Leandro Fernández de Moratín (1760–1828)

Textos


Soneto

Las musas

Sabia Polimnia en razonar sonoro

verdades dicta, disipando errores;

mide Urania los cercos superiores

de los planetas y el luciente coro;

 

une en la historia el interés decoro

Clío, y Euterpe canta los pastores;

mudanzas de la suerte y sus rigores

Melpómene feroz, bañada en lloro;

 

Calíope victorias; danzas guía

Terpsícore gentil; Erato en rosas

cubre las flechas del amor y el arco;

 

pinta vicios ridículos Talía

en fábulas que anima deleitosas;

y esta le inspira al español Incarco.

 


Soneto

Julio Bruto

Suena confuso y mísero lamento  
 por la ciudad; corre la plebe al foro,  
 y entre las faces que le dan decoro  
 ve al gran Senado en el sublime asiento.  
 
 Los cónsules allí. Ya el instrumento 
 de Marte llama la atención sonoro;  
 arde el incienso en los alteres de oro,  
 y leve el humo se difunde al viento.  
 
 Valerio alza la diestra; en ese instante  
 al uno y otro joven infelice 
 hiere el lictor, y sus cabezas toma.  
 
 Mudo terror al vulgo circunstante  
 ocupa. Bruto se levanta, y dice:  
 «Gracias, Jove inmortal; ya es libre Roma.»  

 


Epigrama

 

Aquí yace mi mujer

¡qué dicha para los dos!

ella se fue a ver a Dios,

y Dios me ha venido a ver.

 


Epigrama
A un escritor desventurado, cuyo libro nadie quiso comprar

En un cartelón leí,

que tu obrilla baladí

la vende Navamorcuende...

No has de decir que la vende;

sino que la tiene allí.

 


Epigrama

A Munárriz

 

Tu crítica majadera
de los dramas que escribí,
Pedancio, poco me altera;
mas pesadumbre tuviera
si te gustaran a ti.

 


Epigrama

A Lebia, modista

Cuando a nuestras damas bellas

adorna tu docto afán,

Venus y Amor te dan

más que de debieron ellas.


Soneto

 La noche de Montiel


¿Adónde, adónde está, dice el Infante  
 ese feroz tirano de Castilla?  
 Pedro al verle, desnuda la cuchilla,  
 y se presenta a su rival delante.  
 
 Cierra con él, y en lucha vacilante 
 le postra, y pone al pecho la rodilla:  
 Beltrán (aunque sus glorias amancilla)  
 trueca a los hados del temido instante.  
 
 Herido el rey por la fraterna mano,  
 joven expira con horrenda muerte, 
 y el trono y los rencores abandona.  
 
 No aguardes premios en el Mundo vano  
 la inocente virtud; si das la suerte  
 por un delito atroz, una corona.
 


Soneto
  La despedida

 

Nací de honesta madre: diome el cielo
fácil ingenio en gracias afluente;
dirigir supo el ánimo inocente
a la virtud el paternal desvelo.

Con sabio estudio, infatigable anhelo,
pude adquirir coronas a mi frente;
la corva scena resonó en frecuente
aplauso, alzando de mi nombre el vuelo.

Dócil, veraz, de muchos ofendido,
de ninguno ofensor, las musas bellas
mi pasión fueron, el honor mi guía.

Pero si así las leyes atropellas,
si para ti los méritos han sido
culpas, a Dios, ingrata patria mía.

 


Soneto

Por nada, como ves
 

-Siete duros al mes de peluquero;
para calzarme, nueve; las criadas
-que necesito dos- no están pagadas
si no les doy cien reales en dinero.

Diez duros al bribón de mi casero;
telas, plumas, caireles, arracadas,
blondas, medias, hechuras y puntadas
de madama Burlet y del platero...

noventa duros, poco más. -Noventa,
diez, siete, nueve, cinco... ¡Y la comida!
-¿No la quiere pagar, y somos cuatro?

