Introducción al romanticismo

Justo Fernández López


 No hay para el romántico ideal más bello que el perdido.

(Russel P. Sebold)

PRINCIPIOS DEL SIGLO XIX – MARCO POLÍTICO

La Revolución Francesa en 1789 extendió por Europa un sentimiento de libertad, de igualdad de derechos y derechos de todos los ciudadanos. Pero a principios de XIX aparece la figura de Napoleón Bonaparte, quien inició un período de guerras en Europa con el fin de formar un gran imperio bajo el dominio de Francia e imponer las nuevas ideas de ciudadanía. Las guerras napoleónicas provocaron una reacción nacionalista en toda Europa. Los territorios invadidos por Napoleón opusieron resistencia al uniformismo bonapartista y despertaron un sentido de identificación y amor a la tradición patria que desembocó en un acérrimo nacionalismo, en una búsqueda de libertad y en una defensa de los valores nacionales o locales. Esto llevó a reafirmar las monarquías absolutas con el fin de combatir a Napoleón, quien se había proclamado emperador e intentaba crear una nueva dinastía.

Desde 1804 hasta 1813, Napoleón I Bonaparte había impuesto la hegemonía de Francia en Europa. En 1814, fue obligado a abdicar por una coalición formada por las principales potencias europeas (Prusia, Rusia, Gran Bretaña y Austria) y desterrado a la isla de Elba. El rey Luis XVIII pasó a ser el nuevo gobernante de Francia.

En septiembre de 1814 se convocó el Congreso de Viena, para discutir el nuevo orden europeo y delimitar las fronteras nacionales. En 1815, mientras el Congreso celebraba una sesión, Napoleón escapó de Elba y regresó a Francia, llegó a París y asumió el poder durante un breve periodo denominado de los 'Cien Días'. Pero Austria, Gran Bretaña, Prusia y Rusia reunieron un ejército de 150.000 hombres cada una para hacer frente a Napoleón. La batalla tuvo lugar en las proximidades de Waterloo (hoy Bélgica) el 18 de junio de 1815 y fue una de las más cruentas de la historia moderna: El número de bajas del 18 de junio fue de 40.000 hombres en el bando francés, 15.000 en el ejército anglo-holandés y 7.000 entre los prusianos.

Napoleón firmó su segunda abdicación el 22 de junio; Luis XVIII fue restaurado en el trono de Francia el 28 de junio, con lo que concluyó la etapa de los Cien Días. Las autoridades británicas aceptaron la rendición de Bonaparte el 15 de julio, y éste fue enviado posteriormente al exilio definitivo en la remota isla de Santa Elena. La batalla de Waterloo es considerada como uno de los momentos decisivos de la historia moderna por haber puesto fin al dominio francés sobre el continente europeo y haber provocado modificaciones drásticas en las fronteras territoriales y en el equilibrio de poder existentes en Europa.

A la idea del imperio europeo se contraponen ahora las naciones europeas. A los modelos neoclásicos se ofrecen alternativas personales. A los valores universales se contraponen los sentimientos personales. A la Historia como modelo se enfrenta la historia como experiencia. 

A inicios de 1800 se dio un fuerte avance técnico, se inventaron máquinas que facilitaron el trabajo. A esta época se le conoce como "La revolución industrial", las máquinas empezaron a remplazar al hombre. Se utilizó menos mano de obra y hubo mayor producción a través de las máquinas.

Debido a estos avances se fomentó la industria editora, lo que provocó la producción masiva de folletos, boletines, periódicos y libros. Como consecuencia de ello, las obras empezaron a publicarse en todas partes y a llegar diariamente a los lectores.

¿QUÉ ES EL ROMANTICISMO?

El romanticismo representa tres direcciones dominantes: el individualismo, el renacimiento religioso y sentimental después de la Revolución, y el influjo de la contemplación de la naturaleza. (Emilia Pardo Bazán)

«El romanticismo es a la vez un movimiento revolucionario que abarca desde la política a las letras, y una nueva valoración de actitudes y paisajes, desde el paisaje interior a la proyección del alma sentimental sobre el mundo externo. Romanticismo es la Revolución francesa y un drama de Hugo; el nuevo concepto de la naturaleza por Rousseau y un poema de Byron; la síntesis del Fausto y el análisis psicológico del Werther.» (Valbuena Prat 1968, vol. III, p. 116)

El término romántico se aplica indiscriminadamente a multitud de significados: movimiento literario; paisaje, persona triste o enamoradiza, frases amorosas; sentimental, generoso y soñador. Literariamente se aplica al movimiento cultural que se desarrolla en Europa desde fines del siglo XVIII y en el XIX y que, en oposición al clasicismo anterior, potencia un individualismo animado por la fantasía y el sentimiento.

El Romanticismo fue un movimiento cultural que prevaleció en la cultural occidental entre finales del siglo XVIII y mediados del XIX. Nace en el último cuarto del siglo XVIII en Inglaterra y Alemania casi al mismo tiempo, pasa luego a Francia desde donde se extiende a España, Italia y Rusia. Y aunque el espíritu del Romanticismo se difundió por toda Europa, cada país adaptó a su modo las ideas fundamentales románticas, creando cada uno su propio Romanticismo. Hay varios Romanticismos según el tiempo y los lugares. El Romanticismo es un movimiento que brota de múltiples fuentes: católicas, protestantes, naturistas, etc., y reviste diferentes aspectos según derive de una u otra.

«La primera generación en la que prendió la sensibilidad romántica estaba entusiasmada con la Revolución [1789]. Compartían con los que tomaron la Bastilla el desafío de luchar por la libertad, sólo que para los románticos esa libertad no era sólo política sino también interior. Cuando llegó la época del Terror, se distanciaron de Francia, ya que rechazaban la idea de Robespierre de considerar a todos por igual. Todo acabó en el Congreso de Viena [1814-1815], en la que se reorganizan las fronteras de Europa tras la derrota de Napoleón. También podría servir la muerte de Goethe en 1832. La actitud romántica sufre una clara cesura y se impone el realismo. La industrialización moviliza a la gente hacia la política y se apaga la radicalidad romántica, que volverá a surgir a finales del XIX.» (Rüdiger Safranski: Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán. Madrid: Tusquets, 2009)

Desde el punto de vista literario supone una reacción frente a las formas rígidas del clasicismo y del neoclasicismo del siglo XVIII. Se busca la libertad en las imágenes, en las ideas, en los sentimientos, en la expresión y en los temas, buscando lo humano, lo nacional, lo heroico, lo divino y lo extraordinario. Lo que dificulta la definición del Romanticismo como movimiento literario es la diversidad de manifestaciones que se han llamado “románticas”, la amplitud geográfica en la que este movimiento tiene lugar y el distinto momento en que surge en cada uno de los países.

