EDUARDO MALLEA

(Recop.) Justo Fernández López

 

SEMBLANZA

Eduardo Mallea (Argentina, 1903-1982), escritor y diplomático, destacado por el carácter psicológico y existencialista de sus obras.

Nacido en Bahía Blanca en el seno de una familia liberal y provinciana, adoptó una actitud crítica ante esta sociedad decadente y acomodaticia. Su padre, nacido en San Juan y descendiente de Sarmiento, era un médico que había realizado sus estudios en Buenos Aires. Ejerció primero su profesión en Benito Juárez y Azul (Buenos Aires) y se trasladó luego a Bahía Blanca, la ciudad más importante del sur argentino. Fue de su padre de quien recibió la mayor influencia para dedicarse a la literatura. El padre vivía manejando enciclopedias, diccionarios y libros. Era amigo de Manuel Láinez, tío abuelo del novelista Manuel Mujica Láinez.

En 1907 la familia realizó un viaje a Europa. Al regreso, en 1910, Eduardo fue inscrito en un colegio inglés en Bahía Blanca. En 1916 la familia se trasladó a Buenos Aires, donde Eduardo escribe sus primeros relatos y publica en 1920 el primer cuento La Amazona. Tres años después, el diario La Nación le publicó Sonata de soledad.

En 1927 abandona los estudios de abogacía e ingresa en la redacción de La Nación, donde sería por muchos años el director del suplemento literario y comienza su carrera literaria con continuas publicaciones.

Durante la década de 1940 se sitúa su principal producción centrada en problemas nacionales y presentando a unos individuos categorizados entre “lo visible” –falsos valores, vida social– y “lo invisible” –la vida interior–.

Mallea fue invitado a pronunciar conferencias en muchos centros académicos del mundo, como las universidades de Princeton y Yale y la Academia Goethe de San Pablo.

El hecho de haber nacido en Bahía Blanca marcó su vida, su pasión y su sentimiento. En varias de sus novelas y en sus ensayos, abundan las referencias a su patria chica. Ya en el comienzo de Historia de una pasión argentina, comienza con una referencia a la ciudad cuando expresa: «Yo casi no tuve infancia metropolitana. Vi la primera luz de mi tierra en una bahía argentina del Atlántico».

Representó a la Argentina en la Oficina Europea de las Naciones Unidas como delegado ministro plenipotenciario. Recibió el gran premio de honor de la Sociedad Argentina de Escritores y varios otros nacionales y extranjeros.

Eduardo Mallea falleció el 12 de noviembre de 1982 en Buenos Aires.

Obra

Mallea se enfrenta en todas sus obras con el doble imperativo de incorporar a su temática la crisis espiritual de nuestros días y de modernizar, al mismo tiempo, la técnica narrativa para adecuarla al nuevo contenido. A partir de la mitad de la década de 1950, en cambio, se centró en el ensayo y el cuento.

Desde su primer libro, Cuentos para una inglesa desesperada (1926), Mallea plantea problemas afines a la literatura existencialista de los años cuarenta. Mallea más que novela psicológica escribe novela introspectiva donde ensayo y ficción se alternan. Surrealista, existencialista, sartriano o kafkiano, Mallea es un escritor de poderosa originalidad que analiza la historia argentina con ojos patrios y cerebro europeo. La ciudad de Buenos Aires es a donde más pronto ha llegado en los años cuarenta el virus de la angustia existencial. La década de la tiranía del general Perón causó en los escritores la sensación de angustia. Mallea busca la Argentina auténtica, enterrada en una sociedad de saciados y buscadores solamente del provecho propio. Recalca la falta de comunicación en un mundo angustiado y en soledad.

«Mallea representa, una de las vocaciones mejor realizadas: escribió un libro de cuentos, siete libros de narraciones breves, alrededor de quince novelas, diez libros de ensayos y dos de memorias. Todos ellos llevan el sello particular de Mallea: una reflexión sobre Argentina, sobre la existencia, y sobre la literatura, concebida como una pasión que medita constantemente. Para este tipo de escritor narrar es definir y, por lo tanto, la novela se convierte en un método de conocimiento. Por eso, la vasta obra de Mallea da la impresión de formar parte de un ambicioso plan por describir la aventura de la conciencia de un hombre, de un hombre de ciudad, situado en medio de la historia y en medio de un país: Argentina.

