SALVADOR ELIZONDO

(Recop.) Justo Fernández López

 

SEMBLANZA

Salvador Elizondo (México, 1932-2006), poeta, narrador, ensayista y traductor, fue el escritor más original de su generación.

Nació el 19 de diciembre de 1932 en la ciudad de México, hijo de Salvador Elizondo Pani, diplomático y productor de cine. Desde muy joven tuvo contacto con el cine y la literatura. De niño vivió varios años en Alemania, antes de la Segunda Guerra Mundial, y cursó tres años en una escuela militar de California.

Estudió Artes Plásticas en la escuela La Esmeralda y en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de México, además de Letras Inglesas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Hizo estudios superiores en diversas universidades del extranjero: Ottawa, Perugia y Cambridge, así como en el Institut des Hautes Études Cinématographiques. Fue catedrático de la UNAM.

En 1990 recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura. Fue miembro, a partir de 1976, de la Academia Mexicana de la Lengua, tomó posesión de la silla XXI el 23 de octubre de 1980. El 29 de abril de 1981 ingresó a El Colegio Nacional con el discurso de «Joyce y Conrad».

Es el segundo escritor mexicano después de Octavio Paz en haber recibido a su muerte un homenaje de cuerpo presente en el Palacio de Bellas Artes.

Obra

Su alta erudición y su vocación filosófica quedan de manifiesto en sus escritos.

«Creo que la literatura de Elizondo parte de una conciencia enormemente profunda y lacerante de la insuficiencia de los instrumentos y procedimientos heredados en lengua española para expresar una experiencia contemporánea. Más allá de los asuntos y más allá de las anécdotas de los episodios que expresa Elizondo en su escritura, hay una conciencia enorme de esta insuficiencia verbal, literaria, cultural, que es escribir el español en México a mediados de siglo y tratar de alcanzar, desde esta conciencia, ponernos al día, poner al día el reloj cultural, literario, personal y local con el reloj cosmopolita, el reloj universal. Salvador Elizondo encarna el mito del escritor puro, y en su obra se actualiza soberanamente el mito de la escritura.» [Adolfo Castañón]

«Elizondo no posee una prosa deslumbrante. Tienen razón sus adversarios: el narrador más enérgico de la literatura mexicana no escribe bonito. No lo hace, y tampoco importa: escribe inteligentemente. Si un autor ha estado al tanto de sus habilidades y limitaciones, ése es Elizondo. Asombra, porque no es común, el íntimo conocimiento que tiene de su propia obra. Sorprende, porque es extraordinaria, la facilidad con que, hablando de cualquier cosa, desliza su poética. Para quien quiera entender el proyecto literario de Elizondo, Pasado anterior guarda escritos imprescindibles. Algunos textos son ya emblemáticos desde el título: “Escribir sobre la nada”, “El arte como proyecto”, “El arte de la teoría”. Otros, orgullosamente dependientes de las ideas de Flaubert y Joyce y Mallarmé y Valéry, delatan la mayor virtud de Elizondo: su sentido de la ubicación. El autor de Farabeuf sabe siempre desde dónde escribe. Él mismo explica: cuando Flaubert declaró su propósito de escribir una novela sobre nada, inauguró una cierta tradición, que él habita desde México. Cuando Mallarmé definió el arte experimental como aquel que se realiza en la pura aplicación de un método, fijó un procedimiento que él práctica. Cuando Joyce arrastró la literatura hasta su frontera más extrema, fundó una oscura tierra de nadie que él recorre. Insobornablemente.» [Rafael Lemus]

«Al escribir que escribe, Elizondo se escribe, se vuelve un signo entre los signos, un accidente entre los accidentes que es toda escritura. Por una inversión de la perspectiva habitual, el autor deja de ser el dueño de las combinaciones de su obra y es una combinación más, uno de los productos de su novela. Se abre así un abismo: el acto de escribir, convertido en escritura dentro de la escritura, pierde de pronto todas sus referencias; la escritura no es lo que escribe el hombre, porque el hombre es ya escritura, ya es personaje también. La referencia no está ya del lado del hombre sino del otro lado: el lado de la escritura abierta hacia la no-significación.» [Octavio Paz: “El signo y el garabato (Salvador Elizondo)”]

