Romanticismo

Origen del término romanticismo

Justo Fernández López


 

Los autores no se han puesto de acuerdo sobre el origen, la etimología, del término romanticismo y romántico. Las diversas opiniones se puede resumir así:

En la segunda mitad del siglo XII, se designaba en Francia con el nombre de li romanz una narración en prosa en lengua vernácula, en contraste con las obras escritas en latín. El adverbio latino romanice se aplicaba al habla de los romanos, y posteriormente a la lengua de las naciones romanizadas, neolatinas. Hablar romance era hablar ‘latinamente’.

En el siglo XIII, tomó el español la forma galorromana romanz y formó la palabra romance, ahora sustantivada, y la comenzó a aplicar a la lengua y a los escritos en esa lengua, particularmente a las narraciones en verso, y posteriormente a los antiguos poemas épicos. En el siglo XIII, romantizar significaba ‘verter al romance’, al castellano.

En el siglo XIV y XV, la palabra se comenzó a aplicar a aquellos pasajes de las novelas que expresaban situaciones muy emocionales y se las llamó romanzas, mientras que la palabra novela (del italiano novella ‘noticia’, ‘relato novelesco’, y esta del latín novellus ‘joven’, ‘nuevo’) pasó a designar toda obra narrativa. El romancero era  en el siglo XVI una colección de romances.

Hacia 1300, aparece en Inglaterra la forma galorromana romanz en forma de romance, con el significado de novel (alemán Roman). En el siglo XVI, por influjo del romance español, la palabra comenzó a significar en Inglaterra algo así como balada y, por influjo español, se reservó la palabra novel (novela) para las narraciones largas.

«La datación más antigua del término sigue siendo la de un texto inglés de 1650: “Herba Parietis or the Wall Flower. As it grew out of the stone Chamber belonging to the Metropolitan prison of London, called Newgate. Being a history which is partly true, partly romantic, morally divine. Whereby a marriage between reality and fancy is solemnized by divinity. Written by T[homas] B[ailey], D. D., whilst he was a prisoner there”; este texto clásico fue aducido por Fernand Baldensperger, “Romantique, ses analogies et ses équivalents”, Harvard Studies and Notes in Philology and Literature, XIX, 1937, pp. 13-105 (cf. p. 13).» (Romero Tobar 1992: 832 n. 2)

Alrededor del siglo XVII, se comenzó a usar en Inglaterra el adjetivo romantic para señalar la naturaleza aventurera de las novelas de caballería llamadas romance. El significado original era 'semejante al romance', con el fin de denigrar los elementos fantásticos de la novela de caballerías muy en boga en la época. Luego la palabra pasó a designar el sentimiento que inducían los paisajes, y los castillos en ruinas. John Evelyn en el año de 1654, alude dichos paisajes con el calificativo de "un paisaje muy romántico" refiriéndose a los alrededores de Bath. Asimismo, en 1666, Samuel Pepys describe un castillo como "el más romántico". A mediados del XVIII, significaba 'pintoresco', en particular tratándose de paisajes. Parece que la primera aparición documentada del término se debe al escritor escocés James Boswell (1740-1795) a mediados del siglo XVIII, y aparece en forma adjetiva, esto es, romantic o romántico. Lo utiliza para referirse al paisaje y a los encantos de la isla de Córcega en Account of Corsica (1768). El texto de Boswell se tradujo a varias lenguas, llegando a alcanzar especial fuerza en alemán, con la difusión de romantisch, en oposición a Klassik.

J. J. Rousseau, en su Julie ou la Nouvelle Héloïse (1761),  fue el primero en usar el término romántico para designar sentimiento y no un lugar.

En la primera mitad del siglo XVII, Alemania tomó la forma romanz del francés antiguo en su forma acusativa: Roman (novela). Entre el siglo XIV y el XVII, España designaba la poesía épica nacional como el romance, palabra de origen galorromano, que en el siglo XVI pasó a Inglaterra y luego a Francia, donde está documentada la forma femenina la romance en 1606.

