Literatura hispanoamericana

Siglo XVI y el Renacimiento en América

(Recop.) Justo Fernández López


La litaratura en la época colonial

Se suele decir que las colonias no suelen tener literatura. En caso de América, se puede decir que hay una literatura ya desde tiempos de la Conquista. Compárese con la falta de producción o escasa producción artística de la América inglesa, que sí era colonia tradicional.

La España que descubre América es la de los Reyes Católicos, una España que entra en el Renacimiento apenas salida de la Edad Media. El Renacimiento español, que sigue al italiano y precede al francés, llena dos siglos en vez de uno. El Renacimiento español se continúa en América. El Barroco colonial es un estilo distinto del barroco español. Los indígenas incorporaron su arte al colonial. El arte colonial ya no es ni español ni indígena, sino hispanoamericano. Los primeros libros impresos son tratados lingüísticos o gramáticas y traducciones religiosas a lenguas indígenas.

En el 1539 se publica el primer libro en México. EN el 1538 se funda la primera universidad en Santo Domingo. En el 1551 se fundan las de México y San Marcos de Lima. En el siglo XVI funcionan seis univesidades en la América hispana, en las que se enseñaba teología, medicina, derecho, náutica y filosofía.

El marco histórico

 

Descubrimiento, exploración, conquista y colonización de las tierras americanas bajo el reinado de los Reyes Católicos (1474-1517), el emperador Carlos V (1517-1556) y Felipe II (1556-1598).

En el 1492 terminan los Reyes Católicos la Reconquista contra los árabes, comenzada poco después de la invasión árabe de la Península en el año 711. El potencial espiritual, fruto de la euforia de la unidad recobrada por España, se desplaza a América. Con Carlos V entra en España la Casa de Austria, la dinastía de los Habsburgos (Carlos V es hijo de Juana la Loca, hija de los Reyes Católicos, y Felipe el Hermoso, hijo del emperador Maximiliano I de Austria.

Carlos V quiere realizar la idea imperial de una Europa unificada bajo signo cristiano-hispano. Su hijo Felipe II, el constructor del monasterio de El Escorial, cerca de Madrid, intentará cerrar los Pieineos para impedir toda influencia de la Reforma protestante; con ello inaugura el “Periodo Nacional” en el que España se repliega en sí misma e intenta conservar el imperio de ultramar (aquel en cuyas tierras “no se ponía el sol”, según frase de Carlos V). Se quiebra el poder imperial español.

Tendencias culturales

 

El primer Renacimiento. Se suele considerar la literatura de estos años como un primer Renacimiento y se caracteriza por la importación de formas e ideas de Italia. Conquistadores y misioneros las llevan al Nuevo Mundo. Incluso fueron escritores a América.

Los primeros escritores en América siguen las líneas que dominan en España. Hubo escritores erasmistas, pero lo que se produjo en la primera etapa de la colonización ofrece un aspecto medieval. Los libros que circulaban eran en su mayoría eclesiásticos y educacionales. Pero los géneros, de apariencia medieval, son los que adquieren fuerza creadora con el contacto con la nueva realidad: la crónica, que ya hemos visto, y el teatro misionero. Las ideas que se importan son las del humanismo erasmista.

La literaruta del primer renacimiento (1492-1556)

Comprende el reinado de los Reyes Católicos y del emperador Carlos V.

El teatro misionero

 

En Hispanoamérica el teatro nunca alcanzó el nivel de la poesía o de la novela por su incapacidad de separarse de los modelos europeos. La literatura del primer Renacimiento en América es arcaizante y de corte medieval, como se ve en las Crónicas de Indias. Sobre el teatro hay referencias indirectas. Ya en el periodo precolombino había dramas bailables, como el Rabinal Achí de los mayas-quichés de Guatemala. Con el permiso de las autoridades del virreinato, los misioneros se valieron de esta tradición dramática autóctona para catequizar a los indígenas.

El teatro misionero existente a primeros del siglo XVI es un teatro didáctico para catequizar; por eso está escrito en lengua náhuatl. Los misioneros adoptaron autos anónimos que se representaban en la Península, adaptándolos a las necesidades locales y a los propósitos de evangelización. El resultado fue un teatro de evidente ingenuidad, con elementos indígenas, pero que no puede considerarse como mestizo.

