Manuel José Quintana (1772–1857)

Textos


Cristina
 

Canción epitalámica
Al feliz enlace de S.M.C. Don Fernando VII con la serenísima Señora doña María Cristina de Borbón.
Al Rey nuestro Señor.

 

Nunca osara, Señor, la Musa mía
Al eco unir del general aplauso
Los ecos de un aliento que se apaga
Por la desgracia y por la edad cansado.

Ved cómo yace envuelta en largo olvido
Mi inútil lira: trémula la mano
Va sus cuerdas a herir, y a hallar no acierta
Su antigua resonancia y su entusiasmo.

Otra fuerza, otra voz, otra armonía
Pide al cantarse el venturoso lazo
En que Vos afirmáis vuestra ventura,
Y también su esperanza el orbe Hispano:

Y a ensalzar dignamente de Cristina
La florida hermosura, el dulce encanto
Y la índole celeste, aun no bastara
A Píndaro su voz, la suya a Horacio.

Mi timidez iguala a mi respeto:
Pero Vos lo queréis; y a quien los hados
Quisieron siempre defender propicios
Y en la alta cuna del poder sentaron,

¿Cómo un flaco mortal, que sin su escudo
Juguete fuera del rencor contrario
Este esfuerzo, aunque débil, negaría
Sin riesgo al fin de parecer ingrato?

¡Ah! no: suene mi voz, los aires rompa
Y aunque ronca y cansada, el holocausto
Haga de su temor ante las aras
Del refulgente Sol que ya adoramos.

Quizá aquel fuego que a mi Musa un día
Pudo animar en sus mejores años,
De sus yertas cenizas sacudido
Vuelva a encenderse a tan hermosos rayos.

Otros la cantarán con más fortuna,
Con talento mayor; y hasta los astros
Alzar conseguirán su ínclito nombre
En las alas del Genio arrebatados.

En mí supla al talento el buen deseo,
Y estos rudos acentos de mi labio
Que van de vuestra Esposa al regio oído,
Hallen, Señor, si no alabanza, agrado.
 


A Juan de Padilla

Todo a humillar la humanidad conspira
Faltó su fuerza a la sagrada lira,
Su privilegio al canto,
Y al genio su poder. ¿Los grandes ecos
Do están, que resonaban
Allá en los templos de la Grecia un día,
Cuando en los desmayados corazones
Llama de gloria de repente ardía,
Y el son hasta en las selvas convertía
A los tímidos ciervos en leones?
¡Oh, cuál cantara yo si el dios del Pindo
Poder tan grande a mis acentos diera!
¡Con qué vehemencia entonces la voz mía,
Honor, constancia y libertad sonando,
De un mar al otro mar se extendería!.
¡Patria! nombre feliz, numen divino,
Eterna fuente de virtud, en donde
Su inestinguible ardor beben los buenos;
¡Patria!... La vista atónita no encuentra
Patria en torno de sí, ni el labio implora
Con voz tan bella al simulacro yerto
Que se muestra en su vez. Pálido, triste,
De negro luto y de pavor cubierto,
Ni aun a esquivar se atreve
La mano asoladora
De la furia execrable que, inclemente,
Su seno oprime, su beldad desdora.
Sangre destila si afligido llora;
Su lúgubre alarido
Rompe los aires, y en dolor bañado,
Viene horroroso a lastimar mi oído.
¡Perdona, madre España! La flaqueza
De tus cobardes hijos pudo sola
Así enlutar tu sin igual belleza!
¿Quién fue de ellos jamás? ¡Ah! vanamente
Discurre mi deseo
Por tus fastos sangrientos y el contino
Revolver de los tiempos; vanamente
Busco honor y virtud: fue tu destino
Dar nacimiento un día
A un odioso tropel de hombres feroces,
Colosos para el mal; todos te hollaron,
Todos ajaron tu feliz decoro;
¡Y sus nombres aún viven! Y su frente
Pudo orlar impudente
La vil posteridad con lauros de oro!
¡Y uno solo! ¡Uno solo!... ¡Oh, de Padilla
Indignamente ajado,
Nombre inmortal! Oh gloria de Castilla!
Mi espíritu agitado,
Buscando alta virtud, renueva ahora
Tu memoria infeliz. Sombra sublime,
Rompe el silencio de tu eterna tumba,
Rómpele, y torna a defender tu España,
Que atada, opresa, envilecida, gime.
Sí, tus virtudes solas,
Sólo tu ardor intrépido podría
Volvernos al valor, y sacudido
Por ti sólo sería
Nuestro torpe letargo y ciego olvido.
Tú el único ya fuiste
Que osó arrostrar con generoso pecho
Al huracán deshecho
Del despotismo en nuestra playa triste.
Abortóle la mar más espantoso
Que los monstruos que encierra en su hondo seno.
Y él, respirando su infernal veneno,
Entre ignorancia universal marchaba,
Destruyendo sus pies cuanto corrieron.
¿De qué pues nos valieron
Siete siglos de afán y nuestra sangre
A torrentes verter? Lanzado en vano
Fue de Castilla el árabe inclemente,
Si otro opresor mas pérfido y tirano
Prepara el yugo a su infelice frente.
Ofendida, indignada
Se alzó, se estremeció, y arrojó el grito
De venganza y de horror. «Vuela, hijo mío,
Vuela, y ahuyenta la espantosa plaga
Que me insulta y me amaga:
Sé tú mi escudo, y en tu ardiente brío
Su curso infausto asolador quebranta.»
Dijo; y cual rayo que volando asuela,
O como trueno que bramando espanta,
El héroe de Toledo recorría
Un campo y otro campo: el pueblo todo,
Conmovido a su voz, ardiendo en ira
Y anhelando vencer, corre furioso
A la lucha fatal que se aprestaba.
Padilla le guiaba,
Y de la patria en su valiente mano
El estandarte espléndido ondeaba.
¡Oh estrago! ¡Oh frenesí! Dos veces fueron
Las que el genio feroz de la impía guerra
Entre muerte y dolor mezcló las haces;
¡Haces que nunca combatir debieron!
Un hábito, una tierra
Eran, y una su ley, unas sus aras,
Uno su hablar. ¡Ah bárbaros! ¿Y en vano
Naturaleza os diera
Vínculos tantos? Suspended los hierros
Que sedientos de sangre en vuestras manos
Contemplo con horror: ¿no sois hermanos?
Todos a un tiempo, todos
Revolved: al furor de vuestros brazos
Caiga rota en pedazos
La soberbia del déspota insolente
Que a todos amenaza... ¿En los oídos
No os dan los alaridos,
Las tristes quejas de la edad siguiente,
Que a ominosa cadena
Vuestra discordia pérfida condena?
De polvo en tanto la confusa nube,
Nuncia ya del furor, turbando el día,
Hasta el Olimpo sube;
Y del bronce tronante al estallido
El viento sacudido
Raudo dilata por Castilla toda
En ecos el horror: corre la sangre,
Vuela la muerte... ¡Oh Dios! ¿por qué dispersas
Las huestes vencedoras
Se derraman así? Solo en el llano,
De arena y sangre y de sudor cubierto,
Miro al héroe que lucha, y lucha en vano,
Y al fin cayó: su mísera caída
La libertad rendida
Llevó tras sí. Cayó: cuando salieron
Sus últimos suspiros,
Al seno augusto de la patria huyeron.
Tajo profundo, que en arenas de oro
La rubia espalda deslizando, llegas
El pie a besar a la imperial Toledo;
Toledo, que en desdoro
De su antigua altivez y su energía
Se encorva al yugo que esquivó algún día;
Toledo, oriente de Padilla... ¡Oh río!
Tú le viste nacer, tú lamentaste
Su destino infeliz, y en triste duelo
Su fin infausto denunciaste al cielo.
Tú aquel solar bañabas,
Do siempre incorruptibles se albergaron
La patria y el valor. Mis ojos vean
El suelo que él hollaba,
El espacio feliz do respiraba,
Y en mi llanto y dolor bañados sean.
¡Y nada encuentro! Y la venganza airada
Nada indultó! Su bárbara violencia
La inocente morada
De la opresa virtud sufrir no pudo.
Derrocóla; en su vez, solo, afrentoso,
El padrón del oprobio allí se mira,
Que a dolor congojoso
Incita el pecho y a furor sañudo,
Cuando contempla a la ignominia dado
Tan santo sitio y al silencio mudo.
¡Mudo silencio! No; que en él aún vive
Su grande habitador: vedle cuán lleno
De generosa ira
Clamando en torno de nosotros gira.
«Castellanos, alzáos; la inmensa huella
Corrió de tres edades
Por mi sangre infeliz; corrió, y aun ella
Hierve reciente y a venganza os llama.
¿Queréis por dicha conllevar la pena
Del siglo vil a quien mi muerte infama?
¿Seguir besando la fatal cadena?
¿Vuestro mal merecer? Volved los ojos,
Volved atrás, y contempladme cuando
Yo di a la tierra el admirable ejemplo
De la virtud con la opresión luchando.
Entonces los clamores
De la tremente patria en vano oísteis,
Negándoos a su voz, y fascinados
Tras la execrable esclavitud corristeis,
Forjando ¡oh indignación! los torpes lazos
Que oprobio han sido a tan robustos brazos.
«Y aquella fuerza indómita, impaciente,
En tan estrechos términos no pudo
Contenerse, y rompió; como torrente
Llevó tras si la agitación, la guerra,
Y fatigó con crímenes la tierra.
Indignamente hollada
Gimió la dulce Italia, arder el Sena
En discordias se vio, la África esclava,
El Bátavo industrioso
Al hierro dado y devorante ruego.
¿De vuestro orgullo, en su insolencia ciego,
Quién salvarse logró? Ni al indio pudo
Guardar un ponto inmenso, borrascoso,
De sus sencillos lares
Inútil valladar: de horror cubierto
Vuestro genio feroz, hiende los mares,
Y es la inocente América un desierto.
«Tantos estragos, sin respeto holladas
Justicia y fe, la detestable ofensa
Hecha a la patria de amarrarla al yugo
Y ahogar su libertad, a un tiempo alzaron
Su poderoso grito,
Y a la atónita Europa despertaron.
Ella sobre vosotros indignada
Cayó y os oprimió. ¿Qué se hizo entonces
Vuestra vana altivez? La tiranía
Que lenta os consumía
Tendió su cetro bárbaro, y llamando
A la exicial superstición, con ella
Fue abierto el hondo precipicio en donde
Se hundió al fin vuestro nombre,
Viles esclavos, que en tan torpe olvido
Sois la risa y baldón del universo,
Cuyo espanto y escándalo habéis sido.
«Estremecéos, a la Ignominia hoy dados,
Mañana al polvo, ¿no miráis cuál brama,
Con cuál furor se inflama
La tierra en torno a sacudir del cuello
La servidumbre? ¿Y se verá que, hundidos
En ocio infame y miserable sueño,
Al generoso empeño
Los últimos voléis? No; que en violenta
Rabia inflamado y devorante saña
Ruja el león de España,
Y corra en sangre a sepultar su afrenta.
La espada centellante arda en su mano,
Y al verle, sobre el trono
Pálido tiemble el opresor tirano.
Virtud, patria, valor: tal fue el sendero
Que yo os abrí primero;
Vedle, holladle, volad; mi nombre os guíe,
Mi nombre vengador, a la pelea:
Padilla el grito de las huestas sea,
Padilla aclame la feliz victoria,
Padilla os dé la libertad, la gloria.»