J. W. Gleim introdujo el vocablo en Alemania y en 1756 llamó die Romanze los arreglos que hizo de los romances españoles. Poco después, llegó a Alemania la balada inglesa. Los dos conceptos, balada y romance, se usaron indistintamente, y no se llegó a delimitar claramente qué es balada y qué es romance. Al darse a conocer en Alemania la novela española de caballerías Amadís de Gaula, al vocablo Romanze se le añadió el significado de fantástico, maravilloso, aventurero, sentimental.

El crítico y filósofo alemán Friedrich von Schlegel (1772-1829), en el segundo número de la revista Athenaeum en 1798, habla de la poesía romántica. A partir de Schlegel, romántico empieza a designar un ideal estético. F. Schlegel contrapone lo antiguo a lo moderno. Lo moderno rechaza los modelos de la Antigüedad recuperados por el neoclasicismo, y defiende la libertad en la forma, poniendo como punto de referencia la Edad Media. A partir de 1799, el significado concedido a romántico por los hermanos Schlegel se independiza de la etimología del término y empieza a ser difundido por Europa gracias a aquellos movimientos que se identificaban con lo “moderno” y con la “poesía interesante”, tal como la había definido F. Schlegel. A principios del XIX, ser romántico era ser moderno y estar contra lo clásico, contra el neoclasicismo.

En 1819 empieza el filósofo y crítico literario alemán Friedrich Bouterwek (1766-1828) a emplear Romantiker como denominación de la escuela literaria.

«Los términos que en español y en el curso del XVIII recogieron los matices significativos adaptados por la familia léxica de *romanticus fueron romanesco y romancesco, palabras que comparten la común base semántica de ‘novelesco’ –tal como indicaba el primer registro cronológico de ambos términos en la edición del Diccionario de la R.A.E. de 1843– y que, salvo las peculiaridades significativas ajenas al campo semántico (‘originario de Romaña’, en El Licenciado Vidriera) han continuado hasta el presente. En el empleo del doblete posiblemente influyó el modelo francés romanesque (documentado por primera vez en francés en 1661 en el sentido de ‘novelesco’) para el arraigo de la forma romanesco, que encuentro documentada por primera vez en 1739, pues en esa fecha escribe Feijoo que “un antiguo Médico, para remediar ciertas enfermedades, ordenaba la lectura de ficciones romanescas de Philipo de Amphropolis, de Herodiano, de Amelia de Syria” (Teatro crítico universal, VIII, 1739, nota 2). [...]

Desde el último cuarto del XVIII, romanesco es palabra de uso frecuente hasta bien entrado el siglo XIX, bien que su empleo decimonónico parece aumentar el matiz de ‘extraño, inhabitual’; de todas formas, en el XIX romanesco aparece alternando también con romántico, como en este conocido texto de Quintana (1821): “No se trata aquí de resolver ligeramente una cuestión que las disputas actuales sobre la preferencia entre los dos géneros clásico o romántico o romanesco han hecho cada vez más complicada” (Las Reglas del Drama, nota de 1821).

Mayor arraigo en la tradición léxica del español podría tener la palabra romancesco que, sin embargo, hasta ahora no se ha podido documentar por primera vez hasta el año 1776, en el ya célebre pasaje del Viaje a España de Ponz en el que se habla de “sucesos maravillosos, raros y romancescos”. [...] Romancesco es la palabra que se emplea por Böhl y sus oponentes en los inicios de la polémica calderoniana y que siguió utilizándose entre los años veinte y cuarenta del XIX para referirse a la “nueva escuela” literaria y, desde luego, en el sentido ya fijado de ‘fantasioso, novelesco’ que se había establecido en el siglo XVIII. La identificación de las palabras romancesco y romántico las encuentro en un texto periodístico de 1832.

