La sátira ilustrada y la novela didáctica

Justo Fernández López


Juan Pablo Forner y Segarra (1756-1797)

José Francisco de Isla y Rojo Padre Isla (1703-1781)


 

«La crítica, a menudo, ha puesto el acento sobre lo exiguo de la creación novelesca en la España del siglo XVIII. Es verdad que esta época no engendró ninguna obra digna de ser comparada con Don Quijote y capaz de irradiarse más allá de las fronteras. Se han alegado diferentes razones para explicar esta carencia. Se ha dicho que el desarrollo del ensayo didáctico, relacionado con la expansión de la prensa, se había realizado en detrimento de la literatura de ficción. La boga del teatro –representado y leído– explicaría el poco entusiasmo por la novela. Por su parte, Guillermo Carnero prefiere subrayar otros tres datos: el no reconocimiento de la novela en tanto género específico en los tratados literarios neoclásicos; la vigilancia extrema de la censura en materia de sensualidad, ideología e incluso en el tema de la imaginación; y, finalmente, cierta reticencia a aclimatar –y traducir– las obras maestras de la novela europea.

Y sin embargo, aunque parezca imposible, existe un público de lectores de novelas, como lo atestiguan las numerosas reediciones de Don Quijote, de los relatos picarescos –que tuvieron el éxito que ya sabemos en Inglaterra y Francia–, de las obras de un Francisco Santos, o aun de los Sueños de Quevedo.

A fin de cuentas, lo que se puede llamar lo novelesco no se amolda siempre a la forma tradicional de la novela, y puede tomar caminos insólitos: así el almanaque, tal como lo reinventa Torres de Villarroel, acoge textos que son auténticas novelas cortas. Tal construcción novelesca –epistolar, por ejemplo–, puesta al servicio de un proyecto crítico, podrá integrar fragmentos de ensayo; otra, abrir caminos que seguirá más tarde la literatura confesional; y otra incluso tendrá que ver más con una puesta en escena teatral con una narración.

Por eso, admitiendo de buena gana que este siglo no produjo novelas de envergadura, desearíamos mostrar que las ficciones que nos ha dejado la Ilustración merecen otra irada que la que se le da demasiado a menudo.» (Guy Mercadier: “Dos trayectorias novelescas”, en Canavaggio, Jean: Historia de la literatura española. Siglo XVIII. Barcelona: Ariel, 1995, tomo IV, p. 41-42)

La mayor parte de la prosa del siglo XVIII aparece teñida de didactismo. Incluso en la novela se concede más interés al fin educativo que al libre vuelo de la fantasía o a la bellaza del estilo. Lo más positivo de la época lo encontramos en el campo de la investigación y no en el de la pura creación poética.

«El sentido crítico suele agudizarse en épocas de escasa vitalidad artística, en las que la reflexión y el análisis ocupan el lugar de la auténtica creación estética. No se produce nada nuevo u original, pero se escriben montañas de libros y folletos y se entablan polémicas interminables en las que el elogio o la censura de nuestro pasado cultural adquieren una extraordinaria violencia. De ahí que la sátira sea uno de los aspectos más característicos de la literatura del siglo XVIII.» (J. García López)

En la literatura del XVIII la sátira alcanza no sólo su punto álgido en cuanto a volumen de escritos sino también una nueva función. La mayor parte de las sátiras escritas durante la Ilustración renuncia a la actitud medieval y barroca de criticar lo mundano partiendo de principios religiosos y adopta un punto de vista más pragmático. Ya no se trata de recriminar a los pecadores y amonestar a los creyentes, sino de corregir al que se extravía de la razón.

La sátira se emplea en el siglo ilustrado como un correctivo de los errores que impiden llegar a establecer un orden de convivencia social basado en la razón. La sátira es declarada ahora bien común. La sátira pierde ahora la función que tenía en el siglo anterior de servir de invectiva o escarnio, una sátira que estaba guiada más bien por la pasión y por los bajos instintos y estaba dirigida a personas concretas. La sátira de la Ilustración no está movida por el odio, sino por el afán racional de mejorar la situación social. Se aprovecha la sátira para poner en duda el régimen anterior y, despertando una nueva conciencia, poner las bases para el establecimiento de un nuevo ordenamiento político-social que obedezca a los dictados de la razón.

«La sátira estaba en relación directa con el criticismo de la centuria, pero en España, como suele ocurrir desde la política a la literatura, tomó muchas veces un aspecto personal y agrio, que le da un carácter inconfundible.» (Ángel Valbuena Prat)


Juan Pablo Forner y Segarra (1756-1797)

VIDA

Nació en Mérida. Se educó bajo la férula de su tío materno, el filósofo valenciano, lógico y famoso médico Andrés Piquer.

