Jovellanos ejemplar

José María Lassalle

El País - 27/04/2011

Para quienes la moderación es falta de espíritu y el sentido común debilidad acomplejada, la figura de Jovellanos (1744-1811) resultará siempre incómoda. Antípoda de la radicalidad y desmesura, demostró cómo la razón práctica y la prudencia pueden ser los aliados más idóneos en las decisiones políticas. Al menos si se quiere fomentar con ellas la paz social y la prosperidad. Consciente de ello, Jovellanos contribuyó a edificar un clima de concordia nacional que potenciase reformas basadas en la "libertad, sin la cual nada prospera", y la justicia, que combate los abusos y estimula la instrucción pública del pueblo. Su disposición en pos de ambos objetivos fue infatigable, a pesar de los altibajos a los que se vio sometido. Diez años de destierro y siete de prisión no cambiaron su compromiso sincero con ellos. Algo que reflejan tanto su escritura como el tenor de sus reflexiones. En este sentido, los testimonios de templanza y sensatez que definen los contornos más tangibles de su vida siguen en pie 200 años después de su fallecimiento. Constituyen un ejemplo de patriotismo desinteresado, sin ápice de rencor ni visceral animadversión hacia el contrario. Precisamente esta circunstancia resulta inédita en nuestra historia, reciente y pasada, donde la política se ha vivido como si fuera una experiencia fanática que casi siempre ha ignorado los cauces de negociación y entendimiento, ya que el oponente, lejos de ser respetado en su diferencia, ha sido interpretado como un enemigo al que no había que convencer sino tan solo, digámoslo así, aniquilar.

Pinzado por los atavismos seculares de la intransigencia hispana, soportó los sinsabores de la calumnia y la envidia sin alterar el juicio, ni tampoco el estilo y las ideas. Lo señala en sus Diarios: "Lo que llaman fortuna es lo de menos, porque... es cosa de quita y pon, y que se va y viene y no se detiene"; añadiendo a renglón seguido: "Virtud, instrucción: he aquí lo que siempre dura". De ambas dio muestra a lo largo de su cursus honorum. Primero, como magistrado en Sevilla. Después, ejerciendo de alto funcionario del Consejo de Castilla. Más tarde, como ministro de Justicia. Y, finalmente, como miembro de la Junta Central en los difíciles momentos de la Guerra de Independencia, cuando Napoleón doblegaba la resistencia española y nuestro país se debatía en la crueldad de una invasión y una soterrada guerra civil. En cada uno de estos cargos, su compromiso con la virtud pública y su instrucción en el manejo del interés general fue sobradamente acreditado. Quizá porque, educado en los conceptos que Feijóo perimetró en el ensayo Amor a la patria, nunca dudó de algo que hoy se olvida con facilidad: que las personas son para los cargos y no los cargos para las personas. Llevado por este apego virtuoso al desempeño de sus responsabilidades no debe extrañar que suscitara recelos abruptos. Sobre todo si era capaz de encararse con la reina María Luisa de Parma y preguntarle, ante la insistencia de ella a favor de uno de sus recomendados en la magistratura, sobre dónde había aprendido los saberes que le capacitaban para ello. A lo que respondió la esposa de Carlos IV con evidente enojo que: "En la escuela donde usted ha aprendido cortesía". Con tanto celo y apego a la ejemplaridad no es extraño que proliferaran sus enemigos. Especialmente entre los afines a Godoy y sus corruptelas, que estuvieron detrás del quebranto de su salud como ministro de Justicia y, después, de la condena sin proceso que lo condujo al castillo de Bellver acusado por la Inquisición de heterodoxia por su defensa de la Ilustración y el jansenismo.

Es sobradamente conocido que el hidalgo gijonés fue un actor decisivo para el desarrollo del programa de la Ilustración española. Estuvo en el corazón decisivo de ella, a la sombra de sus promotores: los Floridablanca, Campomanes, Aranda, Cabarrús, Olavide o Almodóvar, entre otros. Y aunque algunos, entre ellos Ortega y Menéndez Pelayo, despreciaron nuestro Siglo de las Luces, no cabe duda de que gracias al esfuerzo de los ilustrados, recuperamos en buena medida la sintonía perdida con el resto de Europa tras concluir la etapa final de los Austrias. Que nuestra Ilustración es digna de elogio lo demuestra precisamente la obra del asturiano. En ella se evidencia un pensamiento de altura, como sucede con el Informe sobre la ley agraria, receptivo a las novedades del continente pero, al mismo tiempo, generador de un poderoso impulso de modernidad y sugerencia. Lector de los ilustrados franceses, sin embargo, su torso más potente se aprecia en contacto con el pensamiento británico. En él es donde se palpa la huella de Locke, Ferguson, Adam Smith y Burke. Hasta el punto de percibir con nitidez en su pensamiento liberal-republicano el engarce entre los whigs británicos y los liberales españoles de Cádiz. Esta tesis, ya insinuada por Maravall en los años sesenta, merecería una atención más detallada. No hay que olvidar que Jovellanos llegó a afirmar que la dicha de España pasaba por emular el Estado político y económico de Inglaterra. Algo que reitera al adaptar la tesis de la Antigua Constitución blandida por los whigs en su lucha contra los Estuardo al invocar una Constitución española de carácter histórico y dinámico, abierta al cambio y que no respondería a un articulado en abstracto, sino a una progresiva decantación reformista que evitase institucionalmente el despotismo.

Cuando se cumple ahora el bicentenario de su fallecimiento, Gaspar Melchor de Jovellanos merece reivindicarse como un ejemplo a seguir a la hora de trenzar un relato que explique cómo afrontar la crisis que padecemos. Primero, porque encarna como pocos en nuestra historia la esencia del hombre moral que hizo de su servicio al país una empresa ejemplar de honradez, de dedicación admirable al interés general y al bien común. No en balde, su proyecto más personal y querido, el Instituto Asturiano, fue puesto al servicio de la "verdad y la utilidad pública", tal y como rezaba la leyenda que presidía una de sus puertas principales. Y segundo, porque nunca renunció a creer que, frente a las dificultades, no solo se pone a prueba la grandeza de los hombres y los pueblos, sino la fe en ellos mismos, pues la felicidad futura tan solo puede alcanzarse cultivando aquella mediocritas clásica basada en la austera aplicación, la sencillez esforzada y la entrega a un patriotismo que invoca la concordia y la unidad.

[José María Lassalle es secretario de Cultura del PP y diputado por Cantabria]