Romántico y romanticismo son palabras que en español, como en las lenguas románicas, tardan en abrirse paso. El Diccionario académico no las incorporó hasta su edición de 1852 con la siguiente definición para el sustantivo: “escuela y sistema literarios que proceden de las ideas y gusto de la edad media, en contraposición a las que derivan de la antigüedad clásica”. Con todo, es muy posible que pudieran documentarse textos anteriores a 1818, que es la fecha que se viene dando, desde el viejo trabajo de Becher, como la primera aparición de la palabra en español. Desde luego, en el sentido propio de la cultura ilustrada con que se aplicaba a paisajes, pinturas y determinados estados de ánimo –el universo de lo pintoresco y lo sublime– está perfectamente acreditada en 1787 y en el Diario del viaje a Europa que fue escribiendo el criollo Francisco de Miranda. [...]

Romántico como calificación de la modernidad literaria solo consigo documentarlo en textos de la polémica calderoriana, en 1818, peri, a partir de 1820 son cada vez más frecuentes el adjetivo romántico y el sustantivo romanticismo, bien que en muy variadas acepciones que, sintéticamente, corresponden a los siguientes contenidos significativos: ‘novelesco, irreal’; ‘género o tendencia opuesto a la literatura clásica’; ‘literatura de tendencia medieval y orientalizante’; valores peyorativos de ‘exposición oscura’, ‘inútil cuestión de moda’, ‘ridículo emocionalismo’ y otros muchos.

Perseguir los valores significativos que, a partir de los años cuarenta, tuvieron las palabras romántico y romanticismo –las que terminaron por imponerse de entre la familia léxica aquí considerada– sería entrar en la reconstrucción ex post ipso que la crítica y la historiografía literaria fueron haciendo del movimiento que, desde principios del XIX, había transformado radicalmente el entendimiento del hecho artístico y el de las causas y circunstancias que en su producción intervinieron.» (Romero Tobar 1992: 835-841)

«La palabra romántico empezó a usarse en España bastante tarde. La primera vez que aparece es en el periódico madrileño Crónica Científica y Literaria, el 26 de junio de 1818. Con anterioridad, la palabra que tenía más aceptación era “romancesco”, pero hasta 1814 no tuvo un significado muy preciso: equivalía a lo que actualmente entendemos por “extravagante”, “exagerado” o “exótico”.» (Shaw, Donald L.: Historia de la literatura española. El siglo XIX. Barcelona: Ariel, 81983, p. 23)

ROMANCE Y NOVELA

En alemán:

La palabra Roman fue tomada del francés roman (francés antiguo romanz, romant) en el siglo XVII. Era una sustantivación del adverbio del latín vulgar romanice (‘a la manera románica’) y designaba lo escrito en un idioma románico, de origen latino, diferente al latín culto y clásico. Entre los siglos XIV y XV, comenzó a designar las narraciones de aventuras caballerescas de la Edad Media. Entre los siglos XVII y XVIII, pasó a designar un género literario de prosa narrativa que contaba una historia individual o colectiva. En el siglo XVIII el alemán tomó también de francés la palabra romancier, escritor de novelas largas.

La palabra romanisch, del latín romanus ‘perteneciente a Roma’, se comenzó a usar para designar a todo lo que procedía de la cultura romana o del latín. A partir del siglo XIX se empleó para designar un estilo arquitectónico, el románico (entre 1000 y 1250).

