Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645)

Justo Fernández López


 

Vida

Francisco de Quevedo y Villegas nació en Madrid y murió en Villanueva de los Infantes (Ciudad Real). Pertenecía a una familia de la baja nobleza, que se había integrado en el alto funcionariado y en la servidumbre de palacio. Era el tercero de los cinco hijos del montañés Pedro Gómez de Quevedo, secretario de la princesa María, hija de Carlos V y esposa del emperador Maximiliano II, y de la reina Ana de Austria, cuarta esposa de Felipe II. Su madre, Ana de Santibáñez, fue dama de la reina y de la infanta Isabel Clara Eugenia. Perdió pronto a su padre, pero anduvo siempre desde su infancia en palacio, adquiriendo temprana experiencia en la turbia vida cortesana.

Cursó estudios de teología en la Universidad de Valladolid (1601-1606), pues allí se había desplazado la Corte. La duquesa de Lerma le dio empleo en palacio, donde empezó a ser conocido en el ambiente de fiestas y actividades literarias. En esta época ya destacaba por su gran cultura y por la acidez de sus críticas contra Luis de Góngora.

Había recibido órdenes menores con la intención de dedicarse al sacerdocio, al que renunció más tarde. En 1606 regresa con la Corte a Madrid y comienza su actividad productiva. Escribe sus famosos Sueños, que no se pudieron publicar, por impedirlo la censura, hasta 1627. Varias obras suyas se difundieron, por este motivo, en innumerables copias manuscritas. Hasta 1620 no se publica una obra de Quevedo autorizada por él mismo.

Consumado esgrimador, en discusión con un maestro de armas, le atacó, lo que le acarreó una enconada enemistad mucho tiempo. En 1611, asistiendo a los oficios de Semana Santa, vio cómo un caballero abofeteaba a una dama. Quevedo lo desafió, lo sacó del templo y lo mató en desafío de una estocada. Quevedo tuvo que esconderse, huye a Sicilia, allí le protege el virrey, duque de Osuna. Este lance, desmentido por algunos autores, dio a Quevedo una aureola legendaria.

Quevedo entabló un pleito por la posesión del señorío de La Torre de Juan Abad, pueblo de la provincia de Ciudad Real, en el que hasta 1631 gastó una gran fortuna y muchas energías. Pleiteó toda su vida para cobrar una réditos de unas inversiones de capital de su madre.

Una de las grades vetas, al cabo truncadas, en Quevedo fue la política. Fue el brazo derecho del duque de Osuna, al que conoció, al parecer, durante sus años de estudiante en Alcalá de Henares, manejó los hilos de la administración, intervino en su nombre en los complicados manejos de la política italiana. Con sobornos en la Corte y habilidad, logró que Osuna fuere elegido virrey de Nápoles. Quevedo fue el instigador de los planes del duque para hundir a Venecia, la gran tramoyista de la política antihispana. Fue enviado a Venecia como agente secreto, y tuvo que huir disfrazado de mendigo, gracias a su impecable acento italiano. os venecianos difundieron la noticia de que Quevedo, es decir, el duque de Osuna tramaba independizarse de España y reinar sobre todos los reinos italianos. Quevedo no pudo rehabilitar al duque en la Corte, las relaciones de ambos se enfriaron.

Al subir al poder Felipe IV, rey de España de 1621 a 1665, y el Conde-Duque de Olivares, Osuna cayó en desgracia y fue encarcelado y Quevedo sufrió destierro en La Torre (1620), después presidio en Uclés (1621) y, por último, destierro de nuevo en La Torre. Osuna murió en la prisión y Quevedo lo defendió dedicándole cinco magníficos sonetos. Esta etapa azarosa y desgraciada marcó todavía más su carácter agriado y lo llevó a una crisis religiosa y espiritual, pero desarrolló una gran actividad literaria.

Trató entonces de ganarse la amistad del Conde-Duque de Olivares. En 1621, desde su destierro, le envió una elogiosa carta privada, solicitando su libertad, que no se hizo esperar. Le remitió luego su Política de Dios y Gobierno de Cristo; luego le dedicó su famosa “Epístola satírica” (“no he de callar, por más que con el dedo...”); en 1627 compuso la comedia Cómo ha de ser el privado, pieza aduladora. Así llegó a gozar de gran amistad con el valido.

