosas puras!

¡Su blanca faz de palidez cubierta!

¡Aquel cuerpo a que daban sus posturas

la celeste fijeza de una muerta!...

¡Las fajas tenebrosas

del techo, que irradiaba tristemente

aquella luz de cueva submarina,

y esa continua sucesión de cosas,

que así en el corazón como en la mente

acaban por formar una neblina!...

¡Del tren expreso la infernal balumba!...

¡La claridad de cueva que salía

del techo de aquel coche, que tenía

la forma de la tapa de una tumba!...

¡La visión triste y bella

del sublime concierto

de todo aquel sublime desconcierto,

me hacían traslucir en torno de ella

algo vivo rondando un algo muerto!

 

VIII

De pronto, atronadora,

entre un humo que surcan llamaradas,

despide la feroz locomotora

un torrente de notas aflautadas,

para anunciar, al despuntar la aurora,

una estación, que en feria convertía

el vulgo con su eterna gritería,

la cual, susurradora y esplendente,

con las luces del gas brillaba enfrente,

y al llegar, un gemido

lanzado, prolongado y lastimero,

el tren en la estación entró seguido,

cual si entrase un reptil en su agujero.

 

CANTO SEGUNDO

El día

 

I

Y continuando la infeliz historia,

que aún vaga como un sueño en mi memoria,

veo al fin, a la luz de la alborada,

que el rubio de oro de su pelo brilla

cual la paja de trigo calcinada

por agosto en los campos de Castilla,

y con semblante cariñoso y serio,

y una expresión del todo religiosa,

como llevando a cabo algún misterio,

después de un  -¡Ay Dios mío!-,

me dijo señalando un cementerio:

-¡Los que duermen allí no tienen frío!

 

II

El humo, en ondulante movimiento,

dividiéndose a un lado y a otro lado,

se tiende por el viento

cual la crin de un caballo desbocado.

Ayer era otra fauna, hoy otra flora;

verdura y aridez, calor y frío;

andar tantos kilómetros por hora

causa al alma el mareo del vacío;

pues salvando el abismo, el llano, el monte,

con un ciego correr que al rayo excede,

en loco desvarío,

sucede un horizonte a otro horizonte,

y una estación a otra estación sucede.

 

III

Más ciego cada vez por la hermosura

de la mujer aquella,

al fin la hablé con la mayor ternura,

a pesar de mis muchos desengaños;

porque al viajar en tren con una bella

va, aunque un poco al azar y a la ventura,

muy deprisa el amor a los treinta años.

-¿Y adónde vais ahora?

-pregunté a la viajera-.

-Marcho, olvidada de mi amor primero

-me respondió sincera-

a esperar el olvido un año entero.

-Pero... ¿y después -le pregunté-, señora?

-Después... -me contestó- ¡lo que Dios quiera!

 

IV

Y porque así sus penas distraía,

las mías le conté con alegría,

y un cuento amontoné sobre otro cuento,

mientras ella, abstrayéndose, veía

las gradaciones de color que hacía

la luz descomponiéndose en el viento.

Y haciendo yo castillos en el aire,

o, como dicen ellos, en España,

le referí, no sé si con donaire,

los cuentos que contó Mari-Castaña.

En mis cuadros risueños,

pintando mucho amor y mucha pena,

como el que tiene la cabeza llena

de heroínas francesas y de ensueños,

había cada llama

capaz de poner fuego al mundo entero;

y no faltaba nunca un caballero

que, por gustar solícito a su dama,

le sirviese, siendo héroe, de escudero.

Y ya de un nuevo amor en los umbrales,

cual si fuese el aliento nuestro idioma,

más bien que con la voz, con las señales,

esta verdad tan grande como un templo

la convertí en axioma:

que para dos que se aman tiernamente,

ella y yo, por ejemplo,

es cosa ya olvidada, por sabida,

que un árbol, una piedra y una fuente

pueden ser el edén de nuestra vida.

 

V

Como en amor es credo,

o artículo de fe que yo proclamo,

que en este mundo de pasión y olvido,

o se oye conjugar el verbo ''te amo'',

o la vida mejor no importa un bledo,

aunque entonces, como a hombre arrepentido,

el ver una mujer me daba miedo,

más bien desesperado que atrevido,

-Y un nuevo amor -le pregunté amoroso-,

¿no os haría olvidar viejos amores?