 Las obras solían representarse en los atrios de las iglesias y conventos. Los frailes adaptaron también formas teatrales de la Edad Media para catequizar mezclándolas con las formas teatrales de los indios: danzas, cantos, pantomimas, fiestas florales, improvisaciones cómicas de animales. La Iglesia daba sentido teológico a estos actos. Los cronistas nos cuentan con detalle sobre este teatro, desde 1535 en adelante. La combinación de naturaleza y escenografía es impresionante, como nos cuenta Motolinía del auto de la caída de Adán y Eva, representado por los indios en su lengua náhutl en Tlaxcala en 1538.

A veces es tanta la gente que acude que se desploma el tablado. En Perú también se hacían representaciones de este tipo. Escenas de historia sacra con alegorías teológicas, con incidentes cómicos y aun con desfiles militares. El público participaba con danzas y simulacros. Luego languideció este teatro misionero porque la Iglesia lo ahogó al querer depurarlo de su profanidad.

La poesía del primer Renacimiento

 

Si las crónicas y el teatro misionero eran aún de corte medieval, hubo otras actividades que acentuaron lo renacentista. Un gran número de erasmistas escribieron y propagaron las doctrinas humanistas, incluso hubo sátiras burlándose de los sacerdotes y autoridades, atacando a la escolástica tradicional.

El erasmismo tomó un carácter utópico en América. Lázaro Bejarano llegó a Santo Domingo en el 1541 y propagó muchas de las ideas erasmistas. Fue perseguido por sus sátiras contra la autoridad y su erasmismo. Fue de los primeros en llevar a América los versos “al itálico modo”. Antes se componían versos octosilábicos, hexasilábicos y de arte mayor.

Erasmismo era una corriente de pensamiento cuyo nombre deriva del humanista Erasmo de Rotterdam (1469-1536) y que incluía entre sus postulados la defensa del cristianismo primitivo o evangélico, una vivencia interior de la religión, lejos de rituales exteriores y de la espectacularidad, muchas veces fingida, de la liturgia. Las obras de Erasmo fueron consideradas peligrosas para los dogmas y los funcionarios de la iglesia oficial, e incluidas en el Index en 1559.

La literaruta del segundo renacimiento (1556-1598)

El segundo Renacimiento comprende el reinado de Felipe II.

Tendencias culturales de la contrarreforma

 

Bajo Felipe II se quiebra el poder imperial español y el empuje de la Conquista empieza a perder su vitalidad. Se consolidan entretanto las instituciones. En literatura la crónica se orienta hacia el verso. Hay poesía tradicional e italianizante (polémica poesía y metro castellano contra el nuevo metro italiano).

Teatro de molde europeo. En este época, España se repliega y se cierra sobre sí mismo, se abra el Periodo Nacional en el que se incorporan las formas importadas, pero buscando fórmulas nacionales. En las colonias se vive de prestado. A pesar de las prohibiciones de los reyes e inquisidores, los libros de imaginación circulan por américa con asombrosa abndancia: poetas latinos, italianos, españoles; escritos erasmistas; historias, leyendas, alegorías.

En España la literatura de este periodo estaba en función de un pueblo unificado, denso en tradiciones con una enorme identidad nacional; en las colonias la litetarura era ejercicio de un número reducido de cultos, islas humanas en medio de masas iletradas.

Los autores del primer Renacimiento eran españoles casi todos. Las neció la voación literaria en América, pero tenían un alma educada en España. En el segundo Renacimiento encontramos mestizos que escriben y revelan una sociedad y una sensibilidad nueva que Europa no conocía. Algunos escriben en lengua indígena; entre los que lo hacen en castellano hay acentos de protesta o de amor a las propias tradiciones de sus padres, ya sean indias o españolas.

En cuanto a las crónicas de este periodo, si en el primer periodo los cronistas escriben por cuenta propia, ahora es el rey de España quien intenta favorecer las buenas crónicas de Indias. En las crónicas del segundo Renacimiento hay más conciencia de estilo y más intención literaria que en las primeras. La figura señera de cronista en esta época es la del Inca Garcilaso de la Vega.

