De lo real maravilloso al realismo mágico

(Recop.) Justo Fernández López


La renovación de la narrativa hispanoamericana

La narrativa hispanoamericana entra en crisis después de la etapa fecunda del regionalismo, del realismo y de la protesta. De esta crisis surgirá un florecimiento de obras irrepetibles. A partir de 1940, se manifiesta una exigencia de renovación que quiere evitar los peligros del «repeticionismo». El resultado fue el surgimiento de una tendencia parricida, la demolición de ídolos, pero también de una búsqueda afanosa, de experimentalismo ilimitado y audaz, junto con la negación de precedentes que impedían toda revolución. Aunque la revolución ya se había iniciado, sin necesidad de parricidios, con anterioridad a 1940, como es el caso de Eduardo Mallea.

A partir de los cuarenta y ya en los cincuenta, los narradores van abandonando el regionalismo para crear la “nueva novela” que culminará en los años sesenta con el “boom” de la narrativa. Con la “nueva novela” superan las limitaciones del regionalismos perdiendo interés por lo rural y sustituyéndolo por paisajes urbanos; se plantean los problemas del hombre contemporáneo, sus deseos y sentimientos; se asimilan los logros de las vanguardias europeas y americanas, del subjetivismo, el surrealismo, el psicoanálisis; definen lo “lo real maravilloso”, formulada por Alejo Carpentier y cultivada por Miguel Ángel Asturias, Julio Cortázar o Gabriel García Márquez; llevan a cabo una profunda transformación del lenguaje narrativo que prepara el camino para el “boom” de los años sesenta.

«La influencia sobre las generaciones más jóvenes de autores como Kafka, Mann, Proust, Gide, Faulkner, Dos Passos, Hemingway, el descubrimiento de Joyce, Huxley, de las corrientes del psicoanálisis y de las técnicas cinematográficas abren la vía hacia estructuras narrativas nuevas y variadas, hacia formas expresivas insospechadas hasta ese momento, con temáticas de mayor complejidad plasmadas a través de un juego caleidoscópico de puntos de vista, el uso y el abuso del monólogo interior, una pluralidad de planos temporales que acentúan la dimensión de la novela. En el centro de esta búsqueda se sitúa al hombre. Pero la narrativa hispanoamericana, aunque discurra por caminos nuevos y abra otros originales, sigue aferrada a un empeño fundamental que le es propio, elevar el mundo americano a condiciones más humanas y dignas.

En la obra de Miguel Ángel Asturias el realismo mágico tiene como objetivo captar la condición del hombre, junto con la esencia del mundo americano. Si nos fijamos en la novedad estructural de El Señor Presidente, en su concepción cíclica, en el modo inédito de emplear el tiempo, en los numerosos experimentos lingüísticos, en el especial modo de representar los personajes, haciendo uso de la lección esperpéntica de Valle-Inclán (sobre todo de la lectura de Tirano Banderas), pero también de la de los Sueños de Quevedo, empleando procedimientos oníricos tomados del Surrealismo, El Señor Presidente es un claro anuncio de la «nueva novela» y, por ciertos aspectos interpretativos del paisaje, del «realismo mágico» típicamente asturiano. Pero en lo que se refiere a este ámbito, Asturias nos da su primera gran realización en el libro siguiente, Hombres de maíz (1949).» [Giuseppe Bellini]

Los primeros frutos de este empeño innovador empiezan a cuajar con Hombres de maíz de Miguel Ángel Asturias, en 1949, y con El reino de este mundo, de Alejo Carpentier, del mismo año. En el prólogo a esta última novela, Alejo Carpentier enuncia la teoría de «lo real maravilloso». Miguel Ángel Asturias preferirá usar el término de «realismo mágico». Con los escritores la narrativa hispanoamericana alcanzará fama internacional.

Destacan primero en ese gran proceso de renovación:

 

Miguel Ángel Asturias (guatemalteco), con una novela que inaugura en verdad el género de la "novela de dictador": El señor Presidente.

