Bartolomé Leonardo de Argensola (1562 - 1631)

Textos


ESTANCIA

Ajeno de razón, de mí olvidado,

entré por una fresca pradería,

tras la cual se seguía

un valle horrible, hondo y temeroso,

de donde vi un salvaje que salía,

de nego humo y llamas rodeado,

con paso acelerado;

y aunque temí, fingí del animoso.

Preguntéle dó iba presuroso;

mas él, con voz confusa y espantable,

me dijo: "Y tú, ¿dó vas, hombre perdido?

¿No oyes el gemido

que sale deste valle miserable?

Vuelve, que va al infierno esta floresta.

Si al cielo quieres ir, ve por la cuesta."

 


La Providencia

 

«Dime, Padre común, pues eres justo,
¿Por qué ha de permitir tu providencia
Que, arrastrando prisiones la inocencia,
Suba la fraude a tribunal augusto?

 

»¿Quién da fuerzas al brazo que robusto
Hace a tus leyes firme resistencia,
Y que el celo, que más la reverencia,
Gima a los pies del vencedor injusto?

»Vemos que vibran victoriosas palmas
Manos inicuas, la virtud gimiendo
De triunfo en el injusto regocijo.»

Esto decía yo, cuando riendo
Celestial ninfa apareció, y me dijo:
«¡Ciego! ¿es la tierra el centro de las almas?»

 


Últimos suspiros míos

Últimos suspiros míos,
pues que me dejáis de suerte
que, en despidiéndoos, la muerte
hinchirá vuestros vacíos,
partir con vuelo ligero
a dar nuevas del postrero
esfuerzo con que os arrojo,
si no habéis de dar enojo
con decir lo bien que muero.

Que pues no gusta esta fiera
de haberme dado la vida,
también quedará ofendida
de oír que por ella muera;
mas si entrambas cosas siente,
decidle que se contente
del fruto de sus desdenes,
pues ninguno de estos bienes
le dio voluntariamente.

Y si en ella echáis de ver
señales de compasión
(¡oh triste imaginación,
lo que me atrevo a creer!),
proseguid y acrecentad
aquella tarda piedad
hasta que mi muerte sienta
de suerte que se arrepienta
en vano de su crueldad.

Porque es tan libre y altiva,
que si no a su pecho injusto
jamás ha mostrado gusto
de que muera o de que viva;
y yo, intérprete confuso,
cuando su silencio acuso,
o el público desamor,
por cordura y por valor
lo canonizo o lo excuso.

Pues basta lo que he vivido,
ni admitido ni olvidado
que sin saber si la enfado,
soy por su ley excluido;
su vida tan trabajosa,
pues que la muerte es honrosa,
acertado el trueque fue,
que en su callar bien se ve
que no esperaba otra cosa.

¡Oh Dios, qué trasordinaria
y tiránica inclemencia
con no hacer diligencia
mostrar que no es voluntaria;
y que obedeciendo a tiento
adivinemos su intento,
y ella mire los servicios,
no obligada a dar indicios
de amor o aborrecimiento!

Por otra parte, el engaño
en que por su causa estoy,
hace sospechar que soy
yo mismo autor de mi daño,
y que el fuego donde moro,
cual salamandra lo adoro
aunque yo sigo otro estilo,
que muero como Perilo
dentro de su mismo toro.

¿Cuál es mayor maravilla,
el padecer con valor
vida de tanto rigor,
o morir por no vivilla?
Yo que no me satisfago
de sufrir sólo un estrago,
ambicioso de más gloria,
en esta última victoria
ambas maravillas hago.

Mas, triste, ya está a la puerta,
¡oh mis suspiros!, la vida
debilitada y perdida
y de espíritus desierta.
Id volando, no tardéis,
que detrás la llevaréis
como víctima al altar,
donde podréis celebrar
con llanto lo que perdéis.

Yo, cual cisne que lamento
el fin que contento espero,
¡en qué desdén vivo y muero,
que es nido y sepulcro junto!
Y mi lástima os obliga
a que cada cual le diga
que sea a todos intractable,
pues quien la mereció afable
no la mereció enemiga.
 


Romances

1

Aquel pastor, que pajizo
un vestido hizo en la aldea
y por volverlo encarnado
gotas de sangre le cuesta

(es tan costosa la gala,
que ha comprado cinco piezas
de grana, que le hizo Tiro
en el blanco de una oblea),

hoy sale en santa Lucía
y ofrece a todos su mesa,
que es la vida perdurable
contar el regalo de ella.

Se casa en casa Bernardo,
que en pruebas de su limpieza
un hábito da a la novia
y en su orden la encomienda.

En el raso de los cielos
hale cortado la tela:
mucho durará el vestido
por ser gala sempiterna.