-¿Y esto en un mes? -Si a usted no le contenta...
-Sí, calla. Bien. ¡Hermosa de mi vida!...
¡Ay del que tiene amor en el teatro!
 


Oda

A D. Gaspar de Jovellanos
 

Id en las alas del raudo céfiro,
humildes versos, de las floridas
vegas que diáfano fecunda el Arlas,
adonde lento mi patrio río
ve los alcázares de Mantua excelsa,
id, y al ilustre Jovino, tanto
de vos amigo, caro a las Musas,
para mí siempre numen benévolo,
id, rudos versos, y veneradle;
que nunca, o rápidas las horas vuelen,
o en larga ausencia viva remoto,
olvida méritos suyos Inarco.
No, que mil veces su nombre presta
voz a mi cítara, materia al verso,
y al numen tímido llama celeste.
Yo le celebro, y al son armónico
toda enmudece la selva umbría,
por donde el Tajo plácidas ondas
vierte, del árbol sacro a Minerva
la sien ceñida, flores y pámpanos.
Tal vez sus Ninfas girando en torno
sonora espuma cándida rompen,
del cuello apartan las hebras húmidas,
y el pecho alzando de formas bellas,
conmigo al ínclito varón aplauden;
dando a los aires coros alegres,
que el eco en grutas repite cóncavas.

 


Epístola

A la marquesa de Villafranca

Con motivo del nacimiento de su hijo primogénito, Conde de Niebla

Faltó mi anuncio, y generoso el cielo,
más que yo pude prevenir, destina
felicidades a tu casa ilustre,
cuando de tu cariño el digno fruto,
señora, al mundo das. Juzgué que vieras
tu sexo y gracias repetirse, y toda
tu hermosura gentil, en la querida
prenda que ya dulce te mira y ríe.
¡Oh, vana predicción! Mayor cuidado
merece al Numen que sustenta el orbe
de los Toledos la prosapia excelsa
premios más altos la virtud merece,
el tierno y casto amor, la no manchada
pureza conyugal. Mira cumplidos
los votos ya de tu feliz esposo,
y los tuyos también, y los de tantos
pueblos que en ti ven su señora y madre.
 
Ése que duermes en ebúrnea cuna
pequeño infante, es un Guzmán; de aquella
estirpe clara sucesor que un día
fue de la patria impenetrable escudo,
y en su defensa derramó inflexible
la propia sangre. De Tarifa el alto
muro, sitiado de agarenas huestes,
supo guardar su generoso abuelo.
Vio de cadenas sin piedad ceñido
el joven infeliz, oyó sus voces,
y el ruego y llanto de doliente esposa,
y supo ser leal. Le ofrece el moro
pactos indignos, y amenaza al cuello
del inocente, si Guzmán resiste;
él se desciñe la temida espada,
la tira al campo y, si no quieres, dijo,
la tuya ensangrentar, ésa es la mía.
 
¡Oh constancia! ¡Oh valor! Vive precioso
niño, y el claro ejemplo que los tuyos,
Te dan, imita. Vive, si de tanta
ilustre acción te ha de inflamar la gloria.
Que ya del vicio y corrupción infame
harto el estrago se difunde y crece.
La disciplina militar, el celo
por el público bien, costumbres puras
faltaron... Vive: que la patria nuestra,
honor, virtud, Guzmanes necesita.
 


Romance

Más vale callar
 

¿Qué será que habiendo sido
la Musa que tanto honráis,
en obedeceros pronta,
con sumisa voluntad;
 
hoy tan perezosa esté,
que no me quiere inspirar
los versos que me pedís,
si cuando pedís, mandáis?
 
¿Acaso pudo el deseo
de complaceros faltar,
o acabaron los calores
con su vena perenal?
 
¿O, fatigada tal vez,
de traducir y firmar,
tiempo la falta y humor
para ser original?
 
Y en tanto, a mí se me acusa
de indolente y holgazán;
ella se abanica y ríe,
yo me apuro, y vos instáis.
 
¿Que la cuesta en libres versos
maldecir y murmurar,
sátiras dictando alegres,
llenas de pimienta y sal?
 