El autor es omnisciente, quiere decirse que interviene en la narración, no se distancia, dirige ostensiblemente la acción novelesca, y aparece en el pensamiento de sus personajes burgueses y pequeño burgueses, angustiados por problemas existenciales. La soledad, el silencio, la incomunicación, son su patrimonio. Lo demás, es pensamiento abstracto.» [Texto extraído de www.mcnbiografias.com]

«En la Historia de una pasión argentina, ofrece constantes rasgos personales, singularmente de sus sensaciones de infancia en Bahía Blanca –enfrentada a las dos inmensidades argentinas de la Tierra y el Mar- y la sensación producida por Buenos Aires cuando llega para cursar su bachillerato en el Colegio Nacional de la calle San Martín. Aquí no es ya el espectáculo grandioso de la Naturaleza sacudida por los vientos australes, sino el hormigueo humano de la urbe, introvertida en su complejidad monstruosa. El primer aspecto –el agreste- se advierte especialmente en Todo verdor perecerá; el segundo –el cosmopolita-, en La ciudad junto al río inmóvil.

En Historia de una pasión argentina, su obra capital, está todo Mallea, en vida y en estética. Libro representativo no ya del autor, sino de una actitud trascendente no solo en tanto ambición, sino en tanto problemática literaria. El filósofo argentino Francisco Romero ha llegado a comparar –bien que explicando las diferencias- esta obra con el Discurso del método, de Descartes: “Ambos –dice- nos comunican sus métodos, nos invitan a comprobar la verdad del resultado contándonos como los obtuvieron”.

El método de Eduardo Mallea es –en la apariencia- una simple ordenación de sus recuerdos. La infancia, en Bahía Blanca; la adolescencia, en Buenos Aires. El descubrimiento progresivo de las cosas y de los seres que constituye la asombrosa peripecia de nuestro vivir. Ahora bien: para Mallea, esta peripecia se expone en función de una entidad colectiva cuyo perfil y cuyo destino le obsesionan: la argentinidad.» (Francisco Arias Solís)

Mallea está considerado como el creador de la novela urbana que hasta él pocos autores latinoamericanos habían cultivado. Muy pegado al ensayo ya que se extiende en demasiadas consideraciones filosóficas y sociológicas su obra es un testimonio de denuncia de la vaciedad y frustración en la que la sociedad –el peronismo– hunde al individuo.

Obras

Cuentos para una inglesa desesperada (1926), obra de juventud, revela ya un estilo logrado. Es su primera colección de relatos breves, con un tono más bien ligero, que cambió en otros cuentos más profundos, como los de Nocturno europeo (1934).

Conocimiento y expresión de la Argentina (1935), ensayo. El país se había olvidado de los valores esenciales, que continuaban sumergidos en lo que Mallea denomina “la Argentina invisible”: reserva de los auténticos valores patrióticos y conformada por hombres puros, honestos, inteligentes, sensitivos y generosos. Esta Argentina invisible está oprimida por la “Argentina visible”: la del dinero, la ambición, la de los hombres “adventicios”, sin arraigo a la tierra. Al intelectual le compete la tarea de descubrir esos elementos invisibles y hacerlos patentes para volver a establecer una red de solidaridad social, perdida a causa de la obsesión materialista de la modernidad.

Nocturno europeo (1935). Durante el periodo de entreguerras, Mallea realiza un viaje por Europa. Aunque perteneciente a una clase social media de tradición liberal, Mallea narra esencialmente sus viajes por Francia e Italia interesado esencialmente en el aspecto cultural. Hace turismo de hombre de letras que confronta las lecturas hechas en otro continente, sus imágenes lejanas, con los vestigios de un pasado muerto. Esta obra representa para el autor el comienzo de su preocupación por las cosas de América y de su país natal.

La ciudad junto al río inmóvil (1936), nueve novelas cortas. En este libro y hasta Los enemigos del alma, Mallea intentó expresar el alma ciudadana, el individuo configurado por la gran ciudad, a través del destino individual, representativo de algunos personajes escogidos. Este destino es la soledad, la incapacidad para la comunicación, la falta de orientación de una sociedad nueva, sin tradición ni raíces. Toda la obra de Mallea ha tratado este tema: la búsqueda del alma de esa Argentina invisible.

