Rosalía de Castro (1837-1885)

Textos


Las campanas

 

Yo las amo, yo las oigo
cual oigo el rumor del viento,
el murmurar de la fuente
o el balido del cordero.

Como los pájaros, ellas,
tan pronto asoma en los cielos
el primer rayo del alba,
le saludan con sus ecos.

Y en sus notas, que van repitiéndose
por los llanos y los cerros,
hay algo de candoroso,
de apacible y de halagüeño.

Si por siempre enmudecieran,
¡qué tristeza en el aire y el cielo!,
¡qué silencio en las iglesias!,
¡qué extrañeza entre los muertos!

 


Dos palomas

 

Dos palomas yo vi que se encontraron
cruzando los espacios
y al resbalar sus alas se tocaron...

Cual por magia tal vez, al roce leve
las dos se estremecieron,
y un dulce encanto, indefinible y breve,
en sus almas sintieron.

Y torciendo su marcha en un momento
al contemplarse solas,
se mecieron alegres en el viento
como un cisne en las olas.

Juntáronse y volaron
unidas tiernamente,
y un mundo nuevo a su placer buscaron
y otro más puro ambiente.

Y le hallaron al fin, y el nido hicieron
en blanda cama de azucena y rosas,
y en ella se adurmieron
con las libres y blancas mariposas.

Y al despertar sus picos se juntaron,
y en la aurora luciente
sus caricias de amor se retrataron
como sombra riente.

Y en nubes de oro y de zafir bogaban
cual ondulante nave
en la tranquila mar, y se arrullaban
cual céfiro süave.

Juntas las dos al declinar del día
cansadas se posaban,
y aun los besos el aura recogía
que en sus picos jugaban.

Y así viviendo inmarchitables flores
sus días coronaron,
y nunca los amargos sinsabores
sus delicias turbaron.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¡Felices esas aves que volando
libres en paz por el espacio corren
de purísima atmósfera gozando!

 


Un recuerdo

 

¡Ay, cómo el llanto de mis ojos quema!...
¡Cuál mi mejilla abrasa!...
¡Cómo el rudo penar que me envenena
mi corazón traspasa!

Cómo siento el pesar del alma mía
al empuje violento
del dulce y triste recordar de un día
que pasó como el viento.

Cuán presentes están en mi memoria
un nombre y un suspiro...
Página extraña de mi larga historia,
de un bien con que deliro.

Yo escuchaba tina voz llena de encanto,
melodía sin nombre,
que iba risueña a recoger mi llanto...
¡Era la voz de un hombre!

Sombra fugaz que se acerco liviana
vertiendo sus amores,
y que posó sobre mi sien temprana
mil cariñosas flores.

Acarició mi frente que se hundía
entre acerbos pesares;
y lleno de dulzura y de armonía
díjome sus cantares.

Y ¡ay!, eran dulces cual sonora lira,
que vibrando se siente
en lejana enramada, adonde expira
su gemido doliente.

Yo percibí su divinal ternura
penetrar en el alma,
disipando la tétrica amargura
que robara mi calma.

Y la ardiente pasión sustituyendo
a una fría memoria,
sentí con fuerza el corazón latiendo
por una nueva gloria.
Dicha sin fin, que se acercó temprana
con extraños placeres,
como el bello fulgor de una mañana
que sueñan las mujeres.

Rosa que nace al saludar el día,
y a la tarde se muere,
retrato de un placer y una agonía
que al corazón se adhiere.

Imagen fiel de esa esperanza vana
que en nada se convierte;
que dice el hombre en su ilusión mañana,
y mañana es la muerte.

Y así pasó: Mi frente adormecida
volvióse luego roja;
y trocóse el albor de mi alegría,
flor que, seca, se arroja

Calló la voz de melodía tanta
y la dicha durmió;
y al nuevo resplandor que se levanta
lo pasado murió.

Hoy sólo el llanto a mis dolores queda,
sueños de amor de corazón, dormid:
¡Dicha sin fin que a mi existir se niegan
gloria y placer y venturanza huid!...

 


 

Era apacible el día

y templado el ambiente,

y llovía, llovía

 callada y mansamente;

y mientras silenciosa

lloraba yo y gemía,

mi niño, tierna rosa,

 durmiendo se moría.

 

A la luna

I

¡Con qué pura y serena transparencia
brilla esta noche la luna!
A imagen de la cándida inocencia,
no tiene mancha ninguna.