La poesía épica

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Alonso de Ercilla y Zúñiga. Algunas crónicas hicieron literatura, también hubo literatura que hizo crónica. El ejemplo más relevante es el de Alonso de Ercilla y Zúñiga (1534-1594). Fue un capitán vasco que partició en las guerras de Chile. Chile es el único país moderno cuya fundación quedó inmortalizada en un poema épico:

 

La Araucana de Alonso de Ercilla

 

Es el más grande de los poemas épicos castellanos de la Edad de Oro. Voltaire consideraba esta epopeya superior a la de Homero. El tema es el choque entre los conquistadores españoles que bajal del Perú a Chile y se enfrentan a las tribus aguerridas de los araucanos que luchan a muerte por la libertad. La tenacísima y heroica lucha de los españoles contra los indómitos araucanos de Chile se torna en el poema de Ercilla en un canto a la nobleza del vencido. La traición está justificada y será objeto de oportuno premio si están en juego los más íntimos valores.

En su época se consideró una obra historiográfica, casi una crónica, y no se cuestionó en absoluto nada de lo que en ella se decía. Durante mucho tiempo se tuvo al autor como un gran humanista y erudito, aunque, al rastrear las influencias que pueden descubrirse en La Araucana, la crítica concluye que aun tratándose de un hombre culto, su espíritu humanista se formó a su regreso a España.

Este es el primer poema épico de América. Ercilla ya tenía una buena educación literaria cuando a los 21 años llega a América. La Araucana es en el fondo una crónica, pero en verso. Ercilla llegó de España con una mente ya formada en el Renacimiento, por la teología y por las discusiones jurídicas sobre la naturaleza del indio. Lector de Virgilio y Ariosto, súbdito católico de Felipe II, era enemigo del indio porque este era enamigo de su fe. Pero la sinceridad es la primera virtud del primer cantor de América. La obra no tiene protagonista, es un protagonista colectivo: el puebolo araucano luchando por su libertad: “Muchos no les han hecho ventaja y son pocos lo que con tal constancia y firmeza han defendido su tierra contra tan fieros enemigos como son los españoles”.

Algunos autores consideran que, a pesar de estar concebido como un canto nacionalista, Ercilla dedicó la Araucana a Felipe II. El protagonista real es el pueblo araucano y sus caudillos, sobre todo Lautaro y Caupolicán. Y al exaltar el valor y la grandeza de los araucos, podría incluso ser considerado un texto indigenista. Otros consideran el poema, según las convenciones del momento, como una glorificación de la gesta conquistadora española, tanto mayor cuanto más fuertes, aguerridos y valerosos fueran sus enemigos. Lo cierto es que las páginas más emotivas y brillantes son las dedicadas a los araucanos y sus caudillos, bien porque el autor quedó prendado del exotismo de todo lo nuevo que veía, o bien porque el descubrimiento de una civilización diferente de la europea renacentista se prestaba para aplicar a ella los tópicos característicos de la epopeya clásica.

Ercilla canta las hazañas de ambos bandos: «Y si alguno le pareciera que me muestro inclinado a la parte de los araucanos, tratando de sus cosas y valentías más extendidas de lo que pra bárbaros se requiere; se queremos mirar su crianza, costumbres, modos de guerra y ejercicio della, veremos que muchos no les han hecho ventaja y que son pocos los que con tal constancia y firmeza han defendido su tierra contra tan fieros enemigos como son los españoles».

Su estilo es majestuoso y vivo, elástico y electrizante. Cervantes mismo elogió la Araucana. Las tres partes de la Araucna aparecieron en 1569, 1578 y 1589. Por primera vez España sintió que América tenía literatura.

Fragmento de La Araucana

 

Un hijo de un cacique conocido,

que a Valdivia de paje le servía,

acariciado dél y favorido

en su servicio, a la sazón venía.

Del amor de su patria conmovido,

viendo que a más andar se retraía,

comienza a grandes voces a animarla

y con tales razones a incitarla:

«¡Oh ciega gente del temor guiada!

¿a dó volvéis los temerosos pechos?

Que la fama en mil años alcanzada

aquí parece y todos vuestros hechos.

La fuerza pierden hoy jamás violada

vuestras leyes, los fueros y derechos.

De señores, de libres, de temidos,

quedáis siervos, sujetos y abatidos.

«Mancháis la clara estirpe y descendencia,

y engerís en el tronco generoso

una incurable plaga, una dolencia,

un deshonor perpetuo, ignominioso.

