Lupercio Leonardo de Argensola (1559–1613)

Textos


Soneto satírico

 

Esos cabellos en tu frente enjertos

(por más que disimules y los rices)

en otros cuerpos dejan las raíces,

y por ventura en otros cuerpos muertos.

¿Por qué pueblas, o Gala, los desiertos

de la Libia? ¿Por qué con tus barnices

ofendes nuestros ojos y narices,

cual si viesen sepulcros descubiertos?

Que aunque vuelvas a ser la que solías,

no puedes competir con Galatea;

oye, verás si la ventaja es poca:

en ti son años los que en ella días;

está en duda si el tiempo la hará fea,

y está en verdad que nunca la hará loca.

 


A la esperanza

 

Alivia sus fatigas
El labrador cansado
Cuando su yerta barba escarcha cubre,
Pensando en las espigas
Del agosto abrasado
Y en los lagares ricos del octubre;
La hoz se le descubre
Cuando el arado apaña,
Y con dulces memorias le acompaña.

Carga de hierro duro
Sus miembros, y se obliga
El joven al trabajo de la guerra.
Huye el ocio seguro,
Trueca por la enemiga
Su dulce, natural y amiga tierra;
Mas cuando se destierra
O al asalto acomete,
Mil triunfos y mil glorias se promete.

La vida al mar confía,
Y a dos tablas delgadas,
El otro, que del oro está sediento.
Escóndesele el día,
Y las olas hinchadas
Suben a combatir el firmamento;
Él quita el pensamiento
De la muerte vecina,
Y en el oro lo pone y en la mina.

Deja el lecho caliente
Con la esposa dormida
El cazador solícito y robusto.
Sufre el cierzo inclemente,
La nieve endurecida,
Y tiene de su afan por premio justo
Interrumpir el gusto
Y la paz de las fieras
En vano cautas, fuertes y ligeras.

Premio y cierto fin tiene
Cualquier trabajo humano,
Y el uno llama al otro sin mudanza;
El invierno entretiene
La opinión del verano,
Y un tiempo sirve al otro de templanza.
El bien de la esperanza
Solo quedó en el suelo,
Cuando todos huyeron para el cielo.

Si la esperanza quitas,
¿Qué le dejas al mundo?
Su máquina disuelves y destruyes;
Todo lo precipitas
En olvido profundo,
Y ¿del fin natural, Flérida, huyes?
Si la cerviz rehuyes
De los brazos amados,
¿Qué premio piensas dar a los cuidados?

Amor, en diferentes
Géneros dividido,
Él publica su fin, y quien le admite.
Todos los accidentes
De un amante atrevido
(Niéguelo o disimúlelo) permite.
Limite pues, limite
La vana resistencia;
Que, dada la ocasión, todo es licencia.

 


Al sueño

 

Imagen espantosa de la muerte,
sueño crüel, no turbes más mi pecho,
mostrándome cortado el nudo estrecho,
consuelo solo de mi adversa suerte.

Busca de algún tirano el muro fuerte,
de jaspe las paredes, de oro el techo,
o el rico avaro en el angosto lecho
haz que temblando con sudor despierte.

El uno vea el popular tumulto
romper con furia las herradas puertas,
o al sobornado siervo el hierro oculto.

El otro sus riquezas, descubiertas
con llave falsa o con violento insulto,
y déjale al amor sus glorias ciertas.

 


La vida en el campo

 

Llevó tras sí los pámpanos octubre,
Y con las grandes lluvias insolente,
No sufre Ibero márgenes ni puente,
Mas antes los vecinos campos cubre.

Moncayo, como suele, ya descubre
Coronada de nieve la alta frente;
Y el sol apenas vemos en oriente,
Cuando la opaca tierra nos lo encubre.

Sienten el mar y selvas ya la saña
Del Aquilón, y encierra su bramido
Gente en el puerto y gente en la cabaña.

Y Fabio, en el umbral de Tais tendido
Con vergonzosas lágrimas lo baña,
Debiéndolas al tiempo que ha perdido.

 


 

Tras importunas lluvias amanece,

coronando los montes el sol claro;

salta del lecho el labrador avaro;

que las horas ociosas aborrece.

 

La torva frente al duro yugo ofrece

el animal que a Europa fue tan caro;

sale, de su familia firme amparo,

y los surcos solícito enriquece.

 

Vuelve de noche a su mujer honesta,

que lumbre, mesa y lecho le apercibe,

y el enjambre de hijuelos le rodea.

 

Fáciles cosas cena con gran fiesta,

el sueño, sin envidia le recibe,

¡oh Corte, oh confusión!, ¿quién te deseas?

 


 

Dentro quiero vivir de mi fortuna
y huir los grandes nombres que derrama
con estatuas y títulos la Fama
por el cóncavo cerco de la luna.

Si con ellos no tengo cosa alguna
común de las que el vulgo sigue y ama,
bástame ver común la postrer cama,
del modo que lo fue la primer cuna.

Y entre estos dos umbrales de la vida,
distantes un espacio tan estrecho,
que en la entrada comienza la salida,

¿qué más aplauso quiero, o más provecho,
que ver mi fe de Filis admitida
y estar yo de la suya satisfecho?