(Mayo de 1797)
 


Romance
  A Dafne, en sus días

A aquella airosa andaluza
que en las riberas de Cádiz
es, por lo negra y lo hermosa,
la esposa de los cantares;

a la que en el mar nacida
la embebió el mar de sus sales,
cada ademan una gracia,
cada palabra un donaire;

ve volando, pensamiento,
y al besar los pies de Dafne,
dila que vas en mi nombre
a tributarle homenajes.

Hoy son sus alegres días;
mira cuál todo la aplaude;
menos fuego el sol despide,
más fresco respira el aire.

Los jazmines en guirnaldas
sobre su frente se esparcen;
los claveles en su pecho
dan esencias más süaves.

Y ya que yo, sumergido
en el horror de esta cárcel,
ni aun en pensamiento puedo
alzar la vista a su imagen,

rompe tú aquestas prisiones
y vuela allá a recrearte
en el raudal halagüeño
de su sabroso lenguaje.

Verás andar los amores
como traviesos enjambres,
ya trepando por sus brazos,
ya escondiéndose en su talle,

ya subiendo a su garganta
para de allí despeñarse
a los orbes deliciosos
de su seno palpitante.

Mas cuando tanto atractivo
a tu placer contemplares,
guárdate bien, no te ciegues
y sin remedio te abrases.

Acuérdate que en el mundo
los bienes van con los males,
las rosas tienen espinas
y las auroras celajes.

Vistiola, al nacer, el cielo
de aquella gracia inefable
que embelesa los sentidos
y avasalla libertades.

Los ojos que destinados
al Dios de amor fueron antes,
para que en vez de saetas
los corazones flechase,

a esa homicida se dieron
negros, bellos, centellantes,
a convertir en cenizas
cuanto con ellos alcance.

Y cuentan que Amor entonces
dijo picado a su madre:
«pues esos ojos me ciegan,
yo quiero ciego quedarme.

»Venza ella al sol con sus rayos;
pero también se adelante
en su mudanza a los vientos,
en su inconstancia a los mares».

Y fue así. Las ondas leves
que van de margen en margen,
los céfiros que volando
de flor en flor se distraen,

no más inciertos se miran
en sus dulces juegos, Dafne,
que tú engañosa envenenas
con tus halagos fugaces.

Dime, ¿aún se pinta el agrado
en tu risueño semblante,
y respiran tus miradas
aquella piedad süave

para con ceño y capricho
desvanecerla al instante,
trocar la risa en desvío
y el agasajo en desaires?

Y dime, a los que asesinas
con tan alevosas artes,
¿los obligas aún, crüel,
a consumirse y que callen?

Mas no importa: que padezcan
los que en tu lumbre se abrasen;
que tú, con sólo mirarlos,
harto felices los haces.

Yo también, a no decirme
la razón que ya era tarde,
y a presumir en mis votos
el bello don de agradarte,

te idolatrara, tú fueras
la mayor de mis deidades.
¿Pero quién es el que amando
no anhela porque le amen?

De amigo, pues, con el nombre
fue forzoso contentarme;
pero de aquellos amigos
que en celo y fe son amantes...

Basta, pensamiento; vuelve,
vuelve ya de tu mensaje,
y una sonrisa a lo menos
para consolarme trae.

 


A España, después de la Revolución de Marzo

 

¿Qué era, decidme, la nación que un día
Reina del mundo proclamó el destino,
La que a todas las zonas extendía
Su cetro de oro y su blasón divino?
Volábase a occidente,
Y el vasto mar Atlántico sembrado
Se hallaba de su gloria y su fortuna.
Do quiera España: en el preciado seno
De América, en el Asia, en los confines
Del África, allí España. El soberano
Vuelo de la atrevida fantasía
Para abarcarla se cansaba en vano;
La tierra sus mineros le rendía,
Sus perlas y coral el Oceáno.
Y donde quier que revolver sus olas
Él intentase, a quebrantar su furia
Siempre encontraba costas españolas.
Ora en el cieno del oprobio hundida,
Abandonada a la insolencia ajena,
Como esclava en mercado, ya aguardaba
La ruda argolla y la servil cadena.
¡Qué de plagas, oh Dios! Su aliento impuro
La pestilente fiebre respirando,
Infestó el aire, emponzoñó la vida;
La hambre enflaquecida
Tendió sus brazos lívidos, ahogando
Cuanto el contagio perdonó; tres veces
De Jano el templo abrimos,
Y a la trompa de Marte aliento dimos;
Tres veces ¡ay! los dioses tutelares
Su escudo nos negaron, y nos vimos
Rotos en tierra y rotos en los mares.
¿Qué en tanto tiempo viste
Por tus inmensos términos, oh Iberia?
¿Qué viste ya sino funesto luto,
Honda tristeza, sin igual miseria,
De tu vil servidumbre acerbo fruto?

