JOSÉ MARTÍ

Textos

(Recop.) Justo Fernández López


La niña de Guatemala

 

Quiero, a la sombra de un ala,

contar este cuento en flor:

la niña de Guatemala,

la que se murió de amor.

 

Eran de lirios los ramos;

y las orlas de reseda

y de jazmín; la enterramos

en una caja de seda...

 

Ella dio al desmemoriado

una almohadilla de olor;

él volvió, volvió casado;

ella se murió de amor.

 

Iban cargándola en andas

obispos y embajadores;

detrás iba el pueblo en tandas,

todo cargado de flores...

 

Ella, por volverlo a ver,

salió a verlo al mirador;

él volvió con su mujer,

ella se murió de amor.

 

Como de bronce candente,

al beso de despedida,

era su frente -¡la frente

que más he amado en mi vida!...

 

Se entró de tarde en el río,

la sacó muerta el doctor;

dicen que murió de frío,

yo sé que murió de amor.

 

Allí, en la bóveda helada,

la pusieron en dos bancos:

besé su mano afilada,

besé sus zapatos blancos.

 

Callado, al oscurecer,

me llamó el enterrador;

nunca más he vuelto a ver

a la que murió de amor.


Cultivo una rosa blanca


Cultivo una rosa blanca

en junio como enero

para el amigo sincero

que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca

el corazón con que vivo,

cardo ni ortiga cultivo;

cultivo la rosa blanca.


Yo soy un hombre sincero


Yo soy un hombre sincero

De donde crece la palma,

Y antes de morirme quiero

Echar mis versos del alma.

Yo vengo de todas partes,

Y hacia todas partes voy:

Arte soy entre las artes,

En los montes, monte soy.

Yo sé los nombres extraños

De las yerbas y las flores,

Y de mortales engaños,

Y de sublimes dolores.

Yo he visto en la noche oscura

Llover sobre mi cabeza

Los rayos de lumbre pura

De la divina belleza.


Dos patrias


Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche.

¿O son una las dos? No bien retira 

su majestad el sol, con largos velos 

y un clavel en la mano, silenciosa 

Cuba cual viuda triste me aparece. 

¡Yo sé cuál es ese clavel sangriento 

que en la mano le tiembla! Está vacío 

mi pecho, destrozado está y vacío 

en donde estaba el corazón. Ya es hora 

de empezar a morir. La noche es buena

para decir adiós. La luz estorba 

y la palabra humana. El universo 

habla mejor que el hombre. 

Cual bandera que invita a batallar, la llama roja 

de la vela flamea. Las ventanas 

abro, ya estrecho en mí. Muda, rompiendo 

las hojas del clavel, como una nube 

que enturbia el cielo, Cuba, viuda, pasa.


Qué importa que tu puñal


¿Qué importa que tu puñal

Se me clave en el riñón?

¡Tengo mis versos, que son

Más fuertes que tu puñal!

¿Qué importa que este dolor

Seque el mar y nuble el cielo?

El verso, dulce consuelo,

Nace al lado del dolor.


Mi reyecillo

Los persas tienen

Un rey sombrío;
Los hunos foscos
Un rey altivo;

Un rey ameno

Tienen los íberos;

Rey tiene el hombre,

Rey amarillo:

¡Mal van los hombres

Con su dominio!

Mas yo vasallo

De otro rey vivo,-

Un rey desnudo,

Blanco y rollizo:

Su cetro -un beso!

Mi premio -un mimo!

Oh! cual los áureos

Reyes divinos

De tierras muertas,

De pueblos idos

-¡Cuando te vayas

Llévame, hijo!-

Toca en mi frente

Tu cetro omnímodo;

Ungeme siervo,

Siervo sumiso:

¡No he de cansarme

De verme ungido!

¡Lealtad te juro,

Mi reyecillo!

Sea mi espalda

Pavés de mi hijo;

Posa en mis hombros

El mar sombrío:

Muera al ponerte

En tierra vivo:

Mas si amar piensas

El amarillo

Rey de los hombres,

¡Muere conmigo!

¿Vivir impuro?

¡No vivas, hijo!


