Vicente Wenceslao Querol (1836-1889)

Textos


Anacreóntica

 

Cuando en un breve instante
del desdén al cariño
tú pasas inconstante,
sé por qué Amor es niño.

Cuando de infiel te acusa
mi entendimiento, y luego
mi corazón te excusa,
sé por qué Amor es ciego.

Cuando tras pasión nueva
de mí huyes veleidosa,
sé por qué el Amor lleva
alas de mariposa.

Y cuando mi esperanza
muere y en celos ardo,
sé por qué el Amor lanza
su ponzoñoso dardo.
 


A un filósofo cristiano

 

Ni el bien pasado ni el dolor presente
nunca turbaron tu impasible calma,
y, en excelsa región puesta la mente,
no hay una sombra en tu serena frente
ni hay una duda que te angustie el alma.

Tal, de las nubes traspasando el velo,
para bañarse en la perpetua lumbre
del sol, huyendo del rumor del suelo,
alzan los Alpes la nevada cumbre
triste, infecunda y solitaria, al cielo.

Mas de la cima estéril se desata
el agua en hilos de bruñida plata,
para ser luego- fecundante río,
lago que el cielo espléndido retrata,
fuente que llora en ángulo sombrío.

Tal de tus labios la verdad ignota
desde tu augusta soledad desciende
sobre los pueblos que el error azota,
y el sacro fuego de la fe se enciende
y el santo amor entre los hombres brota.
 


A orilla del mar

Improvisación
 

Blanca, gallarda, envuelta
por la bruma del mar,
la vela al soplo de la tarde suelta,
la nave lejos va.

Boga, boga y se pierde
cuando muere la luz,
allá donde se juntan la mar verde
y el horizonte azul.

¿De qué remotas zonas
viene con rumbo audaz?
¿El viento que hincha sus tendidas lonas,
donde la llevará?

¿Trae el profundo seno
con el oro y marfil,
y con la seda y las esencias lleno
del oriental confín?

¿O entre sus bordas cierra
los que el odio engendró,
monstruos de bronce a los que da la guerra
su atronadora voz?

¿Verá del ancho puerto
la alegre multitud,
o el negro abismo de la mar abierto
será su tumba aún?

Buscando nuevos lares
de la fortuna en pos,
¿dieron, los que allí van, a sus hogares
el triste último adiós?

¿O desde la alta prora
buscan el techo fiel,
en donde se ha contado hora por hora
su tardanza cruel?

Blanca, gallarda, envuelta
por la bruma del mar,
la vela al soplo de la tarde suelta,
la nave lejos va.

Boga, boga y se pierde
cuando muere la luz,
allá donde se juntan la mar verde
y el horizonte azul.

Yo, imagen suya, ignoro
mi origen y mi fin;
si breves dichas o perpetuo lloro
me guarda el porvenir.

Mi alma y ella los mismos
destinos correrán,
yo en dudas y ella entre los dos abismos
del cielo y de la mar.
 


Canción de primavera

 

Ríe, mi dulce bien: Dios en tu risa
puso el trino del ave,
los lánguidos murmullos de la brisa,
la nota triste y grave
del mar que muere en arenal desierto,
la música süave
de lejano concierto,
y el rumor de la gota transparente
que, en el cristal de la tranquila fuente,
derrama en lluvia el surtidor del huerto.

Mírame, dulce bien: Dios en tus ojos
puso el brillo del astro,
y su rayo de júbilo o de enojos
deja, pasando, inextinguible rastro.
De tus pupilas negras
brota la luz con que la tierra alegras,
y cuando de tu alma
la ira, desdén o calma
se pinta en tu mirada seductora,
logras que el pecho conmovido sienta,
o el augusto pavor de la tormenta
o el grato afán de la naciente aurora.

Suelta, mi bien, por tu redondo cuello,
para velar avara sus hechizos,
de tu negro cabello
los abundosos rizos,
que el viento besa y mueve,
y que, en tu espalda blanca y desceñida,
son como pluma de águila caída
sobre el ampo sin mancha de la nieve.