Toda de blanco la viste,
y en la cruz roja le muestra
la pureza de su sangre,
dulce candor de sus venas.

La novia el alma le ofrece
con mucha gracia dispuesta,
en tres potencias su dote,
en la condición su suegra.

Si calidad sólo busca
en su profesión por prenda,
sin duda es galán de la alma
pues se paga de finezas.

De fina y enamorada
con sus tres votos profesa,
y para no errar el caso
toma en Bernardo la regla.

Este favor que recibe
es una merced muy cierta,
que pasará a señoría
cuando se vea abadesa
 


DÉCIMAS

1
A un primer movimiento de amor

Apriétame de manera
cierto pensamiento mío,
que cuanto más lo desvío,
se introduce y apodera.
¿Qué no hará, si persevera
en seguir su competencia?
Y más si mi resistencia
acude a paso tan lento;
que pierde el merecimiento
la contraria diligencia.

Aunque (por decir verdad)
tan agradable se ofrece,
que atropellarlo parece
villanía y crueldad.
Terrible severidad
es esta de la razón;
que arme a un tierno corazón
contra el hijo natural.
Luego, si resiste mal,
no le cause admiración.

No hago todo lo que puedo,
y no puedo más hacer;
que a la gloria de vencer
tengo cobrado gran miedo.
Es mengua, yo lo concedo;
mas si con fuerza lo evito,
doile vigor infinito,
porque, al fin, he descubierto
que cuanto más lo divierto,
crece porque lo ejercito.

Que como al alma acompaña
este apacible importuno,
en viendo descuido alguno,
valiéndose dél, la engaña.
Y de tal gloria me baña
infundido por el seno,
que no le tuvo tan lleno
de Apolo alguna Sibila
como cuando en mí distila
su dulcísimo veneno.

Retrátame en la memoria
de Amarilis la belleza,
ya que no hay naturaleza
que resista a tanta gloria;
mas si queda esta vitoria
(por resistida) imperfeta,
acude con nueva treta
eficaz y poderosa,
y píntamela piadosa,
que es con lo que me sujeta.

Al fin, viene a ser deseo
esto que me hace la guerra,
que derribado por tierra,
cobra fuerzas como Anteo.
Del aprieto en que me veo
(pues nunca inferior me vi),
yo solo la causa fui;
porque no fuera Dios fiel
si le hubiera dado a él
mayores fuerzas que a mí.

2
Cuando la razón tenía
mis afectos concertados,
le fueron tiranizados,
y, a mi ver, sin tiranía;
porque Amor, que pretendía
ser dueño del corazón,
le mostró a Filis acción
tan apacible y tan fiel,
que ya no ha dejado en él
ni un átomo a la razón.

Y luego que a la obediencia
de Filis tuvo rendidos
con los fáciles sentidos
los de mayor excelencia,
en lo puro de mi esencia
(a cuya luz no se atreve
ni una nubecilla leve)
le dedico el vivo altar,
donde se humana a aceptar

el culto que se le debe.
En esta región secreta
no tiene el engaño parte,
ni la adulación ni el arte
que a la fortuna respeta;
de la sencillez perfecta
(diosa en esta esfera) alcanza
mi decoro su alabanza,
porque, a merecer atento,
ejercita el sufrimiento,
y no escucha a la esperanza.

Generosa la pureza
se entraña aquí en las acciones,
por quien acepta sus dones
otra no vulgar nobleza;
que como Naturaleza
en lo esencial siempre es una,
no son de importancia alguna,
para premiar voluntades,
las falsas desigualdades
que introdujo la fortuna.

Y así con esta igualdad
(aunque a la humana licencia
pone Filis reverencia
y horror su divinidad),
las alas de mi verdad
por los claros aires pruebo,
donde, con ejemplo nuevo,
propicio al sol me asegura,
en cuya luz limpia y pura
con felicidad me elevo.

Por fértiles, ya no pueden
caber sus efectos dentro
en mi fe; y así, del centro
que los atesora exceden;
y él, aunque más raros queden,
cuanto menos exteriores,
muestra en ellos sus favores,
atónito de que pudo
llevar con silencio mudo
finezas tan superiores.

Mas si en el estéril seno
es Amor quien los cultiva,
cierto es que dél se deriva
fruto de sazón tan lleno.
Así con humor ajeno
crecen pimpollos altivos
que en infelices olivos
ingirió industriosa mano,
y el árbol se mira ufano
de los ramos adoptivos.

3
Burléme (yo lo confieso)
de tus cadenas, Amor,
mas no merecí el rigor
que padezco en ellas preso.
A mi exceso (si fue exceso)
excede el de tu venganza,
pues ya en mi nueva mudanza
no sólo pruebo su furia,
sino que adoro la injuria
de tu perdida esperanza.

