Romanticismo español

Justo Fernández López


LA CONTROVERTIDA PERIODIZACIÓN DEL ROMANTICISMO ESPAÑOL

Todavía hoy, muchos aspectos del movimiento romántico en España se siguen debatiendo y aún no se ha alcanzado un consenso unánime en tópicos como su génesis o procedencia, límites cronológicos, influencias determinantes, características específicas, etc.

Un gran número de críticos han defendido la idea de que el movimiento romántico surge en España en el siglo XIX prácticamente de forma espontánea, como un producto típicamente nacional, sin apenas influencias extranjeras, y básicamente desligado de los movimientos históricos, culturales y artísticos pertenecientes a la centuria anterior.

Otro variado grupo de especialistas tratan de establecer los posibles lazos y las inevitables conexiones entre este movimiento y los anteriores, teniendo también en cuenta las correspondientes influencias extranjeras.

La evolución y desarrollo de las corrientes racionalistas e ilustradas del siglo XVIII conduciría a crear las condiciones adecuadas que permitirían el auge de la propia explosión romántica española.

Sebold habla de un continuum Ilustración-Romanticismo sin rupturas. Por el contrario, Octavio Paz define la Modernidad como una moneda de dos caras opuestas por el vértice, la Ilustración y el Romanticismo.

Shaw cree que el romanticismo español fue de escasa densidad, una moda y un repertorio de actitudes más que una profunda y sostenida concepción del mundo. Para Alborg, el papel de los emigrados fue el de catalizadores y estimuladores de un proceso iniciado por escritores más jóvenes, imbuidos por el celo de restaurar las letras en España.

Para otros autores, como Allison Peers, aunque el romanticismo es un aspecto implícito que existe per se dentro de la cultura española y, por extensión, está presente en toda o casi toda su literatura, el movimiento romántico español fue un fracaso casi completo, nunca tuvo ninguna unidad ni vigor y no existió nunca como ‘escuela’. Lo que no quita que España constitutivamente haya expresado los ideales del romanticismo antes que éste verdaderamente se hubiera producido en Europa.

Lo que está claro es que el romanticismo español fue un movimiento de enorme complejidad, en el que influyeron factores políticos, sociales y culturales. En España se ha dado una profunda interacción entre romanticismo y literario y político.

La mayoría de los críticos de la literatura española la sensibilidad romántica que domina casi todo el siglo XIX se preludia ya en el último tercio del XVIII. Pero considerando que en las obras de finales del XVIII se mezclan rasgos románticos con neoclásicos, la crítica no acierta a llamarla románticos, sino prerrománticas. Por otro lado, teniendo en cuenta que los elementos dominante de estas obras son románticos, algunos autores se oponen a la distinción entre prerromanticismo y romanticismo, como R. P. Sebold, que divide el romanticismo español en primer romanticismo (1770-1800) y romanticismo manierista que iría de 1830 a 1860.

Ermanno Caldera señala la relación que las refundiciones del siglo XVIII guardan con las adaptaciones realizadas por autores románticos de obras y temas del Siglo de Oro y subraya la existencia de un proceso evolutivo que llevaría del Clasicismo al Romanticismo.

Muchos autores extranjeros, han considerado España como un país ‘romántico’ por excelencia, una convencional España de pandereta y toros que, afortunadamente, empieza a difuminarse con obras críticas consistentes de autores españoles. Ven en el prerromanticismo del siglo XVIII el comienzo del Romanticismo. El romanticismo europeo descubrió el romancero español y el entusiasmo de los investigadores alemanes, ingleses y franceses provocó un entusiasmo parecido en España, en donde la tradición del romance no había nunca muerto del todo.

Donald L. Shaw opina que España no puede alardear en absoluto de una literatura romántica autóctona. Críticos como Ricardo Navas-Ruiz rechazan la idea de una herencia literaria, recibida por los románticos, procedente de nuestro Siglo de Oro y creen que hay otras vías más importantes para estudiar, como la de poner en evidencia las diferencias entre conservadores y liberales en la época romántica.

Se ha criticado también el hecho de que el Romanticismo español fuera un movimiento eminentemente conservador. Donald S. Shaw considera la aparición de El Europeo y el Discurso de Durán como responsables del carácter nacionalista, histórico y conservador que adopta el Romanticismo español.

Julián Marías opina que el Romanticismo no fue solamente un fenómeno literario sino también un concepto existencial que se extendió en la vida y la cultura occidentales. Lo meramente literario sería quizás lo menos importante dentro de un fenómeno de tal magnitud. Jean Sarrailh reconoce que la base sobre la que se sustenta el romanticismo español surgió en una época similar a la del resto de Europa. Si el romanticismo español fue un movimiento tardío respecto al resto de Europa, fue debido a la situación política que se vivió en nuestro país, pero fue la cuna de la España moderna tal como la conocemos ahora.

Llorens identifica el Romanticismo con el liberalismo y la modernidad, en contraste con las ideas de E. A. Peers (Historia del movimiento romántico español, Madrid, 21973), quien había identificado el movimiento con lo católico, lo medieval y lo castizo. Según Vicente Llorens, no hubo contacto entre los románticos de afuera y los de dentro durante el período de la emigración, ni estaban en las mismas condiciones: los expatriados gozaban de libertad, los del interior estaban sometidos a la censura. “Así, pues, existieron al mismo tiempo dos literaturas españolas que no siguieron igual rumbo, y que por ello conviene estudiar separadamente, aunque a veces al tratar de algunos autores haya que apartarse considerablemente del orden cronológico”.

Navas-Ruiz: “Que la actividad de un movimiento se extienda sólo diez años no supone ningún fracaso, porque ése es el tiempo de eficacia de una generación”. Los románticos se encontraron desgarrados entre tradición y modernidad por diversas razones históricas y políticas: “Como patriotas y miembros de una sociedad conservadora, se veían obligados a aceptar una tradición, la del siglo de Oro, con cuyos principios discordaban. Como ilustrados, tenían que admitir los principios del siglo XVIII, con cuyas formas literarias y de gobierno disentían. Como liberales, debían europeizar el país, democratizarlo, abrirlo a la libertad cuando el país sufría la peor crisis institucional de su historia e iniciaba una serie de crueles y terribles guerras fratricidas”.

Para algunos el romanticismo español empieza con la Guerra de la Independencia (1808-1814). Para otros autores la polémica Böhl – Mora no es significativa como para ver en ella el comienzo del romanticismo español. La Guerra de la Independencia fue una revolución liberal, aunque fuera también unida a la facción servil que solo buscaba la emancipación del territorio ocupado. Los franceses y los afrancesados decían que querían salvar a España de su atraso secular y a liberarla del absolutismo; silenciando la existencia de un pensamiento liberal progresista existente. En el fondo, todos los románticos estaban unidos por su nacionalismo, la hostilidad hacia el neoclasicismo y la atracción por el Siglo de Oro y compartían los mismos tópicos. Aunque los rasgos que separan a Espronceda de Zorrilla son más decisivos que los que los une.

PRERROMANTICISMO

Desde que Van Tieghem (París 1924) utilizara el término “prerromanticismo” para caracterizar una buena parte de la literatura europea desde mediados del siglo XVIII, el término ha llegado a ser moneda de uso común entre los historiadores. El prerromanticismo fue considerado por algunos autores en función del Romanticismo y, por otros, como una matización de la Ilustración.

Rinaldo Froldi (1983) cree que no se debe elevar a categoría de época lo que solo ha sido un momento estilístico. Para este crítico italiano «Ilustración» designa un movimiento cultural complejo. Las nuevas tendencias literarias que se introducen en Europa influidas por el pensamiento sensista encajan en el pensamiento ilustrado. No se puede reducir un fenómeno tan complejo como la Ilustración a un rígido racionalismo, siendo así que el hallazgo de la sensibilidad y el reconocimiento del sentimiento como modalidad fundamental, al lado de la razón, provienen precisamente de la Ilustración. El problema del concepto «prerromanticismo» radica en que hasta principios del siglo XIX lo «romancesco», que no «romántico», remitía exclusivamente al ámbito de la novela y su mundo fantástico e irreal.

«Habría que ir remontando la Historia hasta llegar al límite imperceptible, casi penumbroso, en que el Romanticismo, que trata de alborear, se desprende del Clasicismo, postrado y decadente. ¿Qué es Meléndez Valdés sino el precursor más glorioso del Romanticismo? ¿Quién no ve sino un romántico, un prerromántico, en José Cadalso, autor de esas Noches lúgubres (1771/72, publicación 1789-90), en que se realiza la más estrafalaria y fantástica hazaña romántica? ¿Y qué es sino un poema romántico la epístola en que Jovellanos describe una estada suya en el Paular?» (Azorín: Clásicos y modernos 1913, en Obras completas, Madrid: Aguilar, 1947, vol. II, p. 774)

«¿Cuáles son los orígenes del Romanticismo en España? Se ha hablado siempre, al tocar este tema, de las influencias extranjeras; cualquiera diría que el Romanticismo es cosa que ha nacido entre nosotros únicamente por sugestión extraña. Se aquilatan las influencias de Francia y de Inglaterra y de Alemania; pero ¿y la propia corriente española? ¿Y el ambiente que se iba formando, poco c poco, desde antes del siglo XIX, antes de la revolución romántico (...) Cadalso, Meléndez, Jovellanos: románticos, descabellados románticos, desapoderados románticos; románticos antes, mucho antes, del estreno de Hernani en París. ¿Cómo no se tienen en cuenta todos estos antecedentes cuando se estudia el Romanticismo en España?» (Azorín: Rivas y Larra. Razón social del romanticismo en España, en Obras completas; Madrid: Aguilar, vol. III, pp. 338-339)

«La crítica ha podido descubrir en la literatura del período el inicio de una renovación. Pero convendría ponerse de acuerdo sobre su alcance. Se busca en el pasado los signos precursores de una época conocida de nosotros, pero que los escritores del momento estaban muy lejos de imaginar. Así sucede con el prerromanticismo. Esta tonalidad melancólica, estos torrentes de lágrimas que se vierten a cada momento, esas correspondencias entre naturaleza y estados de ánimo, son características de todas las literaturas europeas en la segunda mitad del siglo XVIII. Pero ¿es el “alma sensible” asimilable al “mal del siglo”? La cosa admite dudas. Muy a menudo se ha reducido el siglo XVIII a su dimensión racionalista y filosófica, cuando en realidad razón y sensibilidad son en él indisociables. El Rousseau de El contrato social no se opone al de La nueva Eloísa. No sucede de manera diferente en España. En Meléndez Valdés, por ejemplo, el espíritu filosófico y el “alma sensible” se conjugan para comulgar juntos en el altar de la filantropía y del humanismo.

Además, conviene distinguir entre los temas y las escrituras. Si el romance de Meléndez Valdés, Doña Elvira (cuya fecha además se desconoce), pudo parecer a algunos “prerromántico”, fue más por su tema medieval que por sus rasgos de estilo, en el que algunos arcaísmos no bastan para transformar una escritura decididamente neoclásica. De todos los poetas de la generación de Meléndez, sin ninguna duda es Cienfuegos (nacido en 1764) el que se toma mayores libertades a la vez con el léxico y la sintaxis; pero muere en 1809 y, por lo tanto, pertenece al siglo XVIII.

Más significativa de la evolución de la sensibilidad es la distancia creciente entre las normas que pretenden imponer los teóricos y los gustos del público. En el teatro, las obras que se conforman con el ideal ambicioso de Jovellanos y Moratín solo representan una ínfima parte del repertorio. El público otorga aún sus favores a las comedias de Calderón, Lope, Moreto, etc., y mucho más a las “comedias de magia” y a otras obras de gran espectáculo; pero se despepita por la comedia sentimental y el melodrama (Kotzebue, Pixérécourt, etc.), que empieza a invadir la escena española en los últimos años del siglo XVIII, y las traducciones o adaptaciones de obras francesas contemporáneas (de Scribe y Ducange sobre todo) ocupan un lugar cada vez más importante. En el decenio de 1820, finalmente, empieza el entusiasmo por la ópera.» (C. Morange, en Canavaggio 1995, t. V, p. 35)

Joaquín Arce en La poesía del siglo ilustrado (1981), sostiene que los autores neoclásicos y prerrománticos son rigurosamente coetáneos, aunque siente la lírica de modo distinto. “El Neoclasicismo es más persistente en el tiempo que las manifestaciones prerrománticas, manteniéndose cuando estas se han extinguido por completo”, entre 1770 y 1790 conviven, según Arce, todas las corrientes poéticas que caracterizan el siglo XVIII. Las corrientes ilustradas del rococó y el prerromanticismo y neoclasicismo no son sucesivas. La Ilustración es “el gran movimiento que precede al Romanticismo”. El equívoco, prosigue Arce, es vincular lo prerromántico a lo romántico, forzados por el nombre. El prerromanticismo, que culmina en España entre 1780 y 1890, posee aspectos “que el romanticismo elabora después”, pero le separa la típica atmósfera ilustrada en que nace y se desarrolla. La cúspide del prerromanticismo la forman Meléndez Valdés, Cienfuegos y Sánchez Barbero, con Jovellanos como ilustre antecedente. “El Romanticismo llega a España con retraso, cosa que no puede afirmarse del movimiento prerromántico”.

Aquí Martínez Torrón (1993) disiente de Arce. Para él, Manuel José Quintana (1772-1857) es el primer romántico español, y el romanticismo llega a España en los años anteriores a la Guerra de la Independencia.

«Tenemos claro que el neoclasicismo avanza en España hasta la primera mitad del siglo XIX, con la muerte de Alberto Lista. Y que el prerromanticismo puede constituir un rasgo de la ilustración, una derivación sentimental que surge de Rousseau. La verdad es que, si nos detenemos a pensarlo, tanto el racionalismo dieciochesco como el sentimentalismo prerromántico surgen de los “philosophes” franceses sobre los años de la Revolución Francesa. Los dos movimientos, el racional y equilibrado, y el sentimental y apasionado, ya se daban coexistentes en su germen. ¿Por qué no iba a desarrollarse en paralelo, si bien predominando en una u otra época?» (Martínez Torrón 1993: 73)

R. P. Sebold subraya la relación existente entre Neoclasicismo y Romanticismo. La nueva actitud de los escritores de las segunda mitad del siglo XVIII frente a la naturaleza sería debida al impacto de la filosofía sensista de John Locke (1632-1704), pensador inglés, máximo representante del empirismo, y Étienne Bonnot de Condillac (1715-1780), representante del sensacionismo: no existen las ideas innatas, todo el conocimiento deriva de la percepción que proporcionan los sentidos y las sensaciones. El mundo natural pasa a reemplazar al sobrenatural del Dios cristiano. Los sentidos juegan ahora un papel esencial en la forma de relacionarse con el mundo material y proporcionan una forma más dinámica del entorno natural.

Para R. P. Sebold, en las obras de los poetas del último tercio del siglo XVIII se manifiesta ya plenamente la cosmogonía romántica, tal como la resumen Américo Castro: una concepción panteísta del universo en cuyo centro está el yo. Así la evolución que lleva del neoclasicismo al romanticismo representa un proceso natural, una evolución de grado. La nueva sensibilidad y actitud sensacionista neoclásica es ya la base para la representación del drama romántico. Solamente hay que añadir una dosis de desilusión para que el optimismo ilustrado dé paso al desengaño y al pesimismo más negro, a lo que Meléndez Valdés en El melancólico (1794) el nombre de fastidio universal. El poeta neoclásico sería, pues, un “neoclásico desilusionado”. La comedia lacrimógena o sentimental y la poesía descriptiva de finales del XVIII formarían la base de este primer romanticismo.

Para Eva Marja K. Rudat (1982) las denominadas tendencias prerrománticas son un elemento más del neoclasicismo español, que se podría denominar como hace Patrick Brady: «racionalismo sentimental». La contraposición entre Neoclasicismo y Romanticismo es la diferencia entre razón y sentimiento, que caracteriza al empirismo sensualista y que el Neoclasicismo, cuyos efectos perniciosos el neoclasicista explora con interés.