Huye, mi dulce bien, por los senderos
de la arboleda oscura,
por donde, tus ligeros
pasos siguiendo yo, se me figura
que persigo en mi empeño,
como el pastor de Arcadia en la espesura,
la casta diosa del tranquilo sueño.
Huye, y tu planta breve,
marcada apenas sobre el polvo leve,
buscaré en mi porfía,
hasta lograr que de mi afán cuitada,
cedas, y, con estrecho
lazo, tu sien en mi hombro reclinada,
sienta el latir de tu cansado pecho.

Mira, la primavera
con su variada tinta
de verde la pradera,
y de rosa y de azul los aires pinta.
Ya de la nieve de las cumbres fluye
el sonoro torrente;
ya por las guijas murmurando huye
la bullidora fuente;
ya estallan flores y hojas
de cada rama en los hinchados broches;
ya canta el ruiseñor largas congojas
en el silencio de las tibias noches;
ya la brisa que enerva,
pasa, engendrando en lánguidos arrullos,
pintadas mariposas en la yerba,
rosas en los capullos;
ya con tiernos balidos
llama el cordero a la paciente oveja;
ya vienen a buscar junto a tu reja
las golondrinas sus antiguos nidos;
ya, en el cenit suspenso
el sol, la lluvia de oro
de luz derrama en el espacio inmenso.
Y en el templo sagrado de la vida
las aves forman el alegre coro;
las flores dan el perfumado incienso,
y al dulce amor la juventud convida.

Amor, en himno eterno,
canta la creación cuando desgarra
la vil mortaja del caduco invierno;
la mar sobre la barra
tiende apacible las dormidas olas;
con sus lascivos vástagos la parra
ciñe al nudoso tronco y le da abrigo;
las rojas amapolas
ríen ocultas entre el verde trigo,
y van juntas y a solas
de dos en dos, con tímidos recelos,
las mariposas blancas y ligeras,
las aves por los cielos
y por los bosques las salvajes fieras,

Amor, en himno eterno,
canta también tu corazón, bien mío.
Goza, pues, del amor, antes que el frío
sientas llegar del aterido invierno.
Como la savia por la verde rama
fluye ardiente la sangre por tus venas;
la languidez del que ama
es la del mar que duerme en las arenas;
como la vid, tus brazos
ansían doblarse en protectores lazos;
cual la amapola entre los trigos verdes
ríen tus labios rojos;
vaga, como el crepúsculo, en tus ojos
brilla la luz que en los espacios pierdes;
tu pensamiento, mariposa incierta,
vuela en torno al ardor que la consume,
y de tu ser, como de rosa abierta,
se escapa un dulce embriagador perfume.
Huye, mi bien, por las calladas selvas,
y cuando yo te siga
y tú azorada la cabeza vuelvas,
ríe y te esconde entre la sombra amiga.

¿Lloras?... ¿y por qué lloras?
¿Temes que el bien presente,
como las frescas rosas de tu frente,
cambie, tal vez, con las mudables horas?
No temas, no, y serena
tu rostro, remplazando en tus mejillas
por el carmín la pálida azucena.
La primavera de la tierra, el frío
cierzo de otoño la arrebata y trunca:
la primavera de tu amor, bien mío,
no se marchita nunca.
 


Égloga

 

Ella, la que acompaña
siempre mi soledad, subió conmigo
una tarde de abril a la montaña,
y, junto al bosque amigo
de los antiguos robles corpulentos,
entrambos sin testigo,
con débiles acentos,
dimos nuestros coloquios a los vientos.

YO
¡Cómo al cálido beso
del sol, la tierra toda estremecida
palpita y siente el corazón opreso
con el afán de renaciente vida!
Mira, de la congoja
del aterido invierno
despierta el valle, que al placer convida,
y cada soplo de aire en cada hoja
deja un suspiro tierno.

ELLA
Ese soplo que engendra
las llores en las ramas del manzano
y entre las hojas la temprana almendra,
también, hasta el humano
pecho, llevando su fecundo arrullo
con sus revueltos giros,
abre en el corazón ese capullo
cuyo perfume son nuestros suspiros.