Acompañó a la Corte a las costas de Andalucía, llegando a albergar al monarca en su casa de la Torre; en 1626 acompañó nuevamente al rey a Aragón. Para defender la atacada política económica del Conde-Duque, escribió el libelo El Chitón de las Tarabillas.

En 1632 fue nombrado poeta secretario del rey, negándose a aceptar más directas responsabilidades. Aun en 1636 hay indicios de la buena amistad con el valido del rey.

Entre 1635 y 1639 había vivido en las posesiones de su madre, en la Torre, entregado a la tarea literaria y a sus pleitos. Parece que ya circulaban manuscritas varias sátiras al rey y a la política del valido. La leyenda dice que el rey encontró debajo de su servilleta un famoso memorial que comenzaba: Católica, sacra, real Majestad... Al parecer, el enfado regio fue grande, pues, estando Quevedo ocasionalmente hospedado en casa del duque de Medinaceli en Madrid en 1639, fue detenido tan de repente que ni se pudo vestir y encerrado en el convento de San Marcos de León, en oscuro y húmedo calabozo, donde permanece hasta 1643. Destruyó su salud en los casi cinco años que allí estuvo.

Al quedar libre, en 1643, ya era un hombre acabado y se retiró a La Torre para después instalarse en Villanueva de los Infantes, donde el 8 de septiembre de 1645 murió.

Ante el creciente desgobierno y los errores políticos, Quevedo se había cambiado de amigo del rey y el valido a arriesgado opositor político. Se hizo una voz incómoda en la Corte y los versos de la servilleta colmaban la medida. Pero la personalidad contradictoria de Quevedo, sus enconados rencores y sañudos resentimientos, lo hacen ver hoy día menos como un mártir de la oposición política que una víctima de su personalidad conflictiva.

Parece que Quevedo actuó más incitado por la arbitrariedad del Conde-Duque hacia él, y vejado y herido por ello. Esta tesis la difundió el médico y escritor Gregorio Marañón (1887-1960) en su famoso estudio sobre el Conde-Duque de Olivares. La pasión de mandar (1936). Marañón desmiente la anécdota de la servilleta, “chiquillada indigna del genio de Quevedo”, y ve en las represalias reales razones de alta política. Quevedo alude en sus cartas desde la prisión de que ha sido calumniado. Salió de prisión en 1643, cinco meses después de la caída de Olivares. El rey se oponía aún a su libertad, lo que demuestra que la enemistad era más bien por parte del rey que de Olivares. No se le hizo proceso alguno. Muy quebrantada su salud, se retiró a la Torre y murió en 1645, tres años antes de la Paz de Westfalia, tratados firmados en 1648 en la región alemana de Westfalia entre los principales contendientes de la Guerra de los Treinta Años.

Sempiterno antifeminista, permaneció soltero caso hasta su vejez. Vivió mucho tiempo amancebado con “la Ledesma”, con la que tuvo varios hijos de los que no se tiene noticia. Quevedo adoraba a la Mujer, pero le fastidiaban “las mujeres”. La esposa de Olivares trató de casarlo, pero Quevedo rehuyó. Con 54 años y a propuesta del duque de Medinaceli, se casó con Esperanza de Aragón, señora de Cetina, viuda, entrada en años y con tres hijos. A los pocos meses, tras muchos disgustos, se separó de ella.

Esta es la biografía de un hombre que en sus contradicciones es la cima y compendio de su tiempo. Tan complejos como su vida fueron su obra, su tiempo y su carácter.

Quevedo poseyó una bastísima cultura como pocos de su tiempo. Hablaba el francés, el italiano y el portugués como el español, y dominaba el latín, el griego y el hebreo. Leía hasta durante la comida. En todos sus viajes llevaba un “museo portátil de más de cien tomos de libros de letra menuda”.

Quevedo fue el gran satírico de aquel momento sombrío de la decadencia española. Persuadido de la ruina de su país, zarandeado por la fortuna, curtido de niño en los enredos de la Corte, su amargura y desilusión fue aumentando: amargura y desengaño que ocultaba bajo una máscara de satírico.

