Nicolás Fernández de Moratín (1737–1780)

Textos


EPIGRAMA
 Saber sin estudiar

 

Admiróse un portugués

de ver que en su tierna infancia

todos los niños en Francia

supiesen hablar francés.

«Arte diabólica es»,

dijo, torciendo el mostacho,

«que para hablar en gabacho

un fidalgo en Portugal

llega a viejo, y lo habla mal;

y aquí lo parla un muchacho».

 


El león y el ratón

 

Estaba un ratoncillo aprisionado
en las garras de un león; el desdichado
en la tal ratonera no fue preso
por ladrón de tocino ni de queso,
sino porque con otros molestaba
al león, que en su retiro descansaba.

Pide perdón, llorando su insolencia;
al oír implorar la real clemencia,
responde el Rey en majestuoso tono
(no dijera más Tito): «Te perdono.»

Poco después, cazando, el león tropieza
en una red oculta en la maleza;
quiere salir, mas queda prisionero;
atronando la selva ruge fiero.
El libre ratoncillo, que lo siente,
corriendo llega; roe diligente
los nudos de la red de tal manera
que al fin rompió los grillos de la fiera.

Conviene al poderoso
para los infelices ser piadoso;
tal vez se puede ver necesitado
del auxilio de aquel más desdichado.
 


Fiesta de Toros en Madrid

 

Madrid, castillo famoso
Que al rey moro alivia el miedo,
Arde en fiestas de su coso
Por ser el natal dichoso
De Alimenón de Toledo.

Su bravo alcaide Aliatar,
De la hermosa Zaida amante,
Las ordena celebrar
Por si le puede ablandar
El corazón de diamante.

Pasó, vencida a sus ruegos,
Desde Aravaca a Madrid;
Hubo pandorgas y fuegos,
Con otros nocturnos juegos
Que dispuso el adalid.

Y en adargas y colores,
En las cifras y libreas,
Mostraron los amadores,
Y en pendones y preseas,
La dicha de sus amores.

Vinieron las moras bellas
De toda la cercanía,
Y de lejos muchas de ellas:
Las más apuestas doncellas
Que España entonces tenía.

Aja de Jetafe vino,
Y Zahara la de Alcorcón,
En cuyo obsequio muy fino
Corrió de un vuelo el camino
El moraicel de Alcabón.

Jarifa de Almonacid,
Que de la Alcarria en que habita
Llevó a asombrar a Madrid
Su amante Audalla, adalid
Del castillo de Zorita.

De Adamud y la famosa
Meco llegaron allí
Dos, cada cual más hermosa,
Y Fátima la preciosa,
Hija de Alí el alcadí.

El ancho circo se llena
De multitud clamorosa,
Que atiende a ver en la arena
La sangrienta lid dudosa,
Y todo en torno resuena.

La bella Zaida ocupó
Sus dorados miradores
Que el arte afiligranó,
Y con espejos y flores
Y damascos adornó.

Añafiles y atabales,
Con militar armonía,
Hicieron salva, y seriales
De mostrar su valentía
Los moros más principales.

No en las vegas de Jarama
Pacieron la verde grama
Nunca animales tan fieros,
Junto al puente que se llama,
Por sus peces, de Viveros,

Como los que el vulgo vio
Ser lidiados aquel día;
Y en la fiesta que gozó,
La popular alegría
Muchas heridas costó.

Salió un toro del toril
Y a Tarfe tiró por tierra,
Y luego a Benalguacil;
Después con Hamete cierra
El temerón de Conil.

Traía un ancho listón
Con uno y otro matiz
Hecho un lazo por airón,
Sobre la inhiesta cerviz
Clavado con un arpón.

Todo galán pretendía
Ofrecerle vencedor
A la dama que servía:
Por eso perdió Almanzor
El potro que más quería.

El alcaide muy zambrero
De Guadalajara, huyó
Mal herido al golpe fiero,
Y desde un caballo overo
El moro de Horche cayó.

Todos miran a Aliatar,
Que, aunque tres toros ha muerto,
No se quiere aventurar,
Porque en lance tan incierto
El caudillo no ha de entrar.

Mas viendo se culparía,
Va a ponérsele delante:
La fiera le acometía,
Y sin que el rejón le plante
Le mató una yegua pía.

Otra monta acelerado:
Le embiste el toro de un vuelo
Cogiéndole entablerado;
Rodó el bonete encarnado
Con las plumas por el suelo.

Dio vuelta hiriendo y matando
A los de pie que encontrara,
El circo desocupando,
Y emplazándose, se para,
Con la vista amenazando.

Nadie se atreve a salir:
La plebe grita indignada,
Las damas se quieren ir,
Porque la fiesta empezada
No puede ya proseguir.