«Yo quería aplicar el principio del montaje que es el principio que se emplea para la escritura china, es decir, cómo los chinos dibujan lo que escriben, si se ve mano, si dicen mano, se ve una mano. Hay muchos términos o palabras que no se pueden trasladar en nuestra lengua, que no se pueden decir en chino porque no tienen forma. Por ejemplo, tú no puedes decir tristeza o pena en chino. Tienes que valerte de dos figuras concretas que al unirse producen una tercera figura abstracta. Entonces, para decir pena o tristeza en chino, se pone el signo de corazón, que es una cosa representada, contra una puerta cerrada. De modo que, en chino, triste se dice corazón contra puerta cerrada.» [Salvador Elizondo]

«Elizondo intenta crear una expresión gráfica basada en el principio del montaje, tal como lo había aplicado Eisenstein en el cine y cuyas películas y libros le habían interesado apasionadamente, tanto como la veneración que tenía a los procedimientos de cierta poesía china. Elizondo cayó en la cuenta de que dos mil quinientos años a. C., los chinos habían conseguido en la estructura de sus caracteres ideográficos exactamente los mismos resultados que Eisenstein en sus películas.» [María Celia Jáuregui Lorda]

Obras

Poemas (1960). «Creo que uno de  los peores males que puede haber es la difusión de la poesía. Convertir a la poesía en una cosa de consumo necesario para la gente. La poesía no se puede hacer para publicarse. Escribir la poesía que el público quiere no funciona. El poeta tiene que retirarse completamente. Hay un público de poesía, pero ¡no debe haberlo! Debe haber pequeñas camarillas de gustadores de poesía. Que cada quien escriba como se le da su gana. No hay conciencia de la condición de poeta, se conocen más que por lo que publican que por lo que hacen. Y todo lo que hacen no está a la altura de ser publicado tan efusivamente.» [Salvador Elizondo]

Luchino Visconti (1963), ensayo sobre la obra del gran realizador italiano Luchino Visconti.

Farabeuf o la crónica de un instante (1965). Influido por la “nueva novela” francesa, y vinculado con la tradición literaria europea y con la erótica de Georges Bataille, en esta novela desaparecen las regiones transparentes, los indios ensombrerados, los caciques rencorosos, dejando lugar a un tiempo congelado (la fotografía), al ceremonial erótico y a la escritura como espejo de sí misma.

Es esta tal vez la novela más conocida de Salvador Elizondo. Novela compleja que ha sido denominada como novela metafísica. Para Daniel Zavala, «1965 fue el año de Farabeuf o la crónica de un instante, quizás el mejor libro en la carrera del autor. En Farabeuf se combinan los elementos que han estimulado la sensibilidad artística de Elizondo: el interés que naciera en Europa por las técnicas cinematográficas; el estudio profundo de la cultura y los ideogramas chinos; la curiosidad por el mundo científico decimonónico en general y el Précis de Manuel Operatoire del Dr. Farabeuf en particular».

La idea de utilizar al doctor Louis Hubert Farabeuf (1841-1910) le vino en París, y después de leer un pequeño manual quirúrgico llamado "Precis de Manuel Operatoire". La esencia de la obra, en cambio, es la adaptación a la literatura de las teorías de montaje cinematográfico de Eisenstein. El texto es por ello de difícil lectura y requiere una serie de claves para ser descifrado. Sus temas principales son el erotismo, la escritura china, el placer, la repulsión, el horror, la adivinación y el I Ching. En él no sucede nada, por lo que a partir de la segunda edición el autor decidió retirar el subtítulo de "novela".

«Farabeuf, como indica el resto del título –o la crónica de un instante, anticipa una averiguación que excede –o limita– al género de la novela, género que por lo general se sustenta en la extensión y la variación. En Farabeuf, una foto, ya avanzada la novela, hace gravitar la escritura, los sentidos e interpretaciones posibles. Un hombre, atado a un poste, cuyos miembros han sido estirados según técnicas tradicionales –Leng T’che (Cien cortes)–, va siendo zajado por sus verdugos –las incisiones, aunque puedan parecer mortales, están perfectamente calculadas, como calculaban los inquisidores de Sevilla y otros predios el tiempo y orden de las torturas; mientras, jueces y público observan. Pekín, alrededor de 1900.