Humano en su intimidad, no lo es en su obra ni en su actitud moral: en esto punto es el polo opuesto a Cervantes. Sus figuras son hiperbólicas siluetas azotadas por el huracán de su ingenio, siempre a presión. Su mundo es deshumanizado, rabiosamente literario y cerebral.

Un biógrafo de su tiempo lo describía así: “Era de mediana estatura, pelo negro y encrespado, corto de vista, de modo que siempre usaba anteojos (los quevedos); nariz y miembros proporcionados de medio cuerpo arriba; pero cojo y lisiado de entrambos pies, que los tenía torcidos hacia dentro”.

Su enemigo Luis de Góngora lo llamaba “pies de cuerno”. Compensó estos defectos físicos con el arrojo de su carácter impulsivo y violento: mano pronta, lengua larga y buen espadachín. Tras este comportamiento se esconde un hombre sensible y más bien tímido que tenía que burlarse de sí mismo para soportarse.

OBRAS

La obra de Quevedo abarca tanto la prosa como el verso y el teatro, aunque en éste último su habilidad se mostrara menor. Los temas tratados van de la burla más descarada y cruel, que es por lo que es más conocido, hasta la meditación más honda sobre el sentido de la vida, pasando por reflexiones de carácter político y por una lírica amorosa que contradice en su hondura la misoginia que tantas veces demuestra en sus obras de burlas.

Quevedo fue el máximo representante de la corriente conceptista que floreció en las letras hispánicas del Siglo de Oro. Tuvo forjó una prosa tersa, pulida y esmerada, cuya riqueza y variedad sólo tienen comparación con la altura a la que se remontan los alardes lingüísticos de su poesía. 

Quevedo es uno de los escritores más complejos y contradictorios de la lengua castellana. Es uno de los mejores poetas que jamás haya elaborado y trabajado la lengua castellana. El conceptismo del barroco y el “arte del ingenio” adquieren en él su mejor representante. Fue, al igual que sus padres, para bien o para mal, un hombre cortesano.

Para Dámaso Alonso «en Quevedo se mezclan un pesimismo filosófico, que es producto de su cultura, un escepticismo amoroso y una hombría de español desilusionado; todo esto se le funde con el alma y constituye su concepto del mundo y de su vida, y todo se le va adensando y ennegreciendo según la misma vida pasa. El mundo, mirado como prisión, le muestra más su frontera que su ámbito; la vida terrena es un tránsito enamorado hacia la muerte; la muerte misma, un estado al que ha trascendido la llama de su amor en la tierra.»

Obra poética

La poesía de Quevedo iguala en extensión e importancia a la prosa. Hizo poesía toda su vida, aunque no llegó a publicar ninguna edición completa de sus versos. Su poesía revela su apasionada y violenta alma que rompe todas las barreras.

La vida de Quevedo osciló entre una visión sarcástica o burlesca de la realidad, y una visión muy estoica y senequista de la existencia. Fue capaz de cultivar una poesía popular, a ratos chocarrera y tabernaria, satírica y burlesca, al mismo tiempo que escribía una poesía llena de belleza formal, o prosa culta y metafísica.

Sus composiciones poéticas forman un conjunto monumental de poesía metafísica, amorosa, satírica, religiosa y moral. Es una poesía tanto ligera y de corte popular como seria y profunda, generalmente de estilo conceptista, que exige esfuerzo y agilidad mental por parte del lector para captar todos los recursos que proporcionan las figuras retóricas.

Contrasta el estilo conciso y severo de Quevedo con la luminosidad brillante de su antagonista, el culterano Luis de Góngora, el otro gran poeta barroco español.

Sus primeros poemas fueron letrillas burlescas y satíricas, género que siguió cultivando con gran brillantez durante toda su vida, y es el Quevedo más conocido y popular. Criticó con mordacidad atroz los vicios, locuras y debilidades de la humanidad y zahirió de una manera cruel a sus enemigos.