Mas ella, sin dar tregua a sus dolores,

contestó con acento cariñoso:

-La tierra está cansada de dar flores;

necesito algún año de reposo.

 

VI

Marcha el tren tan seguido, tan seguido,

como aquel que patina por el hielo,

y en confusión extraña

parecen confundidos tierra y cielo,

monte la nube, y nube la montaña,

pues cruza de horizonte en horizonte

por la cumbre y el llano,

ya la cresta granítica de un monte,

ya la elástica turba de un pantano,

ya entrando por el hueco

de algún túnel que horada las montañas,

a cada horrible grito

que lanzando va el tren, responde el eco,

y hace vibrar los muros de granito,

estremeciendo al mundo en sus entrañas,

y dejando aquí un pozo, allí una sierra,

nubes arriba, movimiento abajo,

en laberinto tal, cuesta trabajo

creer en la existencia de la tierra.

 

VII

Las cosas que miramos

se vuelven hacia atrás en el instante

que nosotros pasamos,

y conforme va el tren hacia adelante,

parece que desandan lo que andamos;

y a sus puestos volviéndose, huyen y huyen

en raudo movimiento

los postes del telégrafo clavados

en fila a los costados del camino,

y como gota a gota, fluyen, fluyen,

uno, dos, tres y cuatro, veinte y ciento,

y formando confuso y ceniciento

el humo con la luz un remolino,

no distinguen los ojos deslumbrados

si aquello es sueño, tromba o torbellino.

 

VIII

¡Oh, mil veces bendita

la inmensa fuerza de la mente humana,

que así el ramblizo como el monte allana,

y al mundo echando su nivel, lo mismo

los picos de las rocas decapita,

que levanta la tierra,

formando un terraplén sobre un abismo

que llena con pedazos de una sierra!

¡Dignas son, ¡vive Dios!, estas hazañas,

no conocidas antes,

del poderoso anhelo

de los grandes gigantes

que, en su ambición para escalar el cielo,

un tiempo amontonaron las montañas!

 

IX

Corría en tanto el tren con tal premura,

que el monte abandonó por la ladera,

la colina dejó por la llanura,

y la llanura, en fin, por la ribera;

y al descender a un llano,

sitio infeliz de la estación postrera,

le dije con amor: -¿Sería en vano

que amaros pretendiera?

¿Sería como un niño que quisiera

alcanzar a la luna con la mano?

Y contestó con lívido semblante:

-No sé lo que seré más adelante,

cuando ya soy vuestra mejor amiga.

Yo me llamo Constancia, y soy constante;

¿qué más queréis -me preguntó- que os diga?

Y, bajando al andén, de angustia llena,

con prudencia fingió que distraía

su inconsolable pena

con la gente que entraba y que salía;

pues la estación del pueblo parecía

la loca dispersión de una colmena.

 

X

Y, con dolor profundo,

mirándome a la faz desencajada,

cual mira a su doctor un moribundo,

siguió: -Yo os juro, cual mujer honrada,

que el hombre que me dio con tanto celo

un poco de valor contra el engaño,

o aquí me encontrará dentro de un año,

o allí... -me dijo, señalando al cielo,

y enjugando después con el pañuelo

algo de espuma de color de rosa

que asomaba a sus labios amarillos.

El tren (cual la serpiente que, escamosa,

queriendo hacer que marcha y no marchando,

ni marcha ni reposa),

mueve y remueve, ondeando y más ondeando,

de su cuerpo flexible los anillos;

y al tiempo en que ella y yo la mano alzando,

volvimos, saludando, la cabeza,

la máquina un incendio vomitando,

grande en su horror y horrible en su belleza,

el tren llevó hacia sí, pieza tras pieza,

vibró con furia y lo arrastró silbando.

 

CANTO TERCERO

El crepúsculo

 

I

Cuando un año después, hora por hora,

hacia Francia volvía,

echando alegre sobre el cuerpo mío

mi manta de alamares de Zamora,

porque a un tiempo sentía,

como el año anterior, día por día,

mucho amor, mucho viento y mucho frío,

al minuto final del año entero

a la cita acudí, cual caballero

que va alumbrado por su buena estrella;

mas al llegar a la estación aquella,

que no quiero nombrar... porque no quiero,

una tos de ataúd sonó a mi lado,

que salía del pecho de una anciana

con cara de dolor y negro traje.