Pero el ideograma que subyace en la ficción, duplica –o trastoca su imagen– ideando, o alumbrando, otros acontecimientos: repetitivos, rituales, sintácticamente solemnes, como si la prosa novelesca no sirviera para otra cosa que para la repetición, nunca para la definición o creación de particulares. Del otro lado –tal vez mirando, junto al lector, convertido ahora en mirón, casi ya no lector–, el doctor Farabeuf, su instrumental –¿teatral?, ¿médico?– y la enfermera-espía, cuyo cuerpo –supremo gesto del Eros y del Teatro– será abierto, o develado, para la consumación de un éxtasis sólo posible en la eternidad de un instante.» [Rolando Sánchez Mejías]

Narda o el verano (1966). Primer volumen de textos breves publicados por Elizondo, Narda o el verano aborda los paradójicos misterios de las relaciones humanas y la identidad. Inauguración de una propuesta literaria novedosa, en ellos se perfila lo que seria la escritura del autor: un mundo donde la realidad y la fantasía se confunden; un lenguaje y una técnica impecables, capaces de crear imágenes y sensaciones de gran intensidad; un acercamiento oblicuo a la dimensión de la realidad que revela su rostro oculto. El amor, la locura, el asesinato, el deseo e incluso la palabra creadora son instantes que el autor capta con sagacidad y humor negro.

Autobiografía precoz (1966). «Cuento mi autobiografía entre las divertidas, aunque no fuera muy certera, muy precisa, ni muy fidedigna. La considero así porque la escribí con un criterio estrictamente literario, distorsionando muchas veces hechos de lar ealidad que merecían, en aras de la literatura, ser un poco aderezados para que fueran más interesantes. Yo conté ahí, puedo decirlo ahora, muchas mentiras. No mentiras en el sentido estricto de lapalabra, de que no fueran ciertas, sino que entre las medias mentiras había algo de realidad, pero había tanta realidad como fantasía, o muchas veces más fantasía que realidad.» [Salvador Elizondo]

El hipogeo secreto (1968). En esta obra Elizondo profundizó en la reflexión sobre el lenguaje, tema fundamental de sus ensayos: Cuaderno de escritura (1969), El grafógrafo (1970) y Teoría del infierno (1992). Esta novela es parte importante del esfuerzo del autor por generalizar y actualizar el pensamiento de Kant, adaptarlo a la tradición mítica, el lenguaje, la cultura y la modernidad, y replantear algunas de sus ideas centrales. Si Kant cree que una serie de principios organizadores, o categorías, organizan los datos que proporcionan nuestros sentidos, Cassirer adopta esa premisa y la adapta a un rico conjunto cultural: para él son los símbolos y el pensamiento simbólico los que constituyen la esencia de los seres humanos. Los símbolos dan forma a nuestra actividad mental, tanto en los mitos como en el lenguaje, el arte, la poesía, las ciencias de la naturaleza y las ciencias exactas.

«Si tuviera que definir El hipogeo secreto (1968) a través de una imagen ésta sería algo muy cercano a la representación de Uróboros, aquel animal mítico (por lo general una serpiente) que devora su propia cola y que en esa acción engloba lo que conocemos como el «eterno retorno». Y es que el quid principal del texto (llamarlo «novela» sería una facilonería inexacta, más cercana al marketing editorial que a la realidad inaprensible de El hipogeo secreto) de Salvador Elizondo es que “se va escribiendo” mientras es narrado, y además es leído mientras va «sucediendo”.

El hipogeo secreto está urdido con al menos tres hilos igualmente etéreos: imaginación, sueño y memoria, todos trenzados mediante diversos grados de complejidad por un lenguaje que explora tierras imposibles de vislumbrar desde el lugar común, tan caro a las mentes convencionales. Y cosa curiosa: en diversos momentos el propio Elizondo sale tramposamente «al rescate del lector», aclarando el misterio de su texto mediante explicaciones que, por supuesto, lo irán oscureciendo cada vez más.» [Víctor Sampayo]

Cuaderno de escritura (1969). Esta colección de textos es una indagación en los axiomas implícitos detrás de toda forma de conocimiento y sus diversos lenguajes. Ensayos, reflexiones y aforismos, cuya prosa fluye como la "gesticulación lentísima de arquitecturas inmemoriales", abordan la obra de arte -pictórica, literaria- Para demostrar sus orígenes y motivaciones, su delirio y sus componentes. La obra no remite a ninguna esfera de la sociedad, si acaso, la intuye, pero siempre desde su interioridad. Según Elizondo, la novela es un prodigioso y arduo juego del espíritu y de la escritura: Estamos en libertad de ir inventando las reglas conforme vamos jugando. La novela es la ciencia de la mentira y de la invención de pasiones. “Yo creo que en el orden moral son esas las categorías que se dirimen en novelas que tratan de la realidad aunque en un orden literario sean otra cosa: las más de las veces solo constataciones o testimonios vacilantes”. [Salvador Elizondo en Cuaderno de escritura]