Ninguno al riesgo se entrega
Y está en medio el toro fijo,
Cuando un portero que llega
De la puerta de la Vega,
Hincó la rodilla, y dijo:

«Sobre un caballo alazano,
Cubierto de galas y oro,
Demanda licencia urbano
Para alancear a un toro
Un caballero cristiano.»

Mucho le pesa a Aliatar:
Pero Zaida dio respuesta
Diciendo que puede entrar,
Porque en tan solemne fiesta
Nada se puede negar.

Suspenso el concurso entero
Entre dudas se embaraza,
Cuando en un potro ligero
Vieron entrar en la plaza
Un bizarro caballero.

Sonrosado, albo color,
Belfo labio, juveniles
Alientos, inquieto ardor,
En el florido verdor
De sus lozanos abriles.

Cuelga la rubia guedeja
Por donde el almete sube,
Cual mirarse tal vez deja
Del sol la ardiente madeja
Entre cenicienta nube.

Gorguera de aliaos follajes,
De una cristiana primores;
En el yelmo los plumajes
Por los visos y celajes
Vergel de diversas flores.

En la cuja gruesa lanza,
Con recamado pendón,
Y una cifra a ver se alcanza,
Que es de desesperación,
O a lo menos de venganza.

En el arzón de la silla
Ancho escudo reverbera
Con blasones de Castilla,
Y el mote dice a la orilla:
Nunca mi espada venciera.

Era el caballo galán,
El bruto más generoso,
De más gallardo ademán:
Cabos negros, y brioso,
Muy tostado, y alazán.

Larga cola recogida
En las piernas descarnadas,
Cabeza pequeña, erguida,
Las narices dilatadas,
Vista feroz y encendida.

Nunca en el ancho rodeo
Que da Betis con tal fruto
Pudo fingir el deseo
Más bella estampa de bruto,
Ni más hermoso paseo.

Dio la vuelta al rededor;
Los ojos que le veían
Lleva prendados de amor:
«¡Alah te salve!» decían,
«¡Déte el Profeta favor!»

Causaba lástima y grima
Su tierna edad floreciente:
Todos quieren que se exima
Del riesgo, y él solamente
Ni recela ni se estima.

Las doncellas, al pasar,
Hacen de ámbar y alcanfor
Pebeteros exhalar,
Vertiendo pomos de olor,
De jazmines y azahar.

Mas cuando en medio se para,
Y de más cerca le mira
La cristiana esclava Aldara,
Con su señora se encara,
Y así le dice, y suspira:

«Señora, sueños no son;
Así los cielos, vencidos
De mi ruego y aflicción,
Acerquen a mis oídos
Las campanas de León,

»Como ese doncel, que ufano
Tanto asombro viene a dar
A todo el pueblo africano,
Es Rodrigo de Vivar,
El soberbio castellano».

Sin descubrirle quién es,
La Zaida desde una almena
Le habló una noche cortés,
Por donde se abrió después
El cubo de la Almudena.

Y supo que, fugitivo
De la corte de Fernando,
El cristiano, apenas vivo,
Está' a Jimena adorando
Y en su memoria cautivo.

Tal vez a Madrid se acerca
Con frecuentes correrías
Y todo en torno la cerca;
Observa sus saetías,
Arroyadas y ancha alberca.

Por eso le ha conocido:
Que en medio de aclamaciones,
El caballo ha detenido
Delante de sus balcones,
Y la saluda rendido.

La mora se puso en pie
Y sus doncellas detrás:
El alcaide que lo ve,
Enfurecido además,
Muestra cuán celoso esté.

Suena un rumor placentero
Entre el vulgo de Madrid:
«No habrá mejor caballero»,
Dicen, «en el mundo entero»,
Y algunos le llaman Cid.

Crece la algazara, y él,
Torciendo las riendas de oro,
Marcha al combate crüel:
Alza el galope, y al toro
Busca en sonoro tropel.

El bruto se le ha encarado
Desde que le vio llegar,
De tanta gala asombrado,
Y al rededor le ha observado
Sin moverse de un lugar.

Cual flecha se disparó
Despedida de la cuerda,
De tal suerte le embistió;
Detrás de la oreja izquierda
La aguda lanza le hirió.

Brama la fiera burlada;
Segunda vez acomete,
De espuma y sudor bañada,
Y segunda vez le mete
Sutil la punta acerada.

Pero ya Rodrigo espera
Con heroico atrevimiento,
El pueblo mudo y atento:
Se engalla el toro y altera,
Y finge acometimiento.

La arena escarba ofendido,
Sobre la espalda la arroja
Con el hueso retorcido;
El suelo huele y lo moja
En ardiente resoplido.