De su pálido rayo la luz pura
como lluvia de oro cae
sobre las largas cintas de verdura
que la brisa lleva y trae.

Y el mármol de las tumbas ilumina
con melancólica lumbre,
y las corrientes de agua cristalina
que bajan de la alta cumbre.

La lejana llanura, las praderas,
el mar de espuma cubierto
donde nacen las ondas plañideras,
el blanco arenal desierto,

la iglesia, el campanario, el viejo muro,
la ría en su curso varia,
todo lo ves desde tu cenit puro,
casta virgen solitaria.

 

II

Todo lo ves, y todos los mortales,
cuantos en el mundo habitan,
en busca del alivio de sus males,
tu blanca luz solicitan.

Unos para consuelo de dolores,
otros tras de ensueños de oro
que con vagos y tibios resplandores
vierte tu rayo incoloro.

Y otros, en fin, para gustar contigo
esas venturas robadas
que huyen del sol, acusador testigo,
pero no de tus miradas.

 

III

Y yo, celosa como me dio el cielo
y mi destino inconstante,
correr quisiera un misterioso velo
sobre tu casto semblante.

Y piensa mi exaltada fantasía
que sólo yo te contemplo,
y como que es hermosa en demasía
te doy mi patria por templo.

Pues digo con orgullo que en la esfera
jamás brilló luz alguna
que en su claro fulgor se pareciera
a nuestra cándida luna.

Mas ¡qué delirio y qué ilusión tan vana
esta que llena mi mente!
De altísimas regiones soberana
nos miras indiferente.

Y sigues en silencio tu camino
siempre impasible y serena,
dejándome sujeta a mi destino
como el preso a su cadena.

Y a alumbrar vas un suelo más dichoso
que nuestro encantado suelo,
aunque no más fecundo y más hermoso,
pues no le hay bajo del cielo.

No hizo Dios cual mi patria otra tan bella
en luz, perfume y frescura,
sólo que le dio en cambio mala estrella,
dote de toda hermosura.

 

IV

Dígote, pues, adiós, tú, cuanto amada,
indiferente y esquiva;
¿qué eres al fin, ¡oh, hermosa!, comparada
al que es llama ardiente y viva?

Adiós... adiós, y quiera la fortuna,
descolorida doncella,
que tierra tan feliz no halles ninguna
como mi Galicia bella.

Y que al tornar viajera sin reposo
de nuevo a nuestras regiones,
en donde un tiempo el celta vigoroso
te envió sus oraciones,

en vez de lutos como un tiempo, veas
la abundancia en sus hogares,
y que en ciudades, villas y en aldeas
han vuelto los ausentes a sus lares.

 

ORILLAS DEL SAR

 

I

A través del follaje perenne
Que oír deja rumores extraños,
Y entre un mar de ondulante verdura,
Amorosa mansión de los pájaros,
      Desde mis ventanas veo
      El templo que quise tanto.

El templo que tanto quise...
Pues no sé decir ya si le quiero,
Que en el rudo vaivén que sin tregua
      Se agitan mis pensamientos,
      Dudo si el rencor adusto
Vive unido al amor en mi pecho.

 

II

Otra vez, tras la lucha que rinde
        y la incertidumbre amarga
del viajero que errante no sabe
        dónde dormirá mañana,
        en sus lares primitivos
halla un breve descanso mi alma.

Algo tiene este blando reposo
        de sombrío y de halagüeño,
cual lo tiene, en la noche callada,
        de un ser amado el recuerdo,
que de negras traiciones y dichas
        inmensas, nos habla a un tiempo.

Ya no lloro..., y no obstante, agobiado
y afligido mi espíritu, apenas
de su cárcel estrecha y sombría
        osa dejar las tinieblas
        para bañarse en las ondas
        de luz que el espacio llenan.

Cual si en suelo extranjero me hallase,
        tímida y hosca, contemplo
desde lejos los bosques y alturas
        y los floridos senderos
donde en cada rincón me aguardaba
        la esperanza sonriendo.

 

III

Oigo el toque sonoro que entonces
a mi lecho a llamarme venía
con sus ecos que el alba anunciaban,
        mientras, cual dulce caricia,
        un rayo de sol dorado
alumbraba mi estancia tranquila.

Puro el aire, la luz sonrosada,
        ¡qué despertar tan dichoso!
Yo veía entre nubes de incienso,
        visiones con alas de oro
que llevaban la venda celeste
        de la fe sobre sus ojos...