Así, rota la vela, abierto el lado,
Pobre bajel a naufragar camina,
De tormenta en tormenta despeñado,
Por los yermos del mar; ya ni en su popa
Las guirnaldas se ven que antes la ornaban,
Ni el señal de esperanza y de contento
La flámula riendo al aire ondea.
Cesó su dulce canto el pasajero,
Ahogó su vocerío
El ronco marinero,
Terror de muerte en torno lo rodea,
Terror de muerte silencioso y frío;
Y él va a estrellarse al áspero bajío.

Llega el momento, en fin; tiende su mano
El tirano del mundo al occidente,
Y fiero exclama: «El occidente es mío.»
Bárbaro gozo en su ceñuda frente
Resplandeció, como en el seno oscuro
De nube tormentosa en el estío
Relámpago fugaz brilla un momento
Que añade horror con su fulgor sombrío.
Sus guerreros feroces
Con gritos de soberbia el viento llenan;
Gimen los yunques, los martillos suenan,
Arden las forjas. ¡Oh vergüenza! ¿Acaso
Pensáis que espadas son para el combate
Las que mueven sus manos codiciosas?
No en tanto os estiméis: grillos, esposas,
Cadenas son que en vergonzosos lazos
Por siempre amarren tan inertes brazos.

Estremecióse España
Del indigno rumor que cerca oía,
Y al grande impulso de su justa saña
Rompió el volcán que en su interior hervía.
Sus déspotas antiguos
Consternados y pálidos se esconden;
Resuena el eco de venganza en torno,
Y del Tajo las márgenes responden:
«¡Venganza!» ¿Dónde están, sagrado río,
Los colosos de oprobio y de vergüenza
Que nuestro bien en su insolencia ahogaban?
Su gloria fue, nuestro esplendor comienza;
Y tú, orgulloso y fiero,
Viendo que aun hay Castilla y castellanos,
Precipitas al mar tus rubias ondas,
Diciendo: «Ya acabaron los tiranos.»

¡Oh triunfo! ¡Oh gloria! ¡Oh celestial momento!
¿Con qué puede ya dar el labio mío
El nombre augusto de la patria al viento?
Yo lo daré; mas no en el arpa de oro
Que mi cantar sonoro
Acompañó hasta aquí; no aprisionado
En estrecho recinto, en que se apoca
El numen en el pecho
Y el aliento fatídico en la boca.
Desenterrad la lira de Tirteo,
Y al aire abierto, a la radiante lumbre
Del sol, en la alta cumbre
Del riscoso y pinífero Fuenfría,
Allí volaré yo, y allí cantando
Con voz que atruene en derredor la sierra,
Lanzaré por los campos castellanos
Los ecos de la gloria y de la guerra.

¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime,
Único asilo y sacrosanto escudo
Al ímpetu sañudo
Del fiero Atila que a occidente oprime!
¡Guerra, guerra, españoles! En el Betis
Ved del Tercer Fernando alzarse airada
La augusta sombra; su divina frente
Mostrar Gonzalo en la imperial Granada;
Blandir el Cid su centelleante espada,
Y allá sobre los altos Pirineos,
Del hijo de Jimena
Animarse los miembros giganteos.
En torvo cerio y desdeñosa pena
Ved cómo cruzan por los aires vanos;
Y el valor exhalando que se encierra
Dentro del hueco de sus tumbas frías,
En fiera y ronca voz pronuncian: «¡Guerra!

¡Pues qué! ¿Con faz serena
Vierais los campos devastar opimos,
Eterno objeto de ambición ajena,
Herencia inmensa que afanando os dimos?
Despertad, raza de héroes: el momento
Llegó ya de arrojarse a la victoria;
Que vuestro nombre eclipse nuestro nombre,
Que vuestra gloria humille nuestra gloria.
No ha sido en el gran día
El altar de la patria alzado en vano
Por vuestra mano fuerte.
Juradlo, ella os lo manda: ¡Antes la muerte
Que consentir jamás ningún tirano!»

Sí, yo lo juro, venerables sombras;
Yo lo juro también, y en este instante
Ya me siento mayor. Dadme una lanza,
Ceñidme el casco fiero y refulgente;
Volemos al combate, a la venganza;
Y el que niegue su pecho a la esperanza,
Hunda en el polvo la cobarde frente.
Tal vez el gran torrente
De la devastación en su carrera
Me llevará. ¿Qué importa? ¿Por ventura
No se muere una vez? ¿No iré, expirando,
A encontrar nuestros ínclitos mayores?
«¡Salud, oh padres de la patria mía,»
Yo les diré, «¡salud! La heroica España
De entre el estrago universal y horrores
Levanta la cabeza ensangrentada,
Y vencedora de su mal destino,
Vuelve a dar a la tierra amedrentada
Su cetro de oro y su blasón divino.»

 


Oda al mar

 

Calma un momento tus soberbias ondas,
Océano inmortal, y no a mi acento
con eco turbulento
desde tu seno líquido respondas.
Cálmate, y sufre que la vista mía
por tu inquieta llanura
se tienda a su placer. Sonó en mi mente
tu inmenso poderío,
y a las playas remotas de occidente
corrí desde el humilde Manzanares
por contemplar tu gloria,
y adorarte también, Dios de los mares.

Héme en fin junto a ti: tu ardiente espuma
el alto escollo sin cesar blanquea
do entre temor y admiración te miro.
Inquieto centellea
en tu cristal el sol, que al occidente,
de majestad vestido, huye y se esconde.
¿ Dónde es tu fin? ¿ En dónde
mis ojos le hallarán? Con pie ligero
tú te tiendes y corres, y llevado
cual en las alas de Aquilón sonante,
mi espíritu anhelante
te sigue al Ecuador, te halla en el Polo,
y endeble desfallece
a tanta inmensidad, ¿ te hizo el destino
para ceñir y asegurar la tierra,
o en brazo aterrador hacerle guerra?

¡Ay!, que ese resonante movimiento
me abate el corazón. Yo vi las mieses
agitadas del viento
en los estivos meses,
y dóciles y trémulas llevarse,
y en seco son de su furor quejarse.
Vi el vértigo del polvo, y vi en las selvas,
contrastados también los altos pinos,
sacudirse y bramar; mas no este ciego,
este hervir vividor, estas oleadas
que llegan, huyen, vuelven,
sin cansarse jamás: tiembla la arena
al golpe azotador, y tú rugiendo
revuélveste y sacudes
una vez y otra vez: al ronco estruendo
los ecos ensordecen,
los escollos más altos se estremecen.

 

La danza

a Cintia

¿Oyes, Cintia, los plácidos acentos
del sonoro violín? Pues él convida
tu planta gentilísima y ligera;
ya la vista te llama,
ya en la dulzura del placer que espera
el corazón de cuantos ves se inflama.
¿Quién, ¡ay!, cuando ostentando
el rosado semblante
que en pureza y candor vence a la aurora,
y el cuello desviando
blandamente hacia atrás, das gentileza
a la hermosa cabeza
reposada sobre él; quién no suspira,
quién al ardor se niega
que bello entonces tu ademán respira?