Canto de otoño


Bien: ya lo sé! La Muerte está sentada

A mis umbrales: cautelosa viene,

Porque sus llantos y su amor no apronten

En mi defensa, cuando lejos viven

Padres e hijo. Al retornar ceñudo

De mi estéril labor, triste y oscura,

Con que a mi casa de invierno abrigo,

De pie sobre las hojas amarillas,

En la mano fatal la flor del sueño,

La negra toca en alas rematada,

Ávido el rostro, trémulo la miro

Cada tarde aguardándome a mi puerta.

En mi hijo pienso, y de la dama oscura

Huyo sin fuerzas, devorado el pecho

De un frenético amor! Mujer más bella

No hay que la Muerte! Por un beso suyo

Bosques espesos de laureles varios,

Y las adelfas del amor, y el gozo

De remembrarme mis niñeces diera!

...Pienso en aquel a quien mi amor culpable

Trajo a vivir, y, sollozando, esquivo

De mi amada los brazos; mas ya gozo

De la aurora perenne el bien seguro.

Oh, vida, adiós! Quien va a morir, va muerto.


Sed de belleza


Solo, estoy solo: viene el verso amigo,

Como el esposo diligente acude

De la erizada tórtola al reclamo.

Cual de los altos montes en deshielo

Por breñas y por valles en copiosos

Hilos las nieves desatadas bajan

Así por mis entrañas oprimidas

Un balsámico amor y una avaricia

Celeste, de hermosura se derraman.


Tal desde el vasto azul, sobre la tierra,

Cual si de alma de virgen la sombría

Humanidad sangrienta perfumasen,

Su luz benigna las estrellas vierten

Esposas del silencio- y de las flores

Tal el aroma vago se levanta.

Dadme lo sumo y lo perfecto: dadme

Un dibujo de Ángelo: una espada

Con puño de Cellini, más hermosa

Que las techumbres de marfil calado

Que se place en labrar Naturaleza.

El cráneo augusto dadme donde ardieron

El universo Hamlet y la furia

Tempestuosa del moro: la manceba

India que a orillas del ameno río

Que del viejo Chichén los muros baña

A la sombra de un plátano pomposo

Y sus propios cabellos, el esbelto

Cuerpo bruñido y nítido enjugaba.

Dadme mi cielo azul... dadme la pura,

La inefable, la plácida, la eterna

Alma de mármol que al soberbio Louvre

Dio, cual su espuma y flor, Milo famosa.


Del tirano

¿Del tirano? Del tirano

Di todo, ¡di más!, y clava 

Con furia de mano esclava 

Sobre su oprobio al tirano.

¿Del error? Pues del error

Di el antro, di las veredas 

Oscuras: di cuanto puedas 

Del tirano y del error.

¿De mujer? Bien puede ser 

Que mueras de su mordida;

¡Pero no empañes tu vida 

Diciendo mal de mujer!


Poeta


Como nacen las palmas en la arena

Y la rosa en la orilla al mar salobre,

Así de mi dolor mis versos surgen

Convulsos, encendidos, perfumados.

Tal en los mares sobre el agua verde,

La vela hendida, el mástil trunco, abierto

A las ávidas olas el costado,

Después de la batalla fragorosa

Con los vientos, el buque sigue andando. 

¡Horror, horror! ¡En tierra y mar no había

Más que crujidos, furia, niebla y lágrimas!

Los montes, desgajados sobre el llano

Rodaban; las llanuras, mares turbios,

En desbordados ríos convertidas,

Vaciaban en los mares; un gran pueblo

Del mar cabido hubiera en cada arruga;

Estaban en el cielo las estrellas

Apagadas; los vientos en jirones

Revueltos en la sombra, huían, se abrían,

Al chocar entre sí, y se despeñaban;

En los montes del aire resonaban

Rodando con estrépito; ¡en las nubes

Los astros locos se arrojaban llamas! 

Río luego el Sol; en tierra y mar lucía

Una tranquila claridad de boda.

¡Fecunda y purifica la tormenta!

Del aire azul colgaban ya, prendidos

Cual gigantescos tules, los rasgados

Mantos de los crespudos vientos, rotos

En el fragor sublime. ¡Siempre quedan

Por un buen tiempo luego de la cura

Los bordes de la herida sonrosados!

Y el barco, como un niño, con las olas

Jugaba, se mecía, traveseaba.