Poesía amorosa: En su poesía amorosa, de corte petrarquista, destaca la hondura del sentimiento y el intento de explorar el amor como lo que da sentido a la vida y al mundo. Es paradójico que la poesía amorosa representa en Quevedo la parte más nutrida. Quevedo, con su insistente antifeminismo y misoginia, es para Dámaso Alonso “el mayor poeta amoroso castellano. Digo el más alto y no el más fértil”. Su poesía está llena de petrarquismos, pero con vetas de sombría afectividad. Quevedo cantó a supuestas (¿o reales?) amadas: Amarilis, Aminta, Doris, Filis, Flora, Jacinta; lo convencional de los nombres hace sospechar que se trata de meros juegos. Pero dedicó a Lisi –también, Lisis o Lisida– 65 sonetos compuestos a lo largo de 21 años, que forman como un completo cancionero al amor. Parece que se trataba de una dama real, de la casa de Medinaceli, por la que en vano suspiró Quevedo.

Quevedo era un hombre desengañado de muchas cosas, entre otras de las mujeres, a las que deseaba alegres, pero a ser posible "sordas y tartamudas". A juzgar por la temática de su poesía, conoció los ambientes prostibularios de su época. Disfrutó del sexo, pero le dominó su misoginia.

Poesía moralizadora: Su poesía severa y moralizadora expresa la experiencia del desengaño y da máximas tomadas del pensamiento estoico y ascético-cristiano. Quevedo es original incluso cuando imita. El tema de la muerte y de la brevedad de la vida, temas del Barroco, son una constante en su poesía metafísica, en la que de nuevo asoma la actitud estoica para aceptar la angustia que provoca el Tiempo, que todo lo destruye, pues vida y muerte se confunden:

Ayer se fue, mañana no ha llegado
hoy se está yendo sin parar un punto.
Soy un fue y un será y un es cansado.

Es un prodigio ver cuánta materia mete Quevedo en un verso. “Un soneto de Quevedo es una concentración de materia lingüística hispana” (Dámaso Alonso).

Poesía burlesca y satírica: Su poesía burlesca y satírica es la que revela lo más personal de Quevedo con una fuerza expresiva sin par en otros. En las obras satíricas se dan todas las características del estilo de Quevedo de forma más intensa aun. Los temas que con más predilección somete Quevedo a tratamiento burlesco son el mundo mitológico renacentista y el mundo caballeresco medieval.

A las poesías satíricas pertenecen las veinticinco “letrillas”, famosísimas en todo tiempo, igualables sólo a las de Góngora: Poderoso caballero es don dinero; Yo me soy el rey Palomo – yo me lo guiso y yo me lo como; Solamente un dar me agrada que es el dar en no dar nada; Yo he hecho lo que he podido, Fortuna lo que ha querido. Muy conocida es la sátira Riesgos del matrimonio en los ruines casados. De mayor interés son también las sátiras contra Luis de Góngora. Muy en línea de Quevedo están las poesías burlescas a y en contra de la mujer: A una mujer flaca; A una mujer gorda; A una mujer pequeña.

Poesía política: Son sátiras de gran interés. La Epístola censoria al Conde-Duque de Olivares ha gozado de gran fama. La epístola, sin embargo, no es una censura contra Olivares sino amistoso consejo para su buen gobierno. 

Romances: En los romances es Quevedo comparable a Lope y a Góngora. La temática de los romances: las condiciones de las mujeres, sus galas, su interés, sus afeites, sus fingimientos de la edad; maridos consentidos, viejas presumidas, etc. Muy divulgado es el romance que comienza: Parióme adrede mi madre – ¡ojalá no me pariera!

Teatro

Sólo poseemos una comedia completa de Quevedo:

Cómo ha de ser un privado

El resto pertenece al teatro menor: diálogos, bailes, loas y entremeses. En los diálogos baraja motivos de sátira contra la mujer, tema eterno en su pluma. Los “bailes” son romances para ser cantados.

La temática de los entremeses es la conocida de siempre en Quevedo: mujeres sacadineros, maridos mansos, farsas y apariencias de la vida social. Famoso es el entremés

El marión

en donde se invierten los papeles de galanes: tres damas de capa y espada se disputan el amor de un lindo, don Constanzo.

