Resumen del siglo XVIII

Literatura hispanoamericana

(Recop.) Justo Fernández López


primera mitad del XVIII - del rococó a la Ilustración

Al morir Carlos II, último Austria, sin dejar sucesión, el trono de España pasa a la dinastía de los Borbones, que no tienen mucha comprensión con la cultura aún barroca en España. España siguen siendo barroca hasta bien entrado el siglo XVIII. El Barroco se prolonga en América también.

Tras el apogeo del Siglo de Oro (XVI y XVII), los siglos XVIII y XIX son dos siglos de decadencia política y cultural en España. EN el XVIII, con la nueva política europeísta de los Borbones, España se divide en “las dos Españas”, una popular y aferrada a sus tradiciones, y la otra “afrancesada” e ilustrada, cuyo objetivo es liquidar el “oscurantismo” español. La reacción popular a la política borbónica fue un fuerte regionalismo y folclorismo (los gitanos salen a la luz pública, se crean las modernas corridas de toros, el flamenco comienza a interesar, todo lo regional es ahora revalorizado en oposición al centralismo y uniformismo borbónico.

Pero el desnivel entre España y el resto de Europa era tan marcado que la ascensión cultural en España fue muy dificultosa. En Europa en una sola generación se impuso la ilustración (de 1680 a 1715). En España el nuevo espíritu racionalista en filosofía y claicista en literatura y el arte empieza a manifestarse en la tercera décad del siglo. Hasta entonces la literatura dominante seguía siendo la barroca.

Las corrientes de la Ilustración pasaron de España a América, pero no inspiraron una literatura neoclásica hasta finales del siglo XVIII, aunque influyeron en las ideas y las costumbres: gran desarrollo de la jurisprudencia en Améric, lo que ayudaría luego a la independencia. En literatura las colonias quedaron rezagadas detrás de la metrópoli. Se cultivaba el estilo barroco cuando ya en España se había olvidado, se transformaba en rococó o era recordado cuando burlonamente.

Comparada con la atmósfera cultural de Europa y aun de España, la de américa es pobrísima en el siglo XVIII. El Barroco, que continúa vivo en América prácticamente durante todo el siglo XVIII, poco a poco se va suavizando con los tenues colores del Rococó para terminar en el frío Neoclasicismo.

La Ilustración tiene dificultad para penetrar a través de las espesas nieblas de la Escolástica: surgen muchos tratados de teología, ciencia y derecho. El gran predominio de la Escolástica sobre toda la vida intelectual desde la Contrarreforma hizo difícil la asimilación de los principios racionalistas y métodos experimentales. No se ignoran las nuevas ideas, se las estudias más bien para rebatirlas. En poesía y en teatro, con la abundante producción teatral, sigue imperando el Barroco; se sigue produciendo en la tradición de Góngora y de Calderón.

El Rococó fue en Europa un estilo fresco y vital que se dio en la primera mitad del XVIII. En Hispanoamérica apareció más tarde. La palabra “Rococó” deriva del francés “rococo”, forma jocosa de “rocaille”. Según algunos autores, designaba desde el siglo XVI la construcción de toda clase de lugares de fausto y goce, como jardines, fuentes, grutas, etc. Eran artificios arquitectónicos con incrustaciones de conchas marinas, en caprichosas formas de espumas marinas y ramos florales.

En el siglo XVIII, el Rococó suaviza el Barroco. Es un estilo esencialmente decorativo. La aparatosidad, magnificencia, pesadez y movimiento trágico del Barroco, su violencia se convierten en el Rococó en un estilo amable, juguetón, alado, danzarín, brillante, ingenioso, delicado, aparentemente frívolo y licencioso, siempre distinguido y refinado, suave en sus ondulaciones y trémulo de gracia.

El Barroco expresaba una visión desesperada, tensa, de la vida. El Rococó expresa una visión alegre y volumtuosa. Elemento del Rococó es el apetito consciente de deleites y la comprensión racional del acto sexual como algo natural. El hombre del Rococó con su riqueza sensual se ha decidido a buscar la felicidad libremente.

En el siglo XVIII, la escatología cristiana es sustituida por otra que promete el cielo en la tierra. En Hispanoamérica el Rococó se da muy mitigado, como era de esperar: pero sus notas eróticas de devaneos y amoríos, de ternura y perversidad, de donaire e indiscreción; sus notas paisajísticas en las que la naturaleza aparece como refugio para la galantería (Rococó = Estilo Galante); sus notas de intimidad acentuadas por procedimientos que visten y desnudan en un nuego de ornamentos, ironías y fugas de la realidad, se dan también en poetas, prosistas y comediógrafos.

Ahora en Hispanoamérica el lugo no es solo un tema, sino una experiencia vital real. Las cortes virreinales han creado un ambiente de cortejo, suntiosidad y exquisitez. Cuando Francisco Antonio Vélez de Guevara, un poeta colombiano cortesano, llama a las señoras “madamas”, descubre todo un rincón afrancesado y rococó en su mente de poeta galante a la europea.