Mirad de los contrarios la impotencia,

la falta del aliento y el fogoso

latir de los caballos, las ijadas

llenas de sangre, y de sudor bañadas.

«No os desnudéis del hábito y costumbre

que de nuestros abuelos mantenemos,

ni el araucano nombre de la cumbre

a estado tan infame derribemos.

Huid el grave yugo y servidumbre,

al duro hierro osado pecho demos.

¿Por qué mostráis espaldas esforzadas

que son de los peligros reservadas?

«Fijad esto que digo en la memoria;

que el ciego y torpe miedo os va turbando:

Dejad de vos al mundo eterna historia,

vuestra sujeta patria libertando.

Volved, no rehuséis tan gran vitoria;

que os está el hado próspero llamando.

A lo menos fijad el pie ligero:

veréis cómo en defensa vuestra muero.»

En esto una nervosa y gruesa lanza

contra Valdivia, su señor, blandía;

dando de sí gran muestra y esperanza,

por más los persuadir, arremetía;

y entre el hierro español así se lanza,

como con gran calor en agua fría

se arroja el ciervo en el caliente estío

para templar el sol con algún frío.

De sólo el primer bote uno atraviesa,

otro apunta por medio del costado,

y aunque la dura lanza era muy gruesa,

salió el hierro sangriento al otro lado.

Salta, vuelve, revuelve con gran priesa,

y barrenando el muslo a otro soldado,

en él la fuerte pica fué rompida,

quedando un grueso trozo en la herida.

Rota la fiera asta, luego afierra

del suelo una pesada y dura maza.

Mata, hiere, destronca y echa a tierra,

haciendo en breve espacio larga plaza.

En él se resumió toda la guerra;

cesa el alcance y dan en él la caza.

Mas él aquí y allí va tan liviano,

que hieren, por herirle, el aire vano.

¿De quién prueba se oyó tan espantosa,

ni en antigua escritura se ha leído,

que estando de la parte vitoriosa

se pase a la contraria del vencido?

¿y que sólo valor, y no otra cosa,

de un bárbaro muchacho haya podido

arrebatar por fuerza a los cristianos

una tan gran vitoria de las manos?

[La Araucana, capítulo III, 34-43]

En América la influencia de la Araucana fue profunda y larga. Ercilla tuvo muchos imitadores y continuadores:

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PEDRO DE OÑA (1570-1643): Arauco domado (1596). El autor es el primer poeta criollo chileno. Es quizá el único autor comparable a Ercilla al que supera en lirismo.

Nació en Angol (Araucanía, al sur de Chile). Hijo de un soldado español, se recibió como licenciado en Leyes en Lima y adquirió allí una considerable formación humanista, leyendo a escritores clásicos y barrocos que lo influirían notablemente. Ocupó diversos cargos en Perú, donde residió muchos años, y pasó a la historia como escritor.

Arauco domado (1596), es un poema épico que pretendía superar a La Araucana de Alonso de Ercilla y reivindicar la figura de García Hurtado de Mendoza, casi excluido de aquella obra. Es argumentalmente pobre, pero de gran sensibilidad e imaginación, con tintes líricos, y con buena técnica artística. Oña es autor, además, de la hagiografía Ignacio de Cantabria (1639), la crónica El temblor de Lima (1606), Una canción real (1613) y el poema El Vasauro, sobre hechos de los Reyes Católicos.

Los versos líricos de Oña son una de las mejores y primeras muestras de la influencia de Góngora en el Nuevo Mundo. Oña fue menor como épico, pero como lírico fue superior a Ercilla.

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DIEGO ARIAS DE SAAVEDRA: Purén indómito. Es una crónica de Indias del soldado español Diego Arias de Saavedra, redactada bajo la formalidad de un poema épico culto, escrita en idioma castellano y en verso rimado en estrofas de octava real. Creada en el primer cuarto del siglo XVII, la obra narra la experiencia autobiográfica del autor y los sucesos de la Guerra de Arauco en el sur de Chile. El relato transcurre desde los preliminares de la batalla de Curalaba (1598), donde fue derrotado y muerto el gobernador del Reino de Chile Martín García Óñez de Loyola con el consiguiente el descalabro de las fuerzas conquistadoras a manos de los guerreros mapuches comandados por Pelentaru, hasta los siguientes gobiernos de Pedro de Viscarra (1598-1599) y Francisco de Quiñónez (1599-1600), tratando de las operaciones bélicas y zozobras vividas por los españoles en ese periodo.