¿Acaso la edad presente
tan corta materia da?
¿Tan leves son nuestros vicios?
¿Tan pocas locuras hay?
 
Si la mandaran fingir,
y con astucia falaz,
aplaudir los desaciertos,
los delitos adorar
 
Yo el primero disculpara
su silencio pertinaz:
que es mejor cuando el asunto
obliga a mentir, callar;
 
Pero si queréis que sólo
dicte sátira mordaz:
¿No es decirla claramente,
musa, dinos la verdad?
 
¿Pues porque de la ocasión
no se debe aprovechar,
y dar una felpa a tanto
literato charlatán?
 
Tantos eruditos hueros,
curo talento venal
nos da en menudos las ciencias,
que no supieron jamás.
 
Tanto insípido hablador,
tanto traductor audaz,
novelistas indecentes,
políticos de desván.
 
Disertadores eternos
de virtud y de moral,
que por no tenerla en casa
la venden a los demás.
 
¿Y por qué tantos copleros,
que en su discorde cantar
ranas parecen, que habitan
cenagoso charquetal;
 
ha de tolerar mi Musa
que metrifiquen en paz,
y se metan a escribir
por no querer estudiar?
 
¿Ella no fue la que un día
dio lección tan magistral,
(haciendo el ancho teatro
púlpito de la verdad)
 
que a todo autorcilloso astroso
lleno de terrible afán;
creyendo cercano el punto
de su exterminio final?
 
¡Oh!, estúpidos, escribid,
imprimid, representad;
que el siglo de la ignorancia
largos años durará.
 
Y mientras al rudo vulgo
embobéis y corrompáis,
con farsas, que Apolo al verlas,
padece gota coral;
 
ni faltará quien os dé
para vestir y mascar,
ni habrá un cristiano que os diga:
vencejos, no chilléis más.
 
Seguid, y lluevan abates,
moros, pillos de arrabal,
arrieros, trongas y diablos,
con su rabillo detrás.
 
Y si el público se hastía
de ver tanta necedad;
váyase a dormir tres horas
a los Caños del Peral.
 
Pero, señor, si la Musa
se llega a determinar,
se anima y os obedece,
y tras todos ellos da:
 
y en justa sátira y docta
los tonos quiere imitar,
del siempre festivo Horacio,
o el cáustico Juvenal;
 
¿No será de tanto monstruo
las cóleras provocar,
y exponer a mil estragos
su decoro virginal?
 
¿No veis que yace el Parnaso
en triste cautividad,
y en él bárbaras catervas
atrincheradas están?
 
No señor: pues siempre ha sido
para vos fina y leal
mi pobre Musa, y os debe
lo que no os puede pagar;
 
no la mandéis que de tanto
necio se burle jamás,
ni les riña en castellano;
porque no la entenderán.
 
Sátiras no: que producen
odio y encono mortal;
y entre los tontos, padece
martirio la ingenuidad.
 


Oda

A los colegiales de S. Clemente de Bolonia

¿Por qué con falsa risa
me preguntáis, amigos,
El número de lustros que cumplí?
Y en la duda indecisa
citáis para testigos,
los que huyeron aprisa
crespos cabellos que en mi frente vi.
 
Pues no los años fueron
los que con mano dura
Me los llevaron, ni doliente ardor;
parte al afán cedieron
que el estudio procura,
parte despojos dieron
a tus victorias, ceguezuelo Amor.
 
¿Veis que en mi rostro imprima
el tiempo sus pisadas,
la lengua turbe, o debilite el pie?
¿Veis que mi espalda oprima?
¿O de brillar cansadas,
la actividad reprima
de entrambas luces con que siempre hablé?
Pues si el ardiente brío,
que la edad deteriora
con su fuga veloz, existe en mí:
¿No es vano desvarío
vuestra demanda ahora?
Si alegre canto y río,
soy joven fuerte, como joven fui.
 