Segunda mitad del XVIII - del rococó al neoclasicismo

En la primera mitad del siglo XVIII, el gobierno español tiene que esforzarse para retener sus colonias. Los reinados de Felipe V, nieto del Rey Sol francés, y Fernando VI están caracterizados por el esfuerzo de crear en España una atmósfera “francesa”. Pero en el siglo XVIII será Carlos III el gran rey reformador: hace reformas sociales, políticas y económicas; acentúa la centralización, promueve en Madrid la arquitectura, por lo que el pueblo le llamó “el rey piedra”.

Con las reformas de Carlos III mejora la posición de España y de sus colonias; pero crece, sin embargo, la insatisfacción de los criollos frente a los funcionarios y políticos de la metrópoli. Este será el primer núcleo de rebelión que llevará luego a la Independencia de las colonias.

En la segunda mitad del siglo XVIII, las ideas y los estilos de la primera parte del siglo se hacen más dinámicas y desenvueltas. Comienza la división entre los reacios al progreso y los partidarios del progreso. En este balance, la posición de los jesuitas fue curiosa: Expulsados en el 1767 por Carlos III, escribieron en el exilio italiano. Su importancia cultural fue grande como puentre entre el Barroco y el Neoclasicismo. Antirregalistas, los jesuitas dieron una dirección nueva a las tradiciones intelectuales españolas. Se acercaron a las burguesías criollas (cuyos hijos hacían sus estudios en colegios y univesidades regentadas por jesuitas), difundieron ideas simpatizantes con la causa de la autonomía americana y de las ideas de la Ilustración.

Los mayores cambios culturales en esta época se encuentran en el pensamiento: génesis intelectual del movimiento autonomista. Los criollos viajan a Europa y vuelven con papeles e ideas revolucionarias. Los criollos con dinero visitan en París los salones del Rococó, traen a América el enciclopedismo francés. Los criollos ventilan en tertulias secretas las ideas de Rousseau. Filosofía y política conspiran juntas para cambiar el orden colonial y aun para derribarlo.

Francisco Eugenio de Santa Cruz y Espejo (Ecuador, 1747-1795), mestizo, fue una de las figuras más descollantes de la Ilustración americana, quizás sin querer. Los escritos de Espejo corrieron de mano en mano. Acusaba a la educación colonial de ser una “educación de esclavos”.

El Neoclasicismo fue un intento parecido al erasmismo del siglo XVI, cuyo objetivo era europeizar el mundo hispano y sacarlo de la ligación tradicional a la época de Felipe II y la Contrarreforma.

En la segunda mitad del siglo XVIII, como en el siglo XVI, hay un género literario preferido: el diálogo satífico a la manera de Luciano. Espejo escribió Nuevo Luciano o Despertados de ingenios, donde propone la revisión y crítica del estado mental de la Colonia. Es la mejor exposición de la cultura colonial del siglo XVIII. El Lazarillo de Concolorcorvo es también de vena satírica y burlona, aunque sin la intención reformista de Espejo.

En los últimos veinte años del XVIII, los intelectuales americanos y la culta burguesía advierten que hay que aprovechar y dirigir los cambios sociales que han surgido con las ideas de la Ilustración. Más significativa que la actividad literaria de la segunda parte del siglo XVIII, que fue más bien de sello neoclásico y se canalizó en los géneros típicos del Neoclasicismo, fue la actividad o vida intelectual del periodismo, las universidades, terturlias, polémicas entre jansenistas y seusualistas.

La filosofía en acción de la Revolución francesa influyó más que las ideas filosóficas. La historia literaria se adorna en este priodo con grandes figuras políticas que en realidad no le pertenecen, pero que por ser hombres de letras gozaban de prestigio social. Su importancia es política, pues de sus polémicas arranca luega la independencia en el siglo XIX. Pero sus escritos hay que considerarlos como exponentes de un espíritu oricinal.

En teatro se ve el refinamiento con que se imitan las costumbres cortesanas de España y de otros países europeos. Actrices criollas amantes de virreyes y de licenciosa elegancia, así como la construcción de teatros sumamente elegantes y fastuosos dieron a las colonias la misma nota de placer y elegancia que tenían las cortes en Europa. Entremeses y sainetes hacen florecer en esta época un nuevo tipo de costumbrismo que coincide con la construcción de coliseos costeados por hacendados y comerciantes gustosos de entretenimiento en las ciudades florecientes ahora económicamente.

Carlos II había liberalizado el comercio americano permitiendo un libre comercio menos controlado por la metrópoli. Los centros de teatro cortesano son La Habana, Montevideo, Buenos Aires, Caracas, Bogotá, Guatemala, La Paz. Las obras que se representan son de pretencioso corte neoclásico, pero se multiplican los sainetes criollos, que en vez de las majas y manolas del teatro español, hacen salir tipos populares americanos al escenario.

La poesía “se arrastra con las alas cortadas” ( A. Imbert) en esta segunda mitad del siglo XVIII. La Oda al majestuoso río Paraná de Jaun Manuel de Lavardén es lo más característico. La poesía satírica de los tradicionalistas contra la sociedad frívola, los saraos cortesanos y las fiestas versallescas, con galantería en el arte y el amor, documenta la sociedad hispanoamericana de finales del siglo XVIII. Estos poetas critican los desvergonzados donaires, los contoneos de las mujeres, el “descoco en la conversación” y los vestidos transparentes.