Historia de una pasión argentina (1937). Este es el libro de ensayos más celebrado, libro que el filósofo Francisco Romero comparó con el Discurso del método.

El hecho de haber nacido en Bahía Blanca no fue apenas algo azaroso para Mallea. Por el contrario, marcó su vida, su pasión y su sentimiento. En varias de sus novelas y en sus ensayos, abundan las referencias a su patria chica. Ya en el comienzo de Historia de una pasión argentina, comienza con una referencia a la ciudad cuando expresa: “Yo casi no tuve infancia metropolitana. Vi la primera luz de mi tierra en una bahía argentina del Atlántico”.

En Historia de una pasión argentina, su obra capital, está todo Mallea, en vida y en estética. Libro representativo no ya del autor, sino de una actitud trascendente no solo en tanto ambición, sino en tanto problemática literaria. El filósofo argentino Francisco Romero ha llegado a comparar –bien que explicando las diferencias- esta obra con el Discurso del método, de Descartes: “Ambos –dice- nos comunican sus métodos, nos invitan a comprobar la verdad del resultado contándonos como los obtuvieron”.

«Historia de una pasión argentina nace, como su autor lo repite una y otra vez, de una profunda angustia por el destino de la Argentina. Mallea se desespera al ver a un país sin rumbo o bien que ha equivocado el rumbo de su destino al no profundizar sus raíces espirituales y culturales. Como señala en el prefacio: “Contra ese desaliento me alzo, toco la piel de mi tierra, su temperatura, estoy al acecho de los movimientos mínimos de su conciencia, examino sus gestos, sus reflejos, sus propensiones...” (Prefacio, p. 15. Cursivas originales). Esta es, fundamentalmente, una clave hermenéutica para entender su mensaje. No es una fría reflexión especulativa y filosófica, sino una “pasión hecha palabra”.» [Alberto Fernando Roldán]

«El  hombre  argentino  invisible tiene una serie de atributos que se reflejan en los adjetivos que Mallea usa para definirlo: tranquilo, colonial no deformado por la "bárbara venida de una invasión sin genio original, confusa, caótica", no contaminado por la ambición, taciturno (y aquí el silencio es positivo), altivo, apegado a la tierra, sin cálculo, "naturalmente pródigo", sacrificado, imperturbable, en permanente "exaltación severa de la vida".

La dicotomía que presenta Mallea tiene una amplia tradición. En primer lugar, parece invertir los términos de Sarmiento: civilización y barbarie, pues ahora la "barbarie" aparentemente circula por las calles de la ci udad y adora el "progreso" y el "bienestar", que en este modelo adquieren la carga negativa, al contrario de lo que representaban para Sarmiento.» [Nora Pasternac]

Fiesta en noviembre (1938). La novela contiene dos relatos. El que abre el libro narra el secuestro de un joven poeta por un comando militar, pero este relato aparece de manera fragmentaria a lo largo del libro y concluye al final del mismo. El otro relato, narra la fiesta celebrada la noche del 30 de noviembre en la casa de la Sra. Eugenia Rogues, señora de la alta sociedad. Dentro de este contexto se suceden varias historias, la principal, la de la hija de la dueña de casa (Marta Rogues) y el de un hombre (Lintas) que ahí conoce, ambos disconformes con aquello que los rodea y de donde surge la sustancialidad del relato. La discontinuidad caracteriza al libro, las historias no se siguen unas a otras sino que se van insertando una en otra y se contrastan entre sí, por lo cual el relato general de la fiesta enmarcado por el del secuestro del joven poeta por una patrulla militar no es trivial. El libro finaliza contándonos la historia del hombre (ahora sabemos que es poeta) que es detenido por sus ideas (quizás por su obra) y luego de ser llevado con un oficial que sella su destino, es conducido al paredón donde es fusilado.

Todo el libro por sugerencias a partir de los contrastes en la estructura y en la narración, solo en la figura de Marta Rogues (y en su diálogo con Lintas) la distancia con el narrador se acorta y aparecen enunciadas las disatisfacciones y preocupaciones que abundan en la obra de Mallea.