El retrato de Zoe y otras mentiras (1969). Cada cuento es una evocación de múltiples reflejos en donde la memoria existe porque es capaz del olvido: fabulaciones cuyo sentido último transgrede toda moraleja. Elizondo se sumerge en lo profundo de sus personajes Para construir la naturaleza equívoca de la verdad. Allí abre ventanas desde las cuales puede mirarse el paisaje imprevisto del alma humana. Gracias a la habilidad narrativa de Elizondo, uno puede asomarse a esas almas ficticias que se antojan tan verosímiles porque nos recuerdan un lugar conocido: nuestra propia alma.

Cada cuento despierta evocaciones (debido quizá a la influencia de los surrealistas). Los pequeños instantes se hacen cíclicos y por ende, infinitos. Este libro es un abundante recuento de personas, lugares y momentos. Elizondo juega con el tiempo, es hábil en el manejo de la memoria, maestro de las reminiscencias del pasado que a veces son dulces y en ocasiones crueles. Muestra predilección por lo erótico, lo velado, lo cruel y lo violento.

El grafógrafo (1972), es una recopilación de cuentos. El título viene de uno de los cuentos, que es una reflexión sobre la escritura misma. Salvador Elizondo perteneció a la vanguardia literaria, y este libro de cuentos es una muestra de lo más pulido de su experimentación artística en la literatura.

«Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.»

«El grafógrafo es un texto que abiertamente exhibe la estrategia de su propia construcción y afirma la imposibilidad de su narración, pero al mismo tiempo se convierte en la narración de esa imposibilidad. Parece que el título mismo de grafógrafo y el primer apartado del texto que lleva este mismo nombre (“Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo...”), parece un centramiento en el grafocentismo entendido este en oposición al logocentrismo. Logocentrismo quiere decir centramiento de la metafísica occidental ene l significado que goza del privilegio de estar próximo al logos, a la determinación metafísica de la verdad,y  al ser como presencia en sí. La lingüística tradicional (incluida la saussuriana) atribuye al logos el origen de la verdad del ser, inseparable del habla, sustancia fónica, que se confunde con el ser como presencia. Ambos conceptos, logocentrismo y fonocentrismo, se instalan dentro del platonismo o idealismo. Según el sistema logocéntrico, la escritura sería una exteriorización, una mera técnica que tiene como función estar al servicio del habla para representarla. Privilegiar el grafocentrismo sería, entonces, una reversión y una subversión total de la metafísica occidental y de la jerarquía de habla/escritura. El grafógrafo sería un “escribir por escribir” sin pretender copiar ni representar nada. Sin embargo, este sinsentido o juego de la escritura plantea unos problemas que van más allá del simple entretenimiento de la lectura.

Escribir por escribir está dando más importancia a la retórica que a la lógica de la lengua. El concepto fundamental en que se basa la lógica de la lengua es la creencia en que los signos son representaciones de ideas. Es siempre el significado (la idea, el objeto) el que asume la prioridad.» [Victorio G. Agüera]

Antología personal (1974), textos inéditos. En una introducción por demás interesante, nos refiere el autor cómo confió al destino -o al azar-, representado por el oráculo chino del Libro de los cambios o I ching, la selección de los textos que forman esta antología personal. El libro constituye una magnífica muestra de la extraordinaria calidad de su autor.

Miscast, o Ha llegado la señora marquesa (1981), lírica, comedia en tres actos. Renovador fundamental de la narrativa contemporánea, Salvador Elizondo ha creado a lo largo de sus obras un universo de escritura propio donde el lenguaje se subvierte a sí mismo. La suya es una sola senda de herrajes mallarmeanos que, con variadas formas y técnicas narrativas, indaga a través de imágenes y metáforas la esencia oculta de las historias, la realidad contradictoria. Mirada interior, la prosa de Elizondo alude a una vocación filosófica que trasciende toda convención literaria y cuestiona toda premisa.