Se creía que Quevedo era solamente un imitador, en cuanto al entremés, del entremesista Luis Quiñones de Benavente (1581-1651), pero Eugenio Asensio demostró que las más tempranas producciones de Quiñones son de 1625, mientras que algunos entremeses de Quevedo son de 1618-1624:

Bárbara

Diego Moreno

La vieja Muñatones

La destreza

La polilla de Madrid

Se atribuyen a Quevedo varias obras dramáticas, todas de carácter satírico, de las que destacan y Pero Vázquez de Escamilla. En ellas, Quevedo convierte a los personajes en simples caricaturas que se mueven como muñecos. Esta falta de humanidad es, precisamente, el mayor defecto de su teatro.

Obras en prosa

Quevedo es uno de los que mejor domina el idioma castellano. No sólo por el caudal de su vocabulario, sino por la capacidad para manejar las palabras, jugando con sus significados, invirtiendo el significado, sustantivando verbos, adjetivando sustantivos. “Quevedo da la impresión de estar creando en cada momento el lenguaje. En la pluma de un escritor cada palabra debe ser un neologismo” (Eugenio D’Ors).

No es casualidad que sea Quevedo el paladín del movimiento que se llamó CONCEPTISMO, frente al CULTERANISMO de un Góngora. Su prosa es el resultado de una presión interior y no de un artificio literario. “El único grande e inconfesado amor con que Quevedo ha vivido ha sido su estilo” (Américo Castro). El conceptismo de Quevedo no se limita a los conceptos y sus combinaciones, sino que afecta a la sintaxis. El conceptismo tiende a eliminar todos los elementos posibles, dando a cada pensamiento el aspecto profundo y sentencioso de un aforismo. Quevedo comprime varias frases en una sola, embutiendo una en otra, reduciendo a un solo elemento (sustantivo, participio, gerundio, posesivo) lo que debería ser una oración entera; un sustantivo, por ejemplo, alude con su solo significado a lo que habría de ser objeto de una completa explicación. Así se producen anfibologías difíciles de descifrar. Algunos párrafos doctrinales de Quevedo no son comprensibles si el lector no conoce previamente lo que se trata de explicar. “Es la exhibición del ingenio: cada cláusula, brillante y maciza como una piedra preciosa, debe asombrarnos con su apretado haz de irisaciones” (J. L. Alborg).

Con la edad, Quevedo va abandonando el tono juguetón de sus primeros escritos. La prosa de los Sueños y el Buscón es aguda, cortante, sugerente, vivaz y juguetona; la de sus últimos escritos es apelmazada y retorcidamente grave. Quevedo es un poeta “metafísico” sólo comparable a los mejores de la Europa de su tiempo. Quevedo, a diferencia de Cervantes, tiene una visión puramente ideal de la sociedad medieval: “La robusta virtud era señora, y sola dominaba al pueblo rudo; edad, si mal hablada, vencedora”.

Por otro lado, resume Quevedo la obsesión central del Barroco: la brevedad de la vida (Vencida de la edad sentí mi espada y no hallé cosa en que poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte). Quevedo parte de la tradición de Heráclito de que todo pasa y llega al pensamiento dialéctico hegeliano: el ser es no-ser y viceversa: Las horas y el momento que cavan en mi vivir mi monumento.

Obras políticas

Estas obras ocupan una de las partes más extensa de la obra de Quevedo. Esta producción cubre toda su vida, excepto los años primeros de la literatura satírica y festiva solamente (los Sueños, las fantasías y el Buscón).

España defendida de los tiempos de ahora (1609)

Exaltación patriótica de la historia, las costumbres y las lenguas nacionales.

Política de Dios, gobierno de Cristo y tiranía de Satanás (1617)

Este es el principal y más extenso tratado de política. Está dedicado a Felipe IV, rey de España (1621-1665). En la dedicatoria a Olivares, de 1626, intenta extraer una doctrina política de los Evangelios. La segunda parte se publicó en 1655.

Traza el ideal del príncipe cristiano tal como puede deducirse del Evangelio. Quevedo atrinchera tras las máximas del Evangelio su doctrina y crítica solapada a los gobernantes del momento. En las páginas del Evangelio buscaba Quevedo directrices para remediar el desgobierno de su país.