Pero, aunque el Neoclasicismo no está reñido con el sentimiento, esta contraposición desemboca en un individualismo que separa al hombre de la naturaleza, idea contraria al la idea del yo romántico. La melancolía ilustrada de origen sensista es resultado del acercamiento a la naturaleza, que altera los sentidos y provoca tristeza. Un determinado estado anímico puede alterar la percepción de los sentidos y enturbiar la razón. Por eso el ilustrado indaga los sentimientos y sus efectos buscando constantemente un equilibrio con la razón. Mientras que el poeta romántico se concibe a sí mismo como un “yo” transformador e inventor de la naturaleza en un sentimiento que va de dentro afuera. La mente del romántico no es la tabula rasa del empirista, una hoja en blanco sobre la que la experiencia imprime el conocimiento. El poeta deja de ser espejo para convertirse en lámpara que arroja luz sobre lo que le rodea.

El sentimentalismo ilustrado plantea una reflexión acerca de los trastornos que en el hombre racional provoca un estado de exaltación sentimental. Trastornos que pueden afectar su relación con la sociedad al provocar un exceso de egoísmo. De ahí el necesario equilibrio entre la fantasía y la razón que la moda sentimental nacida en el seno de la Ilustración española reivindicaba.

«Parece obvio que esa cosmogonía romántica deriva directamente del sensismo ilustrado, aunque a veces tenga manifestaciones, si no opuestas, sí muy divergentes; unen sus raíces en un mismo concepto de individuo derivado del racionalismo cartesiano y del empirismo. Y es que no siempre se ha señalado con la suficiente claridad que Ilustración y Romanticismo forman parte de la misma modernidad inaugurada por Descartes, Locke, Newton y Bacon, y sus semejanzas -más claras que las que puede existir, por ejemplo, entre el Romanticismo y el mundo caballeresco medieval tan reivindicado por aquél- no deben extrañarnos, como no nos extrañan sus diferencias.

La Ilustración marca el inicio de la modernidad en Europa, la liquidación del Antiguo Régimen. Un inicio tímido todavía en España, que desarrollarán a trompicones las revoluciones burguesas del siglo XIX. Pero considerar la Ilustración como un movimiento prerromántico, o arrebatarle lo más interesante de su evolución estética para concedérselo al Romanticismo me parece menospreciar un movimiento que tiene por sí mismo enorme coherencia.» (Juan Rodríguez 1996)

PERMANENCIA DEL NEOCLASICISMO

En el último tercio del siglo XVIII pervive la tradición del Siglo de Oro por un reavivamiento del patriotismo como reacción a los ataques extranjeros a España: Girolamo Tiraboschi en su Storia della letteratura italiana (1772-1795) y Masson de Morcilliers en la Encyclopédie Méthodique (1872). Ello obligó a los más acérrimos neoclásicos a defender la cultura española. Manuel José Quintana y Alberto Lista gustan del Siglo de Oro.

La revalorización de la tradición cultural española a manos de alemanes e ingleses, junto con la invasión del país por Napoleón, vino a herir el orgullo nacional y resucitó en el pueblo un espíritu heroico y patriótico, opuesto a la ilustración afrancesada. Los románticos fueron en este sentido patriotas como el que más y admiraron, no sin reservas, la tradición que había hecho grande a España, pero rechazaban algunos aspectos de esta tradición: el fanatismo religioso, la barbarie en el comportamiento, los excesos del honor y la sangre, la servir obediencia a un rey (Fernando VII) que en nombre de esta tradición cometió los más trágicos errores.

«Además de la tradición del Siglo de Oro, se enfrentaban los románticos con otra, más joven y activa, contraria en espíritu: la de la Ilustración. El neoclasicismo había triunfado plenamente en España durante el reinado de Carlos III (1759-1788) y si desde entonces hasta 1820 se puede hablar de una literatura española, su signo es neoclásico. Cuando ya Alemania e Inglaterra eran románticas, España estaba bastante lejos de serlo.» (Navas-Ruiz 1973: 20)

«Los románticos españoles fijaron su atención en la Edad Media y menos en el Siglo de Oro. El Siglo de Oro ofrecía ocasión para manifestar orgulloso patriotismo al evocar las guerras de Italia y las victorias sobre los franceses. Hay en el romanticismo español una tremenda galofobia que tiene sus raíces en la guerra de la independencia y la funesta intervención de 1823. No es, sin embargo, el patriotismo nota dominante del romanticismo español, sobre todo en un sentido histórico: se silencia la conquista de América, no se habla de los grandes triunfos imperiales. El patriotismo, cuando existe, reviste más bien el carácter de ideal regionalista: amor a la tierra y su tradición local.

Y es que el Siglo de Oro no resultaba muy simpático a la interpretación liberal: los Austrias aparecían como tiranos, no como creadores de la grandeza de España. Carlos V era el enemigo de los comuneros, de las libertades castellanas, no el Emperador de Europa. Felipe II se identificaba con la inquisición y los peores abusos del despotismo. Y la obra colonizadora en América venía envuelta en los ecos de religiosidad y avaricia de la leyenda negra. Por eso, o se prefirió preterir la época, o, cuando se la trató, se reprimió toda exaltación patriótica cuyo significado resultaba más que dudoso a la luz del credo liberal. Se buscó más bien el recuerdo literario o el gesto humano, caballeresco de algún hidalgo.» (Navas-Ruiz 1973: 26-27)

«Los escritores de la España llamada romántica deseaban permanecer fieles al ejemplo de las mentes ilustradas del período precedente, en una época en que la política, convertida en una de las dimensiones esenciales de la existencia, iba a marcar profundamente con su impronta las actividades del espíritu. Es que frente al “caos” (según José Joaquín de Mora) de la ideología romántica, el pensamiento de la Ilustración conservaba el atractivo de un proyecto global constructivo. [...]

Para un buen número de hombres de letras de la época, en efecto, el neoclasicismo había tenido el mérito de poner fin a los extravíos de la época posbarroca, donde se produjo la desnaturalización y corrupción de los elementos de la gran tradición. También había abierto el camino a un deslumbrante “renacimiento de las letras” (Mora): era necesario seguir inspirándose en esos ejemplos. [...]

La rehabilitación de la literatura tradicional española, reconocida como la más ejemplarmente fiel a la del Occidente cristiano, era muy adecuada para calmar los escrúpulos de espíritus desmesurados hasta entonces fieles a la herencia de la Ilustración precisamente para conservar la literatura peninsular en la corriente de las letras europeas, al abrigo del sarcasmo del extranjero.» (J.-F. Botrel, en Canavaggio 1995, t. V, p. 4-6)

Juan Meléndez Valdés (1754-1817) abandona España en 1813 y lo que escribió en el exilio no añade nada nuevo a su obra. Su discípulo Juan Nicasio Gallego (1777-1852) sigue fiel al neoclasicismo hasta en pleno período romántico. A pesar de la atmósfera melancólica de algunas de sus composiciones, la factura sigue siendo neoclásica. Manuel María de Arjona (1771-1820), se esfuerza en dominar sus sentimientos y refrenar su espontaneidad con el rigor y la desnudez de su forma. Alberto Lista (1775-1848), teórico de la literatura y crítico literario, ejerció una influencia considerable sobre la joven generación. Como poeta es hábil versificador, se expresa con elegancia, pero guardando el más estricto respeto de las convenciones clásicas.

«En 1828, Agustín Durán, en un importante Discurso, abogará por la necesidad de juzgar con ecuanimidad las cualidades de la comedia del Siglo de Oro con objeto de rehabilitarla, e incluso de inspirarse en ella, defendiendo por lo tanto una teoría del romanticismo de tendencia conservadora ya superado en Francia.

Esa misma concepción moderada de le expresión literaria, y especialmente de la poética, muy pronto la va a compartir Alberto Lista, personaje importante por la influencia que ejerció sobre los jóvenes escritores. Hombre del siglo XVIII, enemigo de los excesos del liberalismo tanto en literatura como en política, defenderá sus puntos de vista en 1820-1823 en El Censor y en sus conferencias en el Ateneo de Madrid. Pero las circunstancias también hacen de él, en ese momento, el único “intelectual” que no toma parte en la vida política activa, lo que le brindará la oportunidad, durante el Trienio constitucional, así como en los años sucesivos, después de la emigración de 1823, de ser el maestro y el guía intelectual de la generación de los “hijos del siglo” (entre ellos Espronceda y Ventura de la Vega).

Les inculcará los principios de la estética fundada en la “razón”, manteniéndoles cuidadosamente alejados de las novedades que pudiesen, en su opinión, perjudicar lo que para él constituía un conjunto de valores intangibles: culto de la virtud, propagación de verdades útiles, imitación de los modelos del “buen siglo” (Rioja, Herrera, Luis de León) y de los que veneraran en el último tercio del siglo XVIII, siendo el primero de ellos su maestro Meléndez Valdés. Admirador de Horacio, Lista antepone el arte de escribir, la “lógica de la poesía” y la “verdad ideal” a la espontaneidad. Solo más tarde, como lo muestra su discurso de recepción de 1827 en la Real Academia española, hará algunas muy ligeras concepciones a esos principios, e incluso escribirá, en ese momento, algunas poesías de género trovadoresco.

Sometidos a tal magisterio, desprovistos de cualquier fuente de información sobre la evolución de la poesía allende las fronteras de su país por culpa de la censura, esos jóvenes aprendices de escritores tardarán en librarse del yugo de la estética neoclásica que les fue inculcada en la adolescencia.» (R. Marrast, en Canavaggio 1995, t. V, p. 54)

«Es, en definitiva, lo que caracteriza, con muy raras excepciones, a todos los poetas del período. Reproducen incansablemente las mismas formas poéticas (anacreónticas, idilios, elegías, sátiras, etc.), utilizan con asombrosa obstinación los mismos clisés, el mismo disfraz pastoral, los mismos lugares comunes filosóficos y morales, la misma adjetivación estereotipada, abusan de la perífrasis y del hipérbaton. Hay habilidad, hasta a veces talento y sensibilidad en algunos. Pero, prisioneros de la sacrosanta doctrina de la imitación, nunca llegan a romper con el antiguo lenguaje poético. Es verdad que en Francia imperial también el neoclasicismo había causado estragos y los Delille, Fontanes o Parny no valían más que sus homólogos españoles. Pero allí, en 1820 ya, la renovación se produce con las Méditations de Lamartine, y luego en 1822 con las Odes de Víctor Hugo. Nada parecido en España, donde habrá que esperar más de diez años antes de que la poesía encuentre un aliento verdaderamente nuevo. La producción teatral no es más rica. Entre 1814 y 1830, el número de obras originales españolas representadas es muy reducido, y ninguna rompe nítidamente con la estética oficial. [...]

Las normas estéticas no entran en crisis, y aun lentamente, sino en los últimos años del reinado de Fernando VII. Lo testimonian los numerosos tratados de retórica publicados y reeditados a lo largo del período. La persistencia de esta estética y, más aún, de las concepciones filosóficas en las que se basaba, durante mucho tiempo aprisionó a los creadores en un verdadero dogal. Puede ayudar a comprender, por ejemplo, la pobreza de la producción novelesca. En la medida en que la novela no tenía derecho de ciudadanía en las retóricas, un escritor principiante, que procuraba darse a conocer, se volvía naturalmente hacia la poesía o el teatro y no hacia un género que solo le hubiera valido desprecio por parte de la gente de letras.» (C. Morange, en Canavaggio 1995, t. V, p. 32-34)

CONTINUIDAD ENTRE NEOCLASICISMO Y ROMANTICISMO

Martínez Torrón destaca la existencia de un primer romanticismo español que coexiste con el alemán e inglés de la primera generación, que él llama El alba del romanticismo español y que va desde los últimos decenios del siglo XVIII hasta 1834, año en que se estrena Don Álvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas. A este primer alborear romántico pertenecerían los poemas de Manuel José Quintana (1772-1857), un poeta revolucionario, nacionalista progresista.

Martínez Torrón coincide con Azorín y con Sebold en la existencia de un primer romanticismo a finales del siglo XVIII, pero difiere de ellos en cuanto a Cadalso, que para Azorín y Sebold es el primer romántico, mientras que para Martínez Torrón es un prerromántico, lo mismo que el último Meléndez Valdés o Jovellanos. Quintana, por otra parte, es ya específicamente romántico.

Para Martínez Torrón, hay una línea evolutiva, pero continua, que va de la Ilustración al romanticismo, una línea biológica: la vertiente afectiva de la Ilustración constituiría la pubertad; el prerromanticismo correspondería a la adolescencia (gusto por lo sepulcral y horrísono, aspectos morbosos de la muerte); el romanticismo sería ya la madurez (panteísmo, libertad erótica y pasional, libertad revolucionaria política. “En el romanticismo los temas sepulcrales ingresan en una nueva dimensión de profundidad, relativa a un sentimiento específicamente panteísta de la naturaleza y a una evocación más idealizada”. A final de este movimiento lo constituiría el postromanticismo de Bécquer, que correspondería a la senectud y estaría caracterizado por una depuración intimista e interiorizante respecto a la declamación retórica de los románticos. “La línea que va de la Ilustración al romanticismo, es un continuo semejante al que marca la evolución metafísica igualmente idealista desde el ilustrado Kant a los románticos Fichte, Schelling y Hegel. Se trata de hitos en un mismo movimiento, tanto en el idealismo filosófico como en el romanticismo literario”.

«Hay que romper con el desgraciado tópico que parte de la suposición de que España llegó tarde y mal a la modernidad. Ni llegó tarde, porque su primer romanticismo alborea a la par del romanticismo inglés o alemán, ni llegó mal, porque todavía hay que descubrir el valor literario, en muchos casos oculto, de nuestros poetas del romanticismo, entendiendo por tal la época que va desde 1795 a 1850.» (Martínez Torrón)

Martínez Torrón destaca la influencia del teatro del Siglo de Oro en las generaciones románticas de la mano de Alberto Lista, quien formó a los jóvenes románticos, a partir de sus espléndidos artículos durante el trienio en El Censor, señalando las influencia del teatro español áureo y su influencia en el teatro francés, frente al complejo de inferioridad del primer neoclasicismo. Sin Lista, el romanticismo español hubiera sido diferente. Él fue capaz de conectar el idealismo caballeresco del Siglo de Oro con el idealismo romántico de los jóvenes, cuyas ideas le parecían excesivamente revolucionarias.

Para Martínez Torrón (1993), el romanticismo español se fue gestando en el drama histórico de finales del siglo XVIII y principios del XX (1765-1825), en  “obras neoclásicas de cuerpo y románticas de alma”, el sentimiento romántico se expresa en moldes neoclásicos. La aparición del movimiento romántico en España no fue algo abrupto, sino un lento proceso que comienza ya antes de la Guerra de la Independencia (1808-1814). Para Alcalá Galiano, la poesía patriótica es romántica.

Es en el teatro donde aparecen antes los sentimientos románticos, bajo corsé antiguo. El romanticismo nace en España durante la Guerra de la Independencia, y un poco antes. Son románticos sin saberlo, sin llamarse tales. Neoclasicismo y romanticismo aparecen en un principio entremezclados, porque son un continuo.