Según Amado Alonso, la novela sería una ficcionalización de Historia de una pasión argentina, en la que se dramatiza la confrontación entre la argentina visible y la invisible.

Meditación en la costa (1939). Nación es el solar moral a que se sujetan, decidida y espontáneamente los pueblos en comunidad, previa con la tierra que le proporciona sus notas y caracteres. Solar no meramente físico, sino moral. Para Mallea esa relación es la que estructura el concepto de nacionalidad. Tiene un origen y un desarrollo, siendo desde allí, desde el origen, de donde la tierra fue creada, de donde los pueblos hablan como pueblos, desde la tierra informada, espiritualizada, desde su territorio. «La tierra es la materia donde encierra para el hombre el material más sólido. Dios y la tierra están interrumpidos sólo a través de la opacidad de ciertos temperamentos. El hombre que toca la tierra toca la materia espiritual con la cual se espiritualiza el mismo y no interrumpe, es todo el estado de comunicación. [...] Razón tenía Ganivet cuando aseveraba que lo más real y lo más perenne que hay en una nación es su espíritu territorial.» (Eduardo Mallea)

La bahía del silencio (1940), novela escrita en primera persona y dirigida a una misteriosa mujer a la que el protagonista, Martín Tregua, sólo ha entrevisto algunas veces, sin hablarle.

Martín Tregua escribe sus memorias a Beatriz, quien para él simboliza el ideal de belleza interior, y a la que exalta como lo hiciera Dante con su amada. Martín es escritor y no sólo cuenta los hechos y las circunstancias de su vida como tales, pues, además del aspecto puramente anecdótico, presenta lo que interiormente significa cada uno de los seres encontrados en su recorrido por diferentes lugares y épocas.

«En esta novela, Eduardo Manea se detiene morosamente en describir decadencias, esperanzas y personajes con una profunda vida interior; es decir, existe por parte del autor una intención manifiesta de presentar la idiosincrasia y la suma de las ideas del argentino común. La obra está permeada por un motivo importante, un constante, intenso e indestructible lazo de amor que lo une y lo remite siempre a Beatriz, indudable encarnación de su Argentina, país para él detenido en el tiempo.» [Eduardo Rodríguez]

El sayal y la púrpura (1941), ensayos. «En los tiempos en que la gente de mi edad teníamos trece años —dieciséis después del comienzo del siglo— hubo un cambio en la actitud de los argentinos frente al país. En esos dieciséis años se había ido pensando cada vez más al país en términos de vaca holandesa. Opulentos conservadores epilogaban excelentes digestiones sonando con la futura Arcadia nacional, con una especie de país opíparo del que todos — con solo vivir bien y prosperar— podrían obtener en años mas, un fabuloso ordeno. La nación tendría millones y millones de habitantes, y todo andaría con el movimiento suelto e innecesitado de atención de la tierra prometida.

Entonces, algunos hombres, algunos grupos, luego el pueblo todo, comenzaron a preocuparse, no privada sino general y nacionalmente. Sobrevino un estado de pureza cívica. Y una gran seriedad de conciencia culmino en 1916 con el advenimiento de un gobierno austero y popular. Lo que paso después no interesa al caso. Lo que nos interesa es ese estado nacional de gentes serias, profundamente deseosas de ver a su tierra sanamente conducida: era una gran necesidad civil de decencia contra muchos años de explotación y de fraude. Nadie pensaba en su medro personal. Era una cuestión de limpieza y honor. Era un movimiento de conciencias, de corazones, de almas. Era un estado de nobleza colectiva, de salud nacional.» (Eduardo Mallea)

Todo verdor perecerá (1943), novela, en la que describe la ciudad natal con mayor precisión que Historia de una pasión argentina, apelando a una metáfora felina: "He aquí la ciudad del sur, Bahía Blanca, azotada por la arenisca junto al océano. Como la garra cauta del gato con el cachorro confiado, juega el verano con la ciudad atlántica. De pronto los plátanos de hojas inmóviles contienen, alegres, el gorjeo de la siesta. Soñolientos pasantes de abogado cambian con los procuradores recibidos miradas de envidia embotada." Es una fotografía de la ciudad austral, caracterizada por los vientos encontrados, la tierra y la arenilla que flota por los aires hasta, a veces, cubrir toda la ciudad bajo un manto de polvo visible desde un vuelo. Pero Mallea describe no sólo la ciudad, sino su gente cuando habla de los “soñolientos pasantes de abogado” que cruzan las calles centrales en las cercanías del correo y la plaza Rivadavia yendo de juzgado en juzgado. Una ciudad tranquila por entonces, ajena a los ruidos y los febriles movimientos de ahora.