Según las investigaciones de Aniceto Almeyda, el autor de este poema fue Diego Arias de Saavedra. Hasta antes de las pesquisas de Almeyda, la obra fue insistentemente atribuida, desde el siglo XVII hasta principios del siglo XX, a otro español llamado Fernando Álvarez de Toledo, quien en realidad fue autor de otro poema denominado Araucana, que a veces es también reseñado como Araucana II para evitar confundirlo con la mucho más célebre La Araucana, obra de Alonso de Ercilla.

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MARTÍN DEL BARCO CENTENERA: Argentina (1602),  publicada en la capital portuguesa, poema narrativo en 28 cantos y 10.000 versos en el cual describe diferentes lugares del área rioplatense y ejemplares, en ocasiones desconocidos, de la fauna regional. Narra además la historia de su conquista, la fundación de Buenos Aires por Juan de Garay, diversos episodios eclesiásticos, las invasiones de piratas ingleses y la vida de los aborígenes de la pampa. De este poema, en el que se advierte una clara influencia de Alonso de Ercilla y Zúñiga, toma su nombre la República Argentina.

En medio de una infinidad de libros de caballerías y oemas, de mérito secundario, aparecen dos poemas épicos dignos de Ercilla y de lo mejor de la época colonial:

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BERNARDO DE BALBUENA (1568-1627). Nació en Valdepeñas (Ciudad Real), pero se ordenó en México de sacerdote. Llegó a Nueva España hacia 1564, permaneció allí casi 40 años y murió siendo obispo de Puerto Rico, donde sufrió una incursión de piratas que devastaron San Juan (1623) y la pérdida de alguna de sus obras.

Fue uno de los primeros poetas de la colonia. Su obra más famosa es la epístola poético-descriptiva La grandeza mexicana (1604), que cuenta las bellezas de la ciudad de México. Emplea el metro tradicional de las epístolas poéticas: endecasílabos. Para algunos es esta obra el punto de arranque de la poesía americana de habla castellana. Son los versos más tersos y hermosos escritos en América andes de Sor Juana Inés de la Cruz, que escribió medio siglo más tarde.

Muy buen versificador, escribió obras extensas y ambiciosas: un poema pastoril, Siglo de oro en las selvas de Erífile (1608), un poema heroico, El Bernardo o victoria de Roncesvalles (Madrid, 1624), compendio enciclopédico con elementos fantásticos, bucólicos, históricos, geográficos, astronómicos, destinado a exaltar a España y su empresa colonial americana, y La Grandeza mexicana (1604), larga carta en tercetos endecasílabos dedicada a doña Isabel de Tobar y Guzmán, para describir con grandilocuencia y admiración la ciudad de México.

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FRAY DIEGO DE HOJEDA (Sevilla, 1571 – Perú, 1615). Dominico misionero en Cuzco, nacido en España pero desarrolló casi toda su actividad literaria en Perú. Hojeda se formó en Sevilla, en un momento de esplendor de las letras españolas. Llegó a Lima en 1591 e ingresó al sacerdocio como dominico. En esa ciudad inició su vida literaria, vinculándose con el círculo petrarquista de la Academia Antártica. Debido a una disputa con su propia orden, fue despojado del título de prior y humillado al enviársele exiliado, como simple fraile, al Cuzco y Huánico. Tardíamente fue rehabilitado, pero murió sin enterarse de ello.

Hojeda autor del mejor poema épico-religioso de la época colonial: La Cristíada (1619). Hasta el primer tercio del siglo XIX, el poema fue ignorado por los lectores y la crítica. Se compone de 12 cantos o libros y está escrito en octavas reales.

Es una teogonía cristiana. Su tema es la pasión de Cristo, a la que el autor agrega otros asuntos y episodios devotos, como el de los mártires de la Iglesia y los fundadores de órdenes religiosas. Sus modelos principales son dos ejemplos de épica renacentista: la Jerusalén liberada de Torcuato Tasso y el menos conocido Christias, escrito en latín por Gerolamo Vida. La Cristíada prácticamente absorbe todas las fuentes religiosas disponibles en la época sobre la vida de Cristo, comenzando por el Evangelio. Pese a los esfuerzos de Hojeda, el poeta no se levanta a un nivel realmente místico y resulta más bien un ejemplo de poesía devota o pietista: una suma de verdades y fantasías para fortalecer la fe de los creyentes.