El romanticismo es una de las literaturas más amplias y ricas del mundo y por eso mismo, compleja; sobre todo en su definición. La mejor definición del Romanticismo la dio Novalis:

Hay que hacer romántico el mundo. Entonces descubriremos una vez más su significado original. Hacer romántico algo no es sino una potenciación cualitativa. En tal operación, el yo inferior se identifica con el yo superior. En cuanto doy un significado superior a lo ordinario, un aspecto misterioso a lo acostumbrado, un aire infinito a lo finito, estoy romantizando.

En 1798, Friedrich Schlegel define lo que es o debe ser el Romanticismo:

La poesía romántica es una poesía universal progresiva. [...] Abarca todo aquello que es poético, desde lo que posee la más grande amplitud [...] hasta el suspiro, el beso que el niño poeta exhala en un canto natural.

La norma es la libertad de inspiración. Las viejas normas clásicas se consideran sin sentido, se proclama la libertad literaria. Predomina el concepto de “genio”, que no admite imposiciones por hallarse por encima de todo el mundo de los cánones.

En poesía surge una polimetría musical. En España se rehabilita el romance tradicional ya renovado por Juan Meléndez Valdés (1754-1817). En el teatro se rompen las tres unidades clásicas de lugar, tiempo y acción y se vuelve a la técnica del siglo XVII. Lo irracional se cultiva como tema. Desaparece el arte moralizador, el arte tiene ahora solamente finalidad estética.

Desde el punto de vista filosófico, el Romanticismo supone una nueva y total valoración de la conciencia subjetiva, en la que el sentimiento alcanza una importancia especial: visión trágica de la realidad como algo inaccesible, percepción individual intensa de la naturaleza, violenta pasión por la libertad. El Romanticismo es también algo así como la continuación de la religión por otros medios, los estéticos.

Importancia de la nación y de la historia: la conciencia individual se prolonga en la conciencia colectiva del nacionalismo (historicismo o populismo) y en el goticismo (gusto por lo maravilloso).

Como ideología corresponde a la concepción idealizada que la burguesía se forma de sí misma.

LOS DOS POLOS DEL ROMANTICISMO

Dos tendencias alberga el movimiento romántico: la tradicional y la revolucionaria. La tradicional consiste en la restauración de los viejos valores tradicionales: exaltación de lo nacional, de la Edad Media, de lo caballeresco y de lo cristiano. La tendencia revolucionaria se alza contra la jerarquía y la religiosidad tradicional, y exalta lo liberal y el individualismo. Exalta el subjetivismo escéptico.

Desde el punto de vista político, el Romanticismo se identifica con una réplica de la sociedad burguesa frente a los excesos del absolutismo monárquico, pero al mismo tiempo combate la anarquía de la revolución popular, pues, el romántico a la vez que lucha por la libertad quiere una sociedad estable. El Romanticismo no es un movimiento homogéneo, tiene dos vertientes o dos líneas maestras: 

  • el ala derecha tradicional que busca la identidad nacional en la unidad de la lengua y de la cultura de un país: Romanticismo reaccionario, historicista, católico, tradicionalista y conservador, apegado al alma popular (Volksgeist) entendida como tradición y cultura nacional (Duque de Rivas, Chateaubriand, etc.), búsqueda de las fuentes históricas nacionales;

  • el ala izquierda liberal, rebelde y contraria a la sociedad establecida que busca la emancipación ciudadana del poder absolutista del Antigua régimen y exalta el ideal de hombre que se rige por sus propias leyes como los bandoleros: Romanticismo liberal, revolucionario, exaltado e irreverente, de una rebeldía individualista y solidaria, carente a menudo de ideología (Byron, Espronceda, Shelley, Victor Hugo, etc.).

Al final, el Romanticismo derivó hacia un eclecticismo retórico y vacío, pero fomentó un amplio movimiento de renovación estética y de una nueva sensibilidad.

Cronológicamente, el Romanticismo surge en Inglaterra a la sombra de la novela gótica y de las narraciones sentimentales del siglo XVIII, con peculiaridades que lo diferencian del Romanticismo continental. Los primeros poetas románticos británicos son los llamados “lakistas” (asentados en Lake District National Park, en Cumbria, una de las pocas regiones montañosas de Ingletarra). Fue el romanticismo de autores como Young, Macpherson y otros.

En Francia, Diderot, Rousseau y Saint-Pierre ya habían puesto las bases teóricas para el Romanticismo, pero fue en la joven Alemania donde el Romanticismo alcanzó su máxima expresión ya con el movimiento Sturm und Drang, que entronizó la figura del genio y la idea de la poesía como creación del genio, como pasión, destino y obra sujeta a los cambios anímicos de su creador. Este movimiento aglutinó todas las sensibilidades y autores contrarios al racionalismo y clasicismo del XVIII. Se pueden enmarcar en el Romanticismo alemán los hermanos Schlegel, Tieck, Novalis, Achim von Arnim, Brentano, Görres, Eichendorf, Chamizo, Lenau, Arndt, Uhland, Corner y Heinrich Heine (“el último romántico”). En Gran Bretaña: Coleridge, Walter Scott, Keats. En Francia: Lamartine, Musset. En Italia: Manzoni, Leopardi. En España: Zorrilla.

El Renacimiento y el Humanismo supusieron una restauración del legado clásico. Entre  los siglos XVI, XVII y XVIII, se estableció una dialéctica entre las categorías clásicas o normativas y las que burlaban estas leyes (Manierismo y Barroco), así como la vuelta a las categorías clásicas durante la Ilustración. A partir del Romanticismo, cualquier recuperación del legado clásico ya no tendrá gran repercusión.  Pero hay el movimiento romántico nació en diálogo con todo lo precedente: con el Clasicismo y la Ilustración, con el Barroco y al final con la Edad Media. Mediante la ruptura con el presente clasicista del XVIII, el Romanticismo postula una vuelta a los orígenes medievales, al mismo tiempo que se proyecta hacia un futuro de modernidad: es síntesis de todo lo anterior y germen de lo posterior.