Lo soy, y vigoroso
siento que late y vive,
propenso a la virtud, mi corazón;
y en placer delicioso
afectos mil recibe
movimiento dichoso
del alma, si los templa la razón.
 
Tal vez Febo me envía
entusiasmo divino,
que a la helada vejez repugna dar;
y la nueva armonía
de idioma peregrino,
las Náyades que cría
el Reno humilde, salen a escuchar.
 
Seguidme, y al umbroso
bosque, mansión de Flora,
que el templo cerca del Amor, venid.
Dadme, dadme oloroso
incienso y la sonora
cítara, y de frondoso
mirto mis sienes cándidas ceñid.
 
Mancebos y doncellas
cantan el himno sacro,
y la pompa solemne comenzó.
¿Veis que llegaron ellas,
y en torno al simulacro
esparcen flores bellas,
y el coro de los jóvenes siguió?
 
Yo con estos unido
presentaré mis dones,
cuando postrados ante el ara estén.
Del certero Cupido
sintieron los arpones...
¡Ay!, que en vano he querido
burlar sus tiros, y me hirió también.
 


Epístola a Claudio

El filosofastro

 

Ayer, don Ermeguncio, aquel pedante
locuaz, declamador, a verme vino
en punto de las diez. Si de él te acuerdas,
sabrás que no tan solo es importuno,
presumido, embrollón, sino que a tantas
gracias añade la de ser goloso
más que el perro de Filis. No te puedo
decir con cuántas indirectas frases
y tropos elegantes y floridos
me pidió de almorzar. Cedí al encanto
de su elocuencia, y vieras conducida
del rústico gallego que me sirve
ancha bandeja con tazón chinesco
rebosando de hirviente chocolate
(ración cumplida para tres prelados
benedictinos), y en cristal luciente,
agua que serenó barro de Andújar;
tierno y sabroso pan, mucha abundancia
de leves tortas y bizcochos duros,
que toda absorben la poción süave
de Soconusco, y su dureza pierden.
No con tanto placer el lobo hambriento
mira la enferma res, que en solitario
bosque perdió el pastor; como el ayuno
huésped el don que le presento opimo.

Antes de comenzar el gran destrozo,
altos elogios hizo del fragante
aroma que la taza despedía,
del esponjoso pan, de los dorados
bollos, del plato, del mantel, del agua;
y empieza a devorar. Mas no presumas
que por eso calló: diserta y come,
engulle y grita, fatigando a un tiempo
estómago y pulmón. ¡Qué cosas dijo!
¡Cuánta doctrina acumuló, citando
vengan al caso o no, godos y etruscos!
Al fin, en ronca voz: "¡Oh edad nefanda,
vicios abominables! ¡Oh costumbres!
¡Oh corrupción!" exclama, y de camino
dos tortas se tragó. "¡Qué a tanto llegue
nuestra depravación, y un placer solo
tantos afanes y dolor produzca
a la oprimida humanidad! Por este
sorbo llenamos de miseria y luto
la América infeliz, por él Europa,
la culta Europa en el Oriente usurpa
vastas regiones, porque puso en ellas
naturaleza el cinamomo ardiente;
y para que más grato el gusto adule
este licor, en duros eslabones
hace gemir al atezado pueblo
que en África compró, simple y desnudo.
¡Oh! ¡qué abominación!" Dijo, y llorando
lágrimas de dolor, se echó de un golpe
cuanto en el hondo cangilón quedaba.