La soledad, la timidez en tomar la iniciativa, la falta de estímulos literarios, los obstáculos en la circulación de libros y en la imprenta hacían que el escritor americano mirara con admiración y siguiera con curiosidad la creación literaria de España. Cuando Antonio de Nebrija escribió la primera gramática española en el 1492, creyó que la lengua castellana había llegado ya a su plenitud. Pero los españoles que fueron a América, los hijos de los mismos, los criollos, siguieron toda la evolución de la literatura en España.

En el 1492, el habla de los judíos expulsados de España quedó aislada, con su fisionomía preclásica. Pero el habla de los españoles que este mismo año fueron a América continuó la evolución estilística que en la Península. América permaneció como una provincia preclásica. La colonización fue obra de una época donde en España escribían Garcilaso de la Vega, Fray Luis de León, Cervantes, Lope de Vega, etc. De 1520 a 1600 se constituye la sociedad americana con la afluencia constante de gentes de la Península. Había cierto resquemos y resentimiento criollo contra el español, pero una gran admiración por sus creaciones literarias. Estaba lleno de poetas por todas partes de América: “Hay más poetas que estiércol”, dicía González Eslava.

La sátira

 

Eran tiempos adecuados para los temas satíricos. Famoso poeta satírico fue Mateo Rosas de Oquendo (1559-1612), considerado peruano, fue soldado, aventurero y encomendero en el Río de la Plata. Era posiblemente de origen andaluz y vivió en Lima al servicio del virrey desde 1588, ciudad que abandona unos diez años más tarde. Después de pasar un tiempo en Castilla, en 1611 viaja a México y vive allí por un año. Fue viajero incansable entre Argentina y México y despreciador de cuanto veía.

Escribió romances, muchos de los cuales recopiló en un Cancionero. De sus experiencias en México data un hermoso romance en el que alaba el virreinato de Nueva España y reconoce su grandeza. Su Larga sátira de las cosas que pasan en el Perú (1598) describe la sociedad colonial. Es un romance que excede los dos mil versos y, sin duda, su obra más conocida. El poema critica de modo tan feroz como divertido las costumbres y vicios del mundillo limeño, desde los poderosos de la corte hasta los vagabundos de la calle. Nada ni nadie escapa de su escrutinio.

Sus más violentos versos iban contra las mujeres de dudosa moralidad; sus livianas costumbres sexuales y sus pretensiones sociales son objeto de injurias y bromas. Asimismo se burla de la frivolidad general de las gentes y de las rivalidades entre españoles y criollos. Ataca también a los impostores. Le disgustaban y se mofa de los pobres que al llegar a América se dan aires de nobles, siendo hijos de gañanes.

Rosas de Oquendo utiliza las técnicas demoledoras del ridículo y el vejamen despiadado, una verdadera catarata de jocosas pullas contra todo lo que se le pone por delante. Entrando y saliendo como narrador de su propio texto, el autor hace desfilar una galería de tipos y figuras que no valen tanto por su alusión a realidades concretas o verdaderas, sino por la fuerza de su retórica y la energía verbal con la que se les retrata.

Su obra tiene un tono de literatura picaresca o de “naturalismo barroco”. Rosas de Oquendo inicia una tradición dentro de la sátira peruana, que influirá en otros muchos escritores festivos coloniales y republicanos. Su Sátira puede compararse, por la intención y el tono, con Lima por dentro y fuera que Esteban Terralla y Landa escribiría dos siglos más tarde.

Su Sátira que hizo un galán a una dama criolla que le alabana mucho a México muestra el resentimiento español contra la vida criolla que creía cada vez más. Pero fue perdiendo esta arrogancia de europeo y con el tiempo se encariñó con América.

El teatro

 

Los grandes centros culturales eran las capitales de los virreinatos, México y Lima. El teatro misionero va desapareciendo con las normas que la Iglesia va dictando en tiempos de Felipe II, unas normas más estrictas. Los gustos humanistas y universitarios van abriendo el campo al teatro europeo. A lo que hay que añadir el teatro escolar de tradición latinista llevado a América por los jesuitas.