La novela se divide en dos partes: en la primera, la acción se concentra en una pareja que vive el drama de la incomunicación. Intervienen muy pocas personas, que resultan suficientes para llenar esta parte de la novela: el doctor Reba, Ágata, su hija, y el marido de ésta, Nicanor Cruz. El relato se centra en torno de la protagonista, única mujer en toda la obra, y sigue el proceso mental que se opera en ella hasta que se vuelve irremisiblemente loca.

En la segunda parte de la novela, Ágata, viuda ya, se siente renacer. Un hombre experto en el trato con mujeres, "un profesional de la vida", encuentra en ella campo propicio. Enamorada entrañablemente de ese sujeto, Ágata aprende a sonreír, se ablanda su corazón; vive cansada, pero de "buen cansancio". Su felicidad dura poco. El conquistador la abandona sin más, dejándole una breve carta de despedida. Para él no ha pasado nada; para ella es la catástrofe, la derrota definitiva, el aflojamiento de todos sus resortes vitales. Se siente como antes, cuando malvivía con Nicanor. Se entrega a una desesperación muda: sin lágrimas ni lamentos; sin rebeldía, sin confesión. Hasta convertirse en un desecho humano que deambula por las calles, sin que nadie la reconozca. Al final cae deshecha enloquecida, en el umbral del que fue su primer hogar. A pocos metros, en una iglesia está la salvación, pero es incapaz de verla.

«Especie de Madame Bovary al menos en la superficie, Todo verdor perecerá también quiere ser una alegoría, e incluso algo más simple que eso, una fábula. Alistándose en cierta tradición argentina de maniqueísmo literario (que dio libros grandes como Facundo, de Domingo F. Sarmiento), Mallea reparte cualidades en dos columnas opuestas: Ágata es la pureza, la hermosura, el arte, el ideal, lo urbano; su marido Nicanor Cruz la fealdad, la tierra, lo basto y hosco, el campo. De hecho casi no hay personajes en el libro, sino ideogramas: Ágata, dice el narrador, "no tenía conciencia más que de su sed, de su sed insaciada", y Nicanor, tal era su ley, "tierra, tierra, tierra". La historia –el frote entre estas columnas de abstracciones- es la mutua incomprensión y el aniquilamiento consiguiente de ambos, asesinado uno, loca la otra. Como moraleja parece apuntarse esta urgencia: es necesaria la síntesis.» [Javier Calvo]

Las águilas (1944), junto con La torre (1950), que son las dos primeras partes de una proyectada trilogía sobre la familia Ricarte. Roberto Ricarte y su abúlico padre Román viven bajo el espectro de don León, fundador de la familia y de la suntuosa casa de campo, Las Águilas, que había de ser «la materialización de una soberbia imbatible frente a las acechanzas de una humanidad perniciosa». Don León, inmigrante español de carácter puritano, se había enriquecido en la Argentina. Su pecado, como el de Juan Guillén, es la soberbia; y su castigo empieza en su vida y alcanza a sus descendientes.

Rodeada está de sueño: memorias poemáticas de un desconocido (1946). Eduardo Mallea ha extraído frecuentemente los títulos de sus novelas de textos poéticos, como Rodeada está de sueño, procedente de un pasaje de La tempestad, de Shakespeare, o Todo verdor perecerá, tomado de un conocido pasaje del profeta Isaías.

«Se trata de una meditación psicológica y ética sobre el destino solitario y angustioso del hombre, a través de varias criaturas sonámbulas; una meditación que se torna monólogo en soledad, que progresivamente se desprende de la articulación histórica y se sitúa en una intemporalidad. Mallea parecía destinado a encontrar en la Argentina el camino que recorrió Hermann Broch en las letras germanas, si no fuera porque se retiró cada vez más de toda meditación que implicara su circunstancia viva.» (Ángel Rama)

El retorno: una narración poemática donde concluye "El alejamiento" (1946). Los iniciales Cuentos para una inglesa desesperada (1926) exhiben una seducción lírica que se ejerce también en Rodeada está de sueño (Memorias poemáticas de un desconocido) (1944) y en su continuación, El retorno (1946).