Claudio, si tú no lloras, pues la risa
llanto causa también, de mármol eres,
que es mucha erudición, celo muy puro,
mucho prurito de censura estoica
el de mi huésped; y este celo, y esta
comezón docta, es general locura
del filosofador siglo presente.
Más difíciles somos y atrevidos
que nuestros padres, más innovadores,
pero mejores no. Mucha doctrina,
poca virtud. No hay picarón tramposo,
venal, entremetido, disoluto,
infame delator, amigo falso,
que ya no ejerza autoridad censoria
en la Puerta del Sol, y allí gobierne
los estados del mundo, las costumbres,
los ritos y las leyes mude y quite.
Próculo, que se viste y calza y come
de calumniar y de mentir, publica
centones de moral. Nevio, que puso
pleito a su madre y la encerró por loca,
dice que ya la autoridad paterna
ni apoyos tiene ni vigor, y nace
la corrupción de aquí. Zenón, que trata
de no pagar a su pupila el dote,
habiéndola comido el patrimonio
que en su mano rapaz la ley le entrega,
dice que no hay justicia, y se conduele
de que la probidad es nombre vano.
Rufino, que vendió por precio infame
las gracias de su esposa, solicita
una insignia de honor. Camilo apunta
cien onzas, mil, a la mayor de espadas,
en ilustres garitos disipando
la sangre de sus pueblos infelices,
y habla de patriotismo... Claudio, todos
predican ya virtud, como el hambriento
don Ermeguncio cuando sorbe y llora...
Dichoso aquél que la practica y calla.

 


Elegía a las musas

 

Esta corona, adorno de mi frente,
Esta sonante lira y flautas de oro
Y máscaras alegres, que algún día
Me disteis, sacras Musas, de mis manos
Trémulas recibid, y el canto acabe,
Que fuera osado intento repetirlo.
He visto ya cómo la edad ligera,
Apresurando a no volver las horas,
Robó con ellas su vigor al numen.
Sé que negáis vuestro favor divino
A la cansada senectud, y en vano
Fuera implorarlo; pero en tanto, bellas
Ninfas, del verde Pindo habitadoras,
No me neguéis que os agradezca humilde
Los bienes que os debí. Si pude un día,
No indigno sucesor de nombre ilustre,
Dilatarlo famoso, a vos fue dado
Llevar al fin mi atrevimiento. Sólo
Pudo bastar vuestro amoroso anhelo
A prestarme constancia en los afanes
Que turbaron mi paz, cuando insolente
Vano saber, enconos y venganzas,
Codicia y ambición, la patria mía
Abandonaron a civil discordia.

Yo vi del polvo levantarse audaces,
A dominar y perecer, tiranos:
Atropellarse efímeras las leyes,
Y llamarse virtudes los delitos.
Vi las fraternas armas nuestros muros
Bañar en sangre nuestra, combatirse,
Vencido y vencedor hijos de España,
Y el trono desplomándose al vendido
Ímpetu popular. De las arenas
Que el mar sacude en la fenicia Gades,
A las que el Tajo lusitano envuelve
En oro y conchas, uno y otro imperio,

Iras, desorden esparciendo y luto,
Comunicarse el funeral estrago.
Así cuando en Sicilia el Etna ronco
Revienta incendios, su bifronte cima
Cubre el Vesubio en humo denso y llamas,
Turba el Averno sus calladas ondas;
Y allá del Tibre en la ribera etrusca
Se estremece la cúpula soberbia
Que al Vicario de Cristo da sepulcro.

¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro?
¿Quién dar al verso acordes armonías,
Oyendo resonar grito de muerte?
Tronó la tempestad: bramó iracundo
El huracán, y arrebató a los campos
Sus frutos, su matiz: la rica pompa
Destrozó de los árboles sombríos:
Todas huyeron tímidas las aves
Del blando nido, en el espanto mudas;
No más trinos de amor. Así agitaron
Los tardos arios mi existencia, y pudo
Sólo en región extraña el oprimido
Ánimo hallar dulce descanso y vida.

Breve será; que ya la tumba aguarda
Y sus mármoles abre a recibirme;
Ya los voy a ocupar... Si no es eterno
El rigor de los hados, y reservan
A mi patria infeliz mayor ventura,
Dénsela presto, y mi postrer suspiro
Será por ella... Prevenid en tanto
Flébiles tonos, enlazad coronas
De ciprés funeral, Musas celestes;
Y donde a las del mar sus aguas mezcla
El Garona opulento, en silencioso
Bosque de lauros y menudos mirtos,
Ocultad entre flores mis cenizas.