CARACTERÍSTICAS DEL ROMANTICISMO

Perfil humano del autor romántico: joven, rebelde, inconformista, sediento de justicia, sensible, deseoso de mostrarse tal como es, sin tener un conocimiento claro de sí mismo, cambiante, con conciencia de víctima social, inadaptado, orgulloso de no estar integrado dentro del orden social. Ese mundo social que él desprecia: el de los filisteos, los burgueses, los defensores del progreso material; el mundo de los hombres insensibles.

 

 

Clasicismo

Romanticismo

conciencia del Yo como entidad autónoma

la universalidad de la razón dieciochesca

predominio de la imaginación

predominio de la razón

predominio de la emoción

predominio de la lógica

predominio de la intuición

predominio de la ciencia

anteposición del contenido a la forma

primacía de la forma

primacía del genio creador de un Universo propio, el poeta como demiurgo, originalidad creadora: cada hombre debe mostrar lo que le hace único

primacía de las normas universales, válidas para todos: adecuación a los cánones

valoración de lo diferente en cada nación: nacionalismo cultural (Volksgeist)

valoración de lo universal: derechos humanos, cosmopolitismo

liberalismo

despotismo ilustrado

modernidad creadora

imitación de lo clásico

obra imperfecta, inacabada, abierta

obra perfecta, concluida y cerrada

aprecio de lo personal, subjetivismo, individualismo: héroe como prototipo de rebeldía (Don Juan, el pirata, Prometeo)

universalidad y sociabilidad

quebrantamiento de toda norma que ahogue la libertad creadora del autor: rechazo de las tres unidades aristotélicas (acción, tiempo, lugar), mezcla de estilos (prosa y verso), revolución de la métrica (rimas libres y populares)

defensa de la norma clásica: unidad de acción, tiempo y lugar en el teatro; separación de prosa y verso; métrica clásica

preferencia por los ambientes nocturnos, luctuosos, lugares sórdidos, ruinas (siniestrismo)

primacía del buen gusto, la claridad, la mesura

búsqueda de historias fantásticas: superstición

contra el oscurantismo y las fantasmagorías: fábula como elemento educador

interés por la literatura popular: romances, baladas, cuentos, coplas, refranes

espíritu clásico y universalista

interés por las lenguas regionales: gaélica, escocesa, provenzal, bretona, catalana, gallega, vasca

establecimiento de una lengua universal: en el siglo XVIII la ilustración convirtió al francés en una lengua universal

afirmación de lo instintivo, sentimental, subjetivo

exaltación de lo racional y mesurado

valoración de todo lo relacionado con la Edad Media

vuelta a la norma de la antigüedad clásica

desencanto generalizado con la organización social: crítica concreta de la sociedad urbana y a la civilización (Wordsworth alude a “las sofocantes y atestadas guaridas urbanas donde el corazón humano enferma”)

fomento del progreso técnico

rechazo del entusiasmo por el progreso: la apariencia de progreso oculta la corrupción; el triunfo de la Razón es la derrota de la vida auténtica

optimismo ilustrado en el progreso y en la victoria de la Razón

se valora el del hombre apasionado que se deja llevar por los sentimientos más extremos

ideal de hombre equilibrado y racional

en pintura predominan las curvas

en pintura predominan las rectas, los ángulos y los perfiles

tránsito de luces a sombras, paleta amplia, obras no acabadas, casi bocetos que anticipan el Impresionismo

obras acabadas, contornos precisos

 

Es difícil atribuir al Romanticismo una unidad de propósito. No hay una ideología ni un objetivo común; lo que más predomina es el sentimiento apasionado. Hubo una época en que todo era romántico, todo estaba en movimiento, todo era tensión interior. Pero en cuanto a la visión del mundo, había filosofía, ciencia y política, pero también paganismo y cristianismo románticos. ¿Qué tienen de común el alemán Hölderlin con el español Espronceda?

Lo que sí está claro es que el Romanticismo supone una ruptura con una tradición, con el orden y la jerarquía de valores culturales y sociales anteriores, y todo en nombre de una libertad auténtica de expresión individual. El descontento con el presente lleva a buscar el ideal en el pasado, en la vuelta a edades de oro o la esperanza de que vuelvan (“la vuelta de los dioses”, de Hölderlin), o en un futuro en el que la sociedad sería libre (liberalismo).

Por otra parte, dentro de una cierta unanimidad del movimiento romántico, cada país produce su movimiento particular, su romanticismo nacional. Hay en Francia y España un romanticismo católico y nacional y otro liberal y materialista. Pero en todas partes se contrapone lo moderno a lo neoclásico francés simbolizado en los modelos antiguos. Hay una reacción contra la literatura francesa del XVIII, a la que se contrapone la literatura inglesa de Shakespeare o la española del Barroco (Cervantes, Lope, Calderón). Se defiende la existencia un espíritu nacional que se manifiesta en las creaciones de los grandes poetas en cada pueblo: interés por la mitología, el folklore, las tradiciones medievales escandinava o celtas (Ossián).

LOS GRANDES TEMAS ROMÁNTICOS

Gran parte de los movimientos libertarios y abolicionistas de finales del siglo XVIII y principios del XIX tienen su origen en conceptos de la filosofía romántica como pueden ser el deseo de liberarse de las convenciones y la tiranía, y el gran valor de los derechos y la dignidad del ser humano. La política y los temas sociales fueron claves en la poesía y la prosa románticas en todo el mundo occidental, y fructificaron en documentos humanos. El año de 1848 estuvo marcado en Europa por el estallido de graves revueltas políticas, y la corriente romántica fluyó con fuerza en Italia, España, Austria, Alemania y Francia.

La intimidad del poeta: el poeta se ofrece a sí mismo como espectáculo. El descubrimiento del paisaje agreste, de la naturaleza salvaje. La selva virgen, el paisaje nocturno, la luna, el ambiente sepulcral, las ruinas. Evasión hacia lo lejano en el espacio y en el tiempo, a mundo exóticos. Los países orientales y los nórdicos ejercen gran fascinación. En España se pone de moda la España musulmana y morisca.