«En estas obras neoclásicas parece evidente la existencia de una pulsión anímica que introduce elementos bien distintos del ámbito racionalista a que nos tiene acostumbrado el teatro neoclásico.» (Martínez Torrón 1993: 232)

 

 

 

Raquel (1778, escrita en 1765), de Vicente García de la Huerta

 

Hormesinda (1770), de Nicolás Fernández Moratín

 

Doña María Pacheco (1788), de Ignacio García Malo

 

Munuza (1792), de Gaspar Melchor de Jovellanos

 

La Zoraida y La condesa de Castilla (1798), de N. Álvarez Cienfuegos

 

Pelayo (1805), de Manuel José Quintana

 

La viuda de Padilla (1812), de Francisco Martínez de la Rosa

 

Roger de Flor (1825), de Alberto Lista

 

 

«Los románticos españoles, siendo románticos de sentimiento, son neoclásicos en ideas hasta muy avanzado el siglo. Ello no quiere decir que el romanticismo entre tarde en España, sino que el arte romántico influye más fácilmente en la poesía, la novela y el teatro, y mucho más tardíamente en el pensamiento. Por ello la pervivencia de intelectuales como Alberto Lista.» (o. cit., p. 93)

Martínez Torrón examina la producción teatral durante ese periodo, zona de nadie, entre el neoclasicismo y el romanticismo, hasta la primera eclosión romántica en el teatro de 1834, y concluye la existencia de un protorromanticismo o romanticismo primero, que denomina El alba romántica, en fechas coetáneas a las de este movimiento en el resto de Europa. «La consecuencia es importante: España nunca fue diferente, y no llegó ni tarde ni mal a los movimientos ideológicos de la modernidad. Para fundamentar este aserto era necesario un recorrido descriptivo por muchos dramas histórico, destacando sus pulsiones románticas.» (o. cit., 12)

Para este autor, la Guerra de la Independencia supone el estallido de la revolución liberal romántica, también desde el punto de vista literario. A partir del Roger de Flor (1825), de Alberto Lista, ya es fácil reconocer rasgos románticos en la literatura española. «Sigo, por tanto, el concepto azoriniano de evolución del neoclasicismo al romanticismo.» (o. cit., p. 13)

«Existen factores de semejanza en la tragedia neoclásica y el drama romántico, en un proceso de evolución que cristaliza en obras que poseen una evidente mixtura de elementos. Pues bien: si el autor inclina la balanza hacia una consideración del importante tema de la virtud estamos ante una obra neoclásica; si hacia la pasión liberada, ante una obra romántica. De todos modos existe una gran interconexión temática, aunque con un talante peculiar y distintivo siempre. Hay factores neoclásicos en obras románticas y otros románticos en obras neoclásicas.» (o. cit., p. 21)

«En mi libro sobre Los liberales españoles ante la descolonización de América (1808-1834) he intentado demostrar de paso cómo la poesía bélica de la Guerra de la Independencia posee un claro sentido romántico. Si entendemos, como yo hago, la citada guerra como una revolución, término este que emplearos los mismos coetáneos para definirla, desde Toreno en adelante, podrá comprenderse el sentido romántico de la poesía de Quintana, que ha sido tildada de simplemente patriótica, desconociéndose con este aserto que precisamente su sentido revolucionario y liberal le presta un carácter romántico. [...] Efectivamente, si liberalismo y romanticismo van unidos, y si la Guerra de la Independencia es una guerra de espíritu liberal y romántico, los poemas patrióticos de Quintana, como los de Juan Nicasio Gallego, son también netamente románticos; si bien los temas que le preocupan, como a buen revolucionario liberal, son temas cívicos, de exaltación de la patria y la libertad, pero que constituyen obra de contenido romántico.» (o. cit., p. 86-87)

Desde el punto de vista ideológico, la clave para comprender la discontinuidad en la evolución del romanticismo español reside en la represión de los absolutistas partidarios del antiguo régimen, y en el gobierno despótico de Fernando VII, que interrumpió lo que de otro modo bien hubiera sido un armónico desarrollo de crecimiento del movimiento romántico.

El drama es considerado como representación de poderosas pasiones al estilo romántico. El romanticismo va filtrándose entre los entresijos de la poética neoclásica, a la que va a transformar. Una vez más podemos observar cómo el neoclasicismo evoluciona hacia el romanticismo. «Y esto corrobora nuestra hipótesis de que las tragedias que estamos estudiando –al menos en su mayoría– poseen una estructura neoclásica pero un alma romántica, son obras de transición que deben analizarse como preludio de la tempestad romántica que, en el caso de Quintana, primer romántico español desde mi punto de vista, ya representan fielmente.» (o. cit., 126-127)

«Insistiremos en que el teatro romántico español comienza –también la poesía romántica española, como veremos a propósito de los versos de Juan Nicasio Gallego– durante la Guerra de la Independencia o años anteriores inmediatamente a ella. Atraviesa un momento de oscurantismo y se esconde como un Guadiana que resurge luego en el momento revolucionario de 1820 a 1823. Por causa de la represión posterior viene luego a ser obstaculizado su natural desarrollo, y no llega a su eclosión hasta la muerte de Fernando VII, alrededor de 1834.

Cuando, hacia 1814, Böhl de Faber fija las pautas del romanticismo tradicional con la polémica con Mora, estamos ya en otra época. En el período en que Quintana escribe liderando a los primeros románticos y liberales españoles, nos encontramos ante un romanticismo peculiar español, cuyos frutos políticos serán la revolución o guerra de 1808, y las Cortes de Cádiz con la Constitución de 1812. Por el contrario Böhl de Faber pertenece a la época de la reacción, al período del Manifiesto de los Persas. El romanticismo de Böhl es reaccionario, pero ello se debe a que es “de importación”, a que sigue a Schlegel y los alemanes. El primer romanticismo español, que lidera Quintana, es liberal y revolucionario, y se manifiesta en la poesía cívica y patriótica, tanto como en el drama histórico.» (o. cit., p. 110-111)

Russell P. Sebold establece los siguientes límites cronológicos para el desarrollo del romanticismo español: Entre 1770 y 1800 se da el primer romanticismo español; durante treinta años se interrumpe el progreso del romanticismo debido a las represiones antinapoleónicas de los últimos años del reinado de Carlos IV, y a las represiones del reinado de Fernando VII, treinta años durante los que predominan las tragedias y odas patrióticas a lo Quintana y las fábulas de intención política; desde 1830 hasta 1860 se extiende el segundo romanticismo, pues se siguieron publicando obras de factura romántica tras la aparición del realismo, y se siguió cultivando el neoclasicismo incluso después de haberse iniciado la segunda corriente romántica. (Sebold 1973 : 684)

Pero como dice Emilio Palacios: «Para confirmar el Prerromanticismo de un autor no se puede invocar que escribiera romances históricos, porque este género no es feudo de ninguna época, si bien en el Romanticismo aumentó su cultivo. Desde que se creó la épica no dejó de usarse, y bien conocidos son los intereses por los temas históricos en el Neoclasicismo, sobre todo a través de la tragedia. (Emilio Palacios: Estudio preliminar de las poesías de Juan Meléndez Valdés)

1814-1820: POLÉMICA CALDERONIANA – BÖHL vs. MORA

Tras la Guerra de la Independencia, las Cortes se reúnen en Madrid en octubre de 1813. Poco después, Napoleón reconoce a Fernando VII como rey de España, que entra el 22 de marzo de 1814 camino de Valencia con el apoyo general de la población y recibe de la mano de un grupo de diputados afectos al rey, el llamado Manifiesto de los Persas que representa una declaración en favor de la restauración absolutista.

El primer paso hacia el nuevo movimiento romántico lo constituye la polémica entre Nicolás Böhl de Faber (1770-1863) y José Joaquín de Mora (1783-1864). En 1814 publicó Böhl de Faber en el Mercurio Gaditano un artículo titulado “Sobre el teatro español. Extractos traducidos del alemán de A. W. Schlegel por un apasionado de la nación española”, en el que exponía las ideas de Augusto Guillermo Schlegel sobre el teatro español e inglés contenidas en sus conferencias Sobre el arte dramático y la literatura (1809-1811).

Böhl de Faber (el “apasionado de la nación española”) era cónsul en Cádiz de la Liga Anseática y en 1805 emprendió un viaje a Alemania con su mujer y dos de sus hijos, Cecilia (futura “Fernán Caballero”) y Juan Jacobo. En Alemania, su preocupación religiosa, unida a la galofobia que despertó en él la política de Napoleón, a quien antes admiraba, lo llevó a convertirse al catolicismo en 1813 y regresar a Cádiz, donde publicó su primer artículo sobre las ideas de Schlegel y en el que identificaba el romanticismo con el tradicionalismo y la reacción política.

En el mismo periódico que había publicado Böhl su artículo, apareció una réplica (“Crítica de las reflexiones sobre el teatro insertar en nuestro número 121”), firmado por Mirtilo Gaditano, que no era otro que José Joaquín de Mora (1783-1864), en el que se enfrentaba con Böhl en nombre de las reglas del clasicismo francés. José Joaquín de Mora, tras afirmar la superioridad del arte clásico, negaba originalidad al romanticismo y se oponía al intento de Böhl de identificar con Calderón toda la literatura española. Böhl contesta a Mora (Mirtilo) con un folleto titulado Donde las dan las toman (1814) y acusa a Mora de afrancesado y enciclopedista.

En 1817 se reavivó la polémica con una carta de Böhl enviada al periódico Crónica Científica y Literaria, en cuya redacción trabajaba Mora, en la que defendía el concepto tradicional español de vida frente a las ideas extranjeras. Mora respondió mostrando el adelanto europeo en relación con España y criticando a los románticos por sus arbitrariedades formales. Las discusiones prosiguieron hasta 1820.

En 1818, terció en la polémica Antonio Alcalá Galiano (1789-1865) en favor de Mora y contra la introducción del Romanticismo reaccionario germánico por Juan Nicolás Böhl de Faber. Galiano emigró más tarde a Londres donde apoyó la nueva estética romántica, de lo que da fe su “Prólogo” a El moro expósito (1834) de Ángel de Saavedra, Duque de Rivas, que se tiene por el manifiesto del romanticismo español, comparable al Préface de Cromwell de Víctor Hugo de 1827. El espíritu ilustrado de Mora no podía soportar la identificación de la grandeza española con Calderón de la Barca y sus valores, como Böhl de Faber pretendía, apoyándose en autoridades extranjeras. Esta polémica tenía sus raíces en la polémica de “las dos Españas” irreconciliables, y que los románticos intentaron superar.

Böhl de Faber dio a conocer en España el pensamiento de Schlegel, las investigaciones alemanes sobre la literatura española, la poesía de Byron y los libros de Mme. de Staël. Böhl de Faber decía romanesco para referirse a lo románticos, mientras que Mora utilizaba el término romántico, que fue el que al final se impuso. Böhl y Durán, siguiendo a Schlegel, habrían de influir en los dramaturgos románticos españoles, reduciendo el romanticismo al pasado y presentándolo como el único modelo a seguir frente a las creaciones verdaderamente románticas del presente.

En la polémica entre Böhl y Durán, por un lado, y Mora y Alcalá Galiano, por otro, estaban en juego otros muchos factores, en primer lugar el religioso.

«Böhl, con fervor de neófito, no se contentó con poner de relieve, como había hecho Schlegel, el valor espiritual del drama calderoniano, sino que identificando en absoluto la poesía de Calderón y el catolicismo español, los convirtió en términos inseparables que había que aceptar o rechazar íntegramente. El descrédito del teatro calderoniano no era más que una forma de hostilidad a lo que significaba espiritualmente. [...]

No era la poesía de Calderón lo que atraía principalmente a Böhl, sino el sistema espiritual que le atribuye. La posición de Mora y Alcalá Galiano no dependía, sin embargo, de su falta de fe; era estrictamente literaria. La carencia de espíritu religioso no les impedía admirar a fray Luis de León, y lo admiraban porque veían en su obra la antítesis del culteranismo. Calderón no les desagradaba por su identidad con un sistema espiritual determinado, sino por su semejanza con la poesía de Góngora y el arte de Churriguera. [...]

Todo lo que dice Schlegel referente al Estado moderno español, a la pérdida de las libertades medievales y a la tiranía política de Felipe II, desaparece por completo en el texto español [traducido por Böhl], y no digamos las alusiones al poder eclesiástico. (Lo cual pudo haberle servido a Mora para combatir a Böhl; pero bien se ve que no conocía ni la traducción francesa de la obra de Schlegel.) [...]

Hasta en los países donde el nuevo movimiento romántico apareció unido desde el principio a un sentimiento tradicionalista, el creciente carácter reaccionario determinó la ruptura. Así había de ocurrir en Alemania, así también con los jóvenes románticos de Francia tras la coronación de Carlos X en 1825. Si en Italia los liberales del Norte acogieron favorablemente las ideas de Schlegel, es porque les servía de apoyo en sus aspiraciones a la unidad nacional. En España la unidad no necesitaba de predicación especial, pero el carácter patriótico y aun tradicionalista que distinguió al liberalismo español al calor de la guerra de la independencia, quizá hubiera permitido su asimilación al romanticismo por lo que tenía de nacionalista. El antiliberalismo de Böhl malogró esta posibilidad. Identificar las nuevas tendencia literarias con el absolutismo, cuando la gran mayoría de los escritores españoles eran liberales o reformadores “ilustrados”, y estaban padeciendo por ello dura persecución, no pudo servir en el fondo sino para desacreditar la causa que defendía.

Lo peor es que la arruinaba para todos, liberales y serviles. Los representantes de la tradición española que podían haberle sostenido, tampoco lo hicieron. Böhl se dio cuenta con amargura de que en su cruzada romántico-tradicionalista estaba prácticamente solo, y no supo explicarse su causa. Si encontró al cabo algún reconocimiento, fue por su labor erudita y su españolismo; pero la Academia Española, al acogerle en su seno, no rompía ninguna lanza en favor de las teorías románticas. Böhl sabía de sobra que el tradicionalismo español era irreconciliable con el espíritu de la Ilustración, pero ignoraba, al parecer, que aquel tradicionalismo había de oponerse a cualquier novedad por el hecho de ser novedad principalmente. La innegable verdad que Böhl desconocía era que el catolicismo español, con todo su arraigo y poder institucional, representaba entonces una fuerza culturalmente negativa, sin capacidad de expresión adecuada en un mundonuevo. Hasta que se liberalizó o modernizó con Jaime Balmes y Donoso Cortés a mediados del siglo XIX, el catolicismo español no pudo hablar un lenguaje a tono de los tiempos y eficaz, en consecuencia, para su propia causa.

El intento de Böhl era, además, prematuro. Él mismo se dio cuenta de que el siglo XVIII no era aún “pasado” en Españo, sino presente. Lo que para Böhl fueron lecturas de años atrás, ya olvidadas, en España solo empezaron a tener difusión general mucho más tarde. Las traducciones de Rousseau y Voltaire se imprimieron en Francia, y no tienen libre acceso al otro lado de los Pirineos hasta la segunda y tercera década del XIX en las etapas liberales.» (Llorens Castillo 1979: 24 ss.)

«No hay duda de que Juan Nicolás, recién convertido al catolicismo, era persona extremadamente conservadora y que ligó la defensa del nuevo estilo literario a su antiliberalismo visceral. Lo que interesa subrayar es que el matrimonio Böhl añadía a su romanticismo y conservadurismo un tercer rasgo: la consagración de la identidad española en términos nacionales modernos e incluso su exaltación como una de las más románticas de Europa. Porque Böhl de Faber, como Schlegel, seguía las ideas de Johann Gottfried Herder, para quien tanto las lenguas como las literaturas eran “nacionales”, es decir, expresaban una determinada manera de ser y de concebir la realidad por parte de un pueblo. Y no solo incluían todos ellos a España como una de las más indiscutibles naciones o “formas de ser” del mundo europeo, sino que consideraban al espíritu nacional español, tal como había quedado codificado en la obra de Calderón, como el que más se ajustaba al nuevo gusto romántico, al estar dominada su literatura por los valores heroicos, caballerescos, religiosos y monárquicos que habían sido típicos del mundo medieval y que la Europa moderna estaba, desgraciadamente según ellos, perdiendo. Estos románticos alemanes creían que España había demostrado ya su fuerte personalidad y gran creatividad literaria en plena Edad Media, con el Cantar de Mío Cid, y había alcanzado su culminación con la poesía y el teatro del Siglo de Oro. Esa creatividad había decaído a lo largo del siglo XVIII, cuando el afrancesamiento de la corte española hizo que los poetas y dramaturgos se alejaran de Calderón y siguieran las rígidas reglas neoclásicas, ancladas en la visión pagana del mundo propia de Grecia y Roma antiguas que había desterrado el racionalismo ilustrado francés. Según esta interpretación, el siglo XVIII habría sido esencialmente antiespañol. Todo el racionalismo ilustrado, la filosofía del progreso, los valores culturales y políticos del mundo moderno, eran, en último extremo, incompatibles con el mundo mental y la forma de ser de los españoles.