 

Alejo Carpentier (cubano), Los pasos perdidos, El siglo de las luces, El recurso del método, su propia novela "de dictador".

 

Jorge Luis Borges (argentino) que nunca cultivó la novela, sino solo el relato breve.

 

Juan Rulfo (mexicano), autor solamente de dos libros de creación: los relatos El llano en llamas y su novela Pedro Páramo, el modelo más acabado de realismo fantástico.

 

Augusto Roa Bastos (paraguayo): Hijo de hombre.

 

Juan Carlos Onetti (urugayo): El pozo.

 

José Lezama Lima (cubano): Paradiso.

Lo «real maravilloso»

En el prólogo de El reino de este mundo (1949), una novela de Alejo Carpentier sobre la Revolución Haitiana, el mismo autor desarrolla su famoso concepto de «lo real maravilloso» o lo maravilloso real, que algunos críticos interpretan como sinónimo de realismo mágico, aunque otros no están de acuerdo con esta identificación, sobre todo comparándolo con los textos de escritores como Miguel Ángel Asturias o Gabriel García Márquez. Para Carpentier, ya muy alejado de los surrealistas, «lo real maravilloso» es patrimonio y natural de Latinoamérica. Puede que Lo real maravilloso no sea característico solo de América y sea algo común a muchas culturas, pero fue Alejo Carpentier el que lo formular y conceptualizar mejor.

Parte de la renovación formal se debe a la incorporación de elementos tomados de los grandes renovadores europeos y norteamericanos de la novela (Faulkner sobre todo, pero también Kafka y Joyce) o tomados del lenguaje surrealista, muchos de cuyos hallazgos lingüísticos se emplean para expresar lo maravilloso. Introducen innovaciones técnicas como el subjetivismo, el monólogo interior, los saltos cronológicos, etc.; y utilizan un lenguaje brillante y barroco, cargado de sugerentes imágenes.

El concepto de lo maravilloso implica un sentido de sorpresa frente a lo inusual e inesperado, o un fenómeno improbable. Este puede ocurrir en varias maneras: naturalmente, como resultado deliberado de la manipulación de la realidad o por la percepción del artista, y finalmente por intenciones sobrenaturales. Por otra parte, estos provocan la presencia de algo diferente de lo normal. La influencia de esta obra y, en realidad, de esta teoría fue enorme en los posteriores escritores latinoamericanos.

En el prólogo Alejo Carpentier describe su experiencia personal en un viaje a Haití y también critica el arte europeo por su falta de originalidad, especialmente el surrealismo. Contrasta la artificial y ansiosa búsqueda de algo maravilloso en el arte europeo con la realidad maravillosa misma de América Latina. Postula “lo real maravilloso” de la vida de América Latina como fuente natural de inspiración de la producción cultural latinoamericana.

«Muchos se olvidan, con disfrazarse de magos a poco costo, que lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad (el milagro), de una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce a un modo de "estado límite". Para empezar, la sensación de lo maravilloso presupone una fe. Los que no creen en santos no pueden curarse con milagros de santos, ni los que no son Quijotes pueden meterse, en cuerpo, alma y bienes, en el mundo de Amadís de Gaula o Tirante el Blanco. Prodigiosamente fidedignas resultan ciertas frases de Rutilio en los trabajos de Persiles y Segismunda, acerca de hombres transformados en lobos, porque en tiempos de Cervantes se creía en gentes aquejadas de manía lupina. Asimismo el viaje del personaje, desde Toscana a Noruega, sobre el manto de una bruja. Marco Polo admitía que ciertas aves volaran llevando elefantes entre las garras, y Lutero vio de frente al demonio a cuya cabeza arrojó un tintero. Víctor Hugo, tan explotado por los tenedores de libros de lo maravilloso, creía en aparecidos, porque estaba seguro de haber hablado, en Guernesey, con el fantasma de Leopoldina. A Van Gogh bastaba con tener fe en el Girasol, para fijar su revelación en una tela. De ahí que lo maravilloso invocado en el descreimiento -como lo hicieron los surrealistas durante tantos años- nunca fue sino una artimaña literaria, tan aburrida, al prolongarse, como cierta literatura onírica "arreglada", ciertos elogios de la locura, de los que estamos muy de vuelta. No por ello va a darse la razón, desde luego, a determinados partidarios de un regreso a lo real -término que cobra, entonces, un significado gregariamente político-, que no hacen sino sustituir los trucos del prestidigitador por los lugares comunes del literato "enrolado" o el escatológico regodeo de ciertos existencialistas. Pero es indudable que hay escasa defensa para poetas y artistas que loan el sadismo sin practicarlo, admiran el supermacho por impotencia, invocan espectros sin creer que repondan a los ensalmos, y fundan sociedades secretas, sectas literarias, grupos vagamente filosóficos, con santos y señas y arcanos fines -nunca alcanzados-, sin ser capaces de concebir una mística válida ni de abandonar los más mezquinos hábitos para jugarse el alma sobre la temible carta de una fe.