La palabra romantisch como adjetivo fue tomada del francés antiguo romantique en el siglo XVII, derivado francés del sustantivo roman (en francés antiguo romanz, romant). Al principio significaba, lo mismo que en francés, ‘novelesco’, ‘a imitación de los cantos épicos caballerescos de la Edad Media’. A partir del siglo XVIII, se adoptó tanto en Francia como en Alemania el adjetivo inglés romantic ‘poético, fantástico, maravilloso, de aventuras, sentimental, exaltado, pintoresco, misterioso, tenebroso, sentimental’. A partir del siglo XIX se comienza a emplear romantisch para designar todo lo que tiene rasgos románticos. En el siglo XVIII, se comenzó a emplear Romantik para la novela de carácter fantástico, pasando luego a designar en movimiento y escuela literaria contrapuesto a la Ilustración y al Clasicismo. Desde mediados del siglo XIX, se emplea en alemán Romantik en sentido figurado ‘carácter soñador, romántico, sentimental, aventurero’.

El sustantivo Romanze pasó del español romance (género literario comparable al alemán Ballade, de carácter épico y lírico) al alemán en el siglo XVIII a través del francés romance. Hoy se emplea en alemán casi solo para designar una pieza musical sentimental y romántica.

La palabra alemana Novelle es la sustantivación del adjetivo latino novellus ‘nuevo, joven’, diminutivo latino de novus ‘nuevo’. En el lenguaje jurídico antiguo la palabra latina novella (lex, constitutio) era un vocablo especializado para designar una nueva ley recién promulgada. A partir del siglo XVIII, se comienza a emplear en alemán la palabra Novelle en sentido jurídico para designar una ley complementaria que modifica otra ley, introduce una ‘novedad’. Independientemente de este significado jurídico, apareció en italiano la palabra novella ‘noticia, relato novelesco’, derivada del latín novellus ‘pequeña novedad, pequeño nuevo detalle’, para designar un relato corto y poético. Entre el siglo XVI y XVII, tomó el alemán el vocablo italiano novella, que pasó a designar en el siglo XVIII como Novelle un género literario: un relato corto. Antiguamente se empleaba también la palabra Novelle con el significado de ‘novedad, suceso de actualidad’.

En español:

«Romance es también término que ha sido considerado en la explanación de la familia de palabras para proponer su sinonimia con novela en la segunda mitad del XVIII y principios del XIX– como restauración de un acreditado arcaísmo (R. P. Sebold, 1983, pp. 140-145); pero la complejidad de la memoria semántica de romance se acrecienta si se tienen en cuentas las otras acepciones de la palabra en los siglos XVI y XVII como “lengua derivada del latín”, y “poema épico de modelo renacentista italiano”. De todas formas, para el empleo de romance en el sentido más próximo al de la palabra equivalente en la tradición inglesa (diferencia entre romance y novel) es sumamente pertinente lo que escribe P. Andrés, cuando distingue con rotundidad entre romances y novelas: “pequeños romances son novelas, en las cuales sin tanto enredo de aventuras y variedad de accidentes se expone un solo hecho, y pueden considerarse respecto de los romances lo que los dramas de un solo acto en comparación de una comedia completa” (Origen, Progresos y Estado actual de toda la literatura, Madrid, IV, 1787, p. 526), y también el cercano juicio del duque de Almodóvar, para quien romance “significa una invención historial más extensa y compuesta que la novela” (Década epistolar, Madrid, Sancha, 1781, pp. 180-181); para Terreros y Pando, en fin, romance era sinónimo de “fábulas, historias, libros de caballerías”.

Romancista es palabra que, documentada en Cervantes y recogida en Autoridades, se relaciona con las acepciones de romance, ya en la tocante a la denotación de la ‘lengua vulgar’, ya en la vinculada al matiz de ‘actividad ficcionalizadora’. Con un nuevo sentido, que es preciso referir a la evolución semántica que experimentan algunos de los componentes de la familia léxica, un incógnito “A. P. P.”, publicada en las Variedades de Quintana de 1805 un trabajo titulado “Reflexiones sobre la poesía” en el que, a vueltas de ideas estéticas de Schiller y Kant extractadas por primera vez en español, hablaba de los “romancistas alemanes” (Variedades de Ciencias, Literatura y Artes, Madrid, II, 4, 1805).» (Romero Tobar 1992: 835)

R. P. Sebold (“Jovellanos, dramaturgo romántico”, ALEUA, 4, 1985, p. 432) llama la atención sobre el hecho de que a fines del siglo XVIII existían en la lengua castellana dos posibilidades de una terminología para el romanticismo, basadas, una en la familia léxica de romance y otra en la de novela.