Si los ideólogos de Fernando VII hubieran tenido visión de futuro, habrían abrazado con entusiasmo la reivindicación que Schlegel y Böhl de Faber hacían de Calderón y la literatura española del XVII, pues no había nada más adecuado que esta visión del romanticismo y de la creación literaria para exaltar el Antiguo régimen disfrazándolo de defensa de lo español frente a lo extranjero. Pero sabemos que no era es la preocupación de la derecha española del momento; que la nación, en los ambientes absolutistas, provocaba miedo; y que el miedo pudo más que las conveniencias propagandísticas. El rey absoluto, en resumen, no supo o no quiso hacer suyo ese nacionalismo conservador del romanticismo naciente. [...] La España fernandina solo veía en la nueva forma de hacer literatura un fenómeno perturbador, desmelenado, carente de normas, típico de la rebelión y el desorden modernos, y, al igual que en política descarto la nación y prefirió anclarse en la legitimidad dinástica y la religión, en el terreno estético e intelectual se aferró a las normas clásicas. Ni el romanticismo ni, a decir verdad, ningún otro movimiento creativo y renovador llegaron a penetrar en aquel mundo. La irrupción romántica solo se produciría tras la muerte del rey. Y para entonces ya estaba vinculada al liberalismo político.» (Álvarez Junco 2001: 384-385)

¿ESPAÑA UN PAÍS ROMÁNTICO?

Para varios autores, España, país romántico por excelencia, no necesitó importar el romanticismo. Al contrario, los otros países consideraron a España como el prototipo de un país romántico en el que sobrevive el ideal caballeresco y la tradición cristiana.

España parecía destinada a constituir la tierra de elección del romanticismo. En 1813 proclamaba Simonde de Sismondi (De la littérature du midi de l’Europe) que la literatura española “es toda romántica y caballeresca”. La guerra de la Independencia suscita la imagen de un país que lucha por su libertad.  «Ese fondo de imágenes y de aventuras que los españoles han trabajado tanto es el mismo al que en la actualidad se da el nombre de romántico.» (Sismondi)

«Me parece imposible que se pueda entender el movimiento romántico desvinculando ideología y literatura. El romanticismo es, ante todo, una actitud vital, asociada a ideas políticas revolucionarias que tienen su expresión en el pensamiento liberal, bien exaltado, bien moderado. España fue por ello un país romántico por excelencia, desde la Guerra de la Independencia, y desde la lucha de los emigrados contra Fernando VII –que contaminó a importantes escritores y prohombres ingleses.» (Martínez Torrón 1993: 19-20)

En 1828, Agustín Durán (1789-1862), un abogado madrileño, publica un folleto: Discurso sobre el influjo que ha tenido la crítica moderna en la decadencia del teatro antiguo español, y sobre el modo con que debe ser considerado para juzgar convenientemente de su mérito particular. El discurso rebate la crítica clasicista y se refiere al “género romántico”, como aquel que, a diferencia del clásico, emana “de la espiritualidad del cristianismo, de las costumbres heroicas de los siglos medios y del modo diverso que tiene de considerar al hombre”. El drama romántico tiene su origen en el cristianismo y en la Edad Media caballeresca. Durán se pregunta ¿cómo Francia, país cristiano y no menos caballeresco en la Edad Media, no tuvo el drama romántico, sino un teatro clásico. Porque, contesta, Francia había modificado la existencia social de los siglos medios. Las guerras civiles y las revoluciones acostumbraron al pueblo a la discusión de los asuntos políticos y religiosos.

«Nada semejante había sucedido en España. Consolidada la monarquía absoluta con Carlos V y Felipe II, “el español, privado de toda discusión política y religiosa, se vio libre del germen de las discordias y conserva aún la opinión monárquica y cristiana que le distinguía en los siglo XVI y XVII. Aun hoy –añade– se piensa en la república como en algo monstruoso, y para vivir en paz y quietud no se concibe gobierno sin rey:

Estamos los españoles con la imaginación muy cercanos a la conquista de Granada para haber olvidado los nobles recuerdos de los caballeros árabes y los cristianos que peleando en el campo del honor se disputaban el premio en generosidad, cortesía y amores. ¿Y por qué no ha de ser así? Por mi Dios, por mi Rey y por mi Dama es aún la divisa del noble castellano, y sobre ella han girado todas las creaciones poéticas donde brilla el genio nacional, desde principios a fines del siglo XVII.

He aquí admitidos, por una parte, la ausencia del espíritu científico en España, y, por otra, el persistente medievalismo de la vida española. [...]

Pocas veces se llegó a comprender el sentido del romanticismo como movimiento literario del presente; el verdadero romanticismo, para muchos, era el antiguo, el de Lope y sus contemporáneos, y esta es, como dice Donald L. Shaw, la principal deficiencia de Durán. Si luego apareció otro procedente del extranjero, concretamente de Francia, ese no fue sino un romanticismo exagerado y falso. El nacionalismo, al que hay que hacer responsable de no pocas anomalías literarias, también lo fue de esta.

Yo considero, a Lope, Góngora y sus contemporáneos [dice Durán olvidando La Circe, el Polifemo y muchas otras cosas] como los primeros que comprendieron el destino de la poesía castellana, y que abandonando la imitación de modelos latinos e italianos, establecieron el verdadero romanticismo español, tanto en la lírica como en la dramática. Así reunieron los elementos de la poesía popular, y crearon un sistema nuevo compuesto con la brillante imaginación árabe, con la sentimental y vehemente pasión de los escandinavos, con la aventurosa y galante caballerosidad de los normandos, con los profundos pensamientos del dogma y moral cristiana, y, en fin, con el espíritu noble, guerrero, generoso y grave de su nación. (Romancero de romances caballerescos e históricos, 1832, pág. XXX.)

Sobre tan falsos y vagos elementos se fundaba el romanticismo español, según Durán, cuya propensión arcaizante le llevó a cultivar un lenguaje poético que en el fondo es una aberración antirromántica: la fabla antigua.» (Llorens Castillo  1979: 206-209)

Los extranjeros subrayan la persistencia en España de una fuerte tradición medieval y caballeresca que late en el seno de las letras españolas. Se ve el levantamiento popular contra Napoleón como un guerrilla realizada de forma espontánea y contra las reglas del arte militar, una guerrilla fruto de la improvisación y de la imaginación. Pero con esta imagen de España percibida desde el exterior contrasta la ausencia casi completa en la literatura española de comienzos de siglo de las características formales de la revolución romántica. Más bien parece que esos rasgos arcaicos que los extranjeros veían en España más bien obstaculizaron esa revolución.

Los extranjeros que han considerado a España un país romántico por excelencia se basaban en varias razones: la pervivencia del espíritu caballeresco medieval, el apego a la tradición, el sentimiento patriótico, la actitud apasionada ante la vida y la creación artística y literaria del Siglo de Oro con una visión del mundo apta para satisfacer las aspiraciones románticas: fusión de arte y religión, concepto del honor, pesimismo vital, desprecio de las reglas.

«La sublevación de 1808 en España enciende el nacionalismo español contemporáneo y produce en seguida una profunda repercusión en Alemania que se apoya en el sentimiento de afinidad espiritual y en el combate común contra el imperialismo napoleónico, pero al mismo tiempo España les da a los alemanes el ejemplo vivo de una nación unida (con una historia ‹nacional›, una literatura ‹nacional›, un teatro ‹nacional›) que después de la liquidación del Sacro Imperio y de la Confederación Renana [1806] sirve de instrumento coyuntural en la construcción (retrasada) de la unidad nacional. Fomenta el concepto de enemistad hereditaria y  una francofobia aún creciente durante el siglo XIX en que perdura paradójicamente el ensueño restaurador de una España romántica amalgamado con la rancia beligerancia ibérica. Los elementos y estereotipos que integran la visión propagandística formulada, entre otros, por Ernst Moritz Arndt tienen una larga trayectoria versátil en la temprana Modernidad europea. El peligro y poderoso atractivo reside en su actualización desatinada y en una coalescencia francamente maniquea de lo bueno y lo malo para definir de modo agresivo y violento la anhelada identidad nacional. El conflicto entre las Dos Españas se prolonga en Alemania de otra forma y a otro nivel. La posición del conservadurismo integrista y antiliberal que destaca la ejemplaridad de España en el proceso de regeneración espiritual y político se vislumbra ya muy temprano en el libro muy leído del diplomático austriaco Clemens Wenzel von Hügel (Spanien und die Revolution, Leipzig, 1821) y culmina con la recepción alemana de Donoso Cortés, defensor de un catolicismo de cimitarra, las ideas de Alban Stozl expuestas en Spanisches für die gebildete Welt (Freiburg, 1853) y Pius Bonifaz Gams, autor de una Kirchengeschichte von Spanien (Regensburg, 1862-1879), quien veía en los españoles los aliados naturales de los alemanas católicos contra la Francia voltairiana, democrática e imperialista.

El calderonismo decimonónico alemán es otro campo de batalla entre dos conceptos de España.

A nivel universitario una percepción de España más abierta o liberal se perfila, por ejemplo, en el hispanista Victor Aimé Huber (Skizzen aus Spanien, Göttingen, Bremen, 1828.1833) y el historiador Hermann Baumgarten. Más tarde, en el período de la Kulturkampf [‘cultura’ y ‘lucha’, nombre aplicado al conflicto que enfrentó a la Iglesia católica y al Imperio Alemán desde 1871 hasta 1883], la literatura sirve otra vez de prueba de la decadencia total de España como anteriormente había sido la fuente de una España fantástica. Viajando por España el historiador prusiano Heinrich von Treitschke se sintió como en un país de muertos. En la Geschichte des spanischen Dramas (Leipzig, 1874) el crítico y médico Julius Leopold Klein igualmente califica a España de “sterbende Nation” y “erschöpftes, geistessieches Volk” incapaz de regenerarse del marasmo. [...] Volviendo a posiciones ideológicas del siglo XVIII tal “Culturformel” propone exactamente lo contrario del retrato que antaño habían trazado los románticos en su búsqueda onírica de una España ideal.» (Briesemeister 2007: 579-580)

Federico Sainz de Robles escribía en su Historia y antología de la poesía española (1967, p. 176 y 178):

«En España, como no se acordaron los pensadores y los artistas de que habían tenido el romanticismo en casa, de confección casera, un par de siglos antes, decidieron inmediatamente entusiasmarse por el que nos importaban del extranjero –inglés, alemán, francés–, pedir de él grandes cantidades y no notar en su paladeo –pese al marcha extraño de su fabricación y vitola– cierto regustillo español añejo a todas luces. Porque cuando en Alemania, en Inglaterra, se airearon las banderas del movimiento sensacionalista del culto del yo, el aire que las ondulaba más fuerte procedía de España, de aquella España del barroco tan vilipendiada por el neoclasicismo. Lo único verdaderamente nuevo del nuevo movimiento literario era el nombre: romanticismo, palabra derivada del romantik aspect con que designó a la isla de Córcega el viajero inglés Borwell, en 1765. ¡Romántico! Sonaba bien el calificativo. Y se refería a algo muy personal y muy íntimo, que era como un desquite de tanto objetivismo ordenancista como imperaba por el mundo en aquella época. Del romantik derivaron los franceses romanesque –novelesco– y romantique. Y de los términos inglés y galo nuestro romanticismo. [...]

En España, el romanticismo no penetró súbitamente ni con violencia. Entre 1780 y 1830 existe una “zona fronteriza y de transición”, en la que vibran ya algunas notas de las que serán características de la nueva manera. Pero en los primero años del siglo XIX es cuando ya se señalan los hitos inmediatos de la revolución literaria en España. O, si se quiere, de su reanimada revolución. [...] El público español no podía hacer traición por mucho tiempo a su sentimentalismo romántico desde siempre. [...] ¿No ha descubierto A. Castro certerísimamente, notas genuinamente románticas en La Celestina, escapadas de los dulces labios, desde el sensible corazón de Melibea?»

«Pero los españoles no ven tan claramente que su país sea romántico. El espíritu caballeresco ha estado siempre compensado por el fuerte pragmatismo de los pícaros y no se extiende más allá de El Quijote (1605). El patriotismo resulta discutible: ¿no es tan antigua como España la tendencia a criticarse permanentemente en todos sus valores? El Siglo de Oro, desde dentro, difícilmente sostiene la etiqueta de romántico. La libertad y el yo, valores supremos del siglo XIX, son ignorados si no conculcados: el rey, la iglesia, la sociedad con sus leyes de honor están por encima de ellos. Toda rebeldía termina en castigo: don Juan va al infierno; el pícaro a la cárcel o la ignominia; don Quijote a la derrota y a la muerte. La libertad y el yo se reducían al mísero consuelo de “Debajo de mi manto, al rey mato”.

Incluso, si se analiza atentamente la cuestión de las reglas clásicas, la rebeldía contra ellas se ofrece como una simple cuestión de sentido común: se rechazan en lo que tienen de absurdas; pero se respetan en muchos puntos. Por lo demás no se establece un ideal anárquico, una antirregla sistemática, sino otro complicado conjunto de leyes de las que son muestra los esquemas estilísticos de Góngora, la repetición de fórmulas de ejemplaridad en Lope de Vega y la rígida estructura del teatro calderoniano. Naturalmente, como estas reglas no eran las clásicas, pudieron pasar como modelo de antirregla para cuantos se oponían al clasicismo de cuño francés.

Planteado así el problema, parece claro que la discusión se basa en un equívoco. Los extranjeros, al hablar de una España romántica, toman el término en un sentido derivado y superficial: algo típico, peculiar, agreste, distinto, sentimental, lleno de color. Los españoles, en cambio, se limitan estrictamente al movimiento del siglo XIX. Y así ambos tienen razón, aunque se hallan más cerca de la verdad los segundos, por más exactos y sujetarse a un concepto preciso, cronológicamente delimitado del romanticismo. Si los extranjeros, gracias a esta visión deformada, hicieron de España una de las fuentes de esenciales de inspiración, tanto mejor. Pero ello no debe obligar a los españoles a considerar su romanticismo como un simple redescubrimiento de su alma tras el afrancesamiento dieciochesco o como un simple enlace con el Siglo de Oro.

Mientras siga encarándose el romanticismo español en relación directa con el Siglo de Oro, no se entenderá lo que significó ni lo que se propuso hacer. Es necesario rechazar de una vez para siempre la imagen de una España romántica a la busca de su esencia en los valores del siglo XVI o XVII e intentar otro camino. Ese camino consiste en poner en evidencia la contradictoria y compleja lucha de los románticos que, por diversas razones históricas, se encontraron desgarrados dramáticamente entre tradición y modernidad.» (Navas-Ruiz 1973: 16-18)

Azorín niega todo carácter generacional al movimiento romántico español:

«Ni les unen a estos escritores los medios de que disponen, medios artísticos, ni les ligan los fines. No podemos asignar ningún fin concreto al llamado romanticismo español. Tal romanticismo en realidad no existe. En otras partes, romanticismo es liberación. Se rompe con estrépito el molde antiguo en que venía encerrándose el arte. El teatro se ensancha. Se pone en contacto el artista, por una parte con el pasado, un pasado fantástico, y por otra con la naturaleza. ¿Y cómo van a lograr estos dos fines capitales Larra, Saavedra, Zorrilla y Espronceda si en España no hay  lugar a tal liberación? Lope de Vega ha hecho trizas siglos atrás todas las reglas del teatro. Con la naturaleza se ha puesto en íntimo contacto Cervantes.» (citado por Navas-Ruiz 1973: 23)

El romanticismo español surgió en gran parte al contacto con escritores y tendencias de Francia e Inglaterra, que intervinieron en los asuntos internos de España y acogieron a los exiliados políticos en el decenio 1823-1833. Pero España no fue una colonia literaria de Europa.