La vuelta a la Edad Media exalta las tradiciones nacionales, se valora el cristianismo frente al paganismo renacentista, la arquitectura gótica, considerada como arte bárbaro desde el Renacimiento.

Exaltación de lo popular y lo nacional. La unificación cultural de Europa bajo signo francés en el siglo XVIII llegó a una reacción nacional después. Es el siglo XIX la época de los federalismos, regionalismos y de las nacionalidades. Se rehabilita la noción de Espíritu del Pueblo (el Volksgeist alemán) como vehículo de las tradiciones populares nacionales. En España se rehabilita la poesía épica, el romancero tradicional y las escenas costumbristas populares. Las grandes ideas románticas frente al materialismo del XVIII son Dios, el Alma, la Vida, la Muerta, la Humanidad, los derechos del Pueblo, el Progreso, la Patria.

La infancia perdida

Uno de los refugios mentales del romántico es la infancia, ese mundo perdido que la imaginación puede recrear mediante la memoria. La infancia es el paraíso perdido, el paraíso del que se siente expulsado. El Romanticismo construyó un auténtico sistema interpretativo alrededor de la infancia, fue del descubridor de la infancia.

Para la visión romántica de la infancia, el niño es un ser angélico y puro, todavía no contaminado por el mal. En la infancia el niño no sabe, no tiene conciencia de su felicidad, vive en un estado de armonía y, lo mismo que la Naturaleza, no es consciente de su felicidad, y esta es la auténtica sabiduría.

La mismo que cada individuo, la humanidad ha tenido también una infancia, una edad de oro, un estado natural paradisíaco. Después de la infancia viene la pérdida de la inocencia y la expulsión del paraíso. El individuo no es responsable de la pérdida de la inocencia de la infancia, sino la sociedad, ella es la causa del deterioro por haber desnaturalizado al hombre y convertido lo auténtico en falso. La sociedad obliga al individuo a crecer, a dejar de ser él mismo. Al final de este proceso está la enajenación.

Lo perdido es lo más anhelado, lo lejano es lo más grato, lo presente es lo insatisfactorio. Hay que mantener la armonía de la infancia: armonía con el mundo y con la Naturaleza, que nos enseña más de lo que podemos aprender en los libros.

La ciencia nos enseña a explicar las cosas, a saber cómo funcionan, pero lo que no nos enseña es a asombrarnos de su belleza. Nuestra mirada sobre las cosas debe ser, como la del niño, una mirada de asombro, tenemos que sentir la poesía del universo.

La infancia de la Humanidad

Al igual que el individuo pasa por la primera etapa de su vida, la infancia, la especie humana ha tenido también su infancia, la infancia de la Humanidad. El romántico tiene añoranza de su infancia, de su pasado, y también añoranza de un pasado colectivo idealizado, una edad de oro perdida, que el mito del progreso hizo ignorar.

El Romanticismo ya no confianza en que el progreso de la humanidad traiga más felicidad; al contrario el progreso ha alejado al hombre de su origen, de sus raíces. De ahí la nostalgia de pasado idealizado: el romanticismo crea los mitos sobre las épocas doradas en las que el hombre era feliz. La edad de oro fue la infancia de la humanidad.

El niño y el poeta

El poeta, lo mismo que el niño, se vale de la imaginación para fabricar mundos propios y para expresar deseos imposibles de satisfacer en la realidad. La imaginación es la facultad creadora tanto en el niño como en el poeta, los dos la utilizan de la misma manera. El niño crea sus propias fantasías para poder soportar y superar la realidad. La fantasía le permite al poeta resolver los problemas con la realidad y superar los límites que esta le impone.

La vida en la infancia es más rica y más auténtica que en la edad adulta. En su novela de aprendizaje (Bildungsroman), Enrique de Ofterdingen (Heinrich von Ofterdingen), trata Novalis el tema de la superioridad de los años de la infancia frente a la edad adulta: La historia del poeta medieval que se lanza en un largo viaje a la búsqueda de «la flor azul», símbolo de la belleza, la felicidad, y las ilusiones inalcanzables.

El héroe y el rebelde

Figuras literarias, símbolo de la lucha contra la tiranía, son Guillermo Tell (1804), de Schiller, un oscuro montañés medieval. En la novela Los novios (1827), del escritor italiano Alessandro Manzoni, una pareja de campesinos derrota finalmente el feudalismo en el norte de Italia.

Lord Byron y Percy Bysshe Shelley protestaron airadamente contra los males políticos y sociales de la época y defendieron la causa de la libertad en Italia y Grecia. El poeta ruso Alexandr Serguéievich Pushkin, cuya admiración por las obras de Byron es manifiesta, alcanzó la fama con su 'Oda a la libertad' y como muchos autores románticos fue perseguido por subversión política y condenado al exilio.

El héroe romántico muestra la postura de rebeldía ante una sociedad que rechaza. Así los protagonistas son individuos marginados o perseguidos por la sociedad. Se elevan a la categoría de héroes a personajes como bandoleros o piratas así como son atractivos personajes mujeriegos.

Lo sobrenatural

Entre las principales características del Romanticismo es la búsqueda de lo irracional y sobrenatural, fruto de la desilusión que causó el racionalismo del siglo XVIII. A la pasión por lo irracional contribuyó la recuperación de la literatura popular (cuentos y baladas) que realizó Percy, los hermanos Grimm alemanes, el escritor danés Hans Christian Andersen y el español Gustavo Adolfo Bécquer con sus Leyendas.

El doble der Doppelgänger

Con este escenario de fondo, surge el motivo del Doppelgänger (el doble), un concepto que fascinó sobre todo a los románticos alemanes, reflejo de su preocupación por la propia identidad. Así escribe Heinrich Heine un poema titulado Der Doppelgänger (1827); E. T. A. Hoffmann, la novela corta El elixir del diablo (1815-1816), basada en el mismo tema; Adelbert von Chamizo, La increíble historia de Peter Schlemihl (1814), un relato sobre un hombre que vende su sombra al diablo. Años más tarde escribirá el ruso Fiódor Mijáilovich Dostoievski su famosa novela El doble (1846), un estudio sobre la paranoia de un modesto oficinista.