Ese sol es el mismo, mas ellas
        no acuden a mi conjuro;
y a través del espacio y las nubes,
y del agua en los limbos confusos,
y del aire en la azul transparencia,
¡ay!, ya en vano las llamo y las busco.

        Blanca y desierta la vía
        entre los frondosos setos
y los bosques y arroyos que bordan
sus orillas, con grato misterio
atraerme parece y brindarme
a que siga su línea sin término.

        Bajemos, pues, que el camino
        antiguo nos saldrá al paso,
aunque triste, escabroso y desierto,
        y cual nosotros cambiado,
lleno aún de las blancas fantasmas
        que en otro tiempo adoramos.

 

IV

Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota,
caigo en la senda amiga, donde una fuente brota
        siempre serena y pura,
y con mirada incierta, busco por la llanura
no sé qué sombra vana o qué esperanza muerta,
no sé qué flor tardía de virginal frescura
que no crece en la vía arenosa y desierta.

De la oscura Trabanca tras la espesa arboleda,
gallardamente arranca al pie de la vereda
la Torre y sus contornos cubiertos de follaje,
prestando a la mirada descanso en su ramaje
cuando de la ancha vega por vivo sol bañada
        que las pupilas ciega,
atraviesa el espacio, gozosa y deslumbrada.

Como un eco perdido, como un amigo acento
        que sueña cariñoso,
el familiar chirrido del carro perezoso
corre en alas del viento y llega hasta mi oído
cual en aquellos días hermosos y brillantes
en que las ansias mías eran quejas amantes,
eran dorados sueños y santas alegrías.

Ruge la Presa lejos..., y, de las aves nido,
        Fondóns cerca descansa;
la cándida abubilla bebe en el agua mansa
donde un tiempo he creído de la esperanza hermosa
beber el néctar sano, y hoy bebiera anhelosa
las aguas del olvido, que es de la muerte hermano;
donde de los vencejos que vuelan en la altura,
        la sombra se refleja;
y en cuya linfa pura, blanca, el nenúfar brilla
por entre la verdura de la frondosa orilla.

 

V

¡Cuán hermosa es tu vega, oh Padrón, oh Iria Flavia!
Mas el calor, la vida juvenil y la savia
        que extraje de tu seno,
como el sediento niño el dulce jugo extrae
        del pecho blanco y lleno,
de mi existencia oscura en el torrente amargo
pasaron, cual barrida por la inconstancia ciega,
una visión de armiño, una ilusión querida,
        un suspiro de amor.

De tus suaves rumores la acorde consonancia,
ya para el alma yerta tornóse bronca y dura
        a impulsos del dolor;
secáronse tus flores de virginal fragancia;
perdió su azul tu cielo, el campo su frescura,
        el alba su candor.

La nieve de los años, de la tristeza el hielo
constante, al alma niegan toda ilusión amada,
        todo dulce consuelo.
Sólo los desengaños preñados de temores,
        y de la duda el frío,
avivan los dolores que siente el pecho mío,
        y ahondando mi herida,
me destierran del cielo, donde las fuentes brotan
        eternas de la vida.

 

VI

¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!
Viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella,
        del Sar cabe la orilla,
al acabarme, siento la sed devoradora
y jamás apagada que ahoga el sentimiento,
y el hambre de justicia, que abate y que anonada
cuando nuestros clamores los arrebata el viento
        de tempestad airada.

Ya en vano el tibio rayo de la naciente aurora
        tras del Miranda altivo,
valles y cumbres dora con su resplandor vivo;
en vano llega mayo de sol y aromas lleno,
con su frente de niño de rosas coronada,
        y con su luz serena:
en mi pecho ve juntos el odio y el cariño,
        mezcla de gloria y pena,
mi sien por la corona del mártir agobiada
y para siempre frío y agotado mi seno.

 

VII

Ya que de la esperanza, para la vida mía,
triste y descolorido ha llegado el ocaso,
a mi morada oscura, desmantelada y fría,
        tornemos paso a paso,
porque con su alegría no aumente mi amargura
        la blanca luz del día.

Contenta el negro nido busca el ave agorera;
bien reposa la fiera en el antro escondido,
en su sepulcro el muerto, el triste en el olvido
        y mi alma en su desierto.

 


FOLLAS NOVAS

I
Daquelas que cantan ás pombas i ás frores
todos din que teñen alma de muller;
pois eu que non as canto, Virxe da Paloma,
...¡Ai!, ¿de qué a teréi?