«España, que no había dejado de suministrar a lo largo de los siglos XVII y XVIII temas de inspiración y ocasión de disputas a Europa, se puso muy de moda durante el romanticismo. Hubo para ello varias razones: el catolicismo español, que sirvió de base a varios pensadores alemanas para demostrar la unión de religión y arte; el sistema dramático del Siglo de Oro, opuesto al clasicismo; la guerra de la Independencia, que exaltó una España heroica, popular y valiente; los numerosos viajes por el país; la naturaleza misma de la tradición española, con su mezcla de razas, sus aventuras y caballerosidad, que la hacían aparecer como muy romántica; los emigrados, que contribuyeron a dar a conocer la cultura.

De esta manera, no ocurre tan solo una penetración de Europa en España, sino también una proyección de España en Europa. Como siempre, Europa aporta la modernidad; España, la tradición.» (Navas-Ruiz 1973: 57-58)

«Al valorarse positivamente la Edad Media, Alemania daba como modelo lo que de hecho España y otras culturas, como la inglesa en el teatro isabelino, no habían olvidado. Nuestra literatura había mantenido la tradición épica, medieval, de los romances y las crónicas en el drama nacional, y en pleno siglo XVIII la tragedia más acabada, la Raquel de Huerta, había tratado un asunto de Edad Media. Pero a pesar de esta predisposición, nuestro romanticismo había de venir de afuera, aunque encontrara al abrir los ojos un sendero profundo nacional, de la mejor y no interrumpida tradición. La literatura francesa, la inglesa y la alemana influyen en nuestros románticos, que a la vez reencuentran el camino, de nuestra propia historia y leyenda, de nuestros propios procedimientos literarios en la épica y la dramática.» (Valbuena Prat 1968, vol. III, p. 117-118)

La mayoría de los autores desmitifican la identificación del romanticismo con el supuesto espíritu español.

«Para los viajeros franceses del siglo, desde Chateaubriand a Gautier, pasando por Mérimée, España era el país romántico por excelencia. En su visión acentuaron principalmente lo que en la vida española se diferenciaba más acusadamente de la de otros países europeos, sobre todo del suyo, lo que en ella había de espontáneo, primitivo o señorial en comparación con la uniformidad, convencionalismo y vulgaridad que la civilización burguesa había impuesto en otras partes. A los extranjeros que venían, tras la revolución política e industrial, de sociedades más modernas, les llamaba sobre todo la atención el hecho diferencial, lo que separaba al español del mundo europeo, no lo semejante. Pero los españoles no pretendían fomentar el turismo ni creían que España fuera diferente. Y si los extranjeros lo decían, aun en son de elogio, se sentían calumniados. [...]

Ni poéticos ni pintorescos. La España romántica fue producto francés principalmente, no de los costumbristas españoles, que empezaron operando ya con esta limitación de su campo visual.» (Llorens Castillo 1979: 334-335)

«El romanticismo había entrado en España con los emigrados. La pobreza de la producción literaria desde el principio del siglo XIX, el recuerdo de algunos libros prerrománticos y el conocimiento de algunas obras dramáticas facilitaron la instauración de nuevos dogmas. Al país que alemanes, ingleses y franceses proclamaban esencialmente romántico, el romanticismo vino desde fuera. Si conservaba España siempre vivo el recuerdo del romancero tradicional; si las comedias de versificación polimorfa y en que, sin atenerse a las famosas reglas, se mezclaba lo cómico con los trágico, seguían representándose en las refundiciones, esto no significa que fuese romántica en el sentido histórico de la palabra. Poseía formas románticas, pero no conocía el espíritu de la nueva escuela –así como encierra una isla minas de oro sin que lo sepan los habitantes–. Hacían falta ‘prospectors’. Fueron los emigrados.» (Jean Sarrailh, citado por Martínez Torrón, o. cit., p. 130)

Según Peers, E. Allison (1942),  el Romancero estaba teñido de romanticismo y en las obras de autores del Siglo de Oro, como Lope o Calderón, las protagonizan personajes llevados a veces por violentas pasiones. Sin embargo, Lope y Calderón, aunque sus obras poseen tintes románticos, son autores encorsetados por los dogmas de honor, religión y rey, que impiden el libre albedrío tan importante para el Romanticismo.

El sentimiento romántico concordaba con el individualismo español, pero como movimiento literario no dejó de ser un episodio. Los comienzos del siglo XIX, con la guerra de la Independencia contra Napoleón, hubieran sido favorables a un movimiento romántico nacionalista grande; pero la represión absolutista del movimiento liberal llevada a cabo por el rey Fernando VII en 1814 (fin de la Guerra de la Independencia) y 1823 (aplastamiento del levantamiento liberal) lo impidió.

UN ROMANTICISMO HISTÓRICO CONSERVADOR

En 1814, al finalizar la Guerra de la Independencia, Fernando VII vuelve a España, deroga la Constitución liberal de Cádiz (1812) y reinstaura el absolutismo monárquico, que dominará la política española hasta la muerte del monarca en 1833.

En el ambiente político del absolutismo de Fernando VII, la controversia entre Juan Nicolás Böhl de Faber (1770-1864) y José Joaquín de Mora (1763-1864) sobre el teatro de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) inicia en España el debate sobre el romanticismo.

Böhl era un erudito alemán que vivía en Cádiz y, recién convertido al catolicismo, profesaba ideas monárquicas marcadamente reaccionarias. Mora era un liberal, de modo que la controversia tuvo desde un principio un cariz político.

«En esta época, no había ni obra ni teoría romántica alguna sobre las que hacer la discusión, ya que las primeras obras españolas que se pueden llamar románticas, incluso en el sentido más vago de la palabra, no serían editadas hasta los años veinte, en el extranjero, por el mismo Mora, Blanco White y otros emigrados. De ahí que el debate resultara obligatoriamente abstracto. Se centró en la defensa de Calderón (y de las ideas absolutistas y teocráticas que Böhl le atribuía) frente al criticismo racionalista y de tendencia neoclásica de Mora. La importancia de esta controversia radica en que de ella surgió el concepto de romanticismo español que ha prevalecido hasta nuestros días.» (Shaw 1983: 23-24)

Influenciado por A. W. Schlegel, Böhl identificó el romanticismo con la corriente literaria cristiana, por oposición a la tradición clásica pagana de Grecia y Roma defendida por el neoclasicismo. Böhl veía en el neoclasicismo una interrupción pasajera de la principal corriente de la literatura europea. Para Böhl el “romanticismo” se había manifestado por primera vez en el marco de la literatura occidental durante la Edad Media. Según el erudito alemán, había que volver a lo popular, lo heroico, lo monárquico y a la tradición cristiana, que había tenido su auge en el Siglo de Oro con Calderón de la Barca.

La interpretación del romanticismo defendida por Böhl fue seguida por Monteggia en su artículo “Romanticismo”, publicado en El Europeo de Barcelona en 1823 y por López Soler en su “Análisis de la cuestión agitada entre románticos y clasicistas”, publicado en el número siguiente de El Europeo.

Fue Agustín Francisco Gato Durán y de Vicente Yáñez (1789-1862), en su Discurso sobre el influjo de la crítica moderna en la decadencia del teatro español (1828) quien puso fin a la discusión, defendiendo las pasadas glorias españolas y el teatro del Siglo de Oro; creía en la base nacional de las literaturas y juzgaba el teatro como reflejo de las necesidades morales de cada sociedad: la época “romántica” par excellence fue el Siglo de Oro español.

Antonio Alcalá Galiano y Fernández de Villavicencio (1789-1865) en su famoso prólogo a El moro expósito del duque de Rivas (1833), intentó destruir los argumentos en favor del romanticismo “histórico”, abogando por el reconocimiento de “el romanticismo actual” y adhiriéndose a los ataques al Siglo de Oro, considerado como un periodo de fanático oscurantismo, tal como habían hecho Mora, Blanco White y Quintana). Alcalá Galiano no considera “románticos” a Dante, Shakespeare y Calderón, sino a Walter Scott, Víctor Hugo y sobre todo Lord Byron.

«La tentativa de Galiano supuso un grave avance en la comprensión del movimiento, al presentar el romanticismo como un fenómeno característico de su propia época que reflejaba un cambio de perspectiva rigurosamente contemporáneo. Al mismo tiempo hizo especial referencia a la poesía de tema filosófico, surgida de la “agitación interior” del poeta.» (Shaw 1983: 26)

Estado de la literatura española bajo el reinado de Fernando VII: Entre 1814 (final de la Guerra de la Independencia) y 1820 (comienzo del trienio liberal), Quintana, Gallego, Martínez de la Rosa y otros muchos intelectuales estuvieron en la cárcel. Moratín, Meléndez Valdés, Lista y Reinoso estuvieron en el exilio. En España, la censura era aplastante, sobre todo la de la prosa novelesca considerada como inmoral. El Europeo (1823-1824) repartía su admiración entre Meléndez y Quintana y difundía traducciones de Schiller, Ossian, Gessner, Klopstock, Chateaubriand y otros poetas románticos europeos. Las comedias del Siglo de Oro siguieron siendo populares hasta mediados los años treinta del siglo XIX.

Los autores españoles emigrados habían constatado los grandes cambios operados en el gusto y las ideas europeas. Su retorno coincidió con una liberalización de la censura que permitió la recepción de estas influencias extranjeras en la propia España.

En 1823-26, la revista barcelonesa El Europeo propaga y defiende una concepción histórica, caballeresca, monárquica y católica del romanticismo. Sus autores, Ramón López Soler, Buenaventura Carlos Aribau y el italiano Monteggia son los primeros en la Península en emplear el término romanticismo, copiado del italiano. Esta concepción e intento de reformismo tradicionalista no tuvo ningún eco directo en el resto de la Península.

«Mucho antes de que una literatura propiamente romántica viera la luz en España, se habían hecho varias tentativas para difundir las teorías de los hermanos Schlegel, que veían en el teatro de Calderón el arquetipo de una literatura nacional cristiana. En primer lugar, por un cónsul alemán en Cádiz, Böhl de Faber (a partir de 1814), luego por la revista barcelonesa El Europeo (1823-1824) y finalmente por Agustín Durán con su Discurso, publicado en 1828. Pero, para los progresistas, este primer romanticismo aparecía demasiado como una reacción contra el espíritu de la Ilustración. Es, pues, muy lógico que los esfuerzos de Böhl de Faber fueran combatidos por dos jóvenes liberales, José Joaquín de Mora y Antonio Alcalá Galiano, para quienes el neoclasicismo representaba todavía el progreso en literatura. Por otra parte, estos debates teóricos solo tuvieron un eco muy limitado en la Península. Igualmente sintomático es que el Discurso de Durán se publicara un año después del famoso prefacio de Cromwell, con el que Hugo completaba su conversión al romanticismo liberal. El florecimiento del romanticismo en la Península coincide con el regreso de los exiliados.» (C. Morange, en Canavaggio 1995, t. V, p. 38-39)

Algunos autores han emparentado el romanticismo como el barroco español y ven en los dos movimientos analogías: pesimismo vital, conciencia del tiempo, gusto por los contrastes, predilección por paisajes ruinosos, ruptura de las reglas clásicas, religiosidad. Pero, como dice Navas-Ruiz, la sensibilidad de 1800 está ya distante de la de 1600: los hombres del barroco erigen el artificio como réplica al fracaso del humanismo, y los románticos piensan en la naturaleza como respuesta al fracaso de la razón. El romanticismo cierra el ciclo racionalista que inicia Descartes en 1637, y busca al hombre total.

Los neoclásicos vieron en el romanticismo un ataque al buen gusto, a la razón y una defensa del desorden, abogan por la libertad de la fantasía. Alberto Lista admite el romanticismo como restaurador de la tradición, pero lo condena como antimonárquico, antimoral y antirreligioso.

Ramón López Soler y Luigi Monteggia defienden en el semanario El Europeo (1823-1824) el romanticismo como producto de la religión cristiana y las costumbres caballerescas. Agustín Durán en su Discurso (1836) lo entronca con el espíritu nacional, como vuelta a la Edad Media cristiana y a la libertad creadora. Juan Donoso Cortés (1837) lo enlaza con el liberalismo y las tormentas del hombre moderno. Jerónimo Borao valora el romanticismos con tres palabras: nacionalismo, cristianismo y libertad.

«No existe, como se ha pretendido, un romanticismo conservador empeñado en mantener la tradición del altar y el trono: fue este un ideal político sin salida, arcaico, imposible, que terminó en el fracaso y que no dejó ninguna manifestación literaria válida. Altar y trono hubieron de liberalizarse para subsistir o subsistir por las bayonetas. No sería lícito calificar al romanticismo de conservador por el hecho de haber resucitado la tradición nacional. Hasta esta resurrección tiene un sentido liberal: la reincorporación a la cultura de cosas que la razón universalista había abolido.» (Navas-Ruiz 1973: 14)

1820-1823: TRIENIO LIBERAL

Se conoce como trienio liberal o trienio constitucional al periodo de la historia contemporánea de España que transcurre entre 1820 y 1823; y que constituye el periodo intermedio de los tres en que se divide el reinado de Fernando VII, posterior al sexenio absolutista y anterior a la década ominosa (1823-1833).

El 1 de enero de 1820 tuvo lugar en la localidad sevillana de Las Cabezas de San Juan el pronunciamiento militar del teniente coronel Rafael de Riego, quien había recibido el encargo de dirigir una expedición contra los insurgentes en las colonias de América. Tras un reducido éxito inicial, Riego proclamó inmediatamente la restauración de la Constitución de Cádiz (1812, La Pepa) y el restablecimiento de las autoridades constitucionales. El pequeño apoyo al golpe militar fue aumentando con el tiempo y prolongó el levantamiento hasta el 10 de marzo. En esa fecha se publicó un manifiesto de Fernando VII acatando la Constitución de Cádiz que, dos días antes, el 8 de marzo, había jurado en Madrid.

Tras una azarosísima singladura, en 1823 la Santa Alianza (Prusia, Austria, Rusia y la recién sumada Francia) decide en el Congreso de Verona (22 de octubre de 1822) acudir en ayuda del Borbón español. Fruto de esa ayuda es el envío de los «Cien Mil Hijos de San Luis» (95.000 hombres del ejército francés, bajo el mando del duque de Angulema), el mes de abril de 1823. Tras atravesar los Pirineos los Cien Mil acorralaron a las fuerzas liberales, que retrocedieron hasta Cádiz junto con el gobierno y el propio rey, que en la práctica era su rehén.

La reposición en el poder real de Fernando VII abrió la etapa llamada Década Ominosa (1823–1833) en que el «Deseado» restauró el absolutismo. Casi toda la intelectualidad del país tuvo que exiliarse –los llamados «emigrados»–, a Londres, subsistiendo malamente con el menguado subsidio inglés que concedía a algunos por haber luchado contra Napoleón durante la Guerra de Independencia. Los que quedaron tuvieron que sufrir un proceso de depuración o fueron ajusticiados o marginados. Rafael de Riego murió ahorcado el 7 de noviembre de 1823 en la Plaza de la Cebada de Madrid.

«Política y socialmente, el romanticismo se identifica con el liberalismo, réplica de la sociedad burguesa a los excesos del absolutismo monárquico y de la revolución popular. Se tiende a construir una sociedad políticamente libre, pero a la vez estable; para lo cual se procura limitar los privilegios, aumentar la representación popular y echar los cimientos de la justicia social. En tal sentido es la respuesta lógica frente a la estructura social dieciochesca, monárquica, racionalista, absolutista, que terminó en el tremendo fracaso demagógico de la revolución francesa. Los románticos pretenden edificar una nueva sociedad en la libertad y el orden, abierta para todos, sin la amenaza permanente de los de abajo y de los de arriba. El movimiento se halla, por lo tanto, en relación directa al grado de liberalismo alcanzado por cada nación y cada individuo.» (Navas-Ruiz 1973: 13-14)

Se es romántico en la medida en que se es liberal. Ser liberal y romántico significaba estar a tono con la circunstancia histórica, con las corrientes europeas de aquellos días. «Nunca en España han resultado tan liberales hasta los escritores conservadores y baste citar a Jaime Balmes o Juan Donoso Cortés» (Navas-Ruiz 21).