La libertad

Libertad artística para ser creativos sin necesidades de las reglas reverenciadas por los rígidos neoclásicos.

Libertad en el espacio para buscar la soledad o huir imaginariamente a países lejanos míticos, cuya vida y paisaje se pinta con devoción.

Libertad en el tiempo para volver hacia el pasado a través del recuerdo o hacia el futuro por medio del ensueño: melancolía por lo que se ha perdido o por lo que aún no se posee.

Libertad de acción individual para buscar la propia identidad y desarrollar el potencial subjetivo de cada uno. Rechazo de toda sumisión a la autoridad tanto personal como de las leyes o normas. Libertad para la creencia personal sin las ataduras de los dogmas religiosos.

La pasión por lo exótico

El espíritu de libertad lleva a los escritores románticos a ampliar sus horizontes imaginarios en el espacio y en el tiempo. Buscan temas y escenarios, además de en la Edad Media, en otros lugares exóticos: Las Hébridas de la tradición ossiánica en la obra del poeta escocés James MacPherson, el Xanadú oriental evocado por Coleridge en su Kubla Jan (1797), la recopilación de antiguas baladas inglesas y escocesas realizada por Percy Thomas en Reliquias de poesía inglesa antigua (1765).

La nostalgia por el pasado gótico se funde con la tendencia a la melancolía y genera una especial atracción hacia las ruinas, los cementerios y lo sobrenatural.

Subjetivismo y nacionalismo

Expresión libre y sincera del mundo interior, del yo personal, de las emociones, sentimientos y anhelos. Búsqueda de la originalidad en esta intimidad propia.

El choque del deseo, de la fantasía y de la ilusión con la realidad provoca tristeza, melancolía y desesperación.

El predominio del sentimiento sobre la razón fomenta la pasión y exalta el yo personal.

Pero el sentimiento no exalta solamente el yo personal, sino también el colectivo con el que el individuo se identifica en búsqueda de sus raíces: la patria, la nación, la tradición, la religión. Surge el interés y el gusto por las leyendas, los cuentos populares y por todo aquello que encarna más vivamente el espíritu nacional.

Valoración de la Edad Media y de los ideales medievales de honor caballeresco, de aventuras y de fe cristiana y figuración de la mujer amada.

“Los más conservadores dirigen su apasionada mirada hacia los siglos medievales, tan despreciados por el racionalismo ilustrado, reinterpretando e idealizando la época hasta caer en pintorescos desenfoques y en la mitificación de los supuestos valores de aquellos tiempos. Un típico fenómeno irracional que tiene mucho de huida melancólica hacia el pasado, hacia supuestos paraísos perdidos y edades de oro de sociedades armónicas en sus diferencias, cuyas esencias se desea recuperar. Este movimiento fue fuente de inspiración de los diversos regionalismos y nacionalismos decimonónicos; un fenómeno muy extendido en Europa.

Hay en esas formas del Romanticismo una sobrevaloración de las tradiciones antiguas y de las resistencias de las minorías al poder de los monarcas, consideradas como expresión de la lucha por la libertad política, confundiendo así realidades separadas por varios siglos. Para ciertos sectores románticos, la sociedad es un ente natural, una realidad originaria marcada de forma indeleble ante todo por la lengua, las tradiciones y las leyes particulares que han ido conformando un «pueblo», y un particular «espíritu del pueblo» o Volksgeist; una personalidad específica tan esencial como para permitir a ese pueblo atravesar la Historia permaneciendo siempre fiel a sus rasgos originarios.

En ciertos medios cultos, se opone así a la idea de «nación política», coincidiendo con los límites de los Estados, tal y como han llegado a 1800, la de nación cultural [Kulturnation], definida sobre todo por el derecho antiguo y por la lengua y la cultura; el primero, supuesta expresión inconsciente del ser de un pueblo, que lo habría ido gestando a través de los siglos sin intervención de una voluntad legisladora superior («el pueblo es su derecho»); la lengua y cultura como formas de expresión de la particular sensibilidad de cada «nación», como explicaban los alemanes Herder o Fichte. La auténtica «patria» de un hombre es su «pueblo», la sociedad natural que tiene un sentir común. La nación es la manifestación de este pueblo.” (Luis González Antón: España y las Españas. Madrid: Alianza, 1998, p. 467-468)

Esta inadaptación social le lleva a buscar mundos alternativos que no tengan nada que ver con la realidad que le rodea: mundos lejanos, pasados idealizados o futuros utópicos. El romántico lleva dentro de sí un profundo sentimiento de pérdida, de melancolía que le impide gozar el presente. Tiempos heroicos y edades de oro, armonías rotas y expulsiones de paraísos. El romántico se siente exiliado de un mundo y en un mundo, desgarrado entre lo perdido y lo corrupto. En Hölderlin será la Grecia clásica; en Leopardi esa antiche etá de su patria.

Revaloración de la naturaleza y el mundo rural

La preocupación por la naturaleza es uno de los rasgos principales del movimiento romántico. La naturaleza que amaban los románticos no es la naturaleza sabia y ordenada sin exuberancia de los jardines que gustaba a los clasicistas. El Romanticismo desarrolla un gusto por la verdadera naturaleza, con sus caprichos y su salvajismo, por la naturaleza en estado puro sin las huellas de la mano del hombre. Se encuentra placer en los lugares intactos y en el contacto con los habitantes del mundo rural, presumiblemente inocentes y no contaminados por la civilización y el progreso.

Estos lugares aislados son muy propicios para el género epistolar, en el que pueden apreciarse notas románticas. Se da a conocer otra vida más allá de los salones, y muchos de los impulsores acudirán a la naturaleza buscando asilo. La contemplación de la naturaleza se convierte en un culto, en una fuente de inspiración y exaltación de la fantasía basada en la filosofía de Rousseau.[.

El paisaje romántico por excelencia, más allá de las fronteras de cada país es el de las montañas y los lagos de Suiza. Ejemplo de ello es el poema del suizo Albrecht von Haller, Die Alpen que ilustra un recorrido comenzando con los lagos de Ginebra, de Bienne y de Thun, las altitudes medias, etc. y que fue prontamente traducido a varios idiomas, contribuyendo a hacer de Suiza uno de los destinos turísticos más importantes del siglo XIX.