Memorial por el patronato de Santiago, solo y único patrón de las Españas (1628)

Defensa del patronazgo del apóstol frente a los que defendían la posibilidad de compartirlo con santa Teresa.

Vida de Santo Tomás de Villanueva (1620) 

Mundo caduco y desvaríos de la edad (escrita en 1621, editada en 1852)

Grandes anales de quince días (1621, editada en 1788)

Análisis de la transición entre los reinados de Felipe III y Felipe IV. Refiere los días tras la muerte de Felipe III (1578-1621) y el cambio de validos.

Lince de Italia y zahorí español (1628, editada en 1852)

Epístola satírica y censoria

Dedicada al conde-duque de Olivares con clara intención de ganarse su aprecio y volver a la actividad política.

El chitón de Tarabillas (1630)

Libelo satírico en el que defiende la desastrosa política monetaria del conde-duque de Olivares, de quien luego se distanciaría, y que le hace ganar el aprecio de Felipe IV que le nombra su secretario.

Execración contra los judíos (1633)

Alegato antisemita que contiene una velada acusación contra don Gaspar de Guzmán, Conde-Duque de Olivares y valido de Felipe IV.

Providencia de Dios (1641)

Tratado contra los ateos que intenta unificar estoicismo y cristianismo.

Vida de Marco Bruto (1644)

Glosa sentenciosa de la vida del famoso asesino de César escrita por Plutarco, escrita con gran rigor y una elevación de estilo conceptista poco menos que inimitable. Su intención es mostrar “los premios y los castigos que la liviandad del pueblo dio a un buen tirano –Julio César– y a un mal leal –Bruto–”.

En esta obra señala Quevedo sus teorías sobre el buen gobierno. Como ejemplo le sirve Bruto, que fue perseguido y condenado por haber librado a la república de Julio César, en tanto que César, que había convertido el gobierno en una tiranía, era ensalzado.

En esta obra, aunque pretende ser un tratado general, hace Quevedo un retrato de los problemas de la España de su tiempo.

Obras filosóficas y ascéticas

La influencia de Séneca impregna todas estas obras de tipo ascético-senequista.

Lágrimas de Jeremías (1613)

Fruto de una crisis espiritual padecida en 1613.

La cuna y la sepultura (1635)

Esta obra condensa toda la ciencia del desengaño de Quevedo.

De los remedios de cualquier fortuna (1638)

Glosas al tratado de Séneca.

Vida de san Pablo (1644)

Revela buenos conocimientos teológicos.

Las cuatro pestes del mundo y los cuatro fantasmas de la vida (1651)

Crítica literaria

Flores de poetas ilustres (1605)

Cuento de cuentos (1626)

Reducción al absurdo de los coloquialismos más vacíos de significado.

La aguja de navegar cultos con la receta para hacer Soledades en un día (1631)

Satírica embestida contra los poetas que usan el lenguaje gongorino o culterano. Quevedo atacó a los escritores culteranos y a otros enemigos literarios en la Aguja de navegar cultos y en La culta latiniparla.

La culta latiniparla, catecismo de vocablos para instruir a las mujeres cultas y hembrilatinas (1631)

Burlesco manual para hablar en lenguaje gongorino. En esta obra arremete contra la tendencia al eufemismo y a valerse de expresiones rebuscadas para aparentar riqueza de vocabulario. Se burla de la tendencia de las damas a hablar afectadamente, por ejemplo, decir “calendas purpúreas” para referirse a la menstruación, o “para decir: tráeme dos huevos, quita las claras y las yemas, dirá: Tráeme dos globos de la mujer del gallo, quita las no cultas y adereza el remanente pajizo”.

La Perinola (1633, editada en 1788)

Ataque contra el Para todos de Juan Pérez de Montalbán.

Obras festivas

Las obras festivas representan lo más característico y más popular del autor. Ha quedado en la memoria popular como autor de chistes procaces y satíricos. Pero si examinamos el conjunto de su obra, lo satírico y las fantasías morales forman sólo la sexta parte de la producción en prosa. La poderosa fuerza expresiva de su dominio de la lengua hace parecer estas obras como lo principal. Casi todas estas obras son de su primera época: El siglo del cuerno; Carta de un cornudo jubilado a otro cornicantano; El caballero de la Tenaza.