El romanticismo está ligado al liberalismo y en el trienio liberal aparecen sus primeras manifestaciones importantes, detenidas luego por la reacción conservadora de 1833.

Aparece El Europeo (Barcelona, 1823-1824), revista semanal con aspiración cosmopolita, liberal y prevención antifrancesa. Dos notas características de esta revista son la moderación doctrinal y el nacionalismo, defendiendo la herencia patria, sobre todo el teatro del Siglo de Oro.

Aparece la primera novela histórica: Ramiro, Conde de Lucena (1823), su autor es Rafael Humara. Esta novela es la primera creación totalmente romántica de España. En su discurso preliminar habla de Walter Scott.

1823-1833: DÉCADA OMINOSA - LOS EMIGRADOS

Se denomina Década Ominosa (1823-1833) al periodo de la historia de España que corresponde a la última fase del reinado de Fernando VII y a la restauración del absolutismo tras el Trienio Liberal (1820-1823) en que rigió la Constitución de Cádiz promulgada en 1812. El período se abre con la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis, el 7 de abril de 1823, ejército francés comandado por el duque de Angulema que sometió la España liberal por orden de la Santa Alianza, inquieta por el desarrollo del liberalismo en España y azuzada por los emisarios secretos que el rey español envió a las potencias coaligadas para que le evitaran la necesidad de tener que gobernar sometiéndose a una constitución. En este período tuvo lugar una de las grandes represiones de los liberales que pudieron quedarse en la Península, pues los más significativos tuvieron que emigrar en masa sobre todo a Londres, al barrio de Somerstown, pero también a Malta, París, Estados Unidos y las recién nacidas repúblicas hispanoamericanas para evitar la muerte.

El empobrecimiento cultural que se produce en España al restablecerse el absolutismo a finales de 1923, no se debió únicamente a la emigración de los liberales y a su persecución en el interior, sino también a la censura gubernativa. Antes la censura estaba encomendada a escritores conocidos, mientras que ahora quedaba en manos de oscuros eclesiásticos. En este esperpéntico periodo de la historia de España, para el Gobierno no había autoridad crítica más competente que la de los eclesiásticos, que eran los que determinaban no el valor literario sino la moralidad o inmoralidad de la obra.

En 1834 un nuevo grupo de exiliados fue a unirse a los que ya estaban fuera desde 1814 (restauración del absolutismo) y que no habían regresado aprovechando el trienio liberal. Esta década significó para España un periodo de postración intelectual y de inacción. El único síntoma de actividad literaria eran las traducciones. Los elementos más revolucionarios no retornaron a la patria y los que regresaron después de la muerte de Fernando VII, agotado su espíritu juvenil, solo buscaron acomodarse al conservadurismo de la vida nacional. Sin emigración y sin represión política, el romanticismo español hubiera sido más temprano y más homogéneo.

En la emigración, muchos autores que habían comenzado a escribir como neoclásicos terminaron por convertirse al romanticismo con mayor o menor sinceridad. El gran centro de emigrados fue Londres, donde los españoles tenían su propio barrio, Somerstown, sus periódicos, sus tertulias, y se relacionaban con los escritores ingleses. La importancia de Londres como centro de intercambio de ideas fue extraordinaria. Los emigrados divulgaron por todo el ámbito hispano las ideas predominantes entonces, colaboraron en revistas, fundaron sus propios periódicos.

Una figura clave de la emigración española en Londres fue José María Blanco White (1775-1841), que se había refugiado en Inglaterra tras la invasión napoleónica (1810), donde se convirtió al protestantismo. Fundó El Español (1810-1815) y fue redactor de varias revistas.

Menos homogéneo fue el grupo de emigrados en Francia. A pesar del fervor hispánico, no se dio en París nada semejante a lo que ocurría en Londres. Sólo hacia 1830 llegaron Espronceda y Rivas. Rivas y Alcalá Galiano gozaron de la simpatía de Prosper Mérimée. Martínez de la Rosa estrenó en París su Aben Humeya (1830).

«Se ha dicho que los emigrados, al volver a España, trajeron consigo el romanticismo. La afirmación no es enteramente exacta. Hay que admitir que al contacto con Inglaterra y Francia, neoclásicos, como Rivas, Martínez de la Rosa, Alcalá Galiano, el propio Espronceda, se hicieron románticos. Pero no cabe ignorar el desarrollo interno del movimiento dentro del país, que había dado manifestaciones como los escritos de Böhl de Faber, El Europeo y una novela histórica antes de 1824. Con ellas enlazan Durán, Larra, López Soler y otros que antes del regreso de los emigrados se sienten románticos.

Ahora bien, la vuelta de los emigrados coincide con la muerte de Fernando VII y la restitución de la libertad, hecho que permite al fin la explosión romántica, hija del liberalismo: en 1834 se encuentran los de dentro y los de afuera en la nueva escuela literaria. Es sintomático que se estrenen el mismo año Macías de Larra, quien nunca había salido de la patria, y La conjuración de Venecia, del desterrado Martínez de la Rosa.» (Navas-Ruiz 1973: 42)

1834-1844: LA REGENCIA - DÉCADA ROMÁNTICA

La opinión al uso centra el romanticismo español entre 1834, año en que regresan los emigrados, románticos liberales, y 1844. En 1850 aparece el posromanticismo.

En 1832, hallándose el rey Fernando VII enfermo de gravedad en La Granja, cortesanos partidarios del infante consiguieron que Fernando VII firmara un Decreto derogando la Pragmática. Con la mejoría de salud del Rey, el Gobierno de Francisco Cea Bermúdez, la puso de nuevo en vigor. María Cristina, nombrada regente durante la grave enfermedad del rey (la heredera Isabel apenas tenía tres años en ese momento), inició un acercamiento hacia los liberales y concedió una amplia amnistía para los liberales exiliados, prefigurando el viraje político hacia el liberalismo que se produciría a la muerte del rey. Fernando murió en 1833 sin hijos varones, había tenido otra hija la infanta Luisa Fernanda. El infante don Carlos, junto a otros realistas que consideraban que el legítimo heredero era el hermano del rey y no su hija primogénita, se sublevaron y empezó la Primera Guerra Carlista. Con ello hizo su aparición el carlismo.

«La década de los treinta trae la espuma de emigrados doceañistas con su liberalismo jurídico-moral que se opone a los arrestos democráticos y de soberanía popular de los jóvenes, particularmente Larra y Espronceda. Romántico es ya, sin lugar a dudas, “el liberalismo en literatura”, como lo definió Víctor Hugo en su estruendoso prólogo a Hernani (1830), donde defiende las libertades civiles y políticas.

El nuevo romanticismo militante y populista, muy distinto al defendido por los románticos doceañistas (de ahí la desilusión romántica), está íntimamente ligado a la revolución francesa de julio de 1830, donde se perciben ya los primeros signos del movimiento obrero apoyado por románticos socialistas: Fourier y Cabet, que alcanzaron difusión en España desde los centros de Barcelona, Cádiz y Madrid en la década de los cuarenta a través de la prensa obrerista y la labor de difusión de José M. De Abreu, Abel Transón y Fernando Garrido, entre tantos otros. Antes que esta milicia se aprestara a la lucha, la batalla es iniciada por dos combatientes aguerridos: Larra (1809-1837) y Espronceda (1808-1842), que murieron antes de que hiciera irrupción el primer socialismo.

No una, sino dos Españas, son las que se disponen a la lucha, divididas a su vez en distintos fragmentos. Los contendientes se llaman la España democrática y la carlista, que luchar a muerte durante la regencia de María Cristina.» (Blanco Aguinaga et al. 1978, vol. II, p. 94)

Considerando el momento en que se escribieron las grandes obras románticas, suele encerrarse el romanticismo español en la década 1834 a 1844. Se inicia con La conjuración de Venecia. Drama histórico en cinco actos y en prosa (1834), de Martínez de la Rosa, y acaba con Don Juan Tenorio (1844), de José Zorrilla. El momento revolucionario es el momento de apogeo romántico, los rebeldes llenan el teatro y la leyenda, y el Don Álvaro de Rivas y el Estudiante de Salamanca de Espronceda definen toda una nueva generación literaria. Tras ella la nacionalización del romanticismo toma un camino más armónico y tradicional que representa, especialmente, Zorilla.

«El número de los exiliados, la importancia de su producción intelectual, el desfase existente entre la expansión del romanticismo en Francia y en España, todo parece confirmar que fueron los emigrados los que trajeron la nueva literatura en sus maletas.» (C. Morange, en Canavaggio 1995, t. V, p. 42)

Según Morange, este esquema, que a grandes rasgos no es erróneo, debe ser matizado con los siguientes datos: Aunque la producción era escasa, en España se leían muchas traducciones, lo que prueba que el gusto del público había evolucionado. Los “prerrománticos” Gessner, Young y Macpherson (el autor de los poemas de Ossian) eran conocidos en España mucho antes de 1800. El primer traductor de Hamlet fue el mismo Moratín. A partir de 1823, los redactores de El Europeo anuncias las obras completas de Walter Scott en francés y califican al autor “como el primero de los románticos modernos”. Por otro lado, los relatos de viajes que hicieron los extranjeros, favorecieron la eclosión del mundo de la “España romántica”. Jacob Grimm publica una Silva de varios romances viejos en 1815 y Böhl de Faber una Floresta de rimas antiguas castellanas en 1821. Los españoles comienzan así a interesarse por su pasado. Durán publicara de 1828 a 1832 un Romancero general. De 1814 a 1833, se editan en Francia 883 obras en castellano.

«Los liberales románticos que emigran en 1823 a Inglaterra, América o Francia quisieron unir, no enfrentar, lo tradicional y lo moderno, lo español y lo europeo. Vieron en la renovación romántica la única capaz de vivificar con espíritu moderno la raíz de la tradición española. Como expresión del presente, el romanticismo significó para ellos el método que mejor favorecía el desarrollo de la naturaleza de cada nación. Así pues, el liberalismo romántico fue una inyección de curiosidades, temas, ideas que provenían a menudo de allende las fronteras. En España fue una situación histórica bien definida en la que teoría y praxis son anteriores a la creación literaria. Del romanticismo estético idealista y específicamente antirrevolucionario propugnado por Böhl de Faber en Cádiz en 1814 se pasó al romanticismo político-liberal defendido por Antonio Alcalá Galiano, José María de Mora y José María Blanco-White desde Inglaterra. Solo en la capital inglesa, cuando el romanticismo perdió el carácter reaccionario y católico que teñía el de Böhl, aceptaron los liberales la nueva escuela como representante de la libertad literaria.» (Blanco Aguinaga et al. 1978, vol. II, p. 89)

En 1834, Alcalá Galiano publica su famoso prólogo a El moro expósito, de Antonio de Saavedra, duque de Rivas. El texto es considera como uno de los manifiestos románticos hispánicos. Todo el efervescente mundo romántico en que se mezclan estética y política se refleja en la escena teatral. Martínez de la Rosa, que en 1814 había estrenado La viuda de Padilla, exaltación liberal de los comuneros del siglo XVI, al poco de residir en Francia se convierte al credo romántico y en París estrena Aben Humeya. De regreso a España y activo en la política con tonos ya marcadamente moderados, lleva a escena en 1834 La conjuración de Venecia. En ese mismo 1834, Mariano José de Larra estrenaba su drama Macías, pero será al año siguiente con Don Álvaro o la fuerza del sino, del duque de Rivas, cuando el teatro romántico español llegue a su máxima expresión.

Según Navas-Ruiz, el movimiento romántico no se puede reducir a esta década. Hay que prolongar los límites desde 1814, año en que Böhl de Faber difunde en España las ideas de Schlegel sobre la literatura clásica española, hasta 1849, año en que Cecilia Böhl da el paso definitivo hacia el realismo con la publicación de la novela La Gaviota (1849), bajo el pseudónimo de Fernán Caballero.

En este periodo de 36 años transcurren todas las fases del movimiento romántico en España: preparación, triunfo y desintegración.

Navas-Ruiz excluye del movimiento romántico al prerromanticismo, que tanto por su organización mental como por su expresión literaria está todavía enmarcado en el neoclasicismo.

Los posrománticos posteriores al 1849 (Gustavo Adolfo Bécquer y Rosalía de Castro) transforman el romanticismo e inician nuevas corrientes. Caen, pues, fuera del movimiento romántico propiamente dicho.

Según E. Allison Peers (Historia del movimiento romántico español), el movimiento romántico español fue un fracaso: apareció abruptamente con Don Álvaro y se fue abruptamente con Don Juan, debido a la falta de un jefe, a la diversidad de concepciones sobre el movimiento, a la mala calidad de la novela histórica y a la ausencia de satíricos que ridiculizaran el clasicismo. Desde 1837, ya no habría en España romanticismo, sino eclecticismo.

«La tesis necesita ser revisada. La aparición del movimiento romántico en España no es nada abrupto, sino un lento proceso que se inicia hacia 1814, cuyos jalones los constituyen las traducciones, disputas, exploraciones teóricas, revistas y en el que convergen fuerzas de dentro y fuera. Cuando surge Don Álvaro tiene muy preparado el terreno, por mucho que produzca asombro en los espectadores. Si tardó tanto en brotar, la culpa se halla en la situación política española, en la represión absolutista de Fernando VII, no en el suelo cultural del país.

Por otro lado, no es menos cierto que el virus romántico permaneció activo en todas sus ramas diez años, entre 1834 y 1844. [...] Que la actividad de un movimiento se extienda solo diez años no supone ningún fracaso, porque ese es el tiempo de eficacia de una generación. No duró más el periodo revolucionario de los modernistas o de la generación de 1898. ¿Por qué se ha de esperar otra cosa del romanticismo?» (Navas-Ruiz 1973: 52-53)

«En resumen, si bien es verdad que este primer cuarto de siglo no presenta un panorama muy rico y que la continuidad domina claramente sobre el cambio, con todo la vida literaria es en ese período más variada de lo que parece a primera vista. Ciertamente que el contexto político fue un obstáculo para el florecimiento de un potencial intelectual que no era nada desdeñable. [...] Y no es una de las menores paradojas que un país así paralizado por la tradición haya estado en 1812 y en 1820 a la cabeza del combate por la libertad. Estos múltiples desfases entre España y Europa, entre la elite y la masa, entre las esperanzas y las desilusiones, esa impresión de parálisis, ese sentimiento de ser “extranjero en su propio país” son características de una época de crisis en que la sociedad vacila entre lo antiguo y lo nuevo. Esas contradicciones estarán en el corazón de la conciencia desgarrada de la joven generación: la fulgurante carrera y el fracaso trágico de Mariano José de Larra constituyen de todo ello un gráfico resumen.» (C. Morange, en Canavaggio 1995, t. V, p. 45)

«Una de las diferencias que separan a los escritores del antiguo régimen de los que vinieron después es su participación en la vida política. Fenómeno general en otras partes de Europa, sobre todo en Francia. Con la excepción de Jovellanos, no hubo literato de nota en la España de Carlos IV que desempeñara en el Gobierno cargo de importancia. En cambio, a partir de la guerra de la Independencia y las Cortes de Cádiz, se sucedieron durante largo tiempo no solo los escritores que trataron cuestiones políticas en su obra, sino los que intervinieron directamente en la vida pública ejerciendo funciones más o menos destacadas. [...] Más que en ningún otro, la literatura y la política estuvieron unidas a lo largo de toda la vida en Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862).» (Llorens Castillo 1979: 86-87)

El primer jefe de Gobierno que modificó la estructura del antiguo régimen fue Martínez de la Rosa (presidente del gobierno en 1822 y de 1834 a 1835), a quien sucedió José María Queipo de Llano y Ruiz de Sarabia, conde de Toreno, como Presidente del Consejo de Ministros (1835-1836). En 1836, desempeñaron el cargo de ministros, el duque de Rivas y Alcalá Galiano. Larra fue elegido diputado el mismo año. Como tal actuó después en las Cortes Espronceda. Su amigo Ros de Olano llegó con el tiempo a ministro. La historia política de estos literatos importa también por la huella que dejó en su obra literaria. No se puede entender a Larra –como dice Llorens (229)– sin la preocupación que la guerra carlista llegó a producirle. Y la reacción tradicionalista de Zorrilla (nacionalización del romanticismo) únicamente es explicable tras la política de los gobiernos progresistas frente a la Iglesia.