Esta valoración idílica de la naturaleza se manifiesta por primera vez en Las estaciones (1726-1730) del poeta escocés James Thomson, tendencia acentuada más tarde por uno de los más consumados e influyentes escritores del romanticismo inglés William Wordsworth (1770-1850). Este gusto por la vida rural lleva a la melancolía romántica, provocada por el sentimiento de amenaza inminente que se cierne sobre esta forma de vida incontaminada por el progreso y la industrialización.

Por otra parte, en pintura es el paisaje uno de los géneros que más importancia adquiere en el Romanticismo. Y de la naturaleza lo que más interés despierta son las fuerzas naturales desatadas, como las tempestades, la grandeza sublime de las montañas, todo aquello que sobrecoge al espectador y le hace sentirse insignificante ante tanta grandeza.

Amor y muerte

El amor es una forma o vía de conocimiento, un sentimiento puro y la cima del arte y de la belleza. Pero se asocia también a la muerte cuando no es correspondido o no se puede realizar. El romántico está más enamorado del amor que del objeto de amor, ama el amor por el amor mismo, y el desengaño amoroso le lleva a la muerte, que es sentida como un principio de vida o única condición para la realización del deseo pues es la única forma de superar la limitación y la finitud.

La muerte no es la pura aniquilación, sino la posibilidad y la esperanza de un renacer. Todo lo limitado termina en la muerte, todas las pasiones llevan a la tragedia, “toda poesía tiene algo de trágico”, como dirá Novalis.

La representación de la muerte es un tema importante en la pintura romántica. Desde 1789 se habían sucedido feroces guerras continuamente, por lo que la idea de la muerte en Europa resultaba algo familiar. A los románticos les interesaba por lo que significa de trágico, de exaltación, de situación sin retorno.

La religión

Los románticos no fundan su fe, su creencia, en un objeto trascendente, personal, en una norma establecida o en una religión instituida. Lo divino es intuido mediante un sentimiento interior, como una comunicación con el Todo, con lo absoluto.

Idealismo

«Por mi parte creo se olvida de que la clave ideológica que define al romanticismo es el idealismo, entendido de una manera peculiar: por una parte de reacción –evolutiva– frente al neoclasicismo que había instaurado un realismo de verosimilitud simplista; por otra un idealismo ensoñado, de evocación de lo imposible o –en el caso del romanticismo español– de evocación de un pasado histórico que se mitifica. El idealismo romántico posee otros rasgos: la rebeldía ante la situación social por parte de un héroe idealista; el sentimiento idealizado de la naturaleza que se ve como un ser biológico que acompaña a los estados de ánimo de los protagonistas; la idealización también de estos protagonistas, que se entienden como seres únicos y privilegiados precisamente por la altura –ideal– de sus sentimientos mutuos... En fin, habría que precisar más aspectos, y aquí solo quiero establecer un movimiento de oscilación entre el realismo –verosímil– del neoclasicismo –con su diseño racional y contenido, de estructura sencilla, de impulso de difusión por parte del estamento gobernante ilustrado –frente al idealismo evocador del romanticismo, en cuyas concreciones se puede abundar mucho más.» (Martínez Torrón, Diego: El alba del romanticismo español. Sevilla: Ed. Alfar, 1993, p. 211-212)

EL HOMBRE ROMÁNTICO

«En el romanticismo se da una situación material (la Revolución Industrial y la Revolución Francesa, etc.), y una relación emocional (un individualismo en un grado mayor al ya elevado que dio origen a la época neoclásica, aunque menor al que fue propio del período posterior contemporáneo). La relación entre ambos factores podrá ser, a posteriori, comprensible, explicable; pero no hay duda tampoco de que, al vivirla, hemos pasado, sin darnos cuenta (eso es lo esencial) de un “género” a otro, desde unos acontecimientos históricos que existen visiblemente fuera de mí (la existencia de máquinas y libertades, etc.), a un acontecimiento de otra índole, que ocurre sólo en mi interioridad: cierto tipo de emoción, derivada (como antes) de cosa divergente de aquello de que parece proceder (“inadecuación”). Esto quiere decir que el nexo entre un término y otro, el externo y el interno (lo mismo que ocurría en el caso medieval) es puramente simbólico. La descripción que de tal nexo hemos dado nos dice que éste se engendra en la serie emotiva de un proceso “Y” “vital”:

Revolución Industrial y Revolución Francesa, etc. (existencia de máquinas y libertades) [= yo vivo en ese mundo = tengo más posibilidades de realizar mi vida en la dirección que me interesa = puedo confiar en mis capacidades humanas =] emoción de “puedo confiar en mis capacidades humanas, alta conciencia de mí mismo en la forma de confianza en el propio yo” (individualismo en un gramo mayor que el neoclásico, aunque inferior al contemporáneo. [...]

La estructura romántica:

Sentimiento individualista ya muy elevado (mayor que el neoclásico, aunque menor que el correspondiente al período contemporáneo) [= interés por lo individualizado =] gusto por el “color local”; estilo realista de ciertos costumbristas; amor al folklore, etc.

Sentimiento individualista ya muy elevado [= soy mucho =], afán de gloria.

Sentimiento individualista ya muy elevado [= soy mucho = necesidad de la libertad para realizar lo mucho que soy = interés por las realidades libres =] tema del mar libre y de la selva; jardines que fingen un abandono silvestre; interés por las personalidades “a quien nadie impuso leyes”: tema del don Juan, del pirata, del cosaco, del mendigo interpretado de ese especial modo, etc.; libertad técnica (rompiendo con las reglas neoclásicas); rompimiento con las ataduras de la razón: interés por lo fantástico, misterioso e imaginativo, etc.

Ejemplos contemporáneos:

Sentimiento individualista mayor que el romántico [= interiorización mayor que la romántica = imperialismo de la impresión = desprecio del mundo objetivo =] uso de l irrealidad con fines emocionales: irracionalidad “irreal” pero también, en definitiva, “real”; sugerencia (fidelidad a la impresión, no a la objetividad); pudor (despersonalización de los sentimientos, desaparición del yo); paisaje autónomo.