YO
Mira cómo del hondo
barranco sale hacia el risueño valle
el río, y copia en su tranquilo fondo
de álamos negros la extendida calle.
Mira cómo se pierde
su sesgo curso entre la alfombra verde
del fresco prado, y salta
su caudal cristalino
para vencer el alta
presa de aquel molino,
y luego ensancha el curso y se dilata
brillando al sol como raudal de plata,
hasta perderse al fin del horizonte
doblando el pie del contrapuesto monte.

ELLA
¿Quién sabe, más allá, si entre las quiebras
¡ay!, alejado de su humilde cuna,
irá rompiendo sus delgadas hebras,
o en fétida laguna
sus muertas aguas la temida peste
pálida engendrarán?... De su fortuna
no ansíes tú el rumbo, no. Dicha celeste
para ti guarda el pobre
hogar donde naciste y donde a solas
tu alma será como la oculta fuente,
más fecunda en su lánguida corriente
que el turbio mar con sus inmensas olas.

YO
Mira cómo verdea
del nuevo trigo la cosecha opima
desde las blancas casas de la aldea
hasta del monte en la redonda cima.
Mira el ala del viento
cómo los tallos al pasar orea
con blando movimiento,
y huye después, como atrevido amante,
que, en perdonable exceso,
de su amada en el labio palpitante
logró imprimir el disputado beso.

ELLA
En el surco el labriego escondió el grano,
como oculta el avaro su tesoro:
pronto vendrán los fuegos del verano
y brotarán doquiera espigas de oro.
En tu ánima sencilla
guarda bien la semilla
de mis palabras dulces y serenas
del mundo infiel contra los torpes daños;
y, como a fruto de tus largas penas,
verás cuál nace en ti, al correr los años,
el pan bendito de las almas buenas.

YO
Mira con raudo vuelo
cómo las pasajeras golondrinas
surcan de nuevo nuestro alegre cielo,
y buscan, escondidos
en las viejas encinas
o en la alta torre, los antiguos nidos.

ELLA
Cuando el pálido invierno
cubra con manto blanco esas laderas,
huirán del nido tierno
las negras golondrinas pasajeras;
y sólo el pardo gorrión, que enoja
con su trinar sencillo,
será fiel a los árboles sin hoja
y al nido de las torres del castillo.
Quien busca el tibio sol de tu fortuna
si el duelo viene, te abandona y marcha,
como la golondrina huye su cuna
cuando llega la escarcha.

Ya del vago crepúsculo los tules
iban cubriendo la región serena;
las abejas dejaban las azules
flores por la colmena;
la yunta de los bueyes
arrastraba el arado en los senderos;
las baladoras greyes
llamaban a los tímidos corderos,
lentas marchando hacia el cercano aprisco;
centelleaba la hoguera
del leñador, en empinado risco;
iba inundando la ondulada alfombra
de la verde pradera
de las montañas la creciente sombra;
sonaba la campana
de la ermita vecina,
a par que la lejana
canción de la afanada campesina,
cuando, buscando del hogar que humea
el pobre techo amigo,
de la montaña, entrambos sin testigo,
mi musa y yo, bajamos a la aldea.
 


Una tarde

 

Comenzaba el otoño. El sol caía
como broquel de fuego tras la espalda
del áspera montaña. Una alquería

blanca, del cerro en la aromosa falda,
era mi albergue, que ceñían en torno
un huerto al pie y dos parras por guirnalda.

Los que engendró en la fiebre del bochorno
agrios frutos la tierra, eran a octubre
miel sazonada y primoroso adorno.

Como la madre en el regazo encubre
al hijo tierno, y con alegre risa
pone en sus labios la repleta ubre,

así naturaleza, a la indecisa
luz de la tarde, acarició mi frente
con los besos callados de la brisa.

Y me brindó el racimo transparente
entre los verdes pámpanos, o el frío
licor que mana en la escondida fuente.

Sentado al pie del álamo sombrío
cerré el poema místico de Dante
y abismé la mirada en el vacío.

¿Fue sueño? ¿Fue visión? Surgir delante
vi las lúgubres sombras de su Infierno,
símbolos tristes de la edad distante.

Y ora dulce, ora horrible, en giro alterno
sonaba el canto celestial del vate
o el gran sollozo del dolor eterno.