Citas

«Romance, hacia 1140, del latín romanice, adverbio aplicado al habla de los romanos, y posteriormente al lenguaje hablado por las naciones romanizadas o neolatinas, de donde hablar romance (equivalente de ‘hablar latinamente’) y luego sustantivado romance como nombre de la lengua; luego se aplicó a los escritos en esta lengua, en particular los en verso narrativo, acepción concretada finalmente al género breve en que se fragmentaron en el siglo XV los antiguos poemas épicos (la acepción ‘novela’, ‘asunto romántico’, americanismo, es grosero anglicismo); romantizar o arromanzar ‘verter al romance o castellano’, siglo XIII; romancero, siglo XVI.

Romántico, mediados del siglo XIX, derivado del francés romantique, primero ‘novelesco’, 1694, probablemente tomado del inglés romantic, principios del siglo XVII, derivado del francés de Inglaterra romant, variante del francés roman ‘novela’, ‘historia novelesca en verso’, que es la forma tomada en francés por el lat. romanice; del inglés pasó al alemán romantisch, aplicado en el siglo XVIII a ciertas tendencias literarias opuestas a las clásicas, del alemán se trasmitió esta acepción al francés, 1810, y de ahí al castellano; romanticismo

(Corominas, Joan: Breve diccionario etimológico de la lengua española. Madrid: Gredos, 31987, p. 512)

«Romanticismo, palabra derivada del romantik aspect con que designó a la isla de Córcega el viajero inglés Borwell, en 1765. ¡Romántico! Sonaba bien el calificativo. Y se refería a algo muy personal y muy íntimo, que era como un desquite de tanto objetivismo ordenancista como imperaba por el mundo en aquella época. Del romantik derivaron los franceses romanesque –novelesco– y romantique. Y de los términos inglés y galo nuestro romanticismo. Siempre, eso sí, traducido por lo mismo: impresión y expresión individualista, rebeldía contra lo reglado, marcha vehemente a campo traviesa, exaltación de los fenómenos naturales y de las reacciones espirituales, afanes de gritar y de cantar, de gesticular, de blasfemar, de repudiar toda continencia y todo comedimiento.»

(Sainz de Robles, F. C.: Historia y antología de la poesía española. Madrid: Aguilar, 1967, p. 176)

«En su libro De l’Allemagne (1813), Mme. de Staël dice que el término romántico “ha sido introducido nuevamente en Alemania para designar aquella poesía, cuyas fuentes se encuentran en los cantos de los trovadores, y que ha nacido de la caballería y del cristianismo”. Sin embargo, pese a ser este país donde el término adquiere el verdadero significado que le corresponde, en la medida en que con él se nombra la nueva poesía, su etimología revela distintos usos, y frecuentemente muy alejados del que se le dará posteriormente.

Según Henri Pierre, en Francia el adjetivo romantique tardó un tiempo en derivar de romanesque, término que procedía del italiano romanzesco; el equivalente no pasó a formar parte del vocabulario inglés hasta más tarde, y en un principio sirvió para designar la arquitectura romana y el arte romano, conservando sin embargo su significado exótico, cuando se pretendía evocar con él las viejas novelas de caballerías y la era de los trovadores, pasando después a ser utilizado en Francia transformado en romantique para referirse a los parajes de las ruinas que aparecían en leyendas y relatos de la Edad Media.