¡Con qué pudor despliega
de su cuerpo fugaz los ricos dones,
la alegre pompa de sus formas bellas!
Vaga la vista embelesada en ellas;
ya del contorno admira
la blanca morbidez, ya se distrae
al delicado talle do abrazadas
las gracias se rieron,
y su divino ceñidor vistieron.
Ya, en fin, se vuelve a los hermosos brazos
que en amable abandono,
como el arco de amor, dulces se tienden;
¡ay!, que ellos son irresistibles lazos
donde el reposo y libertad se prende.
¡Oh imagen sin igual! Nunca la rosa,
la rosa que primera
se pinta en primavera,
de Favonio al ardor fue tan hermosa;
ni así eleva su frente la azucena,
cuando, de esencias llena,
con gentileza y brío
se mece a los ambientes del estío.

Suena, empero, la música, y sonando,
ella salta, ella vuela: a cada acento
responde un movimiento, una mudanza
vuelve siempre a un compás; su ligereza
de belleza en belleza
vaga voluble, el suelo no la siente.
Bella Cintia, detente;
mi vista, que te sigue,
¿no te podrá alcanzar? ¿Nunca podría
señalar de tus pasos
la undulación hermosa,
la sutil graduación? Cuando suspiro
al fenecer de un bello movimiento,
otro más bello desplegarse miro.
así del iris, serenando el cielo
con su gayado velo,
en su plácida unión son los colores;
así de amable juventud las llores,
do, si un placer espira,
comienza otro placer. Ved los amores
sus mudanzas siguiendo
y las alas batiendo,
dulcemente reír: ved cuán festivo
el céfiro, en su túnica jugando,
con los ligeros pliegues
graciosamente ondea,
y él desnudo mostrando,
suena y canta su gloria y se recrea;
y ella en tanto, cruzando
con presto movimiento,
se arrebata veloz: ora risueña,
en laberintos mil de eterno agrado
enreda y juega la elegante planta;
altiva ora levanta
su cuerpo gentilísimo del suelo,
batiendo el aire en delicado vuelo.
Huye ora, y ora vuelve, ora reposa,
en cada instante de actitud cambiando,
y en cada instante, ¡oh Dios!, es más hermosa

Atónita mi mente es conmovida
con mil dulces afectos, y es bastante
un silencio elocuente a darles vida.
Mas ¿qué valen las voces,
a par del fuego y la pasión que inspiran,
en expresión callada,
los negros ojos que abrasando miran?
¿A par de la cadena
que, o bien me da de la amorosa pena
el tímido afanar, o en ella veo
la presta fuga del desdén que teme,
o el duelo ardiente del audaz deseo?
¡Salud, danza gentil! Tú, que naciste
de la amable alegría
y pintaste el placer; tú, que supiste
conmover dulcemente el alma mía,
de cuadro en cuadro la atención llevando,
y dando el movimiento en armonía.

Así tal vez de la vivaz pintura
vi de la antigua fábula animados
los fastos respirar. Aquí Diana,
de sus ninfas seguida,
al ciervo en raudo curso fatigaba,
y el dardo volador tras él lanzaba;
allí Citeres presidiendo el coro
de las gracias rientes,
y a amor con ellas en festivo anhelo,
y en su risa inmortal gozoso el cielo:
el trono más allá cercar las horas
del sol miraba en su veloz carrera,
y asidas deslizándose en la esfera,
vertiendo lumbre, iluminar los días.

¡Oh, Cintia! Tú serías
una de ellas también; tú, la más bella;
tú en la que brilla la rosada aurora;
tú la agradable hora
que vuelve en su carrera
la vida y el verdor de primavera;
tú la primera los celestes dones
dieras al hombre de la edad florida;
volando tú, rendida
la belleza inocente,
palpitara de amor; y tú serías
la que, bañada en celestial contento,
del deleite el momento anunciarías.

¡Oh, hija de la beldad, Cintia divina!
La magia que te sigue
me lleva el corazón; cesas en vano,
Y en vano despareces, si aun en sueños
mi mente embelesada
tu imagen bella retratar consigue.
La magia que te sigue
me lleva el corazón: ya por las flores
mire veloz vagando
la mariposa, o que la fuente ría,
de piedra en piedra dando,
o que bullan las auras en las hojas;
doquier que gracia y gentileza veo,
«Allí está Cintia», en mi delirio digo,
y ver a Cintia en mi delirio creo.

Así vive, así crece
por ti mi admiración, y arrebatada
no te puede olvidar. Ahora mi vida
florece en juventud. ¿Cómo pudieran
no suspenderla en inefable agrado
tanta y tanta belleza que ya un día
soñaba yo en idea,
y en ti vivas se ven? Vendrán las horas
de hielo y luto, y la vejez amarga
vendrá encorvada a marchitar mis días;
entonces ¡ay! entre las penas mías,
tal vez en ti pensando,
diré: «Vi a Cintia»; y en aquel momento
las gracias, la elegancia,
las risas, la inocencia y los amores
a halagarme vendrán; vendrá tu hermosa
imagen placentera,
y un momento siquiera
mi triste ancianidad será dichosa.

 


Canción

«Accipe fortunam generis, diadema resume,
Quod tribuas, natis, et in haec penetralia rursus,
Unde parens progressa, redi.»
CLAUDIANO

¡Oh belleza! alto don, rico tesoro,
Precioso bien a la mujer guardado,
Con más vehemencia ansiado
Que el diamante oriental, y más que el oro;
¿Quién te dio ese poder? ¿De quién hubiste
La magia celestial? En donde quiera
Que muestres esa lumbre
Por siempre vencedora,
Reinar y avasallar como señora,
Rendir y embelesar es tu costumbre.
Vedla en los campos de Vertuno y Flora
Cuando los huella con gallardo brío,
Y allí en puros aromas y en colores
Humillará las flores
Hijas del sol y alumnas del rocío.
O si ya de la selva en el sombrío
Recinto, al eco ronco
Del resonante caracol, las fieras
Volando en su caballo alza y fatiga;
Ellas con planta alada huyen ligeras
De la Ninfa veloz, y huyen en vano
Su vista penetrante las persigue,
Y el rayo abrasador arde en su mano.
Arde y estalla; el plomo silba, caen,
Y el eco suena en torno. El bosque adora
Su bella cazadora,
Ansiando ufano que a batirle vuelva
La que con su atractivo sobrehumano
Es Flora en el Jardín, Cintia en la selva.
  
Y si en el rico estrado reclinada,
Cual dama delicada,
Habla discreta y apacible ríe,
¡Oh! cual tras sí los corazones lleva,
Sea que el pie fugitivo en danzas guíe,
Sea que al sonoro acento
De su arpa, herida en delicioso tono,
Rinda las almas y embellezca el viento!
  
Subidla luego al resplandor del trono;
Y a su aire augusto, a su ademan divino,
Veréis la tierra enmudecer, postradas
Ante ella las naciones,
Y en aplausos sin fin y adoraciones
Sus destinos cifrar en su destino.
¿Qué la beldad no alcanza
Cuando se une al poder? El mismo cielo
Obedece a su anhelo,
Si al cielo acaso conmover le agrada:
A una sola voz suya, a una mirada,
Apaga Jove el iracundo rayo,
Depone Marte la sangrienta espada.
  
¿No es tal, sacra Parténope, la excelsa
Joven real, cuya dorada cuna
Tú ya meciste en su primer oriente?
Ella en su faz purpúrea y noble frente
Lleva escrita su gloria y su fortuna.
Y espléndida y riente
Se lleva por los campos de la vida,
Cual la estrella de amor cuando en el cielo
Por los espacios lóbregos se lanza
A abrir la puerta al venidero día;
Y brilla con la luz de la alegría,
Y es bella como es bella la esperanza.
 