Cursó Filosofía y Jurisprudencia en Madrid y Toledo. Siendo aún estudiante, La Real Academia Española premió en 1782 su Sátira contra los abusos introducidos en la poesía castellana.

En 1783 desempeñó el cargo de abogado e historiador de la casa de Altamira. En 1778 era censor de obras de Historia y crítica. Fue profesor de jurisprudencia en Salamanca. Fue nombrado fiscal del crimen de la Audiencia de Sevilla (1790) y del Consejo de Castilla (1796).

Fue hombre erudito, un agrio, violento y certero polemista. De amplios recursos dialécticos, hizo objeto de sus burlas a casi todos sus contemporáneos usando distintos pseudónimos. Picado de vanidad y cierto engreimiento, la historia literaria de Forner es una continua discusión acre con Tomás de Iriarte, Vicente García de la Huerta, Trigueros o Tomás Antonio Sánchez entre otros, contra quienes lanzó dicterios en sátiras personales y se mostró particularmente envidioso. Sus diatribas alcanzaban tal virulencia que hubo de publicarse un decreto prohibiéndole publicar nada sin autorización real.

Murió en 1797, cuando iba a ser nombrado presidente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

«Su cultura fue enorme. Su patriotismo, conmovedor. Su estilo, nervioso, lleno de pasión y de tersura. Su prosa, acerada y contundente. Buida, casi perversa, su pasmosa agudeza crítica.» (F. C. Sainz de Robles)

Forner era un hombre complejo y contradictorio aunque, en definitiva, fue un ilustrado cabal y seguramente más lúcido que otros. De hecho, resume bien la mentalidad de una época renovadora y de crisis como la española de ese tiempo: finales del siglo XVIII.

OBRA

La fama más sólida y duradera de Forner está vinculada a dos obras: el Discurso sobre el modo de escribir y mejorar la historia de España y las Exequias de la lengua castellana.

Sátira contra los abusos introducidos en la poesía castellana (1782)

Compuesta siendo estudiante en Salamanca, fue premiada por la Real Academia en 1782.

Exequias de la lengua castellana (1782)

(Biblioteca de autores españoles, vol. LXIII)

Esta obra capital de Forner, que su autor subtituló «Sátira menipea», es una ficción alegórica del género de La Republica Literaria o La derrota de los pedantes. Con ocasión de un viaje al Parnaso, el autor traba contacto con diversos personajes, escritores famosos los más, y recorren casi todo el campo de nuestra literatura emitiendo juicios sobre los clásicos y repetidas ironías contra los modernos, defiende con pasión las glorias pasadas y la emprende implacablemente contra los corruptores de la lengua, a la que estima ya en trance de muerte entre desatinados galicistas y dómines pedantes, que continúan sirviéndose de un bárbaro latín. Teoriza además sobre los diversos géneros literarios, y tampoco pierde ocasión de disparar pullas contra instituciones y clases sociales.

«La consecuencia final de la ficción, de las Exequias, es la de que la lengua castellana no está muerta, pero sí en un desmayo o parasismo debido a la incapacidad de sus cultivadores. El discurso final de Apolo es una apología del idioma, majestuoso para los asuntos impregnados de grandeza, pomposo y sonoro para lo magnífico y aparatoso; suave, blando, fino, para los temas de amor; expresivo, para el ingenio; lozano, para las burlas; cándido y sencillo, para lo pastoril. En torno a la prolija pero interesante acción, surgen multitud de frases para caracterizar a escritores o para teorizar sobre el teatro, que ofrecen aciertos actuales o lugares comunes de época según los casos, dentro de un estilo lleno de fuerza y seguridad.» (Ángel Valbuena Prat: Historia de la literatura española. Barcelona, 1968, vol. III, p. 75)

El asno erudito, fábula original, obra póstuma de un poeta anónimo (1782)

Cuando Iriarte publicó sus Fábulas literarias (1782), Forner se lanzó decididamente al ataque publicando un folleto titulado El asno erudito. La obrita consta de un prólogo en prosa, del editor, y sigue luego la fábula en metro de silva. Las alusiones, apenas veladas, a Iriarte son numerosísimas y muchas de tipo personal. La sátira de Forner hizo bastante ruido. Don Tomás de Iriarte contestó a Forner casi inmediatamente con otro folleto a modo de carta.

Los gramáticos. Historia chinesca (1782)

La respuesta del fabulista Iriarte a El asno erudito irritó a Forner que contrarreplicó violentamente con un nuevo escrito, Los gramáticos. Historia chinesca. La acción alegórica sucede en la China, y los diversos personajes son transposiciones de los Iriarte y del propio Forner: Pekín simboliza a España, y Japón simboliza a Francia.