Si te ha ofendido la historia
de mi desdeñosa edad
(demás que su libertad
fue materia de tu gloria),
nunca es mayor la vitoria
que el esfuerzo del vencido;
y tú sabes que lo he sido,
no desarmado ni huyendo,
pues me hallaste resistiendo
valiente y apercebido.

Y ambos podemos por esto
fundar justa competencia:
tú en mi grande resistencia,
yo en lo mucho que te cuesto;
pues para rendirme has puesto,
contra mi libre opinión,
la más alta perfeción:
armas con cuyo poder
te fuera fácil traer
los dioses a tu prisión.

El resplandor de unos ojos,
donde tus flechas enciendes,
a cuya deidad suspendes
los enemigos despojos;
allí entre tus dardos rojos
gimen corazones vivos,
que padecen por altivos
los efetos de tu ira;
y porque Cloris los mira,
se precian de tus cautivos.

Tú allí, pues tanta noticia
tienes de mi esfuerzo, advierte
que estimar al cauto y fuerte
no es piedad, sino justicia.
Verás cómo en tu milicia
las finezas que yo enseño
(que siendo de mejor dueño
no he de mostrar menos brío),
si cuando arde el hierro frío,
arde más que el seco leño.

Mas, ¡ay!, que en plazos tan largos
esta esperanza risueña
(aun cuando los desempeña)
obra efectos más amargos.
Así con los ojos de Argos
el pavo al sol desafía,
y cuando más lozanía
muestra en las plumas lucientes,
triste y con ojos prudentes,
encoge su gallardía.

No trate desta manera
tu esperanza a quien la sigue,
sino es para que castigue
al que sus glorias espera;
pues cuando más verdadera
y constante nos parece,
recibimos las que ofrece
los que en su fe confiamos,
y al fin velando soñamos,
y el desengaño enmudece.

4
Silvia, dos arcos te ha dado
para tus cejas Cupido,
de ébano son (no bruñido
dices tú, sino aserrado);
mas ni el marfil transformado
en el honor de tu frente
recibe sombra indecente,
ni el de las pestañas graves
turba en tus ojos suüaves
la serenidad luciente.

Antes sus flechas envía
con esos arcos Amor,
y el vecino resplandor
es su aljaba o su armería.
En ellos la diestra impía.
de rendir no satisfecha,
las puntas de oro pertrecha
de cierto rigor tan vivo,
que es ya un rayo vengativo
el cuento de cada flecha.

Ese casto ardor sereno,
que el alma en tus ojos puso,
hierve en las flechas infuso,
de clemencia y de ira lleno;
que ambas fuerzas desde el seno
tu ardiente luz les inspira,
cuando a su instancia las mira,
para que obre más estragos
la clemencia con halagos
que con desdenes la ira.

Que el golpe de un desdén claro,
aunque atormente, no injuria,
pues no es descortés la furia
que nos previene al reparo.
Mas ¿quién prevendrá un tan raro
género de rendimiento,
si lo advierte el mismo acento
que halaga con la bonanza,
animando la esperanza
con mengua del sufrimiento?

Así el favor nos oprime,
Silvia, en tu vista risueña
más que cuando nos desdeña
desde su altivez sublime.
¿Quién no yace, o quién no gime
a tu libre condición?
Tragedia es y adulación,
que, en fe de sí misma, atiende
a la crueldad, que pretende
que la llamemos razón.

Di que es crueldad; no la dores;
que la razón no ha de hacer
ministro al mismo placer
del mayor de los rigores.
Como áspid entre las flores,
nos da la muerte escondida,
para que asalte la vida,
cuando en tu gracia inhumana
se entretiene más ufana
y menos apercebida.

Silvia, no más; considera
si es bien que luego comiences
a conservar lo que vences,
porque tu gloria no muera.
Caiga la piedad severa,
con que ha tanto que fulminas
desde esas luces divinas;
que no es gloriosa vitoria
la que encomienda su gloria
al horror de unas rüinas.
 


SONETOS

1
A Don Martín de bolea y Castro

Aunque el bélico pecho y animoso
de tal manera a Orlando le ha ensalzado,
que está en suprema cumbre levantado,
pues en todo ha salido victorioso,

no menos por tu pluma fue dichoso,
Orlando en ser de ti tan celebrado,
que tanta fama y gloria has tú alcanzado,
cuanta él con ser en armas valeroso.

El postrimero límite y subjeto,
donde otros no pudieron allegarse,
desde allí comenzó tu vuelo altivo:

ha hallado don Martín tu gran conceto
entre furia y amor determinarse:
dio este corte y falló superlativo.