Esto se me hizo particularmente evidente durante mi permanencia en Haití, al hallarme en contacto cotidiano con algo que podríamos llamar lo real maravilloso. [...]Lo real maravilloso se encuentra a cada paso en las vidas de hombres que inscribieron fechas en la historia del Continente y dejaron apellidos aún llevados: desde los buscadores de la Fuente de la Eterna Juventud, de la áurea ciudad de Manoa, hasta ciertos rebeldes de la primera hora o ciertos héroes modernos de nuestras guerras de independencia de tan mitológica traza como la coronela Juana de Azurduy. Siempre me ha parecido significativo el hecho de que, en 1780, unos cuerdos españoles, salidos de Angostura, se lanzaran todavía a la busca de El Dorado, y que, en días de la Revolución Francesa -¡vivan la Razón y el Ser Supremo!-, el compostelano Francisco Menéndez anduviera por tierras de Patagonia buscando la Ciudad Encantada de los Césares. Enfocando otro aspecto de la cuestión, veríamos que, así como en Europa occidental el folklore danzario, por ejemplo, ha perdido todo carácter mágico o invocatorio, rara es la danza colectiva, en América, que no encierre un hondo sentido ritual, creándose en torno a él todo un proceso iniciado: tal los bailes de la santería cubana, o la prodigiosa versión negroide de la fiesta del Corpus, que aún puede verse en el pueblo de San Francisco de Yare, en Venezuela.

Por la dramática singularidad de los acontecimientos, por la fantástica apostura de los personajes que se encontraron, en determinado momento, en la encrucijada mágica de la Ciudad del Cabo, todo resulta maravilloso en una historia imposible de situar en Europa, y que es tan real, sin embargo, como cualquier suceso ejemplar de los consignados, para pedagógica edificación, en los manuales escolares. ¿Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real maravilloso?» [Alejo Carpentier, Prólogo a El reino de este mundo]

El narrador rechaza el realismo mágico de la literatura europea, que tacha de superficial, e incluso las sugestiones del surrealismo bretoniano, para exaltar la dimensión "maravillosa» del mundo americano, naturaleza, mitos, religiones, historia: «revelación privilegiada de la realidad», «iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce a un modo de “estado límite”.»

EL «REALISMO MÁGICO»

La noción de realismo mágico fue empleada por primera vez por el crítico de arte alemán Franz Roh, para referirse a una pintura que reflejaba una realidad modificada. El concepto pasó a la crítica literaria cuando el venezolano Arturo Uslar Pietri, en su ensayo El cuento venezolano, lo utilizó para describir la obra de ciertos autores de origen latinoamericano. Desde entonces, se considera que el realismo mágico es un género literario de amplio alcance artístico que tuvo su auge a mitad del siglo XX.