El proyecto literario de Elizondo, el de la escritura por sí misma, encuentra en 'Miscast' su presentación dramática. En ella, un personaje vuelve a casa después de haber sufrido un ataque de amnesia. Teatralización de un supuesto sobre la creación donde el protagonista es la palabra, la obra cuestiona la verdadera identidad de los actores; éstos, de caracteres fluctuantes e indefinidos, a fuerza de ser representados se convertirán en artífices de supuestos personajes cuya realidad última es solamente el lenguaje.

Elsinore: un cuaderno (1988), relato. Un sueño que tiene memoria; Elsinore es un relato sobre una serie de iniciaciones adolescentes (de referencia autobiográfica) en un colegio militar de los Estados Unidos. Collage de lenguas, patrones sociales y niveles expresivos que explora, a través de una cuidadosa, fina e irónica prosa, las distintas categorías de la realidad y su nostalgia, en ella Elizondo hace una jugada magistral a su proyecto literario: un aparente realismo es enmarcado por un principio fantástico e imposible que solo existe por la palabra misma; una realidad autárquica solo posible en el espacio y el tiempo onírico y de la escritura.

Teoría del infierno y otros ensayos (1993). Recopilación de los ensayos publicados entre 1959 y 1971, esta obra presenta toda una epistemología en que se hace evidente no solo el análisis preciso y riguroso de los autores y las ideas que habrian de signar a Elizondo (Sade, Bataille, Baudelaire, Blake, Joyce y Pound, ademas de González Martínez, Tablada y Gorostiza), sino también la gran agudeza intelectual con que su amor indaga en la historia de la literatura y en las ideas, explorando un territorio poco comprendido hasta entonces y refiriéndose a temas tan singulares como la concepción del infierno y la inteligencia como método de creación del arte puro. Sobresale la agudeza intelectual con que indaga en la historia de la literatura y de las ideas.

Pasado anterior (2007). Es la primera obra de Elizondo publicada póstumamente. Compuesta con los textos periodísticos que entregó entre 1977 y 1979, el tomo es resueltamente disparejo. Comprometido a publicar dos veces por semana, Elizondo no siempre es excelso. A menudo, incluso, es decepcionante, es decir: templado. A Elizondo la generosidad le alcanza para celebrar los ensayos de sus amigos, los dos primeros libros de Ignacio Solares y hasta un concurso de belleza femenina. Tampoco estamos ante un pendenciero consumado: antes que el desplante, prefiere la conversación, a veces con los otros columnistas del diario. Algunos de los textos incluidos en este tomo son, en rigor, ensayos, tan penetrantes como los de, por ejemplo, Teoría del infierno.

La Historia según Pao Cheng (2013). En este cuento, mediante el recurso del sueño y del tiempo circular, los personajes centrales son un filósofo chino y un escritor de cuentos.

«Es un cuento en el que se dice vivir en el mundo inseguro como la condición ontológica del hombre. Pero a través de tan sólo veintisiete enunciados, el escritor mexicano nos plantea una pregunta aún válida sobre la existencia humana: cómo reaccionamos al comprender que nuestra vida es un sueño o el pensamiento de alguien o el mundo es ilusorio. A pesar de que no se da una respuesta concreta en el texto, se deja ver la importancia de la tarea del lector para resolver el problema. El lector tiene la opción de mantenerse en un espacio privilegiado de ‘no agresión’ en donde el problema existencial no afecte su vida cotidiana y optar con ello por una postura positiva, al estilo de la filosofía china anterior al budismo.

La escritura china es caligrafía como expresión sensible de un estado de ánimo pictórico o poético instantáneo que le dio a Salvador Elizondo la posibilidad de proyectar obras en las que, mediante ese aprendizaje de los caracteres chinos, podría conseguir de una manera más congruente esa congelación de las imágenes que tentativamente ya había intentado mediante el lenguaje en algunos de sus escritos.» [Claudia Macías Rodríguez y Kim Dong-Hwan]

«Importante es también señalar las referencias budistas e hinduistas utilizadas en el cuento -sueño- y que ayudan a entender su naturaleza. El samsara hace presencia como un engaño y una desviación hacia el objetivo final de la meditación, el nirvana. Pero mientras el filósofo se percata de todo esto, no ha podido escapar de la ilusión mayor, la maya; quedando condenado así, a medio camino, y llevándose de paso al escritor mismo.» [Ricardo Xavier Martínez Sánchez]