La cola inquieto menea,
La diestra oreja mosquea,
Vase retirando atrás,
Para que la fuerza sea
Mayor, y el ímpetu más.

El que en esta ocasión viera
De Zaida el rostro alterado,
Claramente conociera
Cuánto le cuesta cuidado
El que tanto riesgo espera.

Mas ¡ay, que le embiste horrendo
El animal espantoso!
Jamás peñasco tremendo
Del Cáucaso cavernoso
Se desgaja estrago haciendo,

Ni llama así fulminante
Cruza en negra oscuridad
Con relámpagos delante,
Al estrépito tronante
De sonora tempestad,

Como el bruto se abalanza
Con terrible ligereza;
Mas rota con gran pujanza
La alta nuca, la fiereza
Y el último aliento lanza.

La confusa vocería
Que en tal instante se oyó
Fue tanta, que parecía
Que honda mina reventó,
O el monte y valle se hundía.

A caballo como estaba
Rodrigo, el lazo alcanzó
Con que el toro se adornaba:
En su lanza lo clavó
Y a los balcones llegaba.

Y alzándose en los estribos,
Lo alarga a Zaida, diciendo:
«Sultana, aunque bien entiendo
Ser favores excesivos,
Mi corto don admitiendo;

»Si no os dignáredes ser
Con él benigna, advertid
Que a mí me basta saber
Que no lo debo ofrecer
A otra persona en Madrid.»

Ella, el rostro placentero,
Dijo, y turbada: «Señor,
Yo lo admito y lo venero,
Por conservar el favor
De tan gentil caballero.»

Y besando el rico don,
Para agradar al doncel,
Lo prende con afición
Al lado del corazón
Por brinquiño y por joyel.

Pero Aliatar el caudillo
De envidia ardiendo se ve,
Y, trémulo y amarillo.
Sobre un tremecén rosillo
Lozaneándose se fue.

Y en ronca voz: «Castellano»,
Le dice, "con más decoros
Suelo yo dar de mi mano,
Si no penachos de toros,
Las cabezas del cristiano.

»Y si vinieras en guerra
Cual vienes de fiesta y gala,
Vieras que en toda la tierra,
Al valor que dentro encierra
Madrid, ninguno se iguala.»

«Así», dijo el de Vivar,
«Respondo»; y la lanza al ristre
Pone, y espera a Aliatar;
Mas sin que nadie administre
Orden, tocaron a armar.

Ya fiero bando con gritos
Su muerte o prisión pedía,
Cuando se oyó en los distritos
Del monte de Leganitos
Del Cid la trompetería.

Entre la Moncloa y Soto
Tercio escogido emboscó,
Que, viendo como tardó,
Se acerca, oyó el alboroto,
Y al muro se abalanzó.

Y si no vieran salir
Por la puerta a su señor,
Y Zaida a le despedir,
Iban la fuerza a embestir:
Tal era ya su furor.

El alcaide, recelando
Que en Madrid tenga partido,
Se templó disimulando.
Y por el parque florido
Salió con él razonando.

Y es fama que, a la bajada,
Juró por la cruz el Cid
De su vencedora espada
De no quitar la celada
Hasta que gane a Madrid.

 


ODA
A los ojos de Dorisa

 

Ojos hermosos
de mi Dorisa:
yo os vi al reflejo
de luces tibias...
¡Noche felice,
no te me olvidas!
Turbado y mudo
quedé a su vista,
susto de muerte
me atemoriza,
y sólo huyendo
pude evadirla.

Ojos hermosos:
yo así vivía,
cuando amor fiero
gimió de envidia.
Quiso que al yugo
la cerviz rinda,
y os me presenta
con pompa altiva,
una mañana,
cuando ilumina
Febo los prados
que abril matiza.
Vi que con nuevas
flores se pinta
el suelo fértil,
la cumbre fría;
los arroyuelos
libres salpican,
sonando roncos,
la verde orilla.
Gratos aromas
el viento espira,
cantan amores
las avecillas.

Ojos hermosos:
yo me aturdía,
cuando me ciega
luz improvisa,
con más incendios
y más rüinas
que si centellas
Júpiter vibra.
Nunca posible
será que diga
que pena entonces
me martiriza.
¡Qué feliz era,
qué bien hacía
mientras huyendo
sus fuegos iba!

Ojos hermosos:
si conocida
a vos os fuese
vuestra luz misma,
o en el espejo
la reflexiva
tanto mostrara,
conoceríais
qué estrago al orbe
se le destina,
bien con enojos
bien con delicias.
¡Ay cómo atraen,
cómo desvían,
cómo sujetan,
cómo acarician!