El realismo mágico se desarrolló en las décadas del '60 y '70, producto de las discrepancias entre dos visiones que en ese momento convivían en Hispanoamérica: la cultura de la tecnología y la cultura de la superstición. Sin embargo, existen textos de este tipo desde la década de 1930, en las obras de José de la Cuadra, en sus nouvelles (La tigra), y también sería desarrollado en profundidad este estilo de escritura por Demetrio Aguilera Malta (Don Goyo y La isla virgen).

«Lo que vino a predominar en el cuento y a marcar su huella de una manera perdurable fue la consideración del hombre como misterio en medio de datos realistas. Una adivinación poética o una negación poética de la realidad. Lo que a falta de otra palabra podrá llamarse un realismo mágico.» [Uslar Pietri]

El realismo mágico es un movimiento literario de mediados del siglo XX y se define como una preocupación estilística y el interés de mostrar lo irreal o extraño como algo cotidiano y común. No es una expresión literaria mágica, su finalidad no es suscitar emociones sino, más bien, expresarlas, y es, sobre todas las cosas, una actitud frente a la realidad. El realismo mágico comparte características con el realismo épico, como la pretensión de dar verosimilitud interna a lo fantástico e irreal, a diferencia de la actitud nihilista asumida originalmente por las vanguardias como el surrealismo.

La nueva novela rechaza la sugestión que ejerce el folklore, el telurismo, el documentalismo como fin en sí mismo, y hace hincapié en el estudio y presentación del hombre en el momento más inquietante de su existencia. El lector se siente muy próximo a los protagonistas y ve reflejados en ellos sus propios problemas. Su profundo realismo no queda anulado por la fantasía, aunque no es puro documentalismo sino empeño por alcanzar los estratos más profundos de la  realidad con la ayuda de la imaginación: «la imaginación como vía indispensable para alcanzar la auténtica realidad, falseada por los naturalismos superficiales».

«El primer producto de la renovación es, como se ha dicho, el «realismo mágico», la búsqueda de la realidad propia a través de la naturaleza, el mito y la historia, para afirmar el sello de la originalidad y de la unicidad americana en el mundo. No cabe duda de que en el realismo mágico conviven numerosas características del regionalismo, del neorrealismo o de la novela de protesta. Se percibe esto claramente en las obras de Miguel Angel Asturias y de Alejo Carpentier, etapas de singular valor en el camino hacia las formas más nuevas de la experimentación narrativa hispanoamericana, pero expresiones ellas mismas de una «novedad» irrepetible. Sin embargo, en Asturias está especialmente viva la experiencia surrealista, la parisina, pero ante todo la experiencia del surrealismo indígena, un surrealismo ante litteram, por medio del cual lo irreal parece hacerse real con el auxilio de la prolijidad en los detalles de lo soñado que da el indio — lo afirma el escritor— , pero también gracias a la intervención de creencias ancestrales y de la magia, que es otra claridad: otra luz alumbrando el universo de dentro a fuera. A lo solar, a lo exterior, se une en la magia [...] ese interno movimiento de las cosas que despiertan solas, y solas existen aisladas y en relación con todo lo que las rodea.» [G. Bellini]

Principales exponentes del realismo mágico son Gabriel García Márquez y el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, o en España el gallego Álvaro Cunqueiro. Para muchos críticos los padres del realismo mágico son Juan Rulfo con Pedro Páramo, Arturo Uslar Pietri con su cuento La lluvia (1935), José de la Cuadra, Laura Esquivel con Como agua para chocolate, Pablo Neruda y otros. Jorge Luis Borges también ha sido relacionado con el realismo mágico, pero su negación absoluta del realismo como género o como una posibilidad literaria lo pone contra este movimiento. Alejo Carpentier, de Cuba, en su prólogo al Reino de este mundo, define su escritura inventando el concepto de real maravilloso, que, a pesar de sus semejanzas con el realismo mágico, no debería ser asimilado a él.

Características del realismo mágico

Característico de las novelas del realismo mágico son elementos fantásticos o mágicos que son percibidos como normales por los personajes, así como la presencia de lo sensorial como parte de la percepción de la realidad. A estos elementos fantásticos no les da nunca el autor una explicación racional. Los hechos son reales pero tienen una connotación fantástica, ya que algunos no tienen explicación, o son muy improbables que ocurran.