El vínculo. Los Rembrandts. La rosa de Cernobbio (1946). En El vínculo explica la estrecha relación que se establece entre dos amigos según lo habían interpretado las imágenes de un sueño. En Los Rembrandts muestra, a través de su personaje central, un periodista que visita Amsterdam con motivo de los Juegos Olímpicos, la imposibilidad del hombre de concretar sus más íntimos deseos. Finalmente, en La rosa de Cernobbio, narra una fascinante historia en la que la llegada a Buenos Aires de una especia maravillosa, conseguida por un cultivador italiano, cierra el ciclo de inquietudes de la protagonista alertada por extraños presagios.

Los enemigos del alma (1950), novela. Sobre esta novela, Mallea dice que sus primeras obras carecen de rigor, pero que en esta ha tratado de crear un microcosmo cuidadosamente ideado, un mundo autónomo.

«Refleja esta novela «una tempestad maligna, un círculo de orgullosos, un golfo de espíritus suspendidos sin progresión, la aridez de los que se manejan sin alma». Estos “orgullosos”, los hermanos Guillén, representan a los tres enemigos del alma: Mario, el mundo; Cora, la carne; y Débora, el Demonio. Pero antes de conocer a estos personajes ve el lector su casa, Villa Rita. En la aislada ciudad del Sur en que habitan los Guillén, Villa Rita es otro microcosmo que los encierra. Es una barrera entre ellos y el mundo exterior, una barrera no sólo física sino también moral, simbólica de la culpa de su familia. Su padre, Juan Guillén, había construido el fastuoso chalet como expresión física de su orgullo; la manifestación moral de este orgullo fue la hostilidad entre Juan y su mujer. A pesar de haber dado muerte al amor conyugal con sus celos y su frialdad, Juan Guillén quiso imponer su superioridad y su dominio; y de estos actos, más que de amor, de orgullo, nacieron sus hijos. En ellos ha de fructificar la culpa de Juan Guillén, “la privación de amor”; para la gente de la ciudad esos hijos son una raza aparte, “una herencia de fulgor aciago y lujo estéril dejada por Juan Guillén a la ciudad”.» (John H. R. Polt)

La torre (1951), novela. En Las Aguilas (1943) y La torre (1951), los Ricarte viven la experiencia de la culminación y la caída, y en ellos se reaviva la confrontación entre las dos Argentinas.

Chaves (1953), relato breve de un exacto rigor. Se ha dicho que Mallea es un hito en la novela argentina en cuanto a que sus relatos salen de lo campestre para instalarse en la ciudad, en este caso, en su ciudad natal: la vieja e influyente Bahía Blanca.

La sala de espera (1953). Mallea traza siete historias independientes, pero claramente enlazadas por un marco común, que trasciende la circunstancia ocasional de compartir los personajes la sala de espera; se trata, pues, de “una narración poemática”, de verdaderos “monólogos de la conciencia” que, como “partes separadas”, analizadas minuciosamente, no significan demasiado; sin embargo, la conjunción de cada uno de los relatos –todos narrados en primera persona–, hacen caer en la cuenta de que el autor, deliberada y cuidadosamente, tejió un hilo conductor que une, a pesar de sus notables diferencias, los siete monólogos de forma maravillosa. Los personajes son seres atormentados, infelices, que no encajan en el tiempo que les tocó vivir. Se debaten, se cuestionan, se interrogan en su ser más profundo, en sus miserias, sin encontrar respuestas certeras. Viven en la desesperanza continua, y hasta cierto punto se regodean ante su vacío terrible y oscuro.

Notas de un novelista (1954). Mallea expresa cabalmente el carácter de su estilo propio al afirmar que “el lenguaje por sí mismo crea. Que el lenguaje tiene facultades de proliferación inherentes a su naturaleza misma, que no se puede cortar sin esterilizarlo. Cuanto más importante es un escritor, más inventa su idioma. Cuanto menos tiene un escritor que decir, más mostrenco e impersonal es su lenguaje”.