Además del teatro misionero y escolar, había otro teatro para españoles y criollos: pasos, loas, entremeses, comedias y tragedias con tema bíblico. Este teatro americano sufrió la competencia del teatro renacentista de la metrópoli: compañías de actores que venían de España a hacer giras por América; las casas editoriales comenzaron a publicar en el 1565 colecciones de comedias que se enviaban a América.

En el 1599 se representaba en Lima la primera comedia de Lope de Vega (creador del teatro nacional español). A finales del siglo XVI ya se perfilan en América dos corrientes bien diferenciadas: el teatro religioso y el teatro profano, que poco a poco irá consolidándose. En el 1579 se construye en México la primera casa de comedias. Desde 1582 actúa en Lima Francisco de Morales, que no tarda en convertirse en el primer empresario del Perú. A partir de 1601 la capital cuenta con su primer corral propio.

El autor más importante de este incipiente teatro hispanoamericano es un español sevillano, llegado a los 24 años a América, en donde vivirá y morirá:

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HERNÁN GONZÁLEZ DE ESLAVA (1534-1603). Quizá nacido en Toledo y probablemente de origen judío, llegó a Nueva España hacia 1558, donde se le instruyó un proceso inquisitorial por algunas de sus coplas (1575), pero buenas influencias lo liberaron. Se ordenó sacerdote hacia 1579 y muchas de sus poesías parecen haber sido escritas hacia esa época.

Su obra consiste en 16 coloquios, 4 entremeses, 8 loas, y 2 villancicos. Todo escrito en México entre 1567 y 1600. Los Coloquios imitan a los auros sacramentales o teatro alegórico peninsular. Mezcla lo teológico con lo circunstancial: celebración de la llegada a tierras novohispanas de nuevos virreyes, arzobispos, etc. La novedad reside en la introducción de localismoy a nahualismos en el léxico de sus personajes, así como en la alternancia del tono serio y jocoso. Los entremeses recoger costumbres de la época de México y muestran un tono popular, picante y humorístico. Por este motivo, estas piezas con lo mejor de su autor. Es de destacar el Coloquio 16, titulado El bosque divino.

Escribió además ensaladas, romances, poesía escrita para ser cantada y recitada en fiestas populares públicas; también escribió canciones devotas para monjas y poesías a lo divino procedentes de una tradición religiosa cancioneril.

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JUAN RUIZ DE ALARCÓN (1580-1639), nació probablemente en Taxco (México) y representa el caso contrario a Juan del Valle Vaviedes. A los 20 años viajó a Salamanca para estudiar cánones y leyes. Tras una estancia de dos años en Sevilla, en 1613 regresó a México donde ejerció el oficio de teniente de corregidor. Un año después volvió a España y se instaló de forma definitiva en Madrid, donde se dedicará a escribir sus comedias.

En 1626 fue nombrado relator interino del Consejo de Indias. A pesar de ser un hombre tímido y con un aspecto físico grotesco que le hizo ser el blanco de las burlas de sus adversarios (era jorobado de pecho y espalda), se convirtió en uno de los tres mayores dramaturgos del momento junto con Lope de Vega y Tirso de Molina. Juan Ruiz de Alarcón crea un teatro en la línea de sus contemporáneos españoles, junto a los cuales se estudia.

Ruiz de Alarcón fue el único representante de la burguesía profesional. Su mentalidad de hombre de leyes explica el tono de sus obras, que no es demasiado lírico ni místico, y, aunque le interese lo mágico, es racional, verídico y ordenado. Se diferencia de Lope de Vega en el lirismo y el concepto del honor, y en que sus personajes no se muestran tan presionados por la moral social.

Escribió más de veinte comedias, piezas costumbristas, de enredo o de carácter, entre las que destacan: La amistad castigada, Ganar amigos, La cueva de Salamanca, El semejante a sí mismo, La prueba de las promesas, Las paredes oyen, Mudarse por mejorarse, No hay mal que por bien no venga, El examen de maridos y La verdad sospechosa. Esta última, la más representativa, obra maestra del teatro alarconiano, fue emulada por Pierre Corneille, el gran dramaturgo francés.