ZORRILLA O LA NACIONALIZACIÓN DEL ROMANTICISMO

José Zorrilla (1817-1893) viene a ser el Lope de su tiempo: fácil, extenso e improvisador. Seguidor inicial de Espronceda y de Rivas, pasará bien pronto del arrebato juvenil al historicismo moderado y tradicional. La pobreza de sentimiento y de ideas de Zorrilla, como ha señalado más de un crítico, “nacionaliza” definitivamente el romanticismo, esto es, lo edulcora y desvirtúa para transformarlo en una glorificación del pasado español. Zorrilla tradujo poesías del francés y el italiano, imitó piezas de Víctor Hugo, Dumas, Scribe y Merimée, pero su fondo de inspiración fue siempre la tradición nacional hispana: “Mi voz, mi corazón, mi fantasía, / las glorias cantan de la patria mía”. 

«A la etapa en que reaccionaban las personalidades de los poetas ante una forma cosmopolita europea, sigue la completa nacionalización del romanticismo. En Rivas los romances históricos marcan plenamente este momento; en Espronceda, aunque junto a influencias byronianas, puede, con las señales típicas de la imborrable personalidad del autor, señalarse la cima nacional en El estudiante de Salamanca. Pero hay un poeta –Zorrilla–, que todo él es una forma nacional, integralmente, del romanticismo, y que en lo mejor de su producción –el teatro– da una pauta a la vez tradicional, contenida, y de figuras eternas de la épica y la dramáticas más genuinas. Después de las mejores producciones de Zorrilla, encuentra García Gutiérrez sus más mesuradas y bellas poesías dramáticas de tema nacional» (Valbuena Prat 1968, vol. III, p. 186)

«Hacia 1870, el romanticismo había completado su tarea de invención de ese pasado histórico que ahora quedaba imaginado plásticamente como “español”, justamente en los términos que la adhesión a la identidad nacional requería. Nadie brilló en aquella tarea como José Zorrilla. Poeta y dramaturgo de “asombrosa facilidad versificatoria”, superficial y colorista, pero dotado de indudable magia, Zorrilla fue, y tuvo clara conciencia de ser, el “único, el verdadero poeta nacional”, el hombre que encarnaba a España al modo que Victor Hugo lo hacía en Francia; contribuyó como ninguno a difundir una imagen del pasado en términos nacionales, españoles, hasta el punto de llamársele con justicia, el creador del drama histórico nacional. La práctica totalidad de sus tragedias, leyendas y poemas históricos versaron sobre temas o se situaron en ambientes históricos “españoles”.» (Álvarez Junco 2001: 242-243)

Se suele afirmar que el romanticismo en España fue tardío y breve y que fue sustituido en la segunda mitad del siglo XIX por el realismo, de características antagónicas a la literatura romántica. Es la concepción del romanticismo como liberalismo, siguiendo la fórmula de Víctor Hugo: “el romanticismo es el liberalismo en literatura”. El romanticismo español sería un producto foráneo, traído por los emigrados, vueltos a España a partir de 1833, tras la muerte de Fernando VII que marca el fin del absolutismo en España.

Pero el romanticismo no fue siempre portavoz del movimiento liberal.

«El romanticismo francés, que era en sus inicios una “literatura de emigrados”, siguió siendo hasta después de 1820 el portavoz de a Restauración. Hasta la segunda mitad del decenio 1820-1830 no evoluciona hacia un movimiento liberal que formula sus metas artísticas en analogía con la Revolución política. En Inglaterra, lo mismo que en Alemania, el romanticismo es en sus principios prorrevolucionario, y hasta las luchas contra Napoleón no se vuelve conservador; sin embargo, después de los años de guerra realiza un nuevo viraje y vuelve a acercarse a sus primitivos ideales revolucionarios. Finalmente, tanto en Francia como en Alemania el romanticismo se vuelve contra la Restauración y la reacción, y, por cierto, de manera mucho menos inequívoca que la misma evolución política.» (Hauser 1968: 371-372)

«La cristalización del romanticismo francés en un grupo uniforme se realiza el mismo tiempo que la vuelta de la opinión pública hacia el liberalismo. Hacia 1824 el Globe comienza a sonar con nuevas notas, y esta es también la fecha de las primeras reuniones reguladas en el Arsenal. Es cierto que los románticos más conocidos, sobre todo Lamartine y Hugo, son todavía partidarios del trono y la corona, pero el romanticismo, finalmente, deja de ser clerical y monárquico. El cambio auténtico no ocurre hasta el año 1827, cuando Víctor Hugo escribe el famoso prólogo a su Cromwell y expone, palmaria y claramente, su postulado de que el romanticismo es el liberalismo en literatura.» (Hauser 1968: 380)

«Es erróneo, sin duda, como observa Derek Flitter, identificar mecánicamente romanticismo y liberalismo, pero no lo es vincular con el liberalismo político a los más célebres autores románticos españoles: Martínez de la Rosa, Espronceda, Larra, el duque de Rivas; en versión radical, en general, cuando fueron jóvenes, y en la moderada a medida que pasaron los años. Hacia mediados de siglo, cuando Fernando VII llevaba ya quince o veinte años en el Panteón de El Escorial y en el país se había afianzado el liberalismo “moderado” –fuertemente conservador–, la mayoría de los románticos citados, o había muerto también o se había sumado a los que ponían toda la sordina posible a los cantos de libertad. El ejemplo más expresivo de esta evolución hacia el conservadurismo es, quizás, el del duque de Rivas. Su El moro expósito, de 1834, era, en palabras de Lloréns, “el poema de un liberal español de la época fernandina”, cuyo personaje principal “por su patria siempre estaba pronto a sacrificarlo todo”. En los romances de Rivas posteriores a 1940, en cambio, “patriota equivale a alborotador callejero; y, a medida que siguieron pasando los años, el poeta expresó cada vez con mayor radicalismo su aristocrático disgusto ante la irrupción de las masas en la política.

A partir de 1840, en efecto, el romanticismo iba siendo aceptable en los medios conservadores. Fue desde esa perspectiva política como Javier de Burgos relanzó, en 1841, las ideas de Schlegel y Böhl de Faber. En esta época tardía del romanticismo español, el más popular e influyente de los literatos no era ya ni el conservador duque de Rivas ni los fallecidos Larra o Espronceda; lo era José Zorrilla, que se había dado a conocer precisamente en el entierro de Larra, y a quien tantas veces se ha atribuido el calificativo de “poeta nacional”. Zorrilla se ganó esta representatividad debido precisamente a su condición de “cristiano y católico” y a que supo encarnar “los valores castellanos, el patriotismo y la independencia española”, dejando de lado “cualquier problema con visos de actualidad”. [...] Buena parte del éxito de este poeta se debió a la habilidad con que supo adaptar el estereotipo nacional a los principios católicos y monárquicos del conservadurismo.» (Álvarez Junco 2001: 385-387)

«No se olvide: 1844 (estreno de Don Juan Tenorio) es el año en que el general Naváez comienza a gobernar dictatorialmente, y en el cual los tricornios de la Guardia Civil hacen su aparición por los caminos del campo español. Si a Don Juan no le hubiera salvado Doña Inés, con toda probabilidad hubiera sido llevado entre corchetes a la cárcel de Corte. El romanticismo, su exaltación apasionada y su progresismo liberal es ya solo un recuerdo, una sombra de lo que fue, hábilmente aprovechada por José Zorrilla.» (Blanco Aguinaga et al. 1978, vol. II, p. 93)

1844-1854: LA DÉCADA MODERADA

Reacción antirromántica: Jaime Balmes y Donoso Cortés

De la mano del Partido Moderado, a partir de 1844 y durante 10 años (periodo conocido como Década Moderada), se consolidó un liberalismo muy restrictivo (sólo una minoría de ciudadanos tenía derechos políticos). La práctica del caciquismo, en buena medida, empezó a tejer sus redes a partir de 1844. El nuevo sistema se plasmó en la ciertamente conservadora Constitución de 1845. El hombre fuerte del periodo, el general Ramón María Narváez, consiguió evitar la oleada revolucionaria extendida por gran parte de Europa (las denominadas revoluciones de 1848), más por la falta de una estructura social afín que por las medidas de dureza adoptadas. Esta fase se cerró con el ‘tecnócrata’ Juan Bravo Murillo, quien llevó a cabo, en 1851 y 1852, una amplia labor administrativa y hacendística.

«Como el mundo liberal iba dejando de ser aquel vendaval que amenazaba tronos y altares, parecía llegada la hora de empezar a reconciliarse con él. La, en teoría, liberal reina Isabel II estaba acercándose a las posiciones del catolicismo conservador, llamado por entonces neocatolicismo. El clero tenía motivos para ir abandonando el insurreccionismo carlista: reclamar la monarquía absoluta y la Inquisición era cada día más anacrónico. El Concordato de 1851 había concedido a la Iglesia el control del sistema educativo y un holgado presupuesto de culto y clero, a cambio de que la Iglesia reconociera la legitimidad de Isabel II y aceptara la desamortización como un echo consumado.» (Álvarez Junco 2001: 393)

La reacción “moderada” consiguió en gran parte desmantelar el edificio progresista. A la supresión de la Milicia Nacional sucedió la creación de la Guardia Civil; a la política anticlerical, la declaración de catolicismo de la Constitución de 1845 y el concordato con  Roma. La Constitución eliminaba el principio de la soberanía nacional. Se estabilizó la Hacienda en favor de la oligarquía que había de dominar la historia española durante un siglo. La burguesía, beneficiada con las leyes de desamortización, se hizo conservadora y pactó con la Iglesia.

En literatura hubo también cambios: reacción clasicista. Al cabo de unos diez años de libertad romántica en el teatro, se volvió otra vez con aplauso a los preceptos del clasicismo. Hasta se volvió al género clásico, la tragedia. Fue una reacción contra los horrores revolucionarios y contra el irracional desorden romántico. El pensamiento religioso y político de esta etapa es católico y tiene sus más caracterizados representantes en Jaime Balmes (1810-1848) y Juan Donoso Cortés (1809-1853). Balmes presentó una imagen de la vida religiosa afín a la del cristianismo romantizado de un Chateaubriand. Balmes fue portavoz de un grupo conservador que quería acercar moderantismo y carlismo, y que se convirtió en el formulador más coherente de esta idea. Donoso Cortés, liberal moderado en sus primeros años, se convirtió en el más extremado paladín de la reacción católica tradicionalista; sus ideas proceden en parte de los tradicionalistas franceses.

«El liberalismo español nace desgraciadamente al mismo tiempo que la crisis institucional provocada por la degradación de la monarquía a manos de Napoleón. Tiene que enfrentarse primero a un déspota, Fernando VII, que quiere reparar sus errores sustentando su poder por la fuerza, y después aliarse a un trono tambaleante, el de la Regente María Cristina de Borbón (1833-1840) y su hija Isabel II (1833-1868), por miedo a que el extremismo conservador de don Carlos lograse hacerse con el mando. En cualquier caso, difícilmente cuanta con un gobierno firme y progresista que les ayude a realizar pacíficamente sus ideales de reforma.

He aquí la situación conflictiva con que se enfrentaron los románticos y que determinó la naturaleza del movimiento en España. Como patriotas y miembros de una sociedad conservadora, se veían obligados a aceptar una tradición, la del Siglo de Oro, con cuyos principios discordaban. Como ilustrados, tenían que admitir los principios del siglo XVIII, con cuyas formas literarias y de gobierno disentían. Como liberales, debían europeizar el país, democratizarlo, abrirlo a la libertad cuando el país sufría la peor crisis institucional de su historia e iniciaba una serie de crueles y terribles guerras fratricidas.

¿Qué hacer? La solución hubo de ser necesariamente un compromiso: modernizar moderadamente; abrir España a ideas y direcciones europeas con cautela; no rechazar la tradición sino intentar una síntesis de lo anterior con el nuevo espíritu. El romanticismo español representa la convergencia de dos tradiciones, salvando de cada una lo mejor, y de los principios liberales. Por eso, en contraste con Francia, aparece como un movimiento bastante moderado, al modo inglés, en el que conviven las cosas más dispares con tal que sean buenas.

No hay forma de entender las peculiaridades del romanticismo español si no se le ve sumergido en tales conflictos. Es cierto que la tradición no fue radical, enérgica; pero sí valiente y fructífera. Los románticos lograron incorporar España a las ideas literarias y sociales de Europa; democratizar la cultura y conseguir que todo el pueblo participase otra vez, como en el Siglo de Oro, en el quehacer artístico, cerrando la brecha abierta por los neoclásicos entre creador y masa; sintetizar las tradiciones divergentes, salvando todas para la conciencia de continuidad histórica. Si existe una España moderna, esa arranca del romanticismo con todas sus vacilaciones, errores y logros.» (Navas-Ruiz 1973: 21-22)

«Por razones vinculadas a la historia, el romanticismo español ahogó muy pronto los acentos de la rebelión y dio libre curso a las voces de la serenidad y la reconciliación. En lo que respecta al tema central –el regreso a la unidad orgánica en el seno del gran Todo–, tal vez las particularidades geográficas de la Península no permitieron a la Naturaleza ser la mediadora esperada. Hay pocas de esas evocaciones del árbol secular, de la fuente o del bosque, tan frecuentes en otras partes. La misma reserva respecto de los desahogos y de la pintura de la aflicción, en este tipo de cultura hispánica (y más propiamente castellana) en la que lo “sentimental” tiende a veces a ser asimilado a la “sensiblería”, según los términos que más tarde empleará Miguel de Unamuno.

En la escala de la literatura europea de la época se discierno bien cómo se perfila gradualmente hacia mediados del siglo un modelo sustitutorio, calificable con todo derecho de positivista. Modelo literario (final del abandono de los “trastornos” y de la espontaneidad de la improvisación, atención otorgada a los “hechos”) en el cual se leen a la vez el deseo de “cerrar la era de las revoluciones”, para retomar las palabras de Auguste Comte, y la voluntad de lanzarse a la carrera del desarrollo (sustituto, muy formalizado, de las aspiraciones infinitas de la época anterior): es una palabra del Progreso.

Aparece muy nítida la voluntad de “vaciar” el romanticismo (en sus orientaciones audaces). Pero, por otra parte, la evolución global de la sensibilidad es mucho más indecisa. Coincidencia no desprovista de significación puede observarse que Cecilia Böhl de Faber (llamada Fernán Caballero), cuyo costumbrismo novelesco se considera una marca del advenimiento de una nueva época, es no solo la hija, sino la ferviente discípula del primer propagandistas de las ideas de Schlegel. Su obra, consagrada a las humildes realidades cotidianas, es el hecho el ejemplo de una tendencia que se reencuentra en los otros romanticismos europeos, originariamente dedicados a la rehabilitación de lo vivido y de lo natural (“Objetos inanimados ¿tenéis, pues, un alma...?”). Una tendencia que, sin embargo, adquiere excepcional relieve en una España doblemente confrontada con un problema de identidad en razón de la mirada del Otro, es decir, del viajero extranjero. [...]

Esta misma sensibilidad hacia lo cotidiano lleva a un ideal (compensatorio) de comunidad elemental, resumido en la noción de “pueblo”, muy perceptible, por ejemplo, en el corazón de las búsquedas emprendidas sobre el género de la balada; preside también la elaboración de folletines y novelas sociales, marcadas por el sello de un pathos no equívoco.» (J.-F. Botrel, en Canavaggio 1995, t. V, p. 6-8)

Revolución social

Las dos Españas (la España liberal, de la ilusión y del futuro, la España de ciudadanos contra la España de la nostalgia, tradicionalista y conservadora del pasado, la España de los súbditos) serán pronto cuestionadas por una tercera España surgida de la revolución social-obrera, la España ‘real’ de las reivindicaciones obreras.