Argumento: Un joven chino, Chao-Kong (Juan de Iriarte), es nombrado preceptor del hijo de un noble después de haber estudiado con los bonzos del Japón; a pesar de su corta ciencia logra encumbrarse, y una vez situado en la corte imperial llama a sus dos sobrino. Uno de ellos, Chu-su (Tomás de Iriarte) es adiestrado por su tío en el arte de ser poeta y de parecer sabio sin serlo. Un joven, acabado de llegar a la corte (doble de Forner) publica un folleto llamando asno a Chu-su. Kin-Taiso le persuade a que haga un viaje a Europa en compañía de un filósofo español amigo suyo. En Madrid se entera de una disputa entre dos literatos españoles, muy semejante a lo que acaba de sucederle a él mismo, y se entera de la pésima calidad de las obras de don Tomás de Iriarte, a quien se había propuesto imitar. Con ello queda persuadido de su propia ignorancia y regresa a su país para estudiar y corregirse de su petulancia.

Oración apologética por la España y su mérito literario (1786)

Forner fue un apasionado nacionalista y por eso defendió la cultura española en su respuesta al despreciativo juicio de Masson de Morvilliers en la Enciclopédie Méthodique (1782): ¿Qué se debe a España? (que, en realidad, quería ayudar a los ilustrados españoles para impulsar sus Luces). La Academia Española, arrastrada por la presión de los «patriotas», anunció como tema de su concurso anual una «apología» de la nación. La obra de Forner, Oración apologética, fue publicada a cuenta del Estado, lo que le valió a Forner la parodia y las chuflas de otros ilustrados, por su apego a los poderosos.

Discursos filosóficos sobre el hombre (1787)

Reflexiones sobre el modo de escribir la historia de España (1814)

En estas reflexiones, Forner echa los cimientos de una verdadera teoría estética de la Historia. Traza un paralelo entre la Historia y la Poesía para deducir cuál debe ser la forma esencial de aquella. En este ensayo se manifiesta la adhesión del autor a los principios del despotismo ilustrado.

Discurso sobre la tortura (1990, edición de Santiago Mollfulleda)


José Francisco de Isla y Rojo Padre Isla (1703-1781)

VIDA

José Francisco Isla de la Torre y Rojo nació en Vidanes (León). Aunque nacido accidentalmente en Vidanes (cerca de Cistierna) en la montaña oriental leonesa, pasó su infancia y adolescencia en la villa de Valderas de donde era su madre oriunda, en el sur de la provincia de León. Nació en una familia de pequeña nobleza.

Ingresó en la Compañía de Jesús con dieciséis años y estudió filosofía y teología en la Universidad de Salamanca, en donde tuvo como maestro al padre Losada, espíritu brillante y cáustico, que alentará su vocación literaria y lo invitará a colaborar en la redacción de La juventud triunfante (1727).

Fue profesor de Filosofía y Teología en Segovia, Santiago de Compostela, Medina del Campo y Pamplona. Destacó también como predicador en Valladolid y Zaragoza. Se relaciona con escritores y personalidades religiosas y políticas. Se le propone ser el confesor de la reina Bárbara de Braganza, honor que rechaza, temiendo perder así su libertad de escritor.

Durante varios años residió en Villagarcía de Campos (Valladolid), hasta 1767, año en que tuvo que abandonar España cuando fueron expulsados los jesuitas. Vivió posteriormente en Córcega y Bolonia, ciudad donde murió.

Célebre crítico, literato e historiador español, de la orden de los jesuitas, desempeñó varias cátedras en su orden, y se distinguió especialmente por su crítica severa, que ejerció en particular contra el mal gusto que se había introducido en la elocuencia sagrada. Después de la expulsión de los jesuitas de España se trasladó a Italia, y fijó su residencia en Bolonia, donde acabó sus días.

OBRAS

El Padre Isla fue autor de varias obras satíricas. Es el autor de la novela más importante del siglo XVIII español: una sátira contra la ignorancia, la ampulosa elocuencia y la pedantería de los predicadores de su tiempo, titulada Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias Zotes.

Papeles crítico-apologéticos (1726)

El tapabocas (1727)

La juventud triunfante (1727)

Obra escrita en colaboración con un profesor jesuita, el padre Luis de Losada (1681-1748). Isla compuso la segunda mitad del libro, que hoy no tiene más que interés arqueológico. Se trata de una descripción en prosa y verso, con cuatro comedias intercaladas, sin nombre de autor, de las fiestas celebradas con motivo de la canonización de San Luis Gonzaga y San Estanislao de Kotska. Se trata de misceláneas donde los panegíricos inflamados se mezclan con diálogos y relatos carnavalescos.