¿No es ésta ya la que a la regia silla
Destina alegre el hado,
Con el pueblo español menos airado?
¿La misma que en la orilla
Del sebeto feliz creció primero
A ser delicias del Monarca ibero,
Y astro de paz benéfico a Castilla?
¡Oh cuánto tarda ya! ¿Cómo no llega,
En alas de los céfiros traída,
A contentar al público deseo?
  
Tú que el soberbio tálamo preparas,
Mira arder el incienso ante las aras
Y ven a nuestra voz, santo Himeneo.
La sien ceñida de amaranto y rosas,
Con apacible vuelo
Del Olimpo a la tierra tú desciendes:
Por do quiera que tiendes
Las alas vagarosas
Huyen las nubes, se serena el cielo
Y de la antorcha al sacudir la llama
Que la adorable Esposa a Iberia guía,
Del Ebro a Guadarrama
Que todo se penetre en tu ambrosía.
  
Todo te aplauda: en resonantes himnos
Todo se inunde: el monte
Los diga al valle, y los repita el río,
Y los aprenda el mar. ¡Ella aparece!
No veis cuál resplandece
Del arrebol del alba enrojecida,
Por las gracias ornada,
Y de alta gloria y majestad cercada?
¿No veis cómo a los rayos de su frente
Todo con grata admiración se inclina?
Ella es; la augusta Reina de Occidente
Ella es la amable y celestial Cristina.
  
¡Nombre adorado, y en España ahora
Primera vez oído, ¡oh! siempre seas
Con tanto amor y gratitud cantado,
Como hoy estás de aclamación seguido!
Estrechamente al de Fernando unido
Escrito en letras de oro centelleas:
Y en medio a los magníficos festones
A las bellas guirnaldas con que el arte
Tu cifra con la suya enlazar pudo,
Es más estrecho el nudo
Con que la voz del regocijo alzando
Su alborozado aplauso al raudo viento,
Suben Juntos a herir el firmamento
Los nombres de Cristina y de Fernando.
  
Ven, pues; y de tu estirpe ¡oh nueva Esposa!
La fortuna recibe: orne tu frente
La diadema esplendente
Que pases luego a tu progenie hermosa.
Aquí nació tu Madre virtuosa:
De aquí el destino a la dichosa Italia
Nos la robó; y al saludar contigo
Este albergue real, un tiempo suyo,
Ufana de la luz que la acompaña
Decir parece a su querida España
«Aun más que te debí te restituyo.»
  
¿Qué te suspende, oh Musa? Ya a Himeneo
Con su doble guirnalda
Ceñir la sien de los Esposos veo
Ya el áureo velo tiende... ¡Ob! No te atrevas
Más adelante a penetrar... Un día
La antigua poesía
En el canto nupcial plácido y leve
De amor el triunfo celebrar solía;
Cuando más halagüeña que sublime
La zozobra pintaba, el gozo, el llanto,
El inefable encanto
Del tímido pudor, que cede y gime,
Y tanto halago, y tanto
De que entonces te vistes, ¡oh hermosura!
Para más abrasar: la ufana rosa,
Cuando a besarla llega
El céfiro, amorosa
La pompa así de su beldad desplega.
  
No, empero, igual licencia ¡oh Musa mía!
Te es permitida a ti; mayor reserva
Se debe a la deidad alta y triunfante,
Venus sin duda en su gentil semblante,
Pero en decoro y majestad Minerva.
Deja ese tono, pues, de mil ya usado
Y cantado ya a mil: diverso acento
En este gran momento
Deberá ser el tuyo, otras las sendas
Son que el délfico Dios abre a tu gusto;
Y cuando al son del plectro el aire hiendas,
Cristina y la virtud te oigan sin susto.
  
Desde ese trono excelso en que sentada
Los ámbitos de Iberia señoreas,
Tiende la vista y mira en todas partes
Arcos sublimes, títulos, trofeos,
Y fiestas en tu honor: dulce tributo
Que vuelto en gala el doloroso luto
Rinde a tus plantas la Nación hispana.
Recibe tú su amor y sus deseos
Recíbelos ¡oh Ninfa soberana!
Con dulce afecto a sus plegarias pío
Y la suprema voluntad doblando
Del amante Monarca a tu albedrío,
Haz de tus ojos al clemente fuego
Benigno el mando y poderoso el ruego.
  
Que bien esta región merecedora
Es de tu afán y maternal cuidado
Mira con cuánto agrado
La favorece el sol, qué rico el suelo,
Qué apacible es el aire; en donde quiera
Verás la primavera
Florecer y reír; y el siglo de oro
Renovando a tu voz, la dura encina
Y envejecido roble
De su áspero cabello
Miel para ti destilarán, ¡Cristina!
¿Buscas un bello clima? ¡Este es tan bello!
¿Buscas un pueblo noble? ¡Este es tan noble!
¿Acaso palmas del honor preguntas?
El mundo te responda que asombrado,
Por la española intrepidez doblado,
Apenas pudo contenerlas juntas.
  
Su número fue escándalo; y la suerte,
El cáliz de favor con que algún día
Nos embriagó falaz, trocó a rigores
Dos siglos de dolores
Vanse a cumplir, y aún viva
Parece arder su saña vengativa.
¡Oh discordia! ¡Oh rencor! Tristes pasiones,
Ministras viles de venganza extraña,
Y ajenas tanto al corazón de España,
¿No es tiempo ya de que ceséis? ¿No es tiempo
De que sus hijos alcen
La frente al cielo con vigor? ¡Pudieran
Los castellanos pechos,
A tal fortuna y contratiempos hechos,
Ser tan grandes aún, si ellos quisieran!
  
Y habrán de serlo al fin: que decretado
Sin duda fue por el querer del cielo
Este enlace magnífico y sagrado
Para bien de un gran pueblo. ¡Oh digna Esposa
Del Monarca español, fiel compañera
De su incesante afán y alto desvelo!
Tú en obra tan sublime
Asístele eficaz; triunfo debido
Es ese a tu candor, a tu hermosura,
A tu espíritu excelso... ¡Quién me diera
Romper el velo que la edad futura
Entre sombras esconde, y ver mi España
Acorde dentro, respetada fuera,
Vuelta a la gloria y rica de ventura
Acelerad ¡oh cielos! tales días,
Y salgan ciertas las promesas mías.
  
¡Oh, cómo el Genio imitador entonces
El inmenso caudal que en sí atesora
Desplegará, y en mármoles y en bronces
La efigie hermosa y los ilustres hechos
Dará de la inmortal restauradora!
¿Podrá a tanto bastar la fantasía?
¡Ah! mientras que a porfía
Las artes ostentando sus primores
Contiendan en su honor, en medio alzada
Con dulce exaltación y ardiente brío
Dirá la gratitud: «vuestros loores
No pueden ser eternos sin el mío.
Este es el perdurable, el verdadero,
El que conviene a su bondad divina
yo la grabé en el pecho al pueblo Ibero
Cuando en letras de amor puse: ¡Cristina!
 


A LA EXPEDICION ESPAÑOLA

PARA PROPAGAR LA VACUNA EN AMÉRICA

BAJO LA DIRECCION DE DON FRANCISCO BALMIS

¡Virgen del mundo, América inocente!

Tú, que el preciado seno

al cielo ostentas de abundancia lleno,

y de apacible juventud la frente;

tú, que a fuer de más tierna y más hermosa

entre las zonas de la madre tierra

debiste ser del hado,

ya contra ti tan inclemente y fiero,

delicia dulce y el amor primero,

óyeme: si hubo vez en que mis ojos,

los fastos de tu historia recorriendo,

no se hinchasen de lágrimas; si pudo

mi corazón sin compasión, sin ira

tus lástimas oír, ¡ah!, que negado

eternamente a la virtud me vea,

y bárbaro y malvado,

cual los que así te destrozaron, sea.