Sentimiento individualista mayor que el romántico [= mayor racionalidad = racionalidad en la redacción del poema, allí donde éste lo consiente =] “sentido de la composición”.» (Bousoño, Carlos: Épocas literarias y evolución. Edad Media, Romanticismo, Época contemporánea. Madrid: Gredos, 1981, p. 461-462 y 465)

El individualismo y el culto al YO es el rasgo principal del Romanticismo. Si el XVIII representa el culto a la norma, es el romanticismo la exaltación del individuo, del sujeto creador. El mundo externo es la mera proyección del mundo interior, del Yo, de ese Yo creador del idealismo absoluto alemán (Fichte, Schelling, Hegel). La Enciclopedia, con su defensa del criticismo  intelectual y la rehabilitación del mundo de las emociones personales puso la base para el egocentrismo romántico. La exaltación del individuo lleva a la exaltación del ansia de libertad: protesta contra toda clase de trabas y cohibiciones.

En política, el neoclasicismo era la ideología del absolutismo monárquico; frente a él, el Romanticismo representa el liberalismo individualista, basado en la revolución francesa. Para Víctor Hugo, “el Romanticismo es el Liberalismo en Literatura”.

Motor central de la vida del individuo es la pasión (Sturm und Drang) y el afán creador. En el absolutismo, la conducta estaba regida por los mandatos de la Religión y de la Razón; en el Romanticismo, la norma es la naturaleza libre y el impulso espontáneo. Simpatía por el “buen salvaje”, cuya bondad instintiva no está coartada por los preceptos morales de la civilización. De ahí la simpatía romántica por figuras como Don Juan, interpretado ahora como símbolo de la rebeldía contra los principios divinos y humanos.

En el enciclopedismo, el hombre “orgulloso de sus ideas, se avergonzaba de sus emociones” (Ortega y Gasset). Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) había abierto el camino a la pasión sentimental. A la fría intelectualidad del neoclásico sucede ahora la libre emotividad cordial romántica.

El postulado del Romanticismo es la pérdida de la armoniosa serenidad de ánimo del clasicismo y el abandono a las más violentas emociones: entusiasmo y pesimismo morboso. Los sentimientos de melancolía, nostalgia y desesperación son los sentimientos más cultivados (La desesperación de José de Espronceda).

El Romanticismo busca las emociones vagas, la parte sombría del ser humano, lo que le impele a la soledad. El bramido del mar y el silbido del viento son como proyecciones de su interior. Obsérvese la distancia de la música de Bach, Haydn y Mozart (serena y equilibrada) de la de un Beethoven, Chopin o Schumann (íntimo desasosiego).

Si en el clasicismo el descubrimiento de las leyes de la Naturaleza le daba al hombre un sentimiento de seguridad, en el Romanticismo, donde el hombre se queda solo sin el mundo exterior, siente la vida como un problema insoluble. El hombre se ve víctima de un implacable Destino e increpa a la Naturaleza, que contempla impasible su dolor. El ansia siempre insatisfecha de un indefinible más allá lleva al hombre romántico hasta el borde de la desesperación.

La idea del infinito, desconocida para los el clásico (perpetuo creador de límites), preside la vida del hombre romántico; de ahí su terrible desequilibrio. Lo que contrasta con el tono frívolo, sensual, irónico y escéptico del hombre del siglo XVIII. Han quedado atrás las amables fiestas cortesanas y el elegante indiferentismo. Las ideas serán ahora la Humanidad, la Patria y la Mujer: Ideal patriótico, filantrópico y amoroso.

La realidad del romántico no responde a sus ilusiones. Es la época del gran descubrimiento del Quijote, leído hasta entonces como un libro humorístico. El Quijote es el prototipo para el hombre romántico: la humanidad no le comprende, la patria le destierra y la mujer imaginada e idealizada no existe. El mundo le parece al romántico gris y prosaico, la realidad lleva al desengaño, por eso huye de ella. El Romanticismo es una invitación al viaje: viajes por otros países (Byron, Espronceda, Chateaubriand, etc.), vuelta a la Edad Media caballeresca y a mundos exóticos orientales. En muchos casos, sólo queda una salida: el suicidio (Kleist, Larra, Nerval).

El héroe romántico se enfrenta a todo y a todos, su yo es enaltecido y busca la libertad. Se enfrenta con la sociedad, con la moral y con la religión, con su conciencia, con los muertos y, por supuesto, con Dios. Lucifer y Prometeo son los héroes que se enfrentan a los dioses: “non serviam”, no te serviré, es la afirmación de la libertad del yo. Prometeo es el Titán que roba el fuego a los dioses para dárselo a los hombres, les da la sabiduría y la libertad. Prometeo es castigado por los dioses, pero ha conseguido la libertad para los hombres.

FINAL DEL MOVIMIENTO ROMÁNTICO

El triunfo del Romanticismo tuvo varias causas: el fracaso de la Revolución Francesa visible en el imperialismo napoleónico, la reacción contra el arte neoclásico y su normativismo, el esfuerzo de los filósofos por hacer realidad el programa de la Ilustración, convirtiendo a la razón en instancia suprema de la experiencia y conocimiento humanos. Este anticlasicismo y antirracionalismo estuvo condicionado por la crítica a la que sometió Immanuel Kant (1724-1804) a la razón en su Crítica de la razón pura (1781). La crítica kantiana puso en marcha la polémica del empirismo contra el racionalismo, que había dominado el siglo anterior, y condujo al Idealismo, que en su versión poskantiana se identifica con concepciones románticas del hombre: predominio del sentimiento contra la razón abstracta, visión de la Naturaleza como ser viviente, en oposición al mecanicismo matemático de Newton, la Historia como restauración de la tradición y los valores “nacionales” contra el cosmopolitismo de la Ilustración.

Este giro romántico fue iniciado por Jean Jacques Rousseau, considerado como el adelantado de la reacción romántica. En su esfuerzo por dar coherencia a las ideas ilustradas, Rousseau se volverá uno de sus críticos más acerados con su idea del “buen salvaje”, el primitivo como un “ser bueno, sano y feliz” que vive solo en una situación de armonía con la naturaleza. Al relacionarse con los otros hombres, surge el egoísmo y el afán de dominio. Los hombres viven en una situación de injusticia permanente. Son súbditos y no ciudadanos. El hombre es libre por su nacimiento y, por tanto, igual a cualquier otro. La voluntad general es la única fuente de soberanía.