Premática y aranceles generales que ha de guardar las hermanitas del pecar, hechas por el fiel de las putas

Consejos para guardar la mosca y gastar la prosa

Premática del tiempo

Capitulaciones matrimoniales

Capitulaciones de la vida de la Corte

Sátiras de los géneros burocráticos habituales en las cancillerías y que se aplican a temas grotescos.

Cartas del caballero de la Tenaza (1625)

Humorística descripción de las epístolas intercambiadas entre un caballero sumamente tacaño y su amante, que quiere sacarle dinero por cualquier medio.

Obras satírico-morales

Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos (1603-1608)

Su verdadero título es Historia de la vida del Buscón, llamado Don Pablos, ejemplo de vagabundos y espejo de tacaños, que luego se abrevió en Historia y vida del Gran Tacaño, y más sencillamente, El Gran Tacaño.

Es una de las obras más notables de su género, sátira violenta contra la sociedad de aquel tiempo. Es la que más fama ha dado a Quevedo. Debió de escribirla Quevedo hacia sus 25 años. Tuvo que corregir muchos pasajes de tipo religioso por cuestiones de censura. El Buscón no se editó hasta 1626, y esto de forma fraudulenta, sin conocimiento del autor, que no se atrevía a publicar por su experiencia negativa con la censura.

Es una de las obras de la picaresca, pero encierra un mundo aparte. La intención no es la de moralizar ni la de mostrar desengaño o pesimismo, sino la de derrochar ingenio. Es la única obra de Quevedo de carácter narrativo. En ella Quevedo logra vaciar de contenido moral, o siquiera humano, la historia del pícaro, que se transforma por obra de su riquísima prosa en pura burla hiperbólica. Las figuras son como peleles. No hay huella ninguna de nostalgia hacia las figuras satirizadas. Esto se puede comprobar en la ya clásica descripción del tacaño dómine Cabra:

Era un clérigo, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, pelo bermejo, ojos avecinados en el cogote; tan hundidos y escuros que eran buen sitio para tiendas de mercaderes; la nariz, entre Roma y Francia, porque se la había comido de unas búas de resfriado, que aun no fueron de vicio porque cuestan dinero; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que, de pura hambre parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes se los habían desterrado; el gaznate, largo como el avestruz, con una nuez tan salida, que parecía se iba a buscar de comer, forzada por la necesidad. Mirado de arriba abajo parecía tenedor o compás, con dos piernas largas y flacas; su andar muy espacioso; si se descomponía algo, le sonaban los huesos como tablillas de San Lázaro; la barba grande, que nunca se la cortaba por no gastar.

Es una visión esperpéntica de la realidad de forma goyesca. El novelista no se siente unido por lazo alguno de emoción hacia las figuras que maneja. Lázaro Carreter niega en el Buscón toda intención crítica, cree que Quevedo hace una descripción de todas las lacras sociales sólo para la risa. Alborg, sin embargo, que esta falta de intención crítica y reformadora en Quevedo se debe al radical escepticismo del autor: “Quevedo tenía fe en muy pocas cosas, y en ninguna en la que el ser humano tuviese algo que ver... todo el hombre es mentira por cualquier parte que lo examine”. Como dice el mismo Quevedo: “si no es que, ignorante como tú, crea las apariencias”.

En el Buscón se dan todas las formas del conceptismo fundidas. Es una novela picaresca dentro de las características del género; pero su originalidad reside en la visión vitriólica que ofrece sobre su sociedad, en una actitud tan crítica que no puede entenderse como realista sino como una reflexión amarga sobre el mundo y como un desafío estilístico sobre las posibilidades del género y del idioma.

Sueños (1606-1623)

Los Sueños, que venían siendo escritos desde los primeros años de la corte en Madrid y hasta 1622, no vieron la prensa hasta 1627 y en un texto notablemente defectuoso, lo que llevó al autor a publicarlos en 1631 bajo el título de Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio, limando los aspectos más irreverentes y cambiando los títulos de varios de ellos.