En 1830, una sublevación civil en Francia estableció la monarquía constitucional de julio, que duró hasta 1848. Revolución o revoluciones de 1848 (la Primavera de los Pueblos o el Año de las Revoluciones) se denomina la oleada revolucionaria que acabó con la Europa de la Restauración (el predominio del absolutismo en el continente europeo desde el Congreso de Viena de 1814-1815). Además de su condición de revoluciones liberales, las revoluciones de 1848 se caracterizaron por la importancia de las manifestaciones de carácter nacionalista y por el inicio de las primeras muestras organizadas del movimiento obrero.

Karl Marx respaldó dicha actividad y, en 1848, publica  el Manifiesto comunista: «La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases». Había llegado la hora de convertir en realidad los sueños románticos. En Alemania, Karl Marx quiere invertir a Hegel, muerto en 1831 (“Hegel auf den Kopf stellen”), y en su Tesis sobre Feuerbach (1845) proclama: «Los filósofos hasta ahora solamente han interpretado el mundo; de lo que se trata, sin embargo, es de transformarlo.»

«Paradójicamente, el brote revolucionario de 1848, que fue para la historia de otros países europeos una línea divisoria tan importante, en España se pudo reprimir fácilmente. Mientras esta fecha inauguraba en el extranjero un nuevo período en el pensamiento de la izquierda radical y producía el nacimiento de los movimientos de la clase obrera, en España tales movimientos no aparecieron hasta 1868, y aun entonces tuvieron limitada importancia. La vida política española disfrutó de un intervalo de relativa tolerancia y conciliación, simbolizado en 1854 por el entendimiento de Espartero y O’Donnell, dos de los principales generales políticos, y por la creación por este último del partido de la Unión Liberal que se hizo prácticamente cargo del gobierno hasta 1868. El partido de la Unión Liberal fue derivando hacia la tendencia política dominante en la época: un riguroso pragmatismo en el que se iba reemplazando progresivamente el poder de la monarquía y el ideal de estado católico tradicional unido a ella, por la perspectiva de una naciente plutocracia que creía principalmente en la riqueza y la expansión económica. La nueva oligarquía de intereses comerciales, terratenientes e industriales ya no gobernaba en nombre del mito de la sociedad cristiana, con la jerarquía de clases ordenadas por Dios bajo el poder del rey, sino que se basaba en la noción de que el progreso material, reservado principalmente a la burguesía, era el punto de partida necesario para la marcha del hombre hacia la libertad y el progreso moral colectivo. [...] Es muy significativo observar que mientras los románticos, casi todos liberales, se habían dividido con su partido en moderados (Martínez de la Rosa, Pastor Díaz, y la mayoría) y exaltados (Espronceda, Larra –con reservas– y unos pocos más), los escritores más importantes de mitad de siglo (Alarcón, López de Ayala, Campoamor y Núñez de Arce) fueron todos unionistas liberales. Solamente Tamayo fue carlista.» (Shaw 81983: 18-19)

RESTAURACIÓN 1874 - PERÍODO POSROMÁNTICO

Los posrománticos como Gustavo Adolfo Bécquer y Rosalía de Castro son ya transformadores del Romanticismo e iniciadores de corrientes nuevas en literatura.

LAS DOS VERSIONES DEL ROMANTICISMO

En España, lo mismo que en otros países europeos, hubo un romanticismo histórico (conservador) y otro actual (liberal). Hacia finales de años treinta del siglo XIX, estaban configuradas las dos formas de entender el romanticismo:

La tradicional: retorno a lo medieval y defensa de los valores tradicionales cristianos, exaltación de la religión y de la monarquía (trono y altar);

La liberal: huida de las limitaciones impuestas para ver al hombre sumido en las dudas de su propia existencia, angustia, duda, desconsuelo, profundo sentimiento de soledad. 

Detractores del romanticismo como peligroso: Balmes, Gil y Carrasco y Ventura de la Vega.

Al atenuarse el liberalismo político en forma de moderantismo (Década moderada 1844-1854), el arrepentimiento de los románticos subversivos da el triunfo al romanticismo tradicional y conservador.

Comienza el posromanticismo y desaparece el romanticismo más radical. Aunque la influencia de este sería clave a final de siglo para la Generación de 1898 (año del desastre colonial).

«La guerra de la independencia (1808-1814) detuvo durante algunos años el desarrollo de la revolución literaria española. El primer nuevo brote data de 1814. El 16 de septiembre, en El Mercurio Gaditano Nicolás Böhl de Faber –hispanófilo e hispanista alemán, padre de nuestra Fernán Caballero– publicó un extracto de las ideas de Schlegel, uno de los epígonos del romanticismo germano. Este artículo inició una polémica larga y ruidosa entre el alemán afincado en España y el periodista y aventurero, de talento innegable, José Joaquín de Mora, defensor desde El Constitucional de las inmutables reglas del arte que preconizaban los moribundos neoclasicistas, muriendo sin querer arriar el grito de su fe. Distintos periódicos tomaron partido por uno u otro. Y de la discusión –no pocas veces agriada, como la mala leche– fue naciendo la luz...  [...]

El español, entre 1808 y 1833, ya por guerras o por azarosos y turbulentos alzamientos políticos, no tuvo un instante de sosiego para dedicarlo a la literatura y a sus reacciones. Entre 1808 y 1833 no hubo en España sino guerrilleros, docentistas, exaltados, serviles, feotas, que preferían los himnos y las canciones de facción o de partido. [...]

La avanzadilla del romanticismo español, la que recogió con avidez las sugerencias de Böhl de Faber, surgió en Barcelona. En 1823 apareció, como órgano “de la escuela romántico-espiritualista”, El Europeo, periódico publicado por dos españoles, un inglés y dos italianos. [...] Es muy curioso considerar cómo estando Cataluña inmediata a Francia y muy en relaciones culturales con ella, no fue el francés el romanticismo que propagaron y defendieron los catalanes, sino el alemán. El romanticismo francés penetró en España por Andalucía. El romanticismo francés en el sur español lo habían exaltado los constitucionalistas, los emigrados políticos, los comerciantes que vivían con un ojo en España y otro en América. El romanticismo andaluz era liberal; el catalán era tradicionalista.

“Dos bandos –estribe Tubino– partían ya la arena del romanticismo en creyente, aristocrático, arcaico y restaurador, y descreído, democrático, radical en las innovaciones y osado en los sentimientos. Ateniéndose Walter Scott a la tradición de la escuela germánica, de los Schlegel, abrazóse al primero; Víctor Hugo Hugo... declarábase por el segundo, escandalizando a los públicos con las inauditas libertades artísticas de Hernani y de Nuestra Señora; quería el uno oponer recio valladar a las disolventes máximas del liberalismo nivelador, ofreciendo el cuadro de los esplendores feudales; asimilaba el otro el romanticismo a la política revolucionaria, presentándola como un 93 del pensamiento...” Cataluña se decidió por Walter Scott. Andalucía, por Víctor Hugo. Y, casi al mismo tiempo, las dos corrientes románticas iniciaron su marcha a la conquista de Madrid. Y Madrid se entregó al romanticismo liberal francés. [...]

Como el romanticismo fue una reacción violenta, de enemistad eterna, contra el neoclasicismo, rápidamente los románticos quisieron distinguirse de los clásicos no solo en las obras, sino hasta en el aspecto: cara y atuendo. [...]

Contrario, en todo, al neoclasicismo. Este fue el lema del romanticismo. Sin razonamientos. Porque sí. Cuestión de antipatía súbita. Porque en otras revoluciones literarias, triunfante la revolución –léase: Edad Media, Barroco–, no prescindió en absoluto de todos los valores de la efusión clasicista vencida, sino que se asimiló algunos y respetó no pocos. Pero el romanticismo vencedor fue implacable. No concedió nada. No perdonó nada. No reconoció nada. No aprovechó nada. Imaginativamente guillotinó a su precedente artístico, literario, político, social.» (Sainz de Robles 1967: 178 ss.)

«Toda una escuela de traductores y adaptadores, en Cataluña especialmente, lazo entre Europa a la moda y la tradición peninsular, prepara modestamente un movimiento que en manos creadoras ha de ofrecer un valioso carácter nacional frente a los influjos de fuera. La influencia de Walter Scott en el grupo catalán es típica y necesaria para comprender los géneros originales siguientes. Los periódicos El Europeo y El Vapor se hallan en la vanguardia de este romanticismo de influjo transpirenaico. Como en la Edad Media, Cataluña servía de lazo y de estímulo, necesarios para la consolidación de una gran escuela. En las “vías de penetración” del romanticismo en España –como ha visto claramente Díaz-Plaja–, el sector levantino representa la tradición cristiana unida al nuevo factor del sentimiento: “El cristianismo ha acabado con la poesía de los sentidos, introduciendo la poesía del corazón”, le lee en El Artista, en 1835; pero bastante antes ya, en el mismo ambiente, afirmaba el imitador de Walter Scott, Ramón López-Soler: “¿Quién ignora la notable mudanza que ocasiona la aparición del cristianismo en la sociedad humana? He aquí el origen del Romanticismo (en El Europeo, 1823). Allison Peers ha señalado el alto número de versiones de Walter Scott publicadas en Barcelona. Aquí, el escocés, como Chateaubriand, eran los númenes venerandos.

En cambio en el lado andaluz-extremeño (Rivas, Espronceda), que cristaliza en el ambiente de Madrid, se exalta el romanticismo liberal, el sentido de la rebeldía, y los ídolos son Hugo, Byron o Dumas. Así la laboriosidad y la tradición de un lado, el sentido individualista y creador de otro pueden llegar a producir una síntesis nacional en el romanticismo español.» (Valbuena Prat 1968, vol. III, p. 118-119)

Ya Menéndez y Pelayo distinguía entre la aproximación “histórica” al romanticismo encabezada por Böhl y el romanticismo “liberal”, “revolucionario” o “actual”. Llorens identifica el romanticismo con el liberalismo y la modernidad, en contraste con las ideas de Peers, quien había identificado el movimiento con lo católico, lo medieval y lo castizo. Según Juretschke, el romanticismo es «una teoría literario-cultural que predica el regreso a los orígenes de los pueblos y está destinado a guiar un pensamiento que se ve confrontado con una grave crisis existencial, al fracasar con la Guerra de la Independencia las instituciones españolas. Los españoles descubren sus raíces con el romanticismo. Me pregunto por qué tan tarde.»

Según otros autores, hay que evitar circunscribir el romanticismo español a una de sus versiones: conservadora o liberal. Tanto la versión liberal-progresista como la tradicionalista-conservadora del romanticismo «se dan en España, lo mismo que en otras partes de Europa y ambas son genuinas manifestaciones de un mismo movimiento» (José Luis Varela).

Las principales tendencias conservadoras de Böhl fueron seguidas por Monteggia en octubre de 1832, en su artículo «Romanticismo» publicado en El Europeo de Barcelona, y en artículo de López soler «Análisis de la cuestión agitada entre románticos y clasicistas» publicado en el número de noviembre. El conciliatorio artículo de Monteggia es particularmente memorable porque marca el triunfo de la palabra «romántico» sobre sus diversas rivales: «romancesco», «romanesco», «romancista», etc. López Soler reafirmó con vigor la interpretación cristiana del romanticismo propuesta por Böhl. Fue Agustín Durán quien puso fin a la primera fase de las discusiones críticas sobre el romanticismo con la publicación, en 1828, de su Discurso sobre el influjo de la crítica moderna en la decadencia del teatro español... La concepción schlegeliana del romanticismo transmitida y adaptada por Böhl y López Soler culmina con la adición de un impetuoso rasgo de nacionalismo cultural: la idea de que la época «romántica» par excellence fue el Siglo de Oro español.

Los críticos de la época fernandina, pues, incurrieron en varios errores. No asociaron el romanticismo con una Weltanschauung específicamente contemporánea; no dedicaron seria atención a las innovaciones románticas en la temática y en la técnica literarias, y manifestaron una tendencia marcadísima a interpretar el movimiento en términos de tradición católica y monárquica absolutista que entonces, durante el reinado de Fernando VII, predominaba de nuevo.

Alcalá Galiano fue la figura de excepción. En su famoso, pero escasamente leído prólogo a El moro expósito de Rivas, escrito en 1833, intentó destruir los argumentos en favor del romanticismo «histórico». Galiano aboga por el reconocimiento de lo que él llamaba «el romanticismo actual» adhiriéndose, en este sentido, a los ataques que sus colegas liberales (Mora, Blanco White y una tradición que a través de Quintana los enlazaba con el debate literario del siglo XVIII) dirigían contra el Siglo de Oro, considerándolo como un período de fanático oscurantismo. En su prólogo, la tendencia a considerar escritores «románticos» a Dante, Shakespeare y Calderón fue sustituida por una referencia favorable a Scott, Hugo y sobre todo a Byron.» (Shaw 1983: 24-25)

El Romanticismo fue un movimiento eminentemente individualista, muy relacionado con el espíritu nacional de cada país. En sus comienzos propugnaba el retorno al pasado, tendencia contraria a las ideas liberales de una buena parte de los literatos de la época. Esto creó una resistencia al Romanticismo y fomentó la pervivencia de un Clasicismo que parecía encarnar mejor los ideales de libertad, el progreso y la reforma. Por otro lado, la tradición del Siglo de Oro pretendía perdurar en el carlismo y el nacionalismo tradicional, mientras que las ideas de la Ilustración y el Neoclasicismo, así como el liberalismo imperante en Europa, parecían más acordes con la defensa de la libertad que encarnaba el movimiento romántico. El romántico se encontraba en el dilema de tener que aceptar y conocer los hechos históricos y el pasado de su país, por un lado, y sentir como suyas las idea de libertad y democracia que imperaba en el nuevo movimiento en Europa. La solución pareció hallarse en un término medio: unión de tradición y modernidad de una manera moderada y apertura cautelosa a los ideales del momento.

«Un cambio importante  en las formas literarias siempre ocurre en relación con algo más profundo: un cambio de sensibilidad, un cambio de actitud frente a la condición humana, una nueva visión de la vida.

Si no fuera así, el romanticismo, considerado como fenómeno puramente literario, podría haber aparecido en cualquier momento después de que se hubiera extendido la insatisfacción respecto a los modelos neoclásicos. Lo que sucedió específicamente en 1833 [muerte del monarca absolutista Fernando VII] fue que la base ideológica del romanticismo propiamente dicho, el cambio en el clima de las ideas, que sobrevino principalmente como resultado de la crisis religiosa y filosófica de finales del siglo XVIII, fortalecida por las transformaciones sociales, políticas y económicas de la Revolución francesa y las guerras napoleónicas, no podía contenerse por más tiempo en la frontera de España. Ahora era posible poner en cuestión todas las normas absolutas de la religión, la moral y la tradición nacional de las que hasta entonces se venía pensando que dependían del bienestar del individuo y la coherencia de la sociedad. Los que aprovecharon la oportunidad fueron minoría. Profundamente nostálgicos de la seguridad anterior, confundidos y a veces angustiados por su nueva visión, su obra a menudo es ambivalente. La hostilidad que provocó su actitud ha oscurecido entonces la perspectiva crítica. Pero hay un hecho que está claro: su romanticismo es el que ha sobrevivido. Hay una ininterrumpida continuidad desde el criticismo escéptico de estos románticos, por más limitado y esporádico que sea, a la generación del 98 y a nuestros días.

Esto no nos hace olvidar las contradicciones e inconsistencias inherentes al movimiento romántico. Hubo liberales que no fueron románticos (por ejemplo, Mora) y hubo románticos que no fueron liberales (por ejemplo, Zorrilla). Lista y luego Rivas parece que miran en ambas direcciones. [...] El problema se vuelve más agudo por el hecho de que todos los románticos estaban unidos por su nacionalismo, la hostilidad hacia el neoclasicismo y la atracción por el Siglo de Oro; compartían idénticas innovaciones en la dicción y los mismos tópicos. Pero en realidad, lo que separa a Zorrilla, por ejemplo, de Espronceda es más esencial que lo que les unió.» (Shaw 81983: 29-30)