Piedad, hermosas
lumbres divinas,
de quien amante
os solemniza.
Y si a mi verso
la suerte amiga
da, que en el mundo
durable exista,
aplauso eterno
haré que os siga,
y en otros siglos
daréis envidia.

 


CANCIÓN
A PEDRO ROMERO, TORERO INSIGNE

 

Cítara áurea de Apolo, a quien los dioses
hicieron compañera
de los regios banquetes, y ¡oh sagrada
musa! que el bosque de Helicón venera,
no es tiempo que reposes;
alza el divino canto y la acordada
voz hasta el cielo osada,
con eco que supere resonante
al estruendo confuso y vocería,
popular alegría,
y aplauso cortesano triünfante,
que se escucha distante
en el sangriento coso matritense,
en cuya arena intrépido se planta
el vencedor circense,
lleno de glorias que la fama canta.

   Otras quiere adquirir, y así de espanto
y de placer se llena
la Villa que domina entrambos mundos.
Corre el vulgo anhelante, rumor suena,
y se corona en tanto
de bizarros galanes sin segundos
y atletas furibundos
el ancho anfiteatro. Allí se asoma
todo el reino de Amor, y la hermosura
que a Venus desfigura,
y no hay humano pecho que no doma
(baldón de Grecia y Roma),
y en opulencia y aparato hesperio
muestra Madrid cuanto tesoro encierra
corte de tanto imperio,
del mayor soberano de la tierra.

   Pasea la gran plaza el animoso
mancebo, que la vista
lleva de todos, su altivez mostrando,
ni hay corazón que esquivo le resista.
Sereno el rostro hermoso,
desprecia el riesgo que le está esperando;
le va apenas ornando
el bozo el labio superior, y el brío
muestra y valor en años juveniles
del iracundo Aquiles.
Va ufano al espantoso desafío,
¡con cuánto señorío!
¡qué ademán varonil! ¡qué gentileza!
Pides la venia, hispano atleta, y sales
en medio con braveza,
que llaman ya las trompas y timbales.

   No se miró Jasón tan fieramente
en Colcos embestido
por los toros de Marte, ardiendo en llama,
como precipitado y encendido
sale el bruto valiente
que en las márgenes corvas de Jarama
rumió la seca grama.
Tú le esperas, a un numen semejante,
sólo con débil, aparente escudo,
que dar más temor pudo;
el pie siniestro y mano está delante;
ofrécesle arrogante
tu corazón que hiera, el diestro brazo
tirado atrás con alta gallardía;
deslumbra hasta el recazo
la espada, que Mavorte envidiaría.

   Horror pálido cubre los semblantes,
en trasudor bañados,
del atónito vulgo silencioso;
das a las tiernas damas mil cuidados
y envidia a sus amantes;
todo el concurso atiende pavoroso
el fin de este dudoso
trance. La fiera que llamó el silbido
a ti corre veloz, ardiendo en ira,
y amenazando mira
el rojo velo al viento suspendido.
Da tremendo bramido,
como el toro de Fálaris ardiente,
hácese atrás, resopla, cabecea,
eriza la ancha frente,
la tierra escarba y larga cola ondea.

   Tu anciano padre, el gladiator ibero
que a Grecia España opone,
con el silvestre olivo coronado,
por quien la áspera Ronda ya se pone
sobre Elis, y el ligero
Asopo el raudo curso ha refrenado,
cediendo al despeñado
Guadalevín; tu padre, que el famoso
nombre y valor en ti ve renovarse,
no puede serenarse,
hasta que mira al golpe poderoso
el bruto impetüoso
muerto a tus pies, sin movimiento y frío,
con temeraria y asombrosa hazaña,
que por nativo brío
solamente no es bárbara en España.

   ¿Quién dirá el grito y el aplauso inmenso
que tu acción vocifera,
si el precio de tus méritos pregona
la envidia, con adorno a la extranjera,
que dice: «En el extenso
mundo, ¿cuál rey que ciña la corona
entre hijos de Belona
podrá mandar a sus vasallos fieros
(como el dueño feliz de las Españas)
hacer tales hazañas?
¿Cuál vencerán a indómitos guerreros
en lances verdaderos,
si éstos sus juegos son y su alegría?»
¡Oh, no conozca España qué varones
tan invencibles cría!
¡Rogádselo a los cielos, oh naciones!

   Y tú, por quien Vandalia nombre toma
cual la aquiva Corinto
(ni tal vio el circo máximo de Roma),
si algo ofrece a mi verso el dios de Cinto,
tu gloria llevaré del occidente
a la aurora, pulsando el plectro de oro;
la patria eternamente
te dará aplauso, y de Aganipe el coro.