Cartas de Juan de la Encina (1732)

Colección de chistes escatológicos dirigida contra un médico y cirujano segoviano a su juicio bastante malo, José Carmona, autor de un tratado para curar los sabañones. El tema da alas al autor para salpicar el texto con juegos de palabras y cuentos sabrosos de gran agilidad.

Triunfo del amor y de la lealtad. Día grande de Navarra (1746)

Relación de las fiestas celebradas en Pamplona con motivo del advenimiento de Fernando VI, y en la cual empleó una sátira tan delicada que al principio pasó desapercibida. La obra fue escrita por encargo de la diputación, pero se cree ver en ella un panegírico envenenado, e Isla abandona Pamplona, donde enseñaba desde 1744.

«La diputación, encantada al principio con el resultado, no tarda en olfatear la burla lanzada contra el patriotismo de los navarros y contra ese tipo de celebración. Protesta y se resigna finalmente a aceptar las justificaciones del autor. Al leer ciertas páginas, el lector podía en efecto engañarse: fingiendo aceptar las reglas del género, Isla lo arruina desde dentro, reemplaza el ditirambo por su pastiche, entremezcla los estilos más heterogéneos. Como en los escritos precedentes, el proyecto más evidente sigue siendo el de satirizar las ampulosidades de un lenguaje consagrado, ya se trate del discurso médico o del discurso grandioso de la celebración política y religiosa.» (Guy Mercadier: “Dos trayectorias novelescas”, en Canavaggio, Jean: Historia de la literatura española. Siglo XVIII. Barcelona: Ariel, 1995, tomo IV, p. 62-63)

Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias Zotes (1758 – segunda parte 1768)

Se trata de una narración novelística satírica y burlesca acerca de los malos predicadores, que aún seguían aún el estilo pomposo y pedante de los predicadores gongorinos del barroco, y un tratado didáctico de oratoria sagrada. En esta combinación intercala el autor además diversos cuentos y chascarrillos. Es un ataque al barroquismo en sus últimas formas degeneradas. Por otro lado la obra presenta una serie de tipos y costumbres populares, con toda clase de detalles y lujo de descripciones de todo tipo, tanto de gentes como de ciudades y casas con mobiliario incluido. Se puede considerar como una obra documental y costumbrista.

Argumento: Fray Gerundio nace en Campazas, provincia de León, hijo del labrador Antón Zotes y de la tía Catalina Rebollo, su mujer. Tras estudiar sus primeras letras en la escuela rural de Villaornate y gramática latina con un dómine pedante y estrafalario, decide de rondón meterse fraile, conquistado por la descripción de la regalada vida de convento que le hace un lego de paso por su casa. Acabado el noviciado sin haber entendido palabra en sus estudios, cae en manos del predicador mayor del convento, fray Blas, que toma a Gerundio por su cuenta, lo encamina hacia la oratoria y lo forma según su propio estilo.

«El argumento resultaría poco sustancia si en él no se insertara un debate constante sobre lo que debe ser la verdadera predicación, entre los partidarios de un estilo despojado, que sólo tiende a persuadir y elevar el alma, y los que se complacen en afectaciones ridículas para pasmar al auditorio.

Isla pensó en un momento llamar a su personaje “fray Quijote”: así, a imagen del ilustre predecesor, la hubiera emprendido abiertamente contra nuevos molinos de viento. De hecho, la organización narrativa está colocada bajo la invocación de Cervantes. [...] Cuando la didáctica –a menudo pesada– cede paso al arte de contar, el lector actual tiene motivo de regocijo; se apreciarán sabrosos guiños a la tradición picaresca y burlesca y, aun más, una manera muy original de trazar en vivo un retrato o una escena. [...] Isla comparte las preocupaciones de su época sobre el afrancesamiento excesivo; como lo harán muchos otros, las expresa de manera satírica. Era más peligroso enfrentarse con la incultura, el mal gusto y la dolce vita de algunos religiosos. También en esto sus combates prolongan los que antaño sostuvieron los humanistas, y más recientemente Feijoo, contra los abusos de todo tipo; Isla vuelve a encontrarse en plena armonía con la Ilustración.» (Guy Mercadier, o. cit., p. 65)

La novela, que consta de dos partes con tres libros cada una, es de considerable extensión, y sin embargo, no pasa de las primeras escaramuzas de fray Gerundio, que solo predica ante el lector dos sermones y medio. El resto de la obra lo componen las enseñanzas de fray Blas a su pupilo.