Hugh Honour dice simplificando que el uso de la palabra “romántico” (derivada de romance, composición en el idioma vernáculo francés, por contraposición a una composición latina) se registra por primera vez en la Inglaterra del siglo XVII. Ciertamente, en 1654, John Evelyn mencionaba en su Diario un “lugar muy romántico”; doce años después, Samuel Pepys tratando de describir un castillo decía que era “el más romántico del mundo”; Pope, Thomson, Fielding, etc. también aluden a él, pero sin cambiar sus connotaciones.

Rousseau es el primero en su Julie ou la Nouvelle Héloïse (1761) en hacer que el término romántico signifique un sentimiento y no un lugar, mientras que romantisch no se había incorporado aún en el vocabulario alemán, pese a que Alemania fuera la cuna del Romanticismo. 

La transformación del adjetivo “romántico” de manera que designase un ideal estético  se debe a Friedrich Schlegel, el cual lo nombró por primera vez en el segundo número de la Revista Athenaeum en 1798, indicando la supremacía de la poesía romántica, aunque ya hiciera cinco años que implícitamente la hubiera identificado con retraso respecto a las manifestaciones que debía clarificar. F. Schlegel hizo evolucionar el antagonismo entre “die schöne Poesie” y “die interessante Poesie” –poesía de la belleza y poesía de lo interesante– defendiendo, en el período que va de 1793 a 1796, el racionalismo estético que encarnaba la primera para aducir que lo importante de una obra de arte era la belleza, y esta solo podía alcanzarse mediante el acatamiento por parte del artista de unas leyes –las prescritas por la tendencia neoclásica. Sin embargo, a partir de 1796, empieza a tomar partido por la segunda alternativa, afirmando la relativa indiferencia de la forma, y rectificando que aquello que es bello no responde a exigencias estéticas, sino que más bien refleja el interés de expresar una idea.

Según A. Lovejoy, F. Schlegel concibe en determinado momento un arte que, por oposición al ideal clásico, no toleraba las leyes de validez objetiva. La aplicación del término “poesía romántica” aparece como una observación elogiosa del Wilhelm Meister de Goethe, considerado por F. Schlegel como la suma de todo aquello que es poético, aunque ya en 1794-95, en Über das Studium der griechischen Poesie, aquel menciona a Shakespeare diciendo que es el símbolo de la poesía moderna unida a la fantasía romántica y a la grandeza de la era gótica.

A. Lovejoy insiste especialmente en que lo fundamental es que lo que se encuentra en el origen de las reflexiones de F. Schlegel es la antítesis de lo antiguo y lo moderno, no tanto sobre una base cronológica como filosófica. La poesía moderna era una poesía que rehuía los modelos de la Antigüedad recuperados por el clasicismo, y afirmaba nuevos valores estéticos, que afectaban al contenido y buscaban la libertad en la “forma”. [...] Las cualidades que F. Schlegel había definido como antitéticas a lo “clásico” encontraban su punto de referencia más próximo en el Medioevo que en siglos posteriores, aunque también hubiera asociado desde el principio “romántico” con Dante, Cervantes y Shakespeare y que estos representaran para él los símbolos típicos de la poesía interesante, es decir de lo esencialmente moderno.

A partir de 1799, el significado concedido a “romántico” por los hermanos Schlegel se independiza de la etimología del término y empieza a ser difundido por Europa gracias a aquellos movimientos que se identificaban con lo “moderno” y con la “poesía interesante”. [...] El fenómeno del Romanticismo se puede resumir en una batalla entre el pasado y un presente que se concibe a sí mismo como futuro; lo antiguo, encarnado por los clásicos y lo moderno, de cuyo protagonismo se apropian los románticos.

Las modificaciones que después experimenta el uso de este término con frecuencia desvirtúan su significado original sin reparar en que, en determinado momento histórico, sirvió para designar el nacimiento de una nueva sensibilidad y, en definitiva, de la modernidad.» (Menene Gras Balaguer: El Romanticismo como espíritu de la modernidad. Barcelona: Montesinos editor, 1983,  p. 17 ss.)