Son los Sueños una serie de diálogos de carácter alegórico-burlesco en los que, de forma parecida a Gracián pero en tono de burla, se toca el tema del desengaño del mundo y de la diferencia entre apariencia y verdad. Fueron varias veces censurados, son de inspiración Lucianesca y pasan revista a diversas costumbres, oficios y personajes populares de su época.

Son los titulados El Sueño del Juicio Final (en la edición definitiva Sueño de las calaveras); El alguacil endemoniado (después El alguacil alguacilado); Sueño del infierno (después Las zahurdas de Plutón); El mundo por de dentro y El sueño de la muerte (después La visita de los chistes).

Blancos predilectos de sus sátiras son los avaros, médicos, poetas, enamorados, damas honestas o no, comerciantes, pasteleros, vinateros, administradores de justicia, cornudos, etc.

Al hablar de los enamorados, tema que le atrae muchas veces: “Son de ver los amantes de monjas, con las bocas abiertas y las manos extendidas, condenados por hablar sin tocar pieza, hechos bufones de los otros, metiendo y sacando los dedos por unas rejas, siempre en vísperas del contento y con sólo el título de pretendientes de Anticristo. A su lado, los que han querido doncellas y se han condenado por el beso como Judas, brujuleando siempre los gustos sin poderlos descubrir. Detrás de estos, los adúlteros: son los que mejor viven y peor lo pasan, pues otros les sustentan la cabalgadura y ellos la gozan”. Sobre los mercaderes: “Hombres de éstos ha habido que viendo la leña y el fuego que se gasta en el infierno han querido hacer estanco de la lumbre”. El diablo habla y dice: “Estamos muy sentidos de los potajes que hacéis de nosotros, pintándonos con colas, habiendo diablos que pudieron ser ermitaños y corregidores”. Contra la honra: “La honra es la que más tiranías hace en el mundo y más daños, la que más gustos estorba. Muere de hambre un caballero pobre, porque por la honra no pide y servir dice que es deshonra. Llegado a ver lo que es la honra, no es nada. Por la honra no come quien tiene hambre. Por la honra se muere la viuda entre paredes. Por la honra, sin saber qué es hombre ni qué es gusto, se para la doncella treinta años casada consigo misma. Por la honra la casada se quita a su deseo cuando pide. Por la honra pasan los hombres el mar. Por la honra gastan todos más de lo que tienen. La honra quita a uno el gusto y a otro el descanso. Las cosas de más valor en vosotros son la honra, la vida y la hacienda: la honra está junto al culo de las mujeres, la vida en manos de los médicos y la hacienda en las plumas de los escribanos”. En el Mundo por de dentro Quevedo sale del infierno y se da un paseo por la tierra, que tiene poco de diferencia de aquél. Conducido por un viejo llamado Desengaño, encuentra a sus tipos preferidos por la calle de la Hipocresía. En El sueño de la muerte prosigue su itinerario por la tierra, guiado ahora por la muerte. Aquí muestra Quevedo su protesta, su rebelión e inconformidad con su tiempo.

Discurso de todos los diablos o infierno enmendado (1628)

Esta obra y la siguiente son sátiras lucianescas de característico tono jocoserio, aunque en su factura y creatividad superan a los Sueños. La técnica es semejante a los Sueños. “Para ser rico, habéis de ser ladrón. Para ser valiente, habéis de ser traidor, borracho y blasfemo. Para ser casado, habéis de ser cornudo. Si sois pobre, nadie os conocerá; si sois rico, no conoceréis a nadie. Si uno vive poco, dicen que se malogra; si vive mucho, dicen que no siente. Si se confiesa cada día, dicen que es hipócrita; si no se confiesa, es hereje; si es alegre, dicen que es bufón; si triste, que es endadoso. Si es cortés, le llaman zalamero; si descortés, desvergonzado.”

Gracias y desgracias del ojo del culo (1631)

Texto satírico que enumera con humor los avatares de esta región del cuerpo humano.

La hora de todos y la fortuna con seso (1635)

Esta es para muchos la obra suprema del idioma castellano en contenido y estilo. Para Astrana, El sueño del infierno, La hora de todos y la Vida del Buscón son la trinidad de obras por excelencia de Quevedo.