Mas, como suelen, en marcial combate,
los corceles pasar, suelta la brida
y en los flancos clavado el acicate,

así la turba réproba en huida
rauda pasó y en torbellino inmenso,
cual paja vil, del huracán barrida.

Entre el nublado de la noche denso
se perdió la angustiada muchedumbre,
que tuvo un punto mi ánimo suspenso.

Luego, una blanca y apacible lumbre
bañó la tierra y los vecinos mares,
y por las breñas de la opuesta cumbre

vi descender hacia mis. pobres lares
dos sombras: una, de laurel ceñida,
y otra, nublado el rostro de pesares.

Paráronse ante mí, y con dolorida
voz, la más triste de las dos, me dijo:
-«Alma gentil, para sufrir nacida,

tú revuelves en vano, entre el prolijo
curso de tu angustiado pensamiento,
la oscura frase que al mortal dirijo

en aquel prolongado, hondo lamento
que, desde el antro de la vida humana,
lancé en mi canto a la merced del viento.»

Yo respondí: -«Si no eres sombra vana,
ilumina mi espíritu y la clave
préstame de tu ciencia soberana.»

Ella inclinó hacia tierra el rostro grave,
y dijo con palabra y con gemido:
-«¡Quien sabe de dolor todo lo sabe!

El secreto en mis versos escondido,
es la excitada indignación, que azota
los vicios de mi tiempo envilecido;

es esa noble aspiración que brota
del pecho, y busca en la región serena
de un prometido bien la luz remota.

Es la gloria comprada con la pena;
es la lucha del ánima cautiva
que ansia volar, rompiendo su cadena.

Yo lo tracé para que eterno viva
el cuadro fiel de la miseria nuestra,
dote fatal de la maldad nativa.

Y esos que ante tus ojos en siniestra
falange huyeron, del mundano vicio
los monstruos son, que mi canción te muestra.

Yo hice rodar sobre su duro quicio
las puertas, ¡ay!, del corazón humano,
y me asomé temblando al precipicio.

Y penetré en su fondo, y vi el arcano
de la existencia terrenal, y el lloro
de entonces quiero contener en vano.

«La avaricia cruel, sedienta de oro;
la ira sangrienta, lívida y cobarde;
la adulación astuta y sin decoro;

la envidia artera; el fastuoso alarde
del necio orgullo; la lascivia impura,
que aún en las venas agotadas arde;

el ciego azar de la ignorancia oscura
la soberbia razón, rebelde al yugo,
vistiéndose el disfraz de la locura;

el egoísmo ruin, árbol sin jugo,
sin frutos y sin sombra; el vil recelo,
sirviéndose a sí propio de verdugo;

la falsa ciencia huérfana del cielo;
trémula y suspicaz la tiranía;
la venganza, sin goce y sin consuelo;

pálida la menguada hipocresía,
haciendo, infame, su bazar del templo
y en los dones de Dios su granjería:

eso miré en su fondo, y lo contemplo
hoy como ayer, cual ponzoñosa yerba,
cual negra mancha y cual dañino ejemplo.

Ese fue el numen que mí frase acerba
dictó contra mi siglo y con que azoto
al torpe vulgo y la ruindad proterva.

Yo, que las puertas del Infierno he roto,
sé de dolor y sé lo que se esconde
del pecho humano en el recinto ignoto.»

Calló. Yo alcé la frente, y dije: -«¿En dónde
buscar la amada paz y la alegría,
que al santo afán de la virtud responde?»

«Ésta fue mi maestro y fue mi gula
-dijo la sombra, y se volvió hacia aquella
que el lauro de oro en la alta sien ceñía-:

fue la piadosa Beatriz la estrella
que me alumbró por el confín precito,
y el gran Virgilio encaminó mi huella.

La Poesía y el Amor bendito
las fuentes son en donde el alma apaga
su abrasadora sed de lo infinito.»

Reinó el silencio, y la penumbra vaga
del ancho espacio esclareció un momento
la luz de los relámpagos aciaga.

Visión y sombras, cántico y lamento,
todo despareció, como llevado
sobre las libres ráfagas del viento.

Pero de entonces sé que del pecado
redimir pueden nuestra amarga vida,
el canto de los vates inspirado
y el casto amor de la mujer querida.