Con sangre están escritos

en el eterno libro de la vida

esos dolientes gritos

que tu labio afligido al cielo envía.

Claman allí contra la patria mía,

y vedan estampar gloria y ventura

en el campo fatal donde hay delitos.

¿No cesarán jamás? ¿No son bastantes

tres siglos infelices

de amarga expiación? Ya en estos días

no somos, no, los que a la faz del mundo

las alas de la audacia se vistieron

y por el ponto Atlántico volaron;

aquéllos que al silencio en que yacías,

sangrienta, encadenada, te arrancaron.

«Los mismos ya no sois; pero mi llanto

por eso ha de cesar? Yo olvidaría

el rigor de mis duros vencedores:

su atroz codicia, su inclemente saña

crimen fueron del tiempo y no de España.

Mas ¿cuándo, ¡ay, Dios!, los dolorosos males

podré olvidar que aún mísera me ahogan?

Y entre ellos... ¡Ah!, venid a contemplarme,

si el horror no os lo veda, emponzoñada

con la peste fatal que a desolarme

de sus funestas naves fue lanzada.

Como en árida mies hierro enemigo,

como sierpe que infesta y que devora,

tal su ala abrasadora

desde aquel tiempo se ensañó conmigo.

Miradla embravecerse, y cuál sepulta

allá en la estancia oculta

de la muerte, mis hijos, mis amores.

Tened, ¡ay! compasión de mi agonía,

los que os llamáis de América señores;

ved que no basta a su furor insano

una generación: ciento se traga;

y yo, expirante, yerma, a tanta plaga

demando auxilio, y le demando en vano.»

Con tales quejas el Olimpo hería,

cuando en los campos de Albión natura

de la viruela hidrópica al estrago

el venturoso antídoto oponía.

La esposa dócil del celoso toro

de este precioso don fue enriquecida,

y en las copiosas fuentes le guardaba

donde su leche cándida a raudales

dispensa a tantos alimento y vida.

JENNER lo revelaba a los mortales;

las madres desde entonces

sus hijos a su seno

sin susto de perderlos estrecharon,

desde entonces la doncella hermosa

no tembló que estragase este veneno

su tez de nieve y su color de rosa.

A tan inmenso don agradecida,

la Europa toda en ecos de alabanza

con el nombre de JENNER se recrea;

ya en su exaltación eleva altares

donde, a par de sus genios tutelares,

siglos y siglos adorar le vea.

De tanta gloria a la radiante lumbre,

en noble emulación llenando el pecho,

alzó la frente un español: «No sea»,

clamó, «que su magnánima costumbre

en tan grande ocasión mi patria olvide.

El don de la invención es de Fortuna.

Gócele allá un inglés; España ostente

su corazón espléndido y sublime,

y dé a su majestad mayor decoro,

llevando este tesoro

donde con más violencia el mal oprime.

Yo volaré, que un Numen me lo manda,

yo volaré; del férvido Oceano

arrostraré la furia embravecida,

y en medio de la América infestada

sabré plantar el árbol de la vida.»

Dijo; y apenas de su labio ardiente

estos ecos benéficos salieron,

cuando, tendiendo al aire el blando lino,

ya en el puerto la nave se agitaba

por dar principio a tan feliz camino.

Lánzase el argonauta a su destino.

Ondas del mar, en plácida bonanza

llevad ese depósito sagrado

por vuestro campo líquido y sereno;

de mil generaciones la esperanza

va allí, no la aneguéis; guardad el trueno,

guardad el rayo, y la fatal tormenta

al tiempo en que, dejando

aquellas playas fértiles remotas,

de vicios y oro y maldición preñadas,

vengan triunfando las soberbias flotas.

A BALMIS respetad ¡Oh, heroico pecho,

que en tan bello afanar tu aliento empleas.

Ve impávido a tu fin. La horrenda saña

de un ponto siempre ronco y borrascoso,

del vértigo espantoso

la devorante boca,

la negra faz de cavernosa roca

donde el viento quebranta los bajeles,

de los rudos peligros que te aguardan

los más grandes no son ni más crueles.

Espéralos del hombre: el hombre impío,

encallado en error ciego, envidioso,

será quien sople el huracán violento

que combata bramando el noble intento.

Mas sigue, insiste en él firme y seguro;

y cuando llegue de la lucha el día,

ten fijo en la memoria

que nadie sin tesón y ardua porfía

pudo arrancar las palmas de la gloria.

Llegas, en fin. La América saluda

a su gran bienhechor, y al punto siente

purificar sus venas

el destinado bálsamo; tú entonces

de ardor más generoso el pecho llenas,

y, obedeciendo al Numen que te guía,

mandas volver la resonante prora

a los reinos del Ganges y a la Aurora.

El mar del Mediodía

te vio asombrado sus inmensos senos

incansable surcar; Luzón te admira,

siempre sembrando el bien en tu camino,

y al acercarte al industrioso chino

es fama que en su tumba respetada

por verte alzó la venerable frente

Confucio, y que exclamaba en su sorpresa:

«¡Digna de mi virtud era esta empresa!»

¡Digna, hombre grande, era de ti! ¡Bien digna

de aquella luz altísima y divina

que en días más felices

la razón, la virtud aquí encendieron!

Luz que se extingue ya: BALMIS, no tornes;

no crece ya en Europa

el sagrado laurel con que te adornes.

Quédate allá, donde sagrado asilo

tendrán la paz, la independencia hermosa;

quédate allá, donde por fin recibas

el premio augusto de tu acción gloriosa.

Un pueblo, por ti inmenso, en dulces himnos,

con fervoroso celo

levantará tu nombre al alto cielo;

y aunque en los sordos senos

tú ya durmiendo de la tumba fría

no los oirás, escúchalos al menos

en los acentos de la musa mía.


A LA INVENCION DE LA IMPRENTA

¿Será que siempre la ambición sangrienta

o del solio el poder pronuncie sólo

cuando la trompa de la fama alienta

vuestro divino labio, hijos de Apolo?

¿No os da rubor? El don de la alabanza,

la hermosa luz de la brillante gloria

¿serán tal vez del nombre a quien daría

eterno oprobio o maldición la historia?

¡Oh!, despertad: el humillado acento

con majestad no usada

suba a las nubes penetrando el viento;

y si queréis que el universo os crea

dignos del lauro en que ceñís la frente,

que vuestro canto enérgico y valiente

digno también del universo sea.

No los aromas del loor se vieron

vilmente degradados

así en la Antigüedad: siempre las aras

de la invención sublime,

del Genio bienhechor los recibieron.

Nace Saturno, y de la madre tierra

el seno abriendo con el fuerte arado,

el precioso tesoro

de vivífica mies descubre al suelo,

y grato el canto le remonta al cielo,

y dios le nombra de los siglos de oro.

¿Dios no fuiste también tú, que allá un día

cuerpo a la voz y al pensamiento diste,

y trazándola en letras detuviste

la palabra veloz que antes huía?

Sin ti se devoraban

los siglos a los siglos, y a la tumba

de un olvido eternal yertos bajaban.

Tú fuiste: el pensamiento

miró ensanchar la limitada esfera

que en su infancia fatal le contenía.

Tendió las alas, y arribó a la altura,

de do escuchar la edad que antes viviera,

y hablar ya pudo con la edad futura.

¡Oh, gloriosa ventura!

Goza, Genio inmortal, goza tú solo

del himno de alabanza y los honores

que a tu invención magnífica se deben:

contémplala brillar; y cual si sola

a ostentar su poder ella bastara,

por tanto tiempo reposar Natura

de igual prodigio al universo avara.

Pero al fin sacudiéndose, otra prueba

la plugo hacer de sí, y el Rin helado

nacer vio a Guttemberg. «¿Conque es en vano

que el hombre al pensamiento

alcanzase escribiéndole a dar vida,

si desnudo de curso y movimiento

en letargosa oscuridad se olvida?