Este relato satírico imita el tono satírico de Cervantes y la novela picaresca. La vida novelesca sólo aparece en ciertos cuadros de la realidad, como las costumbres de los campesinos o los eclesiásticos, cuya descripción incisiva constituye el valor esencial de la obra. Este relato tuvo amplia difusión y provocó el enfado de determinados sectores eclesiásticos que se consideraron aludidos y ridiculizados, pero fue una de las lecturas favoritas de ciertos aristócratas ilustrados.

El Padre Isla publicó esta novela bajo el nombre ficticio de Francisco Lobón de Salazar, obra que se agotó en tres días. El obispo de Palencia se opuso a que la obra fuera impresa en su diócesis, por lo que Isla la hizo publicar en Madrid. El Consejo de la Inquisición, el 14 de marzo de 1758, ordenó suspender «hasta nueva orden» la reimpresión de la primera parte y la impresión de la segunda. Más tarde, prohibió el libro, por decreto del 20 de mayo de 1760, después de un proceso de dos años. La segunda parte apareció en edición clandestina, en 1768 y la Inquisición la prohibió igualmente por decreto de 1766.

Fray Gerundio se distingue por su mal gusto y su audacia a la hora de emplear frases rebuscadas y sin ningún sentido. Junto a la figura principal aparecen otros dos personajes claves para el desarrollo de la novela: fray Blas, el maestro de Gerundio, un hombre grotesco y exageradamente culterano y fray Prudencio, otro predicador amigo de fray Gerundio, hombre sabio y prudente que trata de encauzar la oratoria de éste.

Cartas familiares y sermones (1785

Según todos los críticos, Isla es un magnífico epistológrafo. Sus amigos lo presionaban para que publicara sus cartas, cosa que al padre Isla le horrorizaba. Su hermana María Francisca ofreció una recopilación póstuma, que es lo mejor de la prosa de Isla. Las cartas muestra la apertura de espíritu de Isla y su espontaneidad y frescura. Confiesa que le aburre confesar (“voy a darme una panzada de pecados”), habla de su debilidad por el chocolate, la siesta y la caza, así como la resignación frente al exilio y la enfermedad.

El traductor

El novelista y dramaturgo francés Alain René Lesage (1668-1747) consiguió un lugar en la historia de la literatura con su novela picaresca Historia de Gil Blas de Santillana (L'Histoire de Gil Blas de Santillane), publicada en 4 volúmenes entre 1715 y 1735. Se considera como la última gran novela picaresca antes de que el género diera paso a la picaresca realista inglesa con las obras de Tobias Smollett o Henry Fielding, en los que influyó.

El relato cuenta las aventuras de un pillo y está escrito a la manera de las novelas picarescas españolas de los siglos XVI y XVII, tomando como modelo la novela picaresca Relaciones de la vida del Escudero Marcos de Obregón (1618) del poeta y músico español Vicente Espinel (1551-1624).

Llama la atención que sea una obra francesa en un contexto tan marcadamente español, por lo que su originalidad ha sido puesta en duda. Fue Voltaire el primero en señalar las similitudes existentes entre Gil Blas y Marcos de Obregón, de Espinel, de la que Lesage parece haber copiado varios detalles. Juan Antonio Llorente llegó a sugerir que Gil Blas había sido escrita por el historiador Solís, argumentando que ningún escritor francés contemporáneo de Lesage podría haber escrito una obra con el nivel de detalle y la precisión mostradas por Gil Blas.

Considerando que el Gil Blas de Lesage era una novela esencialmente española, el padre José Francisco de Isla reclamó que fuera inmediatamente traducida del francés al castellano para poder devolverla a su contexto natural. Y fue el padre Isla quien tradujo la novela con un título combativo: Aventuras de Gil Blas de Santillana, robadas a España y adoptadas en Francia por Monsieur Le Sage, restituidas a su patria y su lengua nativa por un Español zeloso, que no sufre se burlen de su nación (Madrid, 1787-1788). A la traducción le agregó un largo prefacio en el que afirma que Lesage no ha hecho más que traducir y apropiarse del manuscrito, impublicable en España, de un misterioso “abogado andaluz”.

«En una de sus Cartas familiares dejará entrever la mistificación, ya sutilmente inscrita en el mismo prefacio. Pero lejos de las pasiones entonces inflamadas, hoy se comprende mejor por qué los españoles se reconocían en la “restitución” de Isla, rindiendo así un homenaje indirecto al retrato que de ellos había sabido trazar el novelista francés.» (Guy Mercadier, o. cit., p. 66)