2
Soneto de Bartolomé Leonardo y Argensola al muy reverendo P. Fray Bartolomé Ponce

¿Cómo podrá premiar el bajo suelo,
subjeto al corto término de vida,
obra tan encumbrada y tan subida
que a su fin principal no abarca el cielo?

El premio, pues (divino Ponce), délo
el que, bajo accidentes de comida,
a tus manos se rinde y te convida
con el disfraz del delicado velo.

Que tu subtil labor y heroico estilo,
donde (cual muro oculto) so la yedra
más con su fortaleza reverdece,

o cual bajo la cera está el pabilo,
en rica guarnición la árabe piedra,
estando Dios, no sé qué más merece.
 


A un letrado

Si vos pretendéis que venga
a ser tan gran necio el mundo,
que por vuestra barba luenga,
por filósofo profundo,
sin otro argumento, os tenga;
mirad que dais ocasión
a que ya cualquier cabrón,
por la gran barba que cría,
aspire a ser algún día
otro Séneca o Platón.
 


 

Por verte, Inés, ¿qué avaras celosías  
no asaltaré? ¿Qué puertas, qué canceles,  
aunque los arme de candados fieles  
tu madre y de arcabuces las espías?  
 
Pero el seguirte en las mañanas frías 
de abril, cuando mostrarte al campo sueles,  
bien que con los jardines y claveles  
de tu rostro a la Aurora desafías,  
 
eso no, amiga, no; que aunque en los prados  
plácido iguala el mes las yerbas secas,
porque igualmente les aviva el seno,  
 
con las risueñas auras, que en jaquecas  
sordas convierte al húmedo sereno,  
hace los cimenterios corcovados.
 


 

Firmio, en tu edad ningún peligro hay leve;  
porque nos hablas ya con voz oscura,  
y, aunque dudoso, el bozo a tu blancura  
sobre ese labio superior se atreve.  
 
Y en ti, oh, Drusila, de sutil relieve
el pecho sus dos bultos apresura,  
y en cada cual, sobre la cumbre pura,  
vivo forma un rubí su centro breve.  
 
Sienta vuestra amistad leyes mayores:  
que siempre Amor para el primer veneno
busca la inadvertencia más sencilla.  

Si astuto el áspid se escondió en lo ameno  
de un campo fértil, ¿quién se maravilla  
de que pierdan el crédito sus flores?
 


 

«Dime, Padre común, pues eres justo,
¿por qué ha de permitir tu providencia,
que, arrastrando prisiones la inocencia,
suba la fraude a tribunal augusto?

»¿Quién da fuerzas al brazo, que robusto
hace a tus leyes firme resistencia,
y que el celo, que más la reverencia,
gima a los pies del vencedor injusto?

»Vemos que vibran vitoriosas palmas
manos inicas, la virtud gimiendo
del triunfo en el injusto regocijo.»

Esto decía yo, cuando, riendo,
celestial ninfa apareció, y me dijo:
«¡Ciego!, ¿es la tierra el centro de las almas?»
 


A una mujer que se afeitaba y estaba hermosa

 

Yo os quiero confesar, don Juan, primero,
que aquel blanco y color de doña Elvira
no tiene de ella más, si bien se mira,
que el haberle costado su dinero.

Pero tras eso confesaros quiero
que es tanta la beldad de su mentira,
que en vano a competir con ella aspira
belleza igual de rostro verdadero.

Mas ¿qué mucho que yo perdido ande
por un engaño tal, pues que sabemos
que nos engaña así Naturaleza?

Porque ese cielo azul que todos vemos,
ni es cielo ni es azul. ¡Lástima grande
que no sea verdad tanta belleza!
 


Filis, naturaleza
pide la ostentación y los olores
para sus nuevas flores
a la fértil verdad de tu belleza
y que en meses ajenos
pródigas abran su temor los senos.

De tu cerviz reciba
cándido lustre el de la rosa pura,
como animar procura
su carmesí en tu rostro la más viva;
den tus labios crueles
púrpura más soberbia a los claveles.

El cogollo más tierno
crezca con ambición de formar selva,
tan firme, que, aunque vuelva
a herirla por asaltos el hibierno,
ni le marchite el brío,
ni agrave más sus hojas que el rocío.

Por ti con los jardines
más prósperos compiten estas peñas,
que entre gramas risueñas
te producen violetas y jazmines,
para que de los dones
que tu hermosura influye la corones.

Ya, al favor de tus ojos,
entre frutos pendientes, el otubre
segunda flor descubre,
y te ofrece esperanzas y despojos,
porque en entrambas suertes
anticipados regocijos viertes.

Mas, ¡ay!, que cuando inspiras
el no esperado honor con que se apresta
para ti la floresta,
haciendo en el vigor de cuanto miras
tan dichosa mudanza,
mísera yace y sola mi esperanza.