No basta un vaso a contener las olas

del férvido Oceano,

ni en sólo un libro dilatarse pueden

los grandes dones del ingenio humano.

¿Qué les falta? ¿Volar? Pues si a Natura

un tipo basta a producir sin cuento

seres iguales, mi invención la siga;

que en ecos mil y mil sienta doblarse

una misma verdad, y que consiga

las alas de la luz al desplegarse».

Dijo, y la Imprenta fue; y en un momento

vieras la Europa atónita, agitada

con el estruendo sordo y formidable

que hace sañudo el viento

soplando el fuego asolador que encierra

en sus cavernas lóbregas la tierra.

¡Ay del alcázar que al error fundaron

la estúpida ignorancia y tiranía!

El volcán reventó, y a su porfía

los soberbios cimientos vacilaron.

¿Qué es del monstruo, decid, inmundo y feo

que abortó el dios del mal, y que insolente

sobre el despedazado Capitolio

a devorar el mundo impunemente

osó fundar su abominable solio?

Dura, sí; mas su inmenso poderío

desplomándose va; pero su ruina

mostrará largamente sus estragos.

Así torre fortísima domina

la altiva cima de fragosa sierra;

su albergue en ella y su defensa hicieron

los hijos de la guerra,

y en ella su pujanza arrebatada

rugiendo los ejércitos rompieron.

Después abandonada,

y del silencio y soledad sitiada,

conserva, aunque ruinosa, todavía

la aterradora faz que antes tenía.

Mas llega el tiempo, y la estremece, y cae;

cae, los campos gimen

con los rotos escombros, y entretanto

es escarnio y baldón de la comarca

la que antes fue su escándalo y espanto.

Tal fue el lauro primero que las sienes

ornó de la razón, mientras osada,

sedienta de saber la inteligencia,

abarca el universo en su gran vuelo.

Levántase Copérnico hasta el cielo,

que un velo impenetrable antes cubría,

y allí contempla el eternal reposo

del astro luminoso

que da a torrentes su esplendor al día.

Siente bajo su planta Galileo

nuestro globo rodar; la Italia ciega

le da por premio un calabozo impío,

y el globo en tanto sin cesar navega

por el piélago inmenso del vacío.

Y navegan con él impetüosos,

a modo de relámpagos huyendo,

los astros rutilantes; mas lanzado

veloz el genio de Newton tras ellos,

los sigue, los alcanza,

y a regular se atreve

el grande impulso que sus orbes mueve.

«¡Ah! ¿Qué te sirve conquistar los cielos,

hallar la ley en que sin fin se agitan

la atmósfera y el mar, partir los rayos

de la impalpable luz, y hasta en la tierra

cavar y hundirte, y sorprender la cuna

del oro y del cristal? Mente ambiciosa,

vuélvete al hombre». Ella volvió, y furiosa

lanzó su indignación en sus clamores.

«¡Conque el mundo moral todo es horrores!

¡Conque la atroz cadena

que forjó en su furor la tiranía,

de polo a polo inexorable suena,

y los hombres condena

de la vil servidumbre a la agonía!

¡Oh!, no sea tal». Los déspotas lo oyeron,

y el cuchillo y el fuego a la defensa

en su diestra nefaria apercibieron.

¡Oh, insensatos! ¡Qué hacéis! Esas hogueras

que a devorarme horribles se presentan

y en arrancarme a la verdad porfían,

fanales son que a su esplendor me guían,

antorchas son que su victoria ostentan.

En su amor anhelante

mi corazón extático la adora,

mi espíritu la ve, mis pies la siguen.

No: ni el hierro ni el fuego amenazante

posible es ya que a vacilar me obliguen.

¿Soy dueño, por ventura,

de volver el pie atrás? Nunca las ondas

tornan del Tajo a su primera fuente

si una vez hacia el mar se arrebataron:

las sierras, los peñascos su camino

se cruzan a atajar; pero es en vano,

que el vencedor destino

las impele bramando al Oceano.

Llegó, pues, el gran día

en que un mortal divino, sacudiendo

de entre la mengua universal la frente,

con voz omnipotente

dijo a la faz del mundo: «EL HOMBRE ES LIBRE.»

Y esta sagrada aclamación saliendo,

no en los estrechos límites hundida

se vio de una región: el eco grande

que inventó Guttemberg la alza en sus alas;

y en ellas conducida

se mira en un momento

salvar los montes, recorrer los mares,

ocupar la extensión del vago viento,

y sin que el trono o su furor la asombre,

por todas partes el valiente grito

sonar de la razón: «LIBRE ES EL HOMBRE.»

Libre, sí, libre; ¡oh dulce voz! Mi pecho

se dilata escuchándote y palpita,

y el numen que me agita.

de tu sagrada inspiración henchido,

a la región olímpica se eleva,

y en sus alas flamígeras me lleva.

¿Dónde quedáis, mortales

que mi canto escucháis? Desde esta cima

miro al destino las ferradas puertas

de su alcázar abrir, el denso velo

de los siglos romperse, y descubrirse

cuanto será. ¡Oh placer! No es ya la tierra

ese planeta mísero en que ardieron

la implacable ambición, la horrible guerra.

Ambas gimiendo para siempre huyeron,

como la peste y las borrascas huyen

de la afligida zona que destruyen,

si los vientos del polo aparecieron.

Los hombres todos su igualdad sintieron,

y a recobrarla las valientes manos

al fin con fuerza indómita movieron.

No hay ya, ¡qué gloria!, esclavos ni tiranos

que amor y paz el universo llenan,

amor y paz por dondequier respiran,

amor y paz sus ámbitos resuenan.

Y el Dios del bien sobre su trono de oro

el cetro eterno por los aires tiende;

y la serenidad y la alegría

al orbe que defiende

en raudales benéficos envía.

¿No la veis? ¿No la veis? ¿La gran coluna,

el magnífico y bello monumento

que a mi atónita vista centellea?

No son, no, las pirámides que al viento

levanta la miseria en la fortuna

del que renombre entre opresión granjea.

Ante él por siempre humea

el perdurable incienso

que grato el orbe a Guttemberg tributa,

breve homenaje a su favor inmenso.

¡Gloria a aquél que la estúpida violencia

de la fuerza aterró, sobre ella alzando

a la alma inteligencia!

¡Gloria al que, en triunfo la verdad llevando,

su influjo eternizó libre y fecundo!

¡Himnos sin fin al bienhechor del mundo!


A Licoris

Consolándola de una ingratitud. Endechas

¿Por qué de tus penas
Ir siempre seguida?
El duelo importuno
¿Por qué no mitigas?

¿No ves que cebadas
Así las desdichas,
Estragan, Licoris,
La flor d e la vida?

Ya un año ha corrido,
Y el mal que te agita
Pintado con llanto
Se ve en tus mejillas.

Tus ojos hermoso,
Están todavía
Mirando el camino
Que lleva a Castilla;

Y al amado ausente,
Que cruel te olvida,
En alas del viento
Mil quejas envías.

Gustando memorias,
Soñando delicias,
Que luego despierta
Se tornan acíbar,

Engañas las noches,
Consumes los días,
Y el dardo en tu pecho
Más hondo se fija.

¡Ay que los ingratos
No valen, amiga,
Los crudos pesares
Que da su perfidia!

Ya del año ríe
La estación florida
Y vuelve a los campos
La antigua alegría.

Vuelve tú a la tuya,
Y las auras mismas
Que el lóbrego luto
De invierno disipan,

También desvanezcan
Con ala benigna
Tus negros cuidados,
Tus penas esquivas.

Torne a tu semblante
Tu apacible risa;
Las galas te adornen,
Los gustos te sigan.