«El movimiento romántico del siglo XVIII fue en toda Europa un fenómeno sociológicamente contradictorio. Representaba, de una parte, la continuación y la cumbre de la emancipación de la burguesía iniciada con la Ilustración, siendo por ello la expansión de un emocionalismo y un entusiasmo plebeyos y, por tanto, la antítesis del intelectualismo delicado y discreto de las clases superiores; y, por otra parte, era la reacción de estas mismas clases contra el racionalismo “corruptor” y las tendencias reformadoras de la Ilustración. Este movimiento se desarrolló al principio en los amplios sectores de la clase media, en los que la Ilustración había influido solo superficialmente, y en aquella parte de la burguesía a la que le parecía que la ilustración estaba todavía demasiado estrechamente ligada con la vieja cultura clásica; gradualmente, sin embargo, se convirtió en posesión de aquellos estratos que utilizaban las tendencias emocionales de la época para el logro de sus objetivos antirracionales, reaccionarios religiosa y políticamente. Sin embargo, mientras en Francia e Inglaterra la burguesía seguía siendo consciente de su propia situación social y no abandonó nunca completamente las conquistas de la Ilustración, en Alemania cayó bajo el influjo de la ideología irracionalista romántica antes de que hubiera pasado por la escuela del racionalismo. El racionalismo probablemente estuvo presente en las Universidades alemanas de manera más vigorosa que en parte alguna, pero fue siempre cabalmente eso: una doctrina, la especialidad de unos estudiosos y de los poetas académicos. Nadie había infiltrado completamente este racionalismo en la vida pública, en la ideología político-social de las grandes masas y en la actitud vital de las clases medias. Había en Alemania, efectivamente, grandes representantes aislados de la Ilustración, Lessing sobre todo; pero los seguidores sinceros, lúcidos y constantes de las ideas de la Ilustración fueron siempre fenómenos aislados y constituyen una excepción, incluso entre los intelectuales. La mayoría de la burguesía y de la intelectualidad era incapaz de comprender el significado de la Ilustración en relación con su propio interés de clase.» (Arnold Hauser: Historia social de la literatura y el arte. Madrid: Ediciones Guadarrama, 1968, vol. II, p. 273-274)

En España apenas hubo Ilustración (exceptuando a Feijoo y a Jovellanos) y Clasicismo. El Romanticismo fue tardío y no duró mucho. Cuando en España se producen los mejores ejemplos de romanticismo, como el de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), el movimiento romántico ha desaparecido casi por completo en Alemania, Inglaterra y Francia.

En Francia apenas hay Romanticismo hasta que Madame de Staël divulga las ideas románticas alemanas en su De l’Allemagne (1813). Con Víctor Hugo, Alfred de Musset, Alfred de Vigny o Lamartine alcanza en Francia el Romanticismo su apogeo cuando en Alemania estaba ya más que superado.

Al cabo de treinta años, el movimiento romántico sufrió un correctivo. Vino la reacción contra la desmesurada individualidad, imaginación y fantasía. Goethe fue uno de los primeros en reclamar contención y volver a valorar la forma. Schiller y Goethe fundaron el Clasicismo alemán. Sin embargo, el movimiento romántico dejó su impronta en la literatura europea de los siglos XIX y XX.

«Una de las reacciones románticas más importantes frente al neoclasicismo consistió en alterar por completo la doctrina de los géneros literarios. El neoclasicismo había establecido un número inflexible de géneros y unos límites muy rígidos, entre ellos: poesía dramática, poesía lírica y poesía épica. Dentro de cada uno se distinguían varias modalidades: la poesía dramática se dividía en tragedia y comedia; la lírica, en odas, epigramas, elegía; la épica, en epopeya, en verso, y novela, en prosa. Era principio fundamental atenerse a las reglas establecidas para cada cosa y no transgredir las lindes que las separaban. Cualquier innovación se veía con malos ojos.

El romanticismo se alzó en nombre de la libertad contra tal estrechez de miras, viniendo así a revalorizar la literatura de España e Inglaterra, símbolo vivo en sus mejores momentos de la rebelión contra las reglas. Pero libertad significó muy distintas realidades. Se proclamó el derecho a mezclar los géneros y sus variedades en nombre de la vida, donde todo se encuentra enextricablemente revuelto. Se puso de moda el drama, en el que se funden la comedia y la tragedia; el teatro se llenó de elementos líricos; se alternó en la lírica el tono serio con el jocoso, y se borraron las demarcaciones entre el poema épico en prosa y el poema épico en verso.

Por otro lado, se alteró el contenido mismo de los géneros. Se dio cabida en la épica a elementos populares que siempre habían sido excluidos, elevando lo cotidiano a la categoría de lo heroico. Ningún clásico hubiera imaginado escoger para protagonista de un poema narrativo un héroe como Adán y pintan un ambiente tan picaresco como el de Lavapiés, según Espronceda se atrevió en El diablo mundo. En la poesía se abrió la puerta a palabras vulgares y familiares, consideradas antipoéticas. De esta manera se procesaba una especie de democratización literaria, reflejo inevitable de la democratización social propugnada por el liberalismo.

La revalorización de lo popular tuvo, además, otra consecuencia: admitir la validez de ciertos géneros medievales, considerados creación del pueblo y sistemáticamente preteridos por el neoclasicismo. En todos los países cobraron vigencia la balada y el romance, con su fondo semilírico semiépico, que brindaban excelente oportunidad para mezclar las cosas. Pero no se detuvo aquí el proceso renovador: los románticos se arrogaron la potestad de inventar géneros, si se creía necesario. [...]

Se comprenderá el poder revolucionario que literariamente encerraba en sí el movimiento romántico. Acabó de una vez para siempre con las preocupaciones de las reglas y los modelos, libertando al artista de toda taba que no fuera su propia necesidad creadora interna; admitiendo cualquier cauce expresivo con tal que fuera legítimo; ampliando la perspectiva del mundo al estimar todas las obras del hombre, antiguas y modernas, clásicas o anárquicas, aristocráticas o populares con tal que fuesen buenas. El escritor en adelante solo tendrá que preocuparse por exponer su universo íntimo de la manera más adecuada a la naturaleza del mismo. Esta inapreciable conquista de la libertad ha sido la gran herencia del romanticismo que se extiende hasta el día de hoy.» (Navas-Ruiz 1973: 75-77)