El realismo mágico intenta hacer un retrato total de la realidad, ya que el mundo  hispanoamericano va mucho más allá de lo que puede ser percibido por los sentidos. Un narrador mágico realista, crea la ilusión de “irrealidad“. Para ello cuenta los hechos más triviales, cotidianos, insignificantes como si fueran excepcionales; y los excepcionales, como si fueran de lo más común.

La literatura del realismo mágico no es una literatura fantástica, ya que en la base de todas estas obras está el mundo real y reconocible. A partir de este momento, realidad y fantasía se presentarán íntimamente unidas en la novela: unas veces, por la presencia de lo mítico, de lo legendario, de lo mágico; otras, por el tratamiento alegórico o poético de la acción, de los personajes o de los ambientes (como hemos dicho antes). Como ilustra  este cuento breve de Julio Cortázar:

 

Historia Verídica

A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caros, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto. Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora.

FIN

Pero el realismo mágico no abarca solamente elementos fantásticos, no es exclusivamente fantástico, pues estos elementos forman parte de una historia realista en la que estos elementos fantásticos son tomados como cosa natural. Son elementos irreales o improbables presentados y descritos como reales.

Estos elementos fantásticos aparecen en los niveles más crudos de la pobreza y marginalidad social, espacios donde la concepción mágica, mítica se hace presente. Se trata de personajes siempre algo “extraños”, con una visión casi onírica de la vida, que realizan viajes de tiempo y espacio sin moverse del lugar en estado de trance que les permite vivir acontecimientos intensos y resolver conflictos que arrastran desde la infancia. Son seres que siempre se encuentran a la vanguardia de los acontecimientos políticos y sociales de su época.

El tiempo se percibe como cíclico o aparece distorsionado, para que pueda repetirse el presente o resulte similar al pasado. En el plano del tiempo cronológico, las acciones siguen el curso lógico del tiempo. Ruptura de planos temporales: mezcla de tiempo presente con tiempo pasado (regresiones) y tiempo futuro (adelantos).  En el plano del tiempo estático, el tiempo cronológico se detiene, pero los pensamientos de los personajes siguen fluyendo. En el plano del tiempo invertido, el más contradictorio, se trastoca el curso del tiempo: "Era el amanecer. Se hizo la noche". Los mitos y las leyendas pueden ser presentados por múltiples narradores: en primera, segunda y tercera persona.

Los elementos fantásticos permitían a los autores de estas obras sobrevivir en un ambiente de dictadura y censura. Mediante la fantasía pordían explicar elementos de una realidad vivida sin poner en peligro su libertad o incluso su vida.

El realismo mágico busca la verdad. Las narraciones están llenas de elementos sobrenaturales porque describen una realidad de la que forman parte la superstición, los sueños y las fantasías de los personajes. Estos elementos fantásticos son parte integral de la vida cotidiana de los sujetos de la historia.

El narrador omnisciente deja paso al narrador protagonista, personaje o testigo (multiperspectivismo).

El tiempo. Se rompe la linealidad temporal por medio de recursos como la inversión temporal, las historias paralelas o intercaladas y el caos temporal.

El lenguaje. Entre los nuevos narradores existe una gran preocupación por la elaboración lingüística, por el ritmo de la prosa (a veces poética) y por el empleo de imágenes, hasta tal punto que se ha hablado de una tendencia barroca en el estilo de estas novelas.

Estos rasgos, iniciados en los años 40, se prolongarán durante las décadas siguientes en la obra de nuevos novelistas.  En el periodo que va de 1940 a 1960 destacan autores como: Juan Rulfo (Pedro Páramo), Jorge Luis Borges (El libro de arena); Miguel Ángel Asturias (El señor Presidente) y Alejo Carpentier (Los pasos perdidos y El siglo de las luces).