Que en honda tristeza
No quiere que giman
La Diosa de Gnido,
Las Gracias festivas.

Tan amable aseo,
Discreción tan fina,
Y un pecho en que reinan
Verdad y justicia,

Son prendas, zagala,
Que siempre cautivan,
Y es bien ciego el hombre
Que infiel las olvida.

Tú de sus mudanzas
La venganza fía,
Que el cielo a los tales
Con ellas castiga.

Llegará, no dudes,
Tiempo en que se rinda
A quien su cariño
Le pague en delicias.

Y desesperado
Volverá la vista
Lanzando suspiros
A la Andalucía.

Así abandonada
Del mar en la orilla
La suerte lloraba
De Minos la hija.

¿Qué fue del ingrato
Que así la afligía
Y ejemplo dio al orbe
De tanta perfidia?

Abrazos helados
Y falsas caricias
Le daba tan sólo
Su cómplice indigna;

Que adúltera luego,
Furiosa, perdida,
Llenó sus penates
De eterna ignominia.

Ariadna entre tanto
Gozaba en su isla
Consuelos de Dioses
Regalos de Ninfas:

Y esposa de un Numen,
Al cielo subida,
En trono de estrellas
Espléndida brilla.
 


El amor se ha desprendido
De los brazos de su madre,
Y alegrando el universo
Se está suspenso en el aire.

Él os contempla, zagalas,
Y mirándoos se complace
Al ver las gracias que os dieron
Las estrellas liberales.

Él al placer os convida,
Al regocijo y al baile:
¿Y seréis sordas vosotras
A sus influjos suaves?

Mirad, cuál todo se anima!
De flor se visten los valles,
De yerba se cubre el campo
Y el viento pueblan las aves.

Animaos también vosotras:
Gozad la estación amable,
Que sobrada vida os queda
Para devorar pesares.

Más rápido que una flecha
Que vuela hendiendo los aires,
El tiempo vuela y se muere,
Muere el tiempo y no renace.

Tiempo vendrá en que os aflijan
Las memorias lamentables
De placeres que perdisteis,
De horas que desperdiciasteis.

Ea pues: que nadase pierda,
Salid alegres al baile,
Los instrumentos resuenen
Y la risa os acompañe.

Ven tú, la alegre zagala,
Atención de mil amantes,
Y cuyos ojos, si miran,
No hay corazón que no abrasen:

Plácidamente severa,
Severamente agradable
Te acompañará tu hermana
Y alentaréis todo el valle;

Mientras que a encantarnos venga,
Mientras que enlazada sale
Con la gallarda Belisa
La linda y modesta Dafne.

Ven tú, en fin, ninfa divina,
Ven en fin y no te tardes,
Tú en cuya tez los claveles
Con la azucena combaten:

Tú en cuyos labios de rosa
Fabrica amor sus panales,
Y en cuyo soberbio seno
El placer viene a posarse.
 
¡Dichoso aquel que tu beldad admira,
Que tus gracias contempla atentamente,
Que el blando influjo de tu genio siente,
Que de amor puede hablarte, y que suspira!

 


Ariadna

 

¡Nadie me escucha!... ¡Nadie!... El eco sólo,
eterno compañero
de este silencio lóbrego, responde
a mi agudo clamor, y mudamente
mi mal aumenta y mi dolor presente.

¿Y es aquesto verdad? ¿Pudo Teseo
sin mí partir, y pudo
desampararme así? ¡Pecho de bronce,
de todo amor y de piedad desnudo!
¿Qué te hice yo para tan vil huida?
Le vi, le amé; mi corazón, mi vida,
toda yo suya fui, toda... El ingrato,
¿Qué no me debe? Encadenado llega
a la cretense playa,
destinado a morir: su sangre odiosa
al monstruo horrible apacentar debía,
que en la prisión del laberinto erraba.
¿Qué hubiera él sido sin la industria mía?
Entra, combate, vence, y coronado
de nueva gloria se presenta al mundo.
Esto era poco: enfurecida y ciega,
frenética después, mi hogar, mi padre,
todo lo olvido a un tiempo, y me confío
al amable impostor enajenado
con su halago y su amor mi tierno pecho;
¡Falso amor, falso halago! ¿Qué se han hecho
pasión tan viva y perdición tan loca?
Yo lloro aquí desesperada en tanto
que el pérfido se ríe
de mi amor lamentable y de mi llanto.

      Pero no, no es posible
      que tan amantes lazos
      los haga así pedazos
      una argra ingratitud.

                (Levántase exaltada hacia la tienda).

Dame lecho a mi bien. Ahí tú que fuiste
de mi gloria testigo mira ahora
el triste afán que mi interior devora.

¡Así mientras sus labios me halagaban,
y en tanto que sus brazos me ceñían,
ya allá en su pecho las traiciones viles
este lazo fatal me preparaban!
¡Oh unión inconcebible
de perfidia y placer! ¡conque engañoso
puede ser el halago, y la ternura
lleva tras sí maldad y alevosía!
Yo triste, envuelta en la inocencia mía,
al delirio de amor me abandonaba;
tú sabes cuál mi seno palpitaba,
tú viste cuál mi sangre se encendía,
y cómo de su boca engañadora
deleite, amor y perdición bebía.

      Dos ayer éramos,
      y hoy sola y mísera
      me ves llorando
      a par de ti.
      Mira estas lágrimas,
      mírame trémula,
      donde gozando
      me estremecí.
      ¿Qué se hizo el pérfido?
      mi angustia muévate,
      y haz que volando
      torne hacia mí.

Vuelve, adorado fugitivo, vuelve,
yo te perdono. El ardoroso llanto
que ora inunda mi rostro y me le abraza,
enjugarás; reclinaré en tu pecho
mi atormentada frente, y aplicando
tu mano al corazón, verás cuál bate
de anhelo palpitante y de alegría.
Mas ¡oh! mísero y ciego devaneo;
mientras imploro al execrable amigo,
lleva el viento consigo
mi gritar, mi esperanza y mi deseo.

Y esto, ¡oh! dioses, sufrís y va seguro
y contento el perjuro
por medio de la mar, que le consiente
sin abrirse y tragarle. ¡Oh! tú, divino
astro del claro día, sol luciente,
sagrado autor de la familia mía.
Mira el trance terrible a que he venido,
mírame junto al mar volver llorando
la vista a todas partes, y en ninguna
asilo hallar a mi fatal fortuna,
mírame perecer sin un amigo
que dé a mi suerte lamentable lloro.
¿Donde, dónde volverme? ¿A quién imploro?

Muerte, no hay medio, muerte; este es el grito
que por do quiera escucho; ésta la senda
que encuentro abierta a mi infelice suerte.
Brama el mar, silba el viento, y dicen: «Muerte»

Y muerte hallaré yo... Las ondas fieras
que senda amiga al seductor abrieron,
me la darán... ¡Qué horror! Un sudor frío
baña mi triste frente, y el cabello
se eriza... Sí... Las veo;
Las furias del averno me arrebatan
tras de sí a fenecer... Voy desgraciada
víctima del amor... ¡Ah! Si el ingrato
presente ahora a mi dolor se hallara,
quizá al verme llorar también llorara.
¡Más no, mísera! Muere; el mar te espera,
el universo te olvidó, los dioses
airados te miraron
y sobre ti, cuitada, en un momento
el peso de su cólera lanzaron.

  ¡Oh qué triunfo tan bárbaro y fiero!
  avergüénzate, cielo tirano,
  avergüénzate, o dobla inhumano
  mi tormento y tu odioso rencor.
  ¿Dudo? ¿Temo? ¿A qué atiendo? ¿Qué espero?.
  dame ¡oh! mar, en tu seno un abrigo,
  y las ondas escondan conmigo
  mi infortunio, mi oprobio y mi amor.

                                            (Arrójase al mar).