Simbad (1957) es su novela más ambiciosa y más extensa, en elementos autobiográficos. Novela de formación, como La bahía de silencio, Simbad comienza en Bahía Blanca y se prolonga después en Buenos Aires, las dos ciudades emblemáticas de Mallea. Su protagonista, Fernando Fe, no es tanto un apasionado de su país, como Martín Tregua, sino un apasionado del arte, un hombre de teatro, director de escena y dramaturgo, que persigue el ideal, finalmente inalcanzado, de un drama que lleva como título el nombre del famoso personaje de Las mil y una noches .

«Ni tú ni yo tenemos el valor suficiente para abandonarnos a nuestros grandes mitos”. El protagonista ve que realizó en su vida lo siempre planeado en su obra y nunca realizado.»

«Iba a la plaza San Martín para estudiar un detalle en la estatua llamada Le Doute, que le gustaba al doctor Villa y tenía los dedos cortados, y durante el trayecto llevó consigo la opresión del sentimiento que lo dominaba. Observó al borde de un cantero, las dos figuras de mármol blanco, con los dedos como mutilados, arrancados por alguna mano criminal o por algún accidente del tiempo. El viejo, un viejo volterariano, zumbón y astuto, trataba de convencer al hombre joven, sombrío, absorto en su decisión y su concentración. ¡Cuántas veces había visto esa estatua! Pero nunca la halló como ahora terrible y real, fría en su blancura chorreada en la mañana gris de la gran plaza».

El gajo de enebro (1957), tragedia en tres actos.

Posesión (1958), novelas cortas.

La razón humana (1959), narraciones.

La vida blanca (1960), ensayo y esclarecedor retrato de la vida argentina. Los años que han transcurrido desde que el autor de la célebre Historia de una pasión argentina percibió los síntomas de la crisis que sacudía a la nación.

Las travesías I (1961)

Las travesías II (1962)

La representación de los aficionados, un juego (1962), teatro.

El resentimiento (1966). «Creemos que con personas contrariamente a lo vulgar ya estamos libres del orden de la vulgaridad, y que el solo acoger reflexivamente un juego de principios o intelecciones ya nos salva de la vida común.» (Eduardo Mallea)

La barca de hielo (1967) relatos en los que los personajes se suceden entretejiéndose en una sutil trama novelesca. Mallea muestra cómo es capaz de encarnar el mundo de las ideas en el destino dramático de una criatura y de hacer vivir a sus personajes en los extremos y los abismos de la condición humana: la piedad fraternal, la tragedia que sigue al combate, las horas misteriosas de la muerte y el remordimiento, el olvido invencible, el escándalo del fariseo, la crisis y resurrección del alma personal.

La red (1968) es un libro singularísimo que encierra una insospechada riqueza simbólica y temática y en el que reaparecen personajes peculiares de Mallea: los solitarios, los silenciosos, los taciturnos, las mujeres sufrientes o altivas junto con los ególatras, los soberbios, los desdichados, los posesivos, los resentidos. Y, además de los individuos, las parejas, las desavenidas, las irreconciliables y autodestructivas, las inmovilizadas en la monotonía y el tedio. Algunos cuentos rozan la literatura fantástica; otros abundan en diálogos (infrecuentes en Mallea) y aun en expresiones populares (raras en el autor), otros exhiben rasgos de humor.

El libro reúne narraciones extensas y otras breves, a veces brevísimas, y poéticos textos (señalados en cursiva) sobre Buenos Aires, la ciudad cuyo contorno dibuja un rostro de mujer exótica. Por sus calles, plazas, cafés, restaurantes van los personajes de los cuentos. El ámbito urbano es testigo de sus angustias, de sus exaltaciones, de sus largos recorridos solitarios.

Los siete libros finales de Mallea - La penúltima puerta (1969), Gabriel Andaral (1971), Triste piel del universo (1971), En la creciente oscuridad (1973), novelas; Los papeles privados (1974), diario intelectual de Andaral; La mancha en el mármol (1982), cuentos; La noche enseña a la noche (1985), novela- recrean sus obsesiones con la obstinación de quien persigue un ideal, un más allá que en ninguna obra parece poder alcanzarse.