Me vio, gimió, lloró, corrió a mi lado,

y echándome un papel por la ventana,

-¡Tomad -me dijo-, y continuad el viaje!

Y cual si fuese una hechicera vana,

que, después de un conjuro en alta noche,

quedase entre la sombra confundida,

la mujer, más que vieja, envejecida,

de mi presencia huyó con ligereza,

cual niebla entre la luz desvanecida,

al punto en que, llegando con presteza,

echó por la ventana de mi coche

esta carta, tan llena de tristeza,

que he leído más veces en mi vida

que cabellos contiene mi cabeza.

 

II

«Mi carta, que es feliz, pues va a buscaros,

cuenta os dará de la memoria mía.

Aquel fantasma soy que, por gustaros,

jugó a estar viva a vuestro lado un día.

»Cuando lleve esta carta a vuestro oído

el eco de mi amor y mis dolores,

el cuerpo en que mi espíritu ha vivido

ya durmiendo estará bajo unas flores.

»¡Por no dar fin a la ventura mía,

la escribo larga..., casi interminable!...

¡Mi agonía es la bárbara agonía

del que quiere evitar lo inevitable!...

»Hundiéndose, al morir, sobre mi frente

el palacio ideal de mi quimera,

de todo mi pasado, solamente

esta pena que os doy borrar quisiera.

»Me rebelo a morir, pero es preciso...

¡El triste vive, y el dichoso muere!...

¡Cuando quise morir, Dios no lo quiso;

hoy que quiero vivir, Dios no lo quiere!

»¡Os amo, sí! Dejadme que, habladora,

me repita esta voz tan repetida:

que las cosas más íntimas ahora

se escapen de mis labios con mi vida.

»Hasta furiosa, a mí, que ya no existo,

la idea de los celos importuna:

¡Juradme que esos ojos que me han visto

nunca el rostro verán de otra ninguna!

»Y si aquella mujer de aquella historia

vuelve a formar de nuevo vuestro encanto,

aunque os ame, gemid en mi memoria,

¡Yo os hubiera también amado tanto!

»Mas tal vez allá arriba nos veremos,

después de esta existencia pasajera,

cuando los dos, como en el tren, lleguemos

de vuestra vida a la estación postrera.

»¡Ya me siento morir!... ¡El cielo os guarde!

Cuidad, siempre que nazca o muera el día,

de mirar al lucero de la tarde,

esa estrella que siempre ha sido mía.

»Pues yo desde ella os estaré mirando,

y como el bien con la virtud se labra,

para verme mejor, yo haré rezando

que Dios de par en par el cielo os abra.

»¡Nunca olvidéis a esta infeliz amante

que os cita, cuando os deja, para el cielo!

¡Si es verdad que me amasteis un instante,

llorad, porque eso sirve de consuelo!...

»¡Oh Padre de las almas pecadoras,

conceded el perdón al alma mía!

¡Amé mucho, Señor, y muchas horas;

mas sufrí por más tiempo todavía!

»¡Adiós, adiós! ¡Como hablo delirando,

no sé decir lo que deciros quiero!

¡Yo sólo sé de mí que estoy llorando,

que sufro, que os amaba... y que me muero!»

 

III

Al ver de esta manera

trocado el curso de mi vida entera

en un sueño tan breve,

de pronto se quedó, de negro que era,

mi cabello más blanco que la nieve.

De dolor traspasado

por la más grande herida

que a un corazón jamás ha destrozado

en la inmensa batalla de la vida,

ahogado de tristeza,

busqué a la mensajera envejecida;

mas fue esperanza vana,

pues lo mismo que un ciego deslumbrado

ni pude ver la anciana

ni respirar del aire la pureza,

por más que abrí cien veces la ventana,

decidido a tirarme de cabeza.

Cuando, por fin, sintiéndome agobiado

de mi desdicha al peso,

y encerrado en el coche, maldecía

como si fuese en el infierno preso,

al año de venir, día por día,

con mi grande inquietud y poco seso,

sin alma y como inútil mercancía,

me volvió hasta París el tren expreso.