II
Ben sei que non hai nada
novo embaixo do ceo,
que antes outros pensaron
as cousas que hora eu penso.
E ben, ¿para qué escribo?
E ben, porque así semos,
relox que repetimos
eternamente o mesmo.

III
Tal coma as nubes
que leva o vento,
i agora asombran, i agora alegran
os espacios inmensos do ceo,
así as ideas
loucas que eu teño,
as imaxes de múltiples formas
de estranas feituras, de cores incertos,
agora asombran,
agora acraran,
o fondo sin fondo do meu pensamento.

IV
Diredes de estes versos, i é verdade,
que tén estrana insólita armonía,
que neles as ideas brilan pálidas
cal errantes muxicas
que estalan por istantes
que desaparecen xiña,
que se asomellan á parruma incerta
que voltexa no fondo das curtiñas,
i ao susurro monótono dos pinos
da beiramar bravía.
Diréivos tan só que os meus cantares
así sán en confuso da alma miña,
como sai das profundas carballeiras,
ó comenzar do día,
romor que que non se sabe
si é rebuldar das brisas,
si son beixos das frores,
si agrestes, misteriosas armonías
que neste mundo triste
o camiño do ceo buscan perdidas.

V
¡Follas novas!, risa dame
ese nome que levás
cal si a unha moura ben moura
branca lle oíse chamar.
Non Follas novas, ramallo
de silvas e toxos sós,
hirtas coma as miñas penas,
feras, coma a miña dor.
Sin olido nin frescura,
bravas magoás e ferís...
¡Si na gándara brotades,
cómo non serés así!

VI
¿Qué pasa ó redor de min?
¿Qué me pasa que eu non sei?
Teño medo dunha cousa
que vive e que non se ve.
Teño medo á desgracia traidora
que ven, e que nunca se sabe ónde ven.

VII
Algúns din ¡miña terra!
din outros ¡meu cariño!
i este, ¡miñas lembranzas!
i aquel, ¡ou meus amigos!
Todos sospiran, todos,
por algún ben perdido.
Eu só non digo nada,
eu só nunca sospiro,
que o meu corpo de terra
i o meu cansado esprito,
adonde quer que eu vaia
...vai comigo.

FOLLAS NOVAS
(versión en castellano)

I
De aquellas que cantan a las palomas y a las flores
todos dicen que tienen alma de mujer;
pues yo que no las canto, Virgen de la Paloma,
...¡Ay!, ¿de qué la tendré?

II
Bien sé que no hay nada
nuevo debajo del cielo,
que antes otros pensaron
las cosas que ahora yo pienso.
Y bien, ¿para qué escribo?
Y bien, porque así somos,
relojes que repetimos
eternamente lo mismo.

III
Tal como las nubes
que lleva el viento,
y ahora ensombrecen, y ahora alegran
los espacios inmensos del cielo,
así las ideas
locas que yo tengo,
las imágenes de múltiples formas
de extrañas hechuras, de colores inciertos,
ahora ensombrecen,
ahora aclaran,
el fondo sin fondo de mi pensamiento.

IV
Diréis de estos versos, y es verdad,
que tienen extraña insólita armonía,
que en ellos las ideas brillan pálidas
cual chispas errantes
que estallan por instantes
que desparecen en seguida,
que semejan la hojarasca incierta
que se agita al fondo de los huertos,
y al susurro monótono de los pinos
de la orillamar bravía.
Os diré tan sólo que mis cantares
salen así confusos del alma mía,
como sale de los profundos robledales,
al comenzar del día,
rumor que no se sabe
si es retozar de las brisas,
si son besos de las flores,
si agrestes, misteriosas armonías
que en este mundo triste
el camino del cielo buscan perdidas.

V
¡Hojas nuevas!, me da risa
ese nombre que lleváis
cual si a una negra bien negra
blanca le oyese llamar.
No Hojas nuevas, ramillete
de aliagas y zarzas sois,
yertas como mis penas,
fieras como mi dolor.
Sin olor ni lozanía,
bravas dañáis y herís...
¡Si en la gándara brotáis,
cómo no vais a ser así!

VI
¿Qué pasa a mi alrededor?
¿Qué me pasa que yo no sé?
Tengo miedo de una cosa
que vive y que no se ve.
Tengo miedo a la desgracia traidora
que viene, y que nunca se sabe dónde viene.

VII
Algunos dicen ¡mi tierra!
dicen otros ¡mi cariño!
y este, ¡mis recuerdos!
y aquel, ¡mis amigos!
Todos suspiran, todos,
por algún bien perdido.
Yo sólo no digo nada,
yo sólo nunca suspiro,
que mi cuerpo de tierra
y mi cansado espíritu,
donde quiera que yo vaya
va conmigo
 


NEGRA SOMBRA

(Follas Novas, 1880)

 

Cando penso que te fuches,
negra sombra que me asombras,
ó pé dos meus cabezales
tornas facéndome mofa.

Cando maxino que es ida,
no mesmo sol te me amostras,
i eres a estrela que brila,
i eres o vento que zoa.

Si cantan, es ti que cantas,
si choran, es ti que choras,
i es o marmurio do río
i es a noite i es a aurora.

En todo estás e ti es todo,
pra min i en min mesma moras,
nin me abandonarás nunca,
sombra que sempre me asombras.

 

NEGRA SOMBRA
(traducción al castellano - Mónica B. Suárez Groba)

Cuando pienso que te fuiste,
negra sombra que me asombras,
a los pies de mis cabezales,
tornas haciéndome mofa.

Cuando imagino que te has ido,
en el mismo sol te me muestras,
y eres la estrella que brilla,
y eres el viento que zumba.

Si cantan, eres tú que cantas,
si lloran, eres tú que lloras,
y eres el murmullo del río
y eres la noche y eres la aurora.

En todo estás y tú eres todo,
para mí y en m misma moras,
ni me abandonarás nunca,
sombra que siempre me asombras.

 

El músico Xoán Montés Capón (Lugo 1840-1899) puso música a la “Negra Sombra" de Rosalía de Castro con un alalá, uno de los cantos más antiguos y originarios de Galicia, lamentos de campesinos y cantos a la tierra (muchos autores han señalado como fuente de inspiración de los alalás a la música religiosa, concretamente al canto Gregoriano, y esta es la idea más aceptada). La "Negra sombra" de Castro-Montés se convirtió en una de las más emblemáticas canciones de la música gallega y fue presentado por primera en el Gran Teatro de La Habana en 1892.

 


AIRIÑOS, AIRIÑOS, AIRES

Airiños,airiños, aires,
Airiños da miña terra,
Airiños,airiños, aires,
Airiños levaime á ela.
sin ela vivir non podo,
Non podo vivir contenta,
Que á donde queira que vaia
Cróbeme unha sombra espesa.
Cróbeme unha espesa nube
Tan preñada de tormentas,
Tan de soidás preñada
Que a miña vida envenena.
Lervaime, levaime, airiños,
Como unha folliña seca,
Que seca tamén me puxo
A calentura que queima.
¡Ay! si non me levas pronto.
Airiños da miña terra,
Si non me levas, airiños,
Quisais xa non me conesan.
que á frebe que de min come
Vaime consumindo lenta,
E no meu corazonciño
Tamén traidora se ceiba
Fun outro tempo encarnada
Com´á color da sireixa,
son oxe descolorida
Como os cirios das egrexas,
Cal si unha meiga chuchona
A miña sangue bebera.
Voume quedando mouchiña
Como unha rosa que inverna.
Voume sin forzas quedando,
Voume quedando morena,
Cal unha mouriña moura,
illa de moura ralea.
Levaime, levaime, airiños,
Levaime a donde espera
Unha nai, que por min chora,
Un pai que sin min n´alenta,
Un hirman por quen daría
A sangue das miñas venas,
E un amoriño, á quen alma
e vida prometera.
Si pronto non me levades
¡Ay! morrerei de tristeza,
Soia, n´uha terra estraña
Dond´estraña me alomean,
Donde todo canto, miro,
Todo me diz ¡Estranxeira!
¡Ay! miña probe casiña!
¡Ay! miña vaca bermella.
Años que valás nos montes
Pombas qu´arrulás nas eiras,
Mozas que atruxás bailando
Redobre das castañetas,
Xas-corrás-chás das cunchiñas
Ruxe, ruxe das pandeiras.
Tambor do tamborileiro,
Gaitiña, gaita galega,
Xa non me alegras dicindo :
¡Muiñeira! ¡muiñeira!
¡Ay! quen fora paxariño
De leves añas lixeiras
¡Ay! con que prisa voara
Toliña de tan contenta,
Para cantar á alborada
nos campos da miña terra!
Agora mesmo partira,
Partira como unha frecha,
Sin medo as sombras da noite,
Sin medo a noite negra.
E que chovera ou ventara,
E que ventara ou chovera,
Voaría, voaría
Hasta que alcansase á vela.
Pero non son paxariño
e irei morrendo de pena,
Xá en lagrimas convertida,
Xá en suspiros desfeita.
Doces, galeguiños aires,
quitadoriños de penas
encantedores das augas
Amantes das arboredas,
Música das verdes canas,
Do millo das nosas veigas,
Alegres compañeiriños,
Run, run de todas as festas,
Levaime nas vosas alas
como unha folliña seca,
Non permitás que aquí morra,
Airiños da miña terra,
Qu´inda penso que de morta
Ei de sospirar por ela.
Ainda penso, airiños, aires,
Que dimpois de morta sea
E alo polo campo santo,
Dond´enerrada me teñan
Pases na calada noite
Rouxindo antr´a folla seca,
Ou murmurando medrosos
Antr´as brancas caliveras,
Inda dimpois de mortiña,
Airiños da miña terra,
Eivos de berrar ¡Airiños!
Airiños, levaime á ela!

AIRIÑOS, AIRIÑOS AIRES
(versión en castellano)

Airiños, airiños aires,
Airiños de mi tierra;
Airiños, airiños aires,
Airiños, levarme a ella.
Sin ella vivir no puedo,
No puedo vivir contenta;
Que adonde quiera que vaya
Cúbreme una sombra espesa.
Cúbreme una espesa nube
Tal preñada de tormentas,
Tal de soledad preñada,
Que mi vida envenena.
Levarme, levarme, airiños,
Como una hoja seca,
Que seca también me puso
La calentura que quema.
¡Ay!, si no me lleváis pronto,
Airiños de mi tierra:
Si no me lleváis, airiños,
Quizás ya no me conozcan;
Que la fiebre que de mi come,
Me va consumiendo lenta,
Y en mi corazoncito
También traidora se ceba.
Fui en otro tiempo encarnada
Como el color de la cereza;
Soy hoy descolorida
Como los cirios de las iglesias,
Cual si una bruja chupona
Mi sangre bebiera.
Voy me quedando marchita
Como una rosa que inverna:
Voy me sin fuerzas quedando,
Voy me quedando morena,
Cual una morita mora
Hija de mora ralea.
Llevadme, levadme, airiños,
Llevadme adonde me esperan
Una madre que por mi llora,
Un padre que sin mi no alienta,
Un hermano por quien daría
La sangre de mis venas,
Y un amorcito a quien alma
Y vida le prometiera.
Si pronto no me lleváis,
¡ay!, moriré de tristeza,
Sola en una tierra extraña,
Donde extraña me alumbran,
Donde todo cuanto miro
Todo me dice ¡extranjera!
¡Ay, mi pobre casita!
¡Ay, mi vaca rubia!
Corderos, que baláis en los montes,
Palomas, que arrulláis en las eras;
Mozos, que mareáis bailando,
Redoble de las castañuelas,
Xas-co-rras-chás de las conchas,
Xurre-xurre de las panderetas,
Tambor del tamborilero,
Gaitiña, gaita gallega:
Ya no me alegráis, diciendo
¡muiñeira!, ¡muiñeira!
¡Ay!, quién fuera pajarito
De leves alas ligeras!,
¡Ay, con qué prisa volara
Loca de tan contenta,
Para cantar la alborada
En los campos de mi tierra!
Ahora mismo partiera,
Partiera como una flecha,
Sin miedo a las sombras de la noche,
Sin miedo de la noche negra;
Y que lloviera o ventara,
Y que ventara o lloviera,
Volar y volaría
Hasta que alcanzas a verla.
Pero no soy pajarito
E iré muriendo de pena.
Ya en lágrimas convertida,
Ya en suspiros deshecha.
Dulces galleguiños aires
Quitadores de penas,
Encantadores de las aguas,
Amantes de las arboledas;
Música de las verdes cañas,
Del maíz de nuestras vegas;
Alegres compañeros,
Run-run de todas las fiestas,
Levadme en vuestras alas
Como una hoja seca.
Non permitáis que aquí muera,
Airiños de mi tierra,
Que aun pienso que de muerta
He de suspirar por ella:
Aun pienso, airiños, aires,
Que después que muerta sea,
Y allá por el camposanto,
Donde enterrada me tengan,
Paséis en la callada noche
Rugiendo entre la hoja seca,
O murmurando medrosos
Entre las blancas calaveras;
Aun después de muerta
Airiños de mi tierra,
Os he de gritar: ¡